
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 9
Traducido por: Xeniaxen
Capítulo 10
El ascenso a médico oficial
Transcurridos unos pocos días, un rincón del dispensario oficial lucía un aspecto completamente desierto y silencioso. Se trataba en concreto del cobertizo anexo que solían emplear como taller los médicos en prácticas. Si bien en las semanas previas dicho recinto albergaba sin orden almireces, morteros, básculas de precisión y pesados tomos académicos, ahora mostraba un estado impecablemente pulcro y despejado.
—¿Acaso los aprendices han llevado a cabo una limpieza general del taller? —dejó caer Maomao al pasar frente a la puerta abierta.
—Han sido todos trasladados a otras dependencias —se limitó a responder el doctor Liu con un tono glacial.
—¿Ha concluido ya su periodo de formación en este dispensario?
—Algo por el estilo —sentenció el veterano galeno sin levantar la mirada de las páginas de su cuaderno de registro.
A decir verdad, el dispensario adscrito a la guarnición militar de la capital constituía el destino más codiciado entre los jóvenes facultativos. Cuantos más soldados heridos acudían a sus dependencias, con mayor destreza e instrumental se curtían los principiantes. Los médicos en prácticas eran asignados en primer término a esa plaza destacada para poner a prueba sus competencias. Tras completar unos meses de formación intensiva bajo supervisión, se les destinaba de forma definitiva a otras dependencias imperiales. Por regla general, a mayor destreza y capacidad demostradas durante la instrucción, más exigente y ajetreado resultaba el nuevo puesto asignado en la administración.
Dicho sea de paso, la razón fundamental por la cual su padre adoptivo, Luomen, no había sido destinado como médico jefe al dispensario de la guarnición obedecía a las constantes e inoportunas incursiones del estrafalario estratega Lakan. Aquel estrambótico hombre del monóculo solía dejarse caer casi a diario por el lugar desde el ingreso inicial de Maomao como asistente médica. Por fortuna, merced a las interminables partidas de Go que libraba habitualmente contra Jinshi en las dependencias palaciegas, sus indeseadas visitas al dispensario se habían vuelto sumamente escasas. La boticaria celebraba la tregua de todo corazón: «Paredes benditas, paredes benditas que me libran de su presencia...», musitaba en su fuero interno. En momentos de alivio como este no le dolían prendas en mostrar una sincera gratitud al destino.
En cuanto al propio Jinshi, desde que Maomao fuera asignada formalmente a su puesto de asistente en el pabellón médico, sus apariciones por el lugar también se habían reducido de forma drástica. A buen seguro las graves ocupaciones de gobierno le absorbían por entero el tiempo diario, amén de tratarse de un recinto sanitario al que no deseaba aproximarse en exceso por razones de discreción. En un sentido harto distinto al del estratega excéntrico, aquel ambiente saturado de hierbas y remedios tampoco encajaba con su refinada persona.
Puesto que en la jornada de hoy la colada de vendas resultaba bastante escasa, Enen la ejecutaba en solitario en el patio posterior mientras la joven noble Yao se entregaba con esmero al orden del almacén de sustancias. Asaltada por su habitual aprensión y celo protector hacia su señora, Enen le había hecho entrega a Yao de un curioso cascabel de sonido estruendoso, advirtiéndole con firmeza: «Si algún hombre pretende abordarte con malas intenciones en el almacén, sírvete de esto sin dudar para avisarme de inmediato».
En lo tocante a Maomao, la boticaria se hallaba al cuidado del dispensario principal en compañía del adusto doctor Liu. Con todo, estar de guardia en la clínica no implicaba en absoluto un mero descanso contemplativo. Aún restaban laboriosas tareas secundarias como mudar las sábanas de los jergones de los enfermos, la pulcra limpieza del recinto o la cuidadosa redacción del diario de registro de la jornada. De presentarse algún paciente o herido leve, administrarle los primeros auxilios correspondía a la labor directa de Maomao. Únicamente aquellas intervenciones quirúrgicas o tratamientos complejos que escapaban por completo a la competencia de los aprendices y asistentes requerían la intervención directa del facultativo superior.
La jornada discurría apacible y sin mayores sobresaltos. Maomao tan solo se había limitado a aplicar un ungüento cicatrizante en los cortes leves de algún oficial tras las maniobras del patio o disponer emplastos calmantes en las contusiones de otros soldados. De vez en cuando acudía también algún funcionario de la corte en busca de remedios eficaces contra el molesto resfriado invernal. Las dosis en polvo preparadas con antelación para facilitar su entrega rápida tocaban a su fin, mas el doctor Liu molió con sorprendente brío una remesa adicional en el mortero. Al parecer, aun gozando de su alto rango dentro de la jerarquía médica, un cirujano sin quehaceres urgentes no le hacía ascos a elaborar manualmente una medicina ordinaria.
Al verse desocupada de sus obligaciones inmediatas, Maomao inquirió respetuosamente si podía emplear el fogón del laboratorio a fin de concentrar alcohol puro por destilación. A lo que el doctor reaccionó al instante con un gesto de marcada y muda estupefacción en el rostro.
—Años atrás, Luomen empleó exactamente el mismo argumento técnico para preparar una remesa concentrada... —rememoró el cirujano con una expresión sumamente amarga en el rostro—. Mientras él se hallaba ausente en el escusado, cierto sujeto irrumpió en la estancia fumando en pipa con absoluta despreocupación.
—Vaya. Hay que ver qué clase de insensato... —murmuró Maomao.
A poco que se lo considerara con rigor, aquello habría acabado en una deflagración en toda regla. Se habría producido una combustión súbita y violenta mediante la cual el fuego se expande por los vapores.
—No, la culpa fue entera de Luomen por no haber advertido del peligro a los presentes —aseguró el doctor Liu.
A juzgar por el tono de agitación de sus palabras, resultaba del todo transparente la identidad del oficial que fumaba en pipa. Haciendo gala de un atinado tacto, Maomao optó por guardar prudencia. Como el doctor Liu parecía ser un viejo conocido de su padre adoptivo, a ella le complacía poder escuchar sus historias de cuando en cuando.
—Será mejor que no emplees el fogón principal. Algún holgazán que esté escaqueándose de sus obligaciones en el patio podría aproximarse fumando en pipa. Veamos... Toma un brasero portátil y ve a realizar el proceso a la estancia contigua.
—Pero la potencia del fuego del brasero resulta escasa para la destilación —objetó la joven.
—Tampoco requieres una cantidad ingente de producto. Al fin y al cabo, solo estás pensando en elaborar algo para matar el tiempo libre, ¿no es así?
«Ha dado en el clavo», reconoció ella hacia sus adentros.
—Por añadidura, a buen seguro pensabas que nadie se percataría si te trasegabas un trago de alcohol concentrado —añadió el anciano.
¿Cómo podía aquel hombre gozar de una intuición tan endemoniadamente aguda...? Maomao arqueó una ceja con sutil sorpresa y, acto reflejo, se le dibujó una leve media sonrisa de complicidad en sus labios.
Instantes después, dispuso un brasero de dimensiones holgadas, un alambique profesional semejante a una tetera provista de tubos de condensación, alcohol destinado a la desinfección médica y un balde repleto de agua fría.
—Ah, sí, por cierto. Casi lo olvidaba —dijo el galeno, deteniéndola—. Llévate esto también para trabajar.
Con un golpe seco sobre la mesa, depositó ante ella unas tijeras, papel de arroz para envolver medicinas y la mezcla en polvo de un remedio ya preparado.
—Quiero que prepares cien envolturas en total —instó.
—D-De acuerdo... —asintió la boticaria.
A todas luces, el severo doctor no pensaba tolerar que la joven disfrutara de un solo instante de ocio en la botica.
Maomao añadió más carbón incandescente en el brasero y colocó el alambique encima. A diferencia del artefacto improvisado con utensilios cotidianos que elaboró antaño en el Pabellón de Jade —el cual le había supuesto un coste elevado al tener que costear los recipientes de su propio bolsillo—, este instrumento oficial constituía una pieza de botica soberbia y de superior manufactura. Consistía en dos recipientes superpuestos, como marmitas acopladas con el pico invertido de una tetera en el centro. El mecanismo funcionaba vertiendo el alcohol diluido en la marmita inferior. Al aplicar calor constante y evaporarse el líquido, el vapor ascendía, se condensaba al contacto con la cavidad superior y manaba puro y concentrado por la boquilla exterior.
«¡Cómo me gustaría contar con un instrumento así en la residencia...!», deseó la joven con anhelo. Dada su configuración artesanal tan peculiar, encargar su fabricación privada entrañaría un coste sumamente elevado. Aunque el ejemplar presente fuera de sencilla cerámica, mandarlo elaborar en metal duradero alcanzaría una cifra astronómica. «¿Me lo cederán amablemente cuando quede viejo y fuera de servicio?», fantaseó para sus adentros.
Entretenida en semejantes cavilaciones ilusorias, procedió a cortar el papel y envolver las dosis de medicina en polvo. Dado el rigor de la presente estación invernal, numerosos funcionarios de palacio caían presa del resfriado, por lo que resultaba preciso proveerlos constantemente de remedios. Al igual que los alimentos frescos, las medicinas preparadas se echaban a perder si no se consumían con presteza en el tiempo adecuado, mas estas dosis en concreto no tardarían en agotarse dada la alta demanda.
Mientras Maomao se entregaba con diligencia a cortar el papel y envolver los remedios en polvo, pareció arribar alguien a la estancia contigua del dispensario. Pensando que podía tratarse de algún herido de urgencia, la joven se dispuso a regresar a la habitación principal donde se hallaba el doctor Liu, pero este... se interpuso ante la puerta para cerrarle el paso con firmeza.
—Continúa con tus labores. No se te requiere en esta estancia —ordenó el facultativo en tono bajo—. La visita no desea tomar té. Resulta sensiblemente más prudente que no lo atiendas directamente.
«¿Más prudente?», pensó ella en su fuero interno. Albergando cierta extrañeza por la inusual reserva, Maomao amagó con retomar la tarea de envolver remedios según se le había ordenado... Sin embargo, no estaba en su naturaleza analítica acatar semejante indicación sin más. Pegó el oído a la fina madera de la puerta con el mayor sigilo posible.
—Le ruego que no me exija imposibles en la gestión —dijo la voz del doctor Liu—. ¿Quiere acaso que incremente las nóminas de la guarnición con un médico oficial más?
Tratábase de un lenguaje incluso demasiado respetuoso y sumiso para provenir del doctor Liu, un hombre de temperamento agrio. Semejante deferencia daba a entender que el ilustre interlocutor ostentaba un rango político o nobiliario infinitamente superior. «¿De quién se tratará?», divagó ella durante unos breves segundos, mas la incógnita se despejó en un abrir y cerrar de ojos.
—Formulo la petición a sabiendas de la enorme dificultad de la empresa —respondió la otra persona—. Requiero la presencia no de uno, sino de dos hombres más.
Aquella voz de timbre melodioso y presencia imponente resultaba de todo punto imposible de confundir, aun a través de la sólida madera de la puerta. Comparada con sus días de artificio en el palacio interior, se había despojado de cierta dulzura amanerada y coqueta, mas a cambio albergaba un matiz grave y sobrio capaz de cautivar a cualquiera. «Conque ha dejado de aparentar ser una beldad celestial para convertirse en un ser inmortal...», caviló Maomao. Sobra decir que la voz pertenecía al mismísimo Jinshi.
—Tal y como me ordenó previamente, me hallo en pleno proceso de adiestrar a los médicos en prácticas —explicó el doctor Liu con amargura—. Sin embargo, me temo que apenas la mitad de los aspirantes servirá para el verdadero propósito. O bien cuentan con la presencia distinguida, mas carecen de la destreza instrumental requerida; o bien poseen la destreza técnica, mas adolecen por completo de la entereza de ánimo necesaria para la cirugía. Cultivar tanto la entereza moral como la destreza manual requiere tiempo.
—¿Resulta del todo imposible instruirlos mediante la práctica real sobre el terreno? —inquirió Jinshi.
—No abrigo en absoluto la intención de cobrarme cadáveres a modo de triste experimento —replicó el veterano cirujano con firmeza—. A menos que se trate de hombres poseedores de un ánimo verdaderamente firme y templado, terminarán por quebrantarse mentalmente al punto de ejercer.
«Cobrarse cadáveres...», meditó la boticaria al otro lado. Semejante aseveración despertó en Maomao una agudísima punzada de inquietud. Las sospechas sobre las prácticas clandestinas de anatomía que la habían estado atenazando durante los últimos días comenzaron a cobrar un sentido aterradoramente preciso en su mente. Aunque sentía un deseo imperioso de irrumpir en la estancia e inquirir al punto, contuvo la impaciencia para entregarse por entero a escuchar tras el marco.
—Yo diría que se halla presente alguien de ánimo bastante firme entre nosotros... —dejó caer Jinshi con sutil intención, aludiendo a la propia Maomao.
—De haber de escoger a los candidatos —interrumpió velozmente el doctor Liu para proteger a la boticaria y desviar la atención de ella—, resultaría conveniente optar por un sujeto varón que se halle libre de ataduras familiares. La presencia de unos progenitores en exceso protectores no haría sino acarrear complicaciones políticas y denuncias enfadosas. Por añadidura, a nadie le place partir por propia voluntad hacia tierras tan remotas y peligrosas.
Entrañaba un intercambio preñado de segundas intenciones y cautelas. Jinshi requería la presencia urgente de médicos curtidos en procedimientos complejos. Si la intención última estribaba en marchar a tierras lejanas de la frontera, ¿acaso pretendía incorporarlos a una expedición militar? «¿Acaso se prepara una contienda bélica?», se le ocurrió entonces a la joven. No, tal vez los acontecimientos no hubieran alcanzado semejante extremo todavía, mas Jinshi poseía un carácter previsor proclive a disponer con mucha antelación las piezas sobre el tablero. Considerando los tiempos convulsos que se avecinaban, debía de aspirar a reforzar el personal sanitario en un enclave de capital importancia estratégica para la defensa del Imperio.
«En tal caso, ¿se tratará del norte o del oeste?», se preguntó ella. Al oeste se hallaba el siempre esquivo Reino de Shaoh. Al norte, la amenazante Confederación del Norte. Entre la dinastía Li y la Confederación del Norte se erigía una cordillera colosal de cumbres heladas. Superar unos montes cuya altitud se contaba por leguas rayaba en lo imposible para un ejército. Por ende, las fuerzas invasoras procedentes del septentrión irrumpían mayormente por el paso llano donde la cordillera del noroeste tocaba a su fin... o, al menos, tal era el enunciado geográfico planteado en las rigurosas pruebas de examen para las sirvientas de la corte. «Aún me acuerdo a la perfección de aquella lección gracias a los severos castigos de la vieja madame...», reconoció Maomao hacia sus adentros, sintiendo un escalofrío de mezcla entre pavor y secreta gratitud hacia la estricta regenta de la Casa Verdigris. No en vano era una mujer implacable que jamás habría tolerado el tibio e inútil recurso de estudiar a última hora la víspera de una prueba.
En cuanto a las tierras que aguardaban en la ruta del noroeste, no eran otra cosa que el dominio de la Capital del Oeste, cuna natal de la Emperatriz Gyokujou.
Un hilo de sospechas comenzó a tejerse. «Ahora que lo pienso, Pai Lin mencionó cierta extrañeza en los clientes...», recordó Maomao de pronto. La popular cortesana de la Casa Verdigris había aludido a si los mercaderes llegados del oeste andaban o no en manejos singulares y comentarios de censura. ¿Acaso las maniobras secretas de Jinshi guardaban una relación directa con aquel asunto fronterizo...?
Maomao se quedó tan absorta escuchando la conversación tras el marco que tardó en percatarse de un grave descuido en su mesa de trabajo. El contenido del alambique se había consumido por completo tras la ebullición. El recipiente había comenzado a desprender un humo anómalo y espeso. Rascándose la nariz con aprensión por el acre olor, la boticaria echó una rápida mirada hacia atrás y se sobresaltó violentamente ante la humareda que ascendía hacia el techo. Acto seguido, arrojó el agua del balde con imprudente presteza sobre el recipiente para extinguir las brasas del brasero.
Un estruendoso siseo de vapor resonó en la estancia. Si bien la reacción de emergencia pecó de expeditiva y torpe, resultaba del todo imposible que los presentes en la estancia contigua pasaran por alto semejante escándalo de agua y vapor...
—¿Qué demonios andas haciendo aquí? —inquirió una voz impregnada de estupefacción.
El autor de aquellas palabras no era otro que el propio Jinshi. Embargada por la turbación y la vergüenza, Maomao tomó a toda prisa un paño seco para intentar secar el líquido derramado sobre la mesa.
—Esto... Me he quedado un instante traspuesta mientras velaba el fuego del brasero... —se justificó la joven con voz débil.
—¿Ah, sí? —intervino el doctor Liu con sorna—. Pues parece que se te ha quedado la marca de la madera de la puerta bien impresa en la mejilla.
Ante las reveladoras palabras del anciano, Maomao se llevó la mano a la mejilla con inmediato sobresalto y los ojos abiertos.
—...
—...
La joven guardó un tenso silencio. El galeno la contempló con severidad. Resultaba más que transparente para todos que la boticaria había estado escuchando la conversación privada tras la puerta. Maomao desvió de inmediato la mirada hacia el suelo, mas la escrutadora inspección del doctor Liu no cedió un solo ápice. Sin contemplaciones, le prendió la cabeza con una mano y procedió a infligirle una severa y dolorosa presión en el cráneo con los nudillos.
«¡Ay, ay, ay!», protestó ella hacia sus adentros. Se encogió sobre sí misma, sujetándose la cabeza con ambas manos para amortiguar el castigo.
A decir verdad, la joven juzgaba que el médico superior la había destinado a la habitación contigua por estimar que la conversación no entrañaba verdadero peligro aun siendo escuchada; mas la imprudencia de pegar el oído tras la puerta constituía una falta de disciplina intolerable.
Jinshi pugnaba en silencio por contener un ademán de risa ante la escena. A su costado, además de Bashin, figuraban otros dos oficiales de alto rango del ejército imperial a modo de escolta personal. No cabía duda de que mantener la compostura de cara al exterior entrañaba para él un esfuerzo de lo más pesado en ese instante. Una vez sofocada la tentación de la risa, el Hermano Imperial dejó escapar una tos de marcada gravedad para recuperar el tono institucional.
—Doctor Liu, ¿puedo formularle una pregunta?
—¿De qué se trata, señor? —respondió el cirujano, soltando al fin la cabeza de Maomao.
—Aseveró usted que la valía de los médicos en prácticas resulta sumamente desigual —señaló Jinshi—. ¿Qué hay de la capacidad de las asistentes médicas?
—¿Q-Qué está insinuando con eso, señor...? —reaccionó el doctor Liu, desconcertado—. Una asistente médica no deja de ser, al fin y al cabo, una mera auxiliar de lavandería y remedios.
—Tengo entendido que el cometido real de las asistentes médicas apenas dista del que desempeñan los médicos en prácticas en la clínica —argumentó Jinshi con aplomo—. En suma, de reunir la entereza de ánimo necesaria, la destreza instrumental y la fortaleza física, ¿no cabría la posibilidad de promoverlas formalmente al rango de médico oficial?
Lo mismo que Enen y Maomao habían debatido sobre los medios legales para alcanzar el rango de médico oficial rondaba asimismo la cabeza de Jinshi. «El verdadero obstáculo no son los exámenes, sino reunir esa entereza moral, destreza técnica y fortaleza física...», se dijo mentalmente la boticaria, repitiendo en su fuero interno las exactas palabras del doctor. Cabe preguntarse bajo qué premisas o planes juzgaba Jinshi posible la consecución de dicho rango para una mujer en el imperio. Con todo, proceder a un interrogatorio directo en este preciso instante de castigo no haría sino acarrearle complicaciones enfadosas a la joven.
Tras una convivencia tan dilatada y cercana con Jinshi, Maomao había llegado a discernir en gran medida la verdadera índole de sus pensamientos más profundos. Si bien existían ocasiones en que el poderoso noble resultaba del todo insondable para el resto del mundo, la joven adivinaba casi sin esfuerzo lo que él se disponía a pronunciar a continuación.
—¿De cuánta fortaleza de ánimo goza esta asistente médica en particular? —inquirió Jinshi, señalando a la joven. Su mirada fija se posó en ella.
Maomao tuvo la clara impresión de que el Hermano Imperial le dirigía una sonrisa de oreja a oreja. No se trataba en absoluto de un gesto afable o cálido, sino de un ademán preñado de malicia y desafío.
—Maomao únicamente destaca por una insensibilidad desmedida ante los imprevistos —sentenció el doctor Liu sin ambages—. Por añadidura, es una mujer. Resulta absolutamente inconcebible que en este imperio pueda erigirse como médica oficial.
«Ciertamente es así, no cabe la menor duda...», se dijo Maomao a sí misma en su fuero interno. Aun así, resultaba del todo imposible que no abrigara la tentadora idea de qué ocurriría exactamente de alcanzar dicho rango superior en la jerarquía sanitaria.
«Aunque a mi padre adoptivo le desagradaría profundamente semejante destino...», se autocensuró al instante. El respetado Luomen la había criado con esmero únicamente para ejercer el oficio de boticaria. Si bien la botica se trataba de un saber técnico más que suficiente para subsistir con dignidad en el humilde barrio del placer, el anciano jamás intentó encauzarla hacia la carrera oficial de la medicina, profesión que reportaba ingresos mucho más sustanciosos. Lejos de alimentar tales pretensiones, Luomen le había inculcado desde la infancia la máxima estricta de no tocar jamás un cuerpo sin vida.
«Podrían intentar transformar al propio ser humano en medicina si se cruza ese límite», semejantes habían sido las sombrías advertencias pronunciadas en su momento por su padre adoptivo. A buen seguro sus palabras albergaban una significación ética y un doloroso trasfondo histórico bien distintos, ligados a las trágicas amputaciones de su pasado.
—En esta ocasión, no resulta imprescindible que el designado se trate formalmente de un médico oficial de la corte —declaró Jinshi con tono categórico—. Bastará con alguien que posea los mismos conocimientos técnicos y la precisión de un médico experimentado, ya se trate de un facultativo de a pie o de una habilidosa boticaria. Le otorgaré personalmente una licencia de autorización especial. Así pues, doctor Liu, ¿no podría disponer al menos de dos personas más capacitadas para la misión?
Las calculadas palabras de Jinshi entrañaban hondas segundas intenciones. La enrarecida atmósfera que se respiraba en la estancia evocaba a la perfección aquellas pasadas ocasiones en el palacio interior en que el noble le acarreaba a Maomao los enredos más peligrosos. Al propio tiempo, un intenso escalofrío recorrió el cuerpo de la boticaria de pies a cabeza. No se trataba de una sacudida de mal agüero o de temor. Sino de una extraña exaltación que afloraba en medio de una tensión punzante, semejante a la apasionante sensación de experimentar por mano propia los efectos de una hierba medicinal mortífera jamás empleada hasta la fecha.
El dilema quedaba servido sobre la mesa. Llegados a este punto, Maomao caviló en silencio sobre la espeluznante tarea que Jinshi pretendía encomendarle. A buen seguro... No, con absoluta e incuestionable certeza, de hecho. El encargo se hallaba vinculado a la práctica de disecciones y al misterioso libro prohibido de anatomía. Se trataba, sin duda, de un asunto extraordinariamente arriesgado. Sin embargo, constituía asimismo una oportunidad científica irrepetible para acceder a secretos del cuerpo humano que de otro modo jamás estarían al alcance de una mujer de su condición.
¿Arrepentirse de afrontar una vez más un asunto agotador, o arrepentirse para siempre de dejar escapar una oportunidad académica única en la vida? Semejante era la disyuntiva en que se hallaba la joven boticaria en ese instante. Y la respuesta definitiva de Maomao estaba del todo decidida en su corazón.
El doctor Liu clavó en ella una mirada fija, con una adusta expresión que parecía exigirle imperativamente que rehusara la peligrosa propuesta. «Eso me resulta del todo imposible, doctor», se disculpó la joven con el facultativo únicamente hacia sus adentros.
Una resolución firme la impulsó a actuar. Maomao dio un paso al frente e hincó con solemnidad una rodilla en tierra ante la majestuosa figura de Jinshi.
—Ante su excelencia se halla presente una humilde boticaria —declaró con voz clara y pausada—. ¿Tendría a bien considerar su concurso para la encomienda?
Al escuchar sus palabras, las comisuras de los labios de Jinshi se elevaron con un leve pero inconfundible matiz de satisfacción victoriosa. Ante el sometimiento y la audacia de la boticaria, un cálido rubor asomó de pronto a las mejillas del noble, quien se vio precisado a desviar momentáneamente la mirada para disimular la súbita excitación que le producía aquel triunfo personal sobre la tozuda muchacha.
—Semejante es la oferta de esta voluntaria —manifestó Jinshi, recuperando el aplomo—, mas, ¿qué opina usted al respecto, doctor Liu?
—...
El anciano guardó un prolongado silencio. Luego, fulminó a Maomao con una mirada cargada de indignación. Hasta ese instante, ella había albergado la plena convicción de que el galeno juzgaba el desempeño del trabajo técnico con absoluta imparcialidad entre aprendices varones y asistentas. Cabía preguntarse si, después de todo, el mero hecho de su condición femenina constituía el impedimento principal para concederle el permiso.
—No me hallo facultado para responder por decisión propia a semejante petición... —articuló finalmente Liu con voz grave—. Por añadidura, el padre adoptivo de esta joven no es otro que el respetado Luomen.
Salió a relucir así ese nombre. «Conque, en el fondo, le guardaba una profunda consideración y respeto profesional...», advirtió Maomao con sorpresa. La boticaria evocó de inmediato el afable rostro de su padre adoptivo, aquel anciano eunuco de índole serena e inofensiva que tan solo en contadas ocasiones alteraba el equilibrio de su entorno.
Si Luomen llegara a enterarse y le dedicara una mirada afligida y decepcionada... «Semejante reproche silencioso resultaría de lo más difícil de sobrellevar para mí», se dolió Maomao en su fuero interno. Tratábase, a decir verdad, de su mayor e insuperable debilidad afectiva.
—Si logra obtener sin presiones la expresa licencia escrita de dicho galeno, nada me restará por objetar a su participación —concluyó el doctor Liu.
Al pronunciar estas palabras, el doctor Liu dirigió a Maomao un rostro endurecido, arrugando el entrecejo y apretando las mandíbulas en un ademán desafiante que venía a decir con claridad: «A ver si eres verdaderamente capaz de lograrlo». La boticaria, por su parte, se esforzó al máximo por mantener un rictus impasible, esforzándose en vano por disimular la tensión de sus facciones.
—¿Acaso los aprendices han llevado a cabo una limpieza general del taller? —dejó caer Maomao al pasar frente a la puerta abierta.
—Han sido todos trasladados a otras dependencias —se limitó a responder el doctor Liu con un tono glacial.
—¿Ha concluido ya su periodo de formación en este dispensario?
—Algo por el estilo —sentenció el veterano galeno sin levantar la mirada de las páginas de su cuaderno de registro.
A decir verdad, el dispensario adscrito a la guarnición militar de la capital constituía el destino más codiciado entre los jóvenes facultativos. Cuantos más soldados heridos acudían a sus dependencias, con mayor destreza e instrumental se curtían los principiantes. Los médicos en prácticas eran asignados en primer término a esa plaza destacada para poner a prueba sus competencias. Tras completar unos meses de formación intensiva bajo supervisión, se les destinaba de forma definitiva a otras dependencias imperiales. Por regla general, a mayor destreza y capacidad demostradas durante la instrucción, más exigente y ajetreado resultaba el nuevo puesto asignado en la administración.
Dicho sea de paso, la razón fundamental por la cual su padre adoptivo, Luomen, no había sido destinado como médico jefe al dispensario de la guarnición obedecía a las constantes e inoportunas incursiones del estrafalario estratega Lakan. Aquel estrambótico hombre del monóculo solía dejarse caer casi a diario por el lugar desde el ingreso inicial de Maomao como asistente médica. Por fortuna, merced a las interminables partidas de Go que libraba habitualmente contra Jinshi en las dependencias palaciegas, sus indeseadas visitas al dispensario se habían vuelto sumamente escasas. La boticaria celebraba la tregua de todo corazón: «Paredes benditas, paredes benditas que me libran de su presencia...», musitaba en su fuero interno. En momentos de alivio como este no le dolían prendas en mostrar una sincera gratitud al destino.
En cuanto al propio Jinshi, desde que Maomao fuera asignada formalmente a su puesto de asistente en el pabellón médico, sus apariciones por el lugar también se habían reducido de forma drástica. A buen seguro las graves ocupaciones de gobierno le absorbían por entero el tiempo diario, amén de tratarse de un recinto sanitario al que no deseaba aproximarse en exceso por razones de discreción. En un sentido harto distinto al del estratega excéntrico, aquel ambiente saturado de hierbas y remedios tampoco encajaba con su refinada persona.
Puesto que en la jornada de hoy la colada de vendas resultaba bastante escasa, Enen la ejecutaba en solitario en el patio posterior mientras la joven noble Yao se entregaba con esmero al orden del almacén de sustancias. Asaltada por su habitual aprensión y celo protector hacia su señora, Enen le había hecho entrega a Yao de un curioso cascabel de sonido estruendoso, advirtiéndole con firmeza: «Si algún hombre pretende abordarte con malas intenciones en el almacén, sírvete de esto sin dudar para avisarme de inmediato».
En lo tocante a Maomao, la boticaria se hallaba al cuidado del dispensario principal en compañía del adusto doctor Liu. Con todo, estar de guardia en la clínica no implicaba en absoluto un mero descanso contemplativo. Aún restaban laboriosas tareas secundarias como mudar las sábanas de los jergones de los enfermos, la pulcra limpieza del recinto o la cuidadosa redacción del diario de registro de la jornada. De presentarse algún paciente o herido leve, administrarle los primeros auxilios correspondía a la labor directa de Maomao. Únicamente aquellas intervenciones quirúrgicas o tratamientos complejos que escapaban por completo a la competencia de los aprendices y asistentes requerían la intervención directa del facultativo superior.
La jornada discurría apacible y sin mayores sobresaltos. Maomao tan solo se había limitado a aplicar un ungüento cicatrizante en los cortes leves de algún oficial tras las maniobras del patio o disponer emplastos calmantes en las contusiones de otros soldados. De vez en cuando acudía también algún funcionario de la corte en busca de remedios eficaces contra el molesto resfriado invernal. Las dosis en polvo preparadas con antelación para facilitar su entrega rápida tocaban a su fin, mas el doctor Liu molió con sorprendente brío una remesa adicional en el mortero. Al parecer, aun gozando de su alto rango dentro de la jerarquía médica, un cirujano sin quehaceres urgentes no le hacía ascos a elaborar manualmente una medicina ordinaria.
Al verse desocupada de sus obligaciones inmediatas, Maomao inquirió respetuosamente si podía emplear el fogón del laboratorio a fin de concentrar alcohol puro por destilación. A lo que el doctor reaccionó al instante con un gesto de marcada y muda estupefacción en el rostro.
—Años atrás, Luomen empleó exactamente el mismo argumento técnico para preparar una remesa concentrada... —rememoró el cirujano con una expresión sumamente amarga en el rostro—. Mientras él se hallaba ausente en el escusado, cierto sujeto irrumpió en la estancia fumando en pipa con absoluta despreocupación.
—Vaya. Hay que ver qué clase de insensato... —murmuró Maomao.
A poco que se lo considerara con rigor, aquello habría acabado en una deflagración en toda regla. Se habría producido una combustión súbita y violenta mediante la cual el fuego se expande por los vapores.
—No, la culpa fue entera de Luomen por no haber advertido del peligro a los presentes —aseguró el doctor Liu.
A juzgar por el tono de agitación de sus palabras, resultaba del todo transparente la identidad del oficial que fumaba en pipa. Haciendo gala de un atinado tacto, Maomao optó por guardar prudencia. Como el doctor Liu parecía ser un viejo conocido de su padre adoptivo, a ella le complacía poder escuchar sus historias de cuando en cuando.
—Será mejor que no emplees el fogón principal. Algún holgazán que esté escaqueándose de sus obligaciones en el patio podría aproximarse fumando en pipa. Veamos... Toma un brasero portátil y ve a realizar el proceso a la estancia contigua.
—Pero la potencia del fuego del brasero resulta escasa para la destilación —objetó la joven.
—Tampoco requieres una cantidad ingente de producto. Al fin y al cabo, solo estás pensando en elaborar algo para matar el tiempo libre, ¿no es así?
«Ha dado en el clavo», reconoció ella hacia sus adentros.
—Por añadidura, a buen seguro pensabas que nadie se percataría si te trasegabas un trago de alcohol concentrado —añadió el anciano.
¿Cómo podía aquel hombre gozar de una intuición tan endemoniadamente aguda...? Maomao arqueó una ceja con sutil sorpresa y, acto reflejo, se le dibujó una leve media sonrisa de complicidad en sus labios.
Instantes después, dispuso un brasero de dimensiones holgadas, un alambique profesional semejante a una tetera provista de tubos de condensación, alcohol destinado a la desinfección médica y un balde repleto de agua fría.
—Ah, sí, por cierto. Casi lo olvidaba —dijo el galeno, deteniéndola—. Llévate esto también para trabajar.
Con un golpe seco sobre la mesa, depositó ante ella unas tijeras, papel de arroz para envolver medicinas y la mezcla en polvo de un remedio ya preparado.
—Quiero que prepares cien envolturas en total —instó.
—D-De acuerdo... —asintió la boticaria.
A todas luces, el severo doctor no pensaba tolerar que la joven disfrutara de un solo instante de ocio en la botica.
Maomao añadió más carbón incandescente en el brasero y colocó el alambique encima. A diferencia del artefacto improvisado con utensilios cotidianos que elaboró antaño en el Pabellón de Jade —el cual le había supuesto un coste elevado al tener que costear los recipientes de su propio bolsillo—, este instrumento oficial constituía una pieza de botica soberbia y de superior manufactura. Consistía en dos recipientes superpuestos, como marmitas acopladas con el pico invertido de una tetera en el centro. El mecanismo funcionaba vertiendo el alcohol diluido en la marmita inferior. Al aplicar calor constante y evaporarse el líquido, el vapor ascendía, se condensaba al contacto con la cavidad superior y manaba puro y concentrado por la boquilla exterior.
«¡Cómo me gustaría contar con un instrumento así en la residencia...!», deseó la joven con anhelo. Dada su configuración artesanal tan peculiar, encargar su fabricación privada entrañaría un coste sumamente elevado. Aunque el ejemplar presente fuera de sencilla cerámica, mandarlo elaborar en metal duradero alcanzaría una cifra astronómica. «¿Me lo cederán amablemente cuando quede viejo y fuera de servicio?», fantaseó para sus adentros.
Entretenida en semejantes cavilaciones ilusorias, procedió a cortar el papel y envolver las dosis de medicina en polvo. Dado el rigor de la presente estación invernal, numerosos funcionarios de palacio caían presa del resfriado, por lo que resultaba preciso proveerlos constantemente de remedios. Al igual que los alimentos frescos, las medicinas preparadas se echaban a perder si no se consumían con presteza en el tiempo adecuado, mas estas dosis en concreto no tardarían en agotarse dada la alta demanda.
Mientras Maomao se entregaba con diligencia a cortar el papel y envolver los remedios en polvo, pareció arribar alguien a la estancia contigua del dispensario. Pensando que podía tratarse de algún herido de urgencia, la joven se dispuso a regresar a la habitación principal donde se hallaba el doctor Liu, pero este... se interpuso ante la puerta para cerrarle el paso con firmeza.
—Continúa con tus labores. No se te requiere en esta estancia —ordenó el facultativo en tono bajo—. La visita no desea tomar té. Resulta sensiblemente más prudente que no lo atiendas directamente.
«¿Más prudente?», pensó ella en su fuero interno. Albergando cierta extrañeza por la inusual reserva, Maomao amagó con retomar la tarea de envolver remedios según se le había ordenado... Sin embargo, no estaba en su naturaleza analítica acatar semejante indicación sin más. Pegó el oído a la fina madera de la puerta con el mayor sigilo posible.
—Le ruego que no me exija imposibles en la gestión —dijo la voz del doctor Liu—. ¿Quiere acaso que incremente las nóminas de la guarnición con un médico oficial más?
Tratábase de un lenguaje incluso demasiado respetuoso y sumiso para provenir del doctor Liu, un hombre de temperamento agrio. Semejante deferencia daba a entender que el ilustre interlocutor ostentaba un rango político o nobiliario infinitamente superior. «¿De quién se tratará?», divagó ella durante unos breves segundos, mas la incógnita se despejó en un abrir y cerrar de ojos.
—Formulo la petición a sabiendas de la enorme dificultad de la empresa —respondió la otra persona—. Requiero la presencia no de uno, sino de dos hombres más.
Aquella voz de timbre melodioso y presencia imponente resultaba de todo punto imposible de confundir, aun a través de la sólida madera de la puerta. Comparada con sus días de artificio en el palacio interior, se había despojado de cierta dulzura amanerada y coqueta, mas a cambio albergaba un matiz grave y sobrio capaz de cautivar a cualquiera. «Conque ha dejado de aparentar ser una beldad celestial para convertirse en un ser inmortal...», caviló Maomao. Sobra decir que la voz pertenecía al mismísimo Jinshi.
—Tal y como me ordenó previamente, me hallo en pleno proceso de adiestrar a los médicos en prácticas —explicó el doctor Liu con amargura—. Sin embargo, me temo que apenas la mitad de los aspirantes servirá para el verdadero propósito. O bien cuentan con la presencia distinguida, mas carecen de la destreza instrumental requerida; o bien poseen la destreza técnica, mas adolecen por completo de la entereza de ánimo necesaria para la cirugía. Cultivar tanto la entereza moral como la destreza manual requiere tiempo.
—¿Resulta del todo imposible instruirlos mediante la práctica real sobre el terreno? —inquirió Jinshi.
—No abrigo en absoluto la intención de cobrarme cadáveres a modo de triste experimento —replicó el veterano cirujano con firmeza—. A menos que se trate de hombres poseedores de un ánimo verdaderamente firme y templado, terminarán por quebrantarse mentalmente al punto de ejercer.
«Cobrarse cadáveres...», meditó la boticaria al otro lado. Semejante aseveración despertó en Maomao una agudísima punzada de inquietud. Las sospechas sobre las prácticas clandestinas de anatomía que la habían estado atenazando durante los últimos días comenzaron a cobrar un sentido aterradoramente preciso en su mente. Aunque sentía un deseo imperioso de irrumpir en la estancia e inquirir al punto, contuvo la impaciencia para entregarse por entero a escuchar tras el marco.
—Yo diría que se halla presente alguien de ánimo bastante firme entre nosotros... —dejó caer Jinshi con sutil intención, aludiendo a la propia Maomao.
—De haber de escoger a los candidatos —interrumpió velozmente el doctor Liu para proteger a la boticaria y desviar la atención de ella—, resultaría conveniente optar por un sujeto varón que se halle libre de ataduras familiares. La presencia de unos progenitores en exceso protectores no haría sino acarrear complicaciones políticas y denuncias enfadosas. Por añadidura, a nadie le place partir por propia voluntad hacia tierras tan remotas y peligrosas.
Entrañaba un intercambio preñado de segundas intenciones y cautelas. Jinshi requería la presencia urgente de médicos curtidos en procedimientos complejos. Si la intención última estribaba en marchar a tierras lejanas de la frontera, ¿acaso pretendía incorporarlos a una expedición militar? «¿Acaso se prepara una contienda bélica?», se le ocurrió entonces a la joven. No, tal vez los acontecimientos no hubieran alcanzado semejante extremo todavía, mas Jinshi poseía un carácter previsor proclive a disponer con mucha antelación las piezas sobre el tablero. Considerando los tiempos convulsos que se avecinaban, debía de aspirar a reforzar el personal sanitario en un enclave de capital importancia estratégica para la defensa del Imperio.
«En tal caso, ¿se tratará del norte o del oeste?», se preguntó ella. Al oeste se hallaba el siempre esquivo Reino de Shaoh. Al norte, la amenazante Confederación del Norte. Entre la dinastía Li y la Confederación del Norte se erigía una cordillera colosal de cumbres heladas. Superar unos montes cuya altitud se contaba por leguas rayaba en lo imposible para un ejército. Por ende, las fuerzas invasoras procedentes del septentrión irrumpían mayormente por el paso llano donde la cordillera del noroeste tocaba a su fin... o, al menos, tal era el enunciado geográfico planteado en las rigurosas pruebas de examen para las sirvientas de la corte. «Aún me acuerdo a la perfección de aquella lección gracias a los severos castigos de la vieja madame...», reconoció Maomao hacia sus adentros, sintiendo un escalofrío de mezcla entre pavor y secreta gratitud hacia la estricta regenta de la Casa Verdigris. No en vano era una mujer implacable que jamás habría tolerado el tibio e inútil recurso de estudiar a última hora la víspera de una prueba.
En cuanto a las tierras que aguardaban en la ruta del noroeste, no eran otra cosa que el dominio de la Capital del Oeste, cuna natal de la Emperatriz Gyokujou.
Un hilo de sospechas comenzó a tejerse. «Ahora que lo pienso, Pai Lin mencionó cierta extrañeza en los clientes...», recordó Maomao de pronto. La popular cortesana de la Casa Verdigris había aludido a si los mercaderes llegados del oeste andaban o no en manejos singulares y comentarios de censura. ¿Acaso las maniobras secretas de Jinshi guardaban una relación directa con aquel asunto fronterizo...?
Maomao se quedó tan absorta escuchando la conversación tras el marco que tardó en percatarse de un grave descuido en su mesa de trabajo. El contenido del alambique se había consumido por completo tras la ebullición. El recipiente había comenzado a desprender un humo anómalo y espeso. Rascándose la nariz con aprensión por el acre olor, la boticaria echó una rápida mirada hacia atrás y se sobresaltó violentamente ante la humareda que ascendía hacia el techo. Acto seguido, arrojó el agua del balde con imprudente presteza sobre el recipiente para extinguir las brasas del brasero.
Un estruendoso siseo de vapor resonó en la estancia. Si bien la reacción de emergencia pecó de expeditiva y torpe, resultaba del todo imposible que los presentes en la estancia contigua pasaran por alto semejante escándalo de agua y vapor...
—¿Qué demonios andas haciendo aquí? —inquirió una voz impregnada de estupefacción.
El autor de aquellas palabras no era otro que el propio Jinshi. Embargada por la turbación y la vergüenza, Maomao tomó a toda prisa un paño seco para intentar secar el líquido derramado sobre la mesa.
—Esto... Me he quedado un instante traspuesta mientras velaba el fuego del brasero... —se justificó la joven con voz débil.
—¿Ah, sí? —intervino el doctor Liu con sorna—. Pues parece que se te ha quedado la marca de la madera de la puerta bien impresa en la mejilla.
Ante las reveladoras palabras del anciano, Maomao se llevó la mano a la mejilla con inmediato sobresalto y los ojos abiertos.
—...
—...
La joven guardó un tenso silencio. El galeno la contempló con severidad. Resultaba más que transparente para todos que la boticaria había estado escuchando la conversación privada tras la puerta. Maomao desvió de inmediato la mirada hacia el suelo, mas la escrutadora inspección del doctor Liu no cedió un solo ápice. Sin contemplaciones, le prendió la cabeza con una mano y procedió a infligirle una severa y dolorosa presión en el cráneo con los nudillos.
«¡Ay, ay, ay!», protestó ella hacia sus adentros. Se encogió sobre sí misma, sujetándose la cabeza con ambas manos para amortiguar el castigo.
A decir verdad, la joven juzgaba que el médico superior la había destinado a la habitación contigua por estimar que la conversación no entrañaba verdadero peligro aun siendo escuchada; mas la imprudencia de pegar el oído tras la puerta constituía una falta de disciplina intolerable.
Jinshi pugnaba en silencio por contener un ademán de risa ante la escena. A su costado, además de Bashin, figuraban otros dos oficiales de alto rango del ejército imperial a modo de escolta personal. No cabía duda de que mantener la compostura de cara al exterior entrañaba para él un esfuerzo de lo más pesado en ese instante. Una vez sofocada la tentación de la risa, el Hermano Imperial dejó escapar una tos de marcada gravedad para recuperar el tono institucional.
—Doctor Liu, ¿puedo formularle una pregunta?
—¿De qué se trata, señor? —respondió el cirujano, soltando al fin la cabeza de Maomao.
—Aseveró usted que la valía de los médicos en prácticas resulta sumamente desigual —señaló Jinshi—. ¿Qué hay de la capacidad de las asistentes médicas?
—¿Q-Qué está insinuando con eso, señor...? —reaccionó el doctor Liu, desconcertado—. Una asistente médica no deja de ser, al fin y al cabo, una mera auxiliar de lavandería y remedios.
—Tengo entendido que el cometido real de las asistentes médicas apenas dista del que desempeñan los médicos en prácticas en la clínica —argumentó Jinshi con aplomo—. En suma, de reunir la entereza de ánimo necesaria, la destreza instrumental y la fortaleza física, ¿no cabría la posibilidad de promoverlas formalmente al rango de médico oficial?
Lo mismo que Enen y Maomao habían debatido sobre los medios legales para alcanzar el rango de médico oficial rondaba asimismo la cabeza de Jinshi. «El verdadero obstáculo no son los exámenes, sino reunir esa entereza moral, destreza técnica y fortaleza física...», se dijo mentalmente la boticaria, repitiendo en su fuero interno las exactas palabras del doctor. Cabe preguntarse bajo qué premisas o planes juzgaba Jinshi posible la consecución de dicho rango para una mujer en el imperio. Con todo, proceder a un interrogatorio directo en este preciso instante de castigo no haría sino acarrearle complicaciones enfadosas a la joven.
Tras una convivencia tan dilatada y cercana con Jinshi, Maomao había llegado a discernir en gran medida la verdadera índole de sus pensamientos más profundos. Si bien existían ocasiones en que el poderoso noble resultaba del todo insondable para el resto del mundo, la joven adivinaba casi sin esfuerzo lo que él se disponía a pronunciar a continuación.
—¿De cuánta fortaleza de ánimo goza esta asistente médica en particular? —inquirió Jinshi, señalando a la joven. Su mirada fija se posó en ella.
Maomao tuvo la clara impresión de que el Hermano Imperial le dirigía una sonrisa de oreja a oreja. No se trataba en absoluto de un gesto afable o cálido, sino de un ademán preñado de malicia y desafío.
—Maomao únicamente destaca por una insensibilidad desmedida ante los imprevistos —sentenció el doctor Liu sin ambages—. Por añadidura, es una mujer. Resulta absolutamente inconcebible que en este imperio pueda erigirse como médica oficial.
«Ciertamente es así, no cabe la menor duda...», se dijo Maomao a sí misma en su fuero interno. Aun así, resultaba del todo imposible que no abrigara la tentadora idea de qué ocurriría exactamente de alcanzar dicho rango superior en la jerarquía sanitaria.
«Aunque a mi padre adoptivo le desagradaría profundamente semejante destino...», se autocensuró al instante. El respetado Luomen la había criado con esmero únicamente para ejercer el oficio de boticaria. Si bien la botica se trataba de un saber técnico más que suficiente para subsistir con dignidad en el humilde barrio del placer, el anciano jamás intentó encauzarla hacia la carrera oficial de la medicina, profesión que reportaba ingresos mucho más sustanciosos. Lejos de alimentar tales pretensiones, Luomen le había inculcado desde la infancia la máxima estricta de no tocar jamás un cuerpo sin vida.
«Podrían intentar transformar al propio ser humano en medicina si se cruza ese límite», semejantes habían sido las sombrías advertencias pronunciadas en su momento por su padre adoptivo. A buen seguro sus palabras albergaban una significación ética y un doloroso trasfondo histórico bien distintos, ligados a las trágicas amputaciones de su pasado.
—En esta ocasión, no resulta imprescindible que el designado se trate formalmente de un médico oficial de la corte —declaró Jinshi con tono categórico—. Bastará con alguien que posea los mismos conocimientos técnicos y la precisión de un médico experimentado, ya se trate de un facultativo de a pie o de una habilidosa boticaria. Le otorgaré personalmente una licencia de autorización especial. Así pues, doctor Liu, ¿no podría disponer al menos de dos personas más capacitadas para la misión?
Las calculadas palabras de Jinshi entrañaban hondas segundas intenciones. La enrarecida atmósfera que se respiraba en la estancia evocaba a la perfección aquellas pasadas ocasiones en el palacio interior en que el noble le acarreaba a Maomao los enredos más peligrosos. Al propio tiempo, un intenso escalofrío recorrió el cuerpo de la boticaria de pies a cabeza. No se trataba de una sacudida de mal agüero o de temor. Sino de una extraña exaltación que afloraba en medio de una tensión punzante, semejante a la apasionante sensación de experimentar por mano propia los efectos de una hierba medicinal mortífera jamás empleada hasta la fecha.
El dilema quedaba servido sobre la mesa. Llegados a este punto, Maomao caviló en silencio sobre la espeluznante tarea que Jinshi pretendía encomendarle. A buen seguro... No, con absoluta e incuestionable certeza, de hecho. El encargo se hallaba vinculado a la práctica de disecciones y al misterioso libro prohibido de anatomía. Se trataba, sin duda, de un asunto extraordinariamente arriesgado. Sin embargo, constituía asimismo una oportunidad científica irrepetible para acceder a secretos del cuerpo humano que de otro modo jamás estarían al alcance de una mujer de su condición.
¿Arrepentirse de afrontar una vez más un asunto agotador, o arrepentirse para siempre de dejar escapar una oportunidad académica única en la vida? Semejante era la disyuntiva en que se hallaba la joven boticaria en ese instante. Y la respuesta definitiva de Maomao estaba del todo decidida en su corazón.
El doctor Liu clavó en ella una mirada fija, con una adusta expresión que parecía exigirle imperativamente que rehusara la peligrosa propuesta. «Eso me resulta del todo imposible, doctor», se disculpó la joven con el facultativo únicamente hacia sus adentros.
Una resolución firme la impulsó a actuar. Maomao dio un paso al frente e hincó con solemnidad una rodilla en tierra ante la majestuosa figura de Jinshi.
—Ante su excelencia se halla presente una humilde boticaria —declaró con voz clara y pausada—. ¿Tendría a bien considerar su concurso para la encomienda?
Al escuchar sus palabras, las comisuras de los labios de Jinshi se elevaron con un leve pero inconfundible matiz de satisfacción victoriosa. Ante el sometimiento y la audacia de la boticaria, un cálido rubor asomó de pronto a las mejillas del noble, quien se vio precisado a desviar momentáneamente la mirada para disimular la súbita excitación que le producía aquel triunfo personal sobre la tozuda muchacha.
—Semejante es la oferta de esta voluntaria —manifestó Jinshi, recuperando el aplomo—, mas, ¿qué opina usted al respecto, doctor Liu?
—...
El anciano guardó un prolongado silencio. Luego, fulminó a Maomao con una mirada cargada de indignación. Hasta ese instante, ella había albergado la plena convicción de que el galeno juzgaba el desempeño del trabajo técnico con absoluta imparcialidad entre aprendices varones y asistentas. Cabía preguntarse si, después de todo, el mero hecho de su condición femenina constituía el impedimento principal para concederle el permiso.
—No me hallo facultado para responder por decisión propia a semejante petición... —articuló finalmente Liu con voz grave—. Por añadidura, el padre adoptivo de esta joven no es otro que el respetado Luomen.
Salió a relucir así ese nombre. «Conque, en el fondo, le guardaba una profunda consideración y respeto profesional...», advirtió Maomao con sorpresa. La boticaria evocó de inmediato el afable rostro de su padre adoptivo, aquel anciano eunuco de índole serena e inofensiva que tan solo en contadas ocasiones alteraba el equilibrio de su entorno.
Si Luomen llegara a enterarse y le dedicara una mirada afligida y decepcionada... «Semejante reproche silencioso resultaría de lo más difícil de sobrellevar para mí», se dolió Maomao en su fuero interno. Tratábase, a decir verdad, de su mayor e insuperable debilidad afectiva.
—Si logra obtener sin presiones la expresa licencia escrita de dicho galeno, nada me restará por objetar a su participación —concluyó el doctor Liu.
Al pronunciar estas palabras, el doctor Liu dirigió a Maomao un rostro endurecido, arrugando el entrecejo y apretando las mandíbulas en un ademán desafiante que venía a decir con claridad: «A ver si eres verdaderamente capaz de lograrlo». La boticaria, por su parte, se esforzó al máximo por mantener un rictus impasible, esforzándose en vano por disimular la tensión de sus facciones.
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