23/03/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 7




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 7
Las galletas de la injuria (parte I)

Tras la visita a la consorte Lihua, el siguiente destino del grupo era la mujer de Shaoh, la nueva consorte de rango medio. Aunque en el recinto del palacio interior habían quedado deshabitados tres pabellones de alto rango, ninguno se hallaba en uso; por tal motivo, conforme al protocolo de las damas de su categoría, se le había asignado un edificio independiente. Este se ubicaba en el sector centro-este y carecía de cualquier signo de distinción o privilegio especial. Al tratarse de una construcción que había permanecido yerma durante un largo periodo, el entorno resultaba un tanto desolador, y los árboles del jardín, de reciente plantación, mostraban aún el rastro oscuro de la tierra removida.

Las damas de compañía que salieron a recibirlos les invitaron a pasar con sonrisas afables y gestos medidos. Eran cinco en total, cifra estándar para una consorte de rango medio, pero sus movimientos poseían una perfección tal que desprendían ese aire de sumisión absoluta propio de quien ha sido asignado por mandato superior y no por elección personal de la señora.

—Hola.

La nueva consorte, de cabellos dorados como el trigo, vestía un traje de amplias mangas al que, a juzgar por su porte contenido, aún no parecía haberse habituado. Poseía una piel blanca y casi traslúcida, ojos de una tonalidad de azul que se asemejaba al del cielo, una figura voluptuosa y una estatura considerable para una mujer. Yacía lánguidamente en un diván mientras observaba, con aparente desapego, cómo sus damas oficiaban la ceremonia del té.

«Es justo el tipo del Emperador», pensó Maomao. Ciertamente lo era, pero dada la delicada coyuntura política, no creía que el Soberano fuera a deshonrarla o reclamarla tan a la ligera. A pesar de su conocido vigor nocturno, era un hombre de gran perspicacia; con dos varones creciendo sanos y fuertes, no sentía la urgencia de incrementar su prole, y menos aún con una mujer cuya presencia respondía a una necesidad de asilo político. Si llegara a engendrar descendencia con ella, podría trocarse en un foco de conflictos diplomáticos en el futuro. «Aunque su mera existencia ya constituye un foco de inestabilidad», reflexionó Maomao.

Recordaba con nitidez haber visto a esta mujer en las tierras occidentales, donde se enfrentó con entereza a las astucias de Lahan. Aunque ahora se mostrara dócil mientras sorbía su té, resultaba imposible discernir qué intrigas se urdían en su fuero interno.

La dama que la asistía realizó la cata de veneno con rigor antes de distribuir las tazas entre los presentes.

—¿Se ha habituado ya a la vida en el palacio interior, señora? —preguntó Luomen con parsimonia.

Aunque Aylin dominaba el idioma imperial con fluidez, Luomen comprendía que le resultaría más sencillo procesar el discurso si se le hablaba lento y con una buena pronunciación.

—Sí, todos son muy amables conmigo.

Tomó la taza con sus dedos alargados y finos. El recipiente era de estilo extranjero, provisto de un asa. Sus uñas lucían un cuidado barniz de tono carmesí. El aroma del té era dulce y profundo; debía de tratarse de té fermentado, probablemente té negro, proveniente de occidente. A Maomao le habría gustado probarlo, pero el servicio solo se dispuso para su padre y el matasanos. «En el Pabellón de Cristal sí que se nos permitió participar del refrigerio a todas», se dijo con resignación. Seguramente aquel gesto fue una atención especial y deliberada de la consorte Lihua.

Luomen procedió con la anamnesis y tomó el pulso de la consorte con meticulosidad. Lo que distinguía a su padre de otros facultativos era su costumbre de registrar los hallazgos mediante valores numéricos. Sin alcanzar los extremos obsesivos de Lahan, Luomen consideraba que las cifras constituían un indicador fundamental para reflejar con objetividad el estado fisiológico.

Desplegó sus útiles de escritura portátiles sobre la mesa y comenzó a trazar caracteres con fluidez. Fue en ese instante cuando Maomao advirtió algo: la caligrafía no era la habitual. «¿Escritura occidental?», se preguntó intrigada.

A primera vista, los trazos eran curvos y enrevesados, semejantes a lombrices sobre el papel. Antaño, su padre solía redactar sus notas médicas utilizando ese alfabeto; Maomao se empeñaba tanto en intentar descifrar aquellos misterios que él terminó por cambiar su grafía por otra distinta para evitar su curiosidad.

Se preguntó por qué Luomen retomaba ese código ahora, mientras notaba cómo varias personas intentaban asomarse con disimulo al papel. El matasanos, que no comprendía una sola palabra, se limitaba a entregar los instrumentos según le eran requeridos. Una de las damas de compañía, mientras preparaba una nueva tanda de té, lanzaba miradas furtivas al escrito. Y había alguien más: Enen observaba la escena con una expresión aterida, impasible y analítica.

El contenido del mensaje no revestía gran importancia; Maomao era capaz de interpretar algunos fragmentos. Eran frases sencillas como «pulso normal» o «estado de salud óptimo».

—No presenta ninguna anomalía.

—Ya veo. G-Gracias —respondió Aylin.

Aunque solía expresarse con soltura, a veces la entonación al final de sus frases resultaba extraña. Seguramente recordaba a Maomao de su encuentro anterior, pues de vez en cuando le dedicó una mirada rápida y escrutadora.

Sin que ocurriera incidente alguno fuera de lo común, cuando se dispusieron a partir tras concluir el examen... Aylin los detuvo con un gesto amable.

—Ya que habéis tenido la bondad de venir, por favor, aceptad estos dulces.

Eran unas galletas envueltas en hermosos paños de tela. Poseían una forma inusual y desprendían un fragante aroma a mantequilla. El obsequio fue destinado exclusivamente a las damas de la corte y, como el matasanos observaba el exótico manjar con ojos preñados de envidia, Maomao pensó que no tendría más remedio que compartir una porción con él al regresar a la oficina. Al parecer, no habían podido obtener paños idénticos para todas las presentes, pues el de Enen era el único que lucía un estampado ornamental.



Cuando concluyeron las visitas al resto de las consortes de rango medio, las sombras de la tarde ya comenzaban a alargarse sobre el recinto. Pese a poseer un apetito habitualmente frugal, la boticaria sintió el sordo rugido del hambre en sus entrañas. Sopesó por un instante la posibilidad de persuadir al matasanos para que les permitiera demorarse con una colación de té en las dependencias de la oficina médica del palacio interior.

—Hoy solo nos hemos encargado de las consortes de rango medio, pero en las próximas jornadas deberemos examinar también a las de rango bajo y, de manera sucesiva, a las damas de compañía —anunció Luomen con su característica afabilidad.

Anteriormente, las revisiones médicas apenas alcanzaban a las consortes de rango medio. Además, tratándose de las consultas supervisadas por el matasanos, Maomao albergaba serias dudas sobre si aquellas exploraciones habrían tenido utilidad clínica alguna en el pasado.

Ahora que su padre había sido restituido como médico oficial y se contaba con el refuerzo de las damas asistentes, el propósito institucional resultaba nítido. Dada su avanzada edad, Luomen no podría liderar las revisiones de forma perpetua; su intención última debía de ser que, con el tiempo, las damas de la corte asumieran el peso de la tarea. Para cuando eso ocurriera, la población del palacio interior se habría reducido todavía más, facilitando así la gestión sanitaria del harén.

—Bien, ya va siendo hora de que nos retiremos —sentenció Luomen.

—Podríais quedaros un poco más, no hay prisa —insistió el matasanos con una nota de nostalgia en su voz.

Seguramente le pesaba la carencia de interlocutores con los que compartir el té, más allá de algún eunuco que frecuentara su despacho de manera esporádica. La ausencia de Xiaolan, la joven y vivaz sirvienta que antaño fue amiga de Maomao, también debía de haber dejado un vacío difícil de colmar en su rutina.

«¿Qué habrá sido de ella?», se preguntó la boticaria con una punzada de afecto. Evocó la imagen de aquella muchacha encantadora que, por fortuna, había logrado finalizar su periodo de servicio y hallar un empleo digno extramuros. «Quizá le envíe una carta en un día de estos», se dijo.

Como el matasanos continuaba observando los dulces extranjeros con un anhelo casi infantil, Maomao se dispuso a extraer el paquete de su regazo para compartir parte del obsequio. Al desenvolver el paño y disponerse a tomar una de las pastas, advirtió una anomalía en su estructura. Las galletas, de una geometría inusual, consistían en unos cilindros huecos, una suerte de barquillos o canutos de masa. En el intersticio de uno de ellos vislumbró un elemento extraño; al tirar con la yema de los dedos, extrajo un pequeño fragmento de papel cuidadosamente enrollado. Comprobó con asombro que cada dulce albergaba un mensaje idéntico en su interior. «¿Y esto?», se cuestionó intrigada.

Maomao guardó de nuevo los dulces que pensaba ofrecer al matasanos y, acto seguido, abandonó el palacio interior con paso firme. Decidió ignorar deliberadamente la expresión de profunda decepción que se dibujó en el rostro del hombre al ver desvanecerse su merienda.



Tras concluir la jornada, la boticaria regresó a sus estancias privadas y dispuso sobre la mesa los dulces que le habían sido entregados en el palacio interior. Extendió el paño ornamental y colocó las pastas sobre el tejido; en total, contabilizó siete galletas. En el interior de cada una de ellas se hallaba un fragmento de papel de dimensiones similares.

«¿Qué significa esto...?», se preguntó mientras las escudriñaba. Eran trazos sinuosos, como serpientes o lombrices, que recordaban vivamente a la escritura occidental que su padre solía garabatear en sus notas. No obstante, en esta ocasión, los caracteres aparecían aislados, carentes de una estructura sintáctica que formara frases coherentes. A diferencia de los ideogramas que empleaba Maomao, donde cada símbolo posee un concepto intrínseco, las letras occidentales carecen de significado por sí solas, requiriendo de la combinación fonética para constituir una palabra. Sin embargo, Maomao se hallaba incapacitada para descifrar aquellos caracteres fragmentados. ¿Poseerían algún sentido oculto? Por desgracia, al intentar ensamblar los retales de papel, las piezas no encajaban de manera armónica entre sí.

«Me está poniendo a prueba», pensó con una mezcla de fastidio y curiosidad. Sin duda, Aylin era una mujer de recursos y gran sagacidad; hacía falta poseer un temple de acero para ingresar en solitario en el palacio interior y urdir tales estratagemas.

Saberse observada por la consorte le resultaba irritante, pero le pesaba aún más el orgullo profesional de no ser capaz de resolver el enigma que se le planteaba. Dispuso las galletas y los papeles con orden metódico. Cada trozo contenía entre dos y tres caracteres, pero habían sido cortados con una preocupante falta de precisión: no presentaban ángulos rectos ni formas regulares, sino cortes oblicuos e irregulares. «Qué forma tan tosca de cortar...», se dijo.

El papel estaba impregnado de la grasa de la mantequilla y la tinta se había corrido en algunos puntos debido a la humedad del dulce. No obstante, se advertía que habían empleado un papel de excelente calidad y ninguno de los fragmentos presentaba rasgaduras. «Incluso para tratarse de una travesura, es una elaboración demasiado compleja», meditó. ¿Qué objetivo pretendía alcanzar la consorte con este mensaje cifrado? Maomao elevó uno de los papeles para observarlo al trasluz, buscando marcas de agua o mensajes latentes.

Mientras ladeaba la cabeza, sumida en sus cavilaciones, unos suaves e insistentes golpes en la puerta rompieron el silencio de la estancia. Se preguntó quién osaría perturbar su retiro a esas horas y salió a recibir a sus visitantes con los papeles todavía en su mano. Ante ella se encontraban Yao y Enen. Ambas residían en el mismo edificio, pero dado que hasta entonces apenas habían mediado palabra, su presencia le resultaba una novedad indiferente.

—¿Deseáis algo?

Ante la pregunta formal de Maomao, Yao respondió con un gesto huraño y una actitud defensiva.

—Tú... Esta tarde recibiste unos dulces de la consorte, ¿verdad? Entréganoslos ahora mismo.

Hablaba empleando un tono imperativo, carente de la cortesía debida entre colegas. Era curioso: aunque Maomao no sentía un especial apego por los dulces, el mero hecho de que se lo reclamaran con tal arrogancia le arrebataba cualquier deseo de complacerlas. Por supuesto, dedujo de inmediato que Yao no reclamaba las galletas por glotonería, sino por el secreto que albergaban. Ante tal tesitura, decidió mostrarse un tanto maliciosa.

—Lamento informaros de que ya han pasado a formar parte de mi cena. El estilo occidental poseía una textura un tanto áspera al paladar. ¿Quizá la receta incluía germen de trigo o algún cereal similar?

Pronunció estas palabras de forma deliberada y lenta, como si todavía saboreara los restos del manjar. Yao palideció al instante ante la posibilidad de que el mensaje se hubiera perdido, y se abalanzó sobre Maomao con desesperación.

—¡Escúpelos! ¡Devuélvelos ahora mismo!

La sacudió con una vehemencia inusitada. Al parecer, tal como la boticaria sospechaba, en las galletas entregadas a Yao también venían ocultos fragmentos de papel que completaban el rompecabezas.

—¡¿Y el resto?! ¡¿No me digas que te los has comido todos sin darte cuenta de lo que ocultaban en su interior?!

—¡Yao, por favor!

Fue Enen quien intervino para detener a su compañera mientras esta zarandeaba a Maomao por los hombros con furia.

—Me da la impresión de que Maomao está sonriendo; tiene una expresión un tanto burlona, por lo que me temo que está bromeando con nosotras.

Parecía que Enen, a diferencia de su señora, sí se había tomado la molestia de recordar el nombre de Maomao. Y lo que resultaba más inquietante: había sido capaz de interpretar las sutiles microexpresiones de su rostro, a pesar de que la mayoría de los habitantes de la corte calificaban a la boticaria como una joven carente de toda emotividad.

—¿B-Bromeando? ¡¿Qué dices...?!

«Me han descubierto», pensó Maomao. Sin mostrar turbación, se ajustó el cuello de la túnica, que había quedado algo descolocado por el forcejeo, mientras sostenía la mirada de Yao con una serenidad desafiante.

—Ciertamente me he tomado una pequeña licencia, pero es vuestra actitud la que carece de cortesía. Desconozco si guardáis algún rencor contra mí, pero pretender arrebatarle a alguien sus pertenencias de forma tan repentina no se diferencia en nada de un asalto.

Las palabras de Maomao poseían una lógica aplastante. Sabía que sus interlocutoras la tacharían de insolente, pero en ese punto no estaba dispuesta a ceder. Para su sorpresa, Yao no reaccionó con la hostilidad explosiva que esperaba tras su réplica. La joven inspiró profundamente y, tras exhalar el aire con pesadumbre, fijó su mirada en los ojos de la boticaria con una determinación renovada.

—¿No notaste nada inusual en las pastas de esta tarde? Si es así, deseo que me las entregues. A cambio de tu cooperación, te abonaré íntegramente el precio de los dulces.

—¿A qué te refieres con algo inusual? —inquirió Maomao, manteniendo un semblante de calculada ignorancia.

—A algo extraño. A si contenían algún elemento ajeno a la repostería que no debiera estar ahí.

Si iba a recibir una gratificación, el trato no resultaba desfavorable para Maomao; no obstante, a ella también la aguijoneaba el enigma de aquellos papeles occidentales. No estaba dispuesta a desprenderse de la información así como así. Se preguntó si los dulces de las otras jóvenes también contendrían fragmentos del mensaje, aunque dudaba que Yao se lo confesara con facilidad, dada su naturaleza.

Maomao dirigió una mirada fugaz y analítica a Enen. Aunque la muchacha actuaba estrictamente como una subordinada de Yao, parecía observar la situación con una ecuanimidad mucho mayor. «Probaré suerte con ella», pensó la boticaria. Meditó brevemente cómo conducir la conversación antes de pronunciarse.

—Si me preguntáis sobre el contenido de mis dulces, es de suponer que los vuestros también escondían algo, ¿no es cierto? Si me decís de qué se trata, yo también compartiré mi información con vosotras.

—...

La expresión de Yao era de una absoluta y manifiesta disconformidad ante la idea de negociar en términos de igualdad. Enen, por su parte, vigilaba con atención escrupulosa cada leve movimiento de su señora. Para incentivar el pacto, Maomao mostró uno de los recortes de papel que todavía sostenía en su mano.

—Si me enseñáis lo que tenéis, yo os mostraré el resto de estos fragmentos.

Cada papel contenía caracteres distintos. Si aquel rompecabezas poseía un sentido semántico global, era imperativo reunir todas las piezas para proceder a su traducción. Por tanto, no entrañaba riesgo alguno mostrarle un solo ejemplar a modo de prueba de buena fe.

—¿Y los demás? —preguntó Yao con impaciencia.

—Si me mostráis los vuestros, yo haré lo propio con los míos.

Maomao se mantuvo firme en su posición de paridad. Puesto que ambas habían concurrido al mismo examen oficial y habían obtenido el aprobado por méritos propios, cualquier diferencia de estatus social carecía de relevancia funcional en aquel entorno. Aunque muchos en la corte pensaran lo contrario, en este preciso instante y lugar, todas eran iguales ante el misterio.

—Yao... —murmuró Enen, sugiriendo con la mirada que la cooperación era la única vía de salida.

—Está bien... —asintió Yao a regañadientes, cediendo ante la sensata sugerencia de su acompañante—. Sin embargo, no es prudente que conversemos sobre asuntos confidenciales en medio de este pasillo.

—Entonces, entrad —sugirió Maomao.

—¡De eso nada! Vendrás tú a mi cuarto —replicó Yao, intentando recuperar el control de la situación.

A Maomao le resultaba indiferente el escenario del encuentro, pero intuía que, si cedía con excesiva presteza a las pretensiones de Yao, esta intentaría liderar la investigación.

—En ese caso, ¿qué os parecería emplear la sala común? Iré a solicitar el permiso ahora mismo.

Fue Enen, una vez más, quien evitó que la discusión se estancara en un punto muerto. La residencia de las damas asistentes disponía de una estancia comunitaria destinada a tratar asuntos de índole laboral; ciertamente, era el lugar idóneo para una charla que requería discreción y espacio para trabajar.

—De acuerdo. Iré a prepararme para la reunión.

Tras aceptar la propuesta conciliadora, Maomao regresó a su habitación para recoger los restos de galletas y prepararse para el inminente intercambio de información.



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