03/05/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 15




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 15
Tentempié

En pleno apogeo del estío, cuando el aroma del otoño todavía se antojaba lejano, la capital se hallaba imbuida de una atmósfera festiva. La llegada de gentes de tierras extranjeras dinamizaba la economía y, como consecuencia natural, proliferaban las celebraciones hasta convertirse en un festival continuo.

No es que a nuestra protagonista le desagradaran los festivales. Al fin y al cabo, no podía negar que infundían una gran vitalidad al entorno, algo que se manifestaba de forma elocuente incluso en el interior de la corte. ¿Y de qué modo? Pues del siguiente:

—Trabajas demasiado —le espetó con sequedad un oficial médico, de rostro adusto, a un funcionario civil de semblante lívido que acababa de ser conducido a la enfermería. El paciente presentaba unas ojeras profundas y sus ojos, velados, mostraban una mirada vaga y vacía—. Asegúrate de dormir lo necesario. De lo contrario, morirás. No es una metáfora.

El sueño es fundamental. No era infrecuente ver cómo aquellos que alardeaban de poder pasar una o dos jornadas sin pernoctar acaban sucumbiendo súbitamente con el paso de los años. Hubo una época en la que el propio Jinshi también descuidó tanto su descanso que llegó a encontrarse en una situación de riesgo considerable.

Para establecer un comercio en la capital, se requería el permiso imperial. Aunque abundaban los puestos callejeros que se instalaban por cuenta propia, para erigir un establecimiento de gran envergadura era imperativo cumplir con la burocracia. Si descubrían a un comerciante operando sin licencia, se exponía no solo a una multa, sino incluso a ser arrojado a las mazmorras.

Ante la proximidad de un festejo, la afluencia de gente había aumentado. Debido a la llegada de los extranjeros, el volumen de mercancías de intercambio era mayor que nunca, y no fueron pocos los que decidieron establecerse en la capital con la esperanza de prosperar. A causa de ello, los funcionarios civiles pasaban los días y sus noches sumidos en la organización de legajos y documentos.

Por su parte, los oficiales militares tampoco carecían de ocupaciones. Gracias a ello, la frecuencia de las visitas del estratega excéntrico había disminuido, lo cual, para Maomao, era de agradecer. Si ese hombre decidía asomar su monóculo por la oficina médica con alguna excusa absurda, estaba decidida a tratarlo como a una de las peores epidemias.

Al aumentar el flujo de personas, la seguridad ciudadana se estaba resintiendo y el orden público se estaba degradando, siendo labor de los militares patrullar y reprimir tales conductas. Por desgracia para los civiles, los militares disponían de más tiempo para sus labores al detrimiento de sus entrenamientos y, dado que eran cabezas de chorlito, ninguno de ellos caía desfallecido por el esfuerzo. Sin embargo, el número de heridos había ido en aumento.

—¡¡¡Ay!!! ¡¿No podrías ser un poco más delicada...?!

Yao se hallaba aplicando un ungüento en el brazo de un oficial militar. Una herida incisa de unos tres sun de longitud (NT: Unos diez centímetros.) dibujaba un surco carmesí en su piel. «No es más que un simple rasguño superficial», pensó Maomao para sus adentros. Al parecer, el oficial había intentado desmantelar un puesto callejero que operaba ilegalmente vendiendo medicinas de dudosa procedencia. Cuando trató de intervenir, el vendedor perdió los estribos y esgrimió un arma blanca.

—Lo siento... —respondió Yao con su tono de voz habitual, aunque frunciendo levemente los labios.

Más que irritada, parecía estar haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas ante la rudeza del hombre. Enen acudió discretamente a prestar auxilio a su señora. Le ofreció al herido un té bien frío.

—Tome. Es un analgésico.

Maomao sabía de buena tinta que aquello no era más que un té bancha corriente preparado en frío. (NT: Tipo de té verde japonés, cultivado sobre todo en verano y otoño. De consumo diario, de bajo costo y con un sabor suave, herbáceo y terroso. Su principal característica es su bajísimo contenido de teína (un 70% menos que otros tés verdes), lo que lo hace ideal para niños, ancianos y para beber a cualquier hora del día.) Aunque el oficial médico todavía se mostraba reticente a confiar el cuidado de los pacientes a las damas de la corte, parecía valorar positivamente las atenciones de Enen. Al parecer, las quejas dirigidas a la oficina médica habían disminuido gracias a ello.

Y, mientras tanto, ¿qué hacía Maomao? Pues se dedicaba a machacar ingredientes para elaborar medicinas. Se le había encomendado la tarea bajo la premisa de que era capaz de preparar ungüentos sencillos. Mientras pudiera reprimir su deseo de fabricar fármacos más exóticos, el trabajo no estaba nada mal. Maomao no poseía aptitudes para el trato con el público y, en cuanto a su apariencia física, resultaba de menos buen ver que sus otras dos compañeras, por lo que este puesto le resultaba idóneo.

—Maomao, el ungüento.

Desde el incidente de los dulces, el modo de hablar de Enen se había vuelto considerablemente más informal y directo. No obstante, cuando ella adoptaba esa actitud, Yao solía inflar los mofletes con desagrado. En ocasiones, Maomao sospechaba que Enen actuaba así deliberadamente para provocar esas reacciones infantiles en su señora.

—Aquí tienes.

Al ir a entregarle el preparado, Maomao dirigió una mirada fugaz al herido. Era el oficial militar que vociferaba hace un momento. Resultaba muy ruidoso para tratarse de una herida de tan poca importancia.

—...

Maomao extrajo sutilmente una pomada que guardaba en su regazo y la cambió por la que debía entregar. «Es la oportunidad perfecta», pensó. Consideró que, estando aquel hombre tan lleno de vitalidad, no habría inconveniente en utilizarlo como sujeto experimental para su nuevo preparado. Sin embargo...

—Oye, ¿qué crees que estás haciendo?

Se sobresaltó al oír una voz a sus espaldas. Al volverse, se encontró con el oficial médico observándola con los ojos entrecerrados.

—¿A qué se refiere? No sé de qué me habla...

—¿Acaso no acabas de dar el cambiazo?

La boticaria intentó fingir ignorancia, pero el médico le arrebató el frasco que pretendía entregar. El facultativo examinó la sustancia con la mirada fija, palpando el ungüento con la yema de los dedos.

—Oye, has mezclado algo distinto aquí, ¿verdad?

—No sé qué es lo que insinúa...

Ante su persistente negativa, un coscorrón cayó sobre su cabeza.

—Luomen me pidió específicamente que fuera severo contigo.

«Resulta complicado actuar con libertad cuando se trata de un conocido del viejo...», se dijo Maomao mientras chasqueaba la lengua como señal de desagrado.

—¿Qué le has añadido?

—Solo un poco de aceite de rana. He oído que en tierras extranjeras se emplea como medicina.

Había oído que el aceite de rana resultaba beneficioso y decidió ponerlo a prueba. En realidad, apenas se podía extraer aceite de una rana, y lo que sostenía en la mano era el fruto de un arduo esfuerzo.

—Pues te diré que yo jamás he oído semejante cosa. De momento, queda confiscado.

Ciertamente, Maomao tampoco lo había oído nunca. Simplemente, sintió la curiosidad de comprobar si poseía alguna propiedad curativa. Por supuesto, se aseguró de seleccionar ranas que no fueran venenosas y comprobó en su propio cuerpo que no hubiera reacciones adversas. No era tan despiadada como para experimentar con sustancias cuya toxicidad desconociera.

—¡Oh, no!

Se lo habían arrebatado. Y eso que había pasado su día libre buscando estos anfibios por los arrozales.

—Pero... ¡¿Has dicho aceite de rana?! —expresó Yao, quien la contemplaba con el rostro pálido, con una expresión de absoluta incredulidad—. ¡Hay que estar mal de la cabeza para añadir algo así a una medicina!

Maomao hizo oídos sordos mientras se hurgaba distraídamente un oído con el meñique. Al parecer, su actitud era demasiado displicente, pues Enen le propinó un codazo.

—Dudo que alguien como tú haya tenido apenas ocasiones de verlas —intentó explicarse Maomao—, pero para el pueblo llano es un alimento de lo más común.

Nuevamente, Yao puso cara de no poder creer lo que oía. Buscó con la mirada la opinión de Enen para que la respaldara.

—Sí. Los anfibios son un alimento bastante popular —confirmó Enen—. Incluso a veces venden trozos de serpiente haciéndolos pasar por pescado.

Al oír la palabra «serpiente», el rostro de Yao se tornó cadavérico.

—No te preocupes. Te aseguro que entre los alimentos que consumimos aquí no se incluye nada de procedencia dudosa —aclaró Enen.

—Las serpientes también son comestibles —añadió Maomao.

Las serpientes le resultaban un tanto tediosas, por la cantidad de espinas pequeñas que tenían, pero si se freían bien no había problema alguno. Para tapar el olor, que era un poco fuerte, se podían emplear hierbas aromáticas o condimentos.

Precisamente, Maomao llevaba hoy consigo unos trozos de serpiente seca a modo de tentempié para cuando el hambre apretase. Al ofrecérselos, Yao se tambaleó apoyándose en la pared y rechazó la oferta con un hilo de voz. La boticaria no tuvo más remedio que guardarlos de nuevo en su regazo.

—¡Eh, vosotras! ¡Dejad de holgazanear!

Ante la reprimenda del oficial médico, cesaron su charla y continuaron con sus labores.



Maomao y sus compañeras solían almorzar en el comedor. Aunque se les proporcionaba alimento, las raciones eran escasas, por lo que muchas optaban por traerse un acompañamiento de casa.

Habitualmente, Yao se mostraba esquiva con Maomao, pero en este momento en particular la joven prefirió estrechar distancias. La razón no era otra que la atmósfera que impregnaba el lugar. Ocurría tanto en el palacio interior como en el barrio del placer: las mujeres poseían una verdadera naturaleza que solo revelaban cuando se encontraban a solas. Por suerte, el área destinada a los funcionarios estaba separada de la de las damas de la corte. En aquel rincón del comedor, lejos de las miradas masculinas, volaban las conversaciones más mundanas y malintencionadas.

—Ay... De verdad, los oficiales militares son un desastre. Mucho trabajar, pero el sueldo que ganan es mediocre. Además, como comen como limas, el gasto en comida es una barbaridad y ni siquiera te invitan a una cena en condiciones.

—¡Ya! Qué horror. Pero tampoco creas que los funcionarios civiles son ningún chollo. Hace poco me invitó uno y, bueno... un cero a la izquierda. De esos que no tienen futuro y se pasan el día ordenando documentos que terminan en un rincón mohoso. Me regaló un pasador tan feo que me dan ganas de llorar...

—Al menos te dio algo. Así lo puedes empeñar, ¿no?

Muchas de las damas de la corte procedían de familias de media y alta alcurnia. Sin embargo, no todas poseían un carácter acorde a su linaje y buena crianza. Para una joven de modales exquisitos, aquella realidad resultaba a todas luces inaceptable. Por ello, últimamente, en cuanto Maomao tomaba asiento en una esquina del comedor, Yao la seguía discretamente.

El motivo era que, estando la boticaria presente, ese tipo de calaña —especialmente aquellas que guardaban inquina hacia las recién llegadas ayudantes de la oficina médica— evitaba aproximarse. «Y eso que solo les hice una pequeña advertencia», se dijo la boticaria hacia sus adentros. Pero dejaron de acercarse.

Lo que sucedió fue que una dama de la corte intentó lanzar un ataque preventivo contra las ayudantes de medicina novatas. Se presentó rodeada de su séquito, con un aire que recordaba mucho a la Yao del principio. La diferencia radicaba en que esta mujer no parecía haber venido a la corte a trabajar, sino a la caza de algún hombre. Era del tipo que se jactaba de cambiar de plato en cada ocasión. Maomao se percató de que la mujer tenía una erupción cutánea alrededor de la boca.

—Disculpa el atrevimiento, pero me ha parecido oír que frecuentas con varios caballeros. ¿Estás al tanto de las enfermedades venéreas? —le preguntó para confirmar sus sospechas.

—¡Yo no me acuesto con hombres enfermos! —negó ella tajantemente.

Maomao procedió entonces a instruirla sobre los periodos de incubación. Además, le aclaró que, aunque su pareja no presentara síntomas, si las otras parejas de este sí estaban enfermas, existía una alta probabilidad de contagiarse. Debía dar por hecho que seguramente ella no era la única que mantenía varios frentes abiertos. Asimismo, le explicó que las infecciones de transmisión sexual no suelen venir solas, sino que pueden contraerse varias simultáneamente.

—¿Te has sentido más fatigada de lo normal últimamente? ¿Has notado llagas, bultos o sangrados en tus partes íntimas?

Mientras le realizaba el interrogatorio médico, la chica palideció de tal forma que ya no osaba volver a acercarse a ellas. Maomao habló con total profesionalidad, por descontado, pero el rostro de Yao se encendió como un ascua. Por su parte, Enen, que carecía de conocimientos sobre enfermedades venéreas, se dedicó a tomar notas con diligencia en su cuaderno.

Volviendo al almuerzo, el menú de hoy consistía en gachas, un caldo y un plato de acompañamiento. Había varias opciones para este último y se podía elegir, pero normalmente, si llegabas un poco tarde, las existencias se agotaban y te quedabas sin opciones. Maomao escogió como guarnición pollo cocinado al vapor. Los platos de carne eran muy codiciados, así que eran los primeros en volar. Sus dos compañeras eligieron lo mismo.

—¡Que conste que no te he imitado! —se excusó Yao.

«Ya, si no he dicho nada», pensó la boticaria. Visto de cierto modo, esa reacción le resultaba entrañable. Entre las otras opciones había pescado y encurtidos. Según se mirara, los filetes de pescado podían recordar a la serpiente. Seguramente ese fue el motivo por el que las otras dos los evitaron. Ante tal tesitura, a la retorcida Maomao le entraron ganas de ser un poco maliciosa.

Se instalaron en el extremo del comedor y, aunque lo normal sería comer en silencio, Maomao tomó la palabra, aprovechando el tema del momento:

—Por cierto, con lo de la visita de los altos dignatarios extranjeros... Dicen que en el desierto las serpientes y los lagartos son una fuente de nutrientes primordial, así que supongo que ellos los consumen bastante habitualmente. Me pregunto qué platos les servirán.

Al viajar hacia el oeste, uno comprendía que las culturas culinarias diferían. Maomao lo comprobó cuando la llevaron hacia aquellas tierras. No es que le permitieran hacer mucho turismo, pero en los puestos callejeros abundaba comida que muchos en Li considerarían repulsiva.

—Maomao... —dijo Enen con tono reprobatorio.

Yao, por su parte, se quedó con la cuchara suspendida en el aire.

—Se me han quitado las ganas de comer... —murmuró al fin, mientras depositaba la cuchara con delicadeza.

—Yao, debes alimentarte adecuadamente —convino Enen.

—Solo me entraría algo de dulce —dijo Yao con el rostro compungido.

Con un gesto de resignación, Enen extrajo un hatillo de tela. En su interior había un recipiente de bambú. Yao, que todavía se encontraba en edad de crecer, no tenía suficiente con la comida del comedor y siempre traía consigo algún tentempié.

—Toma esto, pero solo si te terminas el almuerzo —dijo Enen lanzándole una mirada de advertencia.

Yao hizo un rictus de frustración, pero retomó sus gachas. «Qué bien sabe manejarla», pensó Maomao.

En cuanto al contenido del recipiente, Enen tomó un cuenco y lo sirvió. De él surgió un aroma dulce y una sustancia traslúcida y gelatinosa.

—Esto es...

Sin duda, era algo propio de una familia adinerada. Se trataba de un postre de lujo, un dulce refrescante ideal para el verano. Poseía propiedades reconstituyentes y beneficiosas para la piel; era un manjar que ocasionalmente ella misma había servido como colación nocturna a la Emperatriz Gyokujou.

—Es el postre favorito de Yao —aclaró Enen, y se llevó discretamente el índice a los labios.

Probablemente lo hizo asumiendo que Maomao sabría perfectamente de qué se trataba. «Y decía ella que no le daba nada de procedencia dudosa...», caviló la boticaria. Lo que estaba haciendo era, en cierto modo, una crueldad.

—¡Oh...! Está un poco tibio, pero delicioso —comentó Yao mientras saboreaba con fruición aquel dulce gelatinoso.
El manjar se llamaba hasma, también conocido como nieve de rana o jalea de nieve. Sería mejor, para la tranquilidad de Yao, no revelarle que el ingrediente principal son los oviductos de las ranas. (NT: Postre tradicional chino, considerado un manjar exótico y nutritivo, elaborado con la grasa seca de las trompas de falopio de la rana asiática. Al rehidratarse, adquiere una textura gelatinosa similar al pudín y se sirve en almíbar dulce, a menudo con dátiles rojos o longan.)






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