31/07/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 9




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 9
El trueno (parte II)

Al día siguiente, tal y como se había acordado, se dispuso todo lo necesario en las dependencias de la corte exterior para que el viejo Luomen procediera a interrogar en detalle a los tres trillizos sospechosos. A Maomao le pareció que el espinoso asunto de faldas había progresado con una celeridad pasmosa; pero, bien mirado, tratándose de una petición directa del viejo, resultaba del todo impensable que el excéntrico del monóculo se negara a colaborar.

—Maomao, ¿te importaría acompañarme a la sala de audiencias para plasmar la conversación por escrito? —le solicitó su padre adoptivo mientras ordenaba unos papeles.

Ante la pavorosa perspectiva de que el maniático estratega pudiera hallarse presente en la estancia y aprovechara la intimidad para abrumarla con sus extravagancias, Maomao sacudió la cabeza con vehemencia en señal de rotunda negativa.

—Me temo que se va a presentar cierto indeseable... —argumentó con una mueca de desagrado.

—Descuida, Lakan no vendrá. Puedes estar tranquila —le aseguró Luomen con una sonrisa apacible.

—En tal caso no hay inconveniente, pero ¿qué pasa con Enen y Yao? —inquirió Maomao, dirigiendo una mirada de soslayo hacia el rincón donde sus dos compañeras aguardaban expectantes.

—Le he denegado la asistencia a Yao explicándole que resultaría inviable al no dominar la taquigrafía —explicó el anciano en voz baja.

(NT: La taquigrafía, también llamada estenografía, es un sistema de escritura rápida y concisa que utiliza trazos breves, abreviaturas y símbolos especiales. Su objetivo es transcribir el lenguaje hablado a la misma velocidad a la que se emite.)

«A decir verdad, yo tampoco sé...», estuvo a punto de objetar ella, pero prefirió guardarse el comentario en el último instante. De haberlo mencionado en voz alta, la orgullosa Yao habría insistido testarudamente en encargarse de la transcripción para demostrar su valía. Y aquello, inevitablemente, habría desencadenado una discusión sin fin con la sobreprotectora Enen, quien se opondría a que su debilitada señorita se sometiera a una situación de estrés frente a tres militares de dudosa reputación. Puesto que Yao poseía un carácter noble que, aun causándole una honda frustración personal, le permitía aceptar la dura realidad cuando era consciente de sus propias limitaciones técnicas, resultaba mucho más juicioso mantener el secreto de que Maomao tampoco era una experta escribana.

Desde hacía un buen rato, Yao permanecía agazapada y medio oculta tras una columna del pasillo, clavando en Maomao una mirada de silencioso resentimiento por haber sido excluida del misterio. A su espalda, en perfecto contraste, Enen agitaba con entusiasmo un pañuelo blanco, haciéndole señas mudas a la boticaria y apremiándola con urgencia a que se marchara de una vez por todas junto al viejo antes de que su señorita cambiara de opinión.

—De acuerdo, viejo, pongámonos en marcha —asintió Maomao, tomando los tinteros.

Su único deseo en esos momentos era despachar aquel enojoso asunto de los trillizos lo antes posible, desentrañar el enigma de la doncella y regresar con presteza al sosiego de sus quehaceres habituales.



El lugar dispuesto para la ocasión era una sobria sala de reuniones perteneciente al departamento militar de la corte exterior. No resultaba un espacio ni demasiado espacioso ni excesivamente angosto. Desprovista de adornos y con un mobiliario estrictamente funcional, más que una estancia destinada a la deliberación de los oficiales, presentaba las dimensiones y la atmósfera opresiva propias de una sala de interrogatorios.

—¡Vaya, por fin llegáis! —la ronca voz de un hombre rompió la tensión del pasillo.

Quien los recibió con presteza a la entrada de la estancia fue un gran sabueso de rostro familiar y complexión imponente; o más bien, Lihaku.

—Quedamos a tu entera disposición expresó el viejo Luomen, dedicándole una cortés y pausada reverencia con la cabeza.

—No hay de qué, señor, si surge cualquier contratiempo o si esos insensatos se ponen del revés, no dudéis en llamarme de inmediato —aseguró el militar—. En el interior ya disponéis de otro escribano asignado por la cancillería, pero, a fin de cuentas, no deja de ser un funcionario civil que se asustaría a la primera de cambio si las cosas se ponen feas.

Lihaku se propinó un sonoro palmetazo en su fornido pecho, haciendo restallar la armadura de cuero. Mantenía, a pesar del entorno castrense, su carácter franco, rústico y jovial de siempre.

—¿A qué se debe tu presencia aquí, Lihaku? —inquirió Maomao, ladeando la cabeza con extrañeza al ver a un oficial de su valía asignado a un caso de faldas.

—Órdenes de arriba —explicó el soldado en voz baja, inclinándose un poco—. Tomando en consideración la naturaleza de los implicados, sería un problema que alguno terminase perdiendo los estribos, ¿no crees? Resulta del todo menester contar aquí con un escolta dotado de buen juego de puños que sepa imponer respeto.

Para enfatizar sus palabras, Lihaku se colocó en posición de guardia y comenzó a dar enérgicos puñetazos al aire, lanzando directos y ganchos invisibles.

—Por añadidura —prosiguió, recuperando la compostura—, conozco de vista tanto a los trillizos como al temperamental Boku por los entrenamientos en el patio y, por encima de todo, te conozco a ti y sé cómo te las gastas; de ahí que me hayan seleccionado para esta vigilancia.

—Ya veo.

Ciertamente, si se analizaba con frialdad la volatilidad de los implicados y el desprecio que los tres hermanos sentían por las normas, el preventivo planteamiento de la comandancia resultaba del todo lógico.

—Además, desempeñar esta clase de cometidos de vez en cuando me sirve de excusa perfecta para salir del despacho y despejarme un poco de la rutina —confesó el militar con una mueca de alivio.

A la robusta cintura de aquel digno varón, que lucía una amplia sonrisa de oreja a oreja, pendía ahora un vistoso borlón de oficial cuyo color correspondía a un rango sensiblemente superior al que ostentaba con anterioridad en la guardia.

—Se diría que tu carrera militar progresa a pedir de boca.

—Sí, no me puedo quejar, aunque por culpa de este dichoso ascenso últimamente me paso el día entero sepultado entre papeleo y actas de intendencia —se lamentó rascándose la nuca.

A Maomao le habría gustado interesarse por la cuantía exacta de sus nuevos emolumentos tras la promoción, pero estimó que en mitad de un pasillo militar resultaría del todo indiscreto y prefirió abstenerse de preguntar. A saber cuántas monedas de plata le restaban aún por reunir a Lihaku para estar en disposición de sufragar el elevado rescate de su amada, la cortesana Pai Lin, y sacarla por fin de la Casa Verdigris.

—Lamento interrumpir vuestra conversación, pero ¿me permitirías formularte un par de cuestiones sobre lo que aquí nos concierne, joven? —comentó el viejo, que clavó la mirada en Lihaku.

—¡Ah, disculpe! Adelante, proceda —respondió el oficial, adoptando una postura más recta.

—Has mencionado que conoces a los trillizos. ¿Podrías indicarme qué clase de temperamento posee cada uno de ellos? —inquirió Luomen, buscando desentrañar algún hilo del que tirar antes de abrir la puerta de la sala.

Ante la pausada interpelación del médico, Lihaku se llevó la mano a la barbilla, acariciando la incipiente barba con un gesto dubitativo mientras ordenaba sus recuerdos de los barracones.

—Pues si me pregunta por su carácter, qué quiere que le diga... Lo único que puedo asegurar es que los tres son unos tipos de lo más taimados y escurridizos que he visto en el servicio. Tienen exactamente el mismo rostro, se mueven igual y sus voces se asemejan enormemente en el tono. En cuanto a su personalidad, yo diría que los tres están cortados por el mismo patrón. Tampoco he tratado con ellos el tiempo suficiente como para distinguirlos con claridad, así que me temo que no sabría decirle mucho más sobre sus vicios privados.

—Ya veo —asintió el viejo, sopesando las palabras con una inclinación de cabeza—. ¿Y se profesan algún tipo de afecto o lealtad mutua?

—No, no lo creo en absoluto —negó Lihaku de manera tajante, cruzándose de brazos—. Hace un tiempo, cuando se produjo una negligencia grave en las guardias del palacio exterior, la comandancia procedió a investigar cuál de los tres había sido el responsable. En aquella ocasión, ninguno movió un dedo por amparar al prójimo. Más bien al contrario, su fría actitud parecía advertirle en silencio de que asumiera sus culpas y no los arrastrara con él al calabozo.

—¿Y no intentaron en ningún momento encubrir dicha negligencia entre los tres, coordinando sus coartadas para evitar ser descubiertos? —insistió Luomen, buscando calibrar el grado de fisura entre los sospechosos.

—No habrían sido capaces. Con Lak... digo, con el viejo del monóculo delantesupervisando el informe, pocas posibilidades había de que prosperase un engaño —explicó, corrigiéndose a tiempo.

Lihaku demostraba ser un hombre de lo más considerado y prudente al recordar la velada advertencia que Maomao le había hecho previamente sobre no mencionar al estratega en su presencia. A decir verdad, para la joven boticaria, su excéntrico progenitor constituía un compendio viviente de casi todos los defectos imaginables en un ser humano, empezando por su obsesiva terquedad. Ahora bien, era innegable que su destreza absoluta en los tableros de Go y de Shōgi, así como su agudeza casi sobrenatural para calar las verdaderas intenciones de las personas con una sola mirada, resultaban del todo excepcionales en el Imperio.

—¡Ah! A propósito de eso, acabo de recordar un detalle que tal vez os resulte de utilidad —añadió el oficial, alzando un dedo.

—¿De qué se trata?

—Estimo que, ante vuestras preguntas, dos de los trillizos declararán con total franqueza. Esos necios se amparan siempre en la gran autoridad de su padre para campar a sus anchas por la capital, pero dudo mucho que estén dispuestos a cargar con el castigo físico o la degradación de otro. Por consiguiente, no se desvivirán en absoluto por encubrir a nadie si ellos mismos están completamente libres de culpa en el asunto de la muchacha. Y al carecer por completo de remordimientos o de lazos de honor, no tendrán motivo alguno para faltar a la verdad.

—¿Andas seguro de ello? ¿Y consideras entonces que podemos dar pleno crédito a su testimonio cuando los interroguemos en la estancia? —inquirió el viejo Luomen, entornando los ojos a modo de verificación profesional.

—Por más que le diga que sí, señor, en esta vida no hay nada seguro al cien por cien, ¿no le parece? Tómelo simplemente como una firme inclinación de su naturaleza: esos mequetrefes no incurrirán jamás en falsedades que terminen por perjudicar sus propias carreras con tal de amparar a un hermano descarriado.

—Demuestras ser una persona sumamente íntegra y un observador perspicaz, Lihaku —le elogió el anciano con sinceridad.

—¿U-Usted cree? —balbuceó el robusto soldado, rascándose la mejilla con cierta timidez ante el cumplido.

—Te quedo muy agradecido. En cualquier caso, si se presenta algún contratiempo o si el tono de la estancia se vuelve peligroso, requeriremos tu presencia —concluyó Luomen con una afable sonrisa.

Tras abandonar el umbral del pasillo con estas palabras, el viejo médico se adentró finalmente en la sobria sala de interrogatorios. Ajustándose las mangas de su túnica de funcionaria y asiendo con fuerza los útiles de escritura, Maomao procedió a seguir sus lentos pasos en silencio.



En la penumbra de la estancia aguardaba ya otro individuo de mediana edad con las inequívocas trazas de un funcionario civil. A buen seguro que se trataba del escribano oficial al que hace un instante había hecho alusión Lihaku. Al percatarse de la entrada de Maomao y del respetable viejo, el empleado se incorporó de inmediato de su asiento y les dedicó una reverencia formal.

—No tardarán en personarse. Por favor, tomen asiento —les indicó, señalando las sillas dispuestas frente al gran escritorio.

—Muchas gracias.

El viejo tomó asiento con su habitual parsimonia, acomodando su cansado cuerpo. Sobre la mesa, justo delante de su puesto, se hallaba dispuesto un grueso y llamativo legajo sellado. «¿Una amenaza velada, tal vez?», pensó Maomao para sus adentros, entornando los ojos al reparar en el membrete del documento.

El dossier detallaba minuciosamente las funciones oficiales de los trillizos dentro de la guardia imperial, así como la ilustre identidad y los altos cargos de sus influyentes parientes en la corte exterior. El informe, colocado de forma tan deliberada, daba la sutil impresión de proclamar a los cuatro vientos que aquellos insensatos se habían personado allí únicamente por mandato expreso del excéntrico estratega Lakan, pero que un humilde médico como el viejo carecía en absoluto de potestad legal o rango suficiente para imponerles sanción disciplinaria alguna.

—Bien, veamos cómo procedemos —murmuró Luomen, repasando los apuntes.

Se había estipulado previamente, para evitar que coordinaran sus respuestas o se protegieran con mentiras ensayadas, que los trillizos comparecerían por separado para prestar declaración de uno en uno ante el tribunal improvisado.

El primero de los hermanos hizo por fin acto de presencia, cruzando el umbral con paso firme y una mirada altanera. La tensa sesión de interrogatorio iba a comenzar. Asumiendo su papel con total seriedad, Maomao impregnó con delicadeza la punta del pincel en el tintero, resuelta a plasmar por escrito la mayor cantidad de detalles, gestos y contradicciones posibles en el pergamino.


○ ● ○


—Me da la impresión de que andáis un tanto errados. Yo no tengo absolutamente nada que ver con lo acontecido con la hermana de Boku —declaró el primer hermano con una sonrisa condescendiente, acomodándose en la silla con estudiada parsimonia—. Resulta inconcebible que se me ocurra ponerle la mano encima a una chiquilla de apenas catorce años. ¿Se puede saber bajo qué absurdas premisas se me tiene que colgar a mí el sambenito de sospechoso?

—¿Eh? ¿Que dónde me encontraba anteayer? —repitió el militar, ladeando la cabeza con fingida sorpresa ante la pregunta del anciano—. Pues como es natural en cualquier hombre de armas, una vez concluida mi jornada laboral, me dediqué a callejear un poco por los mercados para despejar la mente. Ponerse a trasegar alguna copa de licor al caer la noche es algo que hace cualquiera para sacudirse el polvo del servicio, ¿no? Anteayer, en particular, me apetecía apurar algún licor fuerte de baja estofa, por lo que encaminé mis pasos hacia las tabernas más modestas de los barrios del sur de la capital. No llegué a aproximarme al distrito del placer, desde luego; las cortesanas de alto rango exigen un protocolo y unos gastos que no constituyen un emplazamiento idóneo para el mero disfrute del alcohol.

—¿El trueno? Ah, os referís a ese tremendo rayo que cayó. Por lo que parece según los comentarios de los vecinos, el relámpago impactó por las inmediaciones de la ciudad. Yo mismo vi con mis propios ojos cómo se iluminaba por completo el firmamento a través de los ventanales de la taberna y, al cabo de un instante, resonó un estrépito colosal que hizo temblar las vigas del techo. No me avergüenza admitir que me pegó un buen susto, como a cualquiera que se hallara desprotegido ante la tormenta.

—¿Que a qué hora exacta aconteció? —prosiguió el sospechoso, tamborileando los dedos sobre el reposabrazos mientras Maomao anotaba cada palabra—. Pues recuerdo perfectamente que fue en el mismo momento en que doblaban las campanas que anuncian el atardecer y el fin de la actividad comercial. El estampido de las nubes se produjo acto seguido, casi al unísono con el último tañido.

—En efecto, por todo ello insisto en que yo no tengo nada que ver con el asunto. El verdadero responsable habrá sido, con total seguridad, cualquiera de mis dos hermanos menores, de modo que proceded con ellos como os plazca en este consultorio —sentenció el trillizo, asumiendo una postura de fría suficiencia—. Eso sí, si se os ocurre incriminar a alguno de nosotros basándoos en meras conjeturas y sin pruebas concluyentes, a buen seguro que estaréis al tanto de las graves consecuencias que caerán sobre vuestras cabezas, ¿no es así?


○ ● ○


El primero en comparecer había sido el primogénito. Su tono de voz, impregnado de una fría suficiencia, parecía pregonar a los cuatro vientos la absoluta imposibilidad de que las autoridades lograran descubrir jamás al verdadero culpable entre tres rostros idénticos. A pesar del creciente fastidio que asomaba en su fuero interno a cada palabra arrogante que el joven militar pronunciaba, Maomao procedió con impecable disciplina profesional a plasmar el testimonio por escrito en el pergamino, sin permitir que sus emociones empañaran la tinta. El viejo Luomen, por su parte, permaneció profundamente pensativo durante toda la alocución, limitándose a acariciarse la barbilla con parsimonia mientras emitía un leve y casi inaudible murmullo de expectación, como si hubiera hallado el primer cabo suelto del que tirar en la historia.

A decir verdad, aun cuando ni Maomao ni el escribano hubieran tomado nota de las declaraciones, tratándose del viejo, a buen seguro que habría sido capaz de memorizarlas palabra por palabra con solo escucharlas una vez. Semejante era la portentosa valía intelectual y la retentiva de aquel hombre, cuyas habilidades ocultas tras una apariencia modesta nunca dejaban de asombrar a su hija adoptiva.

En cuanto el hermano mayor abandonó la estancia con la misma altanería con la que había entrado, hizo acto de presencia otra faz exactamente idéntica a la anterior, provocando una incómoda sensación. Al consultar de reojo el detallado legajo de la comandancia que descansaba sobre la mesa, se constató que el recién llegado correspondía al segundo de los vástagos de la influyente familia. Por lo visto, gracias a la organización de los subordinados de Lakan, los trillizos comparecerían ante ellos de manera sucesiva ordenada según su primogenitura, facilitando así el contraste de sus respectivas coartadas.


○ ● ○


—Esto resulta una soberana molestia, de verdad. Que lo citen a uno en mitad de su jornada laboral para someterlo a semejante interrogatorio por un vulgar enredo... —se quejó el segundo trillizo al tiempo que se cruzaba de brazos, también con ademán soberbio—. ¿Qué pensáis hacer para reparar mi honor si resulta, como es evidente, que yo no soy el culpable? En fin, puesto que mi inocencia es un hecho incontrovertible y no tengo nada que ocultar, despacharé el asunto con presteza y me marcharé. Supongo que lo que queréis saber es dónde me encontraba anteayer por la tarde, ¿no? Daba la casualidad de que estaba libre de servicio en la guardia imperial, de modo que salí a dar un breve paseo a caballo por los campos de las afueras. Como al día siguiente me tocaba trabajar desde primera hora, regresé al atardecer para pasar la noche en el hogar familiar. Estaba exhausto, así que en cuanto llegué a casa me metí directo en la cama. Ya sabréis perfectamente dónde queda nuestra residencia, ¿no? Más que nada, si estáis al tanto de la alta dignidad de nuestro progenitor, supongo que no os queda ninguna duda de que es un palacete infranqueable.

—¿Que si hay alguien del servicio o de la guardia que pueda testificar a mi favor para confirmar mi coartada? —repitió el militar con una mueca de desdén ante la pregunta de Luomen—. Por más que me lo preguntéis, dudo mucho que vuestro tribunal diera el menor crédito al testimonio de los sirvientes de mi propia casa. Así están las cosas, por desgracia. Además, mis aposentos privados se ubican en un ala bastante apartada del edificio principal, por lo que, al haber entrado por la puerta trasera, dudo que nadie del servicio reparase en mi presencia a esa hora.

—¿Que qué hacía en el momento en que doblaban las campanas del atardecer? ¡Ah! Os referís a cuando estalló aquel terrible trueno que conmovió a la capital, ¿verdad? ¡Menudo susto me pegué yo también! —exclamó el joven, rememorando el instante y dándose una palmada en la frente—. se iluminó por completo al mismo tiempo que el primer tañido de las campanas, y acto seguido resonó un violento estrépito que pareció quebrar el firmamento. A buen seguro que el desdichado encargado de hacer doblar las campanas en la torre también se llevó un buen sobresalto. Si te hallas en una atalaya a semejante altura en mitad de una tormenta, no sería de extrañar que te parta un rayo. Por fortuna, parece ser que no hubo que lamentar tal desgracia.

—¿Ha quedado todo claro con mi declaración? ¿Sí? Pues si no tenéis más preguntas, regreso a mis obligaciones. Haced el favor de indagar como es debido cuál de los otros dos, si mi hermano mayor o el menor, ha sido el verdadero responsable de engatusar a la muchacha. Eso sí, huelga decir que, dada la influencia de nuestra familia, no os aconsejo permitiros el menor error en vuestro veredicto, por lo que os sugiero que sopeséis el asunto con el mayor detenimiento posible antes de señalar a nadie.


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Esta declaración poseía, asimismo, un tono de lo más provocador. Con los ojos entornados por la desaprobación ante tanta impunidad, Maomao procedió de nuevo a plasmarla por escrito en el pliego de pergamino. El viejo volvió a asentir mientras se acariciaba la barbilla, meditando profundamente sobre las sutiles divergencias de los testimonios. El único y ferviente deseo de la boticaria en esos momentos era dar por concluida semejante farsa burocrática cuanto antes para poder librarse de la insufrible soberbia de aquella estirpe.

Acto seguido, dio comienzo el interrogatorio del tercero de los vástagos, el menor. Huelga decir que el recién llegado lucía exactamente el mismo rostro y la misma complexión que sus predecesores. La situación en la pequeña sala de reuniones empezaba a tornarse un tanto monótona e irreal. Sin embargo, para desentrañar la verdad oculta tras el engaño de la doncella, era del todo menester armarse de paciencia y aguzar el oído ante el último testimonio.


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¿Cómo? ¿Que soy el último en declarar? Si mis hermanos mayores hubieran confesado su culpa desde el principio, yo no tendría que estar pasando ahora por este trago tan ingrato —se lamentó el tercer trillizo, mostrando un ramalazo de inmadurez y fastidio—. A ver, ¿os importaría a todos despachar este asunto con la mayor presteza posible? Es que ya he concluido mi jornada laboral por hoy y tengo asuntos de los que ocuparme fuera del cuartel. Si tanto queréis saber dónde me encontraba anteayer por la tarde, pues resulta que me pasé el día entero trabajando aquí mismo, cumpliendo con mis obligaciones en la guardia.

—Sí, ya era casi la hora de marcharse a casa, pero me encasquetaron una tarea de lo más engorrosa —explicó el joven militar, resoplando con evidente hastío—. ¡Que fuera a buscar unos viejos legajos al archivo general...! Semejante recado de oficina bien habrían podido solicitárselo a cualquier funcionario civil de la cancillería en lugar de a un oficial de armas. ¡Ay, de verdad! El dichoso estratega excéntrico y sus ridículas tareas... ¡Uy! No, no, olvidad eso último, por favor, haced como si no hubiera dicho nada —se corrigió de golpe, palideciendo levemente al recordar la severidad de Lakan—. El caso es que me dirigí allí a desganas a recogerlos y dio la casualidad de que andaba por el lugar una sirvienta de lo más agraciada, de modo que me entretuve un buen rato charlando animadamente con ella para amenizar la tarde.

—¿Que a qué archivo me refiero? Al que se encuentra ubicado en el ala oeste del complejo. Y eso que, como bien sabréis, no es precisamente un emplazamiento en el que suela dejarse caer el estamento militar, pues pertenece más bien a la administración civil de la corte exterior. En fin, supongo que a veces habrá que estar agradecido a la fortuna por propiciar estos nuevos encuentros. Bueno, el caso es que entre una cosa y otra, el tiempo se me echó encima por completo y se me pasó de largo mi hora de salida del cuartel.

—Sí, estimo que justo cuando doblaban las campanas del atardecer me hallaba todavía en el interior del archivo de la corte exterior —prosiguió el sospechoso, rememorando los detalles bajo la atenta mirada de Luomen—. A decir verdad, el tañido de las campanas no alcancé a percibirlo con claridad debido al grosor de los muros de piedra del edificio, pero calculo por la luz que sería por entonces. El estrépito del trueno, en cambio, sí que lo escuché con total nitidez. Sostenía los pesados legajos con ambas manos y, al iluminarse el cielo de improviso a través del ventanal, me llevé tal sobresalto por el destello que los papeles se me escurrieron y cayeron todos al suelo. Y justo en el instante en que me agachaba con presteza para recogerlos, resonó aquel estampido brutal que parecía hacer temblar la mismísima tierra bajo mis pies.

—¿El intervalo desde que vi el relámpago hasta que me agaché? —repitió el joven, pensativo, mientras el pincel de Maomao aguardaba suspendido en el aire—. Supongo que me quedé un tanto ensimismado por la sorpresa de la luz, pero a lo sumo transcurrirían unos cuatro o cinco segundos antes de que reaccionara.

—Me gustaría regresar cuanto antes a mi hogar, ya os he contado todo lo que sé. ¿Sería suficiente con esto para limpiar mi nombre? —inquirió el hermano menor, impaciente por dar por concluido el encuentro.

—De acuerdo, si no tenéis más preguntas, con vuestro permiso, me retiro —concluyó el militar, levantándose de la silla con una apresurada inclinación de cabeza antes de enfilar el umbral de la estancia.


○ ● ○


A cada cual más impresentable. Maomao se limitó a plasmarlo todo por escrito, sintiendo cómo le sobrevenía un cansancio repentino ante la desfachatez de los tres hermanos. Solo el viejo Luomen mantenía un semblante de absoluta comprensión, limitándose a asentir una y otra vez con la cabeza mientras ordenaba las respuestas en su mente. Por lo visto, la labor del escribano aún no había concluido, pues se había puesto de inmediato a pasar a limpio ¡el exhaustivo documento que acababan de redactar entre los dos.

Aprovechando que el empleado civil se hallaba completamente absorto en la tarea de mojar el pincel y pulir los caracteres, Maomao se aproximó con pasos de gato al viejo para susurrarle al oído, procurando por todos los medios que el escribano no la escuchara:

—Viejo, ¿has logrado averiguar algo?

—Bueno, sí. Diría que ya dispongo de casi todos los cabos sueltos para desentrañar el misterio —soltó el anciano médico con la mayor y más desconcertante naturalidad del mundo, mientras esbozaba una leve sonrisa de satisfacción.

El rostro de Maomao se tornó al instante en un vivo reflejo de la más absoluta perplejidad. A pesar de estimar con orgullo que había aprendido infinidad de sutiles materias, recetas y lógicas bajo la estricta tutela de su padre adoptivo en el barrio del placer, todavía restaban demasiadas cosas de la naturaleza humana que escapaban por completo a su juvenil conocimiento. ¿Qué albergaría ese eunuco en su interior...?

—Bien, procedamos a ordenar los datos en cuanto regresemos.

Sosteniendo su titubeante y gastado cuerpo con la ayuda del bastón de madera, el viejo se incorporó despacio de la silla. Al otro lado de la estancia, recortado contra el umbral de la puerta, se divisaba el robusto rostro de Lihaku. Un indisimulable atisbo de desilusión se acomodó en sus facciones al comprobar que el interrogatorio había concluido pacíficamente y no había tenido ocasión de intervenir.



Nada más regresar al consultorio médico, lo primero que solicitó el viejo fue un mapa detallado de la capital y sus alrededores. Maomao se preguntaba si tendría que caminar de nuevo hasta el archivo general para tomar uno prestado de las estanterías oficiales, pero por fortuna el doctor Liu, que ordenaba unos frascos en el mostrador, se lo facilitó directamente tras buscar en su propio cajón de caoba.

—Procurad no ensuciarlo, es un pergamino de gran valor cartográfico —les advirtió el médico con su habitual severidad.

Al advertir la advertencia, el viejo, que tenía la firme intención de realizar anotaciones directamente sobre el mapa, ocultó el pincel tras su amplia manga con fingido disimulo. En su lugar, buscando con la mirada cansada algo en la mesa que le sirviera de improvisado marcador para no dañar el papel, tomó unas pequeñas piezas de cerámica de diversos colores, de las que habitualmente se empleaban en el dispensario a modo de pesas para evitar que se volaran los papeles de envolver medicamentos con las corrientes de aire.

—¿Qué se dispone a hacer? —preguntó la curiosa Yao, seguida muy de cerca por Enen, mientras se aproximaban a la mesa con paso ligero tras haber espiado desde el umbral.

A esa hora de la tarde, la jornada laboral de ambas jóvenes ya había concluido formalmente y, dado que el ambiente del consultorio se había calmado, el doctor Liu no formuló objeción alguna a que se quedaran merodeando.

—Tenía intención de ordenar un poco los datos recopilados durante el interrogatorio de los oficiales —explicó el anciano, mirándolas con benevolencia—. Me resultaría de gran ayuda que os quedarais para contrastar vuestras impresiones conmigo.

Como el anciano se expresó en un tono de tanta cortesía y expectación, Yao se ruborizó levemente y desvió la mirada hacia una estantería, balbuceando palabras incomprensibles para dar a entender que faltaría más y que era su deber colaborar. Enen contempló el adorable y tímido proceder de su joven señora, grabando aquel instante de gracia a fuego en el lienzo de su memoria y apretó las manos contra su delantal para disimular su propia agitación.

—En primer lugar, para fijar el marco de los acontecimientos, colocaremos una pieza aquí —anunció Luomen.

El viejo depositó una pieza de cerámica roja en el centro mismo de la capital imperial plasmada en el plano.

—¿Qué representa esa pieza? —inquirió Yao, recuperando la compostura y señalando el objeto.

—¿No es aquí, en esta gran plaza central, donde doblan las campanas del atardecer? —planteó el anciano a modo de guía.

—Ciertamente, es justo ahí —asintió Maomao—. Su elevada ubicación está pensada para que el tañido sea audible en toda la capital.

Tal y como había manifestado el segundo de los trillizos en su pomposa declaración, las grandes campanas se hallaban instaladas en una imponente estructura de piedra y madera, semejante a una atalaya de vigilancia militar que dominaba los tejados circundantes.

A continuación, con movimientos pausados, el viejo dispuso sobre el mapa tres piezas de cerámica de color azul oscuro, siguiendo una lógica que las jóvenes aún no alcanzaban a vislumbrar.

—Esta primera pieza corresponde al lugar del sur donde el primogénito afirmó encontrarse; esta otra, a la residencia en el norte donde el segundogénito aseguró haber pasado la noche tras su cabalgata; y esta última representa el archivo del ala oeste en el que el hermano menor se hallaba entretenido con la sirvienta.

—Es decir, que todos los sospechosos sostienen con firmeza haber estado en ubicaciones completamente distintas en el momento exacto de los hechos, ¿no es así? —dedujo Yao, frunciendo el ceño—. Ninguno comparte escenario.

—En efecto. Por añadidura, según lo relatado previamente por el señor Boku, su hermana se encontraba por estos contornos cuando fue abordada.

El viejo señaló con la punta de su índice la zona contigua a la pieza de cerámica roja central. Se trataba, precisamente, de un distrito populoso flanqueado por numerosos establecimientos comerciales y mercados.

—Lo ideal sería contar con algún testigo, pero ninguno de los tres dispone de ellos debido a las circunstancias de sus coartadas —observó Maomao, cruzándose de brazos—. ¿Acaso sabe ya quién está faltando a la verdad?

Maomao se esmeró en emplear un tono de voz un tanto más cortés y sumiso de lo habitual, a fin de no recibir otra reprimenda paternal por parte del viejo Luomen en presencia de sus compañeras de oficio.

—Sí, la respuesta se dibuja con claridad. No obstante, antes de revelar el nombre, recabemos un último detalle —dijo el viejo, que clavó la mirada en las tres muchachas—. ¿Recordáis todas el rayo que cayó anteayer?

—Sí, por supuesto, produjo un estrépito colosal —respondió Yao de inmediato.

—Al fin y al cabo, el pabellón donde nos alojamos se encuentra relativamente próximo a la zona del impacto —añadió Enen, asintiendo.

Ubicado estratégicamente al noroeste de la capital, su residencia no distaba demasiado de los frondosos bosques que delimitaban la muralla en dicha orientación.

—Aconteció por estos contornos, ¿verdad? —preguntó Luomen de manera retórica mientras depositaba una pieza de cerámica azul sobre el mapa, justo en la sección noroeste—. Y el emplazamiento exacto donde impactó el rayo fue...

Acto seguido, colocó una llamativa pieza de cerámica amarilla un poco más alejada, rompiendo la simetría del conjunto.


(imagen generada con IA)


Maomao, Yao y Enen parpadearon confusas, contemplando la disposición de las fichas de colores sobre las intrincadas calles. A pesar de su inteligencia, todavía no alcanzaban a comprender qué principio físico o geográfico pretendía demostrar el anciano médico con aquel juego geométrico.

—¿Me permitís que os formule una pregunta? —intervino Luomen, paseando su mirada por los rostros de las tres muchachas.

—Adelante —asintió Yao en nombre de todas.

—El destello del rayo, el estrépito del trueno y el tañido de las campanas del atardecer... ¿sabríais decirme en qué orden cronológico se produjeron?

Quien alzó la mano con presteza para responder fue Enen, cuyo semblante serio denotaba una total seguridad en sus propios recuerdos.

—En primer lugar, el cielo se iluminó. Acto seguido, transcurridos unos tres segundos, resonó el trueno —explicó la joven con minuciosidad—. Estimo que las campanas del atardecer doblaron casi al mismo tiempo, puesto que su tañido se percibía entre las últimas vibraciones que hacían temblar la tierra.

—Lo recuerdas con una suma precisión —la elogió el viejo, impresionado por la agudeza de su retentiva.

Maomao, que conocía bien las sutiles dinámicas entre sus compañeras, se figuró al instante que la nitidez del recuerdo de Enen no se debía a un mero interés meteorológico, sino a que el suceso se había quedado grabado en su memoria junto a la inolvidable sensación de una Yao asustada abalanzándose sobre ella para abrazarla y buscar protección. «No puede ser otra cosa, conociéndola... —se dijo la boticaria para sus adentros con una ligera sonrisa—. Pero, ¿a santo de qué nos interroga ahora el viejo sobre semejante nimiedad?».

Buscando una respuesta lógica al proceder de su padre adoptivo, Maomao clavó la mirada en el mapa extendido sobre la mesa para verificar una vez más la disposición de las piezas de cerámica de colores que reproducían las posiciones de los sospechosos.

—¡¿...?!

Un repentino escalofrío recorrió la espalda de la joven al percatarse de un detalle. De inmediato, procedió a desenrollar el pliego y a comprobar los detalles de las declaraciones que ella misma había plasmado por escrito hacía apenas un momento en la sala de reuniones. Repasó los testimonios del primogénito, el segundogénito y el hermano menor, uno por uno, deteniéndose especialmente en cómo cada uno de los trillizos describía el instante exacto de la tormenta.

—Maomao, ¿qué sucede? —inquirió Yao, extrañada por su súbito cambio de actitud.

—Leed esto un momento. ¿Qué os parece? —sugirió Maomao, extendiendo el manuscrito sobre la mesa y señalando con la uña las líneas de tinta.

Le mostró las detalladas anotaciones a Yao, instándola a centrarse principalmente en los pasajes específicos relativos al rayo y el trueno.

—¿Eh...? ¿No resulta un tanto extraño? —balbuceó Yao tras leer las primeras líneas, arrugando el entrecejo a medida que escudriñaba con detenimiento la declaración oficial del hermano mayor.

—Enen, echa un vistazo tú también, por favor —pidió Maomao, reclamando la atención de su otra compañera—. ¿No encuentras algo anómalo? Si nos basamos en esto, el orden de los acontecimientos no concuerda.

A tenor de lo expuesto de viva voz por el primogénito, las anotaciones de Maomao rezaban: «Primero vio cómo se iluminaba el firmamento, luego doblaron las campanas y luego escuchó el trueno».

—¡Ah, y en este otro testimonio también ocurre algo similar...! —exclamó Yao, señalando el relato contiguo.

Según el testimonio del segundo de los hermanos, este dijo literalmente: «El cielo se iluminó al mismo tiempo que el tañido de las campanas, y acto seguido resonó un violento estrépito».

—En esto parece ser que coinciden. Eso sí, el tercero afirma que no sabe a qué hora doblaron las campanas del atardecer —observó Maomao, comparando los textos.

El hermano menor, en efecto, había declarado: «El tañido de las campanas no alcancé a percibirlo, pero calculo que sería por entonces. [...] Al iluminarse el cielo de improviso, [...] resonó aquel estampido. Me quedé un tanto ensimismado, pero a lo sumo transcurrirían unos cuatro o cinco segundos».

—¿Significa eso que el primogénito y el segundogénito están faltando a la verdad? —sugirió Yao, un tanto ofuscada por el rompecabezas.

—No, en absoluto —rebatió Maomao con presteza.

«Ya veo, conque se trata de eso», conjeturó en su fuero interno. La joven clavó una mirada cargada de respeto en el anciano Luomen. Sin perder en ningún momento su afable y serena expresión de maestro, este parecía aguardar con paciencia paternal a ver si las tres muchachas eran capaces de desentrañar el nudo del problema y dar con la solución por sí mismas.

—Al menos dos de ellos no están mintiendo... —añadió Maomao.

Eso era del todo seguro si daban crédito a las palabras que Lihaku les había brindado. Aunque en un principio daba la impresión de que aquel gran sabueso de la guardia no había tenido la menor ocasión de intervenir en el interrogatorio, lo cierto era que, gracias a su conocimiento, les había facilitado una información de lo más reveladora: los trillizos se aborrecían y jamás se encubrían los unos a los otros ante una falta grave.

Bajo esa sólida premisa, a excepción del único culpable que de verdad le había puesto la mano encima a la hermana de Boku, los otros dos carecían por completo de un motivo de peso para incurrir en peligrosas falsedades si se hallaban libres de culpa. Por consiguiente, si todos decían su propia verdad...

—Maomao, si tú ya lo has entendido, te ruego que nos lo expliques —solicitó Enen, rompiendo el tenso silencio de la estancia.

Maomao dirigió una mirada furtiva al viejo, quien le brindó una cálida sonrisa que parecía indicarle que procediera con la explicación. Ante tal invitación, se mostró resuelta a no errar en su respuesta. Exhaló un hondo suspiro para rebajar la tensión, adoptó una postura marcadamente analítica al tiempo que reposaba dos dedos sobre la frente, entornando los ojos en un ademán de profunda concentración, y ordenó sus ideas en silencio a fin de estructurar la explicación de la manera más inteligible para sus dos compañeras.

— Yao, Enen, ¿sabéis distinguir si un rayo ha caído cerca o lejos?

—Pues claro, si el trueno resuena inmediatamente después del destello...

Yao también poseía una inteligencia innata. A la mínima indicación o pista que se le ofreciera, era plenamente capaz de percatarse de la respuesta oculta.

—O sea, ¿que cuanto antes se perciba el sonido, más próximo se encontraba uno al lugar donde impactó el rayo? —dedujo la joven noble, cuyos ojos comenzaron a brillar con la emoción del descubrimiento.

El viejo Luomen asintió con su habitual parsimonia, complacido por la agudeza de sus pupilas.

—A ello cabe añadir que, a mayor intensidad del estrépito, más cerca se hallaba uno —apostilló Maomao, guiando la atención de sus compañeras de regreso al pergamino.

Conscientes de que sostenían la clave del misterio, procedieron a cotejar minuciosamente las tres declaraciones oficiales que descansaban sobre la mesa del consultorio. Yao fruncía el ceño, sumida en sus profundas reflexiones mientras repasaba las líneas de tinta.

—No termino de comprender la cronología de los hechos —confesó—. Dejando a un lado el estrépito del trueno, lo que verdaderamente me descoloca es el desfase temporal en el tañido de las campanas que describe cada uno.

Resultaba comprensible el motivo de su desconcierto, pues la acústica urbana no era una materia común de estudio. Sin embargo, Maomao planteó la cuestión física del siguiente modo:

—Si el trueno resuena y dicho sonido requiere de cierto tiempo para propagarse en función de la distancia, ¿no sería lógico que aconteciera lo propio con el tañido de las campanas?

Bajo esa premisa científica, se explicaba perfectamente la razón por la cual el estrépito celestial y el tañido civil se alternaban en el orden de percepción de cada testigo según el barrio en que se hallase. Y al aplicar dicho principio sobre el mapa de la capital, salía a la luz una insalvable anomalía en una sola de las declaraciones de los sospechosos.

—Se trata del segundogénito, ¿verdad? —intervino Yao, dando un respingo—. Si de verdad se hubiera encontrado en su residencia en el momento en que cayó el rayo anteayer, se produciría una flagrante contradicción.

Comprendiendo el razonamiento, Enen comprobó con la yema del dedo la disposición de las piezas de cerámica de color amarillo, rojo y azul oscuro que el viejo había alineado sobre el pergamino.

—A juzgar por las distancias aproximadas, si en verdad hubiera estado en su hogar, resultaría del todo anómalo que percibiera el tañido de las campanas casi al unísono con el destello del rayo.

La ubicación de las campanas centrales distaba considerablemente de la residencia septentrional donde el segundo de los hermanos sostenía haber pernoctado tras su cabalgata. Dado que dicho palacete se hallaba a una distancia periférica similar a la del pabellón donde se alojaban Maomao y las demás, el sonido del bronce debería haberle llegado con un retraso de varios segundos tras el resplandor de la tormenta. Pese a ello, si el oficial afirmaba con tanta insistencia haberlo escuchado casi simultáneamente, significaba que mentía sobre su ubicación, pero decía la verdad sobre lo que oyeron sus oídos.

—Por lo tanto, el emplazamiento real donde se hallaba oculto el segundogénito en ese instante... —murmuró Maomao, señalando el mapa.

No distaba demasiado, en realidad, del lugar donde permanecía depositada la pieza de cerámica roja en el centro de la urbe. Su testimonio respecto al rayo había sido minucioso, espontáneo y exento de falsedad calculada; y precisamente esa honestidad descriptiva sobre la naturaleza había propiciado su propia perdición. En resumidas cuentas, se trataba del mismísimo lugar del mercado donde la hermana de Boku había sido abordada y ultrajada por uno de los trillizos.

—...

El silencio se adueñó del consultorio médico. Las tres muchachas clavaron la mirada en el viejo, profundamente impresionadas y sobrecogidas por su genialidad. ¡¿Acaso el anciano eunuco había formulado las preguntas de los interrogatorios con este único e implacable propósito desde el principio?!

«¿A qué clase de mente prodigiosa se le ocurre valerse de la velocidad de propagación del sonido para verificar la ubicación exacta de un sospechoso?», se estremeció Maomao con admiración. Resultaba a todas luces una genialidad inconcebible. El implicado, sin sospechar en lo más mínimo que alguien en todo el Imperio pudiera reparar en semejante detalle científico, había respondido con total franqueza a lo relativo a la tormenta para dar verosimilitud a su relato.

—Bien, puesto que ya disponemos del acta debidamente redactada y certificada por el escribano, me presentaré ante el señor Boku provisto de este valioso elemento —anunció el viejo con un tono sereno—. Huelga decir que, aun con esto, cabe la alta posibilidad de que el orgullo del oficial intente buscar sutiles escapatorias legales a través de sus influyentes parientes.

Con un leve quejido de esfuerzo debido a sus achacas, el respetable viejo se incorporó despacio de su asiento de madera.

—Me pregunto por qué un hombre de semejante valía habrá terminado siendo eunuco... —susurró Yao de manera espontánea, conmovida por la injusticia de la historia.

Ante las compasivas palabras que a su compañera se le escaparon, y compartiendo plenamente el amargo sentimiento de pérdida, Maomao procedió a sostener con delicadeza el cuerpo de su viejo para facilitarle el paso y asegurar su andar con el bastón. Mientras cruzaban el umbral del dispensario, la boticaria guardaba el ferviente deseo de que aquellos desaprensivos militares recibieran por fin su merecido castigo: una sanción justa que esperaba que se extendiese, no solo al culpable segundogénito, sino a la totalidad de la soberbia estirpe de los hermanos.






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