
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
En lo que respectaba a la inminente plaga de langostas, Jinshi y los altos dignatarios del imperio ya habían articulado diversas estrategias de contingencia. Por añadidura, contaban con la batata como baluarte y cultivo de reserva para mitigar las hambrunas.
Bajo tales auspicios, lo natural habría sido que Maomao consagrara sus días a la botica con absoluta serenidad. No obstante, nunca dejaba de asombrarle la presteza con la que el infortunio parecía rastrear sus pasos. La misiva llegó antes de cumplirse el décimo día desde la intoxicación del artista, y apenas transcurridos dos meses de su retorno de las regiones occidentales.
—Toma, esto es para ti.
Se la dio una de las cortesanas de la Casa Verdigris con total indiferencia. Al parecer, un mensajero la había entregado durante la ausencia de Maomao, mientras esta cumplía con sus recados en la urbe. El sobre carecía de remitente, pero exhalaba una fragancia de incienso tan intensa como sofisticada. Eran escasos los conocidos de la joven que harían gala de un gusto tan refinado.
Como era de esperar, la autoría correspondía a Jinshi, pero el contenido distaba mucho de la elegancia del envoltorio. «La consorte Lishu está a punto de ser represaliada». Al leer semejante sentencia sin preámbulo alguno, Maomao no pudo sino abrir los ojos con una mezcla de estupor y alarma.
Los pormenores del asunto eran los siguientes:
La consorte Lishu se había desplazado hacia el oeste en cumplimiento de sus deberes institucionales. No obstante, el alejamiento prolongado de una dama de su rango del palacio interior suscitaba suspicacias protocolarias de gravedad. Por muy estricta que fuera la escolta, en el instante en que una flor es trasplantada fuera de ese jardín vallado, el riesgo de que se mezcle con la semilla de un extraño se incrementa de forma intolerable para la etiqueta imperial, hablando sin tapujos.
Consecuentemente, a Lishu no se le había permitido el reingreso inmediato tras su retorno a la capital. Como medida profiláctica y para preservar el decoro, se requería la ejecución de los mismos ritos lústrales que preceden a la primera entrada de toda empleada. En el caso de una servidora de linaje humilde como Maomao, el proceso era somero: bastaba con confirmar que no estaba embarazada. Sin embargo, para una consorte de alto rango, el procedimiento se tornaba farragoso; no solo debía someterse a ceremonias de purificación, sino también a una reclusión ascética en un templo para lavar cualquier impureza del mundo exterior. Dicho periodo solía extenderse durante un mes y, bajo condiciones ordinarias, ya debería haber expirado.
—Tenemos un problema —declaró Jinshi con un rictus de fatiga tras despojarse de su máscara.
Puesto que el estío convertía la botica en un horno sofocante si se clausuraban los vanos, habían solicitado de nuevo a la madame una estancia privada. Lo habitual era que departieran en la más estricta soledad, pero hoy Bashin ocupaba un rincón de la sala, sentado con su habitual semblante adusto y una rigidez casi marcial. «No sé si su presencia facilita o entorpece la situación...», meditó Maomao.
Cuando se hallaba a solas con Jinshi, este solía incurrir en galanterías impertinentes que resultaban una molestia; pero, bajo la vigilancia de Bashin, ella tampoco podía permitirse el lujo de relajarse y estirar las piernas con facilidad. Jinshi, por su parte, lanzaba miradas de soslayo a su subordinado como si su presencia fuera un estorbo, mientras este permanecía impasible. ¿Acaso su función era evitar cualquier imprudencia de Maomao? No, tal vez...
Parecía que el joven también albergaba un interés genuino en la gravedad del problema que afligía a la consorte.
—No le viene el periodo.
—Ya veo.
La razón por la cual la consorte Lishu se veía privada de retornar al palacio interior era la ausencia de su ciclo menstrual. Maomao asimiló la gravedad del asunto al instante. El palacio interior no era sino un jardín cultivado para el deleite exclusivo del Emperador; las flores que en él moraban tenían como única razón de ser la producción de frutos que perpetuaran el linaje imperial.
En tal escenario, si una consorte que ha permanecido fuera de los muros palaciegos durante un tiempo prolongado no presenta su sangrado mensual, la sospecha se torna una losa de plomo.
—No creo que la consorte Lishu capaz de incurrir en una infidelidad de tal calibre —señaló Maomao con sobriedad.
—Eso ya lo sé, pero el protocolo es inflexible. Si sigue así, será objeto de sospechas. Y aun si se demostrara su inocencia, se plantea que no pueda regresar al palacio interior.
Dada la naturaleza de la corte, para ejercer las funciones propias de una consorte de alto rango es imperativo acreditar la capacidad de concebir. Por cruel que resulte a oídos ajenos, aquel es un microcosmos donde, de lo contrario, resulta imposible cumplir con el papel asignado.
—Aún es muy joven... ¿No podría tratarse de una mera irregularidad fisiológica?
—El problema es que han transcurrido ya dos meses sin rastro de su ciclo.
Maomao y Jinshi prosiguieron con su deliberación clínica. Bashin, con la cabeza gacha, comenzó a temblar de forma ostensible por una razón que escapaba a la lógica de la boticaria.
—Puesto que parece aquejada de una circulación sanguínea deficiente, ¿desea que le prescriba algún tónico que mitigue la aflicción? Y si no funciona, podríamos complementar el tratamiento con masajes específicos. Es probable que también sufra de una digestión perezosa.
—Sí, he oído que esos remedios son eficaces. Sería el proceder más sensato, pero el problema es el médico oficial. Como ya sabes, solo hay uno en el palacio interior y es un inútil.
—En ese caso —sugirió Maomao—, creo que sería buena idea recurrir a mi padre adoptivo.
—Tienes razón. Eso sería lo más prudente.
En mitad de aquel diálogo, aparentemente casual pero de naturalidad técnica, Bashin irguió la cabeza. Su rostro ardía con un carmín encendido y se mordía el labio con una fuerza que denotaba una lucha interna.
—¡S-Señor Jinshi...!
—¿Qué ocurre?
El noble, dueño de una belleza que rozaba lo irreal, clavó su mirada en Bashin, quien presentaba un color tan intenso como una guinda madura.
—¿C-Cómo puede hablar de esas cosas con tanta tranquilidad...?
—¿A qué te refieres?
Jinshi ladeó la cabeza, sumido en una genuina perplejidad. Maomao, sin embargo, comprendió de inmediato la turbación del joven. El noble había consagrado gran parte de su vida a la administración del palacio interior, lo que le obligaba a tratar temas que, por norma general, pertenecen estrictamente al ámbito femenino. No obstante...
—Los caballeros de buena cuna no suelen debatir con tanta ligereza sobre la naturaleza del ciclo femenino —apuntó la joven.
—Ah...
—Y además... —añadió, aunque se detuvo antes de que sus palabras cobraran vida propia.
Que un hombre de su posición poseyera un conocimiento tan detallado y una confianza tan absoluta sobre tales materias... «Me da un poco de grima», pensó. ¿Qué consecuencias tendría proferir tal pensamiento en voz alta? Si bien es cierto que ella prefería un hombre instruido a uno ignorante, una comprensión tan íntima de la fisiología femenina por parte de alguien que no era médico resultaba, cuanto menos, perturbadora.
La boticaria guardó silencio, convencida de que era lo más prudente, pero Jinshi se aproximó a ella con insistencia.
—¿Y además, qué? ¿Qué ibas a decir?
—No, no era nada en particular... Nada que merezca su atención.
Maomao desvió la mirada, intentando establecer una distancia, que Jinshi se encargó de acortar de nuevo.
—No me mientas. ¿Qué querías decir? Habla.
—Le aseguro que carece de importancia.
—¡Me lo puedes decir con franqueza!
—...
Ante tal asedio, la joven acabó por escrutarlo con los ojos entornados. Llegada a ese punto de saturación, no le restaba otra salida que la sinceridad. Y puesto que él la había apremiado de forma innecesaria, el semblante de Maomao también se había endurecido. Para alejarse de la proximidad del noble, se había incorporado parcialmente, de tal modo que su mirada caía ahora desde una posición de superioridad física sobre él.
Por tanto, por un azar de circunstancias, la frase que soltó podría calificarse como un acto de fuerza mayor. No obstante...
—Bashin tiene razón en que da un poco de grima que usted domine tanto estos temas, señor Jinshi.
Las facciones de Jinshi y Bashin quedaron petrificadas, como si el tiempo se hubiera detenido de golpe. Ella se reafirmó en su fuero interno: «Ha sido inevitable. Me ha obligado». Sencillamente, coincidió que lo miraba desde arriba, con un gesto de desdén involuntario, y se limitó a responder a su demanda; ella no albergaba ninguna intención maliciosa. Sin embargo...
Al verlos allí plantados, tan rígidos como estatuas de sal que amenazaban con desmoronarse al menor soplo de aire, la boticaria comprendió que, una vez más, su lengua había sido el origen de un desastre diplomático.
Transcurridas unas jornadas, una nueva misiva llegó a manos de Maomao, esta vez con la caligrafía serena de su padre adoptivo. Tal como se preveía, Jinshi se había movilizado con presteza para despachar al veterano boticario hacia el retiro de la consorte Lishu.
A pesar de la sombra de pesadumbre que oscurecía el semblante del noble tras su última audiencia en la Casa Verdigris, parecía que sus facultades administrativas permanecían intactas. El contenido del mensaje informaba de que Luomen había suministrado los tónicos pertinentes a la consorte, pero su intervención se había visto limitada por obstáculos insalvables. Aunque la carta solo esbozaba los acontecimientos con pinceladas cautas, se colegía que el séquito de damas de compañía de Lishu había impedido cualquier exploración física, aun tratándose de un eunuco cuya condición debería haber mitigado cualquier recelo. Con toda probabilidad, tal negativa no emanaba de la dama de compañía principal, sino de ese grupo de servidoras cargadas de una soberbia infundada.
«Con lo sencillo que resultaría zanjar esta disputa de forma definitiva...», meditó Maomao con hastío. El método más expedito para disipar las sombras de la sospecha consistía en certificar que la doncella conservaba su pureza intacta. Puesto que la consorte Lishu, debido a su extrema juventud y las vicisitudes del protocolo, aún no había compartido el lecho imperial, la confirmación de su virginidad la exoneraría de cualquier imputación de deslealtad. No obstante, dada la naturaleza intrusiva de tal escrutinio, era comprensible que incluso ante un eunuco surgiera una resistencia férrea. Cabía la posibilidad de requerir los servicios de una partera experimentada para tal fin; sin embargo, conociendo el temperamento pusilánime de la consorte Lishu, la boticaria sospechaba que la joven perdería el sentido ante la mera mención del procedimiento.
Por el momento, Maomao mantenía la convicción de que la amenorrea de la joven Lishu era consecuencia directa del agotamiento derivado de la extenuante travesía hacia el oeste; un reposo adecuado y el estímulo de la circulación sanguínea deberían ser bálsamo suficiente para restaurar su equilibrio fisiológico. Al menos, esa era la conclusión que dictaba su lógica.
El confinamiento formal de la consorte Lishu bajo arresto domiciliario se decretó apenas cinco jornadas después de aquellos sucesos. Al parecer, ninguna medicina había surtido efecto y su irregularidad persistía. Resultaba una desventura que una dama de su rango se viera proscrita por algo de tal naturaleza, pero Maomao suponía que las altas esferas del palacio exterior habrían sopesado razones de Estado para precipitar tan drástica resolución.
No obstante, la prudencia no es una virtud universal, y siempre emerge alguien incapaz de someterse a la inevitabilidad de los hechos. En esta ocasión, la botica del barrio del placer recibió a un visitante cuya agitación era manifiesta.
—¡No puedo aceptarlo! —sentenció Bashin, con el gesto crispado por la indignación—. ¡¿Cómo es posible que esto esté pasando?!
«No es que no lo entienda. Pero, ¿por qué tiene que venir a verme precisamente a mí?», pensó Maomao. Convertir la botica en el receptáculo de sus lamentos era claramente una obstrucción a su trabajo.
Mientras profería sus llantos, Bashin no dejaba de vigilar de reojo el exterior, temeroso quizá de un encuentro fortuito con Pai Lin. A sus veinte años, el joven permanecía como un hombre que custodiaba con celo su tesoro más preciado: su castidad.
—Por mucho que vengas aquí a quejarte...
—Incluso el señor Jinshi... ¿Cómo puede quedarse callado ante semejante ultraje?
«¿Por qué viene y luego no me escucha cuando le hablo?», se dijo la boticaria mientras observaba a Bashin con una mirada de sincero agotamiento. Se planteó, no sin cierta malicia, requerir la presencia de la regenta para que las cortesanas sometieran al joven a una suerte de representación del palacio interior. Para Maomao, que conocía el palacio interior hasta la saciedad, tal farsa resultaba repulsiva, pero los caballeros que ignoran la realidad de sus muros parecían visualizarlo como un jardín de las delicias, un edén terrenal. La vieja madame, siempre ávida de lucro, explotaba tales fantasías ofreciendo el reclamo de las técnicas de quien había retornado del palacio interior. Naturalmente, la retornada era Maomao, aunque su participación en tal teatro se limitaba a lo anecdótico:
—¿Qué te parece esta postura?
—Supongo que está bien.
Aquel breve intercambio bastaba para satisfacer la curiosidad ajena; después de todo, en el mundo del placer, la veracidad es secundaria frente al deseo del cliente. En estas simulaciones se omitía, huelga decirlo, la figura de los eunucos; la realidad es un matiz innecesario cuando se vende un sueño.
Ahora bien, retomando la cuestión que ocupaba al joven escolta:
—Y bien, Bashin, ¿qué es lo que quieres hacer tú en todo esto?
—¿Q-Que qué es lo que...?
El ímpetu del joven se desvaneció de súbito. Si su propósito fuera solicitar consejo estratégico o apoyo en una empresa concreta, Maomao habría mostrado mayor disposición; pero su lamento vacuo carecía de utilidad. Fue entonces cuando decidió confrontarlo con una sospecha que albergaba desde hacía tiempo.
—¿Hay alguna razón por la que te empeñas en defender tanto a la consorte Lishu?
—E-Eso...
Maomao conocía la respuesta, pero juzgó necesario que él la escuchara de sus labios.
—Eres el escolta personal del señor Jinshi. ¿Acaso favorecer a una consorte específica beneficia en algo a los intereses de tu señor?
La boticaria tenía la certeza de que la posibilidad de entregar a Lishu a Jinshi se había desvanecido tras las últimas maniobras del Clan U. Dado que el noble nunca mostró entusiasmo ante tal unión, era impensable que aún albergara el deseo de tomarla por esposa. Por tanto, la inquietud de Bashin nacía de una fuente distinta: un sentimiento puramente personal.
Pese a su alcurnia, Bashin poseía una ingenuidad impropia de su rango. No habría sido inusual que ya hubiera sido iniciado en los misterios de la alcoba, pues los varones de la aristocracia suelen recibir tal instrucción como parte de su formación vital. «¿Qué labor ha desempeñado Gaoshun?», se cuestionó la joven. ¿Acaso la devoción de su padre hacia Jinshi le llevó a desatender la educación emocional de su propio vástago? Bashin era de aquellos que se ciegan ante una idea fija, y ver a un hombre de tal temple precipitarse en los abismos del afecto prohibido resultaba ciertamente peligroso. Sin embargo...
«Y encima tenía que ser la consorte Lishu», caviló la boticaria. No vislumbraba ante ellos sino un sendero sembrado de espinas. Quizá debería sugerirle que buscara solaz en placeres menos trascendentales; en la Casa Verdigris no faltaban damas capaces de ofrecerle una distracción más liviana.
Aun siendo plenamente consciente de la futilidad de sus palabras, Maomao se vio impelida a insistir una vez más.
—No es prudente albergar sentimientos por una consorte. ¿Comprendes la gravedad que ello conlleva?
—L-Lo sé... —articuló Bashin, quien tras un leve tartamudeo, hundió la mirada mientras su rostro se ensombrecía con una expresión de amargura.
Maomao bien podría haber despachado al joven, fingiendo ignorancia ante sus cuitas. No obstante, si aquel asunto derivaba en una crisis y Jinshi acudía a ella para exigir responsabilidades, las consecuencias resultarían un fastidio insufrible. Por consiguiente, resolvió que, al menos, escucharía su relato.
—Y bien, ¿cuál será el destino de la consorte Lishu?
—Será trasladada a un palacio de verano situado en los dominios del norte, más allá de los muros de la capital.
—¿Fuera de la capital?
«No solo la alejan del palacio interior, sino que la proscriben de la corte misma», pensó Maomao. Si la trasladaban fuera de los límites de la ciudad imperial, por más que la etiqueta intentara maquillar la situación, el juicio del mundo sería unánime: la consorte Lishu habría incurrido en una falta de extrema gravedad.
—La partida está prevista para mañana.
—¿Es lícito que me reveles una información así tan a la ligera...?
—¿Acaso eres de las que van por ahí yéndose de la lengua?
—En absoluto.
La boticaria no alimentaba tal intención, pero le resultaba insólito que un oficial de su rango revelara un secreto de los entresijos del estado como ese, con tal falta de reserva.
—En condiciones normales, guardaría silencio... Sin embargo, bajo un acuerdo tácito de las altas esferas, la consorte Lishu será conducida al palacio de verano. La versión oficial que se difundirá es que su retiro responde a la necesidad de asistir a una ceremonia de purificación.
Al parecer, después de todo, Bashin no ignoraba las implicaciones del protocolo. «La versión oficial...», caviló Maomao. Aquel matiz despertaba en ella una sombra de sospecha. Con todo, no disponía de margen de maniobra para profundizar en sus indagaciones.
—Bashin.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, devolviéndole una mirada de rigidez imperturbable.
—Cuando la consorte Lishu emprenda el viaje, ¿quién conformará su escolta?
—Si no recuerdo mal... se ha dispuesto que la acompañe ese tal Lihaku, un oficial en quien el señor Jinshi ha depositado gran confianza recientemente. También integrarán la comitiva algunos hombres recomendados por el estratega.
Ante la mención de Lakan, el semblante de Maomao estuvo a punto de sufrir una contracción de puro aborrecimiento, pero logró refrenar sus impulsos. «Lihaku, ¿eh?», se dijo. A pesar de que su constitución física recordaba a la de un perro de gran envergadura, era un hombre diestro en las artes del combate y poseía el discernimiento necesario para no ser tachado de necio. Era, en esencia, alguien capaz de reaccionar con presteza ante la adversidad. En cuanto al bicho raro del monóculo, por muy caótica que fuera su propia existencia, rara vez erraba en la selección de su personal. Pese a estas garantías, la boticaria no lograba desprenderse de un inquietante presentimiento.
—¿Y tú?
—Curiosamente... yo también formo parte de la expedición.
«¡Ajá! —Maomao no pudo evitar asentir para sus adentros—. Aquí hay gato encerrado». Ante tal revelación, la única acción que quedaba en sus manos era...
Comenzó a retirar de las estanterías diversos suministros: vendas, ungüentos y otros artículos de botica. Agrupó los elementos hasta conformar un pequeño fardo; se trataba de una versión minimalista del botiquín de primeros auxilios que siempre portaba consigo.
—Lleva esto contigo, si no te resulta un estorbo.
—¿Qué es esto?
—Instrumentos para la cura de heridas superficiales. Analgésicos, vendas y otros enseres. También he incluido algunos caramelos por si te fallan las fuerzas durante el camino.
—¿Me tomas por un niño?
Bashin esbozó una mueca de desagrado, pero Maomao se lo impuso con autoridad silenciosa.
—No ocupan mucho espacio, así que llévatelo todo.
—Está bien, no me queda otra...
El joven guardó el fardo entre los pliegues de su túnica con un ademán de fastidio. Si no lo usaba, pues no pasaba nada; sería un desperdicio de suministros, pero bastaría con deshacerse de ellos para dar por concluida la historia. No obstante, convenía no ignorar que las corazonadas de Maomao poseían la desconcertante facultad de ser certeras.
—Por favor, protege a la consorte Lishu pase lo que pase.
—Eso ya lo sé.
A pesar de que la conversación no había arrojado solución alguna al conflicto, Bashin optó por retirarse. Maomao exhaló un suspiro prolongado y profundo. Sin duda, el joven no había podido contener por más tiempo la necesidad de desahogar sus preocupacines con alguien. «Vaya subordinado más problemático tiene el señor Jinshi», pensó mientras procedía a retirar la taza de té, ahora vacía.
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