
Maomao siempre había pensado que Gyokujou era una persona despreocupada. En el palacio interior, aquel jardín exclusivo habitado únicamente por mujeres, la severidad del trato dispensado a quien gozaba del favor exclusivo del Emperador podía alcanzar cotas verdaderamente despiadadas. Sin embargo, la soberana jamás perdía la sonrisa. Conservaba intacta la curiosidad propia de una joven de su edad y, en perfecta armonía, la astucia madura característica de una mujer bregada en la corte. Maomao había llegado a juzgar que, aun careciendo de su asistencia, la Emperatriz sabría salir airosa de cualquier trance.
«Qué equivocada estaba...», dilucidó en su fuero interno. Por muy elevada que resultase su dignidad como Emperatriz, por muy señalada que estuviera para convertirse en la venerada Madre del Reino, nadie dejaba de estar sujeto a las fragilidades inherentes a la condición humana.
Maomao fijó de nuevo la mirada en la horquilla de plata que le habían confiado para su examen. Le habían dicho que era demasiado tarde para emprender el camino de regreso a sus aposentos y que convenía que pernoctara en aquellas dependencias palaciegas. Al parecer, la servidumbre ya había enviado el correspondiente aviso a su residencia habitual para evitar alarmas.
A decir verdad, dicha residencia se emplazaba a una distancia inferior a un cuarto de hora de marcha. Autorizar que una figura ajena a la servidumbre oficial pasara la noche en las estancias de la Emperatriz entrañaba, paradójicamente, una suma considerable de formalismos y complicaciones protocolarias.
«Lo que realmente les preocupa es la posibilidad de no hallar al culpable antes de que perpetre un nuevo ataque», caviló atribulada.
Con todo, ¿a tal extremo se hallaban desprovistos de apoyos que no existía otra persona de confianza a quien poder encomendar la investigación? ¿O acaso el asunto escondía una trama más profunda...?
Instalada con las piernas cruzadas sobre el lecho de la estancia que le habían dispuesto para el descanso, permaneció pensativa, cruzando los brazos sobre el pecho. «La plata ennegrecida...», rumió con perseverancia.
La plata resultaba un metal proclive oxidarse con suma facilidad. De no someterse a un esmerado y frecuente frotado, perdía su brillo original sin dilación. En el pasado le encomendaban con asiduidad la labor de pulir tales enseres. Los personajes de la más distinguida cuna manifestaban una franca preferencia por el uso de vajillas y cuberterías de plata. O, precisando con mayor rigor, no les restaba otra alternativa, por seguridad. La razón es que la plata reacciona empañándose en un tono oscuro al entrar en contacto directo con el arsénico. Los venenos elaborados a base de arsénico destacan por ser incoloros, inodoros e insípidos al paladar. Solo debido a esa singular propiedad química de la plata, resultaba factible detectar su presencia de forma inmediata. Precisamente por esa virtud, los enseres de plata devenían un elemento indispensable en el servicio de cualquier linaje noble.
¿Acaso la Emperatriz Gyokujou había estado expuesta al contacto con arsénico? No, dejando a un lado la turbación de su ánimo, la soberana gozaba de una salud envidiable. En ningún momento ofreció la impresión de haber sufrido los estragos de un envenenamiento.
Siendo así, ¿a qué causa obedecía semejante alteración en el metal? «¿Acaso el adorno se ennegreció después de que lo robaran?», caviló. ¿Alguien había pensado utilizar veneno, pero finalmente no lo hizo? ¿Y procedió el autor a sustraer la horquilla con la única finalidad de amedrentar a la Emperatriz? «No...», descartó de plano. Antojábase una trama excesivamente rebuscada para lograr semejante fin.
Aun presuponiendo una intencionalidad oculta tras el suceso, Maomao era incapaz de desentrañar su verdadero propósito. ¿Qué pretendían convocar con semejante maniobra? Además, había otro pormenor que reclamaba de forma poderosa su atención...
«El objeto no muestra indicios de haber sido deteriorado intencionadamente... », observó al examinar la pieza. Según las precisiones aportadas por Hongnyang, la pequeña jaula albergaba en su interior una valiosa gema de cristal de roca de notables proporciones. ¿Adónde había ido a parar el ornamento? «Espera, ¿un cristal de roca...?», meditó profundamente la boticaria.
—Mmm...
Mientras seguía ensimismada con los brazos cruzados, unos golpes pausados resonaron al otro lado de la puerta.
—Maomao, ¿puedo pasar un momento? —inquirió una voz tras el batiente.
Era Yinghua.
—¿Qué ocurre? —repuso la boticaria.
En circunstancias ordinarias habría pensado que la sirvienta acudía dispuesta a entablar una amena charla, mas su semblante no delataba semejante propósito. Con todo, la visita devenía harto oportuna. La propia Maomao albergaba una duda que deseaba consultar con ella.
—Es... sobre la horquilla —musitó Yinghua, con un rictus de singular incomodidad.
De pronto, la luz de la comprensión iluminó el entendimiento de Maomao.
—No me digas que... ¿el cristal de roca de dentro de en la jaula... era un cristal de sal? —inquirió la boticaria.
Evocó al punto un experimento que había llevado a término tiempo atrás, cuando aún prestaba sus servicios en el Pabellón de Jade. Había dedicado paciente esmero en hacer acrecer paulatinamente la masa del cristal a partir de una semilla de reducidas dimensiones. Una vez obtuvo unas piezas de singular belleza y transparencia, tuvo a bien obsequiarlas a la entonces consorte Gyokujou. Careciendo de la debida advertencia sobre su naturaleza originaria, cualquier observador las habría tomado indefectiblemente por auténticos cristales de roca.
—Como era de esperar de ti, Maomao... Lo has adivinado enseguida —admitió Yinghua con ademán de asombro, asintiendo con la cabeza.
—Lo suponía —correspondió la boticaria.
La joven amante de los enigmas tomó la horquilla valiéndose de un paño para evitar el contacto directo con la piel y la agitó con delicadeza.
—¿Pero a qué responde emplear un bloque de sal para engalanar una horquilla? Podría haberse roto con extrema facilidad.
En el instante mismo de entregarle el obsequio, Maomao había prevenido de forma expresa a la soberana de que, si los cristales se custodiaban en un recinto propenso a la humedad, acabarían por disolverse. Por muy fascinante que resultara su apariencia, la pieza no dejaba de ser un aglomerado de sal común.
—Ocurre que, últimamente, la señora Gyokujou estaba muy aburrida —confesó Yinghua en tono confidencial—. Juzgó que, al menos durante la Fiesta del Jardín, podía concederse el capricho de amenizar la jornada con una pequeña extravagancia.
Había sido la propia Emperatriz quien concibió el singular diseño de la joya. Sobra precisar que habría urdido todo aquello a espaldas de la rigurosa Hongnyang, siempre tan celosa del protocolo y el decoro. Por eso Yinghua se mostraba tan incómoda ahora.
—¿Y qué pensaba hacer si el cristal llegaba a quebrarse o disolverse durante la fiesta? —inquirió Maomao.
La Fiesta del Jardín constituía un escaparate de representación pública donde todas las damas de la corte eran sometidas a un severo escrutinio. Les observaban con lupa desde la punta del calzado hasta el último ornamento del peinado. En la época en que Gyokujou residía en el palacio interior, innumerables consortes de rango medio e inferior emulaban los modales de la favorita, con la secreta ambición de atraer el favor del Emperador. Si el contenido de la jaula se hubiera deshecho o roto a la vista de la concurrencia, el ridículo habría resultado monumental.
—La idea era que se cambiara de ropa antes de que ocurriera —reveló la sirvienta—. Calculamos que la gema aguantaría, al menos, hasta el momento señalado para el receso y cambio de atuendo.
Portando semejante horquilla en forma de farolillo, era inevitable que la totalidad de los presentes fijara sus miradas en el tocado de la soberana. Toda la concurrencia se devanaría los sesos pretendiendo averiguar qué clase de gema albergaba el interior de la jaula; muy especialmente las doncellas asignadas al servicio del banquete. No solo en el palacio interior, sino también en los estamentos del exterior, abundaban las damas deseosas de cautivar la atención de Su Majestad.
Quizá la soberana simplemente se estaba divirtiendo viendo cómo todas intentaban averiguar qué había dentro de la horquilla. O quizá disfrutaba de la emoción de pensar que podía romperse en cualquier momento. Tal inclinación por el juego resultaba muy propia de su carácter.
«¿Será que alguna doncella la sustrajo con el mero propósito de examinar de cerca el secreto de la horquilla?», se le ocurrió a Maomao. No era una hipótesis imposible. A decir verdad, de haber sido ese el único móvil y si, sobrevenida por el remordimiento, la autora hubiese resuelto restituirla, incluso podían respirar con relativa tranquilidad. Sin embargo, hacer retornar semejante alhaja hasta los aposentos privados de la Emperatriz no constituía, ni mucho menos, una maniobra sencilla.
—Yinghua, dime, ¿cómo estaba distribuido todo durante la Fiesta del Jardín?
—¿A qué te refieres?
—A la disposición de las mesas del banquete y cómo estaba organizada la zona destinada al servicio.
—Ah. Ya te entiendo. Aguarda un instante.
Yinghua se ausentó un momento de la estancia y retornó provista de pliegos de papel y aparejos de escritura. Sin dilación, trazó un boceto esquemático sobre la mesa.
—Aquí estaba el estrado principal, donde tomaba asiento Su Majestad, el Emperador. A su derecha, la Emperatriz Viuda y el señor Jin... quiero decir, Su Alteza, el Príncipe de la Luna. A su izquierda, la señora Gyokujou. Y un poco más apartado, el señor Gyokuen.
Era una distribución del todo lógica. Uno de los objetivos capitales de aquella Fiesta del Jardín era la presentación oficial de Gyokuen, revestido de su nuevo título nobiliario. Por descontado, la cita congregaba asimismo a la alta jerarquía de dignatarios del Imperio.
—¿En qué recinto se cambió de ropa la Emperatriz?
—En esta ocasión se disponía de un pabellón bastante próximo al enclave, así que la soberana se trasladó allí para el receso.
Las letrinas de gala también se hallaban emplazadas en esa misma edificación, de modo que la logística resultó considerablemente más ágil que en ocasiones pasadas.
—Eso sí, la cocina quedaba bastante lejos. Es habitual que la comida llegue fría a la mesa, ya lo sabes, pero transportar tantos platos debió de ser verdaderamente extenuante para la servidumbre.
Mientras los catadores oficiales verificaban la inocuidad de las viandas, las preparaciones perdían inevitablemente su calor original. A Maomao le parecía una lástima semejante demora, habida cuenta de que los manjares confeccionados para tales coyunturas alcanzaban una calidad insuperable.
—¡Ah, sí! Aquí, justo al lado del pabellón, tenían una gran olla de sopa.
—...
La mirada de Maomao se redujo a una fina rendija.
—¿Había alguien vigilándola?
—Creo que no —repuso Yinghua—. Supongo que era el rancho de los comensales de menor rango.
Los platos destinados a las personalidades que requerían el protocolo del catador de alimentos se confeccionaban en dependencias independientes y bajo estricta reserva. Mientras que con los preparados para el resto de invitados... había más indolencia.
—Entonces, cuando esa olla estaba allí... ¿la horquilla ya había desaparecido?
—¡Ahora que lo dices, sí, creo que sí! Fue justo mientras estaban preparando la comida. A mí me habían mandado hacer otro recado y me alejé un momento de la señora Gyokujou. Cuando regresé, ya estaban todas diciendo que la horquilla había desaparecido.
«Ya entiendo...», meditó Maomao en su fuero interno mientras fijaba de nuevo la vista en la alhaja. Por fin alcanzaba a desentrañar la causa por la cual la plata había mudado su lustre hasta adquirir aquella tonalidad negruzca.
—Maomao... Tienes cara de haber descubierto algo, ¿verdad?
—¿Tanto se me nota?
—¡Claro que sí! ¡Vamos, cuéntamelo!
Era difícil responder a eso. La boticaria carecía aún de certidumbres probatorias. Únicamente articulaba una hipótesis.
—Todavía me falta información.
—¡No me salgas con esas! ¡Dímelo ya!
Maomao dejó escapar un leve suspiro de resignación. Conocía bien la índole de Yinghua: de oponerse a sus requerimientos, la sirvienta no daría tregua a sus efluvios de curiosidad.
—De acuerdo. Pero antes quiero comprobar una cosa más.
—¿Cuál?
—No es nada importante. ¿Sabes quiénes estaban en las inmediaciones de aquel pabellón en el momento del suceso? Aunque solo recuerdes algunos nombres.
—Eso... Sí, creo que lo sé...
Mientras Yinghua procedía a detallar los cortesanos y sirvientes que acudían a su memoria, Maomao fue anotando minuciosamente cada nombre sobre el plano trazado en el pliego.
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