11/09/2026

Los diarios de la boticaria 9 - 1




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 9



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 1
Vacaciones

—Uf... Qué cansancio... —se quejó Yao, desperezándose ampliamente, con un trapo de limpieza en la mano.

—¿Así estará bien? —comentó Enen, quien procedió asimismo a lavar y escurrir el suyo.

—Supongo que sí —afirmó Maomao.

La boticaria dispuso el cajón que sostenía de vuelta en su emplazamiento originario. Sumaban ya varias jornadas consagradas a la limpieza de la enfermería. Mediante semejante zafarrancho, daban por concluidas las labores de la jornada previas al inicio de sus vacaciones.

A lo largo de las festividades del Año Nuevo, las damas de la corte gozaban de un periodo de asueto. Los oficiales médicos se turnaban para velar por la guardia del palacio interior, pero no necesitaban la permanencia de Maomao y sus dos compañeras.

Según decían, de no concederse el debido descanso a las sirvientas de la corte, sus familias de origen ponían el santo en el cielo. Era asunto de estado. «A decir verdad, para la inmensa mayoría de estas muchachas, la estancia en la corte no pasa de ser un adiestramiento previo al matrimonio —pensó Maomao para sus adentros—. O una oportunidad para buscar marido».

Sin embargo, dado que tanto Yao como Enen se tomaban su labor con una severidad intachable, era poco probable que consintieran en pasar el receso invernal o el estival en el seno de sus respectivos hogares. El padre de Yao había fallecido hacía unos años. La jefatura de la estirpe recaía en la actualidad en la figura de un tío paterno quien, según sus propios relatos, no albergaba otra pretensión que concertar un enlace para la joven. Para Enen, cuya única razón de ser estribaba en la custodia de su señora, ese pariente no guardaba otra condición que la de un adversario irreconciliable. Una amenaza tangible.

—Oye, Maomao, ¿qué vas a hacer tú durante las vacaciones? —inquirió Yao al tiempo que tendía el paño y procedía a lavarse las manos en la palangana.

—En mi caso, más bien empieza la época de mayor trabajo.

—¿Ah, sí?

—Sí... Los caballeros que perciben sus estipendios de fin de año no siempre encaminan sus pasos de vuelta a sus hogares.

Yao ladeó el rostro con ademán de perplejidad. Enen pareció comprender la insinuación de inmediato, por lo que dirigió una mirada fulminante hacia Maomao. Tratándose de una fuente inagotable de noticias, se hallaba al tanto de la actividad a la que se entregaba la familia de la boticaria.

—Maomao, te ruego que te abstengas de exponer a la señorita Yao a materias tan vulgares.

«Más que vulgares, son la pura realidad», protestó ella para sus adentros.

Hablando en plata: los hombres con los bolsillos llenos acudían en masa al barrio de placer para comprar los favores de las cortesanas de alto rango. Toda vez que semejantes fechas coincidían con el periodo de asueto de los médicos de la corte, la madame, la anciana regente del prostíbulo, le había ordenado que mantuviera la botica de la casa de flores abierta en todo momento. Dado que ignoraba cuándo podría regresar Luomen, la misma Maomao debía encargarse personalmente del negocio.

Por encima de cualquier otra consideración, le causaba un profundo desasosiego la duda de si Sazen, quien conservaba aún la condición de mero aprendiz en las artes de la farmacia, estaría resolviendo las faenas con soltura. «Quiero confiar en que todo discurrirá por el cauce debido, habida cuenta de que encomendé su tutela a Kokuyou...», intentó persuadirse a sí misma. Evocó la figura de aquel muchacho jovial de rostro profundamente marcado por las cicatrices de la viruela. Sus facultades como boticario gozaban de la debida solvencia, pero, al recordar su carácter algo desenfadado, le resultaba inevitable experimentar cierta desconfianza.

—Los pobres no nos podemos permitir el lujo de descansar, así que no tendré vacaciones.

Aparte de la botica, restaba asimismo la obligación de supervisar el estado del huerto de plantas medicinales. Conociendo a la madame, a buen seguro terminaría por encomendarle toda suerte de recados molestos bajo el menor pretexto.

Al dar fin a la recogida de los pertrechos de limpieza y alzar la mirada, Maomao advirtió que Yao balbuceaba unas palabras ininteligibles. Lucía el semblante propio de quien anhela manifestar un pensamiento, mas no halla el valor preciso para articularlo.

—¿Ocurre algo?

—Es que... La casa de tu familia es una botica, ¿verdad?

—Así es.

En esta ocasión, la joven denotaba una inquietud de todo manifiesta. Mientras Maomao ladeaba el rostro en ademán de perplejidad, Yao pareció tomar una resolución firme y armarse del coraje necesario.

—¡¿P-Podría ir a tu casa durante las vacaciones para seguir estudiando?!

—¡S-Señorita...!

La más sobrecogida ante el lance fue Enen. La pretensión manifestada por Yao distaba de contar con su complacencia. Era un disparate absoluto. «Es lógico, dado el lugar del que se trata», reflexionó Maomao en su adentros. Enen dirigió hacia ella una mirada impregnada de desesperada súplica, implorándole en el silencio que hilvanara sin dilatación cualquier pretexto para declinar la petición.

—Se trata de una zona con escasa seguridad, por lo que será mejor que lo desestimes. Por encima de todo, se congrega allí una multitud de hombres de una ruindad y un peligro superiores a los de cualquier oficial militar de la corte. No es un enclave adecuado para ti, Yao.

—Pero... Tú vives en un sitio así, ¿no? —replicó la joven de noble cuna al punto, lejos de amedrentarse por la advertencia.

—Yo he residido allí desde mi nacimiento. No creo que sea razonable equipararme contigo, que no estás acostumbrada a semejante entorno.

Aun cuando pretendía exponer una argumentación cimentada en la más elemental cordura, sus palabras parecieron encender el terco y competitivo orgullo de Yao.

—¡En tal caso, solo tengo que acostumbrarme!

—¡Señorita, resulta excesivamente peligroso! Seamos sensatas y disfrutemos del periodo de descanso de forma sosegada en casa.

—Pero si me quedo en casa, ¡vendrá ese hombre...!

Sin necesidad de preguntar a quién se refería, Maomao lo dedujo al instante: su dichoso tío paterno. «Conque pretende usar mi casa como refugio...», razonó la boticaria. Soportar que metieran en su propio hogar a candidatos a un matrimonio concertado debía de ser de lo más insufrible, hasta el extremo de inclinar su preferencia hacia un prostíbulo de baja estofa antes que padecer semejante tormento.

—Si es solo durante el día, no me importa que vengas, pero, ¿qué piensas hacer por la noche?

Al sobrevenir la noche, el trasiego de la clientela resultaba continuo y, por encima de todo, la vivienda de Maomao no pasaba de ser una choza decrépita. Aunque en la actualidad residían en el recinto Sazen y Chou, era del todo imposible brindarle hospedaje a una chica como Yao.

—A decir verdad, la casa de Maomao no reúne las condiciones mínimas para ser habitada por personas. Considero que resultará imposible, señorita.

—¿Y cómo es que sabes tú eso, Enen?

«A fin de cuentas, yo vivía allí... ¿Qué quiere decir?», pensó la boticaria para sus adentros, debatiéndose entre la ofensa y el estupor. A la sirvienta no se le había escapado detalle alguno. Se había tomado la molestia de investigar a fondo las condiciones del paraje. Ciertamente, resultaba ser una empleada de una eficacia pavorosa. Un sabueso infatigable.

—¿No dispones de otros conocidos? Algún amigo o amiga en cuyo hogar puedas pernoctar...

La pregunta de Maomao, a todas luces, no resultó ser la más afortunada. Yao mudó el semblante hasta ponerse lívida. Su expresión rayaba en las lágrimas. Un abatimiento absoluto. Enen asió a Yao por los hombros y dirigió hacia Maomao una mirada cargada de desesperada súplica que venía a exigir: «Pídele disculpas».

Comprendió la realidad al instante: la joven carecía de más amistades. La responsabilidad recaía por entero en la propia Maomao por no haber caído en la cuenta de tal evidencia. Se impuso salir del paso con particular destreza:

—Ah, claro. Es natural, con las reuniones familiares de estas fechas, resulta imposible que te reciban en otra casa.

—Efectivamente. Por eso pensó que contigo, Maomao, que tienes que trabajar, no habría problema, ¿no es verdad, señorita?

Enen le dedicó a Maomao un ademán de clara aprobación, alzando el pulgar. Sin embargo, ¿cabía juzgar aquello como una buena idea? De persistir en semejante vía, no restaría más remedio que conducir a Yao hasta las entrañas del barrio de placer.

«Siempre podría alquilar una habitación en la Casa Verdigris...», se le ocurrió a la boticaria. Imposible. En estas fechas, con la enorme afluencia de clientes, no restarían aposentos desocupados en el prostíbulo. E incluso si por algún milagro hallaran una estancia libre, la anciana madame le exigiría una suma sencillamente descabellada. Por añadidura, aun desembolsando la cantidad, no sabía si Yao conservaría la cordura en un recinto donde las quejas amorosas y los gemidos resonarían sin tregua a lo largo de toda la velada. Además, era muy probable que Enen terminara por abalanzarse contra los responsables de los gemidos a mitad de la noche. Un desastre anunciado. Tratándose los demás establecimientos de una índole semejante, Maomao empezó a devanarse los sesos en busca de alguna hospedería de buen pasar en la capital.

—Resulta más conveniente que no sea un hospedaje ordinario, supongo... ¿no?

—Así es —respondió Enen en lugar de Yao—. En una ocasión, cansada de la insistencia, la señorita se mudó a otro inmueble, pero al día siguiente ya la habían localizado.

«¿Pero quién demonios es ese tío?», se preguntó Maomao en silencio. Fue entonces cuando reparó en que, tal vez, la prodigiosa destreza de Enen para las labores de espionaje habíase forjado precisamente en la tentativa de desbaratar las estratagemas del tío de Yao.

—En ese caso, ¿no la encontrarán también de inmediato si viene a mi casa?

—No, es muy probable que, tratándose de tu entorno, Maomao, no haya problema.

¿A qué respondía semejante aseveración? «Ah...», captó acto seguido. Enen aludía a la nefasta reputación que pesaba sobre el distrito rojo. Para un linaje de alcurnia que aspiraba a concienzudos acuerdos matrimoniales, dejarse ver en semejante paraje de perdición para reclamar a una sobrina equivalía a empañar el buen nombre de la estirpe ante la sociedad.

Al mismo tiempo, vino a su memoria el alojamiento ideal que Yao y Enen precisaban en aquella coyuntura. Un recinto seguro, resguardado por entero de las miradas de la familia y donde, aun si llegaban a descubrir su paradero, nadie se atrevería a poner un pie sin el debido permiso. Existir, existía; mas a Maomao le resultaba de lo más arduo traducirlo en palabras. Era una recomendación amarga.

—Maomao, parece que tienes a alguien en mente, ¿verdad? —dijo Enen, aproximando el rostro con repentina brusquedad.

—Si conoces algún sitio, ¿tendrías la bondad de decírnoslo...?

Las narices de ambas quedaron a escasos milímetros de distancia. En semejante postura, ni siquiera resultaba factible apartar la mirada.

—Enen, te estás acercando demasiado —la frenó Yao.

Maomao dejó escapar un suspiro de alivio al verse liberada de la presión.

—Y bien, ¿dónde es? —insistió Yao por su parte.

A Maomao no le quedó más remedio que alzar las manos en señal de rendición.

—Se trata de la residencia de alguien a quien ambas conocéis de sobra. No pienso interceder en vuestro favor bajo ninguna circunstancia, así que, si vais a hacerlo, pedídselo vosotras mismas. Me refiero a ese sujeto con gafas redondas y el pelo alborotado...

Se refería, por descontado, a Lahan, el perspicaz contable de la familia. Tratándose de una estirpe de tan temida cuna, cuanto menos, espacio y comodidad en sus aposentos no habría de faltarles...






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