17/07/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 3




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 3
El hermano bueno

El eco rítmico, seco y cristalino, de las fichas de pizarra y concha al colisionar contra los tableros de madera resonaba con una insistencia inusual por los corredores. Mientras encaminaba sus pasos hacia sus dependencias privadas, Jinshi constató con una mezcla de asombro e ironía que, en el interior del cuerpo de guardia, los oficiales de la facción militar permanecían absortos, disputando enconados lances de Go en lugar de atender a sus habituales ejercicios de ordenanza.

—¿Será una moda pasajera? —inquirió Bashin, contemplando el despliegue con escepticismo.

—Sin duda —respondió el noble, con el tono de quien comprende a la perfección los engranajes de la psicología de la corte.

Huelga decir qué resorte había sido el detonante de semejante fiebre lúdica entre el funcionariado. En las propias manos de Jinshi ya se acumulaban, de hecho, seis copias del mismísimo tratado de Go editado por la familia Han. Y la razón por la cual su biblioteca particular albergaba media docena de tomos idénticos, y no el único ejemplar que en la víspera le había encomendado adquirir al escribano, obedecía a un motivo de lo más prosaico. «Se trata de un presente que ha llegado a mis manos; tengo a bien ofrecérselo», rezaba la escueta y desapasionada nota manuscrita con la que Maomao le había remitido el paquete. En cuanto al verdadero origen del envío, Jinshi malició que respondía a una simple y expeditiva liquidación de excedentes; a buen seguro que la pragmática muchacha no toleraría ver sus limitadas dependencias abarrotadas de bultos inútiles.

No es que Jinshi considerase una pérdida de dinero la generosa suma que le había otorgado al funcionario a modo de desagravio, pero la acumulación de seis tomos idénticos carecía de toda utilidad práctica en su mesa. Dado que Bashin ya custodiaba el suyo propio, el noble sopesó la conveniencia de distribuir las copias sobrantes entre Gaoshun, el Emperador y la señora Ah-Duo, quienes sin duda sabrían apreciar el valor de los registros. Bien pudiera ser que detrás de aquel desprendimiento por parte de Maomao no mediase más que esa simple necesidad de espacio, o tal vez no. La hija del boticario era una joven de una astucia tan afilada y una perspicacia tan desconcertante que lo más juicioso era obrar bajo la premisa de que existía alguna sutil doble intención tras sus obsequios.

Sumido en tales reflexiones, Jinshi no pudo evitar ponderar cuáles habrían de ser las artimañas necesarias para lograr engatusar a la esquiva boticaria y atraerla de nuevo a su terreno. Una empresa de tal calibre requeriría, sin duda, de minuciosos, pacientes y complejos preparativos diplomáticos que le clausuraran de manera definitiva cualquier resquicio de escape o evasión.

Escoltado a la distancia por las siluetas de las damas de la corte, quienes a lo largo de todo el trayecto se apostaban tras las celosías para deleitarse con su andar, Jinshi arribó finalmente al umbral de su despacho. Frente a la entrada de la estancia aguardaba un funcionario de correos en pie, cuyo semblante demudado delataba la premura de su misión. En cuanto advirtió la imponente presencia del noble, se aproximó hacia él con andares apresurados y reverentes.

—¿Qué ocurre? —inquirió Bashin, asumiendo la interlocución.

Con la venia de vuestra excelencia, me veo en la imperiosa obligación de haceros entrega de esto... —articuló el emisario con extrema cautela, extendiendo un pliego sellado con lacre de urgencia.

Bashin desenterró el escrito de la estuche de bambú y, tras desdoblarlo, enarcó una ceja al instante, contagiado por la gravedad del contenido. Jinshi posó la mirada sobre las primeras líneas del informe e ingresó al despacho con las facciones trocadas en una máscara de absoluta e imperturbable inexpresividad.

—Mantenedme informado al detalle, y con la máxima presteza, de la evolución y el alcance de los daños territoriales —ordenó con voz gélida.

—¡A la orden!

El oficial se retiró tras ejecutar una profunda genuflexión. Sin duda, un nuevo mensajero de postas acudiría a las dependencias en cuanto se dispusiera de información actualizada desde las provincias. Una vez al abrigo de los muros del despacho, el joven noble despojó su rostro de la compostura cortesana y exhaló un profundo y sombrío suspiro.

—Al final, lo que nos temíamos ha sucedido...

El documento oficial extendido sobre el escritorio lo exponía con total crudeza: «Se ha desatado una plaga de langostas».



Ya se habían recibido en palacio varios informes que daban cuenta de daños por plagas a pequeña escala en diversas provincias del Imperio. Jinshi los había examinado con detenimiento en su momento, pero al tratarse de un asunto de competencia local en el que no debía intervenir de forma directa, había resuelto delegar el seguimiento en sus subordinados de la corte exterior. Hasta la fecha, las pérdidas materiales no habían alcanzado una magnitud reseñable ni hacían presagiar una crisis agraria, pero la naturaleza del último informe cambiaba por completo el escenario.

—¿La cosecha no llegará ni al treinta por ciento?

Se trataba de un perjuicio económico y social de proporciones devastadoras para el erario público. Al oír que la zona afectada por el paso de los insectos coincidía con la principal llanura granera de las regiones occidentales, Jinshi aguzó el oído al instante, mudando su semblante a una expresión de honda preocupación.

—¿No es una fecha un tanto tardía para la recolección del trigo?

La época del año en que se encontraban no correspondía con los ciclos habituales de dicho cereal. La época de la trilla y la cosecha del trigo debería haber concluido a finales del verano.

—No se trata de cultivos de trigo, mi señor, sino de arrozales —repuso el funcionario que se hallaba frente a él—. Desde hace unas dos décadas, se implementó un sistema de regadío a gran escala y se introdujo el cultivo del arroz. Dicho de otro modo, dado que en los alrededores no había más que arrozales, la plaga los ha devorado por completo de forma localizada.

Quien respondía con tanta presteza a las dudas de Jinshi era el oficial de cuentas aficionado al Go. Su nombre era Tianyou. A no ser por su carácter un tanto aprensivo y propenso al pánico ante las situaciones imprevistas, se revelaba como un burócrata de lo más competente.

—¿Significa entonces que canalizan el agua desde el curso principal del gran río?

Ahora que lo pensaba, Jinshi recordaba haber oído en sus años de formación que, por la época en que él nació, se acometieron en las provincias occidentales unas obras de control de inundaciones de gran envergadura. Al parecer, la ambiciosa infraestructura hidráulica destinada a desviar el agua hacia las llanuras adyacentes se proyectó y ejecutó de forma simultánea a dichos diques.

—Así es. Se llevó a cabo a modo de prueba en ciertas regiones. Aunque la cosecha resulta más estable que la del trigo, se canceló cualquier ampliación posterior debido a que extender demasiado su alcance habría afectado al caudal de las aguas río abajo.

Tianyou trazó un gran círculo con la yema del dedo sobre el mapa de cuero extendido en la mesa. Dos décadas atrás correspondían exactamente a la era en que la Emperatriz Viuda ejercía la regencia del Imperio. Aquella mujer de armas tomar, de carácter implacable y visión reformista, había ideado y ejecutado durante su mandato un buen número de políticas de lo más insólitas que transformaron la economía de Li. Jinshi contempló con fijeza la demarcación circular en el mapa; el foco de la plaga no se hallaba cerca de la capital, pero tampoco excesivamente lejos de los muros palaciegos. Calculó mentalmente que, a lomos de un buen caballo, le tomaría unos cuatro o cinco días realizar el viaje de ida y vuelta para inspeccionar el desastre.

Sobre la mesa de nogal aguardaba la consabida cordillera de legajos pendientes de su rúbrica. Jinshi alternó la mirada entre Bashin, que permanecía apostado a su lado en respetuoso silencio, y el rostro visiblemente inquieto de Tianyou. No deseaba bajo ningún concepto que las tareas burocráticas se le acumularan de aquella manera; sin embargo, su conciencia de gobernante le impedía desatender un asunto de subsistencia alimentaria que tanto le preocupaba.

El noble contuvo un amago de gruñido que amenazaba con romper su compostura.

—Esto... Mi señor... —Tianyou alzó la mano con timidez, en un ademán vacilante.

—¿Qué sucede? —inquirió Jinshi con sequedad.

Fijó sus ojos en el oficial de cuentas y se esforzó al máximo para que las facciones de su semblante permanecieran esculpidas en una absoluta inmutabilidad cortesana. No obstante, con la tosca y honesta presencia de Bashin a su lado, le resultaba harto difícil no relajar la mandíbula y revelar la fatiga que lo embargaba.

—L-Lamento mi atrevimiento, y sé que no me corresponde juzgar los altos designios de la cancillería, pero me pregunto si no se estará cargando usted con un exceso de trabajo, señor —balbuceó el burócrata.

—Soy plenamente consciente del peso de mis obligaciones —repuso el noble con voz firme—. Sin embargo, ¿qué sugieres que haga? No es un asunto que pueda delegar a la ligera en terceros, como bien comprenderás.

Ante la rigidez de las palabras de Jinshi, Tianyou mudó sus facciones a una expresión de viva aprensión, encogiéndose un tanto en su sitio.

—M-Me resulta sumamente violento decir esto... —prosiguió Tianyou, desviando la mirada hacia los mapas que alfombraban la mesa para no sostenerle la vista al noble—. Pero es de público conocimiento en los pasillos de la corte exterior que el resto de altos cargos e ilustres dignatarios suelen delegar ciertas responsabilidades de peso en sus subordinados de confianza para aliviar sus jornadas...

—¡¿Acaso nos estás diciendo que en este palacio se cometen semejantes irregularidades?! —bramó Bashin, incapaz de contener su celo por el orden.

Propinó un soberbio puñetazo sobre la madera de nogal, haciendo que los tinteros y las plumas temblaran. Tianyou dejó escapar un agudo y lastimero chillido mientras todo su cuerpo se estremecía como una hoja sacudida por el viento.

—¡¿De quiénes se trata?! —insistió el escolta, acorralándolo con la mirada—. Sabes perfectamente quiénes son, ¿a que sí?

Ante la vehemencia con la que Bashin intimidaba al desdichado escribano, Jinshi intervino interponiendo un sutil y aristocrático gesto de la mano diestra para contener el ímpetu de su guardia.

—Bashin, lo estás amedrentando de forma innecesaria. Con todo, Tianyou, te ruego que nos reveles la identidad de quienes proceden de ese modo.

Jinshi se dirigió al oficial con una modulación suave, casi meliflua, pero cargada de una gravedad que no admitía réplica ni subterfugio alguno en la respuesta.

—A-A ver... Se trata del gran estratega Han —confesó el muchacho con un hilo de voz.

Ciertamente, tratándose del excéntrico y disoluto Lakan, cuya aversión al trabajo de oficina era legendaria en toda la capital, resultaba un proceder del todo comprensible y esperable. No obstante, en las huidizas facciones de Tianyou se apreciaba un claro intento de evasión, como si se guardara el nombre de un pez aún más gordo en la manga.

—¿No hay nadie más? —insistió el noble.

En cuanto Jinshi aproximó el rostro hacia él con la intención de escrutar sus ojos, las mejillas de Tianyou se encendieron al instante en un vivo e intenso color escarlata. Jinshi guardaba para sí la absoluta certeza de haber seleccionado para su servicio exclusivo a un cuerpo de escribanos maduros y estrictamente profesionales que no se viesen perturbados por la belleza andrógina de sus encantos. Al parecer, aproximar sus facciones a tan corta distancia continuaba siendo una imprudencia que turbaba hasta al más pintado. Incómodo por el efecto causado, Jinshi se llevó los dedos a la mejilla para acariciarse la sutil cicatriz que marcaba su piel, un recordatorio de su verdadera identidad.

—S-Su Majestad, el Emperador, también suele... —dejó caer Tianyou en un susurro casi inaudible.

—...

Tanto Jinshi como Bashin no tuvieron más remedio que sellar sus labios y guardar un sepulcral silencio ante la mención de la máxima autoridad del Imperio, contra la cual no cabía reproche alguno.

—Ya está. S-Son los únicos de los que tengo constancia... —añadió Tianyou, agachando la cabeza y encorvando los hombros como quien implora mudamente que el noble se distanciara de una vez de su espacio personal.

Sin embargo, no parecía que el temperamento justiciero de Bashin fuera a conformarse con tan escasa explicación.

—¿Y quién demonios se supone que ejecuta esas labores en lugar de Su Majestad?

Se abalanzó sobre él resoplando con indignación y exigiendo nombres, pero la respuesta del escribano lo frenó en seco:

—¡E-El señor Gaoshun!

—...

Una vez más, ante la mención del leal, infatigable y respetado tutor del Emperador, cuyas canas y sacrificios eran de todos conocidos, a las dos altas dignidades de la estancia no les quedó otra opción que enmudecer por completo en un silencio de absoluto respeto.

—Por descontado, Su Majestad se encarga personalmente de estampar los sellos una vez revisados de forma conjunta. S-Sin embargo, si usted dispusiera de otra persona intermedia que fuera despachando los legajos y demás expedientes, me atrevería a decir que su carga de trabajo, señor, se reduciría a una tercera parte.

Escuchar la promesa de que su agobiante jornada diaria se reduciría a una tercera parte hizo que el ánimo y la férrea voluntad de Jinshi flaquearan por un instante, seducidos por la perspectiva del descanso. Ahora bien, la realidad política de la corte exterior se imponía con crudeza: no podía encomendar a la ligera una criba de tal relevancia a cualquier funcionario del funcionariado común, pues un error de juicio o una filtración de documentos oficiales acarrearía consecuencias catastróficas. Sumido en tal disyuntiva, Jinshi clavó la mirada en la robusta figura de Bashin, que permanecía firme a su lado.

Si el infatigable Gaoshun era capaz de asumir semejante responsabilidad en el despacho del soberano, bien podría ocuparse su hijo Bashin de hacer lo propio en el suyo, ¿no? Por desgracia, el joven no era un hombre dotado por la naturaleza para las sutiles artes del escritorio ni para la diplomacia que se tejía entre líneas. Aunque desempeñaba cualquier encomienda de manera minuciosa y pulcra, su excesiva rectitud de carácter y su absoluta falta de flexibilidad hacían que los documentos dudosos terminaran acumulándose sin remedio sobre la mesa, temeroso de cometer la más mínima infracción.

¿Acaso resultaba una pretensión desmedida por su parte codiciar a un subordinado excepcional? Anhelaba encontrar a alguien que poseyera el linaje intachable y la lealtad inquebrantable idóneos para confiarle sus propias labores de Estado y que, al mismo tiempo, estuviera dotado de la agudeza intelectual necesaria para despachar el trabajo con presteza y resolución.

—Señor Jinshi —intervino Bashin, quebrado el silencia del despacho al percatarse de las tribulaciones de su señor.

—¿Qué ocurre?

—Conozco a una persona que posee una gran destreza con las tareas administrativas.

Ante las inesperadas palabras del escolta, Jinshi abrió los ojos de par en par, asombrado por la sugerencia.

—¿De veras? No tenía constancia de que tuvieras trato con los escribanos o los eruditos de la capital.

—No es un escribano de los ministerios, señor. Es un candidato que aprobó los rigurosos exámenes imperiales el año pasado con calificaciones encomiables, pero que en la actualidad no ejerce cargo oficial alguno en la corte exterior por razones de índole personal.

—¿...? ¿Podría ser...?

Hubo una figura muy concreta que acudió de inmediato a la mente de Jinshi, un nombre que compartía la misma sangre que el leal sirviente que tenía ante él.

—Así es. Se trata de Baryou. ¿Os resulta familiar si me refiero a él como mi buen hermano mayor?

Baryou, como bien evidenciaba el carácter de su nombre, pertenecía al ilustre clan Ma. En efecto, era el hermano de Bashin e hijo de Gaoshun, un hombre cuya educación había sido refinada precisamente para los complejos engranajes del gobierno.

(NT: El título original del capítulo contiene un juego de palabras que es imposible de traducir. Utiliza los caracteres Ryōkei (良兄), que significan «buen hermano mayor», y el primer carácter, ryō (良), es exactamente el mismo que compone el nombre de Baryou (馬良). Así, la autora revela de forma sutil la identidad del personaje antes incluso de que aparezca en el texto.)



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