
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
Bajo circunstancias ordinarias, la familia habría optado por un sepelio de carácter íntimo, mas la naturaleza pública y truculenta del deceso, presenciado por una multitud de testigos, imposibilitaba que las exequias transcurrieran bajo el velo de la discreción. En su calidad de figura de alto rango y asistente al malogrado banquete, Jnshi también debía comparecer en las ceremonias.
Desde el palacete, al observar la heredad de Uryuu, se divisaba una procesión de figuras vestidas de blanco que accedían al recinto en hilera solemne. Por el velo de gasa negra que cubría sus rostros como una bruma de luto, debían de ser plañideras. (NT: Una plañidera es una mujer contratada tradicionalmente para llorar, gemir y lamentarse en entierros y velatorios, una profesión antigua originada en el Antiguo Egipto para ensalzar la figura del difunto. El nombre viene del latinismo «plangere», que significa «lamentarse».) Maomao advirtió que el número de mujeres contratadas era inusualmente elevado. En los aledaños de la mansión se habían dispuesto coronas florales de gran envergadura, y los sirvientes, con la cerviz doblegada en señal de sumisión, recibían a los deudos.
Maomao examinó las vestiduras que le habían sido provistas: una túnica de un blanco impoluto y un velo de gasa a juego. El atuendo reglamentario de una plañidera.
—A decir verdad, no hay oficio que siente peor que este —comentó Bashin, y Maomao no pudo sino concederle la razón en silencio.
La función de una plañidera consiste en exteriorizar un duelo desgarrador para exaltar la memoria del difunto; una pantomima emocional que resultaba ajena a la naturaleza analítica de la boticaria. El plan consistía en que Maomao se infiltrara entre el grupo de mujeres contratadas por Jinshi para ocultar su identidad. «Es lógico», reflexionó. Puesto que Uryuu ya conocía sus facciones, aquel disfraz de duelo era el salvoconducto ideal para transitar por la mansión sin despertar suspicacias.
Sobre la mesa se habían dispuesto reproducciones en papel de monedas y artículos de uso cotidiano, ofrendas destinadas a ser incineradas para el servicio del difunto en el más allá.
—¿Ni siquiera los ricos utilizan objetos reales?
—Eso es algo que solo harían los nuevos ricos, que desean exhibir su fortuna de forma vulgar —aclaró Bashin.
Tenía sentido; la verdadera nobleza evitaba la zafiedad incluso en el luto. Aun así, a Maomao le resultaba paradójico que un pariente de la estirpe imperial rindiera honores siguiendo ritos tan mundanos, considerando que el propio Emperador era venerado como un enviado de las deidades celestiales.
Por otra parte, la calidad del papel moneda era excepcional; Maomao se preguntó si procedería de la aldea del papel. Le producía cierta desazón tener que contemplar cómo se reducía a cenizas un material de tal factura, pero comprendía que en los ritos fúnebres de la aristocracia no cabía la tacañería.
Ladeó la cabeza para observar a Jinshi, cuyo semblante traslucía una melancolía abisal. De vez en cuando, el noble apretaba los puños con tal vehemencia que sus uñas se hundían en la carne de sus palmas. En condiciones normales, él no habría desperdiciado la ocasión de importunarla con alguna observación ingeniosa, pero Maomao juzgó que, dada la gravedad de la situación, la distancia era el tributo más adecuado al decoro.
—Bien, es hora de partir —sentenció Jinshi.
Ante la orden, Maomao se integró en la falange de blanco que aguardaba en el exterior. Jinshi, secundado por Bashin y los demás guardias, abrió la marcha, seguidos por el cortejo de plañideras. Pese a la brevedad del trayecto, el noble hizo uso de un carruaje; caminar entre el vulgo en tales circunstancias habría socavado las rígidas normas de su alcurnia. Maomao y el resto del séquito que no fue admitido en el vehículo avanzaron a pie hacia la mansión de Uryuu.
Frente al acceso principal se había erigido una carpa de inspección donde se verificaba la identidad de cada concurrente. El carruaje de Jinshi franqueó el paso sin dilaciones, pero el grupo de plañideras debió someterse a los trámites burocráticos. En el puesto de recepción, los guardias contabilizaron a las mujeres y les hicieron entrega de unas tablillas de madera con numeraciones grabadas.
—Venga, moveos —ordenó el capataz.
Las plañideras obedecieron la orden.
La mansión de Uryuu poseía un jardín donde el agua era el elemento vertebrador del paisaje. Al avanzar por el sendero de piedra, Maomao observó cómo el caudal fluía a ambos flancos del camino. Los sauces llorones mecían sus ramas con una frescura lánguida, y diversos cenadores de columnas carmesíes y techumbres doradas jalonaban el entorno. En un estanque de vastas dimensiones flotaban las hojas de loto, y de vez en cuando, unas ondas concéntricas turbaban la quietud de la superficie. «¿Serán peces?», se preguntó. Al asomarse con sigilo, divisó unas siluetas que abrían y cerraban la boca con un ritmo mecánico. Eran carpas, aunque la opacidad de las aguas impedía discernir sus colores. Al parecer, aquellos seres glotones habían acudido al reclamo de los pasos, habituados como estaban a la generosidad de los visitantes.
—Oye, tú, camina —le recriminó el escolta.
Ante la advertencia, Maomao regresó en silencio a la formación. Frente al pabellón principal ya se congregaba una muchedumbre, y otro grupo de plañideras prorrumpía en lamentos desgarradores. Maomao reconoció numerosos rostros entre los presentes; aunque sus nombres escapaban a su memoria, sus facciones le eran familiares de su estancia en la corte. Se ajustó el velo de gasa, recordándose la imperiosa necesidad de permanecer en el anonimato.
El grupo de Jinshi contaba con cinco plañideras, incluida ella, pero el número total de mujeres allí reunidas superaba el medio centenar. Aunque era probable que otros invitados hubieran aportado su propio servicio de duelo, la cifra le resultaba excesiva. La misión de estas mujeres consistía en clamar con fuerza, mas en aquella ocasión parecían contener su volumen; de lo contrario, el estrépito resultaría insoportable para los oídos nobles. «Al fin y al cabo, no es más que un trabajo», reflexionó Maomao.
Así pues, se vio obligada a fingir un llanto de una calidad más bien mediocre, aunque halló consuelo al advertir que otra mujer mostraba una impericia aún mayor que la suya. Al reclutar plañideras por toda la capital, era inevitable que alguna principiante se filtrara en las filas. Por el tono de su voz, que aún conservaba un deje de timidez, era evidente que llevaba escaso tiempo desempeñando tan singular oficio.
Dada la extenuante duración de la liturgia, las mujeres se alternaban para desplazarse desde la vanguardia hasta la retaguardia, permitiéndose así un respiro para conservar sus energías. Maomao dudaba seriamente de que tales métodos de eficiencia sirvieran para que el alma del difunto hallara descanso. De hecho, en su fuero interno sospechaba que, una vez la vida se extingue, no queda sino el vacío. Aquellas mujeres no buscaban la trascendencia, sino ganarse el pan.
Cuando le correspondió el turno de retirarse a las filas posteriores, sintió un leve tirón en su manga. Era el oficial que la había custodiado previamente.
—Ven por aquí. Te explicaré los detalles —susurró.
Maomao le siguió hacia la parte trasera del recinto, donde la espesura del follaje ofrecía un refugio impenetrable a las miradas. Con tal abundancia de plañideras, la ausencia puntual de una no supondría un problema.
—Lamento mis modales de antes.
—No tiene importancia —respondió ella con desapego.
Se refería, sin duda, al tono autoritario que había empleado ante los guardias. A Maomao no le perturbaba, pues consideraba que era la conducta natural de un oficial en servicio. Ahora bien, aquel trato tan ceremonioso en privado le confirmó que el hombre conocía su identidad y su vínculo con el palacio interior. Decidió, pues, recabar información sobre el terreno. Aunque Jinshi y Bashin ya le habían puesto en antecedentes, observar el escenario de los hechos dotaba a la investigación de una perspectiva necesaria.
—Yo también estuve presente en el banquete. Estaba colgada allí arriba.... Como si quisiera que todo el mundo la viera.
Dicho esto, el hombre señaló una edificación que sobresalía por encima de las copas de los árboles: una torre de cuatro techumbres superpuestas. Debido a su altura, resultaba visible a pesar de cualquier obstáculo arquitectónico. Para consumar un acto tan drástico en un lugar así, se requería una determinación gélida. Tratándose de alguien capaz de maquinar un atentado contra su propia hermanastra, era de suponer que poseía una naturaleza audaz y carente de escrúpulos.
Al recordar el abatimiento de Jinshi, a Maomao no le nacía ni la más leve mueca de burla. Con semejante tragedia como telón de fondo, ni el noble ni autoridad alguna podrían ya exigir cuentas a Uryuu. Por norma general, los progenitores deben responder por los crímenes de sus hijos, mas en esta ocasión la víctima también era su propia sangre. Aunque se tratara de una consorte del palacio interior, el incidente sería despachado como una tragedia familiar y acabaría diluyéndose en el olvido. «Eso supondrá un grave contratiempo para ciertos intereses», reflexionó la boticaria. Recordó el precedente de la antigua damas de compañía principal de la consorte Lihua. En aquella ocasión, la benevolencia de la consorte permitió que el escándalo se saldara simplemente con el regreso de la culpable a su hogar.
A decir verdad, no todos los incidentes hallan su redención mediante la justicia pura. Si no se alcanza un consenso dentro de unos márgenes de estabilidad aceptables, las repercusiones pueden ser fatales para el Estado. En el caso del Clan Shi, a excepción de los infantes y de aquellos que se habían desvinculado de la estirpe, el resto fue condenado a la ejecución; esa fue, a juicio de Maomao, la solución que el Emperador y Jinshi consideraron razonable para preservar el orden.
De haber pretendido extirpar toda la corrupción, se habría podido drenar mucho más, pero hurgar en la herida más de lo estrictamente necesario suele provocar el colapso de la estructura nacional. A ojos de una observadora pragmática como ella, le pareció una decisión de Estado lógica.
Para Jinshi, a pesar del deceso, era imperativo esclarecer si la joven había sido realmente la instigadora de los altercados contra Lishu. Y precisamente para desentrañar tal incógnita, Maomao se hallaba allí.
—Fue una estampa maabra. Una mujer envuelta en vestiduras blancas colgaba de lo más alto de aquella torre, balanceándose. Parecía casi como si estuviera levitando.
—¿Como si levitara? —inquirió Maomao. Aquel matiz despertó en ella una sospecha inmediata. Por muy blanco que fuera su atuendo, ¿era posible que hubieran distinguido su figura con tal nitidez desde la distancia?
—Es que, al tratarse de una celebración, la torre estaba profusamente iluminada. En el jardín también se habían dispuesto luces por doquier.
Bajo esas condiciones, la visibilidad resultaba comprensible. Maomao extrajo un pliego de su túnica; era el mapa de la mansión de Uryuu que le habían entregado previamente. Al ser una propiedad privada, la cartografía carecía de detalle, pero señaló con el dedo la torre donde ocurrió el suicidio.
—¿Y cómo saben que la que colgaba era la señorita?
—En el banquete vestía el mismo atuendo: una túnica blanca con una faja roja.
—¿Existe la posibilidad de que fuera otra persona?
Ante tal pregunta, el oficial guardó un silencio sepulcral. Apartó la mirada y murmuró con desazón:
—¿Acaso crees que alguien tendría la osadía de plantear tal duda frente al señor Uryuu en su propio duelo?
Maomao no pudo sino claudicar ante tal lógica social; en la corte, la verdad a menudo sucumbe ante la etiqueta.
—Además, el cuerpo que se precipitó al pie de la torre fue identificado como el de la hija.
—Confirmado por el propio señor Uryuu, supongo.
—Exactamente.
Pedirle a Maomao que investigara algo bajo tales circunstancias era, a todas luces, una petición descabellada.
—Dice que el cuerpo se encontró al pie de la torre.
—Así es, el cadáver se encontraba destrozado y consumido por las llamas. Conservaba un fragmento de soga deshilachada en torno al cuello. Todos presenciaron a la mujer suspendida y corrieron hacia el edificio. Sin embargo, al alcanzar la cima, solo hallaron la soga seccionada. Al descender, descubrieron los restos del cadáver allí mismo.
Al precipitarse desde tal altitud, era inevitable que el cuerpo sufriera daños irreparables.
—¿Alguien vio el momento exacto en que el cuerpo caía?
—Los sirvientes lo presenciaron. No obstante, por mucho que rastrearon la zona, no daban con los restos. Lo hallaron porque, mientras descendían de la torre, divisaron una luz extraña. Las llamas de una antorcha habían prendido en las vestiduras del cadáver, revelando su ubicación.
—Los sirvientes se dirigieron al lugar del impacto, ¿no?
—Sí, pero manifestaron que, al verlo desde lejos, no podían tener certeza absoluta. Solo comentaron con pavor que la figura parecía levitar. Puesto que vestía de blanco, aseguraban que parecía un fantasma.
«¿Levitaba...? —reflexionó—. Creo que ahí está el quid de la cuestión».
—Por cierto, los asistentes comentan que el ambiente hoy resulta algo inquietante debido a la inusitada cantidad de plañideras.
«No me extraña», pensó ella. Congregar a medio centenar de mujeres dedicadas exclusivamente al llanto ritual era, cuanto menos, siniestro.
—Parece que el grupo de plañideras va a desplazarse hacia otra sección de la ceremonia; retomemos esto más tarde.
En cuanto el oficial se retiró, Maomao se reintegró a la formación de mujeres con su habitual y calculada naturalidad.
Sobre el féretro se habían dispuesto profusamente ofrendas florales, mientras las hogueras rituales crepitaban con brío en los flancos. Un joven, de ademanes solemnes, arrojaba dinero ceremonial a las llamas, junto a elaboradas reproducciones de vestiduras y ornamentos florales. Esta práctica, arraigada en la creencia de que el fuego transmuta la esencia de los objetos para que alcancen el reino de los difuntos, era conducida por un varón de la familia; con toda probabilidad, se trataba del hermano de la fallecida y, por ende, hermanastro también de la consorte Lishu.
El cortejo se desplazó hacia el siguiente emplazamiento litúrgico. Al avanzar en un grupo tan compacto y numeroso, con tantas mujeres ocultando sus ojos tras los velos, Maomao terminó por pisar accidentalmente el dobladillo de la plañidera que tenía delante. Cuando intentó tomar distancia para evitar un nuevo tropiezo, otra mujer pisó con fuerza a una compañera, provocando que una de las presentes cayera aparatosamente. Se percibió un tintineo seco y una tablilla numerada rodó por el pavimento. Maomao la recuperó y se la extendió a la mujer que acababa de incorporarse.
—Gracias. Habría tenido problemas para salir de no ser por ti.
Se refería al control de seguridad de la mansión, donde cada plañidera debía devolver su tablilla identificativa para demostrar que no era una intrusa y poder abandonar el recinto. La voz de la mujer conservaba un matiz infantil; no era más que otra joven que buscaba el sustento bajo el disfraz del duelo.
Al proseguir con su marcha cadenciosa junto al estanque, las carpas volvieron a congregarse, agitando sus bocas rítmicamente en la superficie. Su voracidad era tal que, en cuanto una hoja caía al agua, provocaban un estruendoso chapoteo. «¿Acaso el servicio de la casa no las alimenta bien?», se preguntó Maomao. Lo más probable era que, dado el tamaño del estanque, la población de peces fuera ingente y su apetito, insaciable.
De pronto, Maomao elevó la vista hacia la torre. Advirtió que la base del edificio también se hallaba circundada por un estanque. Tras observar nuevamente al grupo de plañideras, extrajo la tablilla que ella misma portaba. «¡Todo encaja ahora!», reflexionó con una agudeza repentina. Sus labios se curvaron en una mueca de triunfo. Acto seguido, se sumergió en el corazón de la formación y comenzó a pisar deliberadamente los dobladillos de las mujeres que la rodeaban.
En el siguiente altar, la labor de las plañideras concluyó. El emisario de Jinshi se aproximó a ella, pero Maomao se limitó a susurrarle una única frase antes de retornar de inmediato a su puesto de observación.
Mientras los llantos mediocres resonaban a su alrededor, ella fingía sollozar con una interpretación igualmente artificiosa. No obstante, a mitad del trayecto, permitió que su atención decayera, lo que le valió un toque de atención de la plañidera contigua. Una vez finalizado el rito, los sirvientes escoltaron al grupo hacia el exterior. Al alcanzar el puesto de control, donde se debían restituir las tablillas de madera, ocurrió lo inesperado.
—Un momento, por favor.
Quien aguardaba frente a la carpa era Bashin. Con semblante gélido y autoritario, mantenía la vista fija en la plañidera que acababa de entregar su credencial. El resto de las mujeres se intercambiaron miradas de perplejidad, observando con extrañeza al oficial y a la compañera a la que este había interceptado. El número grabado en la tablilla de aquella mujer era idéntico al que portaba Maomao. Y entonces...
Sin dilación, la boticaria se aproximó a la sospechosa y, de un gesto firme, le arrebató el velo de gasa que le cubría hasta las cejas. Ante los presentes emergió un rostro cubierto por un maquillaje excesivamente suntuoso y vibrante, una máscara de belleza del todo impropia de una mujer entregada al luto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario