
No podía evitar sospechar que alguna nueva anomalía hallábase a punto de desencadenarse. No es que le embargara una inquietud desmedida hasta el punto de perder el sueño, a la manera de quien teme que la bóveda del cielo se desplome sobre su cabeza, pero el mero hecho de abrigar semejante pálpito indicaba que su ánimo se había habituado en exceso a lidiar con toda clase de contratiempos.
Mientras daba vueltas a tales reflexiones, Maomao se dedicaba a asear y ordenar la enfermería. Con dicha labor se daría por concluida la jornada de trabajo de las tres auxiliares médicas. Una vez que retornaran a la residencia que compartían, dispondrían lo necesario para preparar una cena bien caliente.
—¡Ah...! Hoy ha sido un día tranquilo. Ojalá mañana sea igual. Y si luego tenemos un rato libre, podríamos ir juntos a cenar... —manifestó el joven facultativo que no cesaba en su empeño de rondar a Enen, justo cuando las muchachas daban por ultimadas sus tareas.
—Todavía no has escrito el diario de servicio —lo atajó Enen con frialdad—. El doctor Liu volverá de un momento a otro, de modo que te convendría dejar el registro concluido sin dilación.
La joven depositó el cuaderno de actas frente al médico e, inmediatamente después, tomó un ropón de abrigo para disponerlo con celo sobre los hombros de Yao.
—Señorita, el frío resulta inclemente. Abrígate como es debido, por favor.
—Ya lo sé... —musitó Yao.
La joven noble lucía ya una bufanda perfectamente enrollada alrededor del cuello. Maomao, por su parte, se enfundó su chaqueta acolchada y permaneció erguida frente al joven galeno.
Valga precisar que dicho personaje respondía al apellido de doctor Li. Ahora bien, al concurrir en la enfermería otros dos facultativos que compartían idéntico linaje, rara vez lo llamaban por su patronímico. Su nombre de pila era Tianyou, si bien ni Maomao, ni Yao, ni Enen habían osado jamás pronunciarlo tampoco. La razón de semejante reserva resultaba de una simplicidad pasmosa, pues el propio Tianyou había sido el primero en instarlas en el pasado diciendo: «Podéis dirigiros a mí por mi nombre de pila. No hace falta que nos andemos con formalismos». Dadas las singulares inclinaciones de las tres muchachas, ninguna albergaba la menor intención de complacer sus deseos.
—¡Buen trabajo hoy, chicas! —se despidió el joven.
—Hasta mañana —correspondió Maomao con sobriedad.
—Señorita, ¿qué te apetece cenar esta noche? —inquirió Enen, encaminando sus pasos hacia el exterior.
«Lo está ignorando por completo», caviló Maomao en su interior. A buen seguro el muchacho le había estado importunando con sus parloteos a lo largo de toda la jornada. Mientras abandonaban la dependencia, Tianyou proseguía agitándole la mano a modo de despedida, mas Enen ni siquiera se dignó a volver la vista.
«Cerdo, cerdo, cerdo, cerdo...», como hacía tanto frío, Maomao intentó transmitirle mentalmente a Yao que le apetecía comer carne de cerdo bien jugosa. Nada más traspasar el umbral de la enfermería, el gélido viento invernal se abatió sobre ellas con un rigor capaz de lacerar las orejas.
—Pues... Creo que me apetece pollo —articuló Yao tras una breve pausa—. Un corte bien dorado y crujiente por fuera.
La transmisión de pensamiento ensayada por Maomao no había surtido el menor efecto. Con todo, la perspectiva de degustar un buen plato de pollo tampoco se le antojaba un mal destino.
—Entonces necesitaremos una guarnición algo más ligera —se sumó Maomao al punto a la deliberación.
—Sí... Quizá también me apetecería un poco de namasu —le respondió Yao.
(NT: El namasu es un plato tradicional japonés de verduras o mariscos crudos cortados en tiras finas y marinados en vinagre de arroz. La versión más común es una ensalada fría de rábano y zanahoria aliñada con vinagre, azúcar y sal.)
—Siendo así, Maomao, encárgate de comprar verduras, por favor. En casa ya no hay —dispuso Enen, clavando una mirada impregnada de recelo sobre la boticaria por haber osado intervenir en la confidencia con su señora. El destello de sus ojos proclamaba con claridad: «Si pretendes participar de los manjares que brotan de mis fogones, gánatelo».
Con resignado ademán, Maomao se encogió de hombros y asintió sumisa mientras tiritaba bajo el rigor de la intemperie. Tras despedirse de sus compañeras, emprendió el rumbo en dirección a los puestos de comercio.
Cuando puso un pie en el mercado, el sol comenzaba a declinar en el horizonte. La mayor parte de los puestos callejeros habían echado ya el cierre. Los tenderetes ambulantes ya no se hallaban instalados. A costa de desembolsar un valor algo más elevado, Maomao debió encaminarse hacia un establecimiento permanente. «Por esta época ya no habrá pepino... Compraré zanahorias y rábanos, eso sí», enumeró en su fuero interno.
Dio finalmente con un puesto que exhibía unos rábanos de hermosa apariencia. Se aproximó para entablar conversación con el comerciante. Al verificar el coste, comprobó que, precisamente por su aspecto tan apetecible, el precio resultaba gravoso: duplicaba con creces el de las paradas ambulantes. «A ver si consigo que me haga una rebajilla...», anheló para sus adentros. Ensayó un pequeño regateo, mas el comerciante, al reparar en la humilde estampa de la muchacha, apenas accedió a reducir unas pocas monedas para redondear el montante. De haber acudido en compañía de Yao, cuyo distinguido porte imponía respeto, a buen seguro habría obtenido un trato más ventajoso...
—Aquí tienes —dijo Maomao tendiéndole el dinero.
—¡Ah! E-Espera un momento...
El tendero examinó con minucioso celo las monedas de cobre que la joven acababa de depositar en su palma.
—Solo quiero comprobar que no estén melladas... Perdona, chica, es que últimamente hay mucho sinvergüenza suelto. Circulan bastantes monedas en mal estado, ¿sabes?
Si una moneda presentaba una fractura o carecía de algún trozo de su contorno, perdía de inmediato parte de su valor intrínseco. «Vaya —pensó ella—, bastante tengo ya con el pequeño descuento que me ha hecho como para que ahora encima me ponga pegas».
—¿De tan poco valor? ¿Quién se tomaría la molestia de adulterar monedas así? —inquirió Maomao con pesadumbre.
Si se tratara de piezas de oro o de plata, la maniobra ofrecería un beneficio comprensible; pero alterar el cobre exigía un esfuerzo que sobrepasaba el valor mismo de la divisa.
—Es verdad, sí... Llevas razón. Perdona mi desconfianza. Hace poco me la colaron y desde entonces me ando con pies de plomo. Toma, te doy esto también. Acéptalo como disculpa, por favor.
Con diestra soltura, el comerciante agrupó y ató las zanahorias y el rábano mediante un ramal de cáñamo, añadiendo además un lozano nabo al lote. «En fin... así sí que puedo dar el asunto por zanjado», resolvió Maomao en su fuero interno. Las hojas del rábano se pondrían en salmuera para sazonar las gachas matutinas, mientras que el nabo resultaría un ingrediente idóneo para incorporar al namasu.
—Muchacha... permíteme que te advierta —añadió el tendero bajando la voz—. Esto no pasa solo con las monedas. Se rumorea que también están circulando horquillas de adorno falsificadas. Cada vez se oyen más historias de gente que compra una creyendo que es de oro, para descubrir más tarde que la pieza está solo chapada. Ten cuidado tú también.
Aquel ardid constituía una estafa habitual entre los mercaderes ambulantes. Dado que les bastaba con desmontar su tenderete y poner distancia de por medio, embaucaban a los compradores con artimañas verbales, colocaban mercancía de ínfima calidad y se esfumaban antes de que nadie apercibiera la burla, prosiguiendo su itinerario de aldea en aldea.
—Con las monedas todavía puedes fijarte, pero con las alhajas es imposible saberlo a simple vista. Tampoco va uno a ponerse morder una horquilla para comprobar si cede el baño de oro. Y si los orfebres emplean un metal base de tonalidad semejante, no hay manera de distinguirlo.
—En realidad... existe un método para verificar la pureza del metal sin necesidad de morderlo —apuntó Maomao.
—¿Ah, sí? —inquirió el tendero, observándola con cierta incredulidad.
Maomao se tomó la libertad de coger un recipiente de barro del establecimiento y llenarlo de agua hasta el borde mismo de la embocadura.
—El oro auténtico pesa más que la mayoría de los metales comunes. Así pues... se sumerge el objeto en cuestión en un cuenco rebosante de agua y se mide con exactitud el volumen del líquido desplazado que rebosa. A continuación, se toma un trozo de oro puro con ese mismo volumen exacto. Si ambas piezas están hechas del mismo material, pesarán lo mismo. Cuantas más impurezas o aleaciones tenga el objeto, más ligero será.
—Vaya... Sí que eres lista, muchacha. No conocía ese método.
—Sí, pero solo funciona porque el oro es extraordinariamente denso. Aplicada a otros materiales de menor masa, quizá no resulte tan útil.
Una vez satisfecho el interés del comerciante con aquella lección de física elemental, Maomao dio por concluida su gestión. Dado que el rigor del raso resultaba cada vez más inclemente, resolvió emprender el camino de regreso sin dilación.
«¡El pollo de ayer estaba realmente delicioso!», se deleitó la boticaria mientras trabajaba. No pudo evitar rememora el suculento yantar de la víspera mientras trituraba las especies medicinales mediante el pilón del mortero de mano. Hasta tuvo que tragar la saliva que se le acumulaba en el paladar ante el recuerdo.
Enen poseía un talento culinario extraordinario. Maomao se desenvolvía con cierta soltura entre fogones, mas su destreza distaba enormemente de alcanzar la maestría de su compañera. Enen había mencionado en alguna ocasión que su hermano ejercía el oficio de cocinero o algo así. Sin embargo, a juzgar por la delicadeza de sus guisos, la joven no tenía en absoluto nada que envidiar a un profesional de la alta cocina.
Para la cena de la noche anterior, había dorado la piel del ave hasta conferirle una textura crujiente y apetitosa. Al separar la corteza, la carne ostentaba una matizada tonalidad rosácea y, al hincarle el diente, los jugos del asado brotaban de inmediato. La sazón destacaba por su sencillez: sal pura y unas pequeñas bayas negras de picor sutil. «¿Sería pimienta? ¿Cómo la habrá conseguido?», caviló Maomao. El empeño que Enen invertía en confeccionar los manjares destinados a su señorita Yao desbordaba todo límite razonable. A buen seguro desembolsaba casi la totalidad de sus estipendios únicamente en la adquisición de las materias primas más selectas. Y desde que Maomao se había integrado como comensal habitual en su mesa, los gastos debían de haberse incrementado en idéntica proporción.
La boticaria permaneció un instante meditabunda. Considerándolo con detenimiento, juzgó que ya resultaba apremiante aportar su parte al menos para sufragar el coste de los víveres. Aquellos platos superaban con creces la oferta de la mayoría de las fondas del feudo, de suerte que lo mínimo exigible por cortesía era abonar la materia prima. «Bien, queda decidido...», se dijo para sus adentros, asentiendo con la cabeza.
—¿Y ese asentir a qué viene? —inquirió Yao, que se había situado a su vera sin que Maomao lo advirtiera—. El doctor Liu lleva un rato llamándote.
—¿Ah, sí? ¡Perdón! —exclamó la boticaria, saliendo de su ensimismamiento y depositando a un lado las hierbas y el mortero.
—Ya termino yo esto, así que ve. ¿Qué has hecho esta vez? —bromeó Yao.
—De momento, nada. Que yo sepa —repuso Maomao con naturalidad.
Y en efecto, no le faltaba razón; por el momento no había cometido desliz alguno. A juzgar por los rasgos de Yao, resultaba evidente que sus palabras eran una mera inocentada... si bien teñida de un leve y soterrado matiz de envidia. (NT: Cuando Yao bromea preguntándole «¿Qué has hecho esta vez?», en el fondo hay un pellizco de recelo o envidia sana porque sabe que, si el médico la llama, es para encomendarle un trabajo importante a ella sola.)
Puesto que Maomao contaba con una experiencia considerablemente más dilatada como boticaria que sus dos compañeras, los superiores solían encomendarle tareas de índole especial con cierta frecuencia. La recolección de especímenes botánicos en el exterior, por ejemplo, recaía casi por entero sobre sus hombros. A Yao le producía una honda frustración que los médicos no dispensaran idéntica confianza profesional en ella. Aquel mordaz comentario había brotado precisamente del poso de esa pequeña impotencia. «Con todo, en comparación con antes, se ha vuelto infinitamente más afable», sopesó Maomao. ¿Acaso era Yao quien había experimentado una mudanza en su carácter, o era la propia boticaria quien apreciaba ahora su actitud con ojos más benevolentes?
—Doctor Liu, ¿me ha llamado? —inquirió Maomao al aproximarse a la mesa del facultativo.
—Sí. Toma.
El médico le extendió un pliego doblado. Se hallaba lacrado con cera de abejas y la impronta del sello le resultó a Maomao de un conocimiento inmediato. «Procede de la mismísima Emperatriz Gyokujou...», caviló impresionada. Habitualmente empleaban conductos más discretos para transmitir sus mensajes, de modo que si el escrito había llegado por mano directa del médico jefe, debía de tratarse de una coyuntura de extrema gravedad o urgencia.
—Parece ser que requiere tu presencia en palacio de forma perentoria —declaró el galeno.
El texto de la misiva confirmaba palabra por palabra tal mandato, omitiendo cualquier tipo de explicación accesoria.
—Entonces iré con mi...
—No. Ha pedido expresamente que vayas tú sola —la interrumpió el doctor.
Si la encomienda consistía en prestar asistencia médica a la Emperatriz, la lógica dictaba que la persona idónea para asumir el cometido era Luomen, dada su condición de eunuco y facultativo de superior rango. Que la orden imperial exigiera la comparecencia exclusiva de Maomao hizo que la joven arrugara el entrecejo con manifiesta extrañeza.
—Sé que tendrás preguntas, pero, si esa ha sido la petición de la otra parte, no puedo decirte nada más. Ponte en marcha sin perder un instante.
El propio facultativo mostraba un rictus de evidente disconformidad ante la anomalía del procedimiento, mas la emisora de la orden era nada menos que la augusta Emperatriz. Ni tan siquiera el máximo responsable de la corporación médica podía permitirse el lujo de diferir o cuestionar un mandato tan supremo.
—Entendido —asintió Maomao.
La joven pecosa resolvió acatar las órdenes recibidas y poner rumbo a palacio sin más dilación.
Desde la enfermería, condujeron a Maomao en carruaje hasta el recinto palaciego donde fijaba actualmente su residencia la Emperatriz Gyokujou. Aunque ambas dependencias se hallaban enclavadas en los dominios del complejo imperial, cubrir a pie la distancia que separaba el palacio exterior del palacio interior habría resultado una falta de decoro inadecuada para quien acudía en respuesta a un requerimiento expreso de la soberana. Tras franquear el paso por diversos portones custodiados, alcanzaron finalmente su destino.
El recinto que Gyokujou había ocupado con anterioridad en el palacio interior ya resultaba grandioso en sus proporciones, mas el nuevo palacio que habitaba en el presente superaba con creces más de tres veces el tamaño de aquel. Maomao descarriló del carruaje y detuvo sus pasos frente al pórtico de entrada. La batiente de la puerta se abrió de manera pausada.
Quien procedió a su apertura era una mujer de elevada estatura y talle esbelto. «Creo que se llamaba Hakuu», evocó Maomao al instante en su memoria. Habían compartido tareas durante un breve lapso de tiempo en la servidumbre del Pabellón de Jade. La muchacha integraba la terna de sirvientas que habían arribado desde las provincias natales de la Emperatriz Gyokujou. Las tres eran hermanas de sangre, venidas al mundo con apenas un año de diferencia entre sí y bendecidas con un parecido fisonómico de tal magnitud que empleaban adornos de diversas tonalidades para facilitar su rápida distinción. La mujer que se hallaba ante ella lucía una cinta de color blanco engalanando su peinado, de suerte que debía tratarse con certeza de Hakuu.
Las otras dos sirvientas, si no le fallaba la memoria, atendían por los nombres de Sekiu y Kokuu, luciendo cintas de tonos rojo y negro, respectivamente.
(NT: La traducción literal del nombre de Hakuu es «pluma blanca», así que por eso lleva una cinta blanca en el pelo. Lo mismo ocurre con el nombre de sus dos hermanas y los colores de sus cintas.)
—Te estábamos esperando. Sígueme por aquí, por favor —indicó la doncella.
A diferencia de Yinghua y las tres sirvientas veteranas del pabellón, tan dadas a las conversaciones animadas, estas tres damas recién incorporadas destacaban por un porte reservado y emanaban un aura de sobria madurez. En circunstancias ordinarias, cuando Maomao acudía de visita, Yinghua y sus compañeras salían de inmediato a dispensarle una cálida bienvenida henchida de alborozo. No obstante, en aquella jornada reinaba en las estancias un silencio sepulcral y sobrecogedor.
—¿Ha ocurrido algo...? —inquirió Maomao en tono dubitativo.
Ya de por sí constituía una anomalía manifiesta que la hubiesen convocado de manera individual y sin la compañía de un facultativo de superior rango...
—Espera en esta sala. Será mejor que ella te lo cuente directamente —decretó Hakuu.
La dama de compañía la guió hasta un salón de recepción y se retiró sin mediar una sola palabra más. Al traspasar el umbral, Maomao halló a la Emperatriz reclinada sobre un diván de fina ebanistería, escoltada a su vera por la presencia de Hongnyang. La boticaria inclinó el rostro y la cerviz en un gesto de profundo acatamiento.
—Cuánto tiempo sin verte —saludó la soberana.
—Sí. Me alegra volver a verla —correspondió Maomao con deferencia.
A decir verdad, apenas había transcurrido un mes desde la última revisión de salud que la boticaria le había practicado.
—¿Sabes por qué te he hecho llamar?
Maomao negó levemente con la cabeza en señal de ignorancia. El timbre de voz de Gyokujou resonaba con una gravedad inusual. Ella, que de ordinario destilaba un brillo vivaz en la mirada en pos de cualquier pasatiempo o distracción con que amenizar sus días...
«Ese semblante...», caviló Maomao en su fuero interno. Aquella expresión le resultaba dolorosamente familiar: era la misma que había percibido la primera vez que tuvo la oportunidad de conocer a Gyokujou en el palacio interior. Aquella misma mirada henchida de vacilación que la soberana mostró cuando debió encarar la rivalidad de la consorte Lihua y cuando sufrió los estragos de aquella extraña afección de origen desconocido.
—Será más rápido si nos dejamos de rodeos y se lo explicamos directamente —sentenció la Emperatriz con firmeza—. Hongnyang, por favor.
Gyokujou dirigió la mirada hacia su jefa de doncellas. Hongnyang depositó un envoltorio de tela sobre la mesa. Al desplegarlo, apareció una horquilla.
Era de plata. Tenía un diseño muy singular: de ella pendía un adorno de reducidas dimensiones con forma de farolillo, semejante a una delicada jaula. La filigrana resultaba magnífica; cualquiera podía percibir que no se trataba de una pieza que pudiera labrar un artesano común. Sin embargo...
«Presenta zonas ennegrecidas», advirtió Maomao al instante. La plata tendía a opacar su lustre con extrema facilidad al oxidarse, y aquellas pátinas oscuras deslucían de manera notable la belleza del objeto. Por añadidura, aun cuando el trabajo de orfebrería rayaba en la perfección, el conjunto transmitía una extraña sensación de desequilibrio, como si careciera de su elemento principal. Maomao inclinó ligeramente la cabeza acercándose a la pieza para examinarla con mayor detenimiento.
—¿Qué es esta joya? —inquirió la boticaria.
—Se trata de la horquilla que lució Su Majestad durante la celebración de la Fiesta del Jardín —repuso Hongnyang.
—¿De verdad... llevaba esto en la Fiesta del Jardín?
Maomao frunció el entrecejo con manifiesta extrañeza.
—Ya sé lo que estás pensando. No la llevó así tal cual —intervino Hongnyang antes de que la muchacha pudiera articular objeción alguna.
«Ya me parecía...», suspiró la boticaria en su fuero interno con alivio. Ni siquiera ella, que no profesaba un interés desmedido por los accesorios suntuosos, podía evitar juzgar aquella alhaja como algo austero para una solemnidad imperial. Era impensable que Hongnyang, siempre impecable y rigurosa en todo lo tocante al atuendo y decoro de la soberana, hubiera consentido que la luciese sin más perifollos. A buen seguro la horquilla formaba parte de una composición ornamental de mayor elaboración.
—El orfebre tuvo que labrarla a toda prisa, y el resultado final alcanzó una factura magnífica —prosiguió Hongnyang—. Ahora está ennegrecida y no luce tanto, claro. Además, cabe precisar que en el interior de la pequeña jaula había una gema engastada, de aproximadamente la mitad de su tamaño.
—¿Un abalorio? —puntualizó Maomao.
Una gema custodiada en el interior de esa diminuta jaula con forma de farolillo debía de ofrecer un contraste de singular brillantez. Resultaba muy probable, incluso, que produjera un suave tintineo al caminar, a la manera de un cascabel de gala.
—Pero ahora el espacio se halla expedito, ¿lo ves?
La trama de la malla que conformaba la jaula era de una finura tan extrema que resultaba del todo imposible que la gema se hubiera desprendido y deslizado hacia el exterior por mero accidente.
—Durante la Fiesta del Jardín, la llevaba puesta en el tocado —explicó la dama de compañía principal—. Un poco antes del mediodía, se retiró de forma temporal del banquete para efectuar un cambio de indumentaria protocolario y, al retornar a la comitiva, el adorno interior había desaparecido.
—...
En el protocolo de la Fiesta del Jardín, que se celebraba habitualmente en las dependencias del palacio interior, no existía ningún receso previsto para cambiarse de ropa a no ser que fueras la Emperatriz. Adicionalmente, y al margen de ese detalle, pocas personas gozaban de la cercanía suficiente como para aproximarse a una consorte imperial y rozar siquiera su tocado.
—¿Quiere decir que... alguna doncella con malas intenciones se infiltró en el servicio? —inquirió Maomao.
Naturalmente, no se refería a una sirvienta del séquito personal de la soberana, sino a alguna de las doncellas asignadas a la logística del banquete por los estamentos de la corte. Gyokujou denegó suavemente con la cabeza. En su lugar, tomó la palabra Hongnyang.
—La horquilla ha retornado en la presente jornada a nuestras manos. Venía traspapelada entre los presentes y tributos ofrecidos a la Emperatriz.
Aceptando como hipótesis que una sirvienta de palacio hubiera logrado sustraer la horquilla y que, embargada por el remordimiento, hubiese resuelto restituirla... ¿Cómo habría sido capaz de introducirla entre las valiosas ofrendas destinadas a las dependencias de Gyokujou? «Semejante casualidad resulta del todo imposible», dictaminó Maomao en su fuero interno. Aquel acto entrañaba una clara e insidiosa amenaza. No cabía otra lectura. Constituía un mensaje velado que proclamaba: «Podemos penetrar hasta el entorno más íntimo de la Emperatriz y somos capaces de infiltrar cualquier objeto entre los cargamentos que ingresan en sus aposentos».
En la época en que residía en el palacio interior como consorte, Gyokujou había sido blanco de reiterados conatos de envenenamiento e intrigas por parte de otras rivales de la corte. En la actualidad, ostentando la dignidad de madre del heredero al trono y residiendo en el Palacio del Este, el recinto reservado a la estirpe principal, Maomao albergaba la certidumbre de que la soberana se hallaba al abrigo de tales peligros.
«Puedes volver cuando quieras», le había reiterado Gyokujou en diversas oportunidades, convidándola a reincorporarse a su séquito personal. Solo en ese instante, la boticaria comprendió que tales palabras jamás habían constituido un mero gesto de afecto o una invitación formulada por simple hábito protocolario.
—Maomao... ¿Crees que podrías encontrar la identidad del culpable?
Gyokujou esbozó una sonrisa teñida de apuro y compromiso. El pequeño puño que mantenía cerrado sobre los pliegues de su falda revelaba un leve e incontrolable temblor.
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