
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
Según los informes, el banquete se celebraría siguiendo los cánones de la estética occidental; es decir, bajo la modalidad de un convite de pie. Se dispondría una variedad de viandas sobre mesas corridas y cada comensal, provisto de su propio plato, se serviría según su capricho. «Ideal para servir veneno a diestro y siniestro», sentenció para sus adentros.
A decir verdad, se trataba de una etiqueta a la que los paladares de la capital no estaban habituados, pero poseía matices que merecían ser considerados.
En primer lugar, tal formato exigía, por una suerte de convención social, la asistencia en pareja. Lo protocolario era comparecer escoltado por la esposa o la concubina. En su defecto, se admitía la compañía de una hermana o pariente cercana. Lahan intentó presentar a Maomao bajo la dignidad de «hermana menor», pero como ella respondió hundiendo el talón sobre su calzado con saña, la filiación quedó reducida a un vago parentesco.
En segundo lugar, si bien el sistema facilitaba la introducción de venenos, también dificultaba la precisión del ataque. Al desconocerse qué individuo seleccionaría cada porción, el método resultaba ineficaz para un magnicidio selectivo, a menos, claro está, que el propósito fuera un atentado indiscriminado.
En tercer lugar, la cata de venenos no despertaba sospechas excesivas. Bastaba con permanecer al lado del comitente e ir degustando pequeñas fracciones de aquí y allá. Para evitar que tal conducta fuera tachada de impúdica, Lahan tuvo el atrevimiento de faltar a la verdad sobre la edad de Maomao, alegando que apenas tenía quince años y se hallaba en plena edad de crecimiento. Ella, sin inmutar el gesto, procedió a aplastar el pie que Lahan aún conservaba indemne.
Si la libertad de elección permitiera la abstinencia absoluta, Maomao habría preferido que nadie probara bocado, pero tal desdén constituiría una afrenta imperdonable hacia los anfitriones.
La joven boticaria se ajustó con fastidio el cuerpo del vestido, sintiéndose como un espécimen exótico atrapado en una red de seda demasiado apretada; cada movimiento le recordaba lo ajeno que le resultaba aquel disfraz de gala.
—Es solo por mantener las apariencias —señaló Lahan, al advertir cómo ella tironeaba de la tela.
—Comprendo —respondió Maomao, con una expresión que basculaba entre el alivio y el desinterés más absoluto.
—Aun así... —Lahan la observó de arriba abajo con aire crítico—. Ni el hábito hace al monje ni el vestido a la doncella.
—Cállate.
Maomao avanzaba con dificultad, arrastrando una pesada falda de tablas que entorpecía sus movimientos. Puesto que la gala seguía las costumbres de occidente, su indumentaria se había adaptado a dicha estética. Como era de esperar, no se había logrado una réplica exacta, mas para emular la silueta extranjera, se había colocado un armazón bajo la falda con el fin de otorgar un volumen artificial a la zona de las caderas.
Dichos vestidos, además, solían ceñir el talle y realzar el busto, dejando generosas porciones de piel al descubierto. Por infortunio, Maomao carecía de tales atributos carnales y el resultado habría rozado lo indecoroso por su precariedad; en consecuencia, optó por una túnica de mangas amplias en la parte superior y ciñó su cintura con un fajín de extrema rigidez. Incluso le habían añadido postizos para elevar su cabello en un peinado ostentoso, pero la percha era la que era. Por mucho que se hubiera esmerado en el aderezo, los puntos de comparación a su alrededor resultaban abrumadores. Era como pretender que una humilde bolsa de pastor destacara en un jardín de rosas y peonías.
—Tranquila, al menos pasas por un diente de león.
Por alguna razón, este primo suyo resultaba ser muy perspicaz para tales apreciaciones estéticas.
—...
Lanzándole una mirada de reojo cargada de reproche, Maomao entró en el salón. «Qué techos tan altos», fue lo primero que pensó. En cuanto a su superficie, el recinto duplicaba la amplitud del vestíbulo de la Casa Verdigris, pero era la elevación de la bóveda la que otorgaba aquella imponente sensación de magnificencia. Una sección del salón permanecía abierta hacia la planta superior, y de las vigas pendían, en múltiples estratos, tejidos suntuosos propios de la artesanía regional.
Pese a que el protocolo permitía el acceso con calzado de exterior, el suelo se hallaba revestido por alfombras de pelo corto, manufacturas locales de indudable mérito. «Qué lástima que se ensucien de tierra», reflexionó con pesar.
La nobleza de los materiales y la técnica constructiva no admitían parangón con los estándares de la capital, pero se percibía un empeño genuino por dispensar la más exquisita de las hospitalidades. Para Maomao, que ignoraba los cánones del verdadero estilo occidental, el conjunto no resultaba desagradable, aunque se cuestionaba el juicio de los extranjeros. Quizá para ellos fuera motivo de escarnio; no obstante, al ser gentes habituadas a la rigurosidad del desierto, tal vez no se mostraran tan pusilánimes ante tales detalles.
—¿Entonces qué hago? ¿Voy picando de todo un poco?
—No, tú limítate a seguirme.
—¿...?
«Qué extraño. Me invita para ser su catadora y ahora me sale con esas», meditó. Desde su estricta responsabilidad profesional, Maomao casi anhelaba que alguien hubiera preparado algún veneno para justificar su presencia.
Ajeno a la sutil irritación de la boticaria, Lahan escrutaba a los invitados. Dado que la etiqueta exigía comparecer en pareja, la presencia femenina era abundante y conspicua.
—¡...!
Los ojos de zorro tras las gafas le brillaron con intensidad. Los habitantes de Shaoh eran el resultado de un mestizaje secular y profundo, lo cual propiciaba una abundancia de bellezas singulares. Según aquel desdichado, la hermosura de una mujer no era sino el reflejo de una armonía numérica; sostenía la peregrina tesis de que no era la mujer en sí lo que resultaba bello, sino las cifras y proporciones que la definían. Siendo sobrino del estratega, era lógico que compartiera su naturaleza excéntrica. Sin duda, ante sus ojos se desplegaba un cosmos de guarismos que para Maomao resultaba inescrutable. No obstante, mientras se acariciaba la barbilla, soltó con desconcertante naturalidad:
—¡Ahora que lo pienso! Las facciones del hermano del Emperador son las más equilibradas que conozco...
Con comentarios así, quedaba patente que Lahan carecía de la más mínima noción sobre los misterios del corazón femenino. De súbito, el joven fijó su mirada en Maomao. Aquel escrutinio evaluador, a buen seguro, solo analizaba una serie de valores numéricos que distaban mucho de ser armónicos.
—Oye.
—¿Qué quieres?
Si la actitud de la boticaria se tornaba algo hosca, debía aceptarse como parte de su naturaleza; Lahan no era el tipo de hombre que se sintiera agraviado por tal falta de etiqueta.
Maomao aprovechó la coyuntura para aceptar una copa de manos de una sirvienta. En el interior del cristal de un azul lapislázuli profundo, un líquido purpúreo alcanzaba el borde: vino de uva. Poseía un dulzor agradable y una textura ligera. Puesto que sus servicios como catadora no eran requeridos en ese instante, juzgó que no habría perjuicio en beber un poco.
—¿No podrías pedirle al hermano del Emperador que te deje encinta?
Si Maomao no proyectó el vino contra el rostro de su interlocutor en ese preciso momento, fue únicamente por el decoro que se le presupone a una mujer adulta. El dulzor de la bebida se desvaneció de golpe, suplantado por un amargor que tragó de un solo sorbo. Ni siquiera se tomó la molestia de inquirir el porqué de tan descabellada propuesta.
—Al fin y al cabo —prosiguió Lahan—, tu interés por la maternidad sería puramente experimental; no tendrías que preocuparte por la crianza. Si es un hijo de Su Alteza, yo me encargaría de su educación, y tú podrías seguir a lo tuyo. No es necesario ni que seas la esposa legítima; con que haya un par de descuidos sería suficiente. Para nuestro linaje, sería ideal contar con un heredero.
—¿Y por qué no lo haces tú mismo?
—Es que no encuentro a la pareja ideal.
Probablemente, esa mujer ideal sería una belleza capaz de subvertir el orden de las naciones, una suerte de trasunto femenino de Jinshi. Un talento de tal magnitud no es algo que se halle al azar en cualquier esquina.
—Es un desperdicio lo del hermano del Emperador... Resulta increíble que, incluso con esa cicatriz, no haya nadie que eclipse su hermosura.
—¿Y por qué no pruebas a cortártela tú mismo e implantarte una matriz femenina? —replicó ella con sarcasmo.
—¿Eso... se puede?
La cara de póquer de Lahan daba miedo. Cuando Maomao negó tal posibilidad, él bajó la mirada con un aire de genuina decepción. Aunque sus inclinaciones eran heterosexuales, parecía no tener reparo alguno ante una metamorfosis de sexo si ello servía a sus fines. Sus criterios eran ininteligibles. Seguramente razonó que, si Jinshi era inalcanzable, podría obtener un espécimen similar si alguien daba a luz a un hijo suyo. Y si fuera un hijo de Maomao, hallaría cualquier pretexto legal para reclamar su custodia. En caso de que el fruto fuera una niña...
—No te preocupes, me encargaría de mantenerla de por vida con total responsabilidad.
Es decir, la criaría con el propósito de convertirla en su propia esposa. Maomao sintió el impulso de tildarlo de pervertido, mas comprendió que su obsesión por el rostro de Jinshi era una patología incurable. Como se trataba de un caso perdido, decidió que jamás le presentaría a ninguna candidata, por mucho que se lo suplicaran.
—Por favor, pídeselo, anda.
Maomao apuró su copa, hundió de nuevo el talón en el pie de Lahan y se alejó para devolver el recipiente.
«Todos aquí son gigantes», se asombró. Al parecer, el mestizaje también aumentaba la estatura. Los occidentales ya eran altos de por sí, pero además, cuando se producía el cruce de etnias, la descendencia tendía a superar la talla de sus progenitores. Maomao ignoraba si tal ley regía igual para los humanos, pero en el reino vegetal, la polinización entre especies afines producía semillas que daban lugar a ejemplares de gran envergadura. «Si tuviera tiempo, me gustaría probarlo en el huerto», meditó mientras se disponía a regresar, pero advirtió que una barrera humana se había formado en torno al menudo Lahan.
La comitiva la integraban una mujer y dos varones. De ellos, uno parecía desempeñar el rol de intérprete, mientras que el otro ostentaba el porte de un escolta más que el de un señor. Quien parecía detentar la autoridad era la mujer, ataviada con un traje que realzaba su busto de forma ostentosa. Era una belleza de cabello rubio y pupilas celestes. Ya de por sí era alta, pero además calzaba zapatos de tacón elevado que acentuaban su presencia.
—...
Sus ojos se cruzaron con los de Lahan por un breve instante. Él le hizo una seña imperceptible para que se aproximara.
«¿No era esto una reunión con mercaderes del oeste?», caviló. Aquella mujer no poseía el aura de un comerciante, ni la de la hija de uno; y de ser esposa, su marido presidiría el encuentro en lugar de aquel guardia. Más bien... «Debe de ser del mismo linaje que la Emperatriz Gyokujou...», conjeturó. Aquello no exhalaba el aroma de los negocios, sino el de la alta política. «¿Es esto de lo que se trata en realidad?», se preguntó.
«Vaya unos mercaderes del oeste», sentenció mientras se recogía la pesada falda y seguía la estela de Lahan.
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