
Los documentos y las peticiones oficiales que, día tras día, se amontonaban en cordilleras, habían menguado de forma drástica en las últimas jornadas hasta alcanzar una altura modesta, una que por fin permitía divisar el extremo opuesto del despacho. Jinshi exhaló un suspiro de alivio, sintiendo cómo la opresión en sus hombros se disipaba temporalmente, y dirigió su mirada hacia la persona que trabajaba en el más absoluto silencio en un rincón apartado de la estancia. Se hallaba instalado a propósito en un punto ciego desde la entrada principal y resguardado convenientemente tras un pesado biombo de madera lacada, de suerte que las visitas ministeriales y los correos que entraban y salían no alcanzaran a percibir su presencia ni por asomo. Al parecer, de haber sido por el propio temperamento huraño del escribano, habría preferido que cuatro paredes desnudas lo confinaran por completo en un zulo aislado del mundo; pero Bashin le había parado los pies con firmeza, alegando con su habitual rigidez militar que semejante disposición arquitectónica era del todo inadmisible.
Pues bien, en lo tocante a la verdadera identidad del esquivo individuo que se ocultaba tras las pinturas del biombo...
—S-Señor Jinshi... —articuló una voz baja y vacilante, que parecía disculparse por el mero hecho de existir.
Quien se aproximaba a la mesa principal portando un legajo de documentos clasificados de alta prioridad era un varón de constitución enjuta, casi esquelética, y estatura media, cuyo semblante exhibía una palidez enfermiza que recordaba a la cera. Bien mirado por un ojo inexperto, el joven bien podía pasar por un convaleciente de salud precaria o un erudito que jamás había visto la luz del sol. No dejaba de resultar de lo más singular y desconcertante el gran parecido que guardaban sus facciones con las del espécimen de perfecta lozanía, musculatura y vigor que tenía por hermano menor. Su estatura real debía de ser apenas un palmo inferior a la de Bashin, si bien su postura encorvada y los hombros hundidos por el peso de la timidez le hacían parecer a ojos de los demás aún más bajo y desvalido. Se trataba, en efecto, de Baryou, el primogénito de Gaoshun y un año mayor que el actual escolta de la corte.
El ilustre clan Ma se había distinguido con honores de generación en generación por engrosar las filas de la milicia imperial con numerosos oficiales de alta graduación y guerreros formidables. Por mandato ancestral y derecho de sangre, la protección física de los miembros de la familia reinante recaía de manera primordial y exclusiva en los integrantes varones de dicho clan, educados desde la cuna para el manejo del acero. Así, el veterano Gaoshun prestaba sus inestimables servicios directos a Su Majestad, el Emperador, mientras que el impetuoso Bashin hacía lo propio custodiando los pasos de Jinshi.
En buena lid y siguiendo el estricto orden de primogenitura que gobernaba las tradiciones dinásticas, a Baryou le habría correspondido por derecho propio el cargo de escolta personal y primer asistente de Jinshi. Siendo el segundo vástago nacido del matrimonio de Gaoshun pero el primer varón de la línea, sus obligaciones sagradas para con el linaje habrían sido tales desde el momento de tomar la toga viril. No obstante, con semejante aspecto desvaído, temperamento huidizo y una absoluta falta de vigor físico, malamente habría podido desempeñar las rigurosas funciones de protección frente a posibles asesinos o conspiradores de la corte exterior.
Por tal imperativo de la naturaleza, a pesar de que Baryou había sido investido con el ilustre apellido Ma y presentado ante los antepasados, al hermano menor nacido apenas al año siguiente, Bashin, se le otorgó asimismo en su nombre de pila un carácter que representaba la verdadera esencia marcial de la estirpe, permitiéndole asumir la posición que su hermano mayor era incapaz de sostener.
—Qué presteza. ¿Ya has concluido? —inquirió Jinshi, gratamente sorprendido por la eficiencia del copista.
—En efecto. Como el señor Jinshi es un mero ornamento esculpido, la tarea se despacha con presteza y sin debates —respondió el joven con un hilo de voz, dejando los papeles sobre la mesa sin levantar los ojos del suelo.
—¿Qué pretendes decir con eso...? —replicó Jinshi, frunciendo levemente el entrecejo, entre ofendido y desconcertado.
Daba la impresión constante de que las palabras de Baryou pecaban de un excesivo e hiriente laconismo, omitiendo de forma sistemática partes esenciales de la frase y nexos lógicos debido a su profunda aversión a la comunicación verbal. A Jinshi le resultaba de todo punto imposible descifrar el verdadero sentido o la intención oculta tras aquellos comentarios tan secos. Sin embargo, antes de que la tensión pudiera aumentar en el despacho, en ese preciso instante hizo acto de presencia una tercera persona en la estancia, rompiendo el ambiente.
Ante ellos se erigía una hermosa mujer de gran estatura, porte aristocrático y una mirada de una severidad que helaba la sangre. Se materializó frente a ellos con un movimiento tan felino, silencioso y perfecto que ni el propio e instruido Jinshi acertó a vislumbrar por qué rendija o puerta secundaria había surgido su figura. Al notar su presencia y la sombra que proyectaba sobre la mesa, Baryou sufrió un visible y violento estremecimiento que recorrió todo su enjuto cuerpo, encogiéndose aún más si cabe.
—Mi estimado y apocado hermano Baryou pretende expresar en realidad lo siguiente ante vuestra excelencia —intervino la mujer, cuya voz firme y melodiosa resonó con autoridad en el despacho—: «Dado que el señor Jinshi posee la belleza perfecta e imperturbable de una finísima pieza de porcelana de los hornos imperiales, tanto que a los ojos de los mortales cuesta incluso considerarlo un ser humano de carne y hueso, a mí, que me resultan terriblemente gravosas las relaciones interpersonales, su presencia no me inspira la misma aprensión que un semejante, sino que lo percibo como una criatura distante y, por ende, puedo consagrarme por entero a mi labor burocrática sin distracción alguna».
—…
Jinshi permaneció mudo tras su escritorio, con la mirada fija en la recién llegada y una absoluta e indefinible mezcla de asombro y resignación pintada en el rostro ante la peculiar elocuencia de la familia Ma.
¿Cómo se suponía que debía tomarse un cumplido de semejante naturaleza? Además, así como quien no quiere la cosa, lo habían excluido de un plumazo de la raza humana para equipararlo a un jarrón. En fin, Jinshi suspiró para sus adentros; tampoco era nada nuevo viniendo de aquel hombre, cuyas excentricidades ya eran bien conocidas en la intimidad de sus dependencias.
La hermosa mujer de mirada severa y porte aristocrático que acababa de oficiar tan dignamente de intérprete era la hermana mayor de Baryou y Bashin. Se llamaba Mamei y, a pesar de su esbelta silueta y su aire de eterna juventud, ya era madre de dos hijos, lo que no le impedía seguir mostrando una agilidad y una firmeza admirables en el desempeño de sus funciones palaciegas.
Mientras que los dos varones de la nueva generación guardaban un indiscutible y gran parecido físico con su padre, el leal Gaoshun, Mamei había heredado de manera casi íntegra las facciones afiladas de su madre. Dado que dicha progenitora había sido en el pasado la estricta nodriza del propio Jinshi durante su infancia, el joven señor no podía evitar albergar, cada vez que la miraba, cierto sentimiento de involuntario respeto, como si temiera recibir una reprimenda en cualquier momento.
Y el parecido materno de Mamei no se limitaba en absoluto al plano físico, sino que se extendía como una sombra sobre su carácter indómito. Poseía un temperamento fiero y decidido y, según se rumoreaba entre los sirvientes del palacio exterior, tenía a su desdichado esposo completamente dominado bajo el yugo de su voluntad. En cuanto a la relación con su progenitor, hasta hacía tan solo unos pocos años, su propia hija lo había detestado y evitado con una frialdad absoluta, tratándolo como si de una molesta oruga procesionaria se tratara, una actitud que por fortuna el tiempo y la madurez habían logrado suavizar.
Con todo, si se trataba de llevar las riendas y pastorear el intelecto de un individuo tan sumamente complejo, huraño y propenso al pánico como Baryou, a buen seguro que Mamei era la única persona en todo el Imperio de Li capaz de lograr que el joven fuera productivo. Baryou, a pesar de poseer una inteligencia brillante que le había permitido superar los exigentes exámenes imperiales con una calificación sobresaliente que asombró a los examinadores, había terminado por abandonar su puesto oficial en la administración pública debido a su salud quebradiza y a sus singulares esquemas mentales. Le resultaba harto difícil, casi agónico, forjar nuevos vínculos sociales con los extraños y, antes de conseguir adaptarse al ambiente burocrático, solía ser objeto de hostilidades y burlas crueles por parte de colegas y superiores, lo que acababa por pasarle una dolorosa factura biológica a su delicado estómago.
Su competencia profesional e idoneidad para el manejo de archivos resultaban del todo innegables, pero sus aptitudes sociales dejaban mucho que desear en un entorno tan competitivo como la corte. En cierto sentido, guardaba una estrecha analogía intelectual con los miembros del clan Shi. Por desgracia para él, los integrantes de aquella ambiciosa estirpe gozaban de una fortaleza mental a prueba de bombas y de una alarmante falta de empatía, siendo más bien ellos quienes provocaban úlceras gástricas y desesperación a cuantos los rodeaban. Ojalá los cielos le hubieran infundido a Baryou una décima parte de esa indiferencia absoluta por el prójimo que caracterizaba a los Shi, pues así se habría ahorrado la mitad de sus males.
Sumido en tales reflexiones sobre las flaquezas humanas, Jinshi procedió a verificar con atención el legajo de documentos clasificados que Baryou le había entregado de manera tan sucinta. A la par que despachaba las farragosas tareas administrativas de la mañana, de cuando en cuando se presentaba algún mensajero de confianza en el despacho. El asunto en cuestión, que requería su constante atención, versaba sobre las muestras de langostas que él mismo había traído consigo tras su reciente y accidentado viaje a las prefecturas occidentales.
El motivo fundamental por el cual había recolectado y transportado de vuelta a la capital semejante cantidad de insectos muertos obedecía a su firme convicción de que cualquier indicio material, por exiguo o insignificante que pudiera parecerle a los ministros, resultaría perentorio para desentrañar el mecanismo biológico por el cual se originaban aquellas pavorosas plagas que cíclicamente asolaban los campos.
En buena lid y siguiendo los cauces habituales de la burocracia, semejante cometido científico debería haberse encomendado de inmediato a los peritos y agrónomos estatales de la materia. No obstante, habida cuenta de que no se habían registrado grandes plagas de langostas en las últimas décadas del imperio, ya no quedaba nadie vivo ni versado en tales contingencias biológicas; los sabios de antaño habían desaparecido sin dejar discípulos. Por consiguiente, viéndose en un callejón sin salida, Jinshi no había tenido más opción que recurrir una vez más al auxilio de Maomao, como ya venía siendo su costumbre inconfesable ante cualquier enigma.
Era plenamente consciente de que aquello supondría una interferencia egoísta en las ya de por sí extenuantes labores que la joven desempeñaba en la enfermería de la corte exterior, pero sabía de sobra, por experiencias previas, que si se lo solicitaba argumentando el bien común, ella no rehusaría la tarea, movida por su insaciable curiosidad hacia todo lo que encerrase un misterio o un veneno.
—Ojalá dispusiéramos de mayor dotación de personal verdaderamente cualificado... —deseó Jinshi en voz alta, dejando caer la pluma sobre el escritorio con un deje de frustración.
De ser así, no se vería en la vergonzosa necesidad de importunarla a ella con asuntos que competían al Estado. Sin embargo, la amarga realidad de la corte exterior le demostraba día tras día que el círculo de colaboradores eficaces y de absoluta confianza de los que Jinshi podía valerse sin temor a espionajes o traiciones resultaba sumamente restringido, obligándolo a sobrecargar siempre a las mismas y escasas almas leales.
—Eso se debe a que no se ha preocupado de formar cuadros competentes —sentenció Mamei con total naturalidad, cruzándose de brazos mientras dictaba cátedra sin el menor asomo de reverencia—. Si la burocracia central se muestra perezosa, no tiene más que endosarle el asunto por decreto al Inspector de Aguas, o al Ministro de Agricultura.
El primero de estos altos cargos se encargaba por ley de supervisar las complejas obras hidráulicas y los canales de riego de las prefecturas, mientras que el segundo tutelaba de forma estricta el erario público y las reservas de grano para prevenir las hambrunas. Jinshi ya había realizado las consultas y presiones pertinentes ante ambos estamentos burocráticos días atrás, obteniendo en los dos casos una rotunda y burocrática negativa por respuesta, escudada siempre bajo el cobarde pretexto de que el estudio de los insectos no entraba dentro de sus competencias específicas de Estado. Por más que intentara explicárselo para aplacar su severidad, su interlocutora seguía siendo Mamei, una mujer inmune a las excusas administrativas.
—¿Cómo que se niegan? No tiene más que imponerles la orden a la fuerza —continuó ella, enarcando una ceja con desdén—. ¿Que tenga consideración con ellos? ¡Qué sandez! ¿Por qué no utiliza en su lugar a esos desgraciados de la corte exterior que se presentan en los ministerios a mediodía con toda la parsimonia del mundo, se dedican a tomar el té de jazmín y luego se marchan a sus residencias privadas en cuanto refresca? ¿Pretenden alegar que están muy ocupados y que carecen de tiempo libre para el soberano? Pues no tiene más que enviar a la guardia y pillarlos in fraganti mientras andan de juerga y derrochando el estipendio en el barrio del placer hasta el amanecer, ¿no le parece? Tengo entendido, de hecho, que dispone de ciertos y muy eficaces contactos en esos ambientes nocturnos.
Era una batalla perdida. Y, por si el peso de sus argumentos no fuera suficiente para doblegar su resistencia, la implacable hija de Gaoshun asestó un golpe definitivo a su orgullo.
—Además, permítame una última advertencia, ya que me da la impresión de que está perdiendo la perspectiva de las cosas.
—¿De qué se trata...? —inquirió Jinshi, quien a pesar de su alta alcurnia no pudo evitar amedrentarse ante el tono inquisitivo de la mujer.
—Hablando en términos estrictamente generales y dejando a un lado la crisis agraria, el acto de enviar un cargamento masivo de cadáveres de insectos nauseabundos a una joven no constituye otra cosa que una soberana faena, por no decir una tremenda falta de tacto galante. Y el agravio es aún mayor si la destinataria de semejante inmundicia es una mujer soltera —sentenció Mamei, clavándole una mirada que rozaba la censura moral.
—...
Al escuchar el reproche, a Jinshi se le cayeron los palos del sombrajo. Abrumado por la aplastante verdad de aquellas palabras y el recuerdo de los mohínes de desagrado de Maomao, se llevó una mano a la frente en un gesto de absoluta consternación.
—Las tareas se delegan —concluyó Mamei, ajustándose las mangas de la túnica —. Se exprime sin piedad a cualquiera que resulte de utilidad para sus intereses. Y a los que no sirvan para nada provechoso, se les asigna de inmediato alguna labor burocrática menor, de esas que ni pinchan ni cortan, para que al menos no estorben en los pasillos principales.
Espoleado y casi abrumado por las tajantes e inapelables directrices de Mamei, Jinshi acabó siendo virtualmente desalojado de su propio despacho oficial, viéndose empujado a la acción. La consigna que la mujer le había dejado grabada a fuego era clara: debía valerse de su autoridad delegada para endosar el farragoso trabajo de campo a los ministerios y, si la fría diplomacia no bastaba para vencer la inercia de los viejos burócratas, debía recurrir a sus innegables encantos físicos y a su magnetismo personal.
Por más que ella insistiera con vehemencia en que la predisposición y el celo de los funcionarios de la corte exterior cambiarían de raíz si se personaba él mismo en las oficinas para exigir los informes, la idea no terminaba de entusiasmar al joven aristócrata. El hecho de que Jinshi acudiera en persona a un ministerio entrañaba una trascendencia política excesiva que podía levantar sospechas entre las facciones rivales. De haber acontecido aquello en sus pasados días como alto eunuco del palacio interior, no habría vacilado ni un segundo en explotar ese recurso estético tanto como fuera necesario para manipular a los oficiales. Bajo su actual, legítima y pesada condición de Hermano Imperial, sentía profundos reparos morales en hacer uso de tal prerrogativa seductora.
Con todo, resultaba preferible dar ese paso antes que permanecer de brazos cruzados y verse completamente desbordado por el devenir de los acontecimientos y la parálisis de los ministerios.
—Lo de recurrir a mis encantos estaba de más... —murmuró Jinshi, ajustándose la túnica mientras avanzaba por los pasillos de la corte exterior.
—Le ruego humildemente que la disculpe, señor. Ya conoce el temperamento de mi hermana y cuán ligera puede ser su lengua cuando se exaspera —se apresuró a responder Bashin, quien lo acompañaba a corta distancia en calidad de escolta personal.
El joven militar mantenía una postura rígida, demostrando que Jinshi resultaba no ser el único varón en el palacio incapaz de plantarle cara a la firme voluntad de Mamei.
—Aun así, no se puede negar que tiene parte de razón —añadió Bashin por lo bajo, paseando una mirada severa y escrutadora por los alrededores del patio ministerial.
A medida que Jinshi y su subalterno se aproximaban, resultaba evidente que los funcionarios presentes se sobresaltaban al distinguirlos y se apresuraban a ocultar algo entre sus amplios ropajes con ademanes culpables.
—Tenía constancia de que el Go estaba en boga, pero la indolencia de la situación se ha vuelto aún más flagrante —comentó el noble, frunciendo el entrecejo con manifiesta desaprobación.
Había burócratas de menor rango que permanecían apostados junto a las balaustradas absortos en el famoso manual de Go, descuidando los registros de aduanas. En las zonas de descanso, numerosos oficiales de la corte exterior se apiñaban en corrillos en torno a los tableros lacados; en cuanto reparaban en la augusta presencia de Jinshi, interrumpían la partida de golpe para guardar las apariencias y disimular las piezas, o le dirigían miradas furtivas, si bien algunos otros, enteramente enajenados por el devenir del juego y el cálculo de los territorios, ni siquiera se percataban de su llegada.
Ante semejante espectáculo de desidia generalizada en plena crisis, la vehemente opinión de Mamei de que aquellos hombres se pusieran a trabajar de una santa vez por el bien del Imperio cobraba todo el sentido del mundo. Jinshi comenzó a percibir como una soberana estupidez el estar privándose él mismo de horas de sueño en la cancillería mientras aquellos a quienes pagaba el erario público malgastaban las horas diurnas en meros pasatiempos.
—Mire que llegar a estos extremos... —articuló un estupefacto Bashin, deteniendo sus pasos frente al gran tablón de madera.
En condiciones normales y según el protocolo, allí debían fijarse los edictos imperiales, las órdenes de movilización y los nuevos nombramientos del funcionariado. Por algún motivo incomprensible y que rozaba la insubordinación, se había colocado en el centro del panel un vistoso cartel que anunciaba la inminente celebración de un torneo de Go a gran escala dentro del recinto.
—Bueno... Supongo que también necesitan un respiro —comentó Jinshi con una templanza forzada, pues ni el propio Hermano Imperial cometería la ordinariez de arrancar el cartel en un arrebato de ira vulgar frente a sus subordinados.
No obstante, el verdadero e indignante inconveniente radicaba en el emplazamiento elegido por los organizadores para el evento: por alguna razón que escapaba a la lógica de la intendencia, figuraba de forma explícita que las mesas de juego se dispondrían en mitad del campo de entrenamiento del estamento militar, interrumpiendo las prácticas de la guardia.
—Señor Jinshi. Repare en quién es el organizador —advirtió Bashin, señalando con el índice la base del aviso.
—No necesito que me lo digas para imaginármelo —respondió Jinshi, cerrando los ojos un instante mientras una mezcla de hastío y resignación nublaba su semblante.
A la mente del joven noble acudió de inmediato el rostro de aquel singular estratega de mirada de zorro, cuya obsesión compulsiva por el Go y sus propios caprichos era bien conocida en toda la capital. Jinshi no conocía a ninguna otra persona en todo el Imperio de Li que fuera capaz de actuar con semejante impunidad, doblando las normas a su antojo sin recibir castigo alguno por parte de los ministros.
—Por el tenor de las bases, da la impresión de que lo están planteando a gran escala. ¿Acaso pretenderán permitir la libre participación del populacho en un recinto oficial? —inquirió el escolta, frunciendo el entrecejo con evidente preocupación por la seguridad.
Al aproximarse para examinar el papel con mayor detenimiento, Jinshi advirtió que la proclama no estaba escrita a mano por un escribano, sino que las letras presentaban la uniformidad de los bloques de madera tallada; parecía impresa mediante planchas de xilografía. En otras palabras, aquello implicaba que se habrían tirado una ingente cantidad de copias idénticas para ser distribuidas no solo por los ministerios, sino probablemente por todos los distritos de la capital.
—No me hace ninguna gracia, en absoluto, que la gente común acceda a este recinto a su antojo bajo cualquier pretexto lúdico —declaró Jinshi con firmeza.
Por más que se tratase de los terrenos de la corte exterior, destinados a la administración pública y los desfiles, no dejaba de ser el sagrado recinto amurallado donde residía Su Majestad, el Emperador. Resultaba del todo inadmisible y peligroso que personas ajenas a la institución imperial camparan a sus anchas por las áreas de adiestramiento.
—En ese caso, iré de inmediato a las dependencias militares a presentar una queja formal ante el propio gran mariscal Kan... —sugirió Bashin, asiendo el pomo de su espada, dispuesto a hacer valer la disciplina.
—No, aguarda un momento. Actuar de esa manera tan directa resultaría del todo contraproducente con un hombre como él —lo detuvo Jinshi, alzando una mano—. Será mucho mejor dirigirse a Lahan.
A decir verdad, si pretendían organizar un torneo de tal envergadura que implicaba intendencia, contratas y el manejo de grandes sumas de dinero, el calculador sobrino del estratega zorro era el único individuo en la corte exterior indicado para gestionarlo con éxito. A buen seguro que el joven contable planeaba aprovechar la coyuntura del capricho de su tío para montar algún tipo de fructífero negocio a gran escala que llenara las arcas familiares.
Como cabía esperar de la astucia de los Han, a medida que leían las cláusulas secundarias, el cartel contenía ciertos detalles de lo más singulares.
—Dice que el derecho a desafiar al gran mariscal Kan cuesta diez monedas de plata —leyó Bashin, estupefacto.
Ese astuto Lahan... Al reparar en el precio, no cabía la menor duda de que el amante del ábaco y las finanzas era el verdadero artífice en la sombra, el cerebro que movía los hilos detrás de las excentricidades de su tío.
—Además, anuncian el lanzamiento de una novedad editorial —prosiguió Bashin, señalando los caracteres impresos—. Por lo visto, van a vender una recopilación de problemas de Go. Se trata de una edición limitada a quinientos ejemplares en papel de alta calidad. ¿De verdad pretenden vender tantos libros en un solo torneo?
—Dalo por hecho si esos dos se lo han propuesto con tanta antelación —respondió Jinshi con severidad.
Qué hombres tan implacables y coordinados resultaban cuando se trataba de obtener beneficios. Aunque bien mirado desde una perspectiva más humana y justa, tal vez el joven Lahan no tuviera más remedio que recurrir a tales argucias financieras y comerciales para salir adelante y mantener a flote la economía de su casa. Al fin y al cabo, el estratega zorro todavía debía de tener pendiente el pago de los ingentes costes de reparación por haber derribado de forma tan escandalosa el muro colindante del palacio interior el año pasado, una deuda que habría arruinado a cualquier otra estirpe menos ingeniosa.
—Aun así, diez monedas de plata por una sola partida de Go me parece un precio desorbitado —comentó Bachin, sopesando el impacto que tal tarifa tendría entre los participantes.
Se decía en las crónicas mercantiles que, con diez monedas de plata bien administradas, una familia modesta del pueblo llano podía subsistir dignamente durante todo un mes en los suburbios de la capital. Como Maomao y el propio Gaoshun le habían insistido hasta la saciedad en sus tutorías y desvelos que debía asimilar el valor real del dinero para gobernar con justicia, incluso un noble de cuna tan augusta como Jinshi era plenamente consciente de que aquello no constituía una suma baladí, sino una pequeña fortuna para el artesano común. Sin embargo, analizando el asunto desde la perspectiva de la alta aristocracia...
—Más bien diría que, para ciertos hombres ambiciosos, el precio resulta una auténtica ganga —matizó.
—¿Una ganga? Con todos los respetos, señor, no creo que la locura por un juego llegue a tanto —replicó Bashin, arrugando el gesto con incredulidad.
Ciertamente, si se consideraba aquello como una simple tarifa por una lección o un pasatiempo vespertino, resultaba una suma onerosa e injustificable para cualquiera que no poseyera tierras o prebendas de la corte exterior.
—Míralo de este modo, Bashin: en el hipotético caso de que alguien logre vencer al gran mariscal Kan, ¿no te parece que cualquier aspirante saldría ganando con creces por ese módico precio?
—¡¿...?!
El joven militar, abriendo los ojos de par en par al comprender la magnitud del planteamiento. El mero hecho de lograr una hazaña semejante ante los oficiales del palacio exterior le otorgaría al vencedor un enorme e inmediato prestigio ante los demás, abriéndole de golpe las puertas de ministerios que de otro modo jamás alcanzaría a pisar.
—Según reza aquí, el aspirante jugará la contienda con las piezas negras y sin compensación de puntos por el orden de salida —señaló Jinshi.
En la antiquísima disciplina del Go, las piezas negras disfrutan por norma de la innegable ventaja estratégica de abrir la partida. Por lo tanto, a fin de equilibrar la balanza entre contrincantes de similar nivel, se realiza un cómputo previo de puntos adicionales que otorga cierta ventaja de puntuación final a quien custodia las blancas. Prescindir de dicha compensación equivalía a una audaz concesión por parte del mariscal.
—Ahora que lo pienso, me da la impresión de que el gran mariscal Kan se muestra mucho más respetuoso con aquellos que son diestros en el Go —comentó Jinshi, esbozando una sonrisa de medio lado.
Aquel comportamiento caprichoso ya se había evidenciado antes con el propio instructor de Go de Jinshi, a quien el estratega zorro trataba con inusual deferencia. Aunque claro, en el caso de un hombre tan excéntrico y huraño como Lakan, se trataba de un respeto meramente comparativo, puesto que su trato cotidiano distaba un mundo de poder calificarse como algo cortés o razonable según las normas que gobernaban la etiqueta imperial.
—Si usted lograra vencerlo, señor Jinshi, tengo para mí que dejaría de presentarse en su despacho a importunarle antes de marcharse —aventuró Bashin con un brillo en los ojos.
—Me temo que va a estar sumamente difícil, por no decir imposible... —admitió Jinshi con un suspiro de resignación.
Por más que él jugara con la ventaja teórica de las piezas negras, su oponente no dejaba de ser el temido estratega zorro, cuya mente matemática poseía una destreza muy superior a la de cualquier jugador profesional de tres al cuarto que pululara por las academias de la capital. En fin, el deber llamaba y ya bastaba de chanzas y conjeturas ociosas en mitad del pasillo.
—Más tarde enviaremos un mensajero de confianza a Lahan para concertar una audiencia —ordenó el noble, retomando su paso firme.
—Entendido —asintió Bashin, cuadrándose con marcialidad.
—Le concederé formalmente el permiso administrativo para celebrar el torneo de las diez monedas de plata, pero a condición innegociable de que trasladen el evento de inmediato a otro emplazamiento fuera del recinto militar —concluyó Jinshi con severidad.
En ese punto específico no pensaba dar su brazo a torcer ante los caprichos del cabeza del clan Han.
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