22/02/2026

Los diarios de la boticaria 6 - 15




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 15
La gata y el pintor
(NT: El título original (猫と絵描き) hace un juego de palabras visual con el kanji de gato (猫), ya que la palabra «pintor» (絵描き) también lo contiene. Y es que el verbo «pintar» (描) usa el radical de gato porque, antiguamente, se decía que los trazos del pincel se parecían a los arañazos de un felino.)


La humedad, densa y persistente, se había adueñado de cada rincón de la estancia. En el exterior, el llanto del cielo no daba tregua y nada auguraba que fuera a escampar en un futuro próximo. Pese a la inclemencia, el joven amo de un próspero comercio y su cortesana predilecta desfilaban bajo el amparo de un paraguas, integrando la lluvia como un elemento más de la refinada estética del paisaje. Aunque la humedad amenazara con malograr sus costosos quimonos, se negaban a claudicar en su empeño de pasear; después de todo, el radio de acción de estas mujeres es asfixiante: el burdel es la jaula y la cortesana, el ave que en ella suspira.

—Parece que hoy no vuela ni una mosca por aquí —comentó Meimei.

Sus ojos seguían con cierta envidia la silueta de la cortesana que deambulaba afuera. Mientras hablaba, sus labios, de un perfilado impecable, trituraban con desgana un fragmento de batata desecada.

—Siento haberos causado molestias con mi regreso y mis equipajes.

Aquella voluminosa pieza de tela anudada, rebosante de batatas desecadas, había sido el presente que el padre de Lahan les había entregado. Restaban aún algunos tubérculos crudos, pero el hombre advirtió que, al haber comenzado a germinar, su sabor declinaría pronto. Por cautela, Maomao decidió transportarlos también, aunque era evidente que el producto procesado gozaba de mayor favor entre las residentes de la Casa Verdigris. Al ser expuestas brevemente al fuego para que recuperaran su tersura, las batatas exhalaban un dulzor orgánico, muy alejado de la artificialidad del azúcar o la miel.

Quien se despidió de ella fue únicamente el padre de Lahan; ni el anciano, ni la madre, ni el hijo mayor hicieron acto de presencia. El viejo, dada su naturaleza volátil, se perfilaba como una fuente constante de conflictos, por lo que era previsible que en el futuro se viera sometido a una vigilancia más rigurosa.

Respecto a la madre de Lahan, Maomao meditó que, en otras circunstancias, el divorcio habría sido su salida más lógica. Todo indicaba que se trataba de una unión concertada por el abuelo por meros intereses dinásticos; la sumisión sistemática de la mujer a las opiniones del anterior cabeza de familia no hacía sino ratificar tal sospecha. En cuanto al hermano mayor, Maomao no hallaba palabras para definirlo. Lejos de la influencia tóxica del abuelo, quizá podría haber aspirado a ser un funcionario mediocre, pero era una incógnita si él mismo albergaba tal deseo. ¿Sería solo imaginación suya que parecía guardar cierto complejo de inferioridad respecto a su hermano menor, Lahan? Pronto desechó el pensamiento; no era un asunto que debiera incumbirle.

—Hermana, ¿no deberías estar durmiendo?

Meimei debía de haber atendido a algún cliente durante la vigilia, pues acababa de concluir el baño ritual posterior a sus servicios y su cabello aún conservaba el rastro del agua. Para una cortesana, aprovechar cualquier interludio para dormir es un deber profesional. Además, dada su alta jerarquía, ella debía consagrar sus tardes al perfeccionamiento de las artes para pulir su ya exquisito talento. En aquel momento, Meimei masticaba la batata con desgana mientras miraba fijamente a Maomao con los ojos entrecerrados.

—Oye, escucha... Ayer, cierto caballero...

—¿Un caballero?

En el selecto léxico de Meimei, los clientes dignos de tal apelativo debían de ser solo unos tres, todos ellos devotos de los juegos de mesa: un funcionario y dos mercaderes de renombre.

—Sí... Me dijo que me invitaba a su casa.

Aquella propuesta no aludía a una salida efímera como acompañante para un banquete, sino a algo definitivo.

—¿La manumisión?

—Así es...

Para una cortesana, la manumisión era sinónimo de matrimonio. Es la oportunidad de salir de esa jaula llamada burdel. Pese a la magnitud de la oferta, el semblante de Meimei no reflejaba júbilo.

—¿Es un mal cliente?

—No, no se trata de eso...

—¿Se opone la madame?

—Al contrario, está entusiasmadísima.

Siendo así, no debería existir obstáculo alguno. Pero era comprensible que, tratándose de una decisión que sellaría el resto de sus días, la cortesana no deseara precipitarse. Una vez que se acepta el compromiso de la manumisión, el camino de retorno se desvanece para siempre.

Pese a que su popularidad se mantenía incólume, Meimei era consciente de que tal favor no se prolongaría más allá de un par de inviernos. La juventud es un capital que se agota con premura en el barrio del placer; en rigor, ella ya había alcanzado una edad en la que el retiro se antojaba no solo posible, sino lógico.

—Ese señor es viudo, pero el caso es que tiene hijos.

«Ah, entonces es ese comerciante», dedujo Maomao. Entre sus pretendientes habituales, uno era aún un joven imberbe; por descarte, debía referirse al gran amo de una firma dedicada al comercio de licores.

—Entiendo, eso no te hace gracia.

—¿A que no?

Si una cortesana accede como segunda esposa a una casa comercial de tal relevancia, las lenguas viperinas no tardan en urdir maledicencias. Más preocupante aún resultaba la posición de los hijos: si estos ya habían alcanzado la madurez, lo natural sería que opusieran una resistencia frontal a la entrada de una mujer del barrio del placer en su linaje.

—El señor dice que me preparará una residencia aparte.

Aquel destino parecía el karma ineludible de su profesión: tras una vida de exposición pública, el retiro a una jaula más discreta. Maomao sabía que Meimei poseía la templanza necesaria para aceptar tal acuerdo, pero la idea de su partida le producía una punzada de tristeza. Ella era, sin duda, una de las almas más afectuosas de la Casa Verdigris. Si se consumaba la manumisión, el burdel perdería su calidez y la boticaria, quizá, no volvería a cruzar mirada con su «hermana».

Existían precedentes sombríos: maridos abyectos que, tras pagar por la manumisión de una cortesana, consideraban que era de su propiedad y la sometían a palizas y maltratos. Maomao evocó con amargura a aquel energúmeno que, años atrás, irrumpió en otro burdel exigiendo el cambio de una cortesana. Sus gritos se oyeron en todo el barrio: «¡Cómo os habéis atrevido a venderme a una mujer tan débil! ¡Dadme una nueva!». Recordó cómo tuvo que refrenar el impulso de lapidarlo mientras los guardias lo arrastraban.

Anhelaba la felicidad de Meimei, pero sabía que el lugar al que se dirigía no ofrecía garantías absolutas. La princesa cortesana, con esa intuición finísima de las mujeres de su rango, advirtió la sombra de melancolía que nubló el semblante de la boticaria. Se decía que el rostro de Maomao era una máscara de impasibilidad, pero ella sabía leerla bien.

—Mira, probablemente no sea tan malo. Si existiera algún indicio de perfidia, la vieja se habría dado cuenta enseguida con ese ojo clínico que tiene.

Dicho esto, Meimei acarició con fuerza la cabeza de Maomao. El escrutinio de la madame era, en efecto, severo y mercantilista; no permitiría que un activo tan valioso se perdiera en un trato turbio, y no parecía haber urgencia en sellar el compromiso.

—Por cierto, ¿dónde está el renacuajo? —inquirió Meimei, buscando aligerar la atmósfera.

—No sé dónde está Chue. Supongo que estará molestando a Ukyou o a Sazen —respondió Maomao.

—Vaya. Pues quería que me dibujara una cosa.

—¿Un shunga? (NT: Género artístico japonés de estampa y pintura, caracterizado por representaciones explícitas y a menudo humorísticas del acto sexual. Aunque censurado, se utilizaba como educación sexual, dote nupcial o amuleto.)

Meimei, con una sonrisa pícara, le dio un pellizco en la mejilla a Maomao. «Vaya, me he pasado», pensó la joven; tales bromas eran más propias del temperamento volcánico de Pai Lin.

—Pensaba que a todo el mundo se le pasaría pronto la fiebre por sus bocetos, pero parece que la fascinación perdura.

Maomao se masajeó la mejilla enrojecida. Había supuesto que la iniciativa de Chue de obtener réditos retratando a cortesanas y mozos no era más que una novedad pasajera.

— Pues, oye... el niño tiene talento. Mira.

Meimei salió de la botica para dirigirse al mostrador principal y regresó con un abanico de varillas de bambú. Sobre un papel de excelente factura, se apreciaba el dibujo de un gato tricolor jugueteando con un ovillo. Probablemente Miaumiau sirvió de modelo; la figura, capturada con apenas unos trazos esenciales, rebosaba una vivacidad sorprendente.

—Cuando empezaron a bajar los clientes que querían retratos, salió con esto. A muchas cortesanas les encantan los gatos. Se pasó un día entero pegado a Miaumiau y la plasmó bastante bien, ¿no crees?

—...

«Este niño tiene el instinto de un lince para lo que quiere...», meditó Maomao. Observó que, si bien las varillas eran recicladas de abanicos antiguos, el papel era el mismo que le enviaban desde la aldea natal del matasanos para reponer sus existencias. Chue estaba minimizando los costes de producción a niveles casi nulos. «Es más que un lince... es un genio», se reafirmó.

Pese a la celeridad con la que suelen madurar los infantes, Maomao advirtió que la destreza artística de Chue había experimentado una evolución asombrosa, a juzgar por el trazo del abanico. En sus obras anteriores, el niño se limitaba a una mimesis servil de la realidad, capturando solo lo que sus ojos percibían sin rastro de interpretación.

—Por lo que se comenta, está recibiendo lecciones de un maestro pintor —mencionó Meimei.

—¿Cómo dices...? Es la primera vez que lo oigo.

Maomao frunció el ceño.

—Eso es porque has estado fuera mucho tiempo en ese viaje al oeste. Lo trajo el dueño de una gran tienda de arte. Se dice que es un pintor joven y prometedor.

—Ah...

Aquella era una crónica frecuente en los círculos de poder. No resultaba insólito que los potentados adquirieran lienzos o cerámicas por mero diletantismo y que, no contentos con la posesión del objeto, terminaran ejerciendo el mecenazgo sobre los autores cuyas obras halagaban su gusto. Un pasatiempo sofisticado, propio de quienes poseen caudales que exceden su necesidad.

—Y no se le ocurrió otra cosa que presentárselo a Joka.

—Cielo santo...

Joka, una de las Tres Princesas de la Casa Verdigris, profesaba un desdén absoluto hacia el sexo masculino pese a su oficio. Si el visitante hubiera sido un letrado o un aspirante a los exámenes imperiales, quizá habrían hallado un nexo en la poesía o la retórica, pero la pintura se antojaba una disciplina ajena a los severos intereses de la cortesana.

—Y para colmo, dicen que ese pintor es especialista en retratos de bellezas.

Mudando su semblante melancólico por una expresión de vívido entretenimiento, Meimei se cubrió la boca con la mano y liberó una risita cristalina.

—Joka debió de ponerse hecha una fiera.

—Je, je... Ya lo creo. De la rabia que tenía, se puso a escribir poemas a diestro y siniestro. Una cortesana novata y bastante tonta copió uno de esos poemas palabra por palabra para enviárselo a un cliente, y no veas la que se lió después.

Joka era una maestra consumada en la métrica poética, pero sus composiciones, cuando nacían del despecho, debían manejarse con suma cautela. Lo que a ojos de un profano parecían versos de una belleza lírica impecable, albergaban en su interior una carga de veneno sutil. Por ello, la madame acostumbraba a censurar sus misivas cuando el humor de la cortesana se tornaba sombrío. Mientras que Pai Lin era una fuente de desvelos por su excesiva debilidad hacia los hombres, Joka lo era por su aversión militante hacia ellos.

Miaumiau, con paso sigiloso, se aproximó a Meimei y comenzó a emitir maullidos mimosos en demanda de algún dulce. La cortesana lo acomodó sobre su regazo con ternura y le acarició la barbilla.

—¿Y dices que Chue está aprendiendo de ese pintor?

—Sí. Parece ser que Joka quería enviar una carta llena de sarcasmo a toda costa y usó a Chue como recadero.

Al parecer, el dueño de la gran tienda insistía en que el pintor capturara la efigie de Joka en un boceto preliminar, pero ella no era dada a permitir que un extraño escrutara sus facciones. Ante la negativa, el comerciante y el pintor dejaron sus señas solicitando un contacto futuro. Normalmente, las misivas de las cortesanas eran custodiadas por las kamuro bajo la escolta de un mozo, pero dada la naturaleza cáustica del mensaje, Joka prefirió la discreción de Chue. Sin embargo, el niño, fascinado por el estilo del maestro, decidió convertir el encargo en una oportunidad para el aprendizaje y empezó a frecuentar su taller.

—A lo mejor hoy también ha ido allí.

—Y eso que le dije que no saliera.

Maomao sintió el impulso de reprender al muchacho por su falta de empatía hacia quienes velaban por su seguridad. En tales circunstancias, cualquier imprevisto podía derivar en una tragedia.

—¡Oye, Maomao! —la llamó la voz de Ukyou.

La boticaria se incorporó, sorteando con cuidado a Miaumiau, que se había puesto bocarriba pidiendo comida, y buscó el origen de donde venía la voz.

—¿Qué pasa?

Ukyou presentaba un semblante inusualmente alterado.

—Verás, es por Chue.

—¿Ya ha vuelto a hacer de las suyas? —inquirió Maomao con el ceño fruncido, reafirmándose en sus sospechas.

—No, me temo que el asunto es de otra índole... El caso es que... ¿podrías venir un momento? —Ukyou tiró de la mano de Maomao—. Parece ser que un conocido suyo está a punto de morir.



No hay comentarios:

Publicar un comentario