05/06/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 19




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 19
El primer contacto

Junto a la corte, cerca del palacio donde residía Ah-Duo, se erguía otro gran palacio de verano. Era el lugar destinado principalmente a agasajar a los invitados extranjeros. En esta ocasión, parecía que la delegación de la Sacerdotisa de Shaoh lo estaba utilizando como residencia temporal.

Maomao, Yao, Luomen y varios guardias habían acudido allí para realizar la anamnesis de la Sacerdotisa. Al fijarse en los rostros de la escolta, Maomao reconoció a algunos; eran eunucos con los que se había cruzado anteriormente en el palacio interior. Dado que la paciente era una Sacerdotisa, aquel palacio se había convertido prácticamente en un recinto prohibido para los hombres.

—Es un lugar un tanto peculiar, ¿verdad?

Aunque estaba cerca de la corte, se encontraba en la dirección opuesta al pabellón donde residían Maomao y Yao. No solían tener oportunidad de observarlo con detenimiento. Maomao lo había visto de pasada varias veces al visitar a Ah-Duo, pero, al fijarse bien, ciertamente tenía una arquitectura extraña.

Se podría decir que era de estilo extranjero. Su atmósfera recordaba más a las edificaciones del oeste que a las propias de Shaoh. Maomao nunca había visto nada igual en persona, pero se asemejaba mucho a las ilustraciones de los libros que solía leer. Empleaba madera y, en ciertas partes, ladrillo; la parte superior de las ventanas tenía forma de semicírculo. El uso de cristal en varios puntos era la definición misma del lujo. En el jardín había un arco de rosas; en pleno apogeo de la floración, debía de ser un espectáculo digno de ver.

La vestimenta del servicio también era algo distinta, aunque todos parecían pertenecer a la etnia de Li, con sus cabellos y ojos negros. «En un lugar donde se hospedan dignatarios extranjeros, no pueden contratar a personal extranjero —pensó Maomao—. Si hubiera algún espía, el asunto pasaría a mayores. Incluso esa señora cubierta de barro que cuidaba el jardín debía de tener unos antecedentes impecables».

Al entrar en el edificio, las recibió una mujer de rasgos marcadamente extranjeros. Era alta y su cabello era de un castaño claro. Sus ojos tenían un color aceitunado, a medio camino entre el verde oscuro y el amarillo.

—Os estábamos esperando. Pasad al fondo, por favor.

Parecía que esta mujer también compartía esa pronunciación tan característica de la joven con quien se cruzaron en la tienda de dulces. Siguieron sus indicaciones y se adentraron en el palacio.

El interior resultó ser aún más refinado que el exterior. El suelo era de piedra y las columnas de roca estaban adornadas con grabados. Había objetos decorativos de importación dispuestos de forma simétrica. Maomao avanzaba observándolos de reojo, pensando que, si se caía uno, el equivalente a la plata de toda una vida para un plebeyo se desvanecería como el humo.

A medida que se internaban en las profundidades del edificio, la luz empezaba a escasear. Las ventanas estaban cubiertas por cortinas que amortiguaban la claridad del exterior. «Claro, debe de ser por su condición de albinismo», infirió Maomao. Cabello blanco, piel blanca y ojos rojos. Se decía que algunos tenían ojos azules o cabellos con reflejos dorados, pero, en cualquier caso, eran vulnerables a la luz del sol. Según le había contado su padre, los albinos carecen del pigmento que las personas poseen de forma natural y, debido a ello, sufren con mayor intensidad el estímulo de los rayos solares.

A la par que se bloqueaba la luz de las ventanas, se habían dispuesto fuentes de iluminación por el suelo. Se empleaban velas, incluso a plena luz del día, colocadas a intervalos regulares para iluminar los corredores. El dulce aroma de la cera de abeja flotaba en el aire; Maomao no pudo evitar pensar en el derroche que aquello suponía.

Xeniaxen: ¿Y nadie piensa que esto es peligroso? ¿Velas y cortinas? ¿Hola?

—Es aquí. Lamento tener que pedirlo, pero, ¿podrían los varones esperar afuera?

—Entendido.

Luomen y los guardias se detuvieron ante la entrada. Maomao y Yao entraron en la habitación. El interior estaba en penumbra y saturado por el olor del incienso. La luz anaranjada de las llamas oscilaba, revelando una silueta tras el dosel de una cama.

—He traído a las visitantes.

Junto al lecho se encontraba una mujer que parecía ser su ayudante. Tenía la piel cobriza. A Maomao le resultaba un rostro familiar y, mientras ladeaba la cabeza intentando recordar, Yao reaccionó primero:

—¡Ah! —soltó una exclamación un tanto torpe y, acto seguido, se tapó la boca.

Maomao le dio un codazo en el costado. Mientras lo hacía, recordó por qué le resultaba conocida: era la mujer extranjera que se había llevado a la niña llamada Jazgul el otro día. Por el trozo de seda bordado que les dio como agradecimiento por encontrar a la pequeña, ya sospechaba que era rica, pero jamás habría imaginado que formaba parte del séquito de la Sacerdotisa.

«Vaya, de modo que las sacerdotisas también comen rana...», se divirtió pensando. Había dado por hecho que, debido a algún precepto contra el sacrificio de animales, no consumirían carne ni pescado. Al oír que la Sacerdotisa estaba enferma, barajó la posibilidad de una desnutrición por falta de proteínas, pero quizá se equivocaba.

La mujer de piel cobriza también pareció reconocerlas; su rostro mostró una expresión de sorpresa, pero fue tan solo un instante. Recuperó de inmediato su semblante serio. Así es: estaban allí por trabajo, y debían separar lo profesional de lo personal.

—Adelante.

Su acento era aún más marcado que el de la otra mujer. Al descorrerse las cortinas, apareció una belleza con la apariencia inconfundible de una albina. Le habían dicho que rondaba los cuarenta años, y ciertamente presentaba las líneas de expresión propias de su edad. Al estar recostada era difícil asegurarlo, pero parecía ser bastante alta. Más bien tendía a la corpulencia, pero al tener las extremidades largas, no daba la impresión de estar obesa.

«Si fuera más joven y delgada...», caviló la boticaria. Aquella dama que tenía delante era idéntica a la mujer extranjera del cuadro que pintó ese artista obsesionado con las bellezas. «Y... Si hablamos de parecidos, ciertamente es su viva imagen», sentenció hacia sus adentros. ¿A quién se refería? Es evidente, a la Dama Blanca.

Maomao tenía una misión secreta encomendada por Lahan. «¿Posee esta mujer realmente los requisitos para ser Sacerdotisa o, por el contrario...?», resolvió, centrándose en su cometido. Debía averiguar si aquella mujer había perdido su condición hacía tiempo y había dado a luz a esa joven llamada la Doncella Blanca. Estaba allí para cerciorarse de ello. No podía permitirse cometer ningún error ni levantar la más mínima sospecha mientras ejecutaba su plan.

«Para determinar si una mujer ha pasado por un parto...», se dijo. Lo más rápido y directo sería realizar una exploración ginecológica, pero eso, lógicamente, era impensable dadas las circunstancias. Quizá podría intentarse más adelante, paso a paso, si surgiera alguna sospecha de dolencia femenina que lo justificara.

«Si no puedo hacer eso, solo queda otra opción», decidió. Durante la gestación, el vientre aumenta de tamaño de forma drástica en un periodo de diez meses. El abdomen se hincha hasta casi reventar y vuelve a contraerse tras el alumbramiento. Las marcas que aparecen en ese proceso se conocen como estrías del embarazo. Se forman porque la piel no es capaz de seguir el ritmo de crecimiento del vientre y las fibras dérmicas terminan por quebrarse. «Ni la Emperatriz Gyokujou ni la consorte Lihua las tenían, pero...», meditó. En un parto normal, lo más probable era que aparecieran. Por supuesto, cabía la posibilidad de que no quedara rastro de ellas, pero era un factor que podía servir para la comprobación. «Quizá sí que me permitan examinarle el abdomen», planeó.

Maomao inclinó la cabeza con parsimonia y se aproximó al lecho. Ya lo había consultado con Yao para repartirse las tareas: su compañera se encargaría del registro escrito y Maomao de la exploración física. Aunque a Yao le habría gustado realizar ella misma la palpación, tuvo que desistir después de que otros oficiales médicos determinaran que Maomao era más precisa a la hora de tomar el pulso.

La boticaria empezaba a comprender por qué Enen la adoraba de esa forma tan peculiar. Yao era una persona demasiado honesta y directa. Para alguien retorcido, su presencia resultaba a veces molesta y otras veces deslumbrante.

Del mismo modo que había aceptado con resignación que Enen fuera elegida como dama de compañía de Jinshi, también fue capaz de aceptar su propia evaluación frente a Maomao una vez que quedó demostrada la destreza de esta. Demostró una madurez asombrosa al asumir que la habilidad práctica estaba por encima de cualquier preferencia personal.

Previamente, les habían facilitado unos escritos donde se detallaba el malestar de la paciente y los tratamientos que había seguido hasta la fecha. Tras consultarlo con su viejo, habían acotado las posibilidades a unas cuantas enfermedades concretas. Teniendo claros los síntomas principales, solo restaba proceder con la auscultación directa para confirmar sus sospechas.

—¿Me permitiría tomarle el pulso, en primer lugar? —preguntó Maomao con lentitud para que se la entendiera bien.

—Sí.

La mujer extendió la mano y Maomao la tocó. El contacto fue suave. Al tener la piel tan blanca, la posición de los vasos sanguíneos era fácil de identificar por su relieve azulado. La boticaria memorizó visualmente el trayecto de las venas antes de presionar.

Colocó tres dedos sobre la muñeca. Sintió el latido rítmico. Comenzó a contar cuántas pulsaciones se producían en un intervalo de tiempo determinado. Maomao le indicó la cifra a Yao con los dedos y esta la anotó con fluidez usando sus útiles de escritura portátiles. La compenetración entre ambas permitió que el proceso se desarrollara sin interrupciones.

—¿Se siente algo tensa? Su pulso parece un poco acelerado.

Al parecer, hubo alguna palabra que la Sacerdotisa no comprendió, pues ladeó la cabeza. La mujer que la asistía tradujo sus palabras a la lengua extranjera y la paciente respondió, con una sonrisa:

—Sí, un poco.

No era un valor anómalo, así que no debería suponer un problema. Aun así, Maomao decidió tener en cuenta esa ligera alteración para el diagnóstico posterior.

—¿Me permite tocarle el rostro? Debo examinar sus ojos y la lengua.

—Adelante.

Maomao le tocó las mejillas con ambas manos. A excepción de las líneas de expresión, tenía una piel preciosa y muy tersa. Le bajó el párpado inferior para observar el ojo. Después, le pidió que abriera la boca y sacara la lengua. Examinó cada detalle de la cavidad bucal con minuciosidad para comprobar la coloración de las mucosas.

«En cierto sentido, ha sido una suerte —pensó Maomao, recordando su encuentro reciente con la joven Jazgul—. Conque granadas y hasma, ¿eh?». En aquella ocasión, los productos que compraron eran mayoritariamente ingredientes que servían como base para medicinas. Sin embargo, en los documentos que les habían entregado no constaba absolutamente nada al respecto.

Maomao lanzó una mirada fugaz a la asistente que aguardaba junto al lecho. La mujer, que poco antes se había mostrado sorprendida, mantenía ahora una expresión de absoluta indiferencia. «¿Acaso no se las prescribieron como medicina? ¿Fue una simple coincidencia?», reflexionó. Los fármacos, si se toman en exceso, podrían terminar resultando perjudiciales para el organismo. Ciertas sustancias con efectos hormonales potentes, diseñadas para potenciar la energía femenina, podían desequilibrar el cuerpo si se consumían a diario sin supervisión.

—Disculpe, ¿podría darnos por escrito el detalle qué suele comer habitualmente y cuáles son sus preferencias?

—Entendido —respondió la asistente.

Comenzó a escribir con soltura, pero el problema radicaba en el idioma extranjero. Había términos que Maomao no lograba comprender, así que tendría que analizarlos más tarde mientras los traducía. Dado que cada región utilizaba nombres locales para sus remedios tradicionales, descifrar los caracteres exactos de aquella lista requería un conocimiento filológico del que ella carecía en ese momento. En cualquier caso, el diagnóstico final recaería sobre su viejo, así que depositó sus esperanzas en él.

—Ahora, ¿podría desabrocharse la prenda superior, por favor?

Le preocupaba que se negara, pero resultó ser un temor infundado. La paciente no mostró el menor atisbo de incomodidad ante la petición.

—S-Sí...

La Sacerdotisa se despojó de la túnica con parsimonia. Al saber que vendrían para una revisión médica, iba vestida con una prenda de dormir que se abría por delante. Sus pechos quedaron al descubierto, al igual que el ombligo. La boticaria aguardó en silencio a que la tela terminara de deslizarse por sus hombros.

—¿Me permite tocarla...?

—Adelante.

Maomao le palpó directamente la zona, evaluando las diferencias de sonido mientras examinaba el abdomen. «No hay estrías del embarazo», tomó nota mentalmente. Al tratarse de un vientre algo rollizo, cabía la posibilidad de que su constitución hubiera evitado las marcas o, simplemente, que nunca hubiera dado a luz. Era posible que la premisa de la que partían fuera errónea.

«Espera un momento...», se dijo. En el cuadro del artista, la mujer aparecía muy esbelta. Cuando una está delgada, la piel se estira más y es más proclive a dejar rastro. Y, por encima de todo, quizá no hubiera nada extraño desde el principio. La razón por la que pensó aquello fue... «Para su complexión, tiene muy poco pecho», caviló.

Si alguien nunca ha tenido la menarquia, cabe la posibilidad de que sea de sexo hermafrodita. Ser hombre, mujer y ninguna de las dos cosas a la vez. Un busto pequeño podría apuntar en esa dirección, aunque también cabía la opción de que fuera simplemente su anatomía natural. No había forma de saber si era multípara o no. El diagnóstico también variaría drásticamente dependiendo de si tenía o no el periodo.

Maomao continuó con la exploración mientras sus cejas sufrían un leve tic de concentración. Seguía sin ver nada claro, pero, por alguna razón, una sensación de inquietud empezó a anidar en su pecho. «¿Se me estará escapando algo...?», se reprochó. Percibía una disonancia, pero sin lograr identificarla, la consulta llegó a su fin.

«Si pudiera examinarla de cintura para abajo... No, mejor dejarlo estar. Para ser la primera visita, ya es mucho que haya accedido a mostrar el torso. Incluso entre las consortes del palacio interior hay quienes se hubieran negado en redondo a exponer su piel ante una extraña», se dijo a sí misma Maomao.

—Ya puede vestirse. Hemos terminado.

El mundo no era tan complaciente como para resolverlo todo al primer intento. De nada serviría insistir más, así que lo prioritario era informar a su viejo de los hallazgos. Saber retirarse a tiempo era fundamental para planificar el siguiente movimiento.

—Consultaremos los datos obtenidos con el oficial médico y regresaremos.

—Entendido.

La asistente ayudó a la Sacerdotisa a cubrirse. Tras las cortesías de rigor, Maomao y Yao abandonaron la estancia. Ambas jóvenes caminaron en silencio por los pasillos, asimilando la información recogida.



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