21/09/2026

Los diarios de la boticaria 9 - 5




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 9



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 5
Contraindicaciones

Tratándose de una obra prohibida, cabía preguntarse en qué estribaba la verdadera gravedad de su contenido. Maomao fijó la vista en el rústico ejemplar de pergamino mientras analizaba la materia en silencio. Las intervenciones quirúrgicas gozaban de cierta aceptación en el Imperio de Li. De no ser así, la Emperatriz Viuda jamás habría traído al mundo al actual soberano con vida. ¿Dónde residía, pues, la gravedad del delito?

El pergamino detallaba la anatomía humana con una minuciosidad abrumadora. Mostraba el trazo exacto de las hojas cortantes sobre la piel y exponía las entrañas con manifiesta claridad visual. Semejantes gráficos no habrían sido posibles sin tener ante los ojos a un individuo diseccionado. E indudablemente, un sujeto sometido a tal proceso no podía conservar la vida bajo ningún concepto.

—Cercenar un cadáver de esta forma resulta espeluznante... —murmuró Yao.

La joven noble conservaba aún una palidez lívida en el rostro. Enen acudió con un cuenco de agua fresca para ofrecer a su angustiada señora.

«Jamás profanes la majestad de un cadáver», era el precepto que Luomen, su padre adoptivo, le había inculcado con severidad desde su tierna infancia. El viejo llevó la advertencia al extremo de prohibirle todo contacto con los difuntos.

El común de los mortales creía firmemente que la existencia no hallaba su término con el último aliento de vida. Dicha convicción arraigaba con hondo calado en la sociedad de Li. En el estricto ánimo de Yao el impacto resultaba devastador. Dado su vasto dominio de las enseñanzas místicas de los Ocho Trigramas, la materia le despertaba resonancias teológicas aún más profundas.

Ahora bien, más allá de eso, la disección deliberada de cuerpos humanos estaba estrictamente vedada por la ley del Imperio...

—Tal ultraje impide la reencarnación en el género humano... —añadió Yao en un susurro tremulante.

Destruir la integridad física de un cadáver entrañaba la pérdida irreparable del derecho a retornar a la vida bajo la noble forma humana... A ese fin, la mayoría de los eunucos custodiaba con devota solicitud la virilidad cercenada de la que fueron despojados. Existía la creencia de que perder dicha prenda anatómica condenaba al individuo a renacer en la existencia posterior bajo la figura de un asno en lugar de recobrar la forma humana. Sosteníase asimismo que el motivo de someter a cremación los despojos de los criminales obedecía al propósito deliberado de privarlos de la capacidad de reencarnar como personas. Aun cuando en circunstancias excepcionales se procediera a la disección de ajusticiados o reos, las consideraciones de índole moral impulsaban a las autoridades a evitar tal práctica. Por contraposición, uno de los castigos de mayor severidad consistía en cercenar de forma metódica y en vida las carnes de un condenado hasta su desmembración total.

«¡Qué absurdo! ¡¿Acaso existe una vida posterior?!», acusó Maomao en su fuero interno, aunque no sin un atisbo de duda. Le habría complacido desestimar la idea sin mayor miramiento, mas no se hallaba en posición de aseverar categóricamente la inexistencia de vidas pasadas. Cabía la posibilidad de que ella misma fuera la reencarnación de algún ser pretérito, como también cabía la opción contraria.

«Por mucho que se intente verificarlo, tras la muerte... la verdad resulta una comprobación imposible de certificar en vida», concluyó la boticaria con pesadumbre. La misma muerte oculta su enigma. Incluso si el alma humana obtuviera una nueva existencia terrenal, la memoria del pasado no sobrevivía jamás al tránsito. Tal vez su vida presente constituyera el retorno de alguna alma de tiempos remotos, mas ahora mismo no albergaba el menor vestigio de recuerdo previo.

Mientras dejaba escapar un suspiro, dispuso la mano para volver la página del tosco manuscrito. Entonces, Yao sujetó el compendio por la solapa. Maomao reaccionó aferrando la mano de la joven noble con absoluta premura.

—Suéltame —exigió Yao.

—¿Qué quieres hacer?

—Reducirlo a cenizas. Esta abominación no puede volver a ver la luz del día jamás.

Yao sostenía un juicio plenamente razonable ante la sacrílega naturaleza del texto. Sin embargo, la boticaria se veía incapaz de sofocar la viva agitación que embargaba su ánimo por el hallazgo.

—Yao, ¿has presenciado alguna vez el desarrollo de una intervención quirúrgica? —inquirió Maomao moderando el tono de voz para evitar que la exaltación traicionara su templanza.

—Si te refieres a suturar la abertura de una herida... sí, he tenido ocasión.

—No, eso no. Supongamos que han atravesado la cavidad abdominal de alguien con una espada. Si mediante la aplicación de las curaciones oportunas fuera posible preservar la vida del afectado, ¿qué conducta le correspondería adoptar a un sanador?

—...

Yao se mordió el labio inferior con manifiesta duda. Aun cuando la joven preservara cierta inocente ingenuidad propia de sus quince años, gozaba de un entendimiento brillante. Poseía, además, la noble virtud de acoger los hechos con imparcial objetividad.

—¿Serías capaz de discernir al primer golpe de vista cuál de las vísceras internas ha sufrido un desgarro fatal? —prosiguió la boticaria.

—Con la debida instrucción... es posible que pudiera... ¿no?

—¿Y cuántas vidas humanas perderías inevitablemente mientras persistes en el empeño de alcanzar dicho dominio?

—...

Maomao arrebató el volumen de pergamino de las temblorosas manos de Yao con un movimiento firme. Ella comprendía a la perfección la postura moral de su joven compañera. De igual modo, en su propia condición de persona dotada de sentido común, reconocía que se trataba de un texto terminantemente prohibido por la ley. A excepción de los verdugos oficiales encargados de la ejecución de las penas capitales, a nadie le estaba permitido desmembrar o mutilar un cuerpo humano en el Imperio. Salvo en situaciones de contienda bélica cruenta, por descontado.

Por otra parte, la medicina moderna requería de forma imperiosa el conocimiento preciso de la anatomía humana interior. Dejando a un lado a su ilustrado padre adoptivo, ¿cuál sería entonces la verdadera situación de los demás médicos oficiales de la corte imperial? El saber médico exigía sacrificios.

—Comprendo que te resulte inadmisible que un médico cercene a un ser humano como si fuera un cruel verdugo, Yao. Y, por supuesto, tomar registros gráficos de tal acto resulta aún más condenable, ¿no es así?

—E-Efectivamente... —balbuceó la muchacha.

—Sin embargo, ¿qué postura adoptarías si el cadáver sometido a disección hubiera pertenecido a un reo legalmente ajusticiado?

—...

La estricta moral de los hombres es una materia profundamente voluble. Cuando existe una definición categórica de lo vedado, la sociedad no tolera la menor transgresión de la norma. Sin embargo, al articular una oportuna excepción dentro de la doctrina oficial, la razón humana termina por dar su pacífico asentimiento. A ese calculado proceso se le denomina unas veces política y otras, religión.

Desde que comenzó a prestar servicio profesional en la oficina médica, a Maomao le asaltaban ciertas dudas persistentes. El nivel de los médicos oficiales en materia quirúrgica resultaba excepcionalmente elevado. Dichos doctores lograban sanar milagrosamente lesiones de tal gravedad que un curandero común del vulgo habría resuelto mediante la amputación sumaria de la extremidad sin dudarlo un solo instante. Las respuestas comenzaban a encajar.

En una ocasión tuvo la oportunidad de presenciar en persona una compleja intervención ejecutada por el doctor Liu. A diferencia de lo que sucedía con Yao y Enen, a Maomao se le encomendaban tareas de una responsabilidad sensiblemente distinta, entre las cuales figuraba con frecuencia la asistencia directa en delicadas operaciones quirúrgicas. Una labor sumamente exigente.

Un oficial militar, notablemente reacio a los métodos de la medicina, desatendió una grave herida de contienda hasta provocar su severo enconamiento. Tras inmovilizar con firmeza al combatiente sobre la mesa y administrarle un potente brebaje anestésico para aplacar el dolor, los doctores procedieron a la cura. La zona infectada era ciertamente vasta y Maomao juzgó al primer golpe de vista que no quedaría más remedio que cercenar el miembro completo. Sin embargo, el doctor Liu retiró con precisión quirúrgica únicamente el tejido dañado imprescindible, evitando así la amputación total del brazo. Aunque persistirían inevitablemente ciertas secuelas funcionales, la evolución posterior del paciente resultaría favorable con el tiempo. Semejante precisión técnica habría sido del todo imposible sin un dominio absoluto y metódico de la estructura muscular interior del brazo.

«Será mejor que me guarde estas dudas y no las manifieste abiertamente ante Yao...», decidió Maomao en su fuero interno para evitar disputas. La cuestión más apremiante del momento estribaba en determinar el destino definitivo de aquel peligroso manuscrito.

—Para ti, este ejemplar es una obra prohibida, sin lugar a dudas —manifestó la boticaria con firmeza—. Sin embargo, ¿te parece bien registrar una casa ajena sin autorización y, por añadidura, destruir sus valiosas pertenencias de manera unilateral?

—Pero... —protestó la joven noble.

—A juzgar por la naturaleza del pergamino y los particulares pertrechos de escritura empleados, se trata de una recopilación personal elaborada durante la estancia de mi padre adoptivo en las tierras del oeste. Las costumbres de Li y los preceptos de aquellas regiones distan sensiblemente entre sí. ¿No crees que resulta natural que una práctica médica habitual en aquellos confines resulte anómala únicamente a nuestros ojos?

—Aun así... Me resulta difícil de aceptar. Es que...

—Señorita... —tomó la palabra Enen, que había permanecido en cauteloso silencio durante el tenso lance—. Por el momento, sugiero que guardemos el volumen en el lugar exacto donde lo hemos encontrado. En ocasiones, obrar como si nada se hubiera presenciado es la decisión más prudente.

—Pero...

Yao poseía un carácter intachable, profundamente recto y transparente. A primera vista sonaba bien, pero la muchacha carecía por completo de la debida flexibilidad mental. Aun así, tal conveniente tregua permitiría al menos aplacar los exaltados ánimos del grupo.

—Venid a cenar —ofreció la sirvienta para romper la tensión—. He preparado los dulces que tanto te gustan, señorita.

—A decir verdad, esto me ha quitado el hambre... —murmuró Yao con desgana.

—También he preparado tu postre preferido de hasma.

—Mhm... Bueno, probaré un bocado —cedió Yao.

Aun ignorando por completo la verdadera naturaleza de los ingredientes, el dulce grasilla de rana figuraba siempre entre las viandas predilectas de Yao. El secreto quedaba a buen recaudo. Enen la acompañó al punto, guiándola con delicadeza por la espalda hacia la estancia principal de la vivienda.

Dejando escapar un suspiro, Maomao envolvió el rústico manuscrito con sumo cuidado en un grueso lienzo para ocultarlo por completo a la vista y lo restituyó a las frías entrañas del compartimento secreto de la pared.

 

Durante el día, el frío ya arreciaba con severidad, mas la noche resultaba ser aún más gélida en el pabellón anexo a la vivienda principal de los Han. Maomao continuaba transcribiendo los volúmenes manuscritos envuelta en un grueso cobertor para guarecerse. A fin de cuentas, los inesperados lances de la jornada la habían mantenido tan atareada que apenas había logrado avanzar en su ardua labor.

El silencio nocturno se quebró. El eco distante de unos pasos tranquilos se hizo audible desde el pasillo.

—Descansa durante la noche, ¿vale?

Enen hizo su aparición en la estancia sosteniendo una linterna.

—Es que aún no he terminado —respondió Maomao.

—Es imposible que lo termines.

Enen tomó asiento en el suelo junto a Maomao de forma pausada. A juzgar por su ademán relajado, la señorita Yao debía de hallarse sumida en este momento en un plácido y profundo sueño.

—¿Qué vas a hacer con ese ejemplar de la pared? —inquirió la sirvienta.

—Poco puedo hacer. Por lo pronto, lo he devuelto al lugar donde estaba.

Devolverlo a su remoto escondrijo como si nada hubiese pasado tal vez fuera la vía más pacífica a corto plazo. Ahora bien, tampoco cabía aseverar categóricamente que fuera la decisión más acertada para el futuro. En delicada atención a Yao, resultaba más que dudoso que la joven noble hallase pleno sosiego interior sin esclarecer el destino definitivo de aquel tomo sobre disecciones. Al pensar en ello, Maomao corroboró en su fuero interno que Yao tal vez carecía de la frialdad de ánimo idónea para prestar un servicio duradero en la oficina médica imperial. Las dudas sobre el futuro emergieron.

—Enen, ¿crees francamente que debemos dejar que Yao continúe desempeñando su labor en la oficina médica?

—¿A qué viene eso ahora?

Sin responder de inmediato, Enen dispuso el papel y se preparó a transcribir un volumen distinto al que ocupaba a Maomao. Resultaba de agradecer que la sirvienta le brindara su valiosa ayuda en la tarea.

—Dejando a un lado la peligrosa cuestión de la cata de venenos, creo que su riguroso temperamento moral resulta inadecuado a veces para la medicina —explicó Maomao—. Alguien del talento de Yao hallaría un excelente acomodo en un sinfín de dependencias de la corte sin el menor esfuerzo. Además, ella demostró hoy un dominio verdaderamente notable de las complejas nociones de los Ocho Trigramas.

Enen continuó trazando caracteres con una pasmosa fluidez.

—La doctrina de los Ocho Trigramas y los Cinco Elementos constituía una disciplina obligatoria en el departamento al que la señorita aspiraba ingresar en un principio —reveló.

—¿Ah, sí...?

—Pero al tener noticia de que se permitía por fin la asignación oficial de mujeres a la oficina médica, cambió de opinión. Al fin y al cabo, los doctores imperiales también hacen un uso constante de la teoría de los Cinco Elementos.

La célebre teoría de los Cinco Elementos gozaba, en efecto, de amplia aplicación en las prácticas de la oficina médica. La preparación de la dietética medicinal incorporaba a menudo dichos preceptos filosóficos para equilibrar los humores del cuerpo.

NT: Los médicos de la corte regulaban la salud de los pacientes basándose en la filosofía de los Cinco Elementos. Para curar o prevenir enfermedades, aplicaban estos principios directamente a la alimentación del paciente, utilizando los ingredientes de la comida diaria como medicamentos para equilibrar la energía de los órganos internos. Los Cinco Elementos son madera, fuego, tierra, metal y agua. La medicina tradicional china conecta cada elemento con un órgano del cuerpo, una emoción y una estación del año. Cada uno de los Cinco Elementos se asocia con un órgano principal (Yin) y un órgano secundario de apoyo (Yang):

  • La madera corresponde al hígado (principal) y la vesícula biliar (apoyo). Se asocia con alimentos ácidos, que ayudan a retener los líquidos corporales y tiene un efecto astringente.
  • El fuego corresponde al corazón (principal) y el intestino delgado (apoyo). Se asocia con alimentos amargos, que ayudan a eliminar el calor del cuerpo, secar la humedad y favorecer la digestión.
  • La tierra corresponde al bazo (principal) y el estómago (apoyo). Se asocia con alimentos dulces, que nutren, tonifican el cuerpo, aportan energía y alivian el dolor.
  • El metal corresponde al pulmón (principal) y el intestino grueso (apoyo). Se asocian con alimentos picantes. que estimulan la circulación de la energía y de la sangre, y promueven el sudor.
  • El agua corresponde al riñón (principal) y la vejiga (apoyo). Se asocian a sabores salados, que ablandan las durezas del cuerpo, drenan los intestinos y ayudan a regular los fluidos.
Los médicos imperiales utilizaban estos emparejamientos para diagnosticar y tratar al sistema energético que estaba desequilibrado en el cuerpo.

—A decir verdad, todavía me cuesta creer que ignores por completo la materia de los Ocho Trigramas —admitió Enen.

—Poseo nociones de los Cinco Elementos, pero el cariz mágico y adivinatorio en exceso pronunciado de los Ocho Trigramas repulsa mi interés.

La pragmática boticaria no abrigaba la menor inclinación a instruirse en místicas maldiciones o en superfluas artes adivinatorias.

—Comprendo tu postura —asintió Enen con ademán profundo de cabeza.

—Tratándose de alguien como yo, una simple boticaria carente de toda otra virtud, la cuestión es diferente —añadió Maomao—. Pero, tratándose de Yao y de ti, considero que vuestros talentos brillarían con mayor esplendor en otro destino.

Dado que la charla se había extraviado del tema principal del libro prohibido, Maomao procuró reconducirla a su verdadero cauce con tacto. Enen detuvo el fluido trazo del pincel sobre el papel.

—La señorita Yao no renunciará a su labor en la oficina médica. Estoy segura de ello —sentenció la sirvienta.

—¿Bajo ningún concepto?

—No, no hay absolutamente nada que pueda hacerla renunciar a su empeño. Ni siquiera si la oficina médica tuviera las manos manchadas en prácticas prohibidas.

—...

Ciertamente, el intelecto de Enen resultaba ser en extremo afilado. Diríase que la perspicaz sirvienta había advertido el mismo trágico pormenor que la propia Maomao.

—¿En qué momento lo has deducido? —inquirió Maomao en voz baja.

—En el instante mismo en que hemos encontrado el libro —respondió Enen con aplomo.

Aquel tomo custodiaba los espeluznantes diagramas de la disección humana. Ciertamente, las intervenciones quirúrgicas esenciales gozaban de permitida aceptación en Li; mas profanar un cadáver y cercenar sus carnes constituía una falta intolerable para el común de las gentes. Sin embargo, el doctor Liu y su círculo más selecto demostraban un conocimiento abrumadoramente exhaustivo de la anatomía interior. ¿Cómo habrían alcanzado semejante maestría sin el estudio directo? La respuesta residía en la sombría excepción de la ley: cuando se trataba de un reo de muerte, mutilar su cuerpo tras la ejecución estaba veladamente consentido por las autoridades. Dado que los despojos de los criminales carecían del derecho a la reencarnación y se reducían metódicamente a cenizas en la pira, la cremación posterior borraba de forma absoluta todo vestigio del ultraje. De este modo, dado que los propios miembros de la Familia Imperial requerían someterse en ocasiones a complejas operaciones quirúrgicas donde no cabía el menor margen de error, los médicos oficiales perfeccionaban sus artes valiéndose en secreto de las carnes de los ajusticiados. Una práctica implacable. Sin huellas ni pruebas.

Un médico de la corte debía mantenerse en todo momento como una figura impoluta y respetable ante la sociedad. Por ese poderoso motivo, los doctores deseaban ocultar a toda costa los aspectos más cruentos, despiadados y tabúes de su oficio. «Con razón mi padre adoptivo no quería por nada del mundo que me convirtiera en médica formal», se dijo Maomao en su fuero interno. El secreto profesional se guardaba con celo.

—Tanto el doctor Han como el doctor Liu, junto a unos pocos elegidos de la oficina, poseen una comprensión descollante del cuerpo humano —señaló Maomao—. Sospecho que a los novatos y a los sanadores menos diestros ni siquiera se les informa jamás de este asunto.

—Opino exactamente lo mismo —asintió Enen, continuando su labor.

Tal vez la aterradora verdad de la profesión solo se revelaba a las mentes más dotadas de la corte, figurando la entereza de carácter y el temple moral entre los requisitos indispensables de selección.

—Si la señorita Yao abandona ahora su puesto en la oficina médica, difícilmente podrá trasladarse a otra dependencia oficial —advirtió Enen—. Lo más probable es que su familia ejerza presiones para cerrarle todas las puertas. La oficina médica constituía la única jurisdicción libre donde su tío no podía extender sus garras.

La cúspide de la jerarquía médica la ocupaba con firmeza el influyente doctor Liu. Pocos hombres en la capital eran capaces de plantarle cara a tal eminencia.

—Solo deseo que Yao disfrute de libertad para hacer lo que le plazca hasta que halle a un esposo digno de ella —expresó Enen.

—¿Un esposo...?

—¿Qué ocurre, Maomao? Te veo extrañada.

Enen ladeó la cabeza con cierta contrariedad.

—Nada, solo que, tratándose de ti, daba por hecho que apartarías inalterablemente a cualquier varón que pretendiera aproximarse a Yao —admitió la boticaria.

—Para nada. Siempre que el pretendiente cumpla los estándares de linaje, apostura y recta nobleza de carácter, y además cuente con el beneplácito de ella, no tendré necesidad de deshacerme de él.

«Deshacerse de él...», repitió Maomao mentalmente con un leve escalofrío. A juzgar por el tono gélido e inexpresivo de Enen, la sirvienta hablaba completamente en serio. Maomao perdió la mirada en la penumbra de la estancia, preguntándose si existiría en el mundo un varón capaz de cumplir todas esas exigencias. Era un estándar inalcanzable.

—Por consiguiente, agradecería que continuaras desempeñando tus labores en la oficina médica como si nada hubiera ocurrido hoy —concluyó su compañera—. Puesto que la instrucción especializada en disección solo se reserva a los médicos más eminentes, nadie dirigiéndose a unas simples doncellas asistentes nos propondrá tal oscuro menester.

«En otras palabras, que me calle la boca», se dijo la boticaria, comprendiendo con claridad lo que su perspicaz compañera le estaba pidiendo. Maomao se presionó los labios con la yema del dedo a modo de compromiso.

—El único detalle que me preocupa es el manuscrito que hemos encontrado en la pared —agregó la boticaria.

—Ya... A Yao le resultará casi imposible guardar silencio y hacer como si no hubiera visto nada.

Al menos, la joven noble difícilmente conseguiría tratar a su venerado padre adoptivo con la misma naturalidad de antaño. Luomen era un hombre en extremo perspicaz y terminaría percatándose del distanciamiento de la muchacha.

—Vaya, solo espero que no termine delatándose ante él —suspiró Maomao.

—Dado que Yao profesa una profunda veneración hacia el doctor Han, el impacto de ver el dibujo habrá resultado devastador para sus convicciones —analizó Enen—. No obstante, si le explicamos que aquellos registros de anatomía datan exclusivamente de sus años de formación en el oeste, confío en que termine por comprenderlo en cierta medida.

—Ojalá así sea, por el bien de todos... —murmuró Maomao.

Volvió a deslizar la punta del pincel sobre el papel y reanudó en silencio la paciente transcripción del tomo.





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