
—¿Podría decirme qué asunto nos trae aquí? —inquirió Uryuu, cuya voz traslucía una nota de insatisfacción mal disimulada por la premura y naturaleza de la reunión.
En torno a la mesa oblonga se disponían, en un flanco, el propio Uryuu, escoltado por dos de sus subordinados; en el opuesto, tomaban asiento Lahan, Rickson y Maomao. El mercader se mostraba visiblemente contrariado, no solo por haber sido convocado por un hombre de menor edad y rango, sino porque la presencia de la joven a la mesa desafiaba sus convicciones. Era de prever; el rigor del protocolo dicta que, en tales cónclaves, las mujeres deben ser excluidas. Banquetes como el de la noche anterior, donde se exigía la compañía femenina, constituían la única y excepcional salvedad.
Sobre el mantel se alineaban los platos que habían sido encargados con antelación. En un gesto de decoro, no se había incurrido en la tacañería de servir los restos del convite de anoche.
—Ja, ja, ja. ¿Le intriga ella? —preguntó Lahan, señalando con un ademán a la boticaria.
—No, simplemente me resulta inusual. No se suelen oír rumores de galanteo sobre usted, señor Lahan —replicó Uryuu con una estudiada cortesía diplomática.
Seguramente su respuesta se fundamentaba en el carácter pragmático de Lahan, alguien que difícilmente se sentiría ofendido por la ausencia de tales crónicas mundanas.
—Es mi hermana menor.
—Vaya. Desconocía que tuviera hermanos. Es la primera vez que lo oigo.
Uryuu arqueó una ceja, cargada de escepticismo. Su extrañeza era legítima: se sabía que el padre adoptivo de Lahan era su tío, el estratega Lakan, quien había expulsado a su padre biológico y a su propio hermano para hacerse con la hegemonía del clan. En tal contexto, ¿qué significado pretendía dar Lahan a aquel vínculo de hermana menor con la chica? Bajo circunstancias normales, Maomao habría sentido el impulso de aplastar el pie de su primo para luego, tal vez, aplicarle un bálsamo medicinal, pero resolvió contenerse. Gracias a aquel silencio, el interés del hasta entonces malhumorado Uryuu pareció despertar.
—Sí, mi padre adoptivo también es un hombre, después de todo. Es una hija que tuvo con una cortesana.
Aquella afirmación no carecía de verdad. Maomao guardó un silencio sepulcral, limitándose a observar el tablero. Quienes manifestaron un asombro palmario fueron los subordinados de Uryuu, que escrutaron a la boticaria como si se tratara de un espécimen botánico de extraña procedencia.
—En un principio, fue admitida en el palacio interior, pero con los atributos que le puede apreciar... terminó por regresar al hogar familiar.
Nuevamente, tampoco era mentira, aunque el tono resultaba irritante para la aludida.
—Ya veo... Pero siendo la hija del señor Lakan, aunque sea hija de una concubina, ¿no deberían tratarla con más estima?
¿Cómo? Ukyou no negaba lo de su aspecto, pero planteaba una duda razonable sobre su estatus. En realidad, no había sido aquel viejo estratega quien la envió al palacio interior, pero Maomao juzgó innecesario desentrañar los hilos de aquel asunto tan enrevesado.
—Ja, ja, ja. Mi padre diría: «No entregaré a mi hija a nadie que no tenga ojos para ver sus virtudes». No dudo que, en cualquier instante, comience a presumir de ella ante usted.
Maomao pensó que, de producirse tal escena, Lakan emplearía términos mucho más hiperbólicos y desquiciantes. Una vez captada la atención del acaudalado comerciante, Lahan procedió a abordar el núcleo de la cuestión.
—Por cierto, pasemos al tema que nos ocupa, si le parece bien.
Extrajo un pergamino de su túnica y lo desplegó ante Uryuu. Las cejas de este volvieron a contraerse en un gesto de concentración.
—¿Esto es...?
—Sí, una propuesta de negocio que podría prosperar en el futuro.
Lahan sonrió, y el brillo de sus lentes reflejó la luz de la estancia. Maomao era consciente de que Uryuu poseía un talento innato para las finanzas. Utilizarla a ella como preámbulo para introducir el plato fuerte de la negociación era una estratagema audaz para espolear su curiosidad. Al menos, desde la perspectiva de Lahan...
Sin embargo... «Es un desalmado...», pensó. Si trascendía la verdadera identidad de su padre, el asunto devendría en un laberinto de complicaciones, mas a Lahan parecía no importarle. Es más, a buen seguro pensaba emplear tal revelación como una baza estratégica en sus pactos. Y, para su mayor indignación, parecía estar disfrutando del proceso. Con todo, había sido ella quien lo había instado a actuar. No era momento para lamentaciones. «Ya le ajustaré las cuentas más tarde», se prometió. Lo que debía hacer ahora era otra cosa.
Lahan comenzó a desgranar el nuevo proyecto con un entusiasmo febril, capitalizando la información obtenida de aquella mujer llamada Aylin. Si el testimonio de la extranjera era cierto, existía la posibilidad de que Shaoh terminara aliándose con Hokuaren en un futuro próximo. E incluso si tal alianza no cristalizaba, las probabilidades de que sufrieran una crisis alimentaria eran alarmantes.
En el primer escenario, se generaría una demanda masiva previa al conflicto. Si lograban acaparar ahora los suministros necesarios desde el Imperio Li, los precios se dispararían de forma exponencial. En el segundo caso, las exportaciones serían la clave. Si era el Imperio Li quien proveía el grano en lugar de las potencias del Norte, Shaoh se vería obligado a aceptar sus condiciones. Al parecer, dadas las condiciones geográficas, el transporte de víveres resultaba lento y poco rentable, pero si estaban dispuestos a pagar un sobreprecio, siempre se podría remitir el excedente de arroz o trigo por vía marítima.
«Siempre y cuando en nuestro país sobre comida, claro —matizó ella en su fuero interno—. Si nosotros también sufrimos la plaga de langostas, no habrá nada que exportar. Aun así, podría servir como herramienta diplomática».
Maomao no pretendía comprender los entresijos de la alta política. Solo alcanzaba a ver que Lahan lucía una expresión sumamente aviesa. Pese a que ella fuera la instigadora de la reunión, él no pensaba desaprovechar la oportunidad de convertir aquel encuentro en un negocio redondo.
A pesar de tratarse de una comida, los hombres se hallaban tan enfrascados en su dialéctica que estaban permitiendo que los platos se enfriaran sobre el mantel, una negligencia que Maomao consideraba casi pecaminosa. Mientras ella lanzaba miradas furtivas a las viandas, cuestionándose si el protocolo le permitiría iniciar la degustación, un cuenco servido con exquisito celo apareció frente a ella. Rickson se lo había aproximado con un ademán afable. Pese a que su fisonomía distaba mucho de la del oficial, aquella diligencia silenciosa le evocó de inmediato a Gaoshun. Se preguntó qué suerte correría aquel hombre en la capital; a buen seguro, aun sin la carga de custodiar a Jinshi, estaría lidiando con sus propias e inseparables penurias.
A ojos de Maomao, Uryuu no se antojaba más que un individuo de espíritu mezquino; no obstante, al observarlo parlamentar con Lahan, comprendió que efectivamente poseía una agudeza innata para el comercio. No aceptaba las premisas de su interlocutor con ligereza, sino que tanteaba cada posibilidad mientras calculaba mentalmente el margen de beneficio. De cualquier modo, era evidente que no profundizarían en los arcanos de la alta política mientras Maomao y Rickson permanecieran presentes.
Al advertir que el semblante de Uryuu se tornaba más sereno y su ánimo más receptivo, Maomao propinó un sutil puntapié a Lahan bajo la mesa. El joven la miró de soslayo y, con una naturalidad pasmosa, se dirigió al mercader:
—La comida se ha enfriado un poco. Hagamos que traigan platos nuevos.
Rickson abrió la puerta con un movimiento fluido. Como si hubieran aguardado una señal divina, los sirvientes hicieron acto de presencia portando los nuevos manjares, aunque sus facciones reflejaban una sombra de tribulación. Maomao conocía perfectamente el origen de aquel desasosiego.
Dispusieron sobre la mesa fuentes de pescado de las que emanaba un vapor ciertamente apetecible. Al verlas, la expresión de Uryuu, que hasta hacía un instante era de una complacencia absoluta, sufrió una metamorfosis sombría. Como si hubieran presentido la tormenta, los criados se estremecieron. No hacía mucho que la camarera que osó recomendar el pescado a Uryuu había sufrido un castigo severo. Y ahora, que la totalidad del servicio consistiera precisamente en pescado, era lógico que el rostro del mercader se tiñera de una palidez colérica...
Por descontado, la orden de tal provocación había emanado de Maomao.
—Para ser una zona de interior, el pescado de aquí posee una calidad excepcional, ¿no cree? —comentó Lahan con ligereza.
A él le gustaba el pescado, por lo que no albergaba queja alguna. Ahora bien, el semblante de Uryuu era nefasto. Por su jerarquía, podría haber declinado el plato, pero pareció dudar antes de verbalizar su repulsa. Maomao juzgó que aquel era el instante preciso para intervenir.
—Fue hace dos años, ¿verdad? ¿Recuerda aquel incidente del intento de envenenamiento durante la fiesta en el jardín?
Uryuu arqueó una ceja al ver que Maomao empezaba a hablar, pero no hizo nada más.
—Ah, sí. El incidente en el que la Emperatriz Gyokujou... fue el objetivo.
Esa era la versión oficial, desde luego. Sin embargo, Maomao se preguntaba si Uryuu conocía el verdadero el verdadero blanco de aquella intriga. En realidad, tal detalle carecía de relevancia para su propósito; ella se limitaría a exponer los hechos.
—En aquella ocasión, a la consorte Lishu le salieron urticarias por todo el cuerpo.
—Ah... ¿Ah, sí?
Su tono traslucía una indiferencia que cuestionaba el vínculo de aquel recuerdo con el presente.
—Parece ser que, entre los platos servidos en el banquete, había algo que ella no podía comer. ¿Qué era...? Ah, sí, el aliño de pescado azul.
—...
La mirada de Uryuu se transformó de forma radical. Clavó sus pupilas en Maomao, incapaz de profesar palabra alguna.
—Puesto que en aquel periodo yo también servía en el palacio interior, me hallaba presente —añadió ella con frialdad.
Lishu siempre había sido una joven muy miedosa, pero se esforzaba mucho por mantener las apariencias. Seguramente por ello ingirió aquel aliño, aun siendo consciente del peligro que entrañaba para su salud. Se trataba de un plato elaborado con pescado crudo; y cuando se emplean ingredientes sin cocinar, los riesgos ocultos se multiplican. En el caso del pescado azul, si no se halla en un estado de frescura absoluta, puede desencadenar reacciones alérgicas severas debido a la acumulación de histaminas o parásitos.
Sin embargo, tratándose de cocina imperial destinada al propio Emperador, era impensable que se sirviera género en mal estado. Además, de haberse tratado de una intoxicación alimentaria común, el resto de las consortes y los catadores habrían sucumbido por igual. Al no ser así, Maomao dedujo que la dolencia radicaba en la constitución de Lishu. Y ella bien sabía que tales condiciones biológicas suelen heredarse de los progenitores.
—Parece ser que Lishu no estaba rodeada de muy buenas damas de compañía. Aunque hubiera ingredientes que no podía ingerir, gnoraban sus advertencias como si fueran meros caprichos infantiles. Con la piel lacerada por las erupciones, difícilmente podría haber comparecido ante el Emperador aquella noche. Por cierto, es sabido que todos los platos de aquel banquete eran los predilectos de Su Majestad.
Aquel hombre de barba espesa parecía poseer una conciencia sobre su propia salud ciertamente sorprendente; quizá fuera esa cautela alimentaria lo que le otorgaba tal vigor en sus estancias privadas. (NT: Maomao está lanzando una acusación velada y una prueba biológica. Al señalar que el Emperador tiene una salud de hierro y un vigor envidiable gracias a su dieta, que incluye mucho pescado, contrasta esto con la alergia de Lishu. Al demostrar que Uryuu comparte exactamente la misma aversión física al pescado, Maomao le está confirmando que Lishu es, sin duda alguna, su hija biológica.)
Maomao alternó su mirada entre el pescado y el mercader. Un hombre con tal instinto para los negocios no podía ser tan necio como para no descifrar la analogía que sugería. Aun así, decidió asestar la estocada definitiva.
—Parece ser que usted no es un hombre muy aficionado al pescado. ¿Le parece si pedimos que preparen algo distinto? —sugirió con un tono de cortesía impecable, pero la expresión que le dedicó a Lahan, y que solo él podía ver, era una orden directa: «Date prisa y prepáralo».
Haciendo gala de su diligencia habitual, Rickson fue a hablar con los criados que esperaban afuera. Realmente era un hombre de una atención exquisita; se advertía en él la impronta de ser el subordinado de aquel estratega demente.
Maomao volvió a contemplar el pescado como si nada hubiera pasado. Mientras lo observaba con deseo contenido, notó que Uryuu no apartaba sus ojos de ella, tal vez procesando la revelación de que su hija, a quien había despreciado, compartía su propia sangre.
«Espera un poco», le indicó Lahan con la mirada. Maomao decidió aguardar pacientemente hasta que hicieran acto de presencia los platos de carne.
La comida se prolongó durante una hora más, pero Uryuu se mantuvo en silencio absoluto desde aquello. Parecía sumido en un mar de cavilaciones, como si una verdad recién descubierta se resistiera a ser asimilada por su entendimiento. No obstante, su actitud distaba mucho de la que Maomao había previsto. «¿Acaso no fue él quien instigó a unos bandidos para que asaltaran a su propia hija?», reflexionó. Ciertamente, Lishu fue víctima de una emboscada en plena ciudad. ¿Habría aflorado un arrepentimiento tardío que justificara su ensimismamiento? O tal vez...
«No, eso sería demasiado ingenuo», se dijo. Atacar a la consorte Lishu dejándose arrastrar por un arrebato pasional no era la impronta de un hombre de negocios. De haber deseado actuar por despecho, habría ejecutado su venganza mucho antes.
—...
—Disculpa...
Cuando Maomao, rumiando sus sospechas, se disponía a retirarse hacia sus aposentos, la voz de Uryuu detuvo sus pasos.
—Me parece habete visto en alguna parte. ¿No fuiste tú quien, en aquella ocasión, hacía de catadora de venenos?
—...
Maomao dibujó una sonrisa de calculada ambigüedad y declinó la cabeza con una suavidad protocolaria.
—¿Por qué iba alguien como yo habría de entregarse a una labor tan ingrata como una cata?
—No, claro... Habrán sido imaginaciones mías —concluyó él, desistiendo ante la firmeza de su interlocutora.
Maomao pronunció aquellas palabras con un desparpajo absoluto. Tuvo que emplear toda su voluntad para que su semblante impostado no traicionara su agitación. «Mierda, me ha reconocido —pensó para sus adentros—. Esto es malo, muy malo». Sintió cómo un sudor frío le recorría todo el cuerpo.
En aquella célebre fiesta en el jardín, la práctica totalidad de los altos dignatarios del Imperio se hallaba presente, a excepción de aquel estratega excéntrico, que acostumbraba a eludir tales compromisos. Maomao agradeció haber modificado sutilmente su maquillaje para esta ocasión; habían transcurrido dos estíos y jamás concibió que su rostro hubiera quedado grabado en la memoria de alguien. De hecho, durante el banquete del día anterior, nadie pareció advertir su verdadera identidad. Resultaría ciertamente desastroso que se descubriera que ella es la misma persona que aquella dama de compañía que probó el veneno con una perturbadora sonrisa en los labios.
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