29/07/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 8




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 8
El trueno (parte I)

—Parece ser que han desmantelado una red de comerciantes que vendía vino con aditivos extraños —comentó Yao, iniciando la conversación mientras las tres almorzaban en un rincón del bullicioso comedor de la corte exterior.

Maomao, Enen y la propia Yao se habían instalado estratégicamente en una mesa apartada del paso para no importunar a los rudos oficiales militares durante su hora de la comida, ya de por sí tensa por los asuntos del cuartel. Fuera de las dependencias jarreaba una lluvia torrencial que golpeaba con fuerza los tejados de tejas grises, por lo que el recinto cubierto estaba aún más concurrido y ruidoso que de costumbre, envuelto en un vaho espeso de humedad y aroma a guisos calientes.

Aquella violenta meteorología resultaba del todo inusual para la apacible estación del otoño, y la noche anterior el cielo se había rasgado con la caída de un rayo tremendo cuyo trueno pareció sacudir los mismísimos cimientos de la capital de Li.

Fue tal el estrépito y el fogonazo azulado que iluminó de pronto las habitaciones de la residencia que Yao, perdiendo por completo su habitual altivez, soltó un chillido ahogado y se le echó descontroladamente a los brazos a Enen, aferrándose a su cuello mientras temblaba. La fiel sirvienta, lejos de molestarse, la estrechó contra su pecho con una sonrisa, acariciándole el cabello con ternura para calmar su infantil revuelo. Maomao contempló la escena desde su rincón con una mezcla de apatía y sutil diversión.

La boticaria recordaba perfectamente que aquel pavoroso estallido celestial había acaecido justo en el preciso momento en que doblaban con pesadez las campanas de bronce que anunciaban el atardecer y el cierre de las puertas de la corte exterior.

Según mentaban las malas lenguas y los rumores que siempre florecían tras las tormentas, el rayo de la discordia había impactado de lleno en un espeso bosque sagrado situado a las afueras, justo en la dirección noroeste de la capital imperial, una zona que los geomantes de la corte solían asociar con presagios de cambio. Al menos eso era lo que repetían con temor unas sirvientas que andaban de cháchara por las inmediaciones.

—¿Aditivos en el vino? ¿Se dedicaban a aguarlo? —inquirió Maomao, mostrando un leve interés profesional.

—No, al parecer añadían ciertas sustancias a un vino de uva muy ácido para endulzarlo —respondió Enen con su tono siempre calmado y preciso.

Yao se quedó con las ganas de ofrecer los detalles técnicos de la explicación ella misma para impresionar a sus compañeras. Puso un leve gesto de desilusión, frunciendo los labios, antes de clavar los palillos y proceder a saborear con resignación su plato. El almuerzo principal que les habían servido hoy consistía en un abundante cuenco de fideos de trigo con carne picada sazonada al miso. El toque picante y ligeramente especiado del caldo resultaba una delicia para calentar sus cuerpos templados por la humedad exterior.

—¿Endulzarlo? A saber si no le echaban plomo —murmuró Maomao para sus adentros, sintiendo un súbito escalofrío.

De ser cierta su sospecha, aquellos desdichados clientes habituales acabarían sufriendo inevitablemente los terribles estragos del saturnismo, una dolorosa enfermedad que consumía el cuerpo y la mente desde las entrañas.

(NT: El saturnismo, conocido médicamente como intoxicación por plomo, es una grave afección causada por la acumulación de plomo en el cuerpo humano. Este metal pesado es altamente tóxico y daña múltiples órganos, especialmente el sistema nervioso, los riñones y la sangre. En adultos, produce dolores de cabeza, dolor abdominal, hipertensión arterial, debilidad muscular, y problemas de concentración o memoria.)

—Y por si fuera poco, lo hacían pasar por mercancía de ultramar, para inflar el precio de venta ante los nobles. Según se comenta, en realidad adquirían vino de uva defectuoso a precio de saldo y luego lo procesaban clandestinamente —expuso Yao con vehemencia, alzando la voz como si no estuviera dispuesta bajo ningún concepto a que nadie le pisara el resto de la valiosa información que había conseguido recabar.

—Ostras... Vino de uva defectuoso... —reflexionó Maomao, apoyando la barbilla en la mano—. En tal caso, a buen seguro que procedería de los viñedos de la capital del oeste o bien se trataría de un líquido elaborado con uva silvestre en las regiones del norte.

A Maomao, movida por su insaciable curiosidad científica por las sustancias y los venenos singulares, consideró para sus adentros que le habría gustado enormemente catar una pequeña muestra del producto incautado para comprobar por sí misma la concentración de plomo. Habida cuenta de que Jinshi no le había sacado el tema ni solicitado sus servicios de catadora en las últimas jornadas, dedujo con pragmatismo que el espinoso asunto de la aduana debía de estar ya en manos de los alguaciles y más que zanjado por las altas esferas de la corte exterior.

—Vaya, sí que estás puesta en el tema del vino de uva —la interpeló Yao con evidente curiosidad.

—Es que he realizado catas en numerosas ocasiones —explicó Maomao con evasiva tranquilidad, restándole importancia al asunto mientras apartaba una hebra de carne de sus fideos.

Se había criado bajo el amparo de la Casa Verdigris, el burdel más célebre y cotizado del barrio del placer. En un establecimiento de alta alcurnia como aquel, donde los clientes más influyentes de la capital pagaban verdaderas fortunas por una noche de distracción, se agasajaba a la selecta clientela con licores finos meticulosamente adaptados a sus refinados gustos particulares, y las cortesanas de mayor rango a menudo requerían la discreta presencia de Maomao para verificar el paladar y la pureza del género antes de servirlo. Al fin y al cabo, su olfato y su lengua para detectar cualquier alteración o adulteración química eran de una finura excepcional, una valiosa habilidad que contaba siempre con el absoluto beneplácito de la mismísima madame.

—Ay, el vino de uva... —suspiró Yao, apoyando las mejillas en las manos con un deje de añoranza—. Me pregunto qué sabor tendrán los de verdadera calidad de ultramar.

—¡Señorita...!

Enen contempló a Yao con una mirada sombría y melancólica. Esta aún arrastraba secuelas y tenía el hígado sumamente delicado a causa del incidente con el veneno que casi le cuesta la vida. Debido a ello, debía moderar al máximo el consumo tanto de la sal en las comidas como de cualquier tipo de alcohol, para no sobrecargar su debilitado organismo.

—Desconozco cuánto toleras el alcohol originalmente, pero dudo que te perjudique realizar una simple cata, ¿no crees? —comentó Maomao, tratando de desdramatizar la rigidez de Enen—. Otra cosa muy distinta sería que bebieras hasta embriagarte, claro. ¿Quieres que indague si existe algún vino de uva de muy baja graduación?

—¿De verdad puede haber algo así...? —inquirió Yao, y por un instante se le iluminaron los ojos

Pese a sus constantes esfuerzos por mantener una apariencia madura, Yao no dejaba de ser en el fondo una muchacha de apenas quince años. Por lo visto, sentía la inevitable curiosidad por los licores que experimentaban casi todos los jóvenes de su posición al alcanzar la madurez.

—Al fin y al cabo, si mediante un proceso de hervido le quitas todo el alcohol al vino de uva, lo que te queda en el fondo no es más que un simple zumo de fruta.

—Eso solo se te podría ocurrir a ti, Maomao —sentenció Enen, cruzándose de brazos con desaprobación—. Señorita, el día que decidas probar ese zumo o cualquier licor, yo misma te acompañaré, así que te ruego que bajo ningún concepto cometas excesos perjudiciales para tu salud.

La sobreprotectora Enen imploró con una intensa mirada de advertencia a Maomao que no indujera a su joven señorita a cometer ninguna temeridad médica de la que pudieran arrepentirse. Por su parte, la boticariaconsideraba que ya tenía suficiente experiencia lidiando con la terquedad de los enfermos como para que se lo tuvieran que recordar a esas alturas. Para evitar debates estériles, optó por guardar un prudente silencio y seguir dando cuenta de las verduras sazonadas de su cuenco.

Justo cuando abría la boca de par en par para disponerse a ingerir el último bocado...

—¡No me vengáis con vuestros embustes! —el grito colérico de un hombre resonó en todo el recinto, acallando de golpe el murmullo general.

Maomao y las demás desviaron al unísono la mirada hacia el origen de semejante estrépito. El monumental revuelo parecía haberse originado en el extremo opuesto del comedor de la corte exterior, precisamente en la ruidosa zona donde solían congregarse numerosos oficiales militares de rango medio para sus almuerzos.

—¿Qué estará ocurriendopor allí? —susurró Yao, cuya innata curiosidad a menudo rivalizaba con su orgullo.

Aunque tanto ella como Enen y Maomao fingían una educada indiferencia para mantener el decoro que se exigía a las funcionarias, permanecían inmóviles, aguzando el oído para no perderse un solo detalle del altercado que se desarrollaba a pocos pasos.

—¡Uno de vosotros tres ha deshonrado a mi hermana pequeña y exijo saber quién ha sido! —bramó de nuevo el ultrajado visitante, propinando un puñetazo sobre una de las mesas de madera.

«No me parece a mí que la honra de una doncella sea el asunto más idóneo para debatir a grito pelado en un comedor público al mediodía», caviló Maomao con un suspiro mental, a la par que dirigía una mirada furtiva por encima del hombro hacia el tumulto.

Un hombre de complexión sumamente corpulenta, con las venas de la frente hinchadas y a punto de estallar por la rabia, increpaba con el dedo índice a tres individuos que permanecían sentados ante él. Si la escena se redujera a la habitual disputa de taberna, la joven boticaria no le habría prestado la menor atención, pero un detalle sumamente extraño captó de inmediato su interés...

—¿Esos tres... no tienen exactamente la misma cara? —observó Yao mientras ladeaba la cabeza, intrigada y un tanto desconcertada por lo que veían sus ojos.

—Ya lo creo... —asentió Maomao, alzando también la mirada para contemplar la escena.

Los tres hombres que eran objeto de las airadas reprimendas, a pesar de vestir de manera ligeramente diferente según sus respectivas divisiones militares, compartían de forma asombrosa e incuestionable las mismas facciones. El hecho de que sus rasgos resultaran notablemente agraciados, simétricos y armoniosos no hacía sino acrecentar una inquietante y casi cómica sensación de irrealidad, como si se tratara de tres muñecos idénticos de fina porcelana alineados en un estante. Cada uno de ellos contemplaba al indignado y ruidoso sujeto con una indisimulable y perezosa expresión de hastío, como si estuvieran acostumbrados a aquella clase de escenas.

—Son trillizos. Ya están otra vez en las mismas —comentó con aire resuelto y tono confidencial una sirvienta del comedor.

Se hallaba recogiendo las bandejas en las inmediaciones de su mesa. Era una mujer cercana a la treintena que destilaba un aplomo y una veteranía muy singulares en aquel ruidoso palacio exterior.

—¿Trillizos? ¿Y a qué te refieres con que ya están otra vez en las mismas? —inquirió Enen, buscando proteger a Yao de malas influencias.

—Esos tres son bastante bien parecidos, ¿sabéis? Tienen una labia de oro, les encantan las faldas y engatusan a las jovencitas de la capital a las primeras de cambio —explicó la sirvienta en voz baja, esbozando una mueca de desaprobación—. No tienen el menor escrúpulo, ya se trate de inocentes doncellas casaderas o de respetables mujeres desposadas. se presenta algún hermano o marido enfurecido a armarles estos escándalos en mitad de su servicio, pero al ser idénticos, nadie logra averiguar jamás cuál de los tres es el verdadero culpable.

«Qué sujetos tan deplorables», infirió Maomao con frialdad mientras clavaba los ojos en los hermanos. Yao torció el gesto, manifestando un profundo desprecio hacia semejantes tipejos. Por su parte, Enen aferraba con sutil fuerza un pesado cucharón de hierro de la vajilla con trazas de poder emplearse como objeto contundente, como si advirtiera en silencio de que no respondería de sus actos si alguno de aquellos incorregibles donjuanes osaba tan siquiera aproximarse a su joven señorita.

—Al parecer, debido a su asombroso parecido físico, los denunciantes nunca logran recabar pruebas concluyentes ante la justicia y ellos siempre consiguen salir airosos de cualquier acusación —añadió la sirvienta del comedor, esbozando una mueca de resignación.

—¿Pruebas? ¿Acaso las declaraciones de las víctimas no bastan? —inquirió Yao, extrañada ante semejante impunidad.

—Así es. Uno de los trillizos seduce a la mujer en cuestión con falsas promesas, pero a la hora de la verdad, ante un tribunal, resulta del todo imposible determinar cuál de los tres ha sido el verdadero responsable del engaño. Para colmo de males, el padre de esos tres necios es un alto cargo de la corte exterior, un burócrata de gran influencia que siempre se planta ante los alguaciles diciendo con soberbia: «Aclarad primero la autoría de los hechos. Como se os ocurra denunciar o arrestar al hermano equivocado, ateneos a las consecuencias que caerán sobre vuestras cabezas».

«A tal señor, tal criado; de tal palo, tal astilla», pensó Maomao para definir la soberbia de aquella estirpe de funcionarios.

—Vosotras tened mucho cuidado y no os acerquéis a ellos si no queréis salir escaldadas.

—Gracias por el aviso, de veras —respondió Enen, ofreciendo una educada inclinación de cabeza.

Tras mostrar su gratitud a aquella diligente informadora de las cocinas, las tres muchachas procedieron a recoger el servicio de mesa, apilando los cuencos vacíos de fideos.

Por más que el escandaloso asunto despertara cierta curiosidad malsana en el comedor, a fin de cuentas no dejaba de ser un problema ajeno, una vulgar trifulca de faldas que en nada concernía a su labor en el departamento médico. No era, desde luego, algo en lo que Maomao y las demás debieran tomar cartas ni perder su valioso tiempo. Sin embargo, Yao parecía de lo más intrigada y conmovida por el injusto devenir del conflicto, observando el altercado con los ojos muy abiertos. Enen mantenía en todo momento una férrea actitud de guardia pretoriana, resuelta y tensa, dispuesta a no permitir bajo ningún concepto que ningún indeseable arrastrara a su joven señorita a semejantes lodos de descrédito social.

Entonces, cuando las tres jóvenes se disponían por fin a abandonar el concurrido comedor para regresar con presteza a sus respectivas obligaciones diarias...

—Si tu querida hermana no es capaz de esclarecer con cuál de nosotros tres estuvo paseando bajo los cerezos, ¿no te parece que yo tampoco tengo por qué aportar ninguna prueba que demuestre mi inocencia? —soltó una voz burlona.

Uno de los trillizos, precisamente el que lucía un vistoso borlón de hilo azul en su uniforme militar, contempló al hombre corpulento con una actitud de lo más insolente y desafiante, cruzándose de brazos. La escena que se desarrollaba ante sus ojos era exactamente tal y como acababa de relatársela aquella sirvienta bien informada de la corte.

—Es verdad. Para empezar, ¿es que acaso tu tonta hermana no sabe ni distinguir la cara de la gente con la que se acuesta? —añadió el segundo de ellos, el que portaba un llamativo pañuelo rojo anudado al cuello, soltando una risotada despectiva.

—Si tienes alguna queja, tendrás que interponer una demanda formal —sentenció con fría suficiencia el tercero de los hermanos, que vestía una faja amarilla sobre la cintura.

Los tres arrogantes hermanos comenzaron a alejarse a paso lento por el pasillo central del comedor, mofándose sin el menor disimulo del hombre corpulento, que permanecía impotente y temblando de rabia en mitad del recinto. Como caminaban con andares tan altaneros, con el mentón elevado y la mirada perdida en el techo de madera, debió de ser por ello que no repararon en lo que tenían justo delante.

Impactaron de lleno contra un anciano y encorvado funcionario que avanzaba en dirección contraria a paso vacilante, sosteniendo una bandeja de comida. El desdichado hombre cayó aparatosamente al suelo a la par que desparramaba por las baldosas de piedra el humeante almuerzo que todavía no había alcanzado a probar.

—¡Haga el favor de no caminar dando tantos tumbos! —bramó uno de los trillizos, deteniéndose apenas un instante con desdén.

Sin mostrar el menor rastro de compasión ni dignarse siquiera a pedir disculpas al buen hombre que yacía en el suelo, los tres hermanos se marcharon del lugar entre risas, dejando tras de sí un rastro de indignación silenciosa en el comedor de la corte exterior.

—Maomao... —Yao escudriñó el rostro de Maomao con evidente preocupación, detectando un destello peligroso en sus ojos—. No debes intervenir. Déjalo estar.

Enen sujetó con extrema delicadeza la mano de Maomao. Al parecer, su agudo sentido de la observación le había permitido percatarse de que la boticaria ya rozaba con las yemas de los dedos el asa de una pesada tetera de bronce cercana, con la indudable y temeraria intención de salir en persecución de aquellos arrogantes oficiales.

—Lo sé —repuso Maomao con un resignado suspiro.

No quedándole más remedio que ceder ante la prudencia de sus amigas, la boticaria depositó la tetera en su sitio sobre la mesa de madera y se dirigió a paso rápido hacia el anciano que aún yacía desamparado en las frías baldosas del comedor.

—Señor, ¿se encuentra bien? ¿Se ha hecho daño?

Al tirar de su deprimido y delgado brazo para ayudarlo a incorporarse, se topó de frente con el rostro compungido y las facciones mansas del «señor», que no era otro que Luomen. El anciano la contempló con una sonrisa tímida y un tanto avergonzada por su propia torpeza.

—¡Ja, ja, ja! Qué desgracia. He desparramado toda la comida.

El almuerzo, reducido a un desastroso amasijo de gachas calientes y verduras, alfombraba las baldosas de piedra del comedor militar. Haciendo gala de su habitual e impecable diligencia, Enen se dispuso a recogerlo de inmediato, arrodillándose en el suelo húmedo. Al ver su proceder, Yao comenzó a auxiliarla en la tarea con cierta turbación, poco habituada a tales labores domésticas. A Enen se le escapó una sutil y silenciosa risilla al contemplar la inequívoca mueca de absoluto asco que Yao era incapaz de disimular mientras retiraba los restos viscosos con la punta de los dedos.

El hombre corpulento que había desatado el escándalo en el comedor militar se aproximó corriendo hacia ellos, con el semblante transido de culpa al ver las consecuencias indirectas de su ira.

—Lo siento mucho, viejo.

—¿Se puede saber quiénes se suponen que son esos tipos? —inquirió Maomao con un tono de voz un tanto hostil y cortante, dirigiendo su mirada hacia el recién llegado.

Le sabía mal la situación familiar por la que estaba pasando aquel soldado, pero un comedor público a mediodía y a rebosar de gente de la corte exterior no constituía, ni de lejos, el escenario más idóneo ni prudente para andar buscando camorra.

—Esos desgraciados no tienen remedio —escupió el hombre, con el rostro demudado por la impotencia de no hallar cauce legal contra el abuso.

—¿Tu hermana consintió en acompañar a uno de ellos...? —preguntó el viejo con cautela, mientras se sacudía la túnica con gestos lentos. A buen seguro que el experimentado facultativo se había enterado de toda la vergonzosa coyuntura al pasar por las inmediaciones del altercado.

—Consintiera o no, mi pequeña hermana apenas tiene catorce años... —explicó el soldado, bajando la cabeza con pesadumbre—. Todavía está en una edad en la que no discierne el bien del mal, y aun así se marchó con él.

—Las ratas de cloaca como ellos deberían morirse... —soltó Enen con total naturalidad, a la par que se pegaba físicamente a la espalda de Yao con un ademán intensamente protector.

Yao también tenía apenas quince años y, al margen de su constante empeño por mostrar una apariencia madura, seria y profesional ante los oficiales de la corte, su fuero interno aún conservaba intacta cierta inocencia propia de la juventud acomodada. En ese instante, una espantosa y vívida escena cruzó como un relámpago la mente de Enen: su querida señorita, despojada por completo de sus ropas y de su orgullo, violentada por la lascivia sin escrúpulos de aquellos tres malhechores. El mero pensamiento de tal profanación hizo que los nudillos de la sirvienta se tornaran blancos por la fuerza con la que apretaba los puños.

—Comprendo perfectamente tu parecer, pero has errado el lugar para reclamar. Actuar de este modo, tomando en consideración el bienestar de tu hermana, no ha sido la mejor de las estrategias —le recriminó Luomen, expresándose en términos paternales y pausados mientras terminaba de ponerse en pie con dificultad.

Las gachas calientes del plato se le habían quedado adheridas de mala manera a la burda tela de su vestimenta oficial, y no daba la impresión de que aquellas manchas grasientas fueran a salir empleando únicamente un paño húmedo.

—S-Sé que tiene razón, pero... —balbuceó el militar, apretando los puños.

A buen seguro que, ante la deshonra de su propia sangre, le había resultado del todo imposible contener la indignación en mitad de su servicio. El viejo médico arqueó las cejas con un gesto de resignación, soltando un leve suspiro. Ver a alguien en apuros y no poder desentenderse de la situación, por muy ajena que fuera, era sin duda el peor y más noble de los defectos de este eunuco.

—¿Bastaría con averiguar cuál de los tres fue el que estuvo con tu hermana? —preguntó Luomen con suma tranquilidad.

—¿A-Acaso usted es capaz de saberlo? —reaccionó el hombre de inmediato a las palabras del viejo, aferrándose a aquella débil esperanza.

El joven tenía trazas y uniforme de oficial militar de rango medio, y guardaba un cierto y rústico aire físico con el bondadoso Lihaku, aunque se lo notaba bastante menos templado de carácter y mucho más propenso a perder la cabeza por las emociones.

—No sé hasta qué punto podré ser de utilidad, pero se intentará —declaró el viejo con una sonrisa mansa.

Apoyándose con parsimonia en el borde de la mesa para mantener el equilibrio, Luomen comenzó a caminar despacio, arrastrando los pies con su cojera, en dirección a la salida del comedor.



El viejo Luomen y el joven militar se encontraban sentados frente a frente en una de las estancias privadas del consultorio médico de la corte exterior, un espacio habitualmente reservado para los exámenes más delicados y que ahora les brindaba el sosiego necesario tras el altercado. Sobre la mesa de madera desgastada, un humeante cuenco de arcilla desprendía el aroma herbáceo de una infusión de azahar y valeriana, concebida minuciosamente por el anciano para templar los nervios del soldado.

—No debí haberle dado crédito a sus palabras cuando dijo que saldría un momento a hacer unos recados —se lamentó el hombre, clavando la mirada en el líquido oscuro—. A mi hermana le aterrorizan los truenos, y ayer se quedó sumamente asustada a causa del rayo que cayó. Fue entonces cuando uno de los trillizos, que andaba por las inmediaciones, aprovechó la coyuntura para abordarla.

El hombre corpulento respondía al nombre de Boku. A juzgar por su estampa, se trataba de un oficial militar. A juzgar por su imponente estampa y su tosco vocabulario, se trataba de un oficial militar de la corte exterior habituado a la disciplina del cuartel. La jornada vespertina y los relevos de las guardias en las puertas del palacio habían dado comienzo hacía ya un buen rato, por lo que, en condiciones normales, Boku tendría que haber regresado a su puesto de vigilancia con presteza para evitar una severa sanción de sus superiores. Con todo, el viejo Luomen, apiadado de su tormento y dispuesto a desentrañar el misterio de la identidad del seductor, había tenido a bien traérselo consigo bajo su amparo médico.

—¿Qué pretenderá hacer exactamente? —cuestionó Yao en un susurro, mientras espiaba la escena con medio rostro asomado con cautela tras una de las gruesas columnas de madera lacada del pasillo.

—A semejantes indeseables se les debe infligir un castigo ejemplar que no olviden en sus miserables vidas —añadió Enen a su espalda, resoplando con fuerza y henchida de una indignación que no disminuía con las horas.

—Me pesa la cabeza por culpa de vuestro excesivo entusiasmo... —se quejó Maomao en voz baja, entornando los ojos con fastidio.

Como Maomao era con diferencia la de menor estatura del grupo, la física presencia de las otras dos muchachas, alineadas en vertical y asomándose de mala manera tras el fuste de la columna para no perder detalle de la estancia contigua, acababa gravitando inevitablemente sobre sus hombros. Para desgracia de la boticaria, no eran las únicas que andaban curioseando y descuidando sus labores de molienda de hierbas en una tarde tan húmeda.

—Por mi parte, lo que querría saber es si tenéis intención de cumplir con vuestras obligaciones o si pretendéis pasaros el resto del día de cháchara en los pasillos.

Una voz severa, de una madurez imponente y profundamente impregnada de enojo, resonó de golpe a espaldas del trío de espías. Al volverse con extrema cautela y el corazón en un puño, las tres jóvenes se toparon de frente con la figura del doctor Liu, el médico oficial a cargo del dispensario de la corte exterior, quien permanecía de pie ante ellas con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno.

—¡L-Lo lamentamos mucho! —exclamaron al unísono.

De inmediato, presas del pánico a ser reportadas o castigadas con las tareas más ingratas del laboratorio, las tres procedieron a dispersarse a toda prisa por las galerías del consultorio, fingiendo una repentina laboriosidad con los morteros y los vendajes.



La conversación concluyó al cabo de un cuarto de hora, cuando el chirrido de la puerta de madera anunció la salida de Boku del consultorio con un semblante algo más aliviado.

—¿En qué ha quedado la cosa? —inquirió Yao con premura, incapaz de refrenar por más tiempo su curiosidad. Se había asegurado, por descontado, de mirar a ambos lados del pasillo para cerciorarse de no ser descubierta de nuevo por el implacable doctor Liu.

—Bajo mi humilde gestión, he dispuesto lo necesario para que se cite a los trillizos con el fin de interrogarlos en detalle —explicó el anciano con su habitual y pausada benevolencia—. Al fin y al cabo, los tres hermanos son oficiales en activo de la guardia imperial.

—Viejo... —murmuró Maomao, entornando los ojos con suspicacia—. No creo que sea muy conveniente hacer uso de ese contacto para un asunto tan trivial.

La joven boticaria pudo figurarse al instante la clase de estratagema que su padre adoptivo traía entre manos y, sobre todo, el nombre del poderoso aliado que movería los hilos desde la sombra. A buen seguro que Luomen planeaba convocar a los sospechosos emitiendo una orden de comparecencia oficial de muy alto rango, y resultaba más que evidente a quién pensaba recurrir para obtener semejante favor político. Aunque en las últimas semanas sus inesperadas y teatrales apariciones en el dispensario habían disminuido para alivio de la joven, ahí seguía estando el zorro estratega, aquel molesto, indecoroso y persistente padre biológico, siempre dispuesto a complacer cualquier ruego con tal de ganarse su favor.

—Es del todo menester hacerlo si queremos evitar una tragedia mayor. ¿Acaso no te inspira compasión la muchacha? Por añadidura, no deberías emplear ese tono conmigo en este lugar, ¿no te parece?

La reprendió con una dulzura tan paternal que a Maomao no le quedó más remedio que tragar saliva. Sintiéndose observada por Yao y Enen, y no sin albergar cierto fastidio por la inminente intromisión del innombrable en sus rutinas, guardó silencio y se quedó cavilando en qué clase de enredo acabaría desembocando todo aquello.






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