26/06/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 28




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 28
La Sacerdotisa de la próxima generación

Un leve tintineo resonó en la solemnidad del recinto mientras los restos óseos calcinados eran introducidos con sumo cuidado en la urna de cerámica. En aquella vasija ritual, de un tamaño apenas superior a la concavidad de las palmas de las manos, solo había espacio para albergar los fragmentos más pequeños y simbólicos.

Junto a un delicado mechón de cabello blanco que, por su textura y pureza, recordaba a un borlón de seda, envolvieron aquellas cenizas en un valioso tejido litúrgico. Se trataba de unos restos cualesquiera, que serían entregados a la comitiva de Shaoh para hacerlos pasar oficialmente por los de la Sacerdotisa, permitiendo así que esta última fingiera su deceso y escapara de su cautiverio místico.

Aquella mujer, cuyo verdadero nombre individual se desconocía, jamás habría llegado a soñar que su memoria terminaría siendo objeto de una veneración tan sagrada en una lejana tierra extranjera. Nunca habría alcanzado a imaginar que una multitud ingente de dignatarios acudiría en cortejo a despedir sus restos, ni que los músicos imperiales interpretarían solemnes melodías consagradas en exclusiva al descanso eterno de su alma.

Maomao se retiró del lugar de la ceremonia de forma sigilosa, deslizándose entre las sombras de las columnas, mientras acomodaba con sus dedos la banda negra, el distintivo con el que mostraba un luto puramente protocolario.



La Sacerdotisa falleció después de todo, tal y como había estipulado en su plan original.

Durante la inspección médica del cadáver no solo estuvo presente Maomao, sino que se contó además con la inestimable asistencia de su viejo, el experimentado Luomen. Si las circunstancias hubieran forzado la intervención de un facultativo oficial de la corte ajeno al secreto, no le habría quedado más alternativa que suministrar a la Sacerdotisa aquella peligrosa pócima de resurrección para fingir así una muerte temporal. «Sin mi viejo de por medio, habría resultado una quimera absoluta engañar a los inspectores imperiales», se consoló.

Maomao lamentaba sinceramente haber tenido que recurrir a una estratagema que guardaba tanto parecido con una coacción. No obstante, conocía bien la naturaleza de su viejo, un hombre de una ética tan inquebrantable que, en cuanto vislumbraba la más mínima oportunidad de salvaguardar una vida humana, inevitablemente terminaba por ablandarse y ceder. De ese modo, apelando a su compasión, lo había convertido en un aliado indispensable de aquella nueva farsa.

Y, por lo que respectaba a la persona que hasta entonces había encarnado a la verdadera Sacerdotisa...



—¿Le parece bien un lugar como este, Sacerdotisa?

Quien formuló la pregunta era Jinshi. Le asaltaban ciertas dudas sobre cómo dirigirse a aquella presencia ahora que ya no desempeñaba de manera oficial su sagrado ministerio, pero continuaba apelándola mediante su antiguo título.

Dado que su ser ya no investía tal dignidad, la estricta restricción religiosa que prohibía el acceso de los varones a sus aposentos había dejado de tener vigencia.

—Sí, me resulta un sitio muy tranquilo.

La estancia se hallaba resguardada por múltiples capas de densos cortinajes y biombos. Se había acondicionado aquella penumbra de manera meticulosa con el propósito de que la luz directa del sol no alcanzara su piel ni sus ojos albinos, extremadamente sensibles a la claridad.

—Me complace escucharlo. Tenía la firme disposición de ordenar el cambio de todo el mobiliario si el aposento no resultaba de su agrado.

La persona que se sumó a la conversación era una beldad de facciones andróginas vestida con ropajes masculinos. Ni qué decir tenía que se trataba de la exconsorte Ah-Duo. Se podría afirmar que aquel palacio exterior, alejado de las intrigas del harén, se había erigido como el refugio idóneo para albergar a quienes, por diversas vicisitudes políticas, ya no debían dejarse ver ante el escrutinio público.

El Emperador todavía solía dejarse caer con notable frecuencia por la residencia de Ah-Duo. Aunque ella ya no formara parte del selecto grupo de consortes del palacio interior, su agudeza intelectual y su pragmatismo superaban con creces las aptitudes de cualquier funcionario inepto de la corte. O bien, tal vez, despojados de las formalidades del trono, simplemente habían vuelto a ser los entrañables compañeros de bebida de antaño.

Sobraban los motivos de peso para mantener oculta a la Sacerdotisa en un enclave tan discreto y protegido. En su fuero interno, la Sacerdotisa no deseaba bajo ningún concepto que la institución mística que había representado durante dos décadas perdiera su prestigio y su influencia espiritual dentro del reino de Shaoh. Por esa precisa razón, su designio original era extinguirse en el extranjero, erradicando así cualquier vestigio o prueba física que revelara la farsa de su anatomía. La opción de un exilio político formal resultaba inviable, pues el mero hecho de admitir que la deidad de Shaoh viviera refugiada en el Imperio vecino arrastraría su reputación por los suelos.

Quizá la firmeza con la que inicialmente había elegido la senda del suicidio se debía a la desoladora convicción de que, despojada de su altar y de su identidad sagrada, ya no le restaba ningún cometido ni razón de ser por cumplir en este mundo terrenal. «Eso no es verdad», fue el pensamiento de Maomao. ¿Acaso no se daba cuenta del inmenso valor estratégico que poseía alguien que había permanecido en la cúspide del poder político de la nación vecina durante más de dos décadas? Sus vastos conocimientos del entramado político y de los secretos de Estado seguirían siendo de una utilidad inestimable incluso tras haberse visto obligado a descender definitivamente del escenario principal. ¿Qué precio se le podía asignar a toda la información confidencial acumulada a lo largo de tantos años de ministerio?

Para la Sacerdotisa, revelar tales secretos debía de suponer un doloroso acto de traición hacia el país donde había transcurrido la práctica totalidad de su existencia; no obstante, dadas las apremiantes circunstancias y su pretendida muerte oficial, ya no se hallaba en posición de andar con remilgos.

—Espero que cumpla rigurosamente con los términos del intercambio —comentó Jinshi.

—Descuide —respondió la Sacerdotisa con solemnidad—. Al fin y al cabo, la corte de Li retiene a dos valiosas rehenes en su poder.

Se refería, inequívocamente, a la Doncella Blanca y a la consorte Aylin, quienes permanecían arrestadas bajo la estricta custodia de los guardias imperiales en calidad de criminales de Estado. Teniendo en consideración la extrema gravedad de sus delitos, no habría resultado en absoluto de extrañar que las autoridades decretaran su decapitación en cualquier momento para aplicar el rigor de la ley.

—Además, les ruego que nos presten su apoyo para evitar que el actual monarca de Shaoh involucre a nuestra región en una contienda bélica —añadió Jinshi—. Siempre y cuando la información que nos brinde esté a la altura de la clemencia que solicita...

Jinshi esbozó una sonrisa colmada de astucia, consciente de estar planteando unas condiciones que ponían en jaque la soberanía de Shaoh a cambio de salvar a sus súbditas. Aunque sus célebres encantos de eunuco no habrían de surtir efecto alguno en un ser que, debido a la castración química de su infancia, había trascendido por completo las barreras y pulsiones del género, su imponente figura resultaba de un brillo casi cegador y molesto incluso en la profunda penumbra que dominaba aquella habitación.

Al fin y al cabo, en la alta política no existían los conceptos morales. Si un pacto secreto resultaba eficaz para salvaguardar la paz de las fronteras y gobernar con éxito, este tipo de alianzas no revestía nada de insólito en el devenir de los imperios.

Maomao siguió los pasos de Jinshi de cerca cuando este se dispuso a abandonar la penumbra de la estancia. La voz de la Sacerdotisa, sin embargo, la obligó a detenerse en el umbral y a volverse. Sostenía entre sus manos lo que parecía ser un pergamino enrollado.

—Ah, un momento. Quiero que te quedes con esto.

No extendió el presente hacia Jinshi, sino que se lo ofreció directamente a Maomao. Preguntándose con curiosidad de qué podría tratarse, la boticaria desplegó el rollo. El manuscrito constaba de varias hojas de pergamino superpuestas. En su interior, lejos de hallar una caligrafía erudita o un documento oficial, descubrió dibujados unos trazos de lo más crasos.

—¿Los garabatos de un niño? —se le escapó de la boca en un murmullo espontáneo.

—En efecto —asintió la Sacerdotisa, refrendando su suposición con un leve gesto de cabeza.

Maomao abrió los ojos de par en par por la sorpresa mientras intentaba hacer memoria de si existía algún menor relacionado con toda esta historia. «¡Claro que hay una!», recordó de repente. Se trataba de Jazgul, la muchacha muda de procedencia extranjera que aquel día iba acompañada por la asistente de la Sacerdotisa. Era la misma niña por la que ella, Yao y Enen se habían preocupado tanto en las jornadas previas mientras intentaban buscar a su tutor.

«Ahora que lo pienso, no la vi por sus dependencias anteriores de la Sacerdotisa y su séquito», se convenció. Suponiendo que aquella tosca obra hubiera sido dibujada por la mano de Jazgul, ¿qué oculto sentido poseía que se la entregaran en ese preciso instante? Maomao contempló las líneas teñidas detenidamente y sintió el imperioso deseo de ladear la cabeza, sumida en la confusión ante el enigma.

La ilustración, plasmada mediante tintes vegetales básicos, mostraba la silueta de dos personas ataviadas con vestiduras inmaculadas de color blanco. Por la fisonomía de los trazos, semejaban ser dos mujeres jóvenes. Además, un detalle llamó poderosamente su atención: una de las figuras lucía una suerte de vendaje enrollado de manera conspicua en la mano.

—¿Esta... soy yo?

—Así es.

Si la pequeña Jazgul las había dibujado a ella y a Yao, las normas de la cortesía dictaban que lo correcto era aceptar el obsequio con gratitud. Sin embargo, una flagrante incongruencia alteró sus pensamientos: Enen también había estado presente cuando coincidieron con la niña. Y en aquella ocasión, si la memoria no le fallaba, ninguna de las tres portaba sus uniformes blancos de aprendiz de médico del palacio interior, sino sus ropajes civiles ordinarios. «Qué extraño», pensó contrariada al percatarse de que el dibujo parecía registrar un hecho que la niña no debería haber visto.

Al darle la vuelta al pergamino buscando una respuesta, descubrió una serie de caracteres numéricos anotados en el dorso. Con toda probabilidad se trataba de una fecha precisa, pero los grafismos no correspondían en absoluto a las cifras del Imperio de Li a las que estaba habituada, sino al sistema de numeración propio de los reinos occidentales.

—A ver, esto es...

—Es un dibujo que hizo Jazgul antes de que partiéramos de Shaoh.

—¿Antes de partir?

No, aquello carecía por completo de toda lógica y fundamento. ¿Semejante escena había sido ejecutada mucho antes de que cruzaran sus caminos por primera vez en la capital? ¿Qué clase de burla pretendían jugarle?

En ese instante, las facciones de la Sacerdotisa adoptaron una inusual expresión, sutilmente pícara y desprovista de su habitual solemnidad.

—Ya te lo dije, ¿no? Que aun cuando mi presencia se extinguiera, la próxima Sacerdotisa desempeñaría su sagrado ministerio con una destreza superior. Aquella jornada en que Jazgul se extravió en las calles de la ciudad, lo hizo impulsada por un capricho incomprensible y ajeno a sus costumbres. Albergo la firme certeza de que aquel impulso no fue sino un dictado de su don para propiciar el encuentro fortuito con vosotras.

—No es posible... Desafía toda lógica...

Maomao, cuya mente analítica solo concedía crédito a aquello que poseía una base empírica, sólida y demostrable por la ciencia, se resistió a aceptar dicha facultad clarividente. Convencida de que la Sacerdotisa se estaba mofando de su credulidad, procedió a desvelar la siguiente hoja de pergamino. En aquella segunda ilustración aparecía nítidamente una figura que evocaba a la propia Sacerdotisa, flanqueada por un individuo dotado de un místico y exagerado resplandor —una obvia alusión a la deslumbrante belleza de Jinshi—, otra silueta estilizada de rasgos andróginos que representaba a Ah-Duo y, junto a ellos, los mismos trazos rudimentarios de la página anterior que la retrataban a ella misma. Una réplica exacta, una premonición gráfica, de los testigos que se hallaban congregados en ese preciso instante en aquella estancia.

—Mira la última hoja también con atención más tarde.

—...

Maomao no supo qué decir. Se limitó a permanecer allí de pie, inmóvil en el centro de la sala y completamente estupefacta ante la evidencia de lo imposible.

—Permíteme decirte una cosa —repuso la Sacerdotisa con voz queda—. Yo también poseía ese don durante los años de mi juventud. Los mitos de nuestra estirpe sostienen que las sacerdotisas de Shaoh, en compensación por nacer privadas de alguna facultad o atributo natural, reciben del cielo un poder extraordinario que desafía la razón humana. En mi caso, la providencia me privó del color del linaje al nacer albina, mientras que a la pequeña Jazgul la despojó de la voz al nacer muda. Aunque, en lo que a mí respecta, también me falta una facultad que se desvaneció por completo en el mismo instante en que descubrí mi verdadera identidad.

Mientras Maomao permanecía absorta, suspendida en aquel desconcierto, Jinshi regresó sobre sus pasos al umbral de la habitación.

—Oye, ¿qué haces? Vámonos.

—S-Sí, voy.

Maomao se apresuró a seguirlo, dejando atrás la penumbra del aposento. Jinshi avanzaba por los pasillos con un semblante teñido de extrañeza. A juzgar por su actitud, resultaba evidente que no había alcanzado a percibir las últimas y reveladoras palabras que la Sacerdotisa había pronunciado en un murmullo.

«¿Qué oculto sentido entraña todo esto? Qué criatura tan enigmática y laberíntica resulta ser esa Sacerdotisa...», se inquietó la boticaria, sintiendo un escalofrío. Su mente analítica se resistía a aceptar el milagro: debía de existir, por fuerza, una explicación estrictamente lógica y científica para tales dibujos. No obstante, por más que repasaba los hechos, no lograba dar con la clave del misterio. Mientras ascendía al carruaje oficial, continuaba dándole vueltas a la cabeza, intentando convencerse de que no se trataba más que de una mera coincidencia fortuita que las místicas de Shaoh habían adaptado de forma astuta para amoldarla a la situación presente.

Una vez acomodada en el interior del vehículo, al amparo del vaivén de los caballos, desdobló con mano trémula el último pedazo de pergamino. La nueva ilustración la obligó de nuevo a ladear la cabeza, sumida en un absoluto y espeso desconcierto.

—¿Qué es esto...? —inquirió Jinshi, al percatarse de su fijeza.

—Quién sabe —respondió ella en voz baja, ocultando el alcance de sus sospechas.

En la superficie del papel, solo se hallaba trazada una línea recta horizontal y, justo sobre ella, un dibujo emborronado por completo con un densísimo manchón negro como el tizón. Semejante abstracción gráfica resultaba turbadora: bien podría simbolizar un eclipse total, una inmensa sombra destinada a cernirse sobre el Imperio, o tal vez el vaticinio de una gran devastación o conflicto bélico que amenazaba con sumir el porvenir en la más absoluta de las tinieblas.



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