22/06/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 26




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 26
La verdad sobre la Sacerdotisa

El viento se sentía denso. A pesar de que la temperatura era ostensiblemente más fresca que la de su clima habitual, aquella persistente humedad que se adhería a la piel resultaba extraña y difícil de asimilar. Con todo, no hacía falta salir al exterior para percibir la debilidad con la que el sol hería los contornos del edificio. En esta nueva realidad, sus paseos eran un poco más prolongados que de costumbre; un sutil cambio que le infundía una callada alegría.

Al echar la vista atrás, se preguntó cuántas aventuras habría experimentado en el transcurso del último mes. Había transcurrido toda una existencia en el confinamiento de una mansión, consagrando cada día a una vida cuyo único propósito era el de recibir una devoción ciega. Que la multitud le profesara semejante veneración era lo familiar, lo predecible y, al mismo tiempo, un hastío insoportable. Si alguien hubiera codiciado aquel altar, habría deseado ocupar su lugar; sin embargo, su mera presencia física, la simple obligatoriedad de su cargo, bastaba para frustrar de manera sistemática cualquier oportunidad de relevo.

Le habían conferido el título de «Sacerdotisa» durante tanto tiempo que la memoria ya no alcanzaba a recordar su verdadero nombre. Si alguna vez hubiera renunciado a su posición, se habría hallado ante la encrucijada de no saber qué identidad reclamar para sí.

Por fin, todo estaba a punto de concluir.

Dejaba transcurrir las horas entregándose a una laxitud casi indolente, con la certeza de que este letargo no era más que una última tregua antes del desenlace.

En la penumbra de la estancia, guarecida por múltiples capas de cortinajes, el sutil crujido de unos ropajes interrumpió el silencio. Al volver la vista hacia el origen del sonido, descubrió a una muchacha que asomaba apenas medio rostro, observando en su dirección con tímida cautela. La joven se llamaba Jazgul, nombre que significaba «flor de primavera». Había sido conducida a su servicio un año atrás y, según decían, padecía de una mudez congénita.

Habría resultado descortés inquirir por el encadenamiento de infortunios que la habían empujado hasta aquel rincón del mundo. Aunque sus facciones eran agraciadas y poseían una innata dulzura, la extrema delgadez de sus extremidades delataba una severa falta de nutrición. Le habían dicho que no sabía leer, pero dado que su oído era perfectamente funcional, asimilaba sin dificultad cuanto se le comunicaba. Aquella absoluta ausencia de instrucción resultaba, paradójicamente, de lo más conveniente para salvaguardar los secretos del palacio.

Al recibir una sutil seña de invitación, Jazgul se aproximó con el semblante radiante. No se aguardaban visitas en toda la jornada. Durante los días precedentes, la Sacerdotisa había permanecido postrada en el lecho por la enfermedad, desatendiendo por fuerza la compañía de la menor, por lo que consideró un deber dedicarle un momento de afecto.

La Sacerdotisa acogió con una cálida sonrisa a la muchacha, que avanzaba henchida de felicidad. Tras incorporarse del lecho con movimientos gráciles, rescató de un rincón del cuarto los utensilios destinados a la pintura. Recogió una pizca de pigmento rojo con la yema del dedo y trazó con ella una marca ritual en la frente de la joven. Jazgul se prestó al rito con absoluto deleite, sumisa y complacida; acaso por el aislamiento que le imponía su silencio, o tal vez por su falta de educación, denotaba un temperamento considerablemente más pueril de lo que correspondía a su edad biológica.

Una vez que hubo engalanado su rostro con el color, la Sacerdotisa extendió unas hojas de pergamino sobre la mesa, dispuso los tintes y ofreció a Jazgul una pluma de ave acuática.

—¿Qué has soñado hoy?

Ante la pregunta de la Sacerdotisa, Jazgul comenzó a plasmar sus trazos con mano inexperta. Privada de la voz y de la palabra escrita, aquellos toscos dibujos constituían su único puente con el exterior, su solo medio de comunicación para expresar lo que anidaba en su mente.

En cuanto los trazos cobraban forma, la niña se sumía en una concentración imperturbable. Sin embargo, no era lícito que prolongase su estancia en las habitaciones privadas de la Sacerdotisa de forma indefinida; el mediodía andaba cerca y la hora de la comida era inminente.

—Vuelve a tu habitación.

Reunió los pliegos y los pigmentos para depositarlos en manos de Jazgul. Debido al volumen del pergamino, la pequeña no logró asir el fajo con destreza y varias hojas se dispersaron por el suelo. Mientras se agachaba a recogerlas, buscaba el amparo de la mirada de la Sacerdotisa con ojos suplicantes, implorando una prórroga para permanecer a su lado; no obstante, el deber no ofrecía alternativa. La Sacerdotisa le acarició el cabello con una indulgencia mucho más honda que la habitual.

—No puedo estar siempre a tu lado. Seguro que puedes dibujar tú sola, ¿verdad?

Al percibir el dócil asentimiento de la muchacha, la Sacerdotisa esbozó una sonrisa.

Poco después de que Jazgul saliera, hizo acto de presencia su asistente. La Sacerdotisa se refería a ella bajo el apelativo de «oráculo». Para ella, el significado profundo de ser una oráculo venía a ser el mismo que el de ser una sacerdotisa. La oráculo también debía de ser alguien que, al igual que la Sacerdotisa, había desterrado de la memoria hasta su propio nombre individual en favor de la institución que representaba. La pobre chica había heredado aquel ministerio de su predecesora y sumaba ya casi veinte años de absoluto desvelamiento al servicio de la Sacerdotisa.

«Una sacerdotisa es, en esencia, una Miko, o una divinidad en sí misma», recordó las palabras que tiempo atrás había pronunciado su anterior oráculo. Era del todo apropiado que se llamara oráculo a alguien cuya única razón de ser era servir a una Miko. Después de todo, escuchar y descifrar la voz de la divinidad constituía la verdadera labor de un oráculo.

(NT: En el original japonés, este fragmento contiene un juego de homófonos que es imposible de traducir. El término «Sacerdotisa» (Miko - 巫女) y lo que hemos traducido como «divinidad» o «Miko» mismamente (Miko - 神子) se pronuncian exactamente igual, pero el segundo tiene una traducción literal que sería más bien «Hija de Dios». El texto revela que el título oficial de la Sacerdotisa oculta en su origen lo que se cree que es su verdadera naturaleza: alguien descendiente de los dioses. Asimismo, el término que usa para referirse a su asistente (Fugeki - 巫覡), que hemos traducido como «oráculo», es una palabra formal que designa a los chamanes encargados de escuchar e interpretar los designios de dicha divinidad.)



Con el transcurrir de las eras, el místico concepto de una «Miko» se diluyó hasta convertirse en el simple título de «Sacerdotisa». ¿Se debió acaso a que la elección recaía exclusivamente en el sexo femenino, o bien a que no quedó más remedio que limitar la sucesión a las mujeres? Fuera cual fuera el motivo, el origen de dicha práctica yacía sepultado en el olvido.

En su fuero interno, existía la firme convicción de poseer la pureza espiritual y la aptitud necesarias para investir la dignidad de «Sacerdotisa». Aquel destino se manifestó por mediación de la anterior oráculo durante los años de su más tierna infancia. Antes de alcanzar el uso de razón, sobrevino el definitivo traslado a las estancias más recónditas del palacio exterior, el santuario donde, a partir de ese instante, transcurriría todo su desarrollo y crianza en el más estricto aislamiento.

Le aseguraron que su naturaleza era excepcional. Poseía un cabello blanco, una piel de una palidez extrema y unas pupilas de un marcado tono carmesí. Le hicieron creer que, precisamente por carecer de cualquier pigmento, su ser permanecía como un lienzo limpio, capaz de canalizar y escuchar la auténtica voz de la divinidad.

Cada uno de sus gestos inconscientes, el más leve balanceo o parpadeo, se transformaba de inmediato en un augurio sagrado que la oráculo se encargaba de descifrar e interpretar ante los hombres.

Los vaticinios de la Sacerdotisa Blanca gozaban de una infalibilidad absoluta. Se trataba de la única presencia ante la cual incluso el Rey se doblegaba en señal de sumisión. De hecho, resultaba cuestionable si era legítimo conferirle una condición puramente humana, pues permanecía en confinamiento en lo más inaccesible del palacio exterior, como una figura consagrada a ojos del mundo como si fuera una deidad encarnada.

Una deidad, por definición, no precisaba instrucción alguna; su mera existencia debía encarnar la cumbre de lo supremo. Por ello, generación tras generación, las sucesivas oráculos jamás habían cultivado el intelecto de las sacerdotisas en ninguna disciplina material. La anciana oráculo que se había hecho cargo de su tutela debió de ser una excepción sumamente extravagante al romper sutilmente esa norma. Aun así, era innegable que creció bajo la sombra de una absoluta ignorancia respecto a las realidades elementales del mundo exterior.

La tradición estipulaba que la Sacerdotisa debía abdicar con el advenimiento de la primera menstruación, pues la sangre menstrual se consideraba un símbolo de madurez terrenal que quebrantaba la pureza ritual. ¿Qué destino le aguardaría una vez despojada del manto sagrado? Sin la menor capacidad para vislumbrar semejante porvenir, el tiempo siguió su curso inexorable: cumplió la edad de diez años, y posteriormente la de quince.

Había llegado a sus oídos que la aparición del ciclo menstrual variaba notablemente según la constitución de cada persona, y que entre las dignatarias del pasado hubo quienes jamás llegaron a experimentarlo. Consiguientemente, dedujo que su situación no era nada inusual y que su único deber consistía en perseverar en el ejercicio de su sagrado ministerio. No obstante, resultó imposible ignorar que, más allá de la persistente ausencia de la regla, su fisonomía comenzaba a manifestar otras divergencias anatómicas.

Su osamenta no experimentaba transformación alguna de las que caracterizan la maduración del cuerpo femenino. Su pecho permanecía completamente plano, sin el menor atisbo de desarrollo mamario; en contraposición, su estatura se elevaba ostensiblemente y sus extremidades se prolongaban de una manera ajena a la línea de las mujeres de la corte. Por muy profunda que fuera su ignorancia sobre el mundo, el instinto le bastaba para discernir las diferencias morfológicas esenciales que separaban la fisonomía masculina de la femenina. Al trasladar sus dudas a la oráculo, esta se limitó a sentenciar con solemnidad: «Es que su caso es especial». Pese a la aparente calma de sus palabras, a partir de ese preciso instante comenzaron a introducir de forma sistemática en su sustento diario ciertos brebajes e ingredientes extraños; sustancias destinadas secretamente a frenar el desarrollo natural de su cuerpo y prolongar de forma artificial su apariencia andrógina.

Su cuerpo no experimentaba ningún desarrollo propio del sexo femenino. Su busto no aumentaba en absoluto; en su lugar, solo incrementaron su estatura y la longitud de sus extremidades. Por muy ignorante del mundo que fuera, sabía distinguir los rasgos diferenciales de los cuerpos de un hombre y una mujer. Al preguntarle a la oráculo, esta le respondió:

—Es que su caso es especial.

Pese a decirle eso, a partir de entonces empezaron a incluir en su sustento ingredientes extraños y poco habituales.

Los meses y los años transcurrieron en medio de aquella incomprensión. El volumen de suplicantes que acudían al palacio exterior en pos de una predicción aumentó de manera considerable, espoleado por la creciente leyenda de su infalibilidad. Le dijeron que, durante las sesiones de adivinación, actuara con absoluta libertad de movimientos, bajo la única y estricta premisa de no emitir el más leve sonido articulado que pudiera delatar el timbre real de su voz. La oráculo se reservaba el derecho exclusivo de actuar como su portavoz y única intérprete autorizada ante la corte.

Aquella misma oráculo cayó gravemente enferma cuando la Sacerdotisa ya había alcanzado la edad de veinte años. Se trataba de un declive natural por vejez; sin embargo, para alguien que jamás había contemplado el deceso de un ser humano, el concepto de la muerte resultaba una abstracción incomprensible. En sustitución de la debilitada anciana, llegó la actual asistente, quien, al ser nieta de la anterior, asumió el linaje del cargo de oráculo.

La anciana, sintiendo la inminencia del final, mandó llamar a la Sacerdotisa a su lecho de muerte para confesarle el secreto celosamente guardado durante dos décadas: el verdadero motivo por el cual su ciclo menstrual jamás aparecería y la razón última por la que su anatomía se negaba a adoptar las formas sinuosas de una mujer.

Había nacido en una pequeña y recóndita aldea de Shaoh. Se trataba de un enclave próspero, bendecido por una exuberante vegetación que contrastaba con los áridos desiertos que sepultaban la mayor parte del reino. En dicho asentamiento, concebido originalmente como un retiro pacífico para las antiguas sacerdotisas que abandonaban el cargo, la práctica totalidad de los lugareños compartía los lazos consanguíneos de las pasadas dignatarias. Debido a esa endogamia dinástica, era muy probable que el nacimiento de vástagos albinos se repitiera a lo largo de las generaciones. Y fue precisamente en aquel remoto oasis donde la Sacerdotisa vino al mundo. Como un varón.

Había nacido en una pequeña aldea. Se trataba de un lugar próspero y de exuberante vegetación dentro de Shaoh, un reino cubierto en su mayor parte por áridos desiertos. En esa aldea, dispuesta como refugio para las sacerdotisas retiradas, la mayoría de los lugareños llevaba en sus venas la sangre de las anteriores dignatarias. Es probable que en el pasado también hubieran nacido allí sacerdotisas albinas. Y fue en ese lugar donde la Sacerdotisa vino al mundo. Como un varón.

Pensó que se trataba de una broma de mal gusto, una farsa de una tremenda crueldad. No tenía ninguna gracia; llegó a creer que el motivo de aquella revelación no era sino una burla despiadada hacia su persona. Sin embargo, la anciana prosiguió con su relato, desgranando los hechos con una voz ronca y debilitada por la inminencia de la muerte.

El soberano de aquella época era un hombre rudo, de una ambición desmedida y violenta. En Shaoh, un reino que florecía gracias a su estratégica posición como encrucijada en las rutas comerciales, el monarca concibió la insensatez de declarar la guerra a los territorios vecinos para expandir sus fronteras. La corte y los vasallos intentaron disuadirlo por todos los medios imaginables, pero el joven y obstinado rey se negó en redondo a atender a razones.

La única columna capaz de contrarrestar tan semejante poder absoluto era la figura mística de la «Sacerdotisa». Sin embargo, la fe del pueblo en la dignataria de aquel entonces se había debilitado debido a su avanzada edad, y se hallaba ya en el umbral de su jubilación forzosa.

Por decreto dinástico, cuando una nueva «Sacerdotisa» asumía el sagrado ministerio, se celebraba una audiencia solemne con el Rey. Si la elegida resultaba ser una «Sacerdotisa» blanca y especial —un ser albino considerado un milagro viviente—, dicho encuentro adquiría una trascendencia política y espiritual aún más profunda, capaz de dictar el destino de la nación.

La oráculo decidió instrumentalizar a la criatura para derrocar al insensato en el mando antes de que arrastrara al reino a la destrucción. Para mantener la ficción ante el mundo y cumplir con el requisito de que el puesto fuera ocupado por una mujer, hizo que el infante dejara de desarrollarse como un varón. Mediante el mismo procedimiento quirúrgico que se aplicaba a los cabritos de los rebaños, sometió al pequeño a una castración química y física que detuvo por completo su maduración masculina.

Privado de su sexo biológico, aquella sacerdotisa fue presentada ante el monarca bajo la apariencia de una niña consagrada. No era inusual que un lactante se mostrara inquieto ante el gentío, y la crónica palaciega registró que la criatura rompió a llorar, abrumada por la atmósfera solemne del templo. La vieja oráculo se valió de aquel llanto como el pretexto perfecto para proclamar el veredicto de su supuesto augurio divino: «¡Este hombre no es digno de portar la corona!». Aquella profecía bastó para que el pueblo y la corte despojaran de autoridad al Rey.

Aquella tardía confesión cayó sobre su conciencia como la negación absoluta de toda su existencia. A pesar de haber portado con orgullo la dignidad de «Sacerdotisa» durante más de dos décadas, toda su vida se había transformado en una mentira colosal en un solo instante.

Un mero peón de ajedrez político, concebido con el único propósito de derrocar a un monarca tiránico; no había sido más que eso. Y, sin embargo, había transcurrido todo este tiempo bajo el dulce engaño de ser una criatura bendecida por los dioses.

Sintió el imperioso deseo de proferir terribles maldiciones contra la figura moribunda que yacía ante su lecho. No obstante, su ignorancia sobre el mundo exterior era tan profunda que ni siquiera conocía vocablos lo suficientemente hirientes como para injuriarla. Los escasos conocimientos que poseía no servían para aliviar aquel dolor; e incluso ese exiguo saber no había sido más que una velada concesión, un tardío regalo que la vieja oráculo le otorgó en sus últimos suspiros para acallar los remordimientos de su propia conciencia.

Tras el deceso de la oráculo, la Sacerdotisa obtuvo el traslado a una residencia cercana a su aldea natal, bajo el pretexto de requerir un periodo de reposo para restablecerse de sus dolencias. Quien precedió en el cargo a la oráculo había sido una estratega brillante; había manejado los hilos de la Sacerdotisa como si fuera una marioneta mística a las mil maravillas, logrando con ello pacificar y estabilizar la alta política del reino. Su nieta, la actual asistente, poseía un intelecto agudo, pero carecía por completo de experiencia para sostener la gran mentira frente a las sospechas de los ministros. Quizá fuera más preciso decir que aquella marcha no fue un retiro voluntario, sino una huida desesperada de la capital.

De hecho, con el relevo en el cargo del oráculo, comenzó a filtrarse desde la corte una sutil pero implacable presión política que instaba a sustituir a la «Sacerdotisa» por una figura más legítima. A raíz de estas intrigas, varias jóvenes de la alta aristocracia acudieron a las estancias del palacio exterior en calidad de aprendices, con la velada intención de reclamar el trono sagrado. Entre ellas se encontraba Aylin.

A pesar de que en su fuero interno pensaba que podría entregar el puesto de «Sacerdotisa» en cualquier momento, la dura realidad le obligó a aferrarse a él con desesperación. Al fin y al cabo, sin aquel altar, no era nada: un ser creado artificialmente y en exclusiva para encarnar a la «Sacerdotisa», alguien que en el camino había olvidado por completo hasta su propio nombre.

Aylin le profesó un sincero afecto durante aquel periodo. No obstante, para la gran mayoría de las jóvenes aprendices que codiciaban el altar, la permanencia de la Sacerdotisa Blanca no era sino un obstáculo insufrible que retrasaba sus propias ambiciones de ascenso.

Fue precisamente en el instante en que le indicaron que no sería posible prolongar aquel retiro por más tiempo sin levantar sospechas, cuando hizo su aparición un emisario procedente de la recóndita aldea natal de la Sacerdotisa. El mensajero portaba consigo, oculto entre pliegues de pañales de un blanco inmaculado, a un tierno recién nacido. Aquel lactante poseía una piel de una palidez tan extrema y carente de pigmento que permitía vislumbrar de forma casi transparente el curso de las venas bajo su superficie; una señal inequívoca de que el linaje de los vástagos albinos había vuelto a manifestarse para perpetuar el mito de la deidad.



—Sacerdotisa.

La Sacerdotisa se sobresaltó al escuchar aquella voz, de una familiaridad tan honda como perturbadora. Frente a ella, de pie, aguardaba la oráculo. Sin percatarse del tiempo que había transcurrido, su mente se había quedado suspendida, ensimismada en las brumas del pasado.

—Ejem... ¿Está completamente segura de esto?

Delante de ella, sobre la mesa, habían colocado un tazón que contenía gachas de arroz. En un momento de lucidez, había ordenado que le prepararan el sustento. Aquella comida no era más que el vehículo para el veneno con el que planeaba dar fin a su existencia fingiendo una muerte por enfermedad.

—Si nos demoramos más, resultará sospechoso.

—...

El rostro de la oráculo permanecía ensombrecido por la culpa. La Sacerdotisa creía haber asimilado ya su destino con absoluta entereza, por lo que no alcanzaba a descifrar los motivos de tanta pesadumbre en el rostro ajeno. Su joven asistente apretó los puños con una fuerza impotente y mantuvo la cabeza baja, rehuyendo con desesperación cruzar la mirada.

—Me lo tomaré a solas. Por favor, puedes retirarte.

En sus labios se dibujó una sonrisa; una mueca forzada, pues no le quedaba más amparo que ese.

—Sé bien que puedo confiar en ti para culminar lo que resta de este plan.

Dispuso la cuchara de cerámica y comenzó a elevarla despacio hacia su propia boca para ingerir el tazón letal, cuando de improviso, se percató de que en el exterior de las estancias se propagaba un clamor inusual, un gran alboroto que rompía la sagrada quietud del templo.

Frunció el ceño con extrañeza e intercambió una mirada de alerta con la oráculo en el preciso instante en que la pesada puerta de la estancia se abría de par en par, violentando la clausura.

—¡Con permiso!

Quien irrumpió en el sagrado recinto con semejante audacia y desparpajo, expresándose en la lengua de la corte de Li, era una muchacha de corta estatura. Se trataba de Maomao, la ayudante del médico imperial, que ya había acudido en ocasiones previas a examinar sus constantes bajo el pretexto de su fingido malestar. La Sacerdotisa recordaba con certeza que hoy no figuraba ninguna visita médica en el protocolo.

—¡Qué... Qué desfachatez! ¡Esto es intolerable! —exclamó la oráculo, tratando de salvaguardar la intimidad de la dignataria.

Se interpuso con presteza en el camino de la intrusa, pero la joven boticaria la esquivó con una agilidad sorprendente y se plantó de golpe ante la mismísima Sacerdotisa. ¿Qué negligencia fatal estaba cometiendo la guardia de palacio para permitir semejante atropello?

—No desfachatez. ¡Mi trabajo! —expresó Maomao cambiando de idioma, en la lengua de Shaoh.

Hablaba con una timidez evidente y un esfuerzo titánico por pronunciar las palabras. Mientras la Sacerdotisa la contemplaba estupefacta, suspendida en el desconcierto y sin lograr descifrar las intenciones de aquella intrusión, la joven le arrebató la cuchara de la mano con un movimiento certero. Acto seguido, introdujo el arroz en su propia boca y se lo tragó de un solo bocado.

Tanto las facciones de la Sacerdotisa como las de la oráculo mudaron instantáneamente en una palidez mortal al comprender que la intrusa acababa de ingerir la dosis letal de hongos venenosos. Sin embargo, lejos de desfallecer, la ayudante del médico esbozó una amplia sonrisa de oreja a oreja y clavó sus ojos entrecerrados, fijos y perspicaces, en el rostro de la Sacerdotisa.

—Estar rico. Gachas de veneno —sentenció Maomao, exhibiendo en su mirada un indiscutible semblante de triunfo tras haber desbaratado el intento de suicidio.






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