
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3
Un día sin inquietudes es un día muy aburrido. Lamentablemente, Maomao no estaba hecha para soportar el tedio. Pensándolo bien, en cierto modo, esa habitación medio almacén era una bendición para ella. Al rebuscar en los objetos apilados, se encontró con algo muy interesante...
Debajo de la pila de lacados y platos, había una caja de madera de paulonia llena de libros. La caja parecía bastante vieja, con varias marcas de golpes. Aunque los libros estaban carcomidos por las polillas, eran legibles y, sobre todo, su contenido hizo que a Maomao le brillaran los ojos. Eran volúmenes que trataban sobre plantas y animales, tanto del país como del extranjero.
Había unas diez libretas, cada una de aproximadamente un sun (NT: Tres centímetros.) de grosor, tituladas: «Insectos», «Aves», «Bestias», «Peces», «Árboles» y «Hierbas». Parecían ser parte de una serie, con números asignados, por eso se dio cuenta de que faltaban varios volúmenes.
Se puso a hojear el volumen titulado «Hierbas». Cada página contenía una especie, con una ilustración y un texto explicativo. El estilo de la prosa era un poco anticuado y difícil de leer. «¡Es impresión xilográfica!», se emocionó. (NT: Técnica de grabado en relieve que consiste en tallar una imagen o texto en un bloque de madera para crear una matriz, eliminar las partes que no se imprimirán, entintar la superficie en relieve y luego presionarla contra papel u otro material para transferir la tinta y obtener la estampa final. Es una de las técnicas de impresión más antiguas, originada en China, que permite reproducir obras artísticas y textos de forma múltiple.) Debía de ser bastante antiguo. Había oído a su padre adoptivo que el papel se había vuelto un bien escaso en las últimas décadas. Por lo tanto, tecnologías de impresión masiva como la xilografía eran ahora muy raras. Dejando de lado las novelas de entretenimiento, si se podía publicar un catálogo ilustrado, y además una serie, con una demanda limitada, debía de haber sido antes de que se impusieran restricciones a la madera. No creía que pudieran haber recuperado la inversión.
«¡Pero el contenido es bueno!», pensó, impreionada. Maomao seguía pasando las páginas con los ojos brillantes, sin aburrirse. Entonces, notó que en algunas partes había notas escritas con letra pequeña. La caligrafía tenía cierto estilo. Parecía que se habían añadido comentarios suplementarios a las descripciones de las páginas originales. Los ojos de Maomao brillaron aún más intensamente. Saltándose las páginas que había estado hojeando con sumo cuidado, pasó rápidamente las que no tenían notas, centrándose solo en las que tenían comentarios.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se emocionó tanto con el contenido que se le puso la piel de gallina. En algunas descripciones había caracteres que no pertenecían al idioma del país. Eran los mismos caracteres de los libros de medicina extranjeros que su padre había quemado para que ella no los leyera.
Además de los caracteres, las notas manuscritas se referían a las propiedades de cada planta y su uso medicinal. Esto indicaba que la persona que poseía estos libros estaba involucrada en el arte de la medicina, y además había estudiado en el extranjero, al igual que su padre adoptivo.
«¿Existe alguna otra persona más así aparte de mi viejo?», se cuestionó. Se sintió nerviosa, deseando conocer a esa persona. Sin embargo, en ese momento, ¡recordó algo!
¿Por qué estaban las pertenencias de una persona así en un lugar como este? Y se dio cuenta de una posible respuesta.
—Déjalo todo en su sitio.
Suirei estaba allí, no sabía desde cuándo. Llevaba una cesta con comida.
—¿Desde cuándo estás ahí?
—Desde que te pusiste las manos en las mejillas, y comenzaste a reír de forma extraña y a contonearte.
—...
Maomao bajó la mirada lentamente y cerró el libro con gran pesar. Acarició el volumen mientras lo devolvía a la caja de paulonia, con la intención de seguir leyendo cuando Suirei se fuera.
—En todo caso, son de mi abuelo, así que no rompas nada —murmuró Suirei mientras colocaba los platos sobre la mesa.
«¿Su abuelo...?», se repitió Maomao. Entonces recordó la historia de Suirei. Un médico que fue expulsado de la corte por, supuestamente, ponerle la mano encima a una oficial. La madre de Suirei sería, por tanto, la niña que abandonó el palacio interior con el médico. Si las cosas hubieran sido diferentes, la madre de Suirei habría sido una princesa de alta cuna, criada entre algodones. Pero esas suposiciones tuvieron que ser terriblemente fugaces y lejanas a la realidad. ¿Qué pasó con el médico acusado injustamente para ocultar la peculiaridad del Emperador? Y esta Suirei, que lo llamaba abuelo...
«Puedes odiarme todo lo que quieras», era la frase que le había dicho Shenlu antes de drogarla. ¿Sería esa la razón por la que Suirei estaba en esta fortaleza? Maomao no entendía a Suirei, y tampoco entendía a Loulan. Pensar profundamente en ellas no tenía sentido; no conocía su pasado ni estaba en su pellejo. Era normal que no las entendiera. Más que eso, había algo que le preocupaba más.
—¿Podría conocer a ese abuelo vuestro?
Al instante, supo que había hecho una petición inoportuna. Dada su situación, era inútil preguntar algo así. Pero no pudo evitarlo.
—Ya no está aquí... Estuvo confinado en esta habitación y murió hace cinco años.
Los hombros de Maomao cayeron ante la dureza de la respuesta. «¿Confinado?», prestó especial atención a esa palabra. Es decir, la sala se había convertido en un almacén después de su muerte. Por eso las pertenencias del supuesto abuelo estaban amontonadas en ella. Siendo así, los barrotes de hierro de la ventana y la letrina conectada a la habitación tenían sentido.
—La dueña de esta casa le había ordenado que creara la píldora de la inmortalidad.
Ante esas palabras, los ojos de Maomao volvieron a brillar. Al igual que no existía nada parecido a una panacea, lo mismo ocurría con el elixir de la inmortalidad. A pesar de que su padre adoptivo se lo había dicho, no podía evitar sentir curiosidad al escuchar a alguien hablar de ello.
Suirei sacó los volúmenes «Insectos» y «Peces» de la caja y los hojeó.
—¿Consiguió crearla?
—De haberlo logrado, no habría muerto.
Tenía toda la razón. Maomao se consideraba alguien de temperamento gélido, pero aquella mujer, Suirei, la superaba con creces.
—Si tú fueras capaz de fabricarla, podrías congraciarte con la señora de esta casa —sentenció. (NT: Suirei quiere decir que, si Maomao tuviera realmente la capacidad de fabricar la píldora de la inmortalidad, tendría un valor incalculable para la mujer de mal carácter que ocupa la cabeza del Clan Shi, lo que le permitiría ganarse su favor, protección o una posición de privilegio.) Acto seguido, le entregó las libretas a Maomao—. Además, no hagas tanto ruido. Tu voz se ha filtrado hasta el exterior antes.
La boticaria se cubrió la boca con la mano.
Suirei tomó la cesta vacía y salió de la habitación. Por un instante, a la joven reclusa le pareció escuchar voces ruidosas a través de la puerta entreabierta, pero tal vez fue solo su imaginación. En vez de obcecarse por aquello, decidió picotear la comida que le habían traído y dedicarse a la lectura por un tiempo.
Sin darse cuenta, el exterior se había oscurecido. Parecía que la presencia de Maomao era un secreto, por lo que no les estaba permitido encender ninguna luz. A pesar de querer seguir controlando el pasillo, se acostó en el catre.
El antiguo médico que se dedicó a investigar la inmortalidad... Por las anotaciones añadidas a los libros, se podía deducir lo brillante que fue. «Aunque no puede compararse con mi viejo...», pensó Maomao. No obstante, admitió que era el ser humano más capaz que conocía después de él.
Cada vez que encontraba nombres de plantas y animales desconocidos y descubría qué parte y qué efecto tenían, se daba cuenta de que emitía sonidos extraños. «¡No, no, no...!», se reprimía, y se tapaba la boca, pero entonces sus brazos y piernas comenzaban a patalear. ¡Era demasiado fascinante; lo mejor que había leído en años! Sin embargo, aunque era más que suficiente como entretenimiento, como material de investigación resultaba bastante incompleto. Probablemente habían existido muchas otras herramientas e intentos de investigación, pero habrían sido retirados.
«¡Me gustaría ver más...!», deseó con los ojos cerrados mientras repasaba mentalmente lo que había aprendido ese día. Además del texto impreso, había papeles que servían de marcapáginas. Distintas plantas prensadas se encontraban justo entre las páginas.
Maomao palpó la hoja de papel que llevaba en el cuello. Probablemente era una de las que había estado entre esos libros. Entonces, ¡se incorporó de golpe! Intentó levantarse de la cama para revisar el contenido de la caja de paulonia, pero no veía nada por la oscuridad. Perdió el equilibrio y se cayó aparatosamente.
—¡Ay!
Se produjo un gran estrépito y algo que estaba apoyado se desplomó. Una caja llena de lacados golpeó a Maomao en el estómago, haciéndole emitir un sonido como el de una rana aplastada.
Agarrándose la boca, se revolvió un rato. Cuando el dolor disminuyó un poco, pegó la oreja a la puerta. «Espero que nadie se haya dado cuenta...», suspiró. Se estaba acariciando el estómago y se preparaba para suspirar cuando...
—¡...!
Escuchó un clic, y la puerta se abrió de golpe. Maomao cayó a medias en el pasillo. Delante de sus ojos vio unos zapatos bordados en plata. Siguiendo con la mirada el largo faldón de seda, vio a una mujer de mediana edad. Vestía ropas y adornos para el cabello ostentosos. Las uñas de su dedo anular y meñique estaban alargadas unos dos sun (NT: Seis centímetros.) y llevaban protectores de carey. (NT: Material natural, semitransparente y veteado, que se extrae de las escamas del caparazón de la tortuga marina carey, apreciado para joyería, peines y adornos por su belleza y maleabilidad. Actualmente, su comercio está prohibido internacionalmente por poner en peligro crítico a la especie.) Sin embargo, su rostro mostraba una sonrisa distorsionada. Mientras que alguna vez debió ser hermoso, se había deformado por algo más que las arrugas de la edad.
Detrás de la mujer había dos damas de compañía que sonreían imitando a su señora y, más atrás, una Suirei con el rostro pálido. Era como si la mujer le dijera: «¿Qué ha sido ese escándalo?».
«Vaya —se dijo Maomao—. Creo que me he metido en un buen lío».
—¡Mira por donde! Parece que teníamos una rata de cloaca escondida.
La mujer soltó una carcajada de diversión. La miró de arriba abajo con arrogancia y luego, invirtiendo la mirada, se dirigió a Suirei. El rostro de la chica, normalmente imperturbable, palideció aún más.
La voz de esa mujer le sonaba mucho a Maomao. Era la que había clavado el alfiler en la cesta al entrar en la fortaleza, la madre de Loulan, la esposa legítima de Shishou y antigua Consorte Superior. Ya fuera por los años o por otro factor, ya no ostentaba la belleza deslumbrante que antaño habría debido lucir.
Se acercó a Suirei con el rostro invertido y la cabeza ladeada; se movía como un fantasma. Maomao vio que Suirei temblaba.
—¿No te dije que no tuvieras animales inmundos?
La mujer sonrió, levantó su mano derecha y la blandió contra su hijastra. Los dos protectores de uñas rasgaron la mejilla de Suirei. Una raya roja goteó de ella. Inmediatamente después, el abanico que tenía en la mano izquierda la golpeó en el costado de la cabeza. «Qué crueldad, por Dios», advirtió Maomao. Había girado el abanico para evitar la resistencia del aire y golpear directamente con el hueso. Suirei inclinó el rostro e imploró:
—¡Lo siento mucho!
Las damas de compañía reían detrás, pero sus ojos no.
—Qué problemático. Aunque supongo que es culpa de los caprichos de Loulan.
Mientras decía esto, agarró a Suirei por el cabello y le acercó el rostro al suyo. En un acto inesperado, lamió la sangre que fluía de su mejilla.
—...
—Por mucho que se diluya con sangre noble, una vez que se mezcla sangre sucia, se acabó.
La mujer envolvió su saliva mezclada con sangre en un pañuelo de papel y lo arrojó sobre la cabeza de Suirei. Parecía que se iría satisfecha, pero entonces...
—¡Ah, sí! Y esa ratita de aquí, que no se nos olvide.
No se había olvidado de Maomao. «Ojalá me hubiera olvidado», se dijo ella. Lejos de eso, un hombre que parecía ser un guardia la empujó de nuevo a la habitación.
—Llama a un par de chicos de los que trabajan en el sótano. Incluso esto servirá para entretenerlos.
Diciendo esto, la mujer se fue con una sonrisa cruel. Suirei, con el rostro pálido, se disculpó repetidamente:
—Lo siento mucho, señora Shenmei... Lo siento, de verdad.
«Qué nombre tan pomposo», pensó Maomao, mirando la espalda de la dueña de la casa mientras la puerta se cerraba.
(NT: Maomao suele ser muy pragmática y crítica con los excesos de la nobleza y las apariencias. El nombre Shenmei (翠梅) se compone de dos caracteres con significados muy cargados de simbolismo estético en su cultura: Shen (翠) se refiere al martín pescador o al color verde esmeralda de sus plumas. Históricamente, estas plumas eran un artículo de lujo extremo, utilizado para confeccionar joyas y tocados carísimos reservados para la alta aristocracia. Mei (梅) significa flor de ciruelo, una de las flores más celebradas en la literatura y el arte, símbolo de elegancia y distinción. Al combinar ambos caracteres, el nombre evoca riqueza y refinamiento. Para alguien como Maomao, que prefiere lo útil y desprecia la vanidad, ese nombre resulta pretencioso. Además, hay un contraste irónico entre ese nombre tan simbólico y la personalidad altiva y desagradable de Shenmei, lo que refuerza el juicio de que el nombre es pomposo.)
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