
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8
—¿Qué es esto? Son libros, ¿no? —preguntó Yao, que salió de su habitación.
Tras haber permanecido una prolongada temporada postrada en el lecho, mañana por fin se reincorporaría a sus funciones en la corte. Su estado había rozado la gravedad tras ingerir veneno en el transcurso de su labor como catadora oficial; por fortuna, los remedios oportunos habían logrado rescatarla de las garras de la muerte, si bien las secuelas físicas aún resultaban patentes en el leve matiz amarillento que la ictericia dibujaba en su piel. Con las funciones del hígado y los riñones seriamente comprometidas, la muchacha se vería compelida en lo sucesivo a observar una estricta templanza, desterrando por completo el alcohol y midiendo con rigidez el consumo de sal. (NT: La ictericia es la coloración amarillenta de la piel y la esclerótica (la parte blanca de los ojos). Se produce por la acumulación de bilirrubina en la sangre y los tejidos, un pigmento amarillo que se forma cuando el cuerpo descompone los glóbulos rojos viejos. Suele ser un signo de que el hígado, los conductos biliares o la sangre no están funcionando correctamente. El alcohol y la sal son dos de las cosas más importantes que debe evitar una persona con ictericia, así como los alimentos grasosos, azúcares refinados y algunos medicamentos, e incluso suplementos herbáceos. A las personas con ictericia se les recomienda beber mucha agua, ya que ayuda al hígado a filtrar y eliminar el exceso de bilirrubina a través de la orina, y comer en porciones pequeñas. Es mejor hacer 5 o 6 comidas ligeras al día en lugar de 3 comidas muy contundentes. Esto le da un descanso continuo al sistema digestivo.)
—Son todos el mismo libro —apuntó una tercera voz.
Como era de esperar, la aparición de Yao anticipaba la de Enen, quien compareció portando una cesta de mimbre provista de los víveres seleccionados para la cena de su señora. En los últimos días, vivía consagrada en cuerpo y alma a la búsqueda de ingredientes específicos y plantas medicinales que ayudaran a limpiar la sangre de Yao y a mitigar aquella tonalidad biliosa de su rostro. Al aproximarse al cargamento, Enen hojeó la cubierta del ejemplar.
—Es un libro de Go. El autor que consta es Han Lakan.
Maomao suspiró para sus adentros, asaltada por una vieja certeza: cuando los hilos de uno se enredaban con los de un individuo propenso a las extravagancias, la única cosecha posible eran los quebraderos de cabeza. Intentar esquivarlo era una empresa tan necesaria como, a la postre, infructuosa.
—Les dije que aquí molestaban, pero insistieron en que tenían órdenes estrictas de no regresar con ellos y no tuvieron miramientos. También me han entregado una nota para usted.
La encargada de la residencia, con evidente gesto de fastidio, le tendió un pliego a Maomao. El texto exhibía una caligrafía de trazo primoroso, cuajada de giros cortesanos y circunloquios solemnes, pero despojada de su artificio vendría a resumirse en una sola frase: «He mandado editar una ingente cantidad de tratados sobre el juego del Go. Te obsequio unos cuantos, Maomao». Saltaba a la vista que el estratega excéntrico había delegado la redacción en algún subordinado de su confianza, obligando al desdichado escribano a redactar semejante lisonja bajo coacción.
—¿Y qué vas a hacer con todo esto? —preguntó Yao, que debido a su debilidad física se vio obligada a apoyarse fatigosamente contra la pila de libros para mantener el equilibrio, pues las torres de papel eran tan densas y elevadas que alcanzaban la altura de su costado.
En aquellos tiempos, los libros constituían un bien suntuario de primer orden, un lujo tan privativo que la adquisición de un solo volumen manuscrito equivalía con facilidad al sustento de una familia humilde durante todo un mes. Bien es cierto que, al tratarse de ejemplares obtenidos mediante planchas de impresión xilográfica y no copiados a mano por amanuenses, los costes de producción debían de haberse reducido de forma considerable. Con todo, la idea de ordenar la tirada de semejante cantidad de copias idénticas resultaba una extravagancia económica propia de un demente.
Casi de manera refleja, Maomao evocó la figura de Lahan. Imaginó al joven contable, siempre riguroso con el erario familiar, enjugándose el sudor de la frente y devanándose los sesos frente al ábaco para intentar cuadrar el inmenso desfalco monetario provocado por los caprichos de su padre adoptivo. No obstante, resolvió apartar aquel pensamiento; las tribulaciones financieras de la familia Han no eran asunto de su incumbencia.
—Supongo que no es una buena idea... quemarlos, ¿no?
Por más que el autor de la obra fuera el hombre que era, los volúmenes en sí carecían de culpa. Al abrir uno de ellos por el centro, Maomao constató con sorpresa que, contra todo pronóstico, se hallaba ante un manual de Go de una estructura impecable y un rigor encomiable. El texto recopilaba con detalle registros de partidas y desgranaba con lucidez las estrategias clave sobre el tablero. Si bien distaba mucho de ser una lectura apta para neófitos, prometía convertirse en un verdadero deleite para los estrategas y aficionados experimentados en dicho arte recreativo.
—...
Maomao desvió la mirada de reojo hacia Enen, quien examinaba las páginas del volumen con vivo interés.
—Enen, ¿te parece interesante?
—Sí. No se podía esperar menos del señor estratega; está magníficamente estructurado. En la primera mitad incluye partidas de ejemplo que emplean numerosos movimientos estándar, mientras que en la segunda mitad presenta jugadas de lo más extravagantes.
Maomao se confesó incapaz de desentrañar semejantes detalles técnicos. Sus nociones respecto al Go y al Shōgi se reducían a los rudimentos que las cortesanas de la Casa Verdigris le habían inculcado en su niñez, más como un recurso recreativo para entretener a los clientes que como una disciplina intelectual.
—¿Quieres uno?
—Si me lo regalas, lo acepto de buen grado. Si te hace falta el dinero, puedo pagarte hasta una moneda de plata por él. Dejando a un lado el contenido, tanto la calidad del papel como la impresión son excelentes.
—¿Una moneda de plata...?
Maomao devolvió la vista hacia la imponente cordillera de papel, cuestionándose si en verdad aquellos legajos albergaban semejante valor estimable. «Vaya, una moneda de plata... ¿Seguro que está bien cobrar por esto?», discurrió para sus adentros.
—Ciertamente es un precio bajo —concedió Enen—, pero es que contaba con que me aplicaras un descuento en virtud de nuestra amistad.
«¿Amistad? ¿Desde cuándo nos une semejante vínculo?», se preguntó Maomao. En su mente, una estructura rígidamente compartimentada donde los seres humanos se dividían entre conocidos útiles, amenazas potenciales y pacientes, el concepto de «amiga» resultaba una abstracción extraña, casi un código indescifrable para su pragmático intelecto. No eran meras compañeras de oficio, sino camaradas afectivas. Su mente, un tanto roma para las complejidades de las relaciones, procesó el dato con fría lógica: si Enen la investía con el atributo de la amistad, constituiría una flagrante descortesía por su parte no corresponderle con idéntica moneda. Por consiguiente, mediante un sobrio decreto mental, determinó que a partir de aquel preciso instante Enen quedaba clasificada en la categoría de amiga.
Marginando la opinión de Yao, cuyas nociones sobre el valor del dinero adolecían de una distorsión aristocrática absoluta, si era la juiciosa Enen quien formulaba tal tasación, a buen seguro resultaba factible exigir una pieza de plata por cada volumen. Con todo, presintiendo el ritmo de producción del estratega bizarro, era harto probable que las prensas continuaran operando a destajo, lo que indefectiblemente devaluaría el precio de la obra en un futuro cercano.
—Así que sois amigas... —musitó Yao, cuya mirada se había clavado en ambas con una fijeza que denotaba cierta zozobra—. Esto... ¿Y qué pasa conmigo? —inquirió, dirigiéndose a las dos con un hilo de voz.
—Señorita, para mí usted es mi insustituible señorita —declaró Enen con una sonrisa radiante.
«Me da la impresión de que esa respuesta es errónea», se dijo Maomao. Para sus ojos observadores, era evidente que el afecto de Enen por su joven señora trascendía la mera lealtad servil, lindando con un sentimiento reverencial, un anhelo silente y exclusivo que la doncella se esmeraba en revestir de cortesía.
Al instante, el semblante de la joven aristócrata se ensombreció. Con un suspiro cargado de melancolía, Yao tomó asiento en el sobrio sillón de madera dispuesto junto al umbral de la entrada, adoptando una postura huraña. Sus labios se contrajeron en un adorable y romántico mohín.
—Enen, te regalo el libro. ¿Podrías decirme si conoces a alguien a quien le guste el Go?
—Conozco a unos cuantos —repuso Enen, sopesando la cuestión—. Los médicos de la corte suelen pasar sus días de descanso jugando.
Aquella revelación se antojó una noticia excelente a oídos de Maomao. Al volver la vista hacia la ingente montaña de libros, las comisuras de sus labios comenzaron a curvarse en una sonrisa impúdica, preñada de un indisimulado cálculo mercantil.
A raíz de la reciente e histórica comitiva de la Sacerdotisa de Shaoh, las arterias comerciales de la capital se habían visto inundadas por toda suerte de mercancías exóticas procedentes de los confines occidentales. Por norma general, dichos artículos de ultramar eran acaparados en primera instancia por las familias de linaje noble y los grandes magnates, requiriendo un lapso considerable antes de que los excedentes comenzaran a circular por los zocos del mercado común. El otro día, en el transcurso de un paseo por la urbe durante su jornada de descanso, Maomao había descubierto en los tenderetes ciertos compuestos medicinales e ingredientes botánicos que jamás habían alcanzado a contemplar sus ojos. Por descontado, el hecho de que tales rarezas empezaran a estar al alcance del vulgo no mermaba un ápice el valor intrínseco de los productos importados; sus precios continuaban siendo privativos, mas ahora, mediando el metal suficiente, cualquier alma audaz podía hacerse con ellos. Para sufragar aquellos costosos caprichos terapéuticos, Maomao precisaba, de manera imperiosa, una fuente extraordinaria de ingresos.
—¿Me podrías decir quiénes más son aficionados al Go?
Ante la acuciante demanda de Maomao, Enen introdujo la mano en su faltriquera y extrajo una reluciente moneda de plata.
—Aquí tienes, el pago por el libro.
—No, si no hace falta.
—¡De ninguna manera! Quiero pagarte —sentenció Enen con solemnidad. Acto seguido, desvió de reojo la mirada hacia la imponente mole de tratados de Go y añadió—: Pero a cambio... Permíteme participar a mí también en el negocio.
Al pronunciar estas palabras, Enen alzó la mano diestra y frotó con suavidad las yemas de los dedos pulgar e índice, imitando el universal y pragmático ademán que evoca el conteo de las monedas. «Definitivamente, no tiene un pelo de tonta», infirió Maomao para sus adentros. Le devolvió un sutil asentimiento con la mirada a modo de conformidad cuando... De improviso, un golpe seco y rítmico quebró la intimidad de sus deliberaciones.
A sus espaldas, Yao hacía repicar la punta de su calzado contra las losas del suelo con una insistencia preñada de exasperación.
—¡Oye, Enen! ¿Es que todavía no está lista la cena?
La joven aristócrata las fulminó a ambas con una mirada donde se dibujaba un profundo y soberbio descontento.
—¡Ah, señorita! Cuánto lo lamento. Me pongo con los preparativos de inmediato.
Enen se batió en retirada a toda prisa, encaminando sus pasos hacia los fogones.
Maomao contempló la silueta huraña de Yao, sumiéndose en el pensamiento de cuán adorable resultaba aquel orgullo herido, al tiempo que comenzaba a palpar y organizar la vasta cantidad de libros. Por lo pronto, resolvió que lo más juicioso sería trasladar los pesados bultos al interior de sus dependencias. A juzgar por el volumen del cargamento, daba la impresión de que, durante una buena temporada, no iba a quedar en su habitación un solo palmo libre de suelo donde pisar.
A pesar de los diversos contratiempos que de cuando en cuando sacudían las altas esferas, el entorno cotidiano en el que se desenvolvía Maomao gozaba, por lo general, de una relativa y bienaventurada paz. Respecto al trágico fallecimiento de la Sacerdotisa de Shaoh, en un principio se habían propagado numerosos y oscuros rumores por todos los mentideros de la ciudad. No obstante, en cuanto las autoridades hicieron pública la solemne presentación oficial en el palacio oriental del Príncipe Heredero, la atención del público se desvió con presteza hacia las fastuosas celebraciones. Ciertamente, los días transcurrían con una placidez casi sospechosa. Al menos, en lo que concernía al círculo más íntimo y cercano de la joven boticaria.
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