12/04/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 14




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 14
Conspiraciones sigilosas

Tras el relato de Enen y de charlar un rato sobre cuestiones de naturaleza trivial, regresaron su padre adoptivo y el matasanos. El eco de unas risas agudas anunció la llegada de Hongnyang, quien portaba al Príncipe Heredero en sus brazos, flanqueada por la Princesa Lingli, que avanzaba con pasos torpes aferrada a las ricas vestiduras de la dama de compañía.

—¡Goza de una salud de hierro! —exclamó Luomen con serenidad.

—Me alegra mucho oírlo.

El semblante de la Emperatriz Gyokujou reflejó un alivio profundo y genuino ante el informe facultativo. Al lactante ya le estaban brotando los primeros dientes de leche; cuando abría la boca, se alcanzaba a distinguir un minúsculo incisivo que asomaba entre las encías.

—Hay algunos puntos que me gustaría comentar sobre la alimentación complementaria —prosiguió Luomen, iniciando una disertación pedagógica ante Hongnyang y la soberana.

Dependiendo de la constitución biológica de cada individuo, existen alimentos que el organismo asimila bien y otros que rechaza de forma virulenta. Luomen subrayó que bajo ningún concepto se debía administrar miel a los lactantes, y que alimentos como el pescado o el trigo poseían el potencial de desencadenar erupciones cutáneas o reacciones alérgicas.

—Cuando se introduzca un nuevo alimento, deberían hacerlo en pequeñas cantidades y solo uno cada vez.

Si se le administraran diversos alimentos nuevos de forma simultánea, en el supuesto de que sobreviniera una reacción adversa, resultaría una tarea imposible determinar cuál de ellos había constituido el agente causal. «Claro, esto se hace por ser el Príncipe», reflexionó Maomao con cierto cinismo. La gente común, y de manera más desgarradora los desposeídos de los barrios bajos de la capital, apenas disponían de sustento básico, por lo que no podían permitirse el lujo de considerar tales sutilezas dietéticas. Yao y Enen prestaban una atención reverencial a las instrucciones de Luomen. De paso, el médico eunuco también realizaba anotaciones diligentes en su cuaderno.

—¿Cree que hay algún inconveniente con que el Príncipe asista a la próxima presentación oficial? —inquirió la Emperatriz Gyokujou con un matiz de preocupación en su voz.

La presentación oficial; era precisamente el evento que Lahan le había mencionado. Al parecer, concurrirían delegaciones de otras naciones y se perfilaba como un acontecimiento multitudinario de gran calado diplomático.

—Sinceramente, no recomiendo que permanezca mucho tiempo en un lugar al que no está habituado. Un entorno ajeno y el clamor de la multitud agotan a los niños de tan corta edad.

Podría romper en llanto justo en el instante en que el protocolo exigiera un silencio absoluto, o se presentaría la necesidad de higienizar sus pañales en un momento inoportuno, o bien podría entrarle hambre. Hacía aproximadamente dos años, la Princesa Lingli también asistió a un convite en el jardín imperial, y ya entonces la gestión de su bienestar resultó compleja. Se vieron compelidos a disponer braserillos calientaplatos en su capazo para preservar su calor corporal y a vigilarla de forma ininterrumpida para evitar que contrajera un resfriado. En esta ocasión, era muy probable que el Príncipe debiera permanecer a la intemperie durante un lapso todavía más dilatado.

—Yo mismo solicitaré que su presencia se reduzca al mínimo tiempo posible.

—Se lo agradezco.

La cautela extrema de la Emperatriz se fundamentaba también en el hecho de que, en esta ocasión, el Príncipe Heredero sería el centro de todas las miradas. La descendencia actual del Emperador la componían la Princesa Lingli, el Príncipe Heredero y el hijo varón de la consorte Lihua. En lo tocante a la línea sucesoria, el hijo de Lihua también poseía derechos dinásticos, si bien se situaba en un rango posterior al hijo de Gyokujou. Maomao no consideraba a la consorte Lihua capaz de orquestar atrocidad alguna, pero, al margen de la voluntad de los propios interesados, no era infrecuente que los cortesanos y partidarios se dejaran arrastrar por una ambición de poder desmedida.

En el pasado, existió una dama de compañía que, movida por un afecto malentendido hacia su señora, intentó envenenar a otra consorte de alto rango. Actuó a espaldas de su señora y fracasó en su empeño. Si algún faccioso considerara que Lihua debería ser la madre del futuro soberano, el actual Príncipe Heredero constituiría un obstáculo intolerable. Anhelarían su desaparición. La situación era, en múltiples sentidos, de una peligrosidad latente.

«Y hablando de peligros... —sopesó la boticaria—. Hace tiempo que no veo a Jinshi. ¿Cómo le irá?». El derecho a la sucesión de Jinshi se situaba... en el segundo puesto, inmediatamente después del Príncipe Heredero. Lo preceptivo en términos de prudencia política sería no ungir al lactante como sucesor de forma inmediata y aguardar un tiempo prudencial para observar su desarrollo, pero a Jinshi no le interesaba en lo más mínimo el trono imperial. Al contrario, parecía congratularse del nacimiento del príncipe porque albergaba el anhelo de ver reducido su estatus al de un simple súbdito de la corona. No obstante, esa no era una resolución que dependiera exclusivamente de su voluntad.

«Quién sabe qué pasará...», meditó Maomao mientras observaba las manos del príncipe, diminutas y sonrosadas como las hojas del arce en otoño.


● ● ●


Aquella humedad ambiental le resultaba verdaderamente asquerosa. El pelo se le adhería a la nuca con una persistencia irritante. El desempeño de las tareas administrativas durante la época de lluvias constituía una experiencia de lo más deprimente.

Jinshi se apartó los mechones de la base del cuello mientras tomaba asiento en la silla de su despacho oficial. Procedió a hojear las páginas de un fajo de documentos; alguien debió de haberlos manipulado con las palmas de las manos humedecidas por el sudor, pues diversos caracteres aparecían emborronados. Exhaló un hondo suspiro y tomó el cuenco que reposaba en un ángulo del escritorio. Contenía un té que ya estaba completamente frío.

—Uff... —exhaló nuevamente. Tras un instante, agitó levemente el cuenco para observar el movimiento del líquido—. ¿En qué momento han traído este té a mis dependencias?

La pregunta iba dirigida al funcionario con quien compartía el despacho. En la jornada de hoy, Gaoshun se hallaba ausente. Dado que las heridas de Bashin ya habían sanado, este se había reintegrado a sus funciones habituales. Por consiguiente, se había requerido la presencia temporal de un subordinado que destacaba por su metódica organización documental para cubrir la vacante.

—Lo trajo una dama de la corte hace apenas unos instantes, señor, mientras usted estaba ausente.

Jinshi también era humano y, como tal, a veces sentía la llamada de la naturaleza. Ahora bien, que el hecho hubiera acontecido en un lapso tan breve y que, por añadidura, el servicio hubiera corrido a cargo de una dama de la corte...

Siempre había guardias apostados en la entrada de su oficina, pero seguramente la mujer debió de aguardar el momento exacto en que estos se desplazaron para escoltar al noble.

Por norma general, él mantenía una prohibición estricta sobre la entrada de damas de la corte en su despacho. Era una cautela que conservaba desde su etapa como eunuco administrador, cuando presenció una escena dantesca en la que varias de ellas se liaron a puñetazos por la prerrogativa de servirle el té. Sumado a ello, se había topado con objetos tales como cabellos o fragmentos de uñas ocultos en los dulces a modo de fetiche o maleficio, o situaciones en las que, al quedar en la intimidad de la estancia con alguna de ellas, esta se desnudaba súbitamente para abalanzarse sobre su persona. Las damas de la corte no le traían más que problemas... Al parecer, aquel funcionario transitorio, por muy eficiente que resultara en el tratamiento del papeleo, ignoraba las complejas circunstancias que rodeaban a Jinshi.

El apuesto noble abrió el cajón de su escritorio y extrajo un envoltorio de tela. En su interior, protegida con esmero, se hallaba una cuchara de plata. Sujetándola a través del tejido para evitar el contacto directo, removió el té. La plata, que hasta ese momento poseía un brillo intenso, se empañó y tornó de un color negruzco de forma instantánea. (NT: El ennegrecimiento de la plata es una reacción química clásica para detectar la presencia de venenos.)

El funcionario contemplaba la escena con el rostro desencajado por el pavor. Jinshi había procedido de forma manifiesta a propósito, con el fin de escrutar su reacción. Todo indicaba que, efectivamente, el hombre era ajeno a la conjura. Jinshi le hizo entrega del utensilio al guardia de la entrada. Sin mudar el gesto, este envolvió la cuchara en la tela y la custodió en su regazo. El relevo de la guardia no demoraría en personarse; se le entregaría entonces como prueba del intento de regicidio.

—¿Qué aspecto tenía esa dama?

—E-Esto... Es que...

El hombre comenzó a tartamudear, presa del nerviosismo. Aportó una información de escasa utilidad: se limitó a señalar que era joven y que no era muy alta. Siendo un funcionario tan diligente y concienzudo, seguramente se habría hallado tan absorto en los legajos que ni siquiera reparó en los detalles de su fisonomía. Por lo demás, sobre la mesa del oficial también reposaba un cuenco de té, del cual ya había consumido la mitad.

Comprendiendo que no le quedaba otra alternativa, Jinshi extrajo una segunda cuchara y removió aquella otra infusión. En este caso, la plata no reaccionó.

—Está bien... Puedes estar tranquilo.

El funcionario mostró un alivio momentáneo, mas acto seguido se encogió de hombros con un ademán que denotaba la consciencia de haber cometido una negligencia grave. A Jinshi no le importaba en absoluto el error; su único anhelo era que el flujo del trabajo administrativo no se viera interrumpido. Además de su probada competencia, el gran mérito de este hombre radicaba en que no dirigía a Jinshi aquellas miradas cargadas de lascivia o extrañeza tan comunes en otros. Mientras su estancia fuera temporal, solo requería que cumpliera con su cometido.

—No te preocupes y sigue con lo tuyo.

Jinshi depositó el té emponzoñado en un extremo de la mesa y continuó examinando los documentos. El funcionario, aún con el rostro lívido, regresó a su escritorio. Jinshi exhaló un hondo suspiro de nuevo, procurando que el hombre no advirtiera su hastío, y retomó la organización de los papeles oficiales.



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