31/05/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 17




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 17
La niña extranjera y los tentempiés (parte II)

El ser humano es una criatura que se vale de la palabra como principal medio de comunicación en su existencia. De verse privado de tal facultad, ¿cuán abrumadora resultaría su indefensión...?

Maomao y sus compañeras estaban experimentando esa realidad de forma tangible en aquel preciso instante.

—A ver... ¿Nos podrías decir tu nombre...? ¿Có-mo te lla-mas...?

Era Yao quien, con voz vacilante e intentando pronunciar todas las vocales y consonantes de cada frase, intentaba entablar diálogo con la pequeña. Se había encorvado para situarse a la altura de la niña extranjera, cuya mirada denotaba una inocencia absoluta. Esta se limitaba a ladear la cabeza, sumida en un mutismo imperturbable. A juzgar por su actitud atenta ante las palabras de Yao, parecía que su sentido del oído funcionaba correctamente; sin embargo, no articulaba sonido alguno.

Xeniaxen: Me la imagino como a mi perrita cuando le hablo. Mueve la cabeza y parece que me entienda, pero no responde XDDD

«Si tan solo pronunciara una palabra, quizá podríamos discernir su procedencia», reflexionó Maomao. Pero la chiquilla no emitía ni un leve murmullo.

Impelida por su propia determinación al haber intervenido en primer lugar, Yao se afanaba en desentrañar la identidad de la niña, aunque su semblante traslucía una capitulación inminente ante el desconcierto. De vez en cuando, lanzaba miradas furtivas hacia Maomao y Enen, implorando auxilio de forma silenciosa. «¿Debería intentar ayudarla?», se preguntó Maomao, impasible como siempre. Enen, en su papel de subordinada, observaba con fijeza las tribulaciones de su señora.

Maomao siempre había tenido a Enen por una sirvienta de lealtad inquebrantable, pero empezaba a vislumbrar un matiz distinto en su carácter. Era innegable que atesoraba a Yao y que desempeñaba sus funciones con una perfección técnica envidiable, no obstante... «Posee una naturaleza un tanto retorcida», fue la conclusión a la que llegó la boticaria. Daba la impresión de que, por el gran afecto que le profesaba, sentía el impulso de someterla a pequeñas dosis de sufrimiento o, tal vez, se trataba de una inclinación más compleja. Fuera como fuere, Enen se había limitado a contemplar la escena hasta que el rostro atribulado de Yao la hubo satisfecho por completo.

Justo cuando Maomao se disponía a intervenir, consciente de que el tiempo asignado para sus recados se agotaba, Enen dio un paso al frente:

—Yao, es probable que no comprenda nuestra lengua. Déjame intentar una cosa.

—Oh... Por favor, adelante... —respondió Yao con un suspiro de alivio.

Mostraba una gratitud sincera hacia su doncella, ignorando por completo que esta se había deleitado con su angustia, llegando incluso a contonearse sutilmente de gozo mientras la observaba. «Ojos que no ven...», pensó Maomao, contemplando a ambas con una mirada de escepticismo.

Enen procedió a preguntarle a la niña su nombre en una lengua extranjera. Aunque existían diversos dialectos, Maomao solo poseía rudimentos de la lengua de Shaoh; era capaz de leer y escribir con cierta solvencia idiomas de regiones más occidentales, pero su pronunciación carecía de la finura necesaria debido a su aprendizaje autodidacta. Enen admitió que sus conocimientos eran tan limitados como los de la boticaria, por lo que se dirigió a la niña con una cadencia pausada. Al escucharla, la pequeña, que hasta entonces se mostraba confusa, abrió los ojos de par en par y comenzó a dar saltos de júbilo. Evidentemente, el mensaje había sido decodificado.

—Parece ser una niña originaria de Shaoh —sentenció Enen.

Aunque la consorte Aylin poseía cabellos dorados y pupilas de zafiro, no todos los habitantes de Shaoh presentaban tales rasgos cromáticos. Dado que los pigmentos oscuros poseen una mayor dominancia hereditaria, es natural que predominaran los cabellos y ojos de tonalidades azabache o broncíneas.

—¡¿Te ha entendido?! Pero, ¿cómo se llama?

La niña persistía en su silencio. Se limitó a golpearse la garganta y a trazar una señal de negación con sus manos.

—¿Acaso no puedes hablar? —inquirió Maomao en la lengua de Shaoh.

La pequeña trazó un amplio círculo en el aire con sus brazos, confirmando la sospecha.

—Si es muda, solo hay una cosa que podemos probar... —Maomao recogió una rama del suelo y comenzó a trazar caracteres sobre la tierra. Acto seguido, le entregó la rama a la niña extranjera—. ¿Puedes escribir tu nombre en el suelo?

Ante la propuesta de Maomao, la niña negó con la cabeza y comenzó a bosquejar un dibujo. Parecía representar una flor, pero resultaba imposible determinar la especie con exactitud.

—Parece que tampoco sabe escribir...

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Yao con desespero.

—Esa pregunta deberíamos hacértela a ti, ¿no crees? —replicó Maomao.

Al fin y al cabo, el origen del entuerto fue la impulsividad de Yao al intervenir sin un plan previo. Sin embargo, Maomao debía admitir que, tras esa fachada, su compañera poseía un sentido de la justicia encomiable. Yao mostró un gesto de incomodidad mientras la niña continuaba absorta en sus dibujos sobre el terreno.

—¿Qué se supone que representa esto? —preguntó señalando un trazo que semejaba un recipiente con asa.

—¿Será algún tipo de alimento?

—Y si lo es, ¿qué importancia tiene? —añadió Yao.

La pequeña comenzó a golpear el dibujo con la rama de forma insistente.

—¿Podría ser que ande en busca de ese objeto? —sugirió Yao.

Cuando Enen le trasladó la pregunta en su lengua, la niña asintió con vehemencia trazando un gran círculo. Acto seguido, extendió la palma de su mano, en la cual reposaba una pequeña y solitaria pepita de oro.

—Un momento... ¿Eso es...?

Era oro, sin duda alguna. Aunque pequeño, era un metal de gran valor que no debía exhibirse con tal ligereza. Maomao cerró con firmeza la mano de la niña para ocultar el mineral.

—Si tiene dinero, querrá comprarlo, ¿no? —aventuró Maomao.

—Supongo que sí —asintió Enen.

—Seguramente —añadió Yao.

—No obstante, con estos indicios, no tenemos ni la más menor idea de qué es lo que busca exactamente, ¿no es así? —espetó Maomao a sus compañeras. Luego se encaró hacia la niña y el dibujo—. ¿Quieres un recipiente con esa forma?

La pequeña negó con la cabeza con un gesto enérgico. Al menos, si su destreza con el trazo fuera algo superior, quizá habrían logrado discernir su significado. «Si fuera Chue, seguro que lo habría sabido dibujar...», pensó la boticaria. Mas de nada servía lamentarse; de hecho, para su corta edad, la niña dibujaba bastante bien.

—Parece tratarse de algún tipo de alimento... ¿No nos puedes dar otra pista?

No lograban avanzar un solo paso. La niña dirigió su mirada hacia el canal. El grupo de muchachos que se había dispersado momentos antes comenzaba a jugar de nuevo junto a la orilla. Al percatarse de que estaban pescando, Maomao vio que habían atrapado algunos cangrejos de río. Si se les purgaba bien el lodo y se cocinaban adecuadamente, resultan un manjar exquisito. No obstante, no parecía que los cangrejos fueran el objetivo de la pequeña; negó con la cabeza como queriendo decir: «Eso no es lo que busco».

—No nos queda otra alternativa. ¿Qué os parece si regresamos por donde hemos venido? Los oficiales médicos deberían ser capaces de expresarse con mayor fluidez en su lengua.

—De acuerdo —consintió Yao, admitiendo su derrota—. Oye, ven con nosotras —dijo mientras tomaba la mano de la pequeña.

Como la niña ladeó la cabeza con confusión, Maomao le explicó:

—Vamos a llevarte con alguien que pueda entenderte mejor.

Sin embargo, la chiquilla se resistía. Parecía anhelar transmitirles algo concreto, pero al carecer de habla, la comunicación resultaba estéril. No hacía más que trazar dibujos en el suelo una y otra vez.

—¿No será un bollo al vapor? —aventuró Yao.

—Si tú lo dices, podría ser, pero...

Resultaba muy complejo juzgar un simple óvalo trazado en la tierra. Mientras Maomao y sus compañeras ladeaban la cabeza sumidas en dudas, la niña las imitaba con un gesto que parecía decir: «¡¿Todavía no lo habéis comprendido?!».

—¿Podría ser una pieza de fruta?

—¿Una manzana, tal vez? —sugirió Yao.

Efectivamente, tal y como ella señalaba, había dibujado un círculo atravesado por un rabillo con una hoja. Al observar los demás trazos, no era descabellado pensar que representaban frutas o dulces. Por tanto, ¿cabía deducir que el dibujo anterior del recipiente era, en realidad, un cuenco con algún tipo de tentempié?

—¿Es posible que...? ¿Deseas algún dulce o golosina? —le preguntó Enen.

La niña agitó los brazos con entusiasmo. Al parecer, ¡habían dado con la respuesta correcta! Maomao procedió a desplegar los envoltorios que portaba, mostrándole los dulces que acababan de adquirir.

—¿Es alguno de estos el que quieres?

Yao y Enen hicieron lo propio, abriendo sus paquetes para mostrar la mercancía, pero la pequeña negaba con la cabeza ante cada uno de ellos.

—Con los de todas, deberíamos cubrir casi todas las variedades posibles... —comentó Maomao.

Tentempiés horneados, al vapor, azucarados, salados... Verdaderamente, ¡esa niña era una clienta de lo más exigente!

—Solo nos quedaría lo que íbamos a comprar en la última tienda —añadió Maomao señalando hacia el establecimiento.

Al oír esto, la niña comenzó a dar saltos de alegría.

—¿Cómo?

Sin comprender del todo el motivo, le comunicaron que se dirigían a la tienda donde despachaban esos productos. Ante la noticia, los brincos de la pequeña se volvieron aún más enérgicos.

—¿Quiere que la acompañemos hasta allí?

A todas luces, ese era su deseo. ¿Habría algo concreto en aquel local que ella anhelaba obtener?

Maomao y las demás cruzaron el puente sobre el canal y se encaminaron hacia el establecimiento. Entre las viviendas particulares se erguía un único cartel publicitario. El lugar estaba extrañamente cerrado y exhalaba un aire lúgubre y sombrío. A pesar de la existencia del cartel, la niña era analfabeta; quizá por ello no había logrado dar con el lugar por sí misma.

—¿De verdad esto es una confitería? —inquirió Yao con una mirada cargada de escepticismo.

—Es un establecimiento un tanto peculiar —respondió Maomao.

Al abrir la puerta con un tintineo, advirtieron que ya había clientela en el interior. En la penumbra del local, el regordete propietario atendía a una visitante. Se trataba de una mujer de una estatura considerablemente elevada y cuya tez presentaba una tonalidad ligeramente cobriza. «¿Será extranjera?», se preguntó la botiaria.

—¡¡¡Jazgul!!! —exclamó la mujer empleando un término desconocido para ellas.

Antes de que pudieran preguntarse qué significaba aquello, la niña extranjera salió proyectada hacia ella.

—¡Vaya! ¡¿Se puede saber dónde te habías metido?! —le recriminó la mujer en su lengua materna. «Jazgul» era, evidentemente, el nombre de la pequeña.

—Supongo que ella es su tutora, ¿no? —comentó Yao.

—A juzgar por la situación, eso parece —respondió Maomao.

Ambas hundieron los hombros, sintiendo que todos sus esfuerzos anteriores habían resultado, en cierto modo, baldíos. Jazgul comenzó a señalar a Maomao y a sus compañeras, tratando de transmitirle algo a la mujer.

—Perdonad... ¿Vosotras habéis traído a Jazgul hasta aquí? —preguntó la mujer—. Muchas gracias.

Aunque hablaba con un acento muy marcado, sus palabras eran perfectamente inteligibles.

—Sí, no es molestia. Estaba en el canal de aquí al lado. Parecía que buscaba unos dulces... —respondió Yao.

En definitiva, la niña se hallaba con su acompañante en la tienda, pero se había rezagado y, al perderse, fue incapaz de localizar el establecimiento. Resultaba sorprendente que hubiera estado tan cerca todo el tiempo.

—Lo lamento. Es que la chiquilla se empeñó en acompañarme y no hubo manera de decirle que no —explicó la mujer.

Mientras tanto, el dueño del local parecía estar buscando los artículos del pedido; se oía el fragor de sus manos rebuscando entre los estantes.

—¡Anda! Esto no me lo esperaba... —comentó Enen, al ver el papel de envolver con el sello del comercio. Era un papel de factura tosca, pero cumplía sobradamente su función como envoltorio.

—¿Qué ocurre?

—Nada, es solo que me he percatado de que esta tienda también provee a nuestra mansión.

Al observar las mercancías que despachaban, Maomao comprendió la situación. No trabajaban con productos frescos, sino mayoritariamente con géneros desecados.

—¡Aquí tenéis! Esto es todo lo que me queda en existencias ahora mismo. ¿Os sirve?

—¡Puaj!

Al ver lo que el tendero traía consigo, Yao soltó un grito de espanto. Lo que el hombre portaba era un fardo de ranas desecadas; ejemplares que habían sido estirados y expuestos al sol hasta quedar acartonados. «Quizá su reacción ante la pesca de los cangrejos en el canal se debió a que pensó que estaban capturando ranas. Por eso se sintió decepcionada», conjeturó Maomao. Sin embargo, aquellas eran ranas destinadas a la alta repostería, por lo que su valor distaba mucho del de los ejemplares comunes que uno pudiera encontrar por ahí.

«Ranas, ¿eh...?», se mofó Maomao hacia sus adentros, cuando rescató de los recovecos de su memoria cierto incidente de dudosa clasificación que se había asociado con uno de estos anfibios en el pasado. Scudió la cabeza para apartar el pensamiento.

Xeniaxen: Jejejejejejejejejejeje... 😏

—¿Y... para qué se supone que se utilizan? —inquirió Yao con recelo.

«Probablemente, para elaborar esos refrescantes postres estivales que tanto le gustan», pensó Maomao. Los tejidos adiposos de la zona reproductiva de ciertas ranas hembra, que solo habitaban en regiones muy concretas, poseían una textura gelatinosa y un sabor exquisito. Maomao estaba segura de que su compañera conocía bien ese manjar, aunque... «A veces, la ignorancia es la mayor de las venturas», se dijo.

—Oye, entonces es verdad que los extranjeros consumen serpientes y ranas, ¿no? —susurró Yao a Enen.

—Claro que sí —respondió Enen con una impasibilidad que resultaba harto sospechosa.

No obstante, Maomao se vio en un aprieto al observar que las clientas extranjeras estaban acaparando casi todas las existencias. Independientemente de las ranas, estaban comprando todos los higos secos y las granadas maceradas en azúcar.

—Disculpen... ¿Serían tan amables de reservarnos al menos una pequeña porción de los higos?

—Oh, claro. ¿Qué cantidad necesitáis?

En cuanto Maomao le indicó la medida, la mujer accedió de buen grado.

—Si se trata de higos, en esta estación los hay frescos, así que puedo conseguirlos en cualquier momento. Para las granadas habrá que esperar un poco más —intervino el tendero.

—Muchas gracias —respondió la mujer con cortesía. Jazgul imitó el gesto e inclinó también la cabeza.

Maomao entornó los ojos mientras observaba los productos que la mujer había adquirido. «Me gustaría preguntarle algo, pero...», dudó. Dado que se trataba de un asunto personal y que la barrera idiomática dificultaba la fluidez de la conversación, optó por guardar silencio.

La mujer envolvió las mercancías en una tela y se situó frente a Maomao y sus compañeras.

—Esto no es gran cosa, pero... —dijo mientras les hacía entrega de unos lienzos blancos. Entregó uno a cada una—. Es como muestra de agradecimiento por haber cuidado de Jazgul.

Tras decir esto, la mujer y la niña extranjeras abandonaron el local. Maomao, al tactar la tela, se sobresaltó.

—¡E-Espere!

—Aquí tenéis vuestro pedido —la interrumpió el dueño de la tienda.

Maomao intentó salir tras ellas, pero el tendero la retuvo para entregarle los artículos que habían venido a buscar. Para cuando salió a la calle, las dos figuras ya se habían desvanecido entre la multitud.

—¿Qué sucede?

—Es que... Esto es... —respondió Maomao, agitando levemente el lienzo blanco.

A simple vista parecía una tela lisa, si bien en los extremos lucía unos minuciosos bordados de motivos vegetales.

—Por su tacto, diría que es seda...

—Sí, es seda. ¿Y qué tiene eso de particular? —sentenció la joven Yao con total naturalidad.

Ante la despreocupación de su compañera, Maomao extendió los brazos y sacudió la cabeza con un suspiro de resignación.

—Entregar un artículo de seda por el simple hecho de haber escoltado a una niña perdida es una muestra exorbitada de generosidad —explicó la boticaria.

—¡Ah...! Claro, no había caído, ¡tienes razón! —exclamó Yao intentando recuperar la compostura.

«Sí, definitivamente estoy empezando a comprender lo adorable que puede llegar a ser Yao», pensó Maomao. Enen, por su parte, levantó el pulgar en señal de aprobación en un ángulo donde su señora no pudiera verla.

Tanto por el acopio de mercancías en la tienda como por la ligereza con la que obsequiaban con bienes de lujo, era evidente que no se trataba de personas comunes. «Deben de poseer una fortuna considerable», pensó Maomao. Acto seguido, exhaló un suspiro, lamentando no haber sido un poco más servil para ganarse su favor.

—¿Creéis que padece alguna dolencia ginecológica?

—Ciertamente, todos los ingredientes que ha adquirido apuntaban en esa dirección —coincidió Enen.

Parecía que ambas habían llegado a la misma conclusión. Yao fue la única que no logró percatarse de ello y observó a sus compañeras con un deje de frustración.

En ese preciso instante, el tañido de las campanas que anunciaba la hora resonó en toda la ciudad.

—¡Mierda...! ¡Es la hora!

Al percatarse de que el tiempo para regresar ya había expirado, las tres jóvenes no tuvieron más remedio que emprender, una vez más, una carrera desesperada.



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