11/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 2




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 2
Chue


«La impertinencia de este mocoso no tiene límites —Maomao no paraba de darle vueltas—. ¿Qué es eso de que puede que se acuerde si le compro un juguete? No tiene vergüenza».

Chue, pese a lucir un incipiente chichón en la frente, movía el pincel con expresión radiante. Para sorpresa de Maomao, lo que aquel granuja anhelaba no eran nimiedades infantiles, sino útiles de caligrafía. Ella accedió a cederle uno de sus pinceles, mas el papel resultó ser de un coste inesperado. Quizás debido a su cuna noble, el niño sabía distinguir la calidad en la papelería. Rechazó un pliego tras otro, exigiendo el más caro de la tienda. Por supuesto, Maomao no pensaba consentir tal despilfarro, así que terminó por adquirir uno de calidad intermedia pero de probada funcionalidad. El papel, como artículo de consumo, representaba un gasto considerable; Maomao siempre sostenía que, si su uso lograra extenderse, los precios finalmente sucumbirían a la baja.

Al contemplar a Chue abrazando el fardo de papel con tal deleite, decidió otorgarle su perdón, no sin antes propinarle un nuevo y sonoro coscorrón.

En cuanto regresaron a la Casa Verdigris, el infante se entregó a la tarea de dibujar con una determinación febril. Maomao, por su parte, se hallaba sumida en la elaboración de los abortivos y remedios para el catarro que le habían encomendado. Tras confiar la custodia del niño a las cortesanas ociosas y a las aprendizas de su edad, con la orden estricta de evitar cualquier trastada del menudo, se recluyó en la botica. Una vez concluidas las tareas, partió a distribuir las medicinas por el burdel y, a su regreso...

«¿Qué es este alboroto?», se asombró. Una multitud se agolpaba en la entrada. Cortesanas, aprendizas e incluso las sirvientas de rango inferior permanecían allí congregadas. Maomao aguzó la vista para desentrañar el motivo de tal reunión y descubrió, en el centro del gentío, al insolente muchacho. Temiendo que hubiera provocado algún infortunio, se dirigió hacia él con paso apremiado. Tras abrirse camino entre los presentes y encarar al pequeño granuja, observó con estupefacción cómo sobre el papel danzaban trazos de una precisión sublime.

—¿Qué pasa, pecosa? Tienes que esperar tu turno.

—¿Pero qué estás haciendo?

El pequeño utilizaba una tabla plana a modo de escritorio improvisado y deslizaba el pincel sobre el papel. Frente a él, una cortesana posaba sentada en una silla con aire distinguido.

—¿Que qué hago? Pues dibujar.

Movía el pincel con una fluidez envidiable, trazando líneas con una destreza impropia de su edad. En el papel cobraba vida una belleza que realzaba con sutileza las facciones de la mujer que tenía frente a sí.

—¡Listo! Ya está terminado.

Chue depositó el pincel sobre el tintero y agitó el pliego con orgullo. El semblante serio de la cortesana se transformó en una sonrisa jubilosa y, entre exclamaciones de alegría, extrajo el monedero de entre sus vestiduras.

—¡Gracias por el pago!

El enano recibió cinco monedas relucientes que guardó con presteza en su pecho. Era una suma desproporcionada para la asignación de un niño.

—¡Ahora me toca a mí!

Una de las sirvientes se sentó en la silla. «¿Qué hacen perdiendo el tiempo en lugar de vigilar? Como las pille la vieja madame, les va a caer un buen castigo», refunfuñó Maomao en su fuero interno.

—Lo siento mucho. Ya no me queda papel. Voy a ir a comprar más ahora mismo, así que vuelve mañana.

—¡¿Cómo?! ¡Si llevo un buen rato esperando!

—Lo siento de veras. Mañana serás la primera a quien dibuje. ¡Te retrataré bien agraciada, ya verás!

Era evidente que le había cogido el tranquillo al arte de la persuasión. Dicho esto, partió a la carrera hacia la papelería. Si la memoria no le fallaba, Maomao le había comprado un fardo de diez pliegos, lo que significaba que ya los había consumido todos. A juzgar por los presentes, parecía que al menos tres personas ya tenían su retrato. Con ello, el crío había recuperado con creces la inversión inicial. «Quién habría imaginado que tenía semejante talento...», meditó Maomao mientras se rascaba la nuca y examinaba las obras.

—¡¿Pero qué clase de insolencia es esta?! ¡Id a preparar el negocio de una vez, que la clientela no espera!

El grito rasgado de la madame hendió el aire, y los rostros de las presentes se tornaron pálidos. En cuanto la vieja de mal genio alzó su escoba de bambú, todas se dispersaron como crías de araña ante el peligro. Maomao también intentó escabullirse hacia su puesto, pero una mano enjuta la aferró con fuerza del hombro.

—¿Qué quieres, vieja?

—¿Cómo que qué quiero? Ese crío... No lo consientas tanto solo porque recibimos dinero por su manutención.

—¡Pero si la que se queda con el dinero es usted!

—¡Tendría que cobrarle alquiler por montar un segundo negocio en mi establecimiento!

«Vieja codiciosa...», renegó para sí Maomao. En realidad, estaba segura de que había sepultado el insulto en sus pensamientos, pero misteriosamente, el puño de la madame impactó contra su testa.

Por alguna razón, la madame custodiaba las monedas que recibían por Chue. El hecho de que pudiera campar a sus anchas por la Casa Verdigris se debía en parte a eso. Por mucho que fuera un niño, normalmente no dejarían que un varón viviera en el burdel, así que al final acabó instalado en la casucha de Maomao.

—Venga, recoge ese pincel y el tintero.

—¿Por qué yo?

—Como no lo hagas, hoy cenarás sopa de langostas.

«Maldita vieja...», sentenció en su interior. Frotándose la zona dolorida, la joven comenzó a recoger los útiles de caligrafía con evidente desgana.



Al declinar la tarde, Maomao recibió a Chue con un semblante cargado de irritación cuando el infante regresó al barracón. El niño traía consigo un fardo de papeles cuyos márgenes aparecían emborronados por el uso.

—Pecosa, ¿dónde está mi pincel?

—No pienso dárselo a alguien que no sabe recoger sus cosas.

Le brindó la espalda con un desdén manifiesto y comenzó a alimentar el fogón con pequeños trozos de leña que previamente había cortado. Se envolvió con firmeza en su zamarra; en cuanto el sol se hundía tras el horizonte, el frío arreciaba con una violencia súbita.

—No seas tacaña...

—He aprendido de la mejor: la vieja madame.

Maomao removió el contenido de la olla de barro y degustó las gachas. Al percibir que estaban algo sosas, añadió una sutil pizca de sal para corregir su sabor.

—Dice la vieja que va a cobrarte alquiler por poner el puesto.

—Ya lo sé, la próxima vez lo haré en otro lugar.

Al escuchar tal afirmación, Maomao contrajo el ceño. Abandonó el cucharón y se situó frente a Chue. Se acuclilló para quedar a su altura y le sostuvo la mirada con una fijeza inquietante.

—¿Qué pasa?

—Aunque pagues alquiler, procura no salir de los alrededores de la Casa Verdigris. No te acerques a lugares apartados de las sirvientas. Y ni se te ocurra ir solo a comprar papel.

—Eso es asunto mío, ¿no?

Chue desvió el rostro con insolencia, pero Maomao le agarró su cabeza con una firmeza irreductible, obligándolo a encararla de nuevo.

—Si quieres acabar convertido en un trozo de carne inerte, allá tú.

—Un trozo de carne, ¿por qué?

Ella lo observó con una severidad gélida. Aquella advertencia no contenía rastro alguno de jocosidad. La Casa Verdigris podía proyectar una imagen de regocijo, mas este era, en esencia, el barrio del placer. Maomao señaló con el dedo un resquicio entre las maderas que formaban la ventana de la estancia.

—Como te descuides, te pillará alguien como esa.

A través de la rendija, una pequeña luz flotaba en la penumbra. Se perfilaba la silueta de una mujer con el rostro cubierto por una tela, portando un farol y una estera de paja.

—¡¿...?!

Chue se puso en pie de un salto. Seguramente había reconocido el rostro de una yotaka, una prostituta callejera. Estas mujeres solían tener el cuerpo destrozado por las enfermedades venéreas.

—Este no es un lugar hermoso. Si alguien ve a un crío con dinero, habrá montones de personas dispuestas a matarte para robártelo.

«Si no quieres morir, hazme caso», terminó pensando. Chue comprimió los labios y, con las pupilas veladas por un asomo de llanto, asintió levemente.

—Si lo has entendido, cena rápido y a dormir.

Tras sentenciar eso, Maomao regresó al calor del fuego y removió las gachas una vez más, sumida en sus propios pensamientos.



La mañana siguiente, cuando Maomao despertó, Chue ya estaba levantado. Se hallaba entregado a su labor; movía el pincel con insistencia. «Ese mocoso, otra vez ha cogido mis cosas sin permiso...», caviló la boticaria, sintiendo cómo la irritación empañaba su despertar. Se incorporó, dispuesta a propinarle un testarazo, cuando del borde de la mesa cayó un papel. «¿Qué es esto?», se preguntó, intrigada. Lo recogió del suelo y sus ojos se abrieron con asombro: el papel albergaba la ilustración de un insecto, ejecutada con una minuciosidad tan extrema que resultaba casi perturbadora por su realismo.

«Esto me resulta familiar...», recordó. Evocó a aquella joven cuya pasión por los insectos rayaba en la obsesión. Shisui, como se hacía llamar, solía realizar trazos de idéntica naturaleza. Maomao contempló el dibujo sumida en una punzada de melancolía.

—¡Ya está! —exclamó Chue. Se puso en pie de golpe y se plantó ante Maomao—. Pecosa, ya lo tengo.

—¿El qué?

—¡Esto! ¡Mira!

Le mostró el papel con decisión. En él figuraban dos langostas. Aunque ambas eran reconocibles como tales, sus fisonomías divergían de manera sutil

—No lo recuerdo muy bien, pero creo que era esto. Creo que vi esto cuando oí hablar de la mala cosecha —afirmó el niño con una nitidez que contrastaba con la vaguedad de sus palabras—. Esta de aquí es una langosta normal. Y la de abajo, en cambio, es la langosta de cuando hay mala cosecha.

—¿Es eso cierto?

—Probablemente. Me acuerdo a trozos.

Pese a que el olvido aún reclamaba gran parte de su pasado, Chue parecía estar recomponiendo el mosaico de su memoria parte por parte. Maomao comprendió que era imperativo profundizar en aquel asunto.



Existía un fenómeno devastador conocido como la plaga de langostas, una de las calamidades capaces de precipitar la ruina de una nación entera. Estos insectos lo devoraban todo a su paso, sin dejar rastro de verdor. Aunque su ciclo permanecía envuelto en el misterio, se sabía que el azote se repetía cada cierto número de años. No obstante, bajo el reinado del actual Emperador, la paz no se había visto perturbada por tal desastre; Maomao sospechaba que aquello se debía únicamente al azar. De producirse ahora la primera plaga, se convertiría en una prueba de fuego para el soberano. El momento no podría ser más inoportuno, pues no faltarían quienes interpretaran la calamidad como un castigo divino por la aniquilación del Clan Shi.

«Bueno, tales asuntos no incumben a una boticaria», discurrió. Sin embargo, casi sin percatarse, sus pasos ya la conducían hacia una librería de la ciudad. «Dudo que halle lo que busco, pero...», se dijo a sí misma. La precisión de los dibujos de Chue había despertado un recuerdo latente; estaba convencida de haber contemplado ilustraciones similares en el pasado. Se adentró en un establecimiento que exhibía varios volúmenes en su umbral. «Es improbable que lo tengan...», se justificó. En aquel lugar predominaban las novelas populares y los grabados de naturaleza erótica. Aun así, de vez en cuando, el azar permitía hallar alguna joya oculta.

—¡...!

Maomao se frotó los ojos, incrédula. «¿Cómo es posible tal coincidencia?», pensó mientras se pellizcaba la mejilla para cerciorarse de que no estaba soñando.

—Señor, ¿me permite examinar este ejemplar?

Señaló los libros apilados sobre el escritorio del dueño de la tienda. El hombre emitió un gruñido que ella interpretó como un sí. Se trataba de un volumen encuadernado con grosor, cuya portada lucía el dibujo de un pájaro. «No puede ser», se asombró. Parecía un imposible, pero allí estaba: un catálogo detallado de aves con descripciones minuciosas y anotaciones manuscritas en los márgenes.

—¿Cómo ha llegado esto a vuestras manos?

—Un individuo vino a venderlo ayer —respondió el librero con una desgana absoluta.

—¿Le vendió algo más?

—No, solo ese libro. Pero dijo que volvería.

Los ojos de Maomao centellearon con intensidad ardiente. Era la segunda vez que aquel ejemplar pasaba por sus manos. Se trataba, sin margen de error, del mismo libro que había visto en la fortaleza; uno de los volúmenes que halló en aquella estancia donde permaneció cautiva tras ser secuestrada por Shisui.



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