13/03/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 3




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 3
El primer día de trabajo

Al comunicar que había encontrado a un nuevo boticario, la expresión de Sazen reflejó un alivio inconmensurable.

—¡Es infinitamente mejor que verme al frente del negocio a solas de nuevo!

Ante tal confesión, Maomao habría preferido escuchar un audaz «¡Yo solo me basto para sacar esto adelante!», pero decidió dar por buena su honestidad.

Los días posteriores al examen supusieron un breve remanso de paz. A pesar de las inmejorables atenciones recibidas, aquel medio mes consagrada exclusivamente al estudio, sin permiso para realizar otra tarea, no había sido para ella sino un auténtico suplicio. Maomao se sentía satisfecha ahora al poder, tras tanto tiempo, labrar el huerto o entregarse a la alquimia de las hierbas medicinales.

Unos días más tarde, llegó una misiva que, tal y como sospechaba, resultó ser la notificación oficial de su aprobado.

—Me pregunto si existirá alguien capaz de suspender una prueba de tan escasa exigencia... —valoró la madame tras escuchar de labios de Maomao el contenido de las preguntas que le habían hecho en el examen.

Obtener la calificación máxima resultaba complejo, pero, al parecer, bastaba con alcanzar un sesenta por ciento para lograr el aprobado. Si incluso Maomao, habiendo estudiado de forma intensiva y atropellada, superaba el ochenta por ciento según sus propios cálculos, era impensable que fracasaran aquellas jóvenes que se preparaban habitualmente para ser damas de la corte. En cuanto a los conocimientos médicos, la presencia de cuestiones técnicas había sido mínima; la mayoría se resolvía apelando a la lógica elemental.

—Eso lo decís vosotras, que sois personas de gran entendimiento —comentó Pai Lin, quien lucía un aspecto de lo más sugerente al asomar la cabeza de improviso en la estancia donde se encontraban conversando la vieja y Maomao—. A mí el mero hecho de reflexionar ya me provoca dolor de cabeza. Por más que intento memorizar los textos, sencillamente mi mente se niega a asimilarlos.

Debido quizá a que la noche anterior recibió a un cliente, su piel mostraba una lozanía envidiable. A buen seguro, el visitante debió de marcharse al alba consumido y seco como un rastrojo ante el vigor de la cortesana. Se rumoreaba que su belleza, inalterable a pesar de haber superado ya la treintena, se debía a su absoluta maestría en las artes amatorias de la alcoba. Era, sin duda, la cortesana más veterana y experimentada de la Casa Verdigris.

Cada individuo posee sus propias aptitudes. Se suele decir que con esfuerzo todo se alcanza, pero existen barreras que la mera voluntad no es capaz de derribar. Pai Lin, por ejemplo, era incapaz de trazar correctamente la escritura. Cuando lo intentaba, escribía los caracteres de forma invertida, como si se reflejaran en un espejo. La vieja madame trató de corregir este hábito en repetidas ocasiones sin éxito, por lo que, finalmente, se estableció que alguien debía encargarse siempre de supervisar o redactar sus escritos.

(NT: La descripción de Pai Lin escribiendo «en espejo» sugiere que es zurda. En la antigua China, y en muchas otras culturas históricas, la zurdera no se comprendía como una variante neurológica natural, sino como un defecto o un mal hábito que debía corregirse, a menudo mediante castigos. Al ser el sistema de escritura logográfico y diseñado para diestros, un zurdo sin instrucción específica tiende a invertir la dirección de los trazos por inercia motriz.)

En compensación a su falta de letras, no existía en todo el barrio del placer una bailarina que pudiera igualar su destreza en la danza.

—Dime, es una suerte que hayas aprobado, pero ¿cómo piensas proceder? ¿Posees vestiduras adecuadas para acudir al servicio de palacio?

—Supongo que ellos se encargarán de proveerme de lo necesario.

Maomao no tenía la menor intención de realizar preparativos por su cuenta, confiando plenamente en la gestión de quienes fueran las personas interesadas en que ella ingresara de nuevo al palacio. Ya antes del examen, un emisario de Gaoshun le había entregado tanto el atuendo para la ocasión como un juego completo de útiles de escritura. Al parecer, también pretendían encargarse de su traslado en carruaje, pero ella lo declinó por resultarle tedioso y llamativo. Debido a ello, terminó compartiendo aquel almuerzo fortuito con el Kokuyou travestido de mujer.

La notificación de aprobado especificaba que debía someterse a una entrevista personal. La cita estaba fijada para dentro de dos días en una sección de las dependencias imperiales del palacio exterior. Junto a la carta, se adjuntaba una tablilla de madera con el sello pirograbado de una flor. Sin duda, aquel objeto serviría como salvoconducto para franquear las puertas de la ciudad prohibida.

Maomao emitió un leve sonido de asentimiento y, tras depositar la notificación sobre el estante de las medicinas, comenzó a triturar hierbas con el mortero, retomando su ritmo habitual.



Dos jornadas después, Maomao se personó en el lugar indicado: frente a un pabellón donde desempeñaban sus funciones numerosos funcionarios civiles, ubicado en las inmediaciones de las dependencias médicas del palacio exterior.

Las aspirantes congregadas para la entrevista representaban, aproximadamente, el ochenta por ciento de las que habían concurrido al examen escrito. Al percatarse de tan elevado índice de aprobados, la boticaria experimentó un alivio genuino por no haber fracasado en esta ocasión; al mismo tiempo, comprendió por fin el alcance de la estupefacción que mostraron Jinshi y Gaoshun cuando suspendió la prueba anterior. Aquello evidenciaba que el examen estaba diseñado para que casi cualquier joven con una educación básica pudiera superarlo.

La mayoría de las presentes rondaba los quince o dieciséis años, llegando algunas hasta la veintena. Había unas cuantas que superaban esa edad, y Maomao percibió en ellas una mirada teñida de una avidez inquietante. El motivo de tal premura resultaba evidente sin necesidad de reflexionar en exceso: para muchas damas de la corte, el servicio en palacio no era sino un medio para hallar un pretendiente de posición ventajosa. Cuanto más se aproximaban a la madurez, mayor era la urgencia que las atenazaba por asegurar un matrimonio antes de ser consideradas demasiado mayores para el mercado nupcial.

«En mi opinión, los veinte años son la edad idónea para alcanzar la maternidad», meditó Maomao. Aunque contraer nupcias y engendrar descendencia a los catorce o quince años no se considerara inusual en la sociedad actual, el organismo femenino aún no ha completado su desarrollo a esa edad. En ciertos casos, ni siquiera se ha producido la menarquia. Teniendo en cuenta que el ciclo menstrual requiere de varios años tras su inicio para estabilizarse y que la estructura ósea debe madurar plenamente, las uniones excesivamente precoces no resultan recomendables desde un punto de vista fisiológico.

«Si la pelvis no se ha ensanchado lo suficiente, el alumbramiento deviene en un proceso tortuoso», pensó mientras se palpaba las caderas con aire crítico. Aunque a su edad ya no cabía esperar un mayor crecimiento óseo, era consciente de que, de decidirse a procrear, necesitaría ganar algo más de peso para fortalecer su constitución. El acto de dar a luz es una senda que discurre invariablemente por la frontera que separa la vida de la muerte.

Maomao albergaba el deseo de experimentar la maternidad al menos una vez en la vida, mas no era una aspiración que pudiera expresar con ligereza. Si confesara que deseaba concebir únicamente por curiosidad científica, habría quien pensara que se mofaba de la sacralidad de tal estado. Además, existía otra idea rondando su mente que, de ser descubierta, le acarrearía una reprimenda monumental: «No podría obtener una placenta de calidad de ninguna otra forma...».

Durante el alumbramiento, tras el nacimiento del bebé, el organismo expele la placenta. En ciertas regiones, existía la costumbre de que la madre la ingiera por sus presuntas propiedades reconstituyentes y vigorizantes. Los tratados decían que posee un sabor exquisito, similar al del hígado crudo. Por supuesto, el hígado animal entrañaba el riesgo de contraer parásitos si se consume sin el debido tratamiento térmico, pero este tejido materno, de origen propio, resultaría totalmente seguro.

Su padre le había instruido con severidad absoluta: «Jamás utilices los restos de un ser humano como ingrediente para tus remedios». Incluso le tenía vedado el contacto con cadáveres para evitar que despertara en ella una curiosidad malsana por la anatomía prohibida. Sin embargo, ¿sería aplicable tal restricción a su propia placenta? No se trataría de un despojo fúnebre, ni estaría instrumentalizando a terceros como materia prima. Al fin y al cabo, era una parte de su propio organismo. ¿Qué mal podría haber en reabsorber lo que una vez fue suyo? Para Maomao, aquello representaba el acceso a un fármaco arcano que aún no había degustado, permitiéndole además cumplir técnicamente la promesa dada a su padre. «¡Es algo que, sin duda, llevaré a cabo mientras viva!», se juró a sí misma con determinación.

—¡Por favor, venid todas hacia aquí!

Una dama de la corte de edad avanzada convocó a las candidatas que habían superado la prueba. Su mirada era afilada y penetrante como un estilete.

Aunque se les había hecho entrega de un uniforme reglamentario, varias jóvenes lo habían modificado con ostentación para resaltar su figura. Si bien en la naturaleza es el pavo real macho quien despliega su plumaje para cortejar, en la especie humana es la mujer quien se engalana con mayor artificio. Maomao, por el contrario, vestía su atuendo tal y como le fue entregado, sin permitirse el más mínimo adorno que la hiciera destacar. No obstante, percibía que las demás aspirantes le dedicaban miradas furtivas de forma constante. «¿Acaso habré puesto alguna prenda de forma incorrecta?», se cuestionó, dubitativa.



Llevaba el mismo ruqun liso que las demás: una túnica de un rosa pálido que caía sobre una falda roja. (NT: El ruqun es uno de los tipos más clásicos de Hanfu, la ropa tradicional usada por la etnia han de China (que ha sido la mayoría de la población durante toda la historia de China), hasta la Dinastía Qing. El qixiong ruqun, en concreto, que es el que se describe en la narración, se caracteriza por una falda de tiro muy alto atada por encima del pecho (qixiong) y una blusa corta (ru).) Quizá los colores de las vestiduras variaban según el departamento asignado, pues no llegaban a cinco las jóvenes que vestían de forma idéntica a ella. Al tratarse de una sección de nueva creación destinada a asistir a los médicos oficiales, tal vez su uniforme resultara inusual a ojos de las demás. La única diferencia sustancial parecía residir en el color del cordón ornamental que ceñía su talle; le daba la impresión de que el suyo poseía una tonalidad algo más intensa y distinguida.

Fuera como fuere, decidió que no merecía la pena devanarse los sesos con tales nimiedades y se dispuso a formar en fila siguiendo las instrucciones de la dama. De repente... sintió un impacto súbito por la espalda. No se trató de un simple choque fortuito. Maomao se desplomó contra el suelo sin tiempo siquiera para interponer las manos y amortiguar la caída. Quizá fue una fortuna poseer un rostro de rasgos tan poco prominentes, pues su cara impactó directamente contra la tierra y la arena se le incrustó de manera uniforme por toda la piel.

—...

La boticaria se puso en pie con parsimonia mientras se sacudía el polvo del rostro con la palma de la mano.

—¡Oh...! Cuánto lo lamento.

Eran unas palabras vacías, carentes de sinceridad. Pertenecían a un grupo de jóvenes que se limitaron a pasar a su lado tras haberla empujado, alejándose con una sonrisa cargada de elegante desdén. Eran, precisamente, compañeras que vestían el mismo color de quimono que ella.

—¿Te encuentras bien? —inquirió la dama veterana, acercándose a trote ligero con semblante preocupado.

—Sí, no ha sido nada —respondió Maomao, recuperando la verticalidad con una impasibilidad absoluta.

A su alrededor, algunas de las presentes le dirigían miradas preñadas de una silenciosa compasión. Sin embargo, para ella aquel incidente carecía de toda relevancia. Lo único que acertó a evocar en su fuero interno fue un pensamiento teñido de ironía: «Qué recuerdos...». Este era, sin duda, el auténtico campo de batalla de las mujeres. Ante aquel clásico recibimiento, una suerte de rito de iniciación que no experimentaba desde hacía tiempo, no pudo evitar sumirse en un profundo y extraño sentimiento de añoranza.



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