
Jinshi constató con cierta melancolía que los días otoñales se habían vuelto ya considerablemente más cortos. Poder regresar a sus dependencias privadas antes de que el disco solar se ocultara por completo tras las altas murallas de la corte exterior resultaba un verdadero y reconfortante alivio para su cuerpo fatigado por las intrigas diarias.
—Con su permiso, me retiro por hoy —anunció Bashin, ofreciendo un marcial saludo.
El joven escolta también regresaba a su propio hogar para pasar la noche, pues la guardia nocturna y la ronda de los pasillos quedaban debidamente encomendadas a otros efectivos militares de retén. Tiempo atrás, en su exceso de celo y juventud, el muchacho de la estirpe de los Ma se emperraba en velar el sueño de su señor pernoctando en la antecámara del propio dormitorio; pero, a decir verdad, a Jinshi le agotaba en extremo tener a alguien pegado a sus talones las veinticuatro horas del día, por lo que, en cuanto pudo, insistió firmemente en prescindir de tal deferencia para gozar de un mínimo de intimidad.
Nada más acceder al umbral de su residencia privada, la fiel Suiren salió a su encuentro con su habitual presteza y una sonrisa maternal en el rostro arrugado.
—Bienvenido, señor. En primer lugar, la cena, ¿verdad?
—No, primero prefiero un baño... —respondió Jinshi, disponiéndose a corregir el orden de sus prioridades nocturnas.
Sin embargo, antes de terminar la frase, percibió con desconcierto que la atmósfera de su pabellón difería notablemente de la habitual. Aunque por lo común en los pebeteros se quemaba el incienso suave de madera de sándalo de su agrado, en esta ocasión flotaba por las galerías un aroma un tanto más dulce, penetrante y de un lujo cortesano inequívoco. Incluso entre la guardia que custodiaba el interior de las estancias privadas figuraban rostros serios y de porte imponente, distintos a los sirvientes de su dotación de costumbre.
—¿Tenemos visita? —inquirió con voz queda, intuyendo ya la respuesta.
—Así es. Le aguarda en el salón principal desde hace una hora —confirmó la anciana con una respetuosa inclinación.
Y tratándose de las dependencias personales de Jinshi, el abanico de posibles huéspedes que podían franquear tales controles de seguridad y esperar en su propio salón resultaba de lo más restringido. Mientras los guardias imperiales apostados a lo largo del pasillo se inclinaban con solemne sincronía a su paso, Jinshi se dirigió con paso firme hacia el salón de recepción. La augusta persona que había imaginado desde el primer instante se encontraba allí, relajándose a su antojo sobre los mullidos cojines de seda.
—¿No deberíais personaros hoy en el palacio interior, Majestad? —formuló Jinshi con un tono de suave reproche, a la par que realizaba una perfecta y honda reverencia ante el soberano de Li.
—Los funcionarios de la corte no hacen más que insistir últimamente, recomendándome nuevas consortes a todas horas —se lamentó el Emperador con un suspiro de hastío.
El imponente hombre de hermosa y cuidada barba leía un pliego de papel de arroz mientras inclinaba con parsimonia su copa de vino. Frente a él, sobre una mesa baja de sándalo, se disponía un tablero de go con las piezas a medio colocar. He aquí otra persona de alta dignidad que, al parecer, se había sumado sin remedio a la moda imperante que causaba furor en la capital.
—No hacen más que endosarme muchachas nobles bajo el interesado pretexto de que sus dotes físicas se ajustan con precisión a mis preferencias personales —continuó el soberano, dejando la copa a un lado.
En resumidas cuentas y sin necesidad de emplear rodeos diplomáticos, se refería a mujeres de busto generoso y caderas anchas. Jinshi lo conocía lo suficiente como para saber que el sabio gobernante de una nación jamás seleccionaría a una consorte real guiándose única y exclusivamente por tales atributos carnales. Por mucho que una dama fuera físicamente de su agrado, resultaría sumamente problemático que su elección no fuera la adecuada desde un prisma de equilibrios políticos entre las grandes facciones y clanes del imperio. Ese, y no la simple desgana, era el verdadero y pesado sentido de los inconvenientes a los que aludía apesadumbrado Su Majestad.
Sin embargo, ese no era el único motivo que turbaba la paz del monarca. Contaba ya en su corte con la Emperatriz Gyokujou, quien tras un meticuloso y estratégico ascenso político había dejado de ser una de las cuatro consortes principales para coronarse como la Emperatriz oficial, es decir, la indiscutible esposa principal del trono de Li. Para colmo de males diplomáticos, el padre de esta, el influyente y astuto Gyokuen, se encontraba actualmente de visita en la capital, vigilando de cerca los intereses de su estirpe.
—¿No será más bien que os inquieta sobremanera la severa mirada de vuestro suegro ante cualquier nuevo desliz conyugal? —aventuró Jinshi con un tono impregnado de una sutil ironía.
Al hallarse bajo el resguardo de la privacidad de las dependencias de Jinshi, lejos de los oídos de los espías de la corte, la conversación podía volverse un tanto más distendida y carente de las farragosas formalidades que asfixiaban el palacio exterior.
—En cualquier época, todo aquel que ciña la pesada corona de esta nación debe andar siempre con pies de plomo ante el parecer y las ambiciones de los demás —suspiró el Emperador, restándole importancia al reproche con una amarga sabiduría.
Su Majestad colocó una ficha de Go sobre la madera con un seco y aristocrático chasquido y, con la mano que le quedaba libre, le indicó mediante un ademán pausado que tomara asiento frente a él.
Esbozando una leve y cómplice sonrisa ante tal invitación, Jinshi se acomodó con elegancia en la silla dispuesta al otro lado del tablero de sándalo. Al bajar la mirada, constató que el cuenco de cerámica que tenía asignado frente a sí contenía las piezas negras, aquellas que, por derecho, debían abrir la contienda. El soberano, por su parte, dejó a un lado el escrito que había estado hojeando; huelga decir que se trataba del célebre y polémico manual de problemas del excéntrico estratega.
Suiren se aproximó con pasos imperceptibles para ofrecer una copa de vino también a Jinshi. El fluido que albergaba en su interior poseía una coloración tan rojiza, densa y profunda como la mismísima sangre real. Al traslucirse la luz de las velas a través del cristal transparente importado, Jinshi se deleitó unos instantes haciendo girar el líquido con suavidad, contemplando los reflejos purpúreos que se adherían a las paredes de la copa.
—El vino de uva que te sirven aquí tiene una acidez un tanto marcada para mi paladar —comentó el Emperador, saboreando el retrogusto.
—Está seleccionado conforme a mis preferencias personales, que tienden a rechazar los sabores excesivamente empalagosos —explicó Jinshi con calma.
—A mí tampoco me desagrada en absoluto este toque áspero, pero tengo entendido por los informes de la capital que últimamente lo que causa verdadero furor entre el vulgo son los destilados de fruta mucho más dulzones —comentó el monarca.
Al oír mencionar las bebidas excesivamente azucaradas, a Jinshi se le vino de improviso a la mente la mueca de absoluto e inequívoco desagrado que pondría Maomao ante tal idea, con su habitual desdén boticario hacia los licores mediocres. La vividez del recuerdo fue tal que sintió cómo un súbito y traicionero calor le encendía las mejillas; se sonrojó y el pulso se le aceleró de golpe, presa de un repentino nerviosismo que lo llevó a aferrar el tallo de su copa con demasiada firmeza por temor a que sus manos delataran su agitación.
—¿Ocurre algo? —inquirió el Emperador, enarcando una ceja con suspicacia.
—No, nada en absoluto —mintió apresuradamente.
Viendo que la comisura de sus labios amenazaba con curvarse en una delatadora sonrisa de añoranza, se apresuró a beber un sorbo del vino agrio para guardar las apariencias de frialdad imperial. El soberano lo contempló unos instantes con aire de profunda curiosidad y un brillo divertido en los ojos mientras mecía despacio su propia copa, aunque prefirió no indagar más en el asunto por el momento.
—Por cierto, aunque el fenómeno del Go parece eclipsar cualquier otra novedad en la corte, tengo entendido que las exóticas mercancías de ultramar están causando un verdadero furor en los mercados más selectos de la ciudad —comentó el Emperador, cambiando de tema.
—Así es, en efecto —asintió Jinshi, agradeciendo el oportuno cambio de tema y recuperando su habitual compostura.
Él también estaba perfectamente al tanto de aquella boyante coyuntura comercial. A raíz de la reciente e histórica visita de la Sacerdotisa del Oeste, se había registrado una notable y colorida afluencia de artículos foráneos que fascinaban a los nobles. A buen seguro que la exención temporal de ciertos aranceles portuarios, decretada para conmemorar dicha embajada, había contribuido de manera decisiva a llenar los mercados de sedas extranjeras, especias raras y cristalerías finas.
—De entre todos ellos, ¿conoces cuál es el artículo que goza de mayor aceptación? —inquirió el monarca, observando a su interlocutor con un brillo de complicidad.
—No. ¿De cuál se trata? —respondió Jinshi, mostrando una genuina curiosidad.
El Emperador esbozó una sonrisa pícara, que suavizó por un instante la severidad de sus facciones. Dado que sus pesadas obligaciones regias y el constante escrutinio de la corte le exigían mantener una tensión mental absoluta en su día a día, no resultaba inusual que se permitiera adoptar un semblante mucho más jovial y relajado cuando se encontraba bajo el amparo de la absoluta confianza de Jinshi.
—Dicen que el vino de uva.
—¿El vino de uva? —Jinshi ladeó la cabeza, dubitativo—. ¿Se refiere al de ultramar o al que se elabora en las regiones occidentales?
En los fértiles valles que rodeaban la capital del oeste, la tierra natal y feudo de la mismísima Emperatriz Gyokujou, el cultivo de la vid era de lo más próspero y reputado en todo el Imperio de Li. De hecho, el refinado y ligeramente ácido vino de uva que Jinshi sostenía entre sus propios dedos en ese preciso instante procedía de aquellas lejanas tierras de frontera.
—El que se produce en la capital del oeste y llega a nuestras mesas posee, en efecto, esta acidez tan característica y vigorizante, ¿verdad? Sin embargo, según se comenta con asombro en los mercados, los que llegan ahora en los navíos de ultramar albergan un dulzor sumamente pronunciado, carente de asperezas, y son de un paladar exquisito —explicó el soberano, acariciándose la cuidada barba.
—¿Tanta calidad atesoran los productores extranjeros como para superar a los nuestros? —inquirió Jinshi, escéptico.
Para comprobarlo de forma figurada, el joven se llevó la copa a los labios y paladeó el vino agrio con lentitud. El vino de la capital del oeste, si bien poseía esa marcada acidez que tanto desagradaba al monarca, no gozaba en absoluto de mal paladar para un conocedor. Con todo, el sabor amargo de la uva le trajo un recuerdo difuso; le pareció rememorar que Maomao había comentado en cierta ocasiónnque el vino, en condiciones óptimas de fermentación y almacenamiento, no tendría por qué resultar tan agrio al gusto. ¿Cuándo exactamente habría sido aquella revelación? A buen seguro que debió de acontecer a principios del año pasado, precisamente durante aquellas primeras y memorables semanas en las que ella, tras abandonar su puesto en el palacio interior, comenzó a prestarle sus servicios directos a él en la corte exterior.
De improviso, como si una terrible sospecha hubiera tomado forma en su mente, Jinshi detuvo el vaivén de su copa y su rostro recuperó una seriedad gélida.
—¿Estáis completamente seguro de que se trata de mercancía de ultramar y no de un burdo engaño, Majestad?
—El sabor, según me aseguran, difiere por completo... Yo aún no he tenido ocasión de catarlo, pero los ministros andan pregonando a los cuatro vientos lo delicioso y adictivo que resulta —respondió el soberano, extrañado por el súbito cambio de actitud de su anfitrión.
—En tal caso, si me permitís el atrevimiento, sugeriría que os abstuvierais por completo de probarlo, al menos por el momento —declaró Jinshi con firmeza.
Sin perder un segundo, dirigió una significativa mirada de soslayo a Suiren y, en cuanto la experimentada sirvienta se aproximó con presteza, le susurró unas breves y urgentes palabras al oído. La anciana criada asintió con gravedad, abandonó la estancia en el más absoluto silencio y regresó apenas unos instantes después portando un fardo de tela oscura que depositó con cuidado sobre la mesa de sándalo, junto al tablero de Go.
—¿Qué es esto que guardas con tanto celo, Jinshi? —preguntó el Emperador, intrigado mientras observaba el envoltorio.
Mientras el monarca se acariciaba la barba con curiosidad, Jinshi deshizo los nudos del lienzo para mostrarle el revelador contenido que ocultaba en su interior. Ante los ojos del soberano se hallaba una copa de metal opaco, de aspecto antiguo y factura extranjera.
—Es un obsequio que recibí tiempo atrás por parte de una delegación comercial. Si la memoria no me falla, fue a principios del año pasado —explicó Jinshi, mientras su mirada se perdía en el vacío, rememorando de pronto las intrigas que habían florecido con los primeros brotes de la primavera del año anterior.
—Sugiero que se abstenga de probar ese vino de uva —había advertido la huraña boticaria, expresándose con su habitual y cortante frialdad mientras recogía con parsimonia el servicio de mesa.
Aquel tenso episodio había acaecido justo en el preciso instante en que Jinshi, fatigado tras una larga jornada de intrigas palaciegas, se disponía a degustar el costoso licor tras la cena, habiéndolo vertido ya en su copa de metal labrado.
—¿Por qué motivo? ¿Acaso no has realizado la cata previa hace apenas un instante? —inquirió Jinshi, ladeando la cabeza con ademán dubitativo a la par que mecía el líquido con suavidad para liberar su aroma.
Hacía escasos días que la boticaria, tras verse envuelta en diversos altercados, había abandonado definitivamente el palacio interior para regresar de forma temporal a su humilde hogar en el barrio del placer. Deseoso de no perder su valioso talento y su agudo instinto para detectar conspiraciones, Jinshi la había contratado de inmediato como su sirvienta personal y catadora oficial de venenos bajo la promesa de unos generosos emolumentos que ella, dada su perpetua necesidad de costosos ingredientes medicinales, no había podido rechazar.
—En efecto, he realizado la cata. No considero que el vino albergue de por sí ninguna sustancia nociva. Si acaso, el único defecto apreciable es que presenta una acidez un tanto marcada, típica de una uva que no ha madurado bajo el sol adecuado —había explicado la joven, manteniendo la mirada baja.
Jinshi, cuyo refinado paladar rehuía los sabores empalagosos, sentía desde siempre una clara predilección por los licores con un punto de acidez antes que por aquellos puramente dulzones que tanto entusiasmaban a los cortesanos ociosos. A buen seguro que la experimentada Suiren, conocedora de sus más íntimos gustos culinarios, lo había dispuesto así para complacerlo tras el banquete; se trataba de un producto de gran valor procedente de las viñas de la lejana capital del oeste.
—En tal caso, si el vino es puro... ¿a qué vienen tantas prevenciones? —objetó él, impaciente.
—A pesar del buen estado del líquido, el inconveniente radica en el recipiente que ha elegido para beberlo —sentenció ella.
—¿Cómo? ¿En el recipiente? —Jinshi contempló con extrañeza la copa de metal que sostenía entre los dedos—. ¿Es que acaso alguna mano traidora ha impregnado el metal con algún veneno?
—No, en absoluto —negó Maomao, con un destello en sus grandes ojos.
—¿De qué se trata entonces? Habla sin rodeos.
—Con su permiso.
La boticaria le retiró la copa de las manos con una mezcla de firmeza y delicadeza profesional. El sutil y repentino roce de sus pequeños y ásperos dedos sobre la piel de Jinshi provocó en este un vuelco involuntario. Intentando disimular el súbito azoramiento que amenazaba con delatarlo, Jinshi contuvo el aliento mientras observaba cómo Maomao, ajena por completo a su turbación, continuaba con su examen.
Introduciendo con parsimonia un fino palillo de bambú en el vino purpúreo, extrajo una sola gota y se la llevó a la punta de la lengua con gesto concentrado. Tras saborearla durante unos agónicos segundos, abandonó la estancia con sigilo y paso rápido; a buen seguro, tal y como dictaba el manual de los catadores, pretendía escupir el líquido en un rincón seguro y enjuagarse la boca con agua limpia para no alterar sus sentidos. Al regresar de inmediato al salón, trajo consigo la pesada botella de cerámica que contenía el resto del vino de uva importado.
—Se ha convertido en veneno —sentenció la boticaria, pronunciando aquellas crípticas y alarmantes palabras con una absoluta y gélida seriedad.
—¡¿Qué dices?! —exclamó Jinshi. A pesar de sus conocimientos, no lograba comprender el fenómeno físico al que aludía la muchacha.
—El trago que he catado presentaba un dulzor algo más acentuado en comparación con el resto de la botella. A medida que se continúe empleando este recipiente, dicho dulzor irá en aumento. En el paladar resulta dulce y agradable, pero sus componentes son altamente nocivos.
—No termino de captar el sentido de tus palabras, ¿me permites exponer mi propio parecer al respecto? —sugirió Jinshi, tratando de aplicar la lógica a un terreno que le resultaba ajeno.
—Proceda —asintió la boticaria con una leve inclinación de cabeza, sin mudar el gesto imperturbable de su rostro.
—¿Quieres decir que ninguno de los dos componentes es nocivo por separado, pero que, al combinarse, se convierten en veneno mortal?
Ante la deducción expuesta por Jinshi, las comisuras de los labios de la joven se curvaron en una leve y casi imperceptible sonrisa de aprobación. Aquel gesto, aunque sumamente sutil, infundió en el noble la grata certeza de haber acertado en su razonamiento.
—Ciertos metales poseen la propiedad de disolverse al entrar en contacto con sustancias de marcada acidez —desgranó Maomao—. Este recipiente en particular debe de estar fabricado con una aleación rica en plomo. Según se dice, al combinar el plomo con un vino de uva agrio, el metal se disuelve y la sustancia resultante endulza el líquido. He oído comentar que en las lejanas regiones occidentales se solía añadir plomo de manera deliberada al vino de uva de baja calidad con el único propósito de dulcificarlo para su venta. Y que, curiosamente, el porcentaje de personas de la alta sociedad que sufrían síntomas de intoxicación crónica tras ingerirlo de forma habitual era sumamente elevado en esas tierras. No deja de ser una tesis teórica de mi padre adoptivo, pero considero muy probable que dicha práctica fuera la causante de los envenenamientos.
El padre adoptivo de la muchacha, un antiguo médico de la corte que ahora residía en el humilde barrio del placer, era un facultativo de una valía verdaderamente extraordinaria y una agudeza fuera de lo común. Según el testimonio de la propia joven, aquel hombre pertenecía a esa rara clase de sabios que, con solo examinar un exiguo indicio o un síntoma aislado, son capaces de deducir con pasmosa exactitud el conjunto de una patología o una conspiración.
—...
Sumido en un profundo y tenso silencio, Jinshi depositó la copa de plomo con una delicadeza que rozaba el temor sobre la mesa de sándalo.
—Ignoro si su consumo aislado en una o dos ocasiones desencadenaría síntomas agudos de intoxicación en un hombre fuerte, pero su ingesta consuetudinaria resultaría del todo peligrosa —añadió la boticaria.
Fiel a su rigurosor profesional, Maomao no llegó a afirmarlo de manera categórica. Evitar las aseveraciones absolutas fundamentadas en meras conjeturas o hipótesis científicas no contrastadas constituía un rasgo de prudencia muy característico de la joven, quien prefería siempre la certeza empírica a la especulación.
—En el supuesto de que se trate de un veneno, ¿qué cuadro clínico estimas que presentaría el afectado con el paso del tiempo? —inquirió Jinshi con el ceño fruncido, consciente del peligro que acechaba a la corte.
Ante la seria interpelación de su señor, la boticaria reflexionó en silencio por un instante, uniendo las yemas de sus dedos mientras ordenaba sus conocimientos médicos.
—¿Recuerda el asunto del polvo de maquillaje blanco envenenado que casi le cuesta la vida a las consortes e infantes en el palacio interior?
—Desde luego. Sería del todo imposible olvidarlo —respondió Jinshi, a quien se le heló la sangre al recordar la gravedad de la consorte Lihua por culpa de aquel cosmético.
—Tengo entendido que dicho cosmético se elaboraba añadiendo vinagre al plomo —explicó ella con voz sombría.
En resumidas cuentas, de consumirse aquel vino dulcificado de forma regular, en el cuerpo de la víctima se manifestarían unos síntomas debilitantes y dolorosos análogos a los del envenenamiento por polvo de maquillaje. Jinshi lo comprendió perfectamente y un escalofrío recorrió su espalda al percatarse de la sofisticación de semejante método.
—En lo tocante a la persona que le instruyó sobre este modo de consumir el vino de uva, estimo prudente indagar bajo qué condiciones lo ingiere para sí mismo en su vida privada —aconsejó Maomao, clavando en él sus agudos ojos.
Si tras las investigaciones pertinentes resultaba que esta persona también tomaba habitualmente el vino agrio en copa de plomo, significaría que había aconsejado a Jinshi de buena fe, simplemente ignorando los efectos nocivos del metal. De lo contrario, si el oferente evitaba para sí tal vajilla utilizando en su lugar copas de plata o cerámica, cabía la espantosa posibilidad de que mediara una aviesa y silenciosa intención de magnicidio.
Debido a su verdadera identidad y su cercanía al trono, Jinshi había sido objeto de crueles atentados contra su vida en reiteradas ocasiones desde su más tierna infancia. En esta ocasión, ante la sutileza de una ponzoña invisible que no dejaba rastro inmediato, resultaba imperativo esclarecer a la mayor brevedad con qué propósito exacto y de qué manera había procedido su distinguido interlocutor de la corte exterior.
—¿Me permitiría añadir un último detalle sobre el vino, señor? —inquirió la boticaria, rompiendo el breve silencio que se había instalado en la estancia.
—¿De qué se trata?
La joven clavó su inquisitiva mirada en el oscuro vino de uva que aún permanecía en el interior de la pesada botella de cerámica, aquel que afortunadamente no había sido vertido en la copa.
—Señor Jinshi, usted asume desde un principio que la acidez de este vino de uva obedece a su región de procedencia... —comentó, al tiempo que tomaba el recipiente y lo agitaba levemente para observar la consistencia del líquido—. No obstante, considero mucho más probable que el licor simplemente haya empezado a acedarse y a perder sus propiedades originales debido a las precarias condiciones de una prolongada y descuidada travesía por las rutas del Imperio.
—...
Aquellas palabras cayeron como un jarro de agua fría sobre el orgullo del joven noble. En resumidas cuentas, la implacable muchacha pretendía darle a entender que el sabor del que disfrutaba habitualmente y que él consideraba una muestra de su paladar selecto no era sino el resultado de consumir un artículo defectuoso y en incipiente estado de descomposición.
—El producto original cosechado en los viñedos de la capital del oeste debe de ser, sin duda, de una calidad excelente en el momento de su embotellado —prosiguió Maomao—. Con todo, si se esmeraran un tanto más en los métodos de conservación durante el transporte, el vino no sufriría semejante alteración.
La distancia que separaba la capital del imperio de las provincias occidentales era considerable, requiriendo semanas de duro tránsito a lomos de carromatos. Y, por si las dificultades del accidentado relieve no fueran suficientes, el trayecto a través de las llanuras solía ser extremadamente caluroso, un factor que aceleraba de forma inevitable la fermentación y avinagramiento de cualquier líquido mal protegido.
—Pues... A mí me sigue pareciendo que este vino posee un paladar excelente y muy distinguido —replicó Jinshi, cruzándose de brazos con un mohín de sutil terquedad infantil.
Ante el gesto dubitativo y visiblemente contrariado del noble, Maomao entornó los ojos y lo contempló con condescendencia.
—Según tengo entendido, cuando el cuerpo se halla exhausto, las papilas gustativas se embotan de manera temporal y se mitiga notablemente la percepción de la acidez en la lengua —sentenció la joven con total naturalidad—, de modo que...
—...
«¡Qué muchacha tan insolente!», pensó Jinshi para sus adentros, sintiendo cómo se le encendían las mejillas de pura frustración ante la aplastante lógica de su catadora.
—Mis preferencias personales se decantan siempre por los licores de un perfil mucho más seco, libre de las impurezas que causa el calor del camino —añadió la boticaria con total desparpajo.
Resultaba inaudito que la encargada de realizar la cata de venenos se permitiera el lujo de plantear sus propias exigencias ante su señor. Por desgracia para sus pretensiones, Jinshi se obstinaba en sostener con orgullo que su predilección por aquellos sabores ásperos y ácidos venía de antiguo, arraigada en su propio paladar desde la adolescencia. O, al menos, eso era lo que él quería creer firmemente.
—Seguiré tomando vino de uva durante una temporada —declaró Jinshi, buscando la complicidad de su anciana sirvienta.
—Entendido, señor. Así se hará sin falta —asintió Suiren al instante con una respetuosa inclinación.
Dado que la anciana gobernanta accedió de excelente grado a los caprichos de Jinshi, la boticaria no pudo evitar poner una indisimulable mueca de desagrado, frunciendo la nariz con fastidio antes de retirarse en silencio con la bandeja vacía.
—Vaya, no tenía constancia de que hubiera acontecido semejante episodio —comentó Su Majestad, apurando el último resto de su copa con semblante reflexivo.
A un lado del tablero de Go, sin que Jinshi se hubiera percatado de en qué preciso momento lo había dispuesto con su habitual discreción, se hallaba ahora un plato de fina porcelana con una exquisita repostería recién horneada que Suiren había preparado con esmero. Al mismo tiempo, el contenido de la copa de Jinshi, que había mermado sutilmente durante la charla, fue colmado de nuevo por completo por las atentas manos de la anciana sirvienta.
—Hmm... En tal caso, si consideramos válidas las deducciones de tu perspicaz catadora, ese vino dulce que circula ahora con tanta alegría por los mercados de la ciudad... —murmuró el soberano, dejando la frase en el aire con evidente preocupación.
—Con total seguridad, Majestad, se tratará de un artículo que se ha echado a perder durante el viaje o, en el peor de los casos, de una burda falsificación —aseguró Jinshi con gravedad.
Se trataba, supuestamente, de vino de uva transportado desde los lejanos reinos de ultramar. A buen seguro que la travesía marítima y terrestre habría requerido un lapso de tiempo muy superior al del ya de por sí accidentado trayecto desde la capital del oeste. Bajo tales contingencias y expuestos a los cambios térmicos de las bodegas de los barcos, resultaría harto difícil preservar una calidad homogénea. Sumado a esto, si el volumen de importación era tan elevado como para que alcanzara a distribuirse a bajo precio entre el vulgo en las tabernas de la capital, la proliferación de género defectuoso resultaba del todo inevitable.
Si a pesar de haberse estropeado en el camino presentaba un paladar sorprendentemente dulce y agradable, significaba sin asomo de duda que el licor había sido procesado de manera artificial para enmascarar su acidez. De ser así, lo que circulaba libremente por las calles de la capital no sería otra cosa que vino envenenado, una invisible amenaza para la salud de los súbditos.
Por otra parte, existía una segunda y no menos grave posibilidad: si algún comerciante sin escrúpulos estuviera elaborando vino de uva local, de baja calidad, haciéndolo pasar fraudulentamente por valiosa mercancía de ultramar, aquello constituiría una estafa fiscal en toda regla contra el erario público. Los artículos foráneos estaban estrictamente sujetos a elevados aranceles por el mero hecho de su procedencia extranjera. Aun habiéndose decretado una exención temporal por la visita de la Sacerdotisa del Oeste, entre los costes de flete de los navíos y el valor añadido derivado de su escasez, su precio en el mercado de la ciudad debería duplicar con creces al del producto de la capital del oeste; que se vendiera barato y en grandes cantidades resultaba del todo sospechoso.
Cabía, por supuesto, la remota posibilidad de que por un milagroso azar del destino se tratase de una remesa de vino de ultramar de excelente calidad que hubiera soportado el viaje sin alterarse lo más mínimo, pero las probabilidades matemáticas eran ínfimas. Un gobernante previsor no podía dejar la salud del Imperio en manos de la fortuna.
—Estimo que sería prudente iniciar una pequeña indagación al respecto —sugirió Jinshi, buscando la aprobación del monarca.
Para acompañar sus palabras y rebajar la tensión, tomó con delicadeza una de las piezas de repostería del plato. Presentaba una masa esponjosa y de un aspecto de lo más singular, con trozos de frutos secos y pasas perfectamente integrados en su interior, dorada al horno. Desprendía, además, un sutil y embriagador aroma a alcohol destilado. Al propinarle un pequeño mordisco, el dulce se desinfló suavemente entre sus labios, revelando una textura tierna, húmeda y un paladar delicadamente dulce que contrastaba con la acidez del vino de uva.
A buen seguro que la experimentada Suiren estaba al tanto de la venida de Su Majestad a las dependencias privadas mucho antes de que este cruzara el umbral. Al fin y al cabo, además de haber sido la nodriza de Jinshi durante su infancia, la anciana también lo había sido del propio soberano en sus años de príncipe heredero, conociendo al detalle las debilidades culinarias de ambos. Parecía evidente que su sutil propósito al hornear este dulce era agasajar al Emperador, disponiendo tan singular y nostálgico bocado para su deleite personal en un ambiente de familiaridad.
El Emperador, reconociendo el toque de su antigua nodriza, no se hizo de rogar y se llevó una de las porciones directamente a la boca. El dulce debió de ser enteramente de su agrado, pues en cuanto terminó de dar cuenta de la esponjosa pieza con un gesto de satisfacción, la acompañó con un generoso trago del vino de uva que le acababan de escanciar, relajando por fin los hombros tras la tensa jornada de audiencias.
—¿Qué te parece si disputamos una partida después de tanto tiempo? La última vez que jugamos fue justo antes de que ingresaras en el palacio interior, ¿no es así? —propuso el Emperador con una media sonrisa cargada de recuerdos compartidos.
El soberano se acarició la cuidada barba con parsimonia para sacudirse las pocas migas de repostería que habían quedado en ella y, con la mano que le quedaba libre, tomó una de las pulidas fichas negras. La sostuvo entre los dedos unos instantes antes de depositarla de nuevo en el cuenco de cerámica.
Cuando Jinshi contaba con solo trece años de edad, el anterior Emperador, que era el padre de ambos, falleció dejando un vacío de poder que amenazaba con desestabilizar la corte. Ese mismo año, tras ser investido oficialmente como el nuevo Príncipe Heredero en una pomposa ceremonia, Jinshi, abrumado por el peso de un destino que no había elegido, le propuso a Su Majestad disputar una partida de Go para decidir su futuro.
—Desde entonces, no he dejado de pensar en lo que me dijiste: «Las apuestas en el Go no traen nada bueno» —rememoró el monarca.
—A estas alturas, ya no hay marcha atrás... —respondió Jinshi con un tono teñido de melancolía.
Jugando con maestría aquella mítica tarde con las piezas negras, Jinshi derrotó sin paliativos al soberano sobre el tapiz. Y acto seguido, amparándose en el pacto de honor que habían sellado antes de colocar la primera ficha, le imploró con lágrimas en los ojos una recompensa inusual.
—De haberme pedido en aquel instante el mismísimo trono imperial como premio a tu victoria, te lo habría cedido con el transcurso del tiempo sin oponer la menor resistencia —admitió el Emperador, contemplándolo con afecto paternal.
—No lo quiero —replicó Jinshi con contundencia.
En aquella época de su adolescencia, había pataleado y suplicado como un niño desamparado, asegurando con total firmeza que no deseaba convertirse en el Príncipe Heredero bajo ningún concepto, pues aborrecía la jaula de oro de la política oficial. No obstante, por aquel entonces, el actual Emperador no tenía descendencia directa que pudiera heredar la corona; sus primeros vástagos masculinos habían fallecido trágicamente tiempo atrás debido a las intrigas de la corte, y en el linaje imperial no quedaba ningún otro hijo vivo del anterior Emperador que pudiera salvaguardar la dinastía.
Como resultado y para respetar el deseo del joven sin desproteger el trono, ambos optaron por diseñar un arriesgado plan y crearle una doble identidad. Jinshi ingresaría en el palacio interior bajo la apariencia de un refinado eunuco de alto rango, asumiendo la tarea de supervisar el harén y buscar activamente consortes fértiles para el Emperador, alejándose así del escrutinio público mientras el monarca intentaba engendrar un heredero directo.
—Jamás he lamentado tanto una derrota en el Go como aquella vez —confesó el soberano, esbozando una mueca de resignación.
—No exageréis, Majestad. Al final, el destino ha sido benévolo con todos nosotros —le pidió Jinshi, tratando de restar dramatismo al recuerdo.
El actual Emperador adoraba con devoción al actual Príncipe Heredero, el robusto y sano hijo que finalmente había tenido con la Emperatriz Gyokujou, y también sentía un profundo amor por la pequeña princesa Lingli. A estas alturas, no tenía ningún sentido que Jinshi recuperara su condición de Príncipe Heredero. De hacerlo, no se conseguiría otra cosa que sembrar la semilla de la discordia entre los clanes y dividir a la corte. Su propia existencia no debía convertirse jamás en el involuntario detonante de una cruenta guerra civil por la sucesión y, al mismo tiempo, resultaba imperativo para él moverse con pies de plomo y esquivar cualquier chispa de intriga que pudiera saltar a su alrededor.
—Majestad... ¿Me permitiríais formularos una petición de carácter personal? —inquirió Jinshi, suavizando el tono.
—¿Qué aviesas intenciones tramas ahora en esa mente tuya? —bromeó el Emperador, entornando los ojos—. Ya te he advertido que no pienso volver a apostar ninguna corona sobre este tablero.
—No se trata de nada del otro mundo, os lo aseguro. Es una petición de lo más inocente.
Jinshi asió con suavidad el cuenco que contenía las piezas negras, dispuesto a iniciar la partida. Sin embargo, el soberano parecía extrañamente reacio a soltarlo, pues en su fuero interno también deseaba jugar con ellas para resarcirse de su antigua derrota.
—Querría saber si podrías prestarme a vuestro instructor personal de Go durante una breve temporada.
Ante la petición de Jinshi, y no sin albergar cierto recelo sobre el uso que le daría a su maestro, el Emperador soltó finalmente el cuenco de cerámica, permitiendo que su oponente tomara las riendas del juego.
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