
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3
—¿Ya te has despertado?
El rostro afable del viejo con aspecto de ancianita apareció ante ella. La habitación donde se encontraba, de diseño sencillo pero pulcro, le resultaba familiar.
—¿Qué si sé dónde estoy? Esta es la enfermería al norte del palacio interior. La oficina médica se quedaba pequeña, así que te hemos traído aquí.
Aquel anciano, que no era otro que Luomen, respondió a la pregunta que Maomao iba a formular. Retiró la mano de la frente de ella y tomó un recipiente con agua hervida y enfriada. La sirvió en una pequeña tetera y se la llevó a los labios de la pequeña. Tenía un sabor ligeramente amargo, como si llevara alguna medicina disuelta.
—Otra vez haciendo locuras. Por tu culpa, Lakan ha intentado irrumpir en el palacio interior tres veces, causando un gran alboroto. Venga, no pongas esa cara. No cabe duda de que se preocupa por ti. ¿Todavía no puedes hablar bien? Tenías erupciones hasta dentro de la boca.
Maomao bebió el agua medicinal con el entrecejo fruncido. La amargura del medicamento que sentía se debía, sin duda, a esa condición. Luomen le abrió la boca para examinarla.
—Hay gachas. ¿Puedes comerlas sola?
Ella entonces se dio cuenta de que tenía muchísima hambre. «¿Cuántos días habré estado sin comer?», se preguntó. Intentó mover el cuerpo, pero este no le respondía con soltura.
Al verla así, el viejo tomó el cuenco de las gachas y acercó la cuchara a la boca de Maomao. Era un sabor conocido para ella, ligeramente salado.
—Quédate tranquila aquí durante un tiempo. Yo tengo otros asuntos que atender.
Tras darle de comer las gachas, el anciano acarició la cabeza de Maomao y se marchó apresuradamente.
«Asuntos que atender, ¿eh?», caviló ella. Se preguntó si habría trabajo urgente en la oficina médica, pero recordó la razón original de la presencia del viejo allí. Maomao le había rogado que se encargara del parto de la consorte Gyokuyou en su lugar. Por el calendario, el bebé tendría que nacer en cualquier momento. No tendría tiempo para ocuparse de una paciente como ella en la oficina médica. Extendió la mano lentamente. Era una mano fea, cubierta de erupciones. Tardaría un tiempo en curarse. «Ojalá que el parto se desarrolle sin problemas», deseó para sus adentros. Ansiaba que todo transcurriera sin incidentes y que la consorte diera a luz a un bebé sano y en paz.
Mientras el viejo no estaba, la encargada de cuidar a Maomao era una oficial de palacio de mediana edad llamada Shenlu, la misma que en una ocasión anterior le había consultado sobre un asunto. Era una funcionaria de naturaleza sencilla y franca, lo que contribuía al sosiego de la boticaria.
A raíz de los sucesos y las consecuentes quejas, parecía que se habían implementado ciertas mejoras en el sanatorio. Ahora, las oficiales que trabajaban allí podían prescribir y dispensar medicamentos en el dispensario. Junto con las gachas, Shenlu le entregó su propia prescripción a Maomao. Al instante de ingerirla, notó que parecía tener un efecto somnífero, ya que su cuerpo empezó a sentirse aletargado.
—¿Lo pediste tú? —le preguntó Shenlu a Maomao mientras se afanaba en cambiar las sábanas de la cama—. Desde aquel día, nos han dado un poco más de manga ancha con el uso de medicamentos.
El estado de Maomao había mejorado sustancialmente; ya podía incorporarse y caminar. Considerando que había permanecido varios días en coma, persistía en su convicción de que con un simple sorbo de aquel aguardiente de trigo sarraceno habría sido suficiente.
—Yo no hice nada —respondió Maomao.
—Ah.
Tras terminar de alisar la cama con unas palmadas, Shenlu le indicó con el pulgar que se acostara.
—Con lo hábil que es, no le faltarían empleos si abandonara el palacio interior . ¿Por qué no se va a otro lugar?
Maomao creyó pensar eso, pero tal vez por la medicina, que la tenía aturdida, formuló la pregunta en voz alta sin querer. No tardó en comprender que era una pregunta estúpida. La expresión de Shenlu se endureció por un instante. Su rostro reflejó que algún recuerdo desagradable acababa de cruzar su mente.
—No podemos irnos, aunque lo deseemos, las mujeres de la enfermería...
Su mirada siguió a una oficial de palacio que se deslizaba por el pasillo. Al igual que Shenlu, todas las oficiales de palacio que trabajaban allí eran mujeres de mediana edad. Todas ellas habían rebasado el tiempo de la juventud.
—Una flor que ha sido cortada no debe marchitarse fuera. Siempre se nos han dicho eso, y a estas alturas, ¿cómo vamos a irnos?
Aquellas palabras se referían a haber sido tocadas por el Emperador. Por su madurez, era evidente que no eran oficiales de la generación del Emperador actual. Habían sido tocadas por el anterior Emperador y habían permanecido retenidas en este lugar desde entonces.
Tras el relevo en el trono, y habiendo pasado su mejor momento, no debían de tener un lugar al que regresar. Solo les quedaba enterrar sus huesos en este jardín de flores.
—Hoy no vendrá tu viejo, ¿verdad? Estará ocupado.
Dicho esto, Shenlu le entregó a Maomao la medicina para antes de dormir.
Sintió el casi imperceptible tintineo de unas campanillas. Intentó abrir los ojos, pero le costó conseguirlo. Su cuerpo se sentía pesado. «Aún es de noche», pudo juzgar. Pensó en seguir durmiendo, pero el sonido de las campanillas la inquietaba. Además del tintineo, se oían pasos. Los ruidos se acercaban lentamente hacia ella. Los dos sonidos se detuvieron justo delante de su cama. En su lugar, escuchó una voz pequeña e inocente:
—Los grillos de campana... la hembra se come al macho para poder gestar a sus crías.
Maomao consiguió entreabrir los párpados. Ante ella, estaba la consorte Loulan, o tal vez debería decir Shisui, con una expresión distante. Loulan sostenía algo parecido a una libreta. Lo hojeó rápidamente y sacó una hoja de papel.
—La hembra muere al poner los huevos, y luego las crías deben sobrevivir al invierno solas. Dime, ¿podrán las crías sobrevivir bien al invierno?
Sin que Maomao pudiera entender lo que quería decir, Loulan dobló el papel que tenía en la mano y se lo deslizó suavemente dentro del cuello de su camisa. Luego, apoyó la libreta que llevaba en la estantería de la habitación.
Lentamente, acarició la mejilla de Maomao. Ella permanecía inmóvil. «¿Por qué?», pensó. La respuesta a su pregunta llegó al instante. Detrás de la consorte estaba Shenlu. En su mano sostenía un pañuelo. Incorporó el cuerpo inmóvil de Maomao y usó el trozo de tela para amordazarla.
—Puedes odiarme todo lo que quieras.
Debían de haber mezclado un paralizante, además del somnífero, en la medicina de Maomao. Como las erupciones en su boca no terminaban de curar, apenas podía distinguir los sabores, así que no se había dado cuenta de nada. «Ya veo...», comprendió finalmente. Que el viejo no hubiera acudido hoy para cuidarla significaba que la consorte Gyokuyou se había puesto de parto. En ese caso, toda la atención se centraría en el Pabellón de Jade, dejando la vigilancia de otras áreas desatendida. Debían de haber atacado en ese preciso momento.
«¿Que puedo odiarla, dice?», recapacitó. No estaba segura de cuál era su objetivo, pero la razón que la había impulsado a actuar no era difícil de adivinar. Maomao se dejó hacer mientras la embutían en una cesta y la secuestraban.
¿Cuánto tiempo habría pasado traqueteando en la oscuridad? Maomao no lo sabía, pero fue el tiempo suficiente para alegrarse de no haber bebido mucha agua. El aire que se colaba por los huecos de la cesta era cada vez más frío. Se envolvió en la piel que le habían colocado dentro de la cesta. «¿Adónde me llevan?», se preguntó.
Aunque la estaban tratando como si fuera un simple equipaje, la cesta era sorprendentemente cómoda. Además de la piel, había un cilindro de bambú con té y zongzi (NT: Plato tradicional chino de arroz glutinoso relleno de diferentes ingredientes, envuelto en hojas de bambú o caña y cocido al vapor o hervido, similar a un tamal asiático.) que, lamentablemente, no podía ingerir en ese estado. El zongzi contenía pollo y azufaifas, y tenía muy buen aspecto, pero Maomao no tenía fuerzas para comer mientras la zarandeaban.
Mojándose los labios secos con el té, evaluó la situación. Entendió que había salido del palacio interior. Por muy grande que fuera, era imposible que el traqueteo en un carro durara tanto tiempo. Por el ruido y el ocasional relincho, estaba claro que viajaba en un carro tirado por un caballo. ¿Cómo habrían conseguido salir del palacio interior? No lo sabía. ¿Tal vez existía un pasadizo secreto, que ella desconocía, y Shenlu les había ayudado a cruzarlo? Podía ser.
«Hay demasiadas cosas que se me escapan», razonó. Todo parecía un secuestro, pero el móvil era un misterio. «¿Habrán descubierto que estoy relacionada con ese hombre?», pensó, refiriéndose a Lakan. Como maniobra contra el estratega del monóculo, podría ser una baza interesante, pero, ¿no temían la represalia de ese oficial si utilizaban un método tan burdo? Su manera de pensar era completamente diferente a la de los demás, por lo que era imposible predecir sus movimientos. Además, ¿de qué serviría usarla como escudo ahora? Gaoshun, que vino a verla, ya le había informado de que habían detenido a las personas sospechosas. Cualquier intento de ataque sería totalmente previsible. Si esto era un intento de ataque por despecho porque habían sido descubiertos, lo entendería, pero, ¿cuántas personas en ese grupo estarían dispuestas a dar un paso tan grande?
«El problema ahora mismo es otro —pensó Maomao, exhalando un suspiro—. ¿Tengo garantizada mi vida?».
Ella no tenía ningún interés en la política. Los asuntos de Estado solo le afectaban si llegaban a involucrar seriamente su propia vida, mas, ahora mismo, su seguridad personal era lo más importante. Dados los mínimos cuidados que habían tenido, supuso que no la sacarían de la cesta para matarla al instante. Eso creía.
La cesta se sacudió bruscamente. Parecía que la habían bajado del carruaje. La habían colocado sobre algún tipo de carretilla, pues el traqueteo era ahora más menudo.
—Maomao —dijo la voz apagada de la consorte Loulan desde fuera de la cesta—. Guarda un poco de silencio más. Te sacaré pronto.
El tono era más propio de Shisui que de la consorte Loulan. Que ella también hubiese abandonado el palacio interior implicaba una gran determinación. Las consortes no tenían permiso para salir de sus confines, salvo en ocasiones muy especiales, como un banquete en el jardín.
El sonido de una pesada puerta abriéndose vino acompañado de un olor dulce que le picó la nariz. La carretilla se detuvo, y unos pasos se acercaron a cambio. El olor se hizo más intenso junto con los pasos.
—Cuánto tiempo sin verla, madre —saludó la voz de la consorte Loulan. Ya no era el tono de Shisui, sino una voz más dura e impersonal—. Me alegra que se encuentre bien.
Se oyó otra voz, ligeramente más baja que la de Loulan. Unos pasos firmes y el roce de unas sedas. Maomao se imaginó un vestido tan suntuoso que llegaba hasta el suelo y se arrastraba al andar. Se trataba de la mujer que había sido concubina del anterior Emperador y había sido entregada a Shishou.
—¿Qué es este paquete? —preguntó de repente, y la pregunta la sobresaltó.
Maomao se encogió dentro de la caja.
—Me llevé algunas pertenencias —respondió Loulan sin inmutarse. Ya no era necesario llamarla consorte.
—Ya veo.
Cuando la mujer pasó de largo, Maomao se preparó para exhalar el aire que había contenido. Entonces, ¡algo afilado atravesó la tapa de la cesta con un golpe seco! Parecía un alfiler para el pelo.
—¡...!
La punta se detuvo justo delante de la nariz de Maomao. De nuevo, contuvo la respiración con todas sus fuerzas para no gritar.
—Pensé que, siendo tú, habrías traído otro perro o gato, pero me equivocaba.
—Usted odia a los gatos, madre. Ya no soy una niña.
—Me alegro de que hayas madurado.
La madre de Loulan se alejó, con su ropa rozando el suelo mientras se movía con un porte indiferente. Maomao no pudo hacer más que aguantar la respiración hasta que los pasos desaparecieron por completo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario