25/02/2026

Los diarios de la boticaria 6 - 18




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 18
La consorte Lishu, en una encrucijada (parte II)

El tintineo rítmico de los cascabeles rasgaba el aire con una insistencia monótona. A oídos de Bashin, aquel sonido resultaba de una irritación constante. Si bien la travesía se presentaba oficialmente como un acto de naturaleza litúrgica —razón por la cual la comitiva, hasta trasponer los límites de la capital, avanzaba mecida por esa cadencia extraña—, el joven oficial no hallaba consuelo en la religión. Sus recientes y asiduas incursiones en el barrio del placer habían provocado que su mente vinculara, de manera irremediable, el eco de los cascabeles con el ambiente de los burdeles. «¡¿No había ningún otro instrumento más adecuado?!», se cuestionaba con amargura. Temía que algún espíritu maledicente, movido por el rencor, trazara esa misma analogía para mancillar el honor de la consorte Lishu, sembrando rumores estultos que se burlaran de su incapacidad para retornar al palacio interior.

Desde la altura de su montura, Bashin permanecía sumido en sus pensamientos. En el corazón de la columna, resguardada por la estructura del carruaje principal, viajaba la consorte Lishu. Tras ella, se sucedían los carruajes destinados a las damas de compañía y al transporte del equipaje. La posición del joven oficial se situaba en el flanco diagonal, precediendo inmediatamente al carruaje de la consorte; a sus espaldas, guardaba la retaguardia Lihaku, aquel hombre que gozaba de la creciente benevolencia del señor Jinshi. Su compañero poseía un temperamento extrovertido y había intentado, en repetidas ocasiones, quebrar el silencio con alguna charla intrascendente, pero él, con el ánimo constreñido por la responsabilidad, no hallaba sosiego para tales distracciones.

En circunstancias ordinarias, un despliegue de seguridad de tal envergadura habría resultado superfluo. Incluso la presencia del propio Bashin en la guardia de escolta constituía una anomalía, pues no en vano ostentaba el cargo de subordinado directo del Hermano Imperial. Pese a ello, allí se encontraba, integrado en la comitiva de la consorte. Dado que su asignación poseía un carácter estrictamente transitorio, el mando efectivo de la columna recaía en un tercero. No obstante, por jerarquía y rango, Bashin se situaba por encima de aquel, una realidad que, dadas las coyunturas, no quedaba más remedio que aceptar con resignación.

Un vago desasosiego, como una sombra persistente, empañaba su percepción de aquel viaje. Prueba fehaciente de su inquietud era el hecho de que portara consigo el fardo entregado por la hija del boticario; aquel bulto que él mismo había tachado de innecesario bajo la premisa de que nadie habría de verter sangre en el camino. Bashin albergaba la certeza de que Jinshi ocultaba información relevante. Sin embargo, su lealtad no era tan imprudente como para pretender desentrañar los arcanos que no le concernían. Confiaba plenamente en que su señor habría urdido algún plan maestro entre bambalinas. Por tanto, su única obligación consistía en discernir cómo actuar ante una eventualidad cuyo origen y forma aún desconocía.

La distancia que los separaba del palacio de verano se estimaba en dos jornadas de viaje por tierra. El firmamento se mostraba clemente, carente de nubarrones, aunque el verdadero adversario era el rigor del sol, que castigaba con excesiva vehemencia. La comitiva, encabezada por el carruaje de la consorte, progresaba con lentitud deliberada, efectuando paradas frecuentes para evitar que las cabalgaduras sucumbieran al agotamiento.

—Parece que pasaremos la noche allí —manifestó Lihaku, acortando distancias para dirigirse a él.

A diferencia de Bashin, Lihaku realizaba el trayecto a pie. Su fisonomía robusta y su elevada estatura permitían que Bashin, aun desde su posición elevada sobre el caballo, no tuviera necesidad de inclinar la mirada para sostenerle la vista.

—¿No hay ninguna otra aldea más grande cerca? —inquirió Bashin, dejando que la duda escapara de sus labios.

Su observación nacía de la contemplación de aquel asentamiento: una aldea rural, en el sentido más estricto de la palabra, desprovista de cualquier infraestructura digna de albergar a una dama de la alcurnia de una consorte. Ante sus ojos solo se alineaban viviendas humildes que más bien semejaban chozas depauperadas. «¿No resulta este paraje excesivamente rudimentario para ella?», caviló.

—Parece que en este tramo intermedio solo hay aldeas agrícolas. La verdad es que es deplorable —convino Lihaku.

Bashin concluyó que habrían obrado con mayor juicio de haber seleccionado una ruta más noble. Aquella situación apenas se distinguía de acampar al raso.

—La consorte pasará la noche en el interior del carruaje.

—¿En serio...?

Si bien el carruaje gozaba de grandes dimensiones y su habitáculo interno podía equipararse al espacio de una estancia pequeña, la idea no dejaba de ser inusual.

—Afirman que es el mismo vehículo que empleó en su expedición hacia el oeste, por lo que no debería surgir inconveniente alguno —repuso Lihaku, haciendo gala de una hilera de dientes blancos mediante una sonrisa franca.

Bashin se preguntó si un individuo de tales características era lo que popularmente llamaba «un buen tipo». Lihaku lo aventajaba en casi un palmo de altura; poseía una piel profundamente bronceada por el sol y una constitución física de una solidez envidiable. Aunque portaba una espada al cinto, tenía noticia de que su verdadera maestría residía en el uso del bastón hexagonal. Sin duda, debía de ser un combatiente formidable. Al percatarse de que jamás habían cruzado aceros, consideró que, en un futuro, sería buena idea solicitarle una sesión de entrenamiento.

No obstante, si la consorte se veía privada de una posada formal, Bashin y el resto de la guardia se verían obligados a vivaquear bajo el cielo estrellado. Por una única noche, el sacrificio era tolerable. Tendrían prender hogueras para disuadir a los perros salvajes y otras bestias de la zona de aproximarse al campamento.

—Al aire libre habrá muchos bichos en esta época —observó Lihaku, contrayendo el ceño con evidente fastidio.

—¿Habrá algo por aquí que sirva para espantar a los mosquitos?

—¿Mosquitos?

Ciertamente, aquello representaba una contrariedad insoslayable. Por más que se avivaran las hogueras, resultaba imposible eludir por completo las picaduras de tales parásitos. En ese instante, un zumbido irritante vibró cerca del oído de Bashin. Reaccionó con una palmada certera, dejando tras de sí, en la palma de su mano, el resto aplastado de un mosquito de cuerpo grácil y motas blanquinegras. Al inspeccionar los alrededores, advirtió que la región estaba flanqueada por arrozales inundados, un ecosistema que debía de estar infestado de larvas. No pudo sino exteriorizar su disgusto mediante una mueca amarga.



Al alcanzar el asentamiento, procedieron a intercambiar saludos sucintos con los lugareños. Un anciano de piel apergaminada y oscurecida por el rigor del sol salió a su encuentro para recibirlos. Bashin, cuya presencia en la comitiva era meramente transitoria, se limitó a cumplir con el protocolo más estricto. Dado que la partida estaba programada para el alba, resolvió que lo más prudente sería entregarse al descanso a una hora temprana.

Solicitaron el uso de la hoguera comunal de la aldea para endender su fuego y preparar la comida. En tales circunstancias de viaje, la sofisticación debía ceder ante la necesidad. El hecho de que se les proveyera de gachas calientes y carne asada ya constituía, en sí mismo, un lujo considerable. No obstante, las damas de compañía asignadas a la consorte Lishu no ocultaban su descontento, quejándose abiertamente del menú.

«Qué falta de clase, meditó Bashin. Se presuponía que, al hallarse al servicio de una consorte de tan alta alcurnia, habrían asimilado la etiqueta y la compostura debidas, pero aquellas mujeres protestaban sin rastro de decoro. Tan pronto como hubieron concluido su colación, se recluyeron con presteza en su carruaje. «Qué proceder tan inusual», pensó Bashin mientras observaba el rastro de las damas regresando al vehículo.

—Es raro, ¿verdad? —espetó Lihaku, quien se le acercó con la cuchara todavía suspendida en la boca. Portaba un fragmento de carne asada dispuesto de cualquier manera sobre su cuenco de gachas.

—¿Por qué esas mujeres, que deberían estar cuidando de la consorte, se encierran en un carruaje distinto?

A pesar de la formulación interrogativa, era evidente que sus palabras no eran sino un comentario preñado de sarcasmo.

—Es un comportamiento lamentable.

Debido a sus complejos antecedentes, la consorte Lishu no parecía ser acreedora de la lealtad de su séquito. Al haber servido como consorte del anterior soberano para luego ingresar en el palacio interior del actual Emperador, existían facciones en la corte que observaban dicha trayectoria con recelo y desprecio.

—Pobre chica. ¿Es que esas damas no piensan en apoyar a su señora para prosperar ellas también?

Bashin percibió que en el tono de Lihaku no anidaba malicia alguna. Aun así, terminó de ingerir las gachas de su cuenco y dio cuenta del último pedazo de carne.

—¡Vaya! ¿Ya has terminado? ¿No vas a tomar más caldo?

—No. No me ha sentado bien la comida. Si lo quieres, para ti.

Tras recoger su cuenco, se dirigió hacia donde se encontraban los caballos. Ya se les había suministrado el forraje necesario, por lo que Bashin se dispuso a cepillar las crines de su montura para serenarse.

«¿A qué viene esa actitud?», meditó. Estaba al tanto de las murmuraciones que rodeaban a la consorte Lishu. Incluso se había tomado la molestia de indagar sobre su persona al saber que podría ser vinculada matrimonialmente con su señor. Sin embargo, las crónicas que llegaron a sus oídos no eran halagüeñas: se hablaba de una mujer astuta que pretendía servir a dos emperadores, una figura de rango inferior comparada con las otras consortes principales; al fin y al cabo, la hija de una estirpe de advenedizos sin solera.

Bashin recordó el rostro de Lishu de la única vez que sus caminos se cruzaron. Era una muchacha de apariencia quebradiza que temblaba ante la presencia de unos malhechores. Poseía una constitución tan menuda que daba la impresión de que podría fracturarse ante el más leve contacto físico.

Se decía que el palacio interior era un jardín. De ello no cabía duda. Pero así como en un vergel florecen especies de gran belleza, también medran las flores venenosas. «¿Qué clase de flor será, en realidad, la consorte Lishu?», se preguntó Bashin.

Mientras acariciaba el lomo del equino, advirtió que una de las damas de compañía descendía del carruaje de la consorte. «Solo esa dama trabaja como es debido», pensó. Incluso para alguien como él resultaba manifiesto que solo una de las servidoras atendía las necesidades de la consorte con propiedad. ¿Acaso las demás ni siquiera sentían la obligación de guardar las apariencias frente a la guardia?

Comprendía perfectamente por qué Jinshi se veía asediado por tantas preocupaciones. En los tiempos en que residía en el palacio interior y todavía desempeñaba el papel de eunuco, solían parlamentar de cuando en cuando. Por lo general, Jinshi no permitía que la inquietud perturbara la perfección de su hermoso rostro, pero en presencia de Bashin se permitía el lujo de relajar su expresión, aunque fuera levemente. Parecía que, aun tras haber abandonado el palacio interior, los conflictos no le daban tregua.

La dama que acababa de salir del vehículo estaba retirando el servicio de mesa. Incluso desde la distancia, se percibía que los platos aún contenían viandas; era evidente que la consorte apenas había probado bocado, quizás por falta de apetito o por el disgusto de la comida. «Es normal, supongo», se dijo Bashin. Se encaminaba hacia un palacio de verano para ser confinada bajo la sospecha de una supuesta infidelidad. Nadie poseería un espíritu tan inquebrantable como para agotar su ración en semejante tesitura.

Bashin percibió de nuevo el zumbido impertinente de un mosquito y lo espantó con un movimiento de la mano. Mientras oteaba el entorno, preguntándose si habrían dispuesto ya el incienso repelente, vio emerger a otra dama del carruaje. Sostenía una vasija de la que emanaba una columna de humo. «¿Será para ahuyentar a los insectos?», se cuestionó. La mujer transportó el recipiente hacia el carruaje de la consorte Lishu. Al menos parecía que alguien más, además de la dama anterior, realizaba una tarea de servicio, aunque solo fuera proveerla de incienso.

Bashin olfateó el aire con curiosidad. Más que el aroma acre del incienso contra mosquitos, lo que percibió fue una fragancia refinada, un perfume de matices peculiares. Tras dar por concluidos los cuidados de su caballo, decidió regresar al punto de encuentro donde se hallaban los demás efectivos de la guardia.



El silencio de la madrugada solo se veía interrumpido por el arrullo monocorde de las palomas silvestres. Bashin recobró la consciencia alrededor de la hora del buey, en el corazón de la penumbra. (NT: La hora del buey en el sistema tradicional japonés corresponde al intervalo entre las 2h y las 4h.) «¿Qué ha sido de la guardia?», se preguntó con una punzada de alarma. Al observar su entorno, la estupefacción le robó el aliento.

—¡¿...?!

Todos los efectivos yacían en las tiendas provisionales, sumidos en un letargo absoluto; ni un solo centinela permanecía en vigilia. El humo de las hogueras se alzaba con una densidad inusual, cargado de un aroma que irritaba sus conductos lagrimales.

—¡Oye!

Zarandeó con vehemencia a uno de los guardias apostado en la tienda contigua, mas no obtuvo respuesta alguna; el hombre parecía de piedra. ¿Qué clase de sortilegio o traición acontecía allí? Bashin se ciñó la espada al tahalí y, con cautela, escrutó el exterior a través de una rendija en la lona. En las moradas de la aldea no restaba un solo rastro de lumbre. Únicamente las hogueras del campamento oscilaban con un fulgor agónico, atrayendo a los insectos hacia una muerte segura entre las llamas.

De pronto, una silueta se recortó contra la oscuridad. Provenía de la zona donde se custodiaban los vehículos. La sospecha se tornó en certeza: algo infausto estaba ocurriendo y, ante tal tesitura, el deber primordial de Bashin era salvaguardar la integridad de la consorte. El joven oficial abandonó su refugio con movimientos felinos, deslizándose entre las sombras para evitar que el resplandor de las brasas delatara su posición. Al aproximarse, divisó a varios hombres congregados no ante el carruaje de la consorte Lishu, sino frente al destinado a las damas de compañía y el faldón de carga. Parecían parlamentar en voz baja con una de las servidoras; una escena cuya naturaleza era turbia, se mirara por donde se mirara.

Los individuos se adentraron en el carruaje de carga. «¿Qué tesoro o secreto puede albergar ese receptáculo?», caviló mientras permanecía agazapado. En ese instante, percibió una presencia a sus espaldas. Movido por el puro instinto, desenvainó una daga y lanzó una estocada ciega hacia atrás.

—¡Epa! Calma los ánimos, fiera. Menos mal que no soy el único despierto.

Quien alzaba las manos en señal de rendición era Lihaku. La punta del acero se detuvo a escasos milímetros de su yugular, justo cuando la hoja le rozó la piel. El compañero moduló su voz hasta convertirla en un susurro, mientras retiraba con la yema del dedo el fino hilo de sangre que comenzaba a deslizarse por su cuello.

—¿Qué está pasando aquí?

—Aunque me lo preguntes, tú también pensaste desde el principio que este rito de la consorte tenía algo de raro, ¿no?

Bashin asintió, reconociendo la perspicacia del otro. Al fijar la vista, advirtió que el dorso de la mano de Lihaku estaba impregnado de sangre fresca.

—Parece que nos han echado algo en la cena. Tengo la cabeza todavía un poco embotada.

Lihaku mostró la herida; era evidente que se había autoinfligido aquel corte para que el dolor punzante le permitiera permanecer despierto y quebrar el influjo del narcótico.

—Parece que a ti no te ha afectado porque el veneno debía de estar en el caldo, ¿verdad?

—Ya veo.

La resolución de Bashin de rechazar el alimento había resultado providencial por pura casualidad. Lihaku, por el contrario, lo había ingerido todo, pero si había logrado despertar era porque su sagacidad le había advertido del peligro inminente.

—¿Tu cometido en esta marcha responde a órdenes del señor Jinshi?

—Premio —respondió Lihaku, frotándose las manos con determinación.

Al escuchar aquello, Bashin sintió una opresión en el pecho, como si una mano invisible le estrujara el corazón. Por su posición oficial, existían secretos de Estado que no le estaba permitido conocer. Entendía que su señor guardara silencio por prudencia, pero la frustración que sentía por ser mantenido al margen era, con toda probabilidad, un vestigio de su propia inmadurez.

El joven dirigió una mirada cargada de recelo hacia el carruaje de carga. ¿Por qué el enemigo se concentraba en un vehículo que solo debía transportar enseres? ¿Acaso no era la consorte Lishu la pieza codiciada en este tablero?

—¿Significa esto que el verdadero botín es otro?

—Exacto.

El viaje de la consorte no era sino una tapadera, una distracción orquestada; el objetivo real se encontraba bajo los toldos del carruaje de carga.

—Se me encomendó la protección de ese vehículo. Otro hombre compartía mi guardia, pero... ¡Ah...! Pobre diablo.

Señaló hacia una sombra inerte que yacía junto a las ruedas. Parecía la figura de una sirvienta, pero permanecía inmóvil. En la cerrada oscuridad, resultaba imposible discernir si aún alentaba la vida en ella.

—¿Qué hay en ese carruaje?

—Eso forma parte de mi trabajo. No puedo revelar información confidencial —sentenció Lihaku mientras se lamía la herida de la mano con aire distraído.

—Son varios enemigos.

—Si fueran el doble me costaría un poco, pero no habrá problema —afirmó con una naturalidad pasmosa. Acto seguido, Lihaku clavó sus ojos en Bashin—. ¿Y cuál es tu trabajo?

—...

Su deber ineludible era velar por la vida de la consorte Lishu. Si fracasaba en la tarea que se le había confiado, no habría confianza que valiera. El joven cerró el puño con tal fuerza que los nudillos le palidecieron. Luego, observó a Lihaku, quien proseguía con su rústica cura.

—Toma esto.

Extrajo el fardo de tela de su túnica y le lanzó el desinfectante y los vendajes. Jamás habría imaginado que los suministros de la boticaria resultarían de utilidad tan prematuramente.

—Muchas gracias.

El hombre esbozó una sonrisa de oreja a oreja y procedió a envolver su mano con la venda. Bashin guardó el resto del botiquín entre sus ropajes y, con paso firme, se encaminó hacia el carruaje donde la consorte Lishu aguardaba, ignorante del peligro que acechaba en la noche.



—¡Es culpa suya!

Al aproximarse al carruaje, Bashin percibió el clamor de una voz femenina que hendía el silencio. Bajo la luz vacilante de las hogueras, la indumentaria de la mujer delataba su condición: se trataba de una de las damas de compañía de la consorte Lishu.

—Por ocupar el puesto de consorte de alto rango sin merecerlo... Me repugnaba pensarlo durante todo este tiempo.

La figura de la consorte permanecía oculta a la vista. No obstante, dado que la servidora dirigía sus invectivas hacia un interlocutor presente, Bashin se cuestionó si su señora se hallaba en estado de vigilia o si, por el contrario, se trataba de un amargo monólogo de la dama. La realidad, empero, era meridiana: la consorte Lishu había sido víctima de la perfidia de su propia servidora, cuya traición había franqueado el paso a los asaltantes que Lihaku combatía en otro sector de la comitiva.

«¡Qué barbaridad!», meditó alarmado. Aquello arrojaba luz sobre el asalto previo que la consorte había sufrido en el corazón de la capital. Alguien con acceso irrestricto a su esfera más íntima conocía al detalle cada uno de sus movimientos y protocolos.

Bashin escrutó las sombras que danzaban sobre la madera del vehículo. Además de la dama, se proyectaba otra silueta masculina. Entre el efluvio del incienso y el humo acre de las piras, sus sentidos captaron un hedor metálico e inconfundible: el aroma de la sangre fresca.

¡¿Cuál era el estado real en el interior del habitáculo?! ¿Estaría a salvo la consorte? Bashin fijó la vista en la espada que pendía de su cintura; la desenvainó con presteza y, con un movimiento calculado, la ocultó tras una de las ruedas del carruaje para no ser detectado prematuramente. En su lugar, empuñó una daga de corto alcance y recogió varios guijarros del suelo. Asimismo, desprendió el adorno de cuentas que decoraba la empuñadura de su espada y lo puso a buen recaudo en su fajín.

Inspiró profundamente y exhaló el aire con una determinación gélida. Debía proceder sin estrépito, con la frialdad de quien no permite que el pulso le tiemble. La prioridad absoluta e inapelable era salvaguardar a la consorte. Se posicionó en un punto ciego respecto al acceso del carruaje y lanzó los guijarros hacia el interior. El sonido de las piedras rodando sobre el suelo de madera resonó con una nitidez sobrecogedora en la quietud nocturna. ¡Clac, clang, clong!

—¡¿Quién anda ahí?! —bramó una voz masculina.

A continuación, el crujido de la madera bajo un peso considerable delató el movimiento del asaltante. La dama traidora reaccionó con un respingo que provocó un chirrido en la estructura, mientras que un sollozo de puro pavor escapó de los labios de la consorte ante el grito del hombre.

En un lapso apenas perceptible, Bashin fue capaz de diseccionar cada uno de aquellos sonidos y atribuirles su origen. Precedida por el estrépito de unos pasos pesados, una sombra de gran envergadura emergió ante él. Era un individuo que lo aventajaba en estatura, ataviado con ropajes oscuros para mimetizarse con la noche; no obstante, sus movimientos carecían de la finura necesaria.

Bashin le asestó un golpe seco con la base de la palma directamente en la mandíbula. La saliva del agresor salió proyectada, pero sus ojos, cargados de una furia animal, permanecieron fijos en el joven. «¡Mierda! He calculado mal y ha sido un golpe demasiado superficial», se recriminó internamente.

Un puñal hendió el aire a escasa distancia de sus ojos. Al tiempo que varios mechones de su cabello caían al suelo, cercenados por el acero, Bashin dio un paso al frente con audacia. Sin conceder tregua al enemigo, dirigió esta vez su ataque hacia la sien. Tras recibir dos impactos del oficial, el hombre puso los ojos en blanco y se desplomó como un fardo inerte. Tanto la mandíbula como la sien constituyen puntos vitales para provocar una conmoción cerebral inmediata. En el envite inicial, Bashin había errado en el cálculo debido a la disparidad de estaturas y al desnivel propio del carruaje.

Al cerciorarse de que el asaltante había perdido el conocimiento, ascendió al vehículo. Como había previsto, allí se encontraban la consorte Lishu y su dama de confianza, junto a la traidora que no había cesado en sus improperios. Bashin procedió a sellar la boca de esta última con su mano mientras inmovilizaba sus extremidades.

—No te resistas, no quiero tener que usar la fuerza —le susurró al oído con una voz desprovista de emoción.

La mujer, presa de un temblor convulsivo, asintió sin ofrecer más oposición. A decir verdad, Bashin carecía de destreza en el trato con el sexo femenino, pero no podía permitirse la laxitud. Aseguró las manos de la cautiva empleando el cordón decorativo que portaba; en su premura, aplicó una presión excesiva que arrancó un quejido a la dama. Lamentaba su tosquedad, mas las circunstancias no permitían delicadezas de cortesía.

Dirigió entonces su mirada hacia la consorte. Lishu temblaba de forma incontrolada mientras sus labios intentaban articular alguna palabra. ¿Acaso había sido herida? ¿O era el simple terror el que la atenazaba? De hallarse presente el señor Jinshi, habría sabido reconfortarla con esa naturalidad casi divina que le caracterizaba; Bashin, en cambio, se sentía un instrumento tosco. Su única función era erradicar cualquier amenaza.

En concluir el aseguramiento de la traidora y el asaltante, se aproximó a la consorte. Con un movimiento trémulo, Lishu extrajo un lienzo de entre sus ropajes. Parecía un pañuelo de seda fina que, pese al pánico que la desbordaba, ofreció a Bashin.

Era lógico que ella le temiera. Al fin y al cabo, a ojos de una joven tan delicada, Bashin no dejaba de ser un guerrero que acababa de maniatar a una mujer con saña. Al contemplar el pañuelo, el joven supuso que se lo entregaba para amordazar a la traidora ante la falta de otros medios.

—Gracias. Tiene la longitud ideal...

Mas en el momento en que se disponía a tomarlo, la bondadosa consorte aplicó con infinita suavidad el tejido sobre la mejilla del joven.

—¿...?

—T-Tienes sangre...

Su voz era tan tenue que apenas superaba el susurro de la brisa. Al oír la mención de una herida, él se llevó la mano al rostro. Percibió un líquido viscoso y rojo que se deslizaba por su piel: un corte superficial, vestigio de no haber eludido con total pulcritud el ataque previo. Era un vicio recurrente en su naturaleza: cuando la adrenalina del combate le poseía, el dolor físico se desvanecía, dejándole ajeno a sus propias heridas.

—G-Gracias... —logró articular Lishu con un hilo de voz, mientras el temblor de sus manos se transmitía a través del pañuelo.

En ese instante, Bashin sintió una opresión súbita en el pecho, una turbación desconocida que le hizo perder la compostura. El contacto de aquellos dedos delicados y la mirada acuosa de la consorte, que parecía buscar refugio en él a pesar de su propio miedo, crearon una atmósfera de una intimidad abrumadora. El aroma a flores que emanaba de ella se mezcló con el olor a hierro de su propia sangre. Por segunda vez, no vio en ella a una consorte imperial, sino a una muchacha frágil a la que deseaba proteger con una vehemencia que rozaba lo irracional. Su pulso, antes gélido y táctico, comenzó a galopar desbocado contra sus costillas, martilleando con una intensidad que le abrasaba los oídos.

—¡Ugh!

Involuntariamente, la agitación de sus sentidos le hizo oprimir con demasiada fuerza la boca de la traidora. La mujer palideció ante el rigor del agarre.

—T-Toma esto.

La otra dama de compañía, aquella cuya lealtad permanecía incólume, le extendió un segundo pañuelo con suma consideración. Bashin lo empleó con presteza para amordazar a la cautiva, intentando ocultar el rubor que encendía sus mejillas.

Debía proceder a asegurar al asaltante inconsciente. No obstante, el corazón de Bashin continuaba percutiendo con una fuerza indómita, henchido de una mezcla de pundonor y una fascinación que no se atrevía a nombrar. Bajo el influjo de esa extraña embriaguez emocional, terminó de atar los brazos del hombre con tal ferocidad que los miembros de este amenazaban con tornarse lívidos por la interrupción del riego sanguíneo, como si cada nudo fuera una reafirmación del muro que ahora juraba levantar entre la consorte y el resto del mundo.



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