
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8
Nota de la autora: Este capítulo va de insectos. Lo siento si eres aprensivo.
Baryou, hijo de Gaoshun y hermano mayor de Bashin, a pesar de pertenecer al clan Ma, una estirpe que había engrosado las filas de la milicia con numerosos guerreros, poseía un talento innato para las letras más que para las armas. Por expresarlo con mayor propiedad, carecía por completo de las aptitudes físicas y del temperamento requeridos para las disciplinas marciales. Fue por tal motivo que la honrosa responsabilidad de ejercer como escolta personal y asistente de Jinshi había recaído, en última instancia, sobre los hombros de su hermano menor, Bashin.
En lo concerniente a Baryou, se dispuso por lo pronto que asumiera de forma provisional las funciones de la cancillería de Jinshi, delegándole la totalidad de las tareas administrativas y el filtrado de legajos. Con las espaldas cubiertas en el palacio, el joven noble optó por emprender de inmediato el viaje de inspección hacia las llanuras occidentales, asoladas por la hambruna latente.
—¿Se las apañará bien Baryou? —inquirió Jinshi, rompiendo el silencio que gobernaba el habitáculo.
—Sí, confío en que no habrá inconveniente —respondió su interlocutor con un hilo de voz.
Llevaban ya jornada y media de ininterrumpido traqueteo a bordo del carruaje oficial. Con el firme y apremiante propósito de concluir la misión evaluadora a la mayor brevedad posible, la comitiva había ido reemplazando los caballos de tiro en cada posta del camino y dispuesto mudas de refresco para los cocheros a fin de no detener la marcha ni durante las vigilias. Aun con tales premisas de ligereza, al carruaje le acompañaba una escolta armada compuesta por una decena de subordinados de absoluta confianza.
Considerando el altísimo rango político y dinástico que ostentaba Jinshi, se trataba de una comitiva en extremo exigua para un desplazamiento de tal envergadura por las provincias. Sin embargo, movilizar un contingente militar de mayor entidad habría dilatado de forma alarmante los tiempos de marcha. Su prioridad absoluta consistía en evaluar sobre el terreno la gravedad de la plaga de langostas cuanto antes, por lo que impuso su criterio logístico a toda costa, desoyendo los protocolos habituales de seguridad.
Por ende, el noble se había tomado ciertas licencias heterodoxas en la selección del personal que debía acompañarlo en el interior de la cabina. En ese preciso instante, a su flanco no se hallaba el joven e impetuoso Bashin, sino el experimentado Gaoshun. El menor de los hermanos cabalgaba en el exterior, expuesto a los elementos, desempeñando con celo sus funciones de protección perimetral a lomos de su montura.
Jinshi lamentaba en cierto modo obrar de manera tan utilitaria con el muchacho, pero era una realidad innegable que Gaoshun seguía mostrándose infinitamente más diestro, sagaz y templado en calidad de asistente de campo. Para sumarlo a la expedición, se lo había tomado prestado temporalmente al mismísimo Emperador, una maniobra que entrañaba asimismo cierto sutil ánimo de revancha, habida cuenta de que Su Majestad se valía con frecuencia del leal sirviente para aligerar sus propias e imperiales cargas de oficina.
—Tengo entendido que tu hijo mayor siempre ha sido de una constitución enfermiza y delicada —comentó Jinshi, frunciendo levemente el entrecejo—. Me constaba que guardaba reposo en su residencia a causa de una dolencia que lo apartó del servicio.
Aun conociendo tales antecedentes, había sido el propio Jinshi quien insistió en reclutarlo para la criba de documentos. Si la salud del joven burócrata volvía a resentirse bajo la presión de la cancillería, no podría evitar albergar un amargo cargo de conciencia.
—Bueno, cuando en el clan Ma nos referimos a su dolencia, aludimos en realidad a su afección habitual —aclaró Gaoshun con semblante imperturbable.
—¿Cómo, habitual?
—En efecto. En esa última ocasión, al parecer no congeniaba en absoluto con el temperamento de su superior inmediato en el ministerio, lo que acabó por provocarle una severa úlcera estomacal debido a las tensiones. Tras sufrir una copiosa hematemesis (NT: Vómito de sangre.) sobre el escritorio de dicho superior, fue trasladado de urgencia a la enfermería y, acto seguido, presentó la dimisión. De esto hará unos tres meses.
Aquello no sonaba en absoluto a que la salud mental del primogénito marchara por el buen camino. Jinshi recordó entonces que, desde los días de su juventud, el hermano mayor de Bashin se mostraba esquivo con las relaciones sociales y que, cada vez que las necesidades del linaje lo obligaban a tratar con individuos de temperamento incompatible o autoritario, padecía de violentos desarreglos intestinales.
Adivinando el semblante de zozobra y la sombra de duda que nublaban las facciones de Jinshi, Gaoshun añadió una precisión para infundirle tranquilidad:
—He dispuesto que mi otra hija, su hermana, le asista de manera continua en sus funciones de despacho. Dado que el menor de sus bebés ya ha alcanzado la edad suficiente, ella manifestaba deseos de reincorporarse a la actividad laboral.
—En ese caso... supongo que no habrá de qué preocuparse, ¿verdad? —aventuró el noble, intentando convencerse a sí mismo.
La hija de Gaoshun, hermana mayor de Bashin y Baryou, era ya madre de dos hijos y una mujer de armas tomar, de un carácter firme, inflexible y dominante que la hacía muy semejante a la propia esposa de Gaoshun. Al pensarlo, Jinshi no pudo evitar plantearse, con una sutil mezcla de ironía y lástima, si la presencia de una hermana de temperamento tan severo en el despacho no terminaría por agravar, en lugar de mitigar, el perenne estrés gástrico del desdichado Baryou.
—Ya se divisa el asentamiento en el horizonte —comentó Gaoshun con su habitual tono medido, mientras apartaba ligeramente el cortinaje de seda y asomaba la mirada por la ventanilla del carruaje.
Jinshi imitó su gesto y contempló el exterior, deseoso de contrastar los informes oficiales con la realidad del terreno. En mitad de un apacible y antaño próspero paisaje rural, se recortaba una aldea solitaria que parecía haber perdido toda vitalidad. Entre la desolada hilera de viviendas modestas, construidas con adobe y paja, destacaba al fondo una residencia de grandes dimensiones y tejado de tejas oscuras, inequívoca señal de riqueza en las provincias.
—¿Es aquella la hacienda principal? —preguntó.
—Sí. Nos dirigiremos directamente a la casa del jefe de la aldea, ¿le parece bien?
—No, antes de eso... ¿Podrías hacer que Lihaku se acerque?
Lihaku era un oficial militar de rango medio que desprendía cierto aire de perro fiel, rústico pero inquebrantable. A diferencia de la mayoría de los burócratas de la corte exterior, el soldado no se mostraba en absoluto cohibido ni temeroso ante la augusta presencia de Jinshi. Dado su carácter extravertido, resuelto y su conocimiento de la vida fuera de los muros de la capital, resultaba un activo de lo más útil para calibrar el descontento popular. Precisamente por esa perspicacia pragmática, el noble lo había seleccionado nominalmente para que formara parte de la escolta de la expedición.
—Entendido —asintió Gaoshun.
El veterano asesor llamó a Lihaku discretamente a través de la ventanilla. Habría sido más rápido y directo que el propio Jinshi lo convocara a viva voz, pero las estrictas normas de protocolo y seguridad dictaban que no debía dejarse ver demasiado en público. Una vez fuera del carruaje, tenía previsto cubrirse el rostro con un espeso embozo de seda. Semejante indumentaria resultaría sospechosa y llamativa en mitad del campo, pero esgrimiendo el nombre y las credenciales oficiales de Gaoshun como enviado imperial, el jefe de la aldea no osaría indagar en demasía ni cuestionar la identidad del misterioso acompañante.
—¿Qué se le ofrece, señor Jinshi?
Lihaku se introdujo con una asombrosa agilidad en el carruaje en marcha, acomodando su robusta constitución en el espacio restante. Este hombre, que conocía la verdadera valía de Jinshi desde sus días en que este fingía ser un eunuco regente en el palacio interior, no empleaba los rodeos cortesanos ni las elaboradas fórmulas de sumisión de otros oficiales, sino que se dirigía a él directamente por su nombre, manteniendo una llaneza que Jinshi, en el fondo, agradecía.
El verdadero propósito del noble al convocarlo era buscar un contrapeso a su propia mirada. Jinshi sabía que su educación palaciega lo incapacitaba para entender los sutiles matices de la vida rural, y necesitaba los ojos de alguien que comprendiera el campo no a través de fríos censos, sino de la experiencia compartida.
—Tú procedes de las provincias, ¿verdad? Al contemplar esta aldea, ¿qué impresión te causa?
—Por más que me lo pregunte... —vaciló el soldado, rascándose la nuca antes de observar el panorama por la abertura de la tela.
—Para tratarse de un simple asentamiento agrícola, las viviendas presentan una estructura de madera bastante sólida —observó Jinshi, compartiendo sus propias deducciones—. A ojos de las altas esferas de la capital podrán parecer humildes chozas, pero están bien edificadas, lo que demuestra que esta región gozaba de gran prosperidad antes de la crisis. Con todo, observando la textura de las maderas y el color del entorno, da la impresión de que los estragos de la plaga de langostas han sido de una gravedad considerable.
—Recuerdo que mi abuelo me comentó en una ocasión, durante una hambruna en mi tierra natal, que cuando el enjambre es lo bastante denso, las langostas no se limitan a devorar las hojas y las cosechas verdes. La desesperación las vuelve locas y son capaces de roer hasta los pilares de las casas y los ropajes.
Aquella advertencia arrojó luz sobre las dudas de Jinshi: el motivo por el cual le habían parecido tan destartaladas e inestables aquellas sólidas edificaciones era que los pilares exteriores se encontraban llamativamente desgastados y carcomidos por las mandíbulas de millones de insectos. De ahí que todo el complejo ofreciera un aspecto tan ruinoso y fantasmal a pesar de la solidez de su arquitectura original.
—Según los informes recibidos, el único grano que se ha salvado del desastre es el que ya se había recolectado de forma temprana y se hallaba a buen recaudo en los graneros.
—Es una historia terrible, de esas que hacen que a uno le estalle la cabeza de solo pensar en el invierno —comentó Lihaku con el rostro desencajado por la empatía hacia los campesinos.
—Por fortuna, si es que cabe hablar de fortuna en mitad de una desgracia, al menos el azote ha sucedido en esta época concreta del año —añadió Jinshi, buscando un resquicio de optimismo técnico en la catástrofe.
De haber coincidido el enjambre con la recolección general del trigo en el norte, los daños habrían provocado una hambruna dinástica de proporciones incalculables; o bien, si se hubiera producido más al sur, en las regiones de arrozales continuos donde no hay barreras naturales, el peligro de propagación habría sido extremo.
—Desde aquí no se aprecia bien por la velocidad del carruaje, pero el suelo de los caminos está plagado de insectos muertos, aplastados por las carretas —señaló el militar—. Teniendo en cuenta que los oficiales locales se habían preparado de antemano las medidas de exterminio, cabe decir que, aun con todo, las pérdidas definitivas han sido mínimas en comparación con lo que pudo haber sido. El plan funcionó, señor.
Lihaku sacudió la cabeza con resignación al tiempo que exhalaba un profundo suspiro de alivio. Su actitud desenfadada adolecía de cierta falta de la estricta deferencia que se exigía ante un miembro de la estirpe imperial; pero como era un hombre que, en el fondo, sabía guardar las distancias en los momentos críticos y poseía una lealtad a prueba de fuego, Jinshi decidió pasarlo por alto. Gaoshun tampoco hizo objeción alguna al tono del oficial. De haber sido el impetuoso Bashin quien presenciara semejante familiaridad hacia Jinshi, ya se le habría echado al cuello al soldado con el acero desenvainado para exigir respeto.
—Bueno, con su permiso, yo me retiro ya —anunció Lihaku, asomándose al exterior—. Si me demoro un instante más aquí dentro, me ganaré una buena reprimenda del señor Bashin.
Antes de que el soldado tuviera tiempo de abrir la portezuela y saltar a tierra, el carruaje detuvo su marcha con un leve vaivén. Al parecer, la comitiva había arribado por fin frente a los muros de la residencia del jefe de la aldea. Aquel hombre de aire canino y maneras directas abandonó el coche a toda prisa, fundiéndose de inmediato con el resto de la guardia. Mientras tanto, Jinshi procedió a cubrirse el rostro de forma minuciosa con el espeso embozo de seda y, manteniendo una postura erguida pero discreta, descendió del carruaje.
La casa del regidor rural presentaba los pilares de madera y el tejado de tejas oscuras un tanto corroídos por el reciente azote de los insectos, pero aun así conservaba un porte de lo más imponente que contrastaba con la miseria de los alrededores. Jinshi constató la naturaleza de aquella riqueza provincial al reparar en la expresión de sutil burla que exhibía Lihaku, quien observaba la edificación con los brazos cruzados y la perspicacia propia de quien conoce los abusos de los terratenientes.
—Más que una casa, diríase que es una mansión —comentó Lihaku por lo bajo.
No en vano el soldado se tomaba la molestia de recalcar la opulencia del lugar con sus palabras. Alrededor de la propiedad discurrían unos cuidados canales de agua de sillería, y en mitad del jardín principal se abría un estanque ornamental que reflejaba el cielo grisáceo. Ofrecía un diseño arquitectónico de lo más refinado y costoso, si bien la absoluta ausencia de vegetación circundante, devorada por la plaga, le confería al conjunto un aspecto desolador. Resultaba un sistema hidráulico un tanto sofisticado y suntuoso para tratarse de un mero depósito de agua destinado al riego de los arrozales vecinos, sugiriendo un desvío de recursos públicos, pero Jinshi prefirió guardar un prudente silencio al respecto por el momento.
Adoptando el papel de un mero subordinado o de un secretario de bajo rango, se posicionó a la espalda de Gaoshun, permitiendo que el veterano asesor asumiera todo el protagonismo oficial de la delegación. El jefe de la aldea, frotándose las manos con una actitud exageradamente servil y afectada, se inclinó profundamente ante Gaoshun. Mientras deshacía en reverencias y halagos, no podía evitar dirigir miradas furtivas llenas de recelo y curiosidad hacia la figura de Jinshi, aquel misterioso acompañante embozado que permanecía mudo a la sombra del enviado.
El interior de la vivienda también resultaba a todas luces opulento y desmedido para pertenecer al regidor de un asentamiento de labriegos, con maderas nobles pulidas y decoraciones que delataban una fortuna mal habida a expensas de los tributos. Oculto tras la seda, Jinshi iba sopesando la situación política de la comarca mientras prestaba oído atento a los comentarios mordaces que Lihaku vertía a su lado. A pesar de su apariencia simple y sus modales de cuartel, el oficial militar poseía una gran agudeza para desentrañar la corrupción y las dinámicas del pueblo.
—Sígame por aquí, por favor.
Fueron conducidos a través de un pasillo hacia una estancia espaciosa donde se había dispuesto un generoso banquete sobre mesas lacadas. A ojos de Jinshi, hastiado como estaba de los refinados manjares y exóticos platos del palacio imperial, aquellos alimentos bien podrían tildarse de frugales y sencillos. Ahora bien, en el trágico contexto de un asentamiento rural que acababa de perder sus cosechas y se asomaba al abismo de la inanición, tal despliegue de viandas, carnes y vino constituía un agasajo insultante y más que generoso; una prueba irrefutable de que el acaparamiento de grano era una realidad en la finca.
—...
Gaoshun no dirigió ni una sola mirada hacia atrás para consultar a Jinshi. Conociendo a la perfección los pensamientos de su señor ante semejante afrenta a los campesinos hambrientos, comprendía con absoluta claridad el mensaje de indignación que el noble pretendía comunicarle a través de su tensa postura.
—No hemos venido aquí a festejar —sentenció Gaoshun, alzando la voz con una severidad cortante—. Retire la comida de inmediato e infórmenos sin más dilación sobre la verdadera situación de la aldea y el estado real de los graneros.
Para quien estuviera habituado al tono siempre cortés, sumiso y diplomático que Gaoshun empleaba habitualmente en los pasillos de la corte exterior, aquella forma de hablar tan impositiva resultaba tan novedosa como aterradora.
—S-Sí, señor. Como ordene... —tartamudeó el jefe de la aldea, mudando el rostro a un color pálido y haciendo una reverencia apresurada para ocultar su temor.
El jefe de la aldea se apresuró a ordenar a los sirvientes que retiraran los platos no tocados para despejar el gran mesón de madera noble. Por lo visto, la repentina y nada anunciada llegada de los altos funcionarios de la corte exterior lo tenía sumido en un mar de nervios, temeroso de que una auditoría destapara cualquier irregularidad en su gestión de la crisis.
La estancia principal había sido limpiada a conciencia horas antes, desprendiendo un ligero aroma a cera, y a través de los amplios ventanales se contemplaba el jardín ornamental. Aquel espacio esculpido con canales de sillería acaso fuera el orgullo de la casa, el reflejo de su estatus ante los lugareños, pero aun así la pulcritud era un espejismo: en los rincones del patio y flotando en el agua estancada se percibían los cadáveres ennegrecidos de los insectos esparcidos por doquier, mudos testigos de la invasión que la escoba de los criados no había logrado hacer desaparecer por completo.
Tras una breve ausencia, el regidor regresó portando consigo un detallado plano catastral del asentamiento, pergaminos de cuentas y los registros de las últimas cosechas.
—Ahórrese los preámbulos. Sea escueto en sus explicaciones pero detallado en las cifras y los tiempos, por favor.
—Entendido. Todo comenzó hace aproximadamente medio mes... —empezó a relatar el hombre, con la voz aún trémula mientras extendía el mapa sobre la mesa.
Según sus palabras, a mediados del mes anterior, los vigías divisaron una densa y amenazante nube negra que emergía de la línea del firmamento por el noroeste, avanzando desde las regiones áridas. Mientras los labriegos observaban con extrañeza y creciente temor el fenómeno, dado que no se encontraban en la estación de lluvias, un zumbido ensordecedor, semejante al rugido de un vendaval lejano, comenzó a aproximarse con rapidez. Aquella gigantesca polvareda que recortaba el horizonte y tapaba la luz del sol no era otra cosa que un descomunal enjambre de langostas migratorias, empujadas por los vientos cálidos hacia los valles fértiles de las provincias.
En cuanto la vanguardia de la plaga se abatió sobre los campos de la aldea, los insectos comenzaron a devorar con una voracidad frenética los arrozales maduros que estaban ya prestos para la cosecha anual. Los aldeanos, conscientes de que se jugaban el sustento del invierno, plantaron cara a la catástrofe armados con antorchas, humo de paja húmeda y redes de cáñamo. Pero por más que las mataban a millares o las capturaban en zanjas profundas, el número de ortópteros no parecía decrecer en absoluto, relevados por oleadas sucesivas. Lejos de conformarse con el arroz y la vegetación tierna, la desesperación del enjambre volvió a los insectos agresivos, arremetiendo contra los ropajes de los lugareños, sus calzados de paja, sus cabellos e incluso mordiendo con su propia piel desnudada por el esfuerzo.
Los hombres aptos de la comunidad se afanaban en las lindes en capturar y prender fuego a las masas de insectos, dándoles muerte sin descanso. Mientras tanto, las mujeres y los niños se recluyeron en el interior de las viviendas, atrancando contraventanas y rendijas. Ellas daban caza a los ejemplares aislados que lograban colarse por los resquicios del techado, mientras los infantes aguardaban temblorosos en los rincones más oscuros de las estancias, asustados por el incesante golpeteo de millones de alas contra las paredes exteriores.
La ofensiva implacable de las langostas se prolongó de manera ininterrumpida durante tres agónicos días y sus tres respectivas noches, hasta que el grueso del enjambre prosiguió su marcha hacia el sur, dejando tras de sí un paisaje desolado.
—Esta es la vestimenta que portaba yo mismo en aquel momento —explicó el jefe de la aldea, tendiendo una prenda a los líderes de la comitiva: Gaoshun y el embozado Jinshi.
Se trataba de un jubón de cáñamo de trama gruesa y resistente que presentaba desgarros, perforaciones y bordes deshilachados por múltiples zonas. Como el tinte azulado de la pieza no había perdido su viveza original por el sol, resultaba evidente para cualquiera que los daños no obedecían al desgaste natural por el paso del tiempo o al trabajo diario, sino a la acción corrosiva y destructiva de las mandíbulas de la plaga.
—Elaboramos un preparado insecticida, pero ante semejante contingente, no fue más que una gota de agua en un océano de fuego —concluyó el regidor, bajando la mirada.
«Conque los remedios medicinales resultaron insuficientes ante tal magnitud», pensó Jinshi para sus adentros, mientras se mordía el labio inferior con una mezcla de frustración e impotencia. Los informes técnicos que había leído en su despacho de la corte exterior no alcanzaban a reflejar la naturaleza casi sobrenatural de aquel desastre.
—Y ahora, por favor, observen esto —solicitó el jefe de la aldea mientras los guiaba hacia el exterior. Salió al jardín de la propiedad y detuvo sus pasos ante un modesto árbol ornamental, cuya corteza acarició con una mezcla de lástima y resignación—. Cuando el enjambre cayó sobre nosotros, devoraron hasta la última de sus frondosas hojas verdes en cuestión de minutos. No dejaron más que madera desnuda.
El regidor exhaló un profundo suspiro que parecía cargar con todo el peso de la incertidumbre que se cernía sobre el futuro de su comunidad. Jinshi contempló las ramas desnudas, mudas evidencias de una voracidad insaciable que no entendía de jerarquías ni de esfuerzos humanos.
—¿Y los insectos...? ¿Andónde han ido a parar los restos de la plaga? —inquirió Gaoshun, manteniendo su voz en aquel tono severo que no daba margen a las evasivas.
—Matamos a todos los que pudimos, quemamos el resto en hogueras improvisadas y acumulamos los cadáveres en un foso en la parte trasera de la aldea para evitar que la podredumbre corrompiera las fuentes de agua. ¿Desean comprobarlo en persona?
A buen seguro que no resultaría una estampa agradable ni edificante para un miembro de la nobleza, pero Jinshi, cuya misión era evaluar los daños con total fidelidad, sabía que no tenía más remedio que inspeccionarla. Guiados por el compungido terrateniente, el grupo se dirigió hacia los terrenos baldíos situados en la parte posterior de la mansión. A medida que se aproximaban al linde del bosque, el número de insectos muertos caídos entre la maleza aumentaba de forma alarmante. Pronto, el suelo se volvió una alfombra crujiente y sus pasos comenzaron a producir un sonido viscoso y quebrado al aplastar los caparazones quitinosos bajo las suelas de sus calzados.
—...
«Es un espectáculo dantesco», se dijo Jinshi, decidiendo que sería mejor omitir una descripción detallada en sus futuros informes oficiales para no herir la sensibilidad de los burócratas de la corte exterior. Baste decir que los aldeanos habían cavado un foso enorme, del cual sobresalía una duna negra y purulenta formada por millones de cuerpos secos. La visión y el hedor dulzón de la descomposición afectaron de inmediato a la comitiva. Entre los miembros de la escolta armada parecía haber alguno a quien le desagradaban profundamente los insectos, pues se tapaba la boca, conteniendo las náuseas a duras penas mientras desviaba la mirada hacia el horizonte.
—¿Están todos aquí? —inquirió Gaoshun, volviéndose hacia el jefe de la aldea con el firme propósito de cerciorarse de la magnitud real del conteo.
—Los que pudimos cercar y eliminar con el fuego, sí —respondió el hombre, limpiándose el sudor de la frente.
—¿Se tiene constancia de cuántos lograron escapar?
—No tenemos la menor idea. El cielo se volvió negro y perdimos toda noción —admitió el regidor con desaliento.
Gaoshun se acarició la barbilla de forma meditabunda, sopesando el peligro de una nueva oleada en las prefecturas vecinas.
—Bashin —convocó con voz de mando.
—¡Sí! —respondió el joven, dando un paso al frente con presteza y saludando con el puño en el pecho al ser llamado por su padre.
—Toma tu montura, ve de inmediato a las aldeas colindantes ubicadas en un radio de cinco li e infórmate al detalle de los daños sufridos por sus cosechas. Si evitas los caminos principales, deberías estar de vuelta con los informes en un par de horas.
—Entendido. Parto de inmediato —asintió el muchacho, perdiendo el tiempo justo para ajustar las bridas de su caballo antes de lanzarse al galope.
Mientras el joven jinete se alejaba levantando una polvareda, oculto tras el espeso embozo de seda, Jinshi permanecía inmóvil. Sus cejas se arqueaban y se fruncían alternativamente en un gesto de profunda concentración que delataba una sospecha creciente.
—¿Ocurre algo, señor? —le preguntó Gaoshun por lo bajo.
—No... Al menos no todavía —respondió Jinshi
En una tesitura como aquella, su labor oficial consistía, en buena parte, en gestionar las consecuencias políticas y económicas de lo ya acaecido, como la distribución de grano de reserva y la exención de impuestos. No obstante, una intuición punzante le advertía que existía una tarea aún más perentoria y vital que debía acometer antes de que fuera demasiado tarde. «¿Qué haría esa chiflada boticaria si se encontrara en este lugar?», se planteó, evocando la figura de Maomao y su insaciable curiosidad científica.
De pronto, se acuclilló directamente en el suelo polvoriento. Las langostas esparcidas a sus pies, presentaban un abdomen llamativamente abultado y rígido. Recordó entonces haber leído en los tratados agrícolas de la biblioteca imperial que, cuando estos insectos abandonaban su fase solitaria y se desplazaban en enjambres, su coloración original se oscurecía hasta volverse casi negra y sus extremidades se acortaban para favorecer el vuelo sostenido. Ciertamente, los ejemplares que tenía ante sí exhibían un tono pardo de lo más apagado y siniestro.
—...
Sin titubear, Jinshi extrajo una pequeña daga de hoja templada que llevaba oculta al cinto bajo los pliegues de su túnica. Hundió la punta de acero con decisión en el torso de una de las langostas caídas. No resultaba en absoluto una sensación grata ni digna de su rango; el fluido interno del ortóptero manchó sus dedos. Aun así, tenía la absoluta certeza de que Maomao habría procedido exactamente de ese mismo modo para buscar respuestas.
Comenzó a diseccionar los ejemplares uno tras otro con cortes limpios y meticulosos. Los aldeanos y el propio regidor lo contemplaban desde la distancia con una mirada de suspicacia y desconcierto, tomándolo por un desequilibrado. Él sabía que no disponía de margen para preocuparse por las apariencias o el protocolo. Con paciencia, fue alineando los torsos desmembrados de los insectos sobre una piedra plana.
—Esto es... —pronunció Gaoshun a su lado.
A juzgar por el tono sombrío de sus palabras, el veterano asesor parecía haber comprendido al instante el terrible propósito de la investigación de Jinshi. El joven noble no poseía un conocimiento exhaustivo sobre la biología de los insectos, pero resultaba trágicamente sencillo adivinar qué albergaban aquellas criaturas en su interior: los abdómenes hinchados se encontraban repletos de una suerte de conductos alargados, compactos y de un color amarillento que brillaba bajo la luz de la tarde.
Se hallaban ya en la estación otoñal, y tras el declive del otoño vendría el implacable invierno de las provincias del norte. Los insectos adultos eran biológicamente incapaces de sobrevivir al rigor invernal de los campos abiertos, por lo que, antes de perecer por el frío, encomendaban el futuro de la especie a la siguiente generación, enterrando su legado bajo la tierra nutricia.
—Son huevos, ¿verdad? —añadió Gaoshun con gravedad.
Ante la certera apreciación de su consejero, Jinshi bajó la mirada hacia los campos desolados que rodeaban la propiedad. ¿Cuál sería el próximo proceder de los millones de langostas con el abdomen henchido que habían logrado escapar del fuego y volaban libres por la comarca? Enterrarían sus huevos en el suelo blando de los arrozales secos.
—La plaga aún no ha concluido; esto es solo el preámbulo —susurró Jinshi con una voz queda—. Ordena que traigan el combustible. Prenderemos fuego a la tierra arable.
Era imperativo calcinar el suelo y arar los campos de inmediato para exponer y destruir los huevos de los insectos supervivientes antes de que se asentaran. Al llegar la primavera, se produciría la siembra y posterior cosecha del trigo, el alimento vital del Imperio; si no actuaban con una contundencia implacable en ese momento, las tierras labrantías se convertirían, inapelablemente, en el comedero de las larvas recién nacidas, desatando una hambruna de la que la dinastía no lograría recuperarse.
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