27/03/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 9




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 9
Enen

Al parecer, las visitas de los facultativos externos al palacio interior, centradas primordialmente en la labor de su padre, se realizaban una vez cada diez días. Se había establecido como norma examinar a las consortes de alto rango una vez al mes, mientras que para las de rango medio y bajo el protocolo dictaba una revisión trimestral. Asimismo, debían personarse ante la Emperatriz Gyokujou, si bien a las aprendices de medicina como Maomao aún se les denegaba el privilegio de acompañarlos. La venia para tales audiencias se decidiría tras evaluar con rigor su desempeño y discreción en las estancias del palacio interior.

Además, imperaba la costumbre de que, si el Emperador llegara a compartir su lecho con alguna mujer —ya se tratase de una consorte de rango inferior o de una simple dama de compañía—, los médicos debían someterla a un examen de salud en un plazo no superior a medio mes. No obstante, era notorio que el soberano actual no solía excederse en sus atenciones con las sirvientas de baja alcurnia. Si se involucrara con demasiadas mujeres de estratos sociales dispersos, se arriesgaría a que una semilla ajena se infiltrara en su sagrado linaje, comprometiendo así la legitimidad del trono. Sin duda, el sabio monarca trataba de conjurar tal contingencia mediante la contención.

«Dijeron que éramos cómplices, pero...», pensó Maomao. Se refería a la espinosa cuestión de que, si el enigma planteado por Aylin resultara ser una estratagema para atraerlas a su bando de forma individual, la omisión de informar a sus superiores constituiría una infracción flagrante de sus deberes. A esa cruda realidad se reducía el dilema.

Por tal motivo, en la actualidad Enen no se distanciaba de ella ni un ápice. Actuaba como su sombra, siempre vigilante. Habían dispuesto dos barreños uno junto al otro y estaban lavando las vendas de lino con ahínco. La familia de Enen les había suministrado pericarpios de jaboncillo de la India, gracias a los cuales los restos biológicos de las vendas desaparecían por completo. Tras el proceso de lavado, las vendas debían someterse a ebullición. La sangre humana puede albergar efluvios nocivos y, de entrar en contacto con heridas ajenas o ser ingerida accidentalmente, existe el riesgo de contraer graves enfermedades infecciosas.

—Ah... ¿No es la colada una tarea propia de las sirvientas? —preguntó Enen mientras restregaba la tela.

—¿Qué te hace pensar tal cosa? —replicó Maomao.

Quienes habían alimentado ese prejuicio clasista fueron aquellas damas de la corte a las que ya habían fulminado de sus puestos. Sin pretenderlo, su respuesta traslució un matiz sutilmente sarcástico.

—¿Y dónde está Yao?

Maomao dudaba entre emplear su nombre a secas o añadirle un sufijo de tratamiento honorífico, por lo que, de momento, optó por referirse a ella con esa familiaridad que no terminaba de resultarle natural.

—Ha acompañado al médico oficial, el doctor Yang, a comprar suministros médicos, por orden suya.

«¿El doctor Yang...?», Maomao ladeó la cabeza, esforzándose por asociar el apelativo con un rostro concreto. Era una debilidad propia de su carácter, pero le costaba mucho vincular los nombres con las fisonomías, sobre todo si alguien no era de su interés. Aunque, en honor a la verdad, el apellido del doctor no facilitaba la tarea. En este vasto imperio solo existían unas pocas decenas de apellidos ancestrales, por lo que el linaje Yang era tan común que, si se lanzara un guijarro al azar, sería de lo más probable alcanzar a uno. En la oficina médica debía de haber, al menos, tres o cuatro individuos con dicho apellido, incluyendo a las propias aprendices.

(NT: El apellido Yang, que en la lectura japonesa de la obra se transcribe frecuentemente como You, no es un nombre cualquiera en el contexto de la China Imperial; se trata de uno de los pilares antroponímicos de la historia de Asia Oriental. Se estima que, durante las dinastías de mayor esplendor, aproximadamente entre el 3% y el 4% de la población general portaba este nombre. En términos comparativos, su frecuencia en el ámbito hispanohablante sería equivalente a apellidos de gran calado como García o Pérez.)

Maomao escurrió con firmeza la venda que acababa de lavar y, acto seguido, tomó también las que pertenecían a Enen para depositarlas en su propio barreño.

—Yo me encargo del resto. Puedes dedicarte a otra tarea.

Sin embargo, Enen se limitó a arquear los labios en una mueca que pretendía emular una sonrisa. Maomao, siendo ella misma una persona de escasa gestualidad, no era quién para juzgar la inexpresividad ajena, pero aquella era una sonrisa a todas luces artificial y carente de calidez. Sin mediar palabra, Enen le arrebató la mitad de las vendas del barreño a la boticaria.

—Estamos en el mismo barco.

En otras palabras: «Ni se te ocurra irte de la lengua en cuanto me dé la vuelta, jovencita». Desde el incidente de los dulces y el mensaje cifrado, Maomao vivía bajo la constante y rigurosa vigilancia de Yao y Enen. No obstante, aquella situación tuvo su vertiente positiva; si bien el trato con Yao seguía siendo distante, con Enen había comenzado a entablar conversación de manera paulatina.

En realidad, Enen simplemente poseía un carácter taciturno, pero nunca había mostrado una hostilidad abierta hacia ella. Si no le había dirigido la palabra con anterioridad, era probablemente por la presencia inhibitoria de Yao o por la misma razón que esgrimía la propia Maomao. «Supongo que hablar supone un esfuerzo tedioso», se dijo. Posiblemente ambas poseyeran temperamentos bastante similares. En su hosquedad y eficiencia profesional, Enen le recordaba vivamente a Suirei, aunque también desprendía un aura de distancia casi inalcanzable.



—No des excesiva importancia a la actitud de Yao. Simplemente ocurre que ella esperaba acceder al cargo con la mejor calificación, y entonces apareciste tú.

—¿La mejor calificación? —inquirió Maomao con genuina extrañeza.

—¿Acaso no te lo explicaron? A la aspirante que obtiene los resultados más sobresalientes en el examen oficial se le hace entrega de un cordón ornamental de un color distinto al de las demás aprobadas.

—¡Ah!

Maomao recordó en ese instante que, en efecto, solo su cordón poseía una tonalidad más intensa y vibrante. Había delegado todo lo concerniente a su indumentaria en manos de Gaoshun y, cuando le suministraron la ropa para cambiarse, estaba tan abrumada por los regaños de la madame del burdel que no le prestó la menor atención a tales detalles. «Debí haberle prestado más atención», se recriminó con un sentimiento de culpa.

Sin embargo, el dato le resultaba sorprendente; ella misma estaba convencida de haber superado el examen de forma mediocre y por el margen mínimo.

—Dejando a un lado la cultura general, en lo que respecta a los conocimientos específicos de medicina, lo habitual era no llegar ni a la mitad de la puntuación —explicó Enen.

Con cultura general se refería, supuso Maomao, a las materias de historia y poesía que tanto le costó memorizar. En esas disciplinas se esforzó con una tenacidad encomiable. En cuanto a los conocimientos específicos, siendo esa su verdadera vocación, era más que probable que ninguna otra aspirante hubiera sido capaz de igualar su calificación. Ahora las piezas del rompecabezas encajaban.

—Yao afirmó haber respondido correctamente a todas las preguntas de cultura general, así que, presumiblemente, fue en los conocimientos técnicos donde se vio superada por ti.

—Comprendo.

Maomao experimentó un leve arrepentimiento; de haber poseído esa información de antemano, tal vez podría haber sido un poco más laxa en sus estudios. Aunque, de cualquier modo, desde el momento en que sobornaron a la vieja regenta, le habría resultado imposible sustraerse de la tiranía de los libros.

—Es que yo trabajo como boticaria.

—Sí, lo había notado. Aun así, Yao es de las que no pueden evitar sentirse frustradas ante un revés así.

No es que Maomao fuera incapaz de comprender su temperamento. De hecho, esa clase de carácter firme no le resultaba desagradable; lo consideraba preferible a la naturaleza de aquellos que se muestran excesivamente serviles. No obstante, el inconveniente radicaba en que Yao no parecía ser consciente de cómo su actitud condicionaba la respuesta de quienes la rodeaban. De todas las damas que habían superado el examen, Yao era la de linaje más noble, por lo que a las demás aspirantes no les quedaba más remedio que seguirle la corriente y plegarse a sus deseos.

—No es una mala persona, así que, por favor, disculpa su altivez por el momento.

En contraste, Enen manifestaba una madurez considerable. Maomao no le había preguntado la edad, pero calculaba que ambas debían de tener más o menos la misma. Había llegado a sus oídos que Yao, a pesar de su apariencia adulta y su porte elevado, era tres años menor que ellas. «Si tiene dieciséis, es comprensible», valoró. Todavía era una niña en términos de experiencia, aunque probablemente montaría en cólera si la escuchara expresarlo en voz alta.

Sin embargo, una duda persistía en su mente. Era evidente que Enen desempeñaba el papel de acompañante y servidora de Yao, pero se revelaba como una joven sumamente inteligente. Sobre todo, poseía nociones de la lengua occidental que la propia Yao no parecía haber asimilado.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Dime.

—De no haber estado yo, ¿no habrías sido tú la primera de la promoción?

Ante la cuestión planteada por Maomao, Enen volvió a esbozar aquella sonrisa de muñeca, inerte y perfecta. Se desplazó con parsimonia hacia el fogón y comenzó a introducir las vendas en la olla para su debida esterilización.

—Eso es algo que jamás habría ocurrido.

«Jamás, ¿eh?», comprendió de inmediato. Cometer fraude para inflar una calificación representa un problema ético y legal, pero responder erróneamente de forma deliberada a preguntas que uno domina no constituye una infracción técnica. A esa sutil manipulación se resumía todo, probablemente. «Es una mujer sumamente capaz, aunque en un sentido distinto al de Suirei», valoró la boticaria.

Más que a la enigmática Suirei, su actitud le recordaba a la de Suiren, la experimentada nodriza y dama de confianza de Jinshi. Era alguien de modales exquisitos y pulcritud extrema, pero con quien no convenía bajar la guardia en absoluto. En resumidas cuentas: era una persona con la que se debía proceder con suma cautela.



A excepción del hecho de hallarse bajo la constante vigilancia de sus dos homólogas, los diez días subsiguientes transcurrieron para Maomao con una normalidad absoluta.

Le resultaba ciertamente gravoso que su correspondencia fuera interceptada y sometida a escrutinio cada vez que recibía una misiva. Por fortuna, no se habían recibido comunicaciones directas de Jinshi; por lo general, llegaban bajo la rúbrica de Gaoshun, lo cual facilitaba la discreción.

Por otra parte, aunque se trataba de un detalle de importancia menor, parecía que Bashin ya se había reincorporado a sus funciones habituales. Tomando en consideración la severidad de las lesiones que sufrió, poseía una capacidad de regeneración fisiológica verdaderamente extraordinaria. «¿Tendrá una estructura ósea diferente a la del resto de mortales?», se cuestionó Maomao con curiosidad analítica. Se sorprendió a sí misma al considerar que le complacería contrastar la celeridad de su curación con la de otros sujetos de estudio. Al mostrarse como un individuo tan robusto, no debería existir inconveniente alguno en someterlo a tratamientos de cierta rudeza médica. Dado que era probable que el interesado declinara tal ofrecimiento, quizá sería más productivo elevar la consulta directamente a Gaoshun.

Sazen le remitió noticias informando de que los asuntos en la botica progresaban sin contratiempos. Sin embargo, comenzó a intercalar quejas sobre el comportamiento, en ocasiones excesivamente abrumador, de Kokuyou. En ese particular, a Sazen no le restaba sino armarse de una paciencia estoica. De manera esporádica, entre las cartas se colaba alguna ilustración de Miaumiau, el gato; era obra del revoltoso Chue. Se había tomado la molestia de estampar la huella de una almohadilla con cinabrio a modo de sello oficial. Al hallarse la marca emborronada y presentar indicios de arañazos, Maomao dedujo que habrían coaccionado al animal para que estampase su pata en el papel.

Bajo el pretexto de ejercer la censura necesaria, Yao examinaba con rigor los dibujos del felino. Se limitaba a contemplarlos en silencio para luego restituirlos a Maomao con un gesto preñado de una sutil añoranza. Posteriormente, Enen le inquirió si tendría a bien cederle la ilustración, presumiblemente con la intención de entregársela a Yao para aliviar su melancolía.

Yao y su inseparable acompañante parecían convencidas de que la mención a la «Doncella Blanca» no representaba sino una clave cifrada de carácter administrativo. Aunque Enen albergaba ciertas sospechas sobre la veracidad de tal suposición, no se mostraba dispuesta a profundizar en la indagación si el asunto no despertaba el interés de Yao.

«La dichosa Doncella Blanca...», Maomao estaba convencida en un noventa por ciento de que la referencia aludía a la Doncella Blanca que ella conocía: la prestidigitadora que, tras ser capturada, fue confinada en el monasterio donde actualmente residía la consorte Lishu. No obstante, existía el riesgo de incurrir en un error de juicio. Un elemento que le causaba inquietud era el recuerdo de aquel pintor que sufrió una intoxicación alimentaria y a quien ella prestó auxilio tiempo atrás. En su morada, el artista conservaba el retrato de una beldad de tez blanca y ojos de un rojo intenso. Afirmaba que se trataba de una mujer a la que había visto veinte años atrás en las regiones occidentales de Shaoh. Si la mujer a la que aludía Aylin, originaria de esas mismas tierras, fuera la misma persona... No, si Aylin se había tomado el trabajo de plantearlo como un enigma intelectual, debía de referirse a la Doncella Blanca contemporánea; no podía tratarse de alguien cuya juventud se había desvanecido hacía dos décadas. Maomao sacudió la cabeza para disipar tales conjeturas.

Pese a sus esfuerzos, no lograba apartar de su pensamiento a aquella mujer albina con la que se topó el pintor en su juventud. «¿Y si existiera algún vínculo consanguíneo o simbólico entre ambas...?», se preguntó. La resolución a tal interrogante llegaría al día siguiente, cuando el deber la condujera de nuevo ante la presencia de la consorte Aylin...



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