
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3
Nota de la autora: En este capítulo hay expresiones que pueden herir sensibilidades.
La madre de Loulan, la mujer llamada Shenmei, parecía ser una persona de palabra. Poco después, tal y como había dicho, dos hombres se presentaron en la habitación. Maomao empujó la caja de paulonia que había estado revisando bajo el catre. A tientas en la penumbra, solo consiguió sacar los papeles que estaban metidos entre las páginas de los libros.
«Menuda cagada...», se autocastigó Maomao. Tal vez si no hubiera hecho ese ruido tan fuerte, no se habrían dado cuenta. Aunque por la forma en que actuaron, parecía que ya sospechaban de algo. No obstante, ella necesitaba urgentemente verificar el contenido de la caja de paulonia.
Estaba a punto de resolver el misterio de por qué Loulan se había arriesgado a traerla hasta un lugar tan peligroso, pero no parecía que fuera a tener tiempo para pensar. Desde el principio, sabía que tarde o temprano la encontrarían, pero el encuentro había llegado de la peor manera posible.
Los dos rostros de los guardias brillaban, iluminados por la lámpara que sostenía uno de ellos, con risitas lúbricas. Vestían ropa raída y manchada de negro por algunas partes. En el momento en que entraron, un olor peculiar le picó la nariz y la joven se cubrió la boca instintivamente.
Se acercaron a ella, que estaba sentada en el catre, con sonrisas vulgares. Maomao no era tan ingenua como para no saber cuál era el propósito de esos hombres. Habiendo crecido en el barrio del placer, había visto demasiados rostros como esos. Sinceramente, era la situación más desagradable que le había tocado vivir y, pese a que consideró escapar, sabía que era del todo imposible. Por un breve instante pensó que Loulan o Suirei harían algo, pero se preparó para no tener expectativas vanas.
«Un momento... ¿Solo son dos?», se percató. Eran menos de los que había esperado. Pensó que vendrían muchos más.
—Terminemos rápido. Hay cambio de turno dentro de un cuarto de hora.
Entendido; trabajaban por turnos. Aun así, aquella situación era un problema. Un problema tan grande que probablemente haría que una joven de alta cuna se desmayara pálida al instante, y que una de carácter orgulloso se mordiera la lengua antes de caer en sus manos.
Por su parte, Maomao prefería evitar a toda costa pasar por algo así. A pesar de su aspecto, era virgen y, sobre todo, los hombres que tenía delante parecían inmundos. Inmundos, o tal vez enfermos, daba igual. Lo más importante para Maomao era su propia vida. Tenía que pensar en cómo sobrevivir y en cómo sufrir el menor daño posible.
«¡¿No serán portadores de alguna enfermedad?!», empezó a elucubrar. Tenía que prepararse no solo para el riesgo de sufrir infecciones, sino también para las lesiones físicas. En cuanto a escapar, con dos personas era difícil, y con más esperando, no parecía que pudiera salir ilesa.
Uno de los hombres colocó la lámpara sobre la mesa lacada. La habitación se iluminó con una luz tenue.
—Puaj —soltó uno de los hombres, con una mueca evidente.
—¿Qué pasa?
—¿No ves que está cubierta de sarpullidos?
Maomao todavía tenía las erupciones por todo el cuerpo, por lo que seguramente parecía aún más fea que con su rostro pecoso habitual. Uno de los hombres se sintió desanimado e intentó sentarse en la mesa, pero al tocarla, saltó hacia atrás. «¡¿Qué le pasa?!», se preguntó la boticaria, sin entender el segundo gesto. El hombre simuló limpiarse la mano en el dobladillo de su ropa y se sentó apoyado en la pared.
—Yo paso. Haz lo que tengas que hacer.
—Como quieras.
El otro hombre, al ser más depravado, parecía estar dispuesto a tomarla. Maomao pensó que no estaría mal que fuese un poco más selectivo, como su compañero. Desvió la mirada del rostro del hombre que se le acercaba, pero este le agarró la cabeza.
—Estate quieta. O te va a doler más.
Diciendo eso, le tiró fuertemente del pelo y la empujó hacia el catre. Justo cuando la soltó del pelo, le inmovilizó ambas muñecas. Una saliva viscosa goteaba de sus sucios caninos. Un líquido negro exudaba del cuerpo del hombre.
Maomao observó las manchas negras que se habían formado en la cama, deshaciéndose a la fuerza del agarre del hombre. Aquello le recordaba a algo familiar. Mientras tanto, el individuo le había arrancado la parte de arriba de la ropa, y algo tibio como una babosa se arrastraba por su cuello. Además, le estaba sobando los muslos. La sensación era extremadamente desagradable. Pero se concentró más en los síntomas que había mostrado el sujeto.
«¿Será pólvora?», se cuestionó. Parecía arena, pero al combinarlo con el olor peculiar que desprendía el hombre, esa era la conclusión a la que había llevado. Esa pólvora, al quemarse, desprendía un olor a huevo podrido. Se hacía con azufre, salitre y carbón vegetal. Los hombres debían de haber venido del sótano. ¿Significaba que estaban fabricando o procesando pólvora allí? «¡Quieren iniciar una guerra de verdad!», razonó Maomao.
Mientras pensaba en eso, sintió un mordisco en el hombro.
—¿Qué pasa? ¿No reaccionas a nada?
El hombre le dio una bofetada en la mejilla con hastío. «Me duele, sí. Pero no lo suficiente como para gritar, y ahora no es el momento de reaccionar», pensó ella. Sin embargo, el hecho de que no gritara pareció molestar al profanador, quien le propinó otra bofetada.
—¡Eh, déjalo! Tampoco te pases, o se notará —dijo el otro hombre, apoyado en la pared.
—Vale, vale.
Diciendo eso, la mano del hombre se cerró alrededor del cuello de Maomao, estrangulándola. «Maldito cabrón», lo insultó desde lo más profundo de sus entrañas.
A veces, había clientes así en la Casa Verdigris. Hombres que se excitaban sexualmente al ver a las cortesanas retorcerse de agonía. Al ver que ella ponía una mueca de dolor por la falta de aire, el hombre sonrió ampliamente. Aumentó la fuerza de su mano. Viendo que su compañero se excitaba, el otro se levantó.
—Voy a orinar. Te he dicho que no te pases.
El hombre salió de la habitación con una expresión de molestia. Seguramente ver el acto de otra persona no le resultaba agradable. «¿O no?», dudó la boticaria por un momento. La mirada del hombre se había dirigido brevemente hacia la mesa. Y volvió a frotarse la mano en el dobladillo.
El sonido al cerrarse la puerta indicaba que la había cerrado con llave. Maomao jadeó y pensó que probablemente no regresaría hasta que transcurriera el tiempo hasta el cambio de guardia. El hombre se relamió al ver su jadeo.
—No has llorado nada —manifestó, decepcionado. Sacó un cuchillo de su pecho. Al retirarlo de la vaina, la hoja brilló—. ¿Y qué tal con esto?
Con una sonrisa maliciosa, el cuchillo cayó junto a su rostro.
—¡Ugh...!
Su oreja derecha se calentó de repente. No el lóbulo, sino la parte superior del cartílago. Sintió algo cálido fluyendo de ahí. El olor a óxido le llegó a la nariz. «¡Maldito cabrón!», maldijo hacia sus adentros. Parecía haber ignorado el consejo del otro guardia y se había dejado llevar por su propio deseo. Excitado por el gemido que se le escapó a la pobre muchacha, comenzó a moverse.
Ella tenía las manos inmovilizadas y aún estaba débil; no podía soltarse. Aprovechando esto, el hombre mordió el arma y trazó lentamente una línea desde el cuello hasta el pecho de Maomao. Le cortó la capa superior de la piel, y la sangre manchó su torso. Satisfecho con eso, escupió el cuchillo y comenzó a aflojar el cinturón con la mano libre.
En el momento en que levantó el dobladillo de la ropa de Maomao... «Pensaba no oponer demasiada resistencia, pero...», se decidió. No tenía intención de contenerse. Justo entonces, el hombre se había inclinado, lo que facilitaba el blanco. ¡Le lanzó una patada al plexo solar! Debió acertar bien, porque el hombre escupió saliva, incapaz de emitir un sonido. Las manos que la sujetaban se soltaron.
Maomao tiró de la sábana y se abalanzó, metiéndosela en la boca del hombre. Se oyó un fuerte golpe, pero bastaría con que la gente pensara que estaban teniendo una sesión intensa. Con su pequeño cuerpo y sin apenas fuerzas, no podía mantener la contención. Tenía que rematarlo antes. Sin piedad, bajó la pierna hacia la entrepierna del hombre, que aún estaba excitado.
—¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡...!!!!!!!!!!
El grito que debería haber salido de su boca ahogada fue silenciado por la sábana, y solo quedó una baba espumosa. La lamentable condición de aquel ser repugnante era algo que Maomao no quería describir. Sin duda, una escena insoportable. Ahora bien, ella no era tan amable como para sentir compasión. Tenía una línea roja como un gusano irregular y contusiones desde el cuello hasta el pecho. La oreja le seguía sangrando, probablemente por la adrenalina.
«No puedo con esto», pensó, limpiándose con el borde de la sábana. Necesitaba detener la hemorragia adecuadamente, pero no tenía tiempo. «Puede que no tenga tiempo», consideró.
El hecho de que aquellos hombres tuvieran que cambiar de turno en medio de la noche significaba que tenían más compañeros que seguían trabajando. Y el trabajo con pólvora por la noche era claramente peligroso. Si seguían trabajando a pesar del riesgo, solo podía ser porque... tenían la intención de iniciar una guerra de inmediato.
Fue una suerte que el otro hombre se hubiera ido. Si hubieran sido dos o más, Maomao no habría tenido ninguna posibilidad. Pero volvería pronto. Lo que ella debía hacer antes de eso era... Miró el montón de objetos apilados. Decidió arriesgarse.
○ ● ○
Ya debía de ser la hora. El hombre se levantó lentamente y se dirigió al almacén. Su intención era terminar rápido, ya que si llegaba tarde, también le regañarían. «Ojalá no le haya dejado demasiadas marcas», deseó. Pensándolo bien, tal vez debería haber permanecido vigilando la habitación. Pero él no quería estar allí; sentía que le picaba todo el cuerpo y se rascó el vientre. Se detuvo frente a la puerta y abrió la cerradura con un chasquido.
—Oye, date prisa y vuelve...
El hombre abrió los ojos de par en par cuando se dio cuenta de su error. Entró y cerró la puerta de golpe. «¡¿Qué has hecho, maldito cabrón?!», se atemorizó.
La habitación estaba destrozada. Había sangre esparcida, y la chica yacía en el catre. La parte superior de su cuerpo estaba cubierta de sangre y no se movía. Las cortinas se agitaban. El cristal de la ventana estaba roto, quizás por la pelea, y el hombre se estremeció por el viento frío.
«¡¿Adónde coño se ha ido ese cabrón?!», pensó, mirando alrededor. No, lo más importante era si la mujer estaba viva. Les dijeron que podían hacer con ella lo que quisieran, pero si moría, la cosa era completamente distinta. «¿Cuántos más estarán esperando su turno? Encima que llevo días sin poder descansar bien, si muere me van a dar una paliza», se estremeció.
Se acercó a la joven y examinó sus heridas. Tenía la piel levemente cortada desde el cuello hasta el pecho. Justo cuando intentaba comprobar si estaba muerta... Algo pegajoso le tocó la mejilla. Luego, le tocó la boca. Un sabor a hierro se extendió por su lengua y desvió la cara instintivamente.
—¡¿Eh?!
La mano de la chica se movió. Con su mano ensangrentada, le agarró ambas muñecas. ¡Aquella mujer aún parecía una niña! Se dio cuenta de que era una muchacha flaca y de aspecto miserable, pero sus ojos brillaban intensamente, reflejados por la luz de la lámpara.
—¡N-No me asustes! —dijo él, soltándose de la mano de la muchacha y exhalando con nerviosismo.
Estaba viva. Su aspecto era horrible, pero al menos respiraba, y eso lo tranquilizó. «No... ¿Puedo estar tranquilo?», dudó por un instante. La chica estaba allí, pero su compañero no. ¿Adónde había ido?
Como si hubiera adivinado su pregunta, la muchacha señaló con un dedo manchado de sangre al montón de objetos apilados. Allí estaba sentado un hombre, apoyado contra el acervo. Tenía erupciones rojas en la cara y las manos. Y sangre goteaba de su boca.
—Parece que mi piel no fue de su agrado.
La voz de la chica era de alguna manera seductora, y le recordó a las mujeres del burdel por el que había pasado alguna vez. No era una yotaka (NT: El término yotaka se traduce literalmente como pájaro rapaz nocturno, también llamado chotacabras en español. En algunos escritos antiguos japoneses, se usa el término para referirse a prostitutas callejeras o de muy baja reputación en el Japón Feudal.), no era solo adulación; era la voz de una mujer consciente de su propio valor.
—¡Oye, ¿qué has hecho?! —preguntó.
—Nada —respondió la muchacha con calma—. No debió haberme herido. Soy venenosa.
La muchacha se tocó la oreja. ¿Se la habría cortado su compañero con un cuchillo? Le faltaba un pequeño triángulo y seguía supurando sangre.
—¿V-Venenosa...? —el hombre repitió la inusual palabra.
—Sí. Me crié consumiendo venenos desde la infancia. La sangre que corre por mi cuerpo tiene concentrados los venenos que he ingerido a lo largo de los años.
—¿Qué tonterías estás diciendo?
La chiquilla ladeó la cabeza y sonrió ampliamente. Aplicó el dedo ensangrentado en la mejilla del segundo hombre.
—¿Tonterías? Tú verás. Lo sabrás dentro de poco. Las erupciones aparecerán a medida que el veneno se extienda.
—¡...!
Unas erupciones rojas apenas perceptibles empezaron a mezclarse con su piel de gallina. El hombre reculó, asustado. La muchacha se le acercó, como persiguiéndole. Él retrocedió lentamente hasta que también chocó con el montón de objetos apilados. Se sobresaltó y se sentó sin querer sobre una caja que estaba allí. Pensó en salir corriendo de la habitación, pero en algún momento la muchacha le había cortado la salida, dándole la espalda a la puerta.
—¡V-Vete! ¡Aléjate de mí!
—Qué cruel. ¿Es porque soy tan fea? —dijo ella, ladeando la cabeza y untándose la cara con la punta de los dedos manchada de sangre.
La luz parpadeante del farolillo iluminaba su rostro de una manera muy siniestra. Era solo una chiquilla; no podía ser más fuerte que ellos dos. Podía empujarla y salir de la habitación. Quería lavarse el veneno cuanto antes. Las erupciones rojas invadían cada vez más su brazo y su cara. Le daban ganas de arañarse.
—Si quieres escapar, adelante.
La zagala sacó el cuchillo de su ropa y le apuntó a la frente con la empuñadura. Era el cuchillo dentro de la vaina, la hoja no estaba apuntándole. Sin embargo, el cuerpo del hombre no se movió hacia delante. Ella no estaba haciendo fuerza, solo estaba presionando su frente con el mango del cuchillo.
—¡...!
—Tengo un favor que pedirte, antes de que te vayas —dijo la muchacha, mirándolo fijamente—. ¿Qué estáis haciendo en esta fortaleza?
La verdadera respuesta a esa pregunta solo podía sonar sospechosa. Pero no podía decirlo. El hombre le tenía más miedo a la dueña de la casa que a la chiquilla que tenía delante. Le había hablado de veneno, pero solo le había provocado una erupción en la piel. Pensó que no moriría si no lo ingería como su compañero.
—Dime. ¿Qué estáis fabricando? —preguntó la muchacha de nuevo, sin expresión.
«Esperaré un poco más —pensó él—. Entonces los que tengan que venir detrás de nosotros, impacientes, vendrán a ver qué ocurre». Por suerte, la puerta seguía abierta.
—De acuerdo.
La muchacha levantó una pierna y la apoyó en el abdomen del hombre. Luego, la deslizó suavemente hacia abajo, presionando.
—¡...!
—A pesar de todo, mi sexo es femenino. Dicen que duele horrores, pero me gustaría ver cuánto exactamente.
La punta de su pie se detuvo en su miembro, y ejerció su peso. La joven cerró los ojos lentamente y luego los abrió. Una sonrisa llena de ternura apareció en su rostro.
—Derecho o izquierdo, ¿cuál prefieres conservar? —dijo con una voz suave, como si estuviera acunando a un niño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario