04/05/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 16




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 16
La niña extranjera y los tentempiés (parte I)

—¡Vaya! Qué alboroto se ha formado de repente —comentó Luomen con su habitual comedimiento.

Aquel día, el anciano se había despojado de su túnica blanca de oficial médico. Vestía ropajes masculinos de colores sobrios, pero su contorno redondeado y sus facciones apacibles le conferían el aspecto de una anciana venerable. Caminaba con lentitud por la avenida principal, apoyándose en su bastón.

—Tenga cuidado de no tropezar —advirtió Maomao mientras vigilaba los alrededores, caminando a su derecha.

En una vía despejada no habría supuesto mayor problema, pero se hallaban en una calle muy concurrida. Además, debido a la atmósfera festiva, la afluencia de gente era muy superior a la habitual. Un anciano al que le faltaba la rótula en una rodilla podría dar con sus huesos en el suelo con el más leve empujón de un transeúnte.

—No te preocupes, estoy bien.

—Sí, sí... Pero, por favor, no haga imprudencias.

Normalmente, Maomao se habría expresado con mayor brusquedad, pero hoy se contenía al estar en compañía de otros. Los escoltaban Yao y Enen, además de un oficial médico cuyo nombre no recordaba, pero que destacaba por su mal genio perpetuo. También los acompañaba un oficial militar en calidad de guardia personal.

—Habría sido más sensato emplear un carruaje —sugirió Maomao.

—Con tal gentío, un carruaje no haría sino entorpecer el paso de los demás —replicó su viejo con una sonrisa afable.

Aunque el bueno de Luomen hablaba con optimismo, a Maomao le producía cierto reparo hacer caminar a un hombre con tales dificultades motrices.

El motivo de que aquel variopinto grupo hubiera salido de excursión no era otro que el aprovisionamiento de fármacos. Por lo general, los suministros para los medicamentos de uso común se enviaban directamente a la oficina médica, pero cuando se trataba de sustancias exóticas o poco frecuentes, era preceptivo acudir a inspeccionarlas en persona. En este periodo, dada la gran afluencia de mercaderes procedentes de tierras remotas, las expediciones de compra se sucedían con frecuencia.

La razón por la que Luomen encabezaba la comitiva era que, de entre todos los oficiales médicos, él era quien poseía un mayor dominio de las lenguas extranjeras. El motivo por el que Maomao y las demás lo acompañaban era meramente pedagógico: para completar su formación.

Para la boticaria, aquello resultaba una delicia. No solo podía disfrutar de la compañía del viejo, sino que tendría ocasión de examinar medicinas inusuales. Estaba entusiasmada, pero...

—Ni se te ocurra actuar por tu cuenta —le espetó el oficial médico gruñón, clavando su mirada en ella.

Maomao sentía que ya la tenía bajo vigilancia de antemano, pero desde que descubrió aquel ungüento con extracto de rana, su severidad se había recrudecido.

—Es una lástima, ¿verdad? —comentó su viejo, sin desmentir la actitud del médico.

Por su parte, nuestra protagonista tenía la firme intención de comportarse con decoro fuera de sus dominios habituales. Parecía que Yao profesaba ahora un respeto mucho mayor hacia Luomen que en el pasado. En cuanto a Enen, persistía en sus solícitos cuidados hacia Yao, aunque últimamente Maomao había empezado a vislumbrar su verdadera y afilada personalidad. «La lleva como a una joven de cristal protegida en una urna», pensó.

Aunque la muchacha pretendía mantener un semblante imperturbable, de vez en cuando sus ojos se desviaban hacia los escaparates de las tiendas. Se percibía que no estaba habituada a las multitudes y, al mismo tiempo, parecía contagiada por la euforia del festival. Enen observaba a su señora con una expresión impasible, pero que ocultaba una emoción difícil de definir; era algo así como la mirada de alguien que contempla a una pequeña ardilla desde la distancia con un afecto protector. «¿Será que cada una ha encontrado su lugar ideal?», se preguntó Maomao. Enen cumplía con creces su labor de custodiar a Yao, pero la boticaria no podía evitar sospechar que, en el fondo, disfrutaba un poco con la situación. Supuso que era preferible eso a que realizara su tarea con desgana.

Mientras la joven Yao contemplaba con ojos brillantes los puestos de amezaiku (NT: Arte tradicional japonés que consiste en esculpir caramelo caliente (90ºC, aproximadamente) para crear figuras detalladas, principalmente animales e insectos, comestibles y de gran realismo. Los artesanos usan sus manos y pequeñas tijeras para moldear el mizuame (jarabe de azúcar) en pocos minutos, a menudo en la calle o ferias.), figuras de caramelo artesanales, llegaron a su destino: un restaurante destinado a las clases pudientes, de esos que disponen de estancias preparadas para mantener conversaciones discretas. «Supongo que una sala privada resulta más conveniente para estos menesteres», se figuró Maomao. Incluso tratándose de medicinas, las mercancías extranjeras alcanzaban precios exorbitantes. Si se intentara realizar la transacción en plena vía pública, no sería raro ser víctima de un asalto durante el trayecto de vuelta. De ahí la necesidad de contar con un escolta militar.

Dado que era mediodía, abundaba la clientela femenina. En esa franja horaria solían servirse tentempiés ligeros, y los panecillos recién salidos de la vaporera desprendían un aroma de lo más apetitoso.

—Pasen al fondo, por favor —les indicó un sirviente mientras los guiaba hacia un reservado.

En la estancia aguardaba un extranjero de cabello claro. Poseía un vello corporal espeso y lucía un poblado bigote justo bajo la nariz. Maomao y las otras jóvenes se dispusieron a seguir al anciano y al médico al interior, pero el extranjero alzó una mano en señal de alto.

—...

Al hallarse a cierta distancia, Maomao no pudo percibir con nitidez sus palabras. Sin embargo, Luomen sacudió la cabeza mientras dirigía una mirada a las muchachas.

—Dice que solo se permite el acceso a tres personas.

—¿Cómo...?

Siendo tres el límite, era evidente que las descartadas serían Maomao y sus compañeras. Los dos oficiales médicos eran imprescindibles, y convenía mantener al guardia por pura precaución.

—O mejor dicho: ha solicitado que no entren ni mujeres ni niños. Debería haber concertado la cita con otro proveedor —se lamentó Luomen.

Maomao sintió una punzada de decepción al pensar que les tocaría aguardar en el pasillo.

—Vamos a hacer una cosa. Maomao, tú ya tienes experiencia realizando recados, ¿verdad? ¿Podrías encargarte de hacer unas compras en el exterior?

El médico gruñón le entregó discretamente un trozo de papel y una cantidad de dinero. En la nota figuraba una lista de los tentempiés predilectos de los facultativos. El papel estaba densamente escrito y la suma de dinero era considerable.

—Si sobra algo, podéis compraros lo que queráis. Algún caramelo de esos artesanos o lo que sea. Regresad aquí en una o dos horas.

—E-Entendido...

Aquel médico, a pesar de estar siempre de mal humor, no olvidaba ofrecerles siempre una recompensa por sus servicios. Era evidente que se había percatado del interés que Yao había mostrado por los puestos callejeros.

—Espero que sepas cómo administrar el dinero correctamente —le espetó Yao, arremetiendo contra ella, quizá molesta porque Maomao hubiera recibido la propina directamente.

«¿Será consciente de lo que implican sus palabras?», pensó la boticaria, atónita. Básicamente, la joven estaba revelando que ella misma no tenía la menor idea de cómo gestionar el dinero. O quizá lo había aprendido recientemente y se sentía orgullosa de ello. Detrás de Yao, los ojos de Enen centelleaban. Su mirada parecía decir: «¿A que es adorable?».

Maomao discurrió que, si se quedaba ella con el dinero, Yao protestaría; pero entregárselo le infundía cierta inquietud, así que optó por confiarle los fondos y la lista a Enen. Yao pareció un tanto disconforme, pero no puso objeciones a que fuera Enen quien custodiara la bolsa de las monedas.



—Primero, ¡vayamos a por los bollos al vapor! —sentenció Enen.

Como ella custodiaba el dinero, asumió de forma natural el mando de la expedición. Al asomarse al papel para comprobar el nombre del establecimiento indicado, Maomao no pudo evitar hacer una mueca de desagrado.

—¿Ocurre algo? —inquirió Enen.

—En ese lugar los bollos suelen agotarse siempre al mediodía —indicó Maomao, y señaló con presteza en dirección a la tienda.

—Yao, vamos, ya has oído cómo está la situación.

Como era de esperar, Enen fue la más rápida en captar la urgencia del momento.

—¿Eh? ¡¿Cómo?!

Yao exclamó confundida, justo antes de que Maomao la agarrara de la mano y empezara a tirar de ella. Enen hizo lo propio por el otro lado.

—Si se han agotado para cuando lleguemos, nuestra reputación ante los médicos caerá por los suelos —advirtió Maomao.

Ante tal perspectiva, Yao sufrió un respingo de puro pánico y proclamó:

—¡Démonos prisa!

Las tres jóvenes emprendieron una carrera desenfrenada entre la multitud hasta llegar a la tienda de bollos.



Aquella idea tan idílica de pasear tranquilamente por la avenida principal resultó ser un espejismo. Maomao, Yao y Enen se hallaban ahora bajo la sombra de un sauce, exhalando profundos suspiros para recuperar el aliento.

—Vaya, parece que los oficiales médicos tienen unos sueldos muy generosos —comentó Maomao mientras contemplaba la montaña de paquetes de dulces. Sus palabras destilaban un matiz innegable de sarcasmo.

—La mayoría son dulces frescos de consumo diario... ¿Serán capaces de comérselos todos antes de que se echen a perder? —se preguntó Enen.

Tras recorrer varios establecimientos, tenían en su poder una cantidad ingente de confitería. El médico les había dicho que se quedaran con el cambio como propina, pero Maomao dudaba seriamente de que fuera a sobrar una sola moneda tras tal despliegue.

—...

Yao, que no estaba habituada a las carreras, se encontraba tan exhausta que ni siquiera le quedaban fuerzas para articular palabra. Haciendo gala de su habitual diligencia, Enen le compró un zumo de frutas en un puesto cercano y se lo entregó.

Todos los dulces que habían adquirido pertenecían a establecimientos de gran renombre; muchos de ellos eran los mismos que se servían habitualmente en la Casa Verdigris. Seguramente el médico le había confiado el dinero a Maomao sabiendo que ella conocería bien los mejores locales.

—Creo que con esto ya es más que suficiente —dijo Enen, entornando los ojos mientras repasaba la lista de papel.

Sin embargo, todavía quedaba un último nombre escrito al final.

—Ah... Ese sitio... —sopesó Maomao, hundiendo los hombros—. No creo que se agoten las existencias, y todavía nos queda media hora de margen.

Se encontraba en un lugar algo apartado y no le apetecía lo más mínimo caminar hasta allí. Maomao dirigió una mirada dubitativa hacia Yao.

—Yo... Estoy perfectamente —declaró la joven, haciendo un esfuerzo por mostrarse animada tras apurar el zumo de frutas.

Maomao y Enen intercambiaron una mirada de escepticismo, ladeando la cabeza sin saber muy bien qué hacer.

—Enen, ¡¿a qué viene esa actitud?!

—Nada, Yao. Solo te pedimos que no te sobreestimes.

—¡He dicho que vamos! ¡Iremos de todas formas!

—De acuerdo.

A pesar de su rostro inexpresivo, Maomao estaba segura de que Enen pensaba algo como: «Mi señora intentando hacerse la fuerte es adorable». Mientras caminaban tras ella, el contoneo de sus caderas delataba lo mucho que se estaba divirtiendo.

—El establecimiento se halla algo retirado de la avenida, en un callejón lateral...

Maomao ejercía de guía mientras caminaban. Llevar los paquetes de dulces en ambas manos le resultaba ligeramente engorroso, aunque la situación era más llevadera gracias a que Yao, en un alarde de fortaleza, había insistido en cargar con la mayor parte del fardo. «Esa determinación y orgullo me parecen una cualidad bastante buena de su parte», reflexionó la boticaria.

En el mundo abundaban los individuos que se limitaban a alardear del estatus en el que habían nacido para comportarse con arrogancia. Sin embargo, Yao no parecía ser de esa ralea. Quizá el hecho de haberse prestado voluntaria como ayudante de medicina tuviera algo que ver con ese trasfondo de su carácter.

A decir verdad, el lugar al que se dirigían no era estrictamente una confitería. Se trataba de un comercio que despachaba ingredientes poco comunes, una suerte de almacén de suministros al por menor. Si aquel oficial médico era diestro en la alquimia de fármacos, era probable que también hiciera sus pinitos en la cocina.

Nada más adentrarse en los callejones, la atmósfera mudó por completo. Al serpentear por los resquicios entre edificio y edificio, el paisaje se poblaba de viviendas particulares. Bajo la sombra de los árboles, un gato bostezaba perezosamente mientras un niño ataviado con un delantal intentaba captar su atención agitando una brizna de hierba gatera. En el canal, varias mujeres se afanaban con la colada; frente a un perro encadenado, unas gallinas que a buen seguro constituirían el condimento de la cena de esa noche aguardaban en sus cestas de mimbre.

—¿D-De verdad hay una tienda en un lugar como este...? —inquirió Yao con un deje de inquietud en la voz.

En lugar de responder con palabras, Maomao señaló un pequeño letrero. Yao exhaló un suspiro de alivio al comprobar que el nombre coincidía con el último escrito en la nota de papel.

—Deberían establecerse en un lugar más visible.

—Cuanto más cerca de la avenida principal se sitúa un local, más caros son los tributos —explicó Maomao.

La carga fiscal se incrementaba en proporción directa a la afluencia de transeúntes y a la idoneidad del emplazamiento. Aunque Maomao desconocía el método de cálculo exacto, era evidente que los impuestos en este recoveco serían considerablemente más livianos que en la calle principal.

—Concluyamos con nuestros recados.

Se disponían a entrar en el establecimiento cuando, de repente, Enen se detuvo en seco.

—¿Sucede algo?

Ante la pregunta de Maomao, Enen señaló discretamente hacia la orilla opuesta del canal. Un grupo de varios niños se había congregado rodeando a un único individuo. Al principio pensó que estarían jugando, pero algo en la escena resultaba inusual. Mientras la boticaria observaba intentando discernir qué ocurría, una sombra cruzó velozmente ante sus ojos.

—¡¿Qué creéis que estáis haciendo?! ¡Estáis acosando a esta pequeña, ¿verdad?!

Fue Yao quien, tras cruzar un pequeño puente, irrumpió en medio del grupo. Los niños retrocedieron, sobresaltados. Ante tal exclamación, enseguida se dispersaron amedrentados en todas direcciones.

«Qué impulsiva resulta la juventud», meditó Maomao mientras seguía los pasos de Yao. Ante ella, permanecía una única figura: una niña, que había quedado rezagada tras la huida de los demás. Era la pequeña que estaba siendo rodeada. Si se daba por sentada la premisa de Yao, se trataba de la víctima del hostigamiento, pero...

—¿Eh...? ¿Esta niña...? —murmuró Yao, ladeando la cabeza con extrañeza.

Maomao escrutó el rostro de la infante y, por mimetismo, imitó el gesto de su compañera.

—Parece una niña extranjera —sentenció Enen.

Aunque la túnica que vestía sobre los hombros era propia de estas tierras, sus rasgos faciales denotaban una procedencia distinta. Su edad no llegaría a los diez años. A pesar de que sus cabellos y sus ojos eran de un negro azabache, su dermis no poseía una tonalidad amarillenta, sino de una blancura casi traslúcida con matices rosáceos. Tenía un semblante encantador, con unos ojos grandes y expresivos enmarcados por unas pestañas densas y pobladas. «Su tono de piel guarda similitud con el de la Emperatriz Gyokujou», sopesó la boticaria. Cabía la posibilidad de que fuera una niña mestiza, mas Maomao comprendió de inmediato por qué Enen la había calificado de extranjera.

Su rostro estaba ornado con unos pigmentos específicos. No se trataba de los tatuajes que marcan a los criminales, sino de unos patrones rojizos en forma de zarcillos que enmarcaban sus ojos, dándole un aire casi místico o ritual. En esta nación no existía la costumbre de tatuar el rostro; el hecho de que Maomao se pintara pecas con barro era una excepción singular.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Yao con dulzura.

La niña la observó con una expresión ausente y ladeó la cabeza.

—¿Es posible que no comprenda nuestro idioma? —preguntó Yao, girándose hacia sus compañeras, compungida.

Deseaba que la pequeña articulara algún sonido, pero esta permanecía en el más absoluto mutismo.

—Creo que no puede hablar —intervino uno de los niños que Yao había ahuyentado, quien se había detenido a una distancia prudencial—. Parece haberse perdido y, por más que le preguntamos de dónde viene, no responde nada. Estábamos intentando interrogarla entre todos, pero parece que es muda.

Tras decir esto, el muchacho echó a correr.

—¡O-Oye...! —balbuceó Yao.

A pesar de haber intervenido con tal ímpetu, ahora parecía no saber cómo proceder con la situación. «No me mires a mí, yo tampoco tengo la solución», pensó Maomao en su fuero interno. Una niña extranjera, extraviada y muda. Ni siquiera tenían la certeza de que comprendiera su idioma.

—¿Qué deberíamos hacer? —preguntó Yao.

Maomao se sintió invadida por una sensación de desconcierto. Ella misma deseaba tener la respuesta a esa pregunta.



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