Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7
(NT: El nombre de la joven Jazgul proviene de las lenguas del Asia Central. El término «jaz» (en kirguís, kazajo y uzbeko) hace referencia a la «primavera», mientras que «gul» (de origen persa) significa «flor».)
La embarcación era de una magnitud colosal; Jazgul jamás había contemplado un bajel de presencia tan imponente. Su familia era pobre y sus padres no le habían legado más patrimonio que su propio nombre. Es más, la precariedad los empujó a venderla como esclava. Jazgul era muda; no podía hablar. Conservaba el sentido del oído, mas una lesión en su garganta durante la infancia extinguió su voz para siempre. Por tal motivo, su valor de mercado era inferior al de otros esclavos, a pesar de su aptitud para el trabajo; sin embargo, en su hogar no había dinero suficiente para compensar su carencia.
Jazgul albergaba la firme convicción de que su destino final sería el de una concubina. No carecía de atractivo; se afirmaba que, pese a tener la nariz un poco chata, su rostro poseía un encanto singular. Pensaba que sería feliz si se convertía en concubina. Había escuchado que el oficio de cortesana exigía una labor extenuante y diaria, mientras que las concubinas solo debían consagrar sus atenciones a un único señor. Por ello, cuando fue conducida a aquella mansión de magníficas proporciones, experimentó un júbilo secreto al creer que tal sería su suerte.
«Contamos contigo», le dijeron. Le habían advertido que los señores solían ser viejos verdes, pero la realidad distó mucho de tales augurios.
Una figura de una hermosura sobrehumana se erigió como la señora de Jazgul. Era una beldad de porte aristocrático y cabellera blanca como la nieve. No le recriminó su incapacidad para la palabra, ni su analfabetismo o carencia de instrucción académica. Jazgul se afanó en aprender el oficio para no resultar una carga inútil. Mientras demostrara capacidad de aprendizaje, tendría garantizado el sustento y ropa bonita. Su señora era amable. Era un trabajo inmejorable.
Por tal razón, cuando se le comunicó que embarcarían rumbo a una nación remota, Jazgul decidió acompañarla sin vacilación. Ya conocía los rigores del mar de cuando fue trasladada por los tratantes de blancas, y aquel navío de gran calado era considerablemente más confortable que el de su anterior travesía.
Jazgul poseía la fortuna de no padecer mareos. Su señora, por el contrario, mostraba signos de indisposición y las restantes damas de compañía carecían de experiencia náutica, por lo que ella se entregó con denuedo a sus obligaciones.
Al parecer, su señora se hallaba aquejada de una dolencia. Su piel y su cabello presentaban una blancura absoluta, más intensa de lo habitual, y sus ojos poseían la coloración carmesí de un fruto maduro. Bastaban unos breves instantes de exposición solar para que su piel se inflamara y tornara de un rojo ardiente. Asimismo, rehuía los lugares de excesiva luminosidad, pues el fulgor la deslumbraba. No obstante, aquella piel ebúrnea, aquel cabello y aquellas pupilas de fuego eran considerados los frutos de haber sido elegida por los dioses; por consiguiente, tales rasgos la investían de una naturaleza sagrada. Por ello, su señora sostenía que dicha condición no constituía impedimento alguno para su labor.
Aquella mujer ostentaba una alta jerarquía en su patria, una dignidad que le permitía situarse junto al mismísimo Rey. Si una figura de tal relevancia emprendía un periplo tan dilatado hacia una nación extraña y lejana, era, a todas luces, para dar cumplimiento a su deber institucional. Su señora era un ser excepcional que acometía tareas vedadas al monarca. Era poseedora de una gran sabiduría y la instruía en múltiples saberes. Sin embargo, no le era lícito que alguien como ella permaneciera a su lado de forma prolongada, pues las otras damas de compañía la contemplaban con una inquina manifiesta; solo podían compartir breves instantes de intimidad.
—¡Atención! ¡Estamos llegando al puerto! —clamó un marinero.
Jazgul se asomó por la borda para escudriñar el puerto, que se divisaba aún diminuto en la lejanía. Habían atracado en numerosos muelles durante la travesía, mas parecía que este constituía, finalmente, el destino definitivo. Restaba un tramo por vía terrestre, pero se afirmaba que era de escasa longitud en comparación con la travesía marítima.
—Jazgul.
—¡¿...?!
Su señora se había acercado a ella. Lucía un velo que la cubría íntegramente desde la cabeza para evitar la exposición a la radiación solar. Además, se había aplicado una generosa capa de ungüento protector en el rostro y una doncella le sostenía una sombrilla para proporcionarle sombra.
—Por favor, no permanezca aquí mucho tiempo —avisó la doncella.
—Lo sé —convino ella.
A pesar del temor que le infundía la luz solar que abrasaba su piel, parecía que la brisa salina le resultaba placentera. Entornó sus ojos carmesíes, turbada por la claridad.
Jazgul tenía noticia de que su señora estaba ya cerca de los cuarenta años. En su tierra natal, donde la longevidad era un bien escaso, tal edad correspondía ya a la senectud. Los padres de Jazgul contaban aproximadamente con esos años, pero debido a sus jornadas de labor agrícola y pastoreo a la intemperie, poseían una piel curtida, surcada de arrugas y manchada por el sol. Por ello, con su dermis inmaculada, su señora aparentaba una juventud eterna.
—El país al que vamos a llegar, tiene mucha más agua que Shaoh, ¿sabes? Cultivan trigo y arroz, y la vegetación es exuberante —le explicó su señora, con un tono maternalista.
Jazgul asintió con energía. El cereal constituía un bien de lujo; pese a trabajar la tierra, los impuestos consumían la práctica totalidad de la cosecha, dejando apenas migajas para el productor. Los núcleos urbanos de Shaoh prosperaban merced al comercio, pero al alejarse de ellos abundaban las aldeas sumidas en la indigencia. Ante la ausencia de lluvias o ante las plagas de insectos, la hambruna asolaba de inmediato a la población. A ella misma la vendieron a los traficantes precisamente tras una cosecha nefasta. Por tanto, establecer vínculos de amistad con una potencia que gozara de abundancia era una prioridad absoluta. Su señora había acometido este largo viaje con tal propósito diplomático.
En otras tierras se hablaban lenguas extranjeras, pero dada la mudez de Jazgul, no tendría necesidad de articular palabra. No obstante, por esa misma razón, debía redoblar su esfuerzo en la escucha. Al advertir su disposición, su señora le acarició la cabeza con afecto. Jazgul entornó los ojos y esbozó una amplia sonrisa, con la mansedumbre de un pequeño cabritillo.
Mientras los marineros se afanaban ruidosamente en los preparativos del desembarco, su señora, Jazgul y el resto del séquito regresaron al camarote para prepararse.
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