20/03/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 6




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 6
El harén inmutable

Antes de acceder al palacio interior, cualquier persona, ya fuera eunuco o dama de la corte, debía someterse a una rigurosa inspección corporal. Maomao y Luomen estaban más que habituados a este protocolo, pero para Yao y Enen resultó ser una experiencia sumamente humillante. Les desagradaba profundamente que un eunuco las palpara en busca de objetos prohibidos, y su rechazo era tan visceral que se reflejaba con nitidez en sus rostros. Luomen, con gesto resignado y compasivo, solicitó la presencia de una funcionaria para realizar el trámite.

—Que sea solo por esta vez —accedió el guardia de la puerta.

—Entendido.

Al parecer, no tenían intención de contrariar a Luomen. No obstante, la boticaria percibió que, desde que supieron que su padre también era un eunuco, la actitud de sus compañeras se había vuelto algo displicente. «No es nada fuera de lo común», pensó ella. No era raro que las jóvenes de buena familia despreciaran a los castrados. Luomen estaba acostumbrado y probablemente no le concedía importancia, pero a Maomao le resultaba indignante que ignoraran la sabiduría que albergaba aquel hombre.

Al cruzar el umbral del palacio interior, un aire de intensa nostalgia la envolvió. Se hallaba de nuevo en el jardín de las mujeres, un espacio singular donde los únicos varones presentes eran eunucos. En un ecosistema donde tal excepcionalidad se convertía en rutina, los corazones de quienes lo habitaban también terminaban por volverse algo peculiares y retorcidos.

Las residentes observaban de soslayo al grupo recién llegado. En este recinto donde la libertad de movimiento estaba severamente restringida, las mujeres eran sumamente sensibles a cualquier presencia del exterior. Sus ojos brillaban con la esperanza de hallar alguna novedad interesante o el germinar de un nuevo cotilleo que aliviara el tedio de sus vidas.

Entre la multitud, Maomao reconoció varios rostros. No es que fueran amigas suyas, sino más bien sirvientas con las que solía coincidir ocasionalmente mientras intercambiaban confidencias en el lavadero. La miraban con absoluta perplejidad, pues resultaba inaudito que alguien abandonara el palacio interior para acabar regresando una y otra vez bajo distintas funciones.

Luomen se dirigió en línea recta hacia la oficina médica del palacio interior. Las dos damas caminaban observando los alrededores con una curiosidad que no lograban ocultar, mientras que Luomen y Maomao avanzaban sin prestar mayor atención al suntuoso entorno. Quizá por resultarle molesta esa indiferencia casi arrogante, contra todo pronóstico, Yao se dirigió a Maomao.

—¿A qué se debe esta soltura en tus movimientos? Pareces conocer cada rincón.

—Serví en este lugar durante casi dos años —respondió la boticaria escuetamente—. El periodo de servicio estándar de una dama en el palacio interior suele ser de dos años.

Aunque con interrupciones, Maomao había permanecido allí hasta el otoño del año pasado. Le pareció demasiado tedioso entrar en detalles sobre sus anteriores cargos, por lo que consideró que con esa explicación genérica bastaría para aplacar la curiosidad de Yao.

La conversación murió ahí y llegaron a la oficina médica en absoluto silencio. En su interior, un rostro familiar de bigote ralo y escaso se encontraba sumido en una plácida cabezadita.

—Buenas tardes.

Cuando Luomen saludó con su habitual voz apocada, el matasanos se despertó sobresaltado, rompiendo la burbuja de moco que asomaba por su nariz.

—¡Oh! ¡Pero si es el señor Luomen1 ¡Y la jovencita! ¡Cuánto tiempo sin veros!

El matasanos se acercó renqueante, cargando con su pesada y prominente barriga. Aunque afirmaba que había pasado mucho tiempo, en realidad solo habían transcurrido unos meses desde que Maomao lo acompañó a su aldea natal, célebre por la fabricación artesanal de papel.

El hecho de que Maomao fuera una conocida cercana del matasanos también pareció desagradar profundamente a Yao. «Nepotismo... Conque a esto se refería aquel médico, ¿eh?», se dio cuenta la boticaria. Ella tenía la certeza de haber aprobado el examen por sus propios méritos, pero comprendía que desde una perspectiva externa la situación se antojara sospechosa. Maomao rumió las palabras que el médico del departamento militar le había espetado poco antes sobre las influencias. Era inevitable que lo pensaran, pero no era algo que fuera a quitarle el sueño.

—¿Y quiénes son estas señoritas? —preguntó el matasanos al reparar en la presencia de Yao y Enen.

Ambas mostraban una expresión ambivalente, debatiéndose entre el respeto debido a que era un médico oficial, pese a ser un eunuco, y la perplejidad ante su aspecto poco solemne. El matasanos, incapaz de descifrar tales matices o, más probablemente, ignorándolos por completo, comenzó a hurgar en el armario de los suministros mientras preguntaba con excesiva familiaridad:

—¿Qué os apetece tomar con el té?

En cierto modo, Maomao envidiaba esa naturaleza imperturbable y ajena a las tensiones sociales.

—Estas tres jóvenes son damas de la corte imperial que, de ahora en adelante, desempeñarán funciones de asistencia para los médicos oficiales. Puesto que nos resulta difícil supervisar la salud del palacio interior por nuestra cuenta, se ha dispuesto, a modo de ensayo, que realicen las rondas médicas en nuestra compañía. ¿No ha recibido la notificación pertinente?

Ante las palabras de Luomen, el matasanos se sobresaltó de tal manera que, al intentar girarse con presteza, tropezó con su propio taburete y estuvo a punto de perder el equilibrio. Dirigió una mirada fugaz y cargada de nerviosismo hacia su escritorio, donde, bajo una pila de legajos, se divisaba una misiva cuyo sello permanecía todavía intacto. Maomao decidió guardar un piadoso silencio al respecto.

—¡Ah, sí! ¡Es verdad, es verdad! ¡Lo recordaba perfectamente! Veamos, pues, cuál es el proceder que se espera de nosotros.

El matasanos se expresó con una afectación exagerada, pretendiendo estar al tanto de las órdenes recibidas, aunque su impostura resultaba evidente para cualquiera. Maomao pensó que se trataba de su indolencia habitual, mientras Luomen esbozaba una sonrisa teñida de amargura. Yao y Enen, por su parte, ya le dedicaban miradas preñadas de sospecha, presintiendo que aquel facultativo albergaba alguna anomalía en su juicio. No transcurriría mucho tiempo antes de que descubrieran que su pericia médica era, en el mejor de los casos, inexistente.

—Hoy nos dirigiremos al pabellón de la consorte Lihua y, posteriormente, visitaremos a las consortes de rango medio.

De las cuatro consortes de alto rango que antaño poblaron el palacio interior, el escenario había mudado drásticamente: Loulan había desaparecido tras la última rebelión, y Gyokujou se había trasladado a su propio palacio tras ser investida como Emperatriz. Por otro lado, la joven Lishu se hallaba sumida en un estado de retiro espiritual, más protocolario que místico. En la práctica, solo la consorte Lihua permanecía como figura de relevancia en el harén.

«He oído que ha dado a luz a un varón. Me pregunto cuál será su estado de salud actual», meditó Maomao. Hacía mucho tiempo que no veía a la señora del Pabellón de Cristal. Era una consorte por la que sentía una estima particular, pues en el pasado la asistió con total entrega durante su convalecencia. Aunque su infortunio no fuera tan lacerante como el de Lishu, la voluptuosa Lihua también había sido víctima de la adversidad y la negligencia. Al parecer, el séquito de sirvientas mediocres que la rodeaba fue purgado tras los incidentes del pasado, pero Maomao sentía curiosidad por conocer cómo se gobernaba su pabellón en la actualidad.

Por otra parte, respecto a las consortes de rango medio, le inquietaba bastante Aylin, la mujer recién llegada de las tierras de Shaoh. En rigor, podría decirse que Maomao había aceptado el cargo de dama asistente de medicina con el fin último de vigilar de cerca a esa mujer.

—En fin, pongamos rumbo al Pabellón de Cristal.

Así pues, el grupo partió al encuentro de la consorte Lihua, atravesando los sinuosos senderos del palacio interior.



Al acudir ante una consorte de alto rango, se asignaba invariablemente a un eunuco de la guardia como escolta, además del médico oficial. Su cometido era dual: proteger la integridad del facultativo y velar por que no se infligiera deshonra o daño alguno a la consorte. Puesto que los integrantes de la guardia apenas variaban en sus turnos, también en esta ocasión resultaban ser rostros conocidos para Maomao. Fieles a su austero deber, no entablaban conversación alguna con las asistentes más allá de lo estrictamente necesario, por lo que la boticaria desconocía sus nombres. A ella ya le parecía bien así; al fin y al cabo, mientras su presencia no suscitara altercados, para ellos también sería lo ideal.

Las dependencias de Lihua, la Consorte Sabia y una de las figuras de mayor linaje en el harén, conservaban su esplendor intacto. Tiempo atrás, Maomao había tomado prestado un rincón de aquel recinto para el cultivo de rosas. En aquel entonces, plantó los ejemplares sobrantes de sus experimentos por doquier, razón por la cual el jardín del pabellón rebosaba ahora de tales flores. Ella solo había cultivado rosas blancas, pero quienquiera que custodiara el jardín en la actualidad debió de considerar que la ausencia de color resultaba melancólica; ahora, los macizos lucían tonalidades rojos, amarillos e incluso una variedad verde de una vivacidad asombrosa. Era una lástima que el ciclo de floración estuviera ya tocando a su fin.

—¡Ah!

La dama de compañía que acudió a recibirlos a la entrada del Pabellón de Cristal emitió un grito ahogado al reconocer a Maomao. Al parecer, aún permanecían en el servicio varias sirvientas veteranas que, al identificarla, no pudieron evitar mudar el gesto de forma ostensible, entre el asombro y el recelo. «Deseo fervientemente que dejen de tratarme como a una aparición espectral cada vez que regreso a este lugar», meditó la joven. Sintió que, una vez más, Yao y su inseparable acompañante la observaban con una extrañeza cargada de sospecha. Es más, incluso Luomen la escudriñó de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y resignación. «¿Acaso también provocaste algún estropicio en este lugar?», parecían inquirir los ojos de su padre con evidente inquietud.

Fueron conducidos hacia el ala más profunda del pabellón; no al dormitorio privado, sino a una suntuosa sala de recepción. Tras unos instantes de espera, entre el leve susurro de las sedas, apareció una consorte que asemejaba a una rosa en su máximo apogeo. En sus brazos acunaba a un lactante de carnes rollizas que movía los labios con suavidad. El ambiente se impregnó de un tenue aroma a leche; era probable que acabara de amamantarlo.

Lihua no lucía polvos de maquillaje en su rostro. No llevaba ningún cosmético, a excepción de sus labios, ligeramente teñidos de carmesí. Poseía una tez naturalmente hermosa, por lo que prescindir del afeite no menoscababa en absoluto su belleza.

Siguiendo el ejemplo del matasanos y de su padre, Maomao y las demás presentaron sus respetos con la debida etiqueta. A ella le complació certificar que la consorte, a la que no veía desde hacía meses, gozaba de una salud envidiable. El infante que sostenía también presentaba un aspecto inmejorable; ya había superado con creces la edad crítica en la que falleció el anterior Príncipe Heredero.

Aunque el hijo varón de la Emperatriz Gyokujou, la esposa principal, ostentaba actualmente el título de Príncipe Heredero por primogenitura y rango materno, el siguiente en la línea sucesoria era el hijo de Lihua. Si se consideraban las inevitables intrigas palaciegas por el trono, el porvenir resultaba inquietante, pero Maomao prefirió simplemente anhelar que el pequeño creciera sano y fuerte.

—Que los saludos sean breves. Desearía que examinarais mi estado de salud y el del niño, por favor.

Con suma delicadeza, Lihua entregó el bebé a Maomao. Esta se sintió un tanto desconcertada por tan repentina confianza. «No se me dan especialmente bien los niños», pensó. El pequeño no mostró recelo ante la desconocida y entornó los ojos mientras se chupaba un dedo con placidez. Comprendió de inmediato que Lihua deseaba mostrarle aquel triunfo: que tras haber quedado reducida a una cáscara vacía por el dolor tras la pérdida de su anterior vástago, ahora era capaz de criar a un chiquillo lleno de vida. Ante tal revelación, le resultaba imposible no encontrar al pequeño encantador.

Las damas de compañía que se habían incorporado recientemente al Pabellón de Cristal demostraron su eficiencia al disponer una silla para que Maomao pudiera sostener al lactante con la firmeza necesaria para el examen.

Su padre procedió a realizar la anamnesis a Lihua, el interrogatorio clínico sobre el historial de salud, y le tomó el pulso en la muñeca con suma concentración. El matasanos, por su parte, no desempeñaba ninguna tarea concreta. Se limitaba a sonreír a su lado con una benevolencia vacua. Fue Enen quien tomó la iniciativa de encargarse de organizar los instrumentos médicos en lugar del negligente médico oficial.

Maomao examinó al bebé minuciosamente. Debido quizá a que el calor comenzaba a manifestarse, el pequeño presentaba un ligero sarpullido por sudor en los pliegues del cuello. No halló ningún otro motivo de alarma; el niño rebosaba salud. Maomao susurró sus conclusiones al matasanos, quien a su vez transmitió el recado a Luomen. Su padre ya parecía haberlo previsto y, bajo su indicación, el matasanos extrajo un ungüento específico para el sarpullido del maletín que habían traído.

Era una satisfacción constatar que el niño prosperaba sano, pero mientras Maomao lo mantuvo en sus brazos, no dejó de sentir las miradas inquisidoras de Yao y Enen clavadas en ella, como si trataran de descifrar el enigma de su pasada relación con la consorte.



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