03/04/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 12




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 12
El verdadero propósito

Durante su primer día libre en todo el tiempo que llevaba trabajando de nuevo en el palacio exterior, Maomao confirmó que, tal y como sospechaba, había gato encerrado en todo aquel complejo entramado de intereses.

A pesar de las advertencias recibidas de no entrar y salir con excesiva asiduidad, la inquietud por la situación en el barrio del placer pesaba en su ánimo. Se escabulló de los alojamientos oficiales y se dirigió, bajo el manto del secretismo, hacia la Casa Verdigris.

Las misivas recibidas aseguraban que no había ningún contratiempo en particular, y la realidad parecía refrendar tales palabras. El establecimiento se hallaba sumido en la placidez propia de esa hora meridiana; una kamuro se afanaba en la limpieza del zaguán, mientras el joven granuja se entretenía jugando con Miaumiau.

—¡¡¡Pecosa!!!

Chue acudió presuroso a su encuentro con la gata en sus brazos. El felino agitó las extremidades con brío, propinó un puntapié en el abdomen al infante para zafarse y buscó refugio tras la figura de Maomao. Al parecer, la memoria del animal aún conservaba el rastro de la boticaria. Esta alzó a la bola de pelo y la depositó sobre un muro cercano, desde donde Miaumiau se alejó al trote. «Qué bicho más desgradecido —pensó, tras haberla salvado—. Ya podría traerme algún ingrediente valioso como agradecimiento más tarde».

—Oye, ¿a qué viene eso de no volver a casa en tanto tiempo?

—Estoy trabajando. No me queda otra —respondió ella con sequedad.

Maomao apartó con desgana a Chue, quien pretendía envolverla en un abrazo, ejerciendo presión sobre su cabeza para mantener la distancia. «¿Eh?», se percató de súbito. Al observar detenidamente al niño, advirtió que parecía haber experimentado un crecimiento notable. Seguramente pasaba las horas correteando afuera, pues su piel lucía un tono sutilmente bronceado por el sol. Los dientes frontales le habían brotado ya por completo, y había perdido aquel aire de bobo que lo caracterizaba antes.

—¿Está Sazen?

—Sí, está ahora con el hermano del parche.

Todo indicaba que Kokuyou también se encontraba presente. Maomao saludó con brevedad a las cortesanas y se adentró en la botica que mantenía en régimen de alquiler en la planta baja de la Casa Verdigris.

—Exacto, lo fundamental es triturar cada elemento con suma cautela y de manera uniforme. ¿Que por qué? Porque si al mezclarlo queda el más mínimo grumo, la eficacia de las píldoras disminuye.

—Ajá.

Sazen pulverizaba los ingredientes con el mortero mientras Kokuyou le daba instrucciones minuciosas. Resultaba encomiable que se tomaran su labor con tal seriedad, pero la visión de dos varones trabajando en tan estrecha proximidad dentro de una botica de dimensiones tan reducidas resultaba de lo más opresiva.

Eran plenamente conscientes de la temperatura estival, pues mantenían los vanos y las puertas abiertos de par en par para favorecer la ventilación; no obstante, tal medida acarreaba otro inconveniente. Diversas cortesanas contemplaban la escena con sonrisas cargadas de picardía, deleitándose con la visión de ambos hombres conversando en una cercanía tan íntima. «Qué mentes más sucias», reflexionó ella. Mientras mantuviera oculta la mitad de su fisonomía, Kokuyou resultaba ser un hombre bien apuesto; y Sazen, pese a poseer un rostro común y carente de distinción, no era feo tampoco. Dado que en la Casa Verdigris no trabajaban con chaperos, aquel cuadro debía de constituir un divertimento de lo más estimulante para las moradoras del burdel.

Sin que los dos hombres sospecharan, ni por un instante, que las damas presentes los contemplaban bajo aquel prisma de maliciosa curiosidad, Maomao irrumpió con paso firme y decidido hasta el fondo del local.

—Parece que todo os va muy bien por aquí —saludó a modo de preámbulo.

—¡Ah, Maomao! Ya ves, lo llevamos todo al día. ¡Je, je! —respondió Kokuyou, haciendo gala de aquel tono de jovialidad un tanto vacua que lo caracterizaba.

—Bueno, en realidad vamos bastante agobiados... La carga de trabajo es extenuante —puntualizó Sazen, dirigiendo a la recién llegada una mirada cargada de un mudo pero elocuente reproche por su prolongada ausencia.

—Me alegra saber que no hay ningún problema.

—¡Oye, hazme caso cuando te hablo! —exclamó Sazen, irritado por la indiferencia de la joven.

Maomao era plenamente consciente de que, de prestarle oídos, solo conseguiría que él diera rienda suelta a una retahíla incesante de quejas y lamentos. Sazen poseía una naturaleza ciertamente tediosa cuando se trataba de enumerar sus infortunios cotidianos, por lo que decidió ignorar su protesta.

La boticaria procedió a echar un vistazo rápido por el interior de la botica. Su objetivo era meramente supervisor: deseaba verificar si algún objeto extraño había sido introducido en sus dominios o si, por el contrario, se advertía la ausencia de algún ingrediente esencial de su valiosa farmacopea. Sus ojos recorrieron los estantes de madera, deteniéndose brevemente en los tarros de cerámica y las bolsas de tela que contenían las raíces y hierbas secas.

—¿Esto qué es? —inquirió de pronto.

No parecía tratarse de una medicina convencional, pero sobre la estantería reposaba algo que no había visto jamás en sus años de oficio. Presentaba el aspecto de una oblea circular y extremadamente fina; Maomao no descartó de inmediato que pudiera tratarse de un dulce refinado, pero algo en su textura le sugería una función distinta. ¿Qué era exactamente? ¿Se trataría de algún tipo de refrigerio exótico?

—Ah, eso. Es una medicina que no teníais por aquí, así que probé a fabricarla. ¡Je, je! —explicó Kokuyou con orgullo.

El hombre tomó una de aquellas obleas y, con suma delicadeza, depositó sobre su superficie una pequeña dosis de medicina pulverizada.

—Se puede ingerir así, o bien se humedece previamente para que la membrana se ablande y adquiera flexibilidad. Entonces se envuelve el fármaco en su interior y se puede deglutir con facilidad.

—Vaya. Es la primera vez que lo veo.

Maomao manifestó una admiración sincera. Se dice que la buena medicina amarga el paladar, y una de las razones primordiales por las que los pacientes se mostraban reticentes a adquirir sus remedios era, precisamente, por su sabor desagradable y persistente. Ella solía recurrir a la miel para suavizar los preparados, pero dicho producto constituía un bien de lujo no siempre asequible. Si esta lámina permitía que el fármaco atravesara la cavidad bucal sin entrar en contacto con la lengua, la necesidad de enmascarar el sabor quedaría obsoleta.

—¿Pero no resulta difícil de tragar? —cuestionó ella, analizando la sequedad de la oblea.

—Ya te digo. No se lo recomiendo ni a niños ni a ancianos.

Kokuyou agitó una jarra de agua con ademán significativo, subrayando la importancia de tener líquido a mano para facilitar la ingesta.

—Pero en las tierras del oeste es una forma muy común de tomar medicinas. He oído que es porque, por su raza, ellos producen mucha saliva.

—Estás muy bien informado... Ahora que lo pienso, ¿dónde aprendiste medicina, Kokuyou? No me digas que eres autodidacta.

A Maomao le brillaron las pupilas con un fulgor de curiosidad científica. Que el hombre poseía una base académica sólida era un hecho irrefutable, evidenciado por la maestría con la que instruía a Sazen momentos antes sobre la pulverización de compuestos.

—¡Ja, ja, ja! Es que la persona que me recogió era de un país del oeste. Tenía el pelo dorado, y la barba y el vello corporal muy espesos.

—¿Era de Shaoh?

—Mmm... No, quizá de más al oeste todavía.

Maomao no era de las que permitían que el interés decayera ante un relato de tal naturaleza, preñado de posibilidades sobre conocimientos extranjeros.

—¿Sabes hablar ese idioma? —preguntó con avidez.

—Solo un poco, lo suficiente para la comunicación básica.

—Y ese padre adoptivo tuyo, ¿dónde está ahora?

A la boticaria le habría complacido entablar conocimiento con él y departir sobre las artes médicas de ultramar, si tal oportunidad fuera factible.

—Ah... Pues murió. Por esto —declaró Kokuyou con un gesto sombrío, señalando las cicatrices indelebles que la viruela había dejado en su rostro.

—Oh.

Maomao experimentó una punzada de decepción. No era, en absoluto, un destino inusual que un facultativo contrajera una patología infecciosa y pereciera en el ejercicio de su deber. Al contrario, era una contingencia frecuente; después de todo, los médicos son quienes mantienen un contacto más estrecho y prolongado con los focos de contagio.

—Siento interrumpir ahora que la charla se pone interesante —intervino Sazen, que se había sentido excluido de la conversación. Le propinó un leve toque de atención a Maomao—. Te están llamando por allí.

Hacia donde señalaba el dedo de Sazen, se encontraban la vieja regenta de la Casa Verdigris y el inefable Lahan, aguardando con semblante impasible.



Como de costumbre, la condujeron a una de las estancias reservadas para encuentros que exigen la más estricta discreción. Resultaba digno de mención que, en los dominios de la vieja madame, la suntuosidad de la habitación se incrementaba en proporción directa a la cuantía de la recompensa esperada. En la jornada de hoy, los dulces servidos eran de una calidad media-alta. Por lo visto, cuando era el padre adoptivo de Lahan quien acudía, la regenta solo se dignaba a servirle un vaso de agua en un cuenco desconchado.

—Me dijeron que hoy librabas y me alegra ver que no me equivoqué al venir.

—No me vengas con esas, seguro que has investigado a fondo para dar conmigo. En fin, déjate de preámbulos y ve directo al grano. Estoy ocupada.

Así era como procedía Lahan: siempre amparado en una preparación meticulosa y calculada.

—¡Pero si hace un momento estabas charlando tranquilamente...!

—Ya, pero hablar con alguien como tú me parece una pérdida de tiempo.

—¿Cómo que «alguien como tú»? ¡Deberías llamarme «hermano mayor»!

Maomao ya había agotado su paciencia ante aquel fútil tira y afloja dialéctico. Su deseo era que él prosiguiera con la exposición de los hechos sin demora.

—Bien. Supongo que el motivo de tu visita tiene que ver con mi cargo de dama de la corte adscrita a la oficina médica.

—Me ayuda mucho que poseas una perspicacia tan aguda.

Lahan era un hombre precavido por naturaleza. Seguramente ya habría escrutado los antecedentes de Yao y Enen para certificar que sus personalidades no representaran un obstáculo. Pese a ello, no se había atrevido a entrar en el meollo del asunto en presencia de ambas.

—Quiero hablar de lo de examinar el estado de salud de la Sacerdotisa de Shaoh, pero hay algo más que me inquieta.

—¿A qué te refieres? —inquirió Maomao, ladeando la cabeza con curiosidad.

—¿Y si la Sacerdotisa no fuera la figura sagrada que todos presumen?

—No te guardes información para hacerte el interesante. Desembucha.

Maomao tomó un bollo al vapor y lo partió por la mitad. Al constatar que el relleno consistía en una pasta dulce de judía, chasqueó la lengua en señal de desaprobación. «Habría preferido uno sin relleno o de carne», se lamentó para sus adentros. Consumió únicamente una mitad y depositó el resto en el plato de Lahan, pues no sentía entusiasmo alguno por los sabores azucarados. Por desgracia, la vieja madame había priorizado las preferencias de Lahan sobre las de ella.

—Ya conoces las condiciones para ser Sacerdotisa: debe ser una joven que no haya tenido su primera regla.

—Sí. Pero, de hecho, hay mujeres a las que nunca les llega.

Se trataba de una condición inusual, pero no podía calificarse de imposible desde un punto de vista fisiológico. Sin embargo...

—¿Y si resulta que esa supuesta Sacerdotisa hubiera dado a luz a un hijo?

—¡¿...?!

El rostro de Maomao sufrió un leve espasmo ante la magnitud de la revelación.

—Eso echaría por tierra todas las premisas, ¿no?

—¿Hace cuánto tiempo tuvo lugar ese supuesto alumbramiento?

—Parece ser que hubo una época en la que la Sacerdotisa se retiró de la capital de Shaoh bajo el pretexto de convalecer en un enclave apartado. Fue hace aproximadamente dos décadas, prolongándose durante un periodo de varios años.

De pronto, Maomao recordó la época en la que aquel pintor itinerante conoció a la belleza ebúrnea. No es que las mujeres albinas abundaran en demasía y, tratándose de una figura de un estatus tan excelso como la Sacerdotisa, no debería haber sido alguien que se hallara al alcance de la vista de un artista errante. No obstante, si la mujer se encontraba convaleciente en un entorno rural, alejada del protocolo de la capital, el relato adquiría una coherencia sólida. Y si esa Sacerdotisa hubiera dado a luz a un vástago durante su retiro...

—¿Existe la posibilidad de que una Sacerdotisa albina dé a luz a una hija con su misma condición genética?

—Mmm... Diría que las probabilidades son algo mayores a las de un nacimiento fortuito —respondió Maomao. Ciertamente, si el progenitor masculino también fuera albino, la transmisión del rasgo sería prácticamente inexorable. Ahora bien, si la Sacerdotisa hubiera tenido descendencia, aquel no sería el único conflicto que se debería considerar—. ¿Insinúas que esa niña es la actual Doncella Blanca?

Lahan esbozó una sonrisa sumamente inquietante, cargada de una astucia depredadora.

—Sinceramente, carezco de una certeza absoluta, pero todas las piezas engarzan en el tablero. La Doncella Blanca está ahora mismo bajo custodia, recluida y sin causar disturbios. Sin embargo, persiste en su negativa rotunda a confesar bajo las órdenes de qué instigador actuaba.

Aquello esclarecía la razón por la cual las autoridades de Li se mostraban tan cautelosas con ella. Por algún motivo, la hija de la Sacerdotisa, quien presumían que era la Doncella Blanca actual, se encontraba sembrando el caos en una nación extranjera. Para el Reino de Shaoh, su mera existencia debía de representar un dilema de Estado de una gravedad extrema. Sin embargo, quizá existiera alguien para quien esta situación resultara ventajosa. Por ejemplo, si el adversario político que forzó el exilio de Aylin estuviera al corriente de este secreto dinástico.

—¿Y sabe Aylin algo al respecto?

—Sí. Aunque, según sus propias palabras, su postura es la de aliada incondicional de la Sacerdotisa.

Aquel matiz de «según sus propias palabras» resultaba aterrador. En la alta política, era imposible predecir en qué instante un aliado se convertiría en adversario. No obstante, en la coyuntura presente, los intereses de ambas partes parecían converger. En otras palabras, Aylin ingresó en el palacio interior con el conocimiento previo de que el Imperio de Li mantenía retenida a la Doncella Blanca.

«Qué laberinto de intrigas», reflexionó la boticaria. Existían demasiados puntos oscuros en la trama. Aylin afirmaba ser leal a la Sacerdotisa, pero se dedicaba a hablar sobre la Doncella Blanca con extranjeros bajo su propio riesgo y responsabilidad. Y para Shaoh, aquello debía de constituir una crisis diplomática de primer orden. «Seguro que hay mil matices que se nos escapan», se devanó los sesos Maomao. Para alguien tan ajena a los juegos de poder como ella, había muchas aristas que resultaban ininteligibles. Sin embargo, le quedó meridianamente claro que no podían proceder a la ejecución de la Doncella Blanca así como así. Por el momento, con comprender dicha limitación era suficiente.

—Si no terminas de ver por dónde voy, ¿te queda más claro si te lo planteo así? —dijo Lahan, leyendo los pensamientos de Maomao—. Si se confirma que la Doncella Blanca es la hija de la Sacerdotisa, mientras la tengamos bajo nuestra protección (es decir, como rehén encubierta), la Sacerdotisa nos deberá un favor. Al mismo tiempo, mientras esté en nuestras manos, actuará como un freno contra aquel individuo que desplazó a Aylin y que se muestra tan arrogante frente a la Sacerdotisa. Si damos crédito a las palabras de Aylin, parece ser que la Doncella Blanca estaba siendo manipulada por ese rival político para desestabilizar el trono.

(NT: La situación se resume en un complejo chantaje diplomático. El rival de Aylin en Shaoh utilizó a la Doncella Blanca, la prestidigitadora que es la hija secreta de la Sacerdotisa original, para causar problemas en el Imperio de Li. Si ahora se descubre y demuestra ese vínculo de sangre, Shaoh quedaría humillado por el escándalo, ya que una Sacerdotisa debe ser pura y esta no lo es. Al tenerla ahora bajo custodia, Li tiene la sartén por el mango: pueden proteger el secreto de la Sacerdotisa a cambio de concesiones, o usarla para presionar al rival de Aylin, quien ya no puede usar a la chica como peón.)

Así pues, la Doncella Blanca se convertía en la pieza clave de la diplomacia entre ambas naciones. Ante la magnitud de la revelación, a Maomao se le desencajó el rostro.

—Me comprenderás si te pido que debemos mantener todo esto en secreto.

Se refería, huelga decirlo, a no contarles nada a Yao y a Enen, cuyas naturalezas aún no habían sido templadas en el crisol de la alta política.

—¡Pues por eso mismo, no entiendo por qué me metes a mí en vuestros chanchullos! —exclamó Maomao con vehemencia. Le entraron unas ganas locas de romperle las gafas de un golpe.

—Si no llegas a aprobar el examen, no sé qué habríamos hecho. Habría tenido que recurrir a la Dama del Norte, pero dada su comprometida posición, eso habría acarreado un sinfín de contratiempos.

Con «Dama del Norte», Lahan aludía con toda probabilidad a Suirei. Si la intención era emplear a una persona que oficialmente carecía de existencia legal, primero habrían tenido que urdir para ella una identidad ficticia. Seguramente la habrían hecho pasar por la hija de algún funcionario de rango medio, pero su origen real, y el peligro que conllevaba, persistiría como un estigma indeleble.

Maomao también se había preocupado respecto a la identidad que se le asignaría para dicha evaluación y, por cautela, solicitó ser inscrita como la hija adoptiva de Luomen. Puesto que él ostentaba ahora la dignidad de médico oficial respetado, que ella constara como su pariente no representaba inconveniente alguno ante los ojos de la administración.

—¿Y ahora cómo pretendes que lleguemos hasta Shaoh? Si el viaje a la capital del oeste ya fue un suplicio...

Maomao sintió un peso en el estómago al imaginar los rigores de un viaje transfronterizo. Un nudo de ansiedad se le formó en la garganta al ponderar no solo el agotamiento físico, sino la carga de responsabilidad que aplastaría sus hombros en tierras extrañas. No quería ni conjeturar cuánto tiempo les sustraería el trayecto de ida y vuelta, apartándola de su amada botica y de la relativa paz de su entorno conocido.

—No, en ese aspecto puedes estar tranquila —declaró Lahan mientras ingería el fragmento de bollo que Maomao había desestimado—. Será la Sacerdotisa quien se desplace hasta nuestra capital imperial.

—¡¿Qué?! ¡¿Cómo es posible que venga ella?! ¿Pretendes que una persona enferma, que requiere cuidados médicos constantes, emprenda una travesía de tal envergadura?

Maomao se expresó con una voz impregnada de una justa indignación profesional. Sorprendido por el súbito estallido, Lahan sufrió un amago de atragantamiento con el bollo y se vio obligado a ingerir un sorbo de té con premura. Con una gota de la infusión aún suspendida en la comisura de sus labios, realizó un ademán con la palma de la mano en un intento de aplacar la cólera de la joven.

—Así es la política. Para Shaoh, nuestro país desempeña un papel fundamental. Como es lógico, quieren estar presentes en una ceremonia de tal envergadura.

—¿Qué ceremonia...?

—¿No lo sabes? Se va a designar formalmente a la Emperatriz Gyokujou como la esposa principal y a su hijo como el Príncipe Heredero. A su vez, se otorgará oficialmente un nombre de clan a su familia. Son un linaje con mucho poder cerca de la frontera; así que Shaoh quiere cultivar una buena relación con ellos.

—Ah...

En el Imperio de Li existían diversas familias ilustres que poseían un nombre de clan. Aunque tras la caída del Clan Shi el número de tales linajes había mermado, no representaba ningún problema que la familia de la Emperatriz pasara a integrar dichas filas aristocráticas.

Además, si se procedía a la presentación pública del Príncipe Heredero, se organizaría un festival de una fastuosidad inaudita. Especialmente si se consideraba que los anteriores príncipes herederos fueron todos infantes de vida efímera; habían sucumbido antes siquiera de poder ser objeto de ceremonia alguna. Pese a que el actual Príncipe Heredero no alcanzaba aún el año de edad, Maomao imaginó que existirían imperativos políticos de gran calado para acelerar el protocolo de sucesión.

—A pesar de ser un viaje largo, Shaoh cuenta con una eficiente ruta marítima. Si aprovechan los vientos estacionales para la navegación, llegarán mucho más rápido que por tierra.

—Aun así...

Le inquietaba profundamente la posibilidad de que, ante cualquier eventualidad o contratiempo en suelo extranjero, la responsabilidad recayera íntegramente sobre sus hombros. Recibir a los altos estamentos de una nación vecina conllevaba riesgos inherentes de gran volatilidad. Para los adversarios políticos, quizá aquel fuera, precisamente, su objetivo último: provocar un incidente diplomático. No obstante, si la misión culminaba con éxito, se forjaría un vínculo inquebrantable con Shaoh.

—Puede que albergues reticencias, pero es necesario. Es por eso que te lo encomiendo formalmente.

—...

Maomao ingirió su té, ya frío, con un gesto malhumorado. Una vez que hubo escuchado la totalidad de aquellos pormenores, ya no le era posible fingir ignorancia o desentenderse de la situación.

—Por cierto, la idea ha sido del señor Jinshi.

«Ese desgraciado...», lo maldijo en su fuero interno. Las palabras estuvieron a punto de brotar de sus labios, mas logró refrenar su impulso. Dada su alta jerarquía, Jinshi no podía permitirse el lujo de actuar con miramientos o delicadeza. No obstante, Maomao pensó que bien podría mostrar un ápice de empatía hacia quien debía cargar con tan pesada responsabilidad.

—Supongo que habrá una gratificación extraordinaria, ¿no es así?

—Deja en mis manos la negociación de ese asunto.

Lahan se golpeó el pecho con énfasis mientras sus gafas emitían un destello metálico bajo la luz. En ese preciso instante, fue cuando su figura le resultó más fiable y digna de crédito.



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