
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
—Sí, es lo habitual.
—Entiendo.
La situación le infundía una inquietud sorda, pero comprendió que no le restaba sino someterse a las reglas de aquel juego donde el pez mayor devora al pequeño. No obstante, no pudo evitar una reflexión cínica: ¿qué sentido poseía su meticulosa labor como catadora si el acceso a la intimidad de los poderosos resultaba tan vulnerable?
La estancia, situada al final de una galería, presentaba el aspecto esperado. Sobre una mesa circular se disponían licores, frutos secos y cecina, alimentos todos ellos destinados a conferir un vigor inmediato a los comensales. El mobiliario incluía un diván y un lecho, ambos de dimensiones generosas, capaces de acoger a dos personas tumbadas con absoluta holgura.
Aunque el espacio se antojaba algo angosto para cinco personas, el que parecía ser el intérprete se retiró con presteza; su función ahora consistiría en custodiar la entrada desde el exterior. Justo cuando Maomao se cuestionaba cómo entablarían conversación sin él, la mujer se dirigió a ellos en el idioma imperial con una dicción impecable:
—Os agradezco que os hayáis tomado la molestia de venir hasta aquí. Me llamo Aylin. Mi acompañante es un sirviente de total confianza, así que podéis hablar sin cuidado.
(NT: El nombre de Aylin significa «halo de luna» o «luz de luna» en turco. Es un nombre muy popular en Turquía y Azerbaiyán, y simboliza claridad, belleza nocturna y una naturaleza protectora y luminosa. Teniendo en cuenta que el Imperio Li es la representación de la China imperial y que Aylin proviene del oeste, sus rasgos físicos, como los ojos celestes y pelo rubio, apuntan a una inspiración histórica muy específica: Aylin representa el exotismo de la Ruta de la Seda, situándola en el imaginario de las culturas centroasiáticas o persas antiguas que tanto influyeron en la cosmética, la medicina y el comercio de la China Imperial. El símil de su procedencia en países actuales podría radicar en Uzbekistán, Tayikistán o el norte de Afganistán, así como en tribus nómadas de las estepas que se extendían desde Europa del Este hasta Mongolia.)
—¿Puedo llamaros señora Aylin? Mi nombre es Kan Lahan. Mi acompañante es una pariente cercana, así que no os preocupéis por ella.
Fue un intercambio de lo más escueto; más que una presentación, parecía que ambos ya conocían la identidad del otro y hablaban solo para confirmarla.
Mientras Lahan inspeccionaba visualmente el perímetro, Maomao golpeó con sutileza el muro para verificar su solidez. Al tratarse de una construcción de piedra maciza, el riesgo de que las voces se filtraran al exterior era inexistente: el escenario era perfecto para la traición... o el pacto.
Lahan extrajo un documento de su túnica y quebró el sello de lacre que lo custodiaba con un chasquido seco.
—Confieso que, cuando los mercaderes de Shaoh me esbozaron esta propuesta, me quedé atónito. Tuve que preguntarles si hablaban en serio.
El sirviente de la extranjera dispuso una silla frente a la mesa redonda. Aylin clavó su mirada en Lahan, quien, con una sonrisa de estudiada amabilidad, le invitó a tomar asiento. Quizá por emular al sirviente o por seguir el protocolo de Shaoh, el joven imitó el gesto e instó a Maomao a sentarse. A la boticaria le desagradaba ser manejada como una pieza de ajedrez, mas como el cansancio empezaba a hacer mella en sus piernas, decidió aceptar el asiento.
Acto seguido, el sirviente trajo un diván y lo había colocado en una posición cómoda para Lahan. Una vez que este se sentó, preparó las bebidas. No se consumían puras, sino rebajadas con agua, pues se trataba de un destilado de una alta graduación alcohólica.
«¡¿De qué demonios van a hablar?!», se preguntó Maomao. Comenzaba a cuestionarse la necesidad de su presencia allí. Salvo por el alcohol que se le ofrecía, su papel era meramente decorativo. Ante la visión de aquel lecho tan suntuoso, consideró por un instante si sería una grave falta de decoro entregarse al descanso. Sin embargo, las palabras de Aylin quebraron su letargo de inmediato:
—Resulta difícil andarse con rodeos, así que seré clara: ¿podríais garantizarnos asilo y residencia en vuestro país?
—¿Cómo debo interpretar exactamente esa petición...? —preguntó Lahan mientras se ajustaba las lentes con parsimonia—. ¿Qué motiva tan drástica determinación?
¿Debía entenderse como una simple migración de particulares? No era infrecuente que artistas o mercaderes extranjeros buscaran fortuna y arraigo en el Imperio Li. Sin embargo, la mujer que tenían frente a ellos no poseía la traza de una creadora, y el aura de autoridad que emanaba de su persona distaba mucho de la de una comerciante.
—¿Conocéis el sistema de gobierno de mi nación? —inquirió Aylin.
Maomao ladeó la cabeza, confusa. Sus conocimientos sobre Shaoh se limitaban a su función como enclave comercial estratégico. Lahan, por el contrario, mostró su habitual erudición:
—Tengo entendido que el gobierno se rige por los oráculos de una suma sacerdotisa.
Gobernar bajo el dictado de la adivinación... En su país también se consultaba a los astros y los augurios, y en la corte existía incluso un departamento especializado en artes adivinatorias, pero tales vaticinios tenían un peso político mucho menor.
—Para ser exactos, se trata de una deidad encarnada —corrigió Aylin—. Se entroniza a una niña como diosa y sus palabras se convierten en la voz de una divinidad superior.
Para el pragmatismo de Maomao, aquello resultaba una noción difícil de procesar, sentimiento que Lahan parecía compartir. Ambos eran de la estirpe de quienes solo otorgan crédito a lo que sus sentidos pueden verificar. No obstante, tomaban nota de tales dogmas; de lo contrario, resulta imposible navegar por las procelosas aguas de la diplomacia.
Lahan se acarició la barbilla, escrutando a Aylin como quien analiza una ecuación compleja.
—Según mis informes, tengo entendido que la actual sacerdotisa lleva en el trono casi treinta años.
Al emplear un registro más formal, Lahan dejaba claro que consideraba que aquel encuentro había ascendido a la categoría de asunto de Estado. Es decir, que no bajaba la guardia ante esa mujer. Ante la pregunta, Aylin respondió con una sonrisa cargada de melancolía y sutil desprecio.
—Así es. En el pasado ha habido casos de sacerdotisas que alcanzaron el final de su vida conservando su divinidad. Nuestra actual soberana aún no ha recibido la señal de mujer. Por tanto, todavía posee la cualidad divina.
En otras palabras, aún no había tenido su primera menstruación. Había casos de retrasos extremos, pero si no había llegado pasados los treinta, lo más probable era que no le llegara nunca. No obstante, esa condición biológica inusual era precisamente lo que le permitía a la actual sacerdotisa retener el poder absoluto, impidiendo la sucesión natural.
—Lo normal es que el cargo cambie cada diez años, aproximadamente —siguió Aylin, con un rastro de desprecio que no pasó desapercibido para Maomao—. Incluso yo misma estuve destinada a ocupar ese solio.
La boticaria comprendió entonces el trasfondo de la migración: Aylin era, en esencia, una sucesora desplazada o una exiliada política de altísimo rango. A partir de aquí, sus palabras fueron directas al grano.
—¿Creéis acaso que la política actual de Shaoh se rige únicamente por los delirios de una sacerdotisa? —preguntó Aylin con voz gélida—. ¿Cómo creéis que reaccionaría mi país si el Norte nos instigara? ¿Qué destino aguardaría a nuestra nación, sitiada por las arenas, si los reinos vecinos decidieran clausurar las rutas de suministro de alimentos?
Aylin clavó sus pupilas celestes en sus interlocutores, aguardando una respuesta que decidiera el futuro de su linaje.
(NT: En lo que cuenta Aylin hay muchos temas implícitos. Ella alude al riesgo de una guerra de desgaste o un bloqueo económico donde Shaoh, al ser un país desértico que depende totalmente de la importación de víveres, es extremadamente vulnerable. La sugerencia de Aylin es que el Norte podría estar manipulando a la actual sacerdotisa para forzar a Shaoh a una alianza bélica o a una crisis que desestabilizaría toda la región, incluido el Imperio Li. Por su parte, al ser de sangre noble y haber sido candidata al trono, Aylin es una amenaza directa para quienes controlan a la actual sacerdotisa. En un sistema donde el poder no cambia de manos, las sucesoras que envejecen sin llegar al trono suelen ser eliminadas o recluidas para evitar que formen facciones rebeldes. Si Shaoh cae bajo la influencia de enemigos del Imperio Li, Aylin, que probablemente prefiere una alianza con Li o simplemente quiere sobrevivir, se convierte en un cabo suelto. Al pedir asilo en Li, ella busca varias implicaciones. Primero, supervivencia: escapar de una ejecución política inminente. Segundo, preservar su linaje: manteniendo una rama del clan real de Shaoh a salvo en el extranjero por si el gobierno actual colapsa. Y tercero, estrategia: al convertirse en una carta que el Imperio Li pueda jugar en el futuro para reclamar influencia sobre Shaoh. En resumen, Aylin no es una inmigrante común, sino una refugiada política de alto nivel que huye de una teocracia estancada y corrupta que la ve como un estorbo.)
Nada más regresar a su habitación, Maomao se despojó con urgencia del extravagante vestido. No era solo por el engorroso armazón que deformaba su silueta, sino porque, de súbito, sentía el cuerpo lastrado por un cansancio plúmbeo.
Ese Norte al que la enigmática mujer extranjera, Aylin, aludía con temor no podía ser otro que Hokuaren. Y el hecho de que mencionara la subsistencia básica era revelador... «Eso significa que el desabastecimiento ya acecha sus fronteras», dedujo la boticaria.
Se retiró el maquillaje con gestos bruscos y se desplomó sobre el lecho. En aquellas tierras áridas, los cereales no eran un don de la tierra, sino una mercancía importada de otras naciones; garantizar un suministro estable en un suelo tan ingrato constituía una proeza difícil de carácter inevitablemente político.
A juzgar por la gravedad de la situación, Hokuaren debía de haber encarecido el precio del grano de forma prohibitiva. Debido a la devastadora plaga de langostas de la pasada temporada, los costes de los cereales se habían catapultado. En tales crisis, las remesas destinadas a la exportación son las primeras en sacrificarse, quedando relegadas a un segundo plano frente al consumo interno. Si la precariedad ya era manifiesta, ¿qué destino aguardaba a la región si la naturaleza se mostraba esquiva una vez más este año?
Ante tal tesitura, la reacción del Norte era predecible: restringirían la venta de grano hasta que, eventualmente, no poseyeran lo suficiente ni para su propio sustento. Y cuando una nación no puede nutrirse de sus campos, la historia dicta que debe arrebatarle los bienes al vecino. Por su proximidad geográfica, Shaoh se erigía como el objetivo más vulnerable; de ser sometido, serviría de cabeza de playa, un enclave estratégico fundamental para la expansión hacia otras naciones. En el peor de los casos, el estallido de una guerra resultaba inevitable.
«No, no... Espera un momento. ¡Eso es inverosímil!», se corrigió a sí misma. ¿Existiría una nación con una visión tan limitada y suicida? No obstante, Maomao sabía que exigir racionalidad al prójimo requería condiciones que no siempre se daban. El sentido común es una flor que solo brota cuando ambas partes comparten valores y poseen un margen de maniobra aceptable para la negociación.
La joven pataleó con frustración sobre la manta antes de sumirse en la más absoluta inmovilidad. «En fin, que sea lo que tenga que ser...», meditó. ¿De qué servía que ella se torturara con tales dilemas geopolíticos? Aquella era la carga que debían soportar los peces gordos de la corte. Aunque sucumbieran bajo el peso de sus responsabilidades, para ello percibían estipendios tan generosos y se deleitaban con manjares prohibidos para el vulgo. Consumir sus horas en tales pensamientos no era más que una pérdida de tiempo.
Claro que, si aquellos dignatarios resultaban ser unos ineptos, el desastre estaba asegurado. Maomao evocó de pronto la figura de Uryuu, el padre de la consorte Lishu; un hombre que no veía en su propia sangre más que un instrumento para su medro personal. Si el juicio de un alto oficial era tan superficial como para repudiar a su hija por meras sospechas de infidelidad y conspirar contra ella, poca esperanza quedaba para el resto.
—...
Maomao se incorporó, abandonando su posición boca abajo. Con movimientos pausados que delataban un profundo fastidio, se encaminó hacia el escritorio. La tinta, contenida en un frasco de vidrio, poseía una fluidez que no requería dilución. En lugar de un pincel, halló una pluma de ave, y el soporte no era papel vegetal, sino pergamino. (NT: El pergamino está hecho de piel de animales, principalmente cordero, ternera, cabra o carnero. Se fabrica utilizando la capa interna de la piel, la cual es deshidratada, depilada y estirada mediante tensión tras un proceso de remojo en cal.) «Qué suntuosidad tan innecesaria», pensó, asombrada por el coste de tales materiales. Tras rebuscar en los cajones, localizó papel de lana y resolvió emplear este último.
Al no estar habituada a los útiles de escritura occidentales, la tinta se expandía por la fibra dejando trazos toscos y carentes de elegancia. Supuso que recibiría alguna queja después por su caligrafía, pero mientras el mensaje resultara inteligible, el propósito estaría cumplido. Redactó lo necesario con presteza.
Acto seguido, buscó a un sirviente y le dio instrucciones para que le entregara la nota a Lahan con la máxima discreción.
«A ver si muerde el anzuelo», caviló. ¿Cómo reaccionaría la mente matemática de Lahan ante tal información? Si vislumbraba la oportunidad de obtener un rédito político o económico, aceptaría el desafío; de lo contrario, era capaz de ignorar cualquier petición que no le reportara un beneficio tangible. «Bueno, me da igual lo que haga», se dijo. Independientemente del desenlace, Maomao no obtenía ganancia ni pérdida alguna; incluso cabía la posibilidad de que él interpretara su sugerencia como una impertinencia. Simplemente, pensó que, en circunstancias normales, debería haber alguien capaz de preparar el terreno para tales maniobras. Alguien como Jinshi.
(NT: Maomao reflexiona sobre la diferencia entre la frialdad utilitarista de Lahan y la capacidad de Jinshi para gestionar los hilos del poder. Mientras que Lahan solo se mueve por interés propio, Jinshi posee la visión y los recursos para actuar en beneficio del Imperio.)
«En fin, ¿qué haré cuando regrese de este viaje?», fantaseó por un momento. De vuelta a la realidad, una inquietud de naturaleza más sentimental asomó a su conciencia, pero decidió borrarla de su mente de inmediato. Si se trataba de un enigma cuya respuesta no hallaría por más que lo analizara, era preferible consagrar ese tiempo a labores más provechosas. Así era, en esencia, el carácter de la joven Maomao.
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