15/07/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 2




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 2
El pasquín

Imponentes montañas de legajos acumulados sobre el escritorio, hileras de oficiales de la corte exterior que aguardaban con estoica paciencia su turno para ser atendidos y, de cuando en cuando, el leve frufrú de las sedas de alguna dama de la corte que comparecía de la nada, con el único y evidente propósito de asomar el rostro para deleitarse con su estampa. Jinshi se hallaba entregado al desempeño de sus responsabilidades habituales, sumido en una inercia casi hipnótica. Hallar consuelo en el pensamiento de que aquella extenuante rutina ordinaria constituía una verdadera bienaventuranza, ¿no era acaso una prueba irrefutable de que sus propios baremos de la felicidad se habían trastocado hasta el extremo?

Las labores de gobierno, cuyo volumen diario ya resultaba de por sí abrumador, se habían duplicado de forma drástica a raíz de la histórica comparecencia de la Sacerdotisa de Shaoh, la insigne dignataria de una de las regiones occidentales. Al magno banquete dispuesto en la corte exterior para agasajar su llegada le había seguido, en mitad de las celebraciones, el caos absoluto desatado por un supuesto intento de envenenamiento. A fin de cuentas, las pesquisas habían demostrado que el incidente no constituyó más que una elaborada farsa urdida por la propia facción de la Sacerdotisa para propiciar su propia muerte. Con todo, a ojos del mundo, la versión oficial dictaba que la mujer había fallecido por los efectos del veneno. «Qué temeridad tan absoluta, qué audacia tan desprovista de cordura», meditaba Jinshi para sus adentros, repasando los informes diplomáticos.

En rigor, la Sacerdotisa continuaba con vida y, en la actualidad, hallábase bajo el amparo y la tutela de la señora Ah-Duo en su palacio de retiro. Jinshi no podía evitar experimentar cierto remordimiento ante la antigua consorte de alto rango, pues el pacífico enclave de su exilio se había visto transformado últimamente, por obra y gracia de las intrigas palaciegas, en una suerte de improvisado santuario de refugiados para situaciones de extrema emergencia.

Pese a que el secreto se mantenía a buen recaudo, las complejas gestiones burocráticas derivadas del supuesto deceso de la embajadora debían ser ejecutadas en la más absoluta penumbra por un reducidísimo círculo de personas de confianza, entre las cuales él se contaba como principal ejecutor. Ciertos oficiales de la facción militarista habían intentado caldear los ánimos en las asambleas, advirtiendo con vehemencia que la nación de Shaoh esgrimiría la muerte de su líder espiritual como un casus belli (NT: Latinismo que se traduce literalmente como «motivo de guerra».) irrefutable para justificar una invasión armada sobre las fronteras de Li. Sin embargo, tales augurios carecían de fundamento real. Shaoh constituía un Estado cuya principal fuente de riqueza residía en el comercio transfronterizo; declarar una guerra abierta a su mayor socio comercial resultaba una empresa inviable a menos que mediara un respaldo logístico sumamente sólido por parte de terceras potencias. Por consiguiente, las reclamaciones oficiales que finalmente llegaron a la corte se ajustaron de manera matemática a lo que Jinshi había previsto: una exigencia de exenciones arancelarias que gravaban el tráfico de mercancías, específicamente, una rebaja drástica en las tasas aduaneras impuestas a los productos alimenticios de primera necesidad.

Jinshi ya había presupuesto que el orgullo de los emisarios de Shaoh les impediría confesar de forma abierta que su patria padecía una severa crisis de subsistencia y escasez de víveres. La anterior Sacerdotisa, conocedora al dedillo tanto del temperamento del monarca occidental como de las debilidades de los altos dignatarios de su tierra natal, había sabido predecir cada uno de sus movimientos políticos. Tomando en consideración tales precedentes, la réplica diplomática no se había desviado un solo ápice del margen de lo esperado.

Toda la crisis se había resuelto bajo una partitura tan previsible que, en cierto modo, llegó a causarle una leve sombra de decepción. No obstante, que el desenlace resultara lógico no restaba un ápice de complejidad a los asuntos de cancillería. Al fin y al cabo, apenas unas jornadas atrás, Jinshi se había visto sepultado bajo un aluvión tal de despachos urgentes que hacían que su actual y abultada pila de documentos le resultara, por contraste, casi añorable.

—Señor Jinshi, le ruego que revise esto.

Bashin le hizo entrega de una nueva y voluminosa remesa de expedientes administrativos. Semejante adición resultaba descorazonadora, más aún si se tomaba en consideración que aquel cargamento ya había sido sometido a un riguroso cribado previo por parte de los subalternos, quienes se jactaban de haber reducido el caudal de documentos a más de la mitad de su volumen original.

—¿No sería posible reducirlo a la mitad de lo que queda? —inquirió Jinshi, con un matiz de extenuación en la voz.

—Mhm... Por más que me lo solicite... —musitó el custodio, encogiéndose ligeramente de hombros.

El impedimento resultaba evidente al examinar los lacres y las rúbricas: los sellos que estampaban las cubiertas de los legajos pertenecían, en su gran mayoría, a los altos dignatarios y ministros de la corte exterior. Los escribanos de menor rango encargados de la primera clasificación no poseían la audacia necesaria para desestimar por propia iniciativa aquellos pliegos que portaban las firmas de sus superiores jerárquicos, temerosos de incurrir en una falta de reverencia. Por tal motivo, incluso los memoriales más triviales o los asuntos de índole insignificante terminaban, de manera indefectible, sepultando la mesa de trabajo de Jinshi. Exhalando un hondo suspiro de resignación, el joven noble tomó el tintero y procedió a estampar su sello oficial sobre el papel.

En mitad de la agobiante jornada, uno de los oficiales de cuentas que participaba en las tareas de filtrado se puso en pie de manera abrupta. Su comportamiento distaba de ser sereno; no cesaba de desviar la mirada de reojo hacia la posición que ocupaba Jinshi, denotando un nerviosismo latente. Se trataba del mismo funcionario subalterno que se hallaba presente en el despacho aquella aciaga jornada en que un infiltrado vertió veneno en la taza de té destinada al Hermano Imperial. En un principio, sus servicios habían sido requeridos con carácter estrictamente temporal como refuerzo administrativo, en tanto Bashin se reincorporaba por completo a sus funciones tras sanar de sus heridas; no obstante, debido a la agudeza y la impecable eficiencia que demostró en el cumplimiento de su deber, Jinshi había determinado retenerlo a su servicio. Por lo que a las aspiraciones del burócrata respectaba, parecía ansiar con vehemencia el regreso a su antiguo y más pacífico negociado. Sin embargo, dado que la cancillería adolecía de una endémica escasez de personal cualificado, Jinshi no albergaba la menor intención de concederle la dispensa para marchar.

—¿Ocurre algo? —intervino Bashin, adelantándose a su señor.

El aludido dio un respingo visible, estremeciéndosele los hombros ante la severidad del tono.

—N-No, no es nada... —balbuceó, intentando recuperar la compostura.

A pesar de asegurar que no ocurría nada, se le notaba sumamente inquieto. Ahora que lo pensaba, llevaba ya unos días comportándose de manera extraña. «¿Será posible que...?», pensó Jinshi, entornando los ojos con suspicacia.

—¿De verdad que no es nada? Habla con franqueza —le instó Bashin, dándole el alto de forma tajante.

A pesar de sus denuedos por asegurar que ninguna anomalía perturbaba su ánimo, sus ademanes erráticos y la palidez de su semblante lo delataban de forma flagrante. Evocando las jornadas precedentes, Jinshi reparó en que el hombre llevaba ya varios días conduciéndose de una manera sumamente esquiva e inusual. «¿Será posible que hayamos cobijado a una nueva víbora...?», ponderó Jinshi para sus adentros, entornando los ojos con una honda suspicacia.

—¿De verdad pretendes sostener que no ocurre nada? Te insto a que hables con absoluta franqueza —le reconvino Bashin, dándole el alto de forma tajante y bloqueándole el paso.

En los últimos tiempos, el entorno más íntimo de Jinshi se había transformado en el escenario de demasiados incidentes de extrema gravedad e intentos de magnicidio. En su doble condición de asistente y miembro de la guardia, Bashin se mantenía en un estado de alerta permanente, plenamente consciente de que, en el juego de las intrigas palaciegas, una vez desencadenado el desastre ya no mediaba resquicio alguno para las lamentaciones.

—¡...!

Con las facciones descoyuntadas por un pánico cerval, el escribano, presa de un temblor incontenible, deslizó con presteza la mano diestra hacia el interior de los pliegues de su túnica oficial. Bashin, cuyos reflejos se hallaban tensados como la cuerda de un arco, no concedió el beneficio de la duda: se abalanzó sobre el sospechoso y lo derribó, inmovilizándolo firmemente contra las losas del suelo. Conjeturando que el funcionario ocultaba un estilete o alguna suerte de arma punzoante entre sus ropajes, el escolta no aplicó la menor contemplación.

—¡¿Quién te envía?! —bramó, atenazándole la muñeca con una presión de hierro.

Para sorpresa de los presentes, lo que emergió al abrirse el puño del desdichado no fue el frío destello del acero, sino un humilde retazo de papel arrugado.

—Bashin, suéltalo —imperó Jinshi. Posó la mirada sobre el papel y exhaló un hondo suspiro—. Conque este era el motivo por el cual estabas tan inquieto últimamente.

—¿Cómo? —articuló el custodio, ladeando el rostro con un ademán de desconcierto que denotaba su absoluta incomprensión ante el rumbo de los acontecimientos.

—Ay, ay, ay... P-Por favor, suéltenme —gimoteó el oficial de cuentas, cuyos miembros aún acusaban la rigidez del sometimiento.

Una vez que Bashin hubo retirado la presión de su cuerpo y permitido que el funcionario se reajustara los ropajes con dedos trémulos, el joven escolta clavó sus ojos en el retazo que Jinshi sostenía ahora con delicadeza entre las yemas de los dedos.

—Semejante fruslería... —comentó Jinshi, esbozando una sonrisa de sutil ironía—. Ignoro en qué momento han tenido tiempo de confeccionarlo, pero desde luego han sido de lo más meticulosos.

El papel que sostenía en sus manos no constituía un pliego de intrigas ni una clave de espionaje, sino un pasquín publicitario que anunciaba la inminente aparición de una obra literaria, especificando con caracteres muy nítidos que el tratado saldría a la venta esa misma jornada en los establecimientos libreros de la capital.

—Es que... ansío con fervor hacerme con un ejemplar —confesó el burócrata, al borde del llanto, mientras se frotaba el hombro derecho, aún dolorido por la contundente embestida con la que Bashin—. Los libros son artículos de tal calibre que, una vez que se agotan, nunca se sabe si será posible volver a adquirirlos.

Ante aquella lastimosa estampa, el rudo semblante del joven guardia se mudó al instante en una viva expresión de culpabilidad y desconcierto.

En aquella época, los tratados encuadernados constituían bienes suntuarios de primer orden, reservados a las economías más boyantes de la sociedad. A menos que una obra gozara de una aceptación desmedida entre los círculos eruditos de la corte, los editores jamás se aventuraban a ordenar una segunda tirada. Por consiguiente, si la edición se agotaba en las primeras horas, al bibliófilo desbancado no le restaba más alternativa que aguardar pacientemente, a menudo durante años, a que algún ejemplar huérfano saliera a la luz en los mercados de lance o de segunda mano.

—Con todo, si los promotores se han tomado la molestia de recurrir a las planchas de imprenta para confeccionar estos pasquines y distribuirlos a modo de reclamo entre el funcionariado, ¿no cabe colegir que han dispuesto una tirada considerable de volúmenes? —razonó Jinshi.

El mero hecho de sufragar el coste de la talla de bloques xilográficos para la propaganda implicaba que los talleres debían de haber manufacturado un número ingente de hojas sueltas. Para amortizar semejante inversión monetaria en publicidad, las leyes del comercio dictaban que el mercado debía verse inundado por una copiosa cantidad de libros idénticos.

—N-No lo sé con certeza... —balbuceó el escribano, enjugándose una lágrima rezagada—. Mas es de asumir que el autor de la obra goza de una celebridad y un renombre incontestables entre los entendidos.

—¿Tanto renombre tiene el autor en cuestión?

Jinshi examinó minuciosamente cada margen del papel, fascinado contra su voluntad por la absoluta novedad del método: servirse de la imprenta para diseminar hojas volanderas entre el público general a fin de suscitar la expectación comercial era una estrategia inaudita en los anales de la capital. ¿Quién demonios poseía una mente tan retorcida y sibilina como para concebir semejante...?

—¡¿...?!

De pronto, sus ojos se toparon con un nombre inscrito en los caracteres del cierre, una grafía que habría preferido no desenterrar jamás de las sombras del papel. Un escalofrío de resignación le recorrió la espina dorsal.

—¿Se trata del gran estratega Han...? —aventuró Bashin, leyendo por encima del hombro de su señor.

Jinshi clavó la mirada en el título del opúsculo y asintió para sus adentros en un silencio preñado de sombríos augurios. Las piezas del rompecabezas encajaban a la perfección: solo el delirio genial y desmedido de Lakan era capaz de orquestar semejante despliegue.

—Por pura rutina, te haré una pregunta: ¿quién te ha entregado este papel?

—Un amigo que trabaja en el Ministerio de Hacienda y que resulta ser conocido del hijo del gran estratega —repuso el funcionario, recobrando el aliento—. Me obsequió con uno de los pasquines que estaban distribuyendo en su círculo cercano.

El Ministerio de Hacienda era el departamento encargado de administrar las finanzas del Estado.

El Ministerio de Hacienda, el departamento encargado de la celosa administración y control de las finanzas de todo el Imperio de Li, constituía el territorio natural de Lahan, el joven burócrata cuyos ojos cifraban el mundo en números y balances. Jinshi lo concluyó de inmediato para sus adentros. Si el calculador muchacho andaba involucrado en los engranajes de la distribución, cabía dar por sentado que el volumen no constituía una mera excentricidad o una ocurrencia alocada de su padre adoptivo, sino un proyecto editorial sometido a una rigurosa, profesional y concienzuda planificación comercial.

—Conque un manual de Go, ¿eh...? —susurró, sopesando el papel entre los dedos.

Rememorando las jornadas precedentes, reparó en que a sus oídos ya habían llegado ciertos ecos y murmuraciones de pasillo. Sabía por terceras personas que el estratega bizarro andaba jactándose a los cuatro vientos de su firme propósito de confeccionar un tratado definitivo sobre el juego del Go. Lo que Jinshi jamás alcanzó a sospechar es que aquel plan inicial adoptaría unas dimensiones de semejante envergadura, implicando los talleres de impresión de la capital.

Por lo que a sus propios intereses respectaba, Jinshi acogía con sumo agrado cualquier iniciativa que fomentara la alfabetización y la difusión de la cultura escrita a través de los libros. Él mismo, bajo cuerda, poseía diversos intereses e inversiones vinculados al sector de la manufactura del papel y a la floreciente industria xilográfica de la provincia. Ahora bien, le resultaba sobremanera sorprendente que incluso un oficial de cuentas de un perfil tan sobrio, metódico y formal codiciara con tanto denuedo el fruto de la mente del demente estratega.

—No sabía que el señor estratega tuviera talento literario.

—El virtuosismo estilístico carece de la menor relevancia en este particular —rebatió el escribano, cuyos ojos brillaban ahora con el fuego de los conversos—. He oído que descifrar las palabras de ese hombre es, de por sí, una tarea titánica. Sin embargo, dicen que en el libro se incluyen los registros de las partidas de Go que el gran estratega Han ha disputado hasta la fecha. ¡Un tesoro tal resulta imposible de ignorar para cualquier estudioso que se precie!

A pesar de haber rozado el llanto a causa del pavor hace apenas unos instantes, el funcionario se explayaba ahora con un fervor casi místico, permitiéndose el lujo de desmerecer la prosa del estratega con absoluta naturalidad. Bien era sabido que existían individuos de naturaleza pacífica que se transformaban por completo y se apasionaban hasta el extremo cuando se trataba de sus devociones privadas, y para este burócrata, sin duda alguna, el motor que gobernaba su alma era el tablero de Go.

—Yo solo tengo nociones muy básicas de Go, pero, ¿tan excelsa es la destreza del gran estratega Han? —preguntó Bashin con un semblante que reflejaba una auténtica y llana estupefacción.

—¿Que si es bueno? —exclamó el oficial de cuentas, escandalizado ante la ignorancia del joven—. En este país, el único capaz de vencer al gran estratega es el mismísimo instructor de Su Majestad, el Emperador.

—Eso es ser bueno, desde luego.

Jinshi también había tenido el honor de recibir lecciones magistrales por parte de dicho instructor en diversas ocasiones. Con una leve sonrisa de resignación, se preguntó cuántas fichas de ventaja le habrían faltado colocar sobre el tablero de madera la última vez que midieron sus fuerzas para no haber cosechado una derrota tan estrepitosa.

—La estrategia del gran estratega Han resulta del todo impredecible; es imposible vaticinar cuál será su siguiente movimiento. Si es cierto que se pueden desentrañar sus registros de juego, ¡este manual se convertirá en una pieza de deseo codiciada por cualquier aficionado al Go!

El funcionario apretó el puño con firmeza, con los ojos centelleantes por el entusiasmo. Bashin, por su parte, exhaló un discreto suspiro de alivio al constatar que el agudo sentimiento de culpa que lo atenazaba por haberlo inmovilizado de forma tan expeditiva comenzaba a apaciguarse en su interior.

—Después de todo, el gran estratega también es humano —repuso Bashin, meditabundo—. Pensar que existe alguien a quien no puede vencer al Go...

La forma en que el joven escolta se refería al señor estratega resultaba, una vez más, un tanto despiadada y exenta de la debida reverencia. Despiadada, sí, pero como no dejaba de constituir una verdad irrefutable en el plano intelectual, Jinshi asintió para sus adentros en señal de muda conformidad.

—¿Pero qué estáis diciendo? —le reconvino el oficial de cuentas, escandalizado—. En lo que al Go respecta, me refería a que el instructor tan solo mantiene una ventaja de seis victorias frente a cuatro derrotas del gran estratega.

—...

—Y en cuanto al Shōgi, no habita bajo el firmamento un solo alma capaz de derrotarlo.

—...

«Definitivamente, considerarlo un ser humano es un error», afirmó Jinshi para sus adentros.

—De acuerdo, pongamos fin a la controversia. Bashin, ¿llevas encima la bolsa del dinero?

—¿Eh? Sí, mi señor, aquí la tengo.

Bashin extrajo el saquito de cuero de los pliegues de su túnica militar. Jinshi lo tomó entre sus manos y se lo tendió con parsimonia al funcionario, quien, presa de un absoluto desconcierto, alternó la mirada entre las dos altas dignidades sin comprender la naturaleza de aquel gesto.

—Bashin te ha infligido un agravio innecesario. Es una cantidad modesta, pero te ruego que la aceptes.

—N-No, señor, de ninguna manera... No puedo aceptar esto... Y menos tratándose del dinero del señor Bashin...

Por desgracia para la paz mental del escribano, aquellos fondos no pertenecían al peculio de Bashin. El escolta se limitaba a custodiar los caudales de Jinshi para cuando el desempeño de sus funciones requiriera sufragar alguna necesidad imprevista. Aunque Jinshi ignoraba el precio exacto que los libreros habrían estipulado para los volúmenes, la suma contenida en el saquito resultaba más que generosa a modo de desagravio por el percance sufrido.

—Además, te debe de doler el brazo derecho. Puedes dar tu jornada laboral por concluida y dirigirte a esa librería. Con esto debería bastar para costear el libro.

—N-No... ¡Es demasiado! No puedo aceptar tal cantidad por un solo ejemplar.

«Qué muchacho tan honesto», pensó Jinshi con una mezcla de simpatía y asombro. Cualquier otro pícaro de la corte exterior se habría guardado las monedas de plata en la faltriquera sin rechistar. Ante tal tesitura, el noble optó por mudar de estrategia y emplear un tono de fingida severidad:

—¿Pero qué estás diciendo? No te estoy entregando ese dinero para sufragar un solo volumen. Yo también quiero uno. Y si sobra, te encargo otro para Bashin. Venga, ve de inmediato, o te quedarás sin ellos. ¿O acaso os hace falta que te pague el estipendio por el recado aparte?

—¡N-No, en absoluto! Entendido. ¡Me pongo en marcha de inmediato!

El funcionario hizo una apresurada reverencia y abandonó el despacho a toda prisa, con el rostro iluminado por la perspectiva de su tesoro. Jinshi exhaló un hondo suspiro de fatiga en cuanto los pasos apresurados del burócrata dejaron de resonar en la distancia del corredor.

—Bashin. No creo que abalanzarse sobre la gente e inmovilizarla a la primera de cambio sea la mejor de las costumbres, ¿no te parece?

—Aunque me lo reproche...

Bashin agachó la cabeza, mostrando un semblante colmado de culpabilidad y asumiendo la reprimenda en silencio.

—En fin, sea como sea, al menos no le has fracturado el brazo. Eso demuestra que has sabido medir tus fuerzas.

Tomando en consideración la descomunal fuerza bruta que el joven guardia poseía por naturaleza, no habría sido de extrañar que los frágiles huesos del escribano hubieran quedado hechos trizas bajo su peso. Había que reconocerle que, al menos, comenzaba a dar muestras de madurez y autocontrol en situaciones críticas.

—Señor Jinshi, yo no tengo el menor interés en el Go... —comentó Bashin, aludiendo a la orden de comprar un ejemplar para él.

—¡Vaya por Dios! Aprender las reglas no te vendrá nada mal. Hasta las damas de alta alcurnia criadas entre algodones tienen por costumbre practicar el Go. Aunque te resulte imposible entablar conversación con vuestra futura esposa, mientras sepas defenderte en el tablero, saldrás del paso.

Jinshi lo dijo en tono de burla sin malicia, pero el rostro habitualmente imperturbable de Bashin se encendió al instante en un vivo e intenso color escarlata que alcanzó la raíz de las orejas. «¿Qué le pasa?», se preguntó Jinshi con un leve ladeo de cabeza, sumido en el desconcierto ante la inesperada reacción de su subordinado, mientras encaminaba sus pasos de regreso hacia el escritorio principal.

El arrepentimiento hizo mella en su ánimo en el acto. Al posar los ojos sobre la mesa de nogal, constató que la ingente cordillera de expedientes y memoriales de la corte exterior seguía aguardando allí, intacta y amenazadora. Y a esas alturas de la jornada, con el escribano ya cruzando las puertas de la cancillería en pos de su preciado libro, ya no mediaba poder humano capaz de mandar llamar de vuelta al único funcionario calificado que aliviaba sus fatigas burocráticas.



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