29/06/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 29




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo Final
Finales de verano, principios de otoño

El fragor estival de las cigarras había tocado a su fin, cediendo el protagonismo al melancólico e intermitente canto de los grillos. «Con la llegada del otoño, en el corazón de la ciudad seguro que ya están con los combates de grillos», evocó la boticaria.

Aquellas lides de insectos constituían un entretenimiento popular sumamente arraigado en el que se espoleaba a los machos a luchar entre sí dentro de vasijas de barro. Al igual que con las peleas de gallos, estas justas solían mover ingentes sumas de dinero en apuestas clandestinas. Ahora bien, Maomao se hallaba en esos momentos muy desvinculada del bullicio de las calles.

En la penumbra de una de las estancias de una opulenta mansión situada en los suburbios de la capital, la joven observaba con atención a Yao, quien permanecía recostada en el lecho. Se trataba de la residencia solariega de la familia de la convaleciente.

—Me gustaría reincorporarme pronto al trabajo —manifestó Yao, dirigiendo una mirada lánguida hacia el jardín exterior, ataviada únicamente con sus ropajes de dormir.

Habían transcurrido ya más de diez jornadas desde que la joven ingirió las gachas de arroz con el hongo venenoso. Aunque existió un periodo crítico en el que su nivel de conciencia llegó a nublarse peligrosamente por el colapso orgánico, su naturaleza fuerte había comenzado a prevalecer y ya experimentaba una notable mejoría.

—Si regresas pronto, Enen se llevará una gran alegría —repuso Maomao.

En aquellos instantes, Enen se hallaba desempeñando sus funciones en la corte. Había cesado en sus tareas directas al servicio de Jinshi y ahora prestaba sus servicios en el departamento médico general de la corte exterior, aunque a buen seguro su mente continuaba divagando lejos. Había sido amonestada y destituida de su puesto tras ausentarse de sus obligaciones de manera sistemática desde que Yao cayó enferma. Según los rumores, se había negado a apartarse un solo palmo de la cabecera de su señora, velando su sueño día y noche, hasta que la propia Yao, abrumada por la culpa, la había constreñido a regresar al trabajo bajo amenazas.

—Y pensar que albergué la vana ilusión de que podría abrirme camino en la vida sin necesidad de depender eternamente de la tutela de Enen... —añadió Yao en un susurro que poseía el eco amargo de un monólogo interior.

—Creo que, en cualquier caso, aquello era algo imposible de prevenir.

—¿Incluso para ti, Maomao?

—...

Ante la inesperada interpelación, la joven boticaria guardó un prudente y repentino silencio. Su propia naturaleza, un tanto excéntrica, la impelía desde la infancia a experimentar en su propio cuerpo con cualquier ponzoña o sustancia tóxica que despertara su curiosidad científica. Rememoró que ya atesoraba una experiencia previa con la cicuta blanca, el hongo letal que la asistente de la Sacerdotisa había empleado en las gachas, y que en su momento había logrado regurgitarla mediante el vómito provocado antes de que las vellosidades de su aparato digestivo absorbieran los principios activos de la toxina.

«En aquella ocasión, la madame del burdel me propinó una tunda memorable de puñetazos en el abdomen para forzar la expulsión», reconoció hacia sus adentros. Quizá por estar habituada a lidiar de forma expeditiva con las urgencias médicas y los abortos de las cortesanas de la Casa Verdigris, la madame no se había tentado el corazón a la hora de golpearla, tanto que a ella le quedó la vívida sensación de que iba a arrojar las propias entrañas en el proceso. Por consiguiente, merced a tan traumático aprendizaje, retenía con absoluta nitidez tanto la textura fibrosa como el sutil gusto amargo de aquel hongo. Si la sustancia disuelta en el tazón de la Sacerdotisa hubiera conservado un mínimo fragmento reconocible de su forma original, es muy probable que su curtido paladar se hubiera percatado de la trampa al instante, una ventaja diagnóstica con la que la inocente Yao no contaba.

(NT: La cicuta blanca, conocida científicamente como amanita verna, es un hongo sumamente tóxico y mortal. A menudo se le llama "cicuta de primavera" debido a su alto grado de letalidad, comparable al de la famosa cicuta verde, también conocida como amanita phalloides.)

—Después de todo, ¿será que todavía soy una inexperta? —preguntó Yao un susurro, mientras se apartaba el flequillo.

Su gesto fue de una delicadeza involuntariamente hipnótica; un ademán de sutil magnetismo que hizo estremecer por un instante a la propia Maomao, cuyas inclinaciones distaban mucho de orientarse hacia los lirios. A causa de los estragos del veneno en su organismo, su compañera había perdido una cantidad considerable de peso, lo que acentuaba la fragilidad de su figura. Sin embargo, sus generosos encantos permanecían incólumes ante la adversidad.

Con el leve movimiento de sus hombros, el fino tejido de su ropa de dormir cedió sutilmente, dejando entrever la turgencia de sus senos por la sugerente abertura de su camisón. Al contemplar aquella visión tan inesperada, Maomao no pudo evitar conjeturar para sus adentros que, de haber estado presente, Enen quizá no habría poseído la templanza necesaria para soportar semejante escena sin perder por completo el decoro. La boticaria sabía bien el impacto que tales encantos eran capaces de provocar; en el burdel donde se había criado, en el barrio del placer, un despliegue de calculada seducción de tal calibre por parte de una hábil cortesana habría bastado para trastornar el juicio de cualquier cliente acaudalado y llenar a rebosar las arcas de la codiciosa madame.

Buscando una oportuna distracción para sus ojos, Maomao le entregó a Yao el tónico reconstituyente que su viejo le había encomendado preparar. Una vez superada la fase más crítica del envenenamiento en los pabellones de la corte, la joven había sido trasladada para convalecer en el sosiego de su propio domicilio. Al abandonar los aposentos y contemplar la mansión con detenimiento, la boticaria no pudo evitar ladear un poco la cabeza, invadida por una profunda extrañeza.

Aunque la edificación en sí resultaba espléndida y revelaba una suma opulencia, flotaba entre sus muros una atmósfera un tanto melancólica y desolada. El número de sirvientes que había acudido a recibirla a su llegada era a todas luces insuficiente para atender las vastas dimensiones de la propiedad.

—Lamento que haya tan pocos sirvientes —se disculpó Yao, adivinando sus pensamientos—. Esta casa era originalmente una residencia secundaria de mi familia. La propiedad principal se la quedó mi tío.

Lo propio habría sido responderle con una frase de cortesía que restara importancia al asunto, pero Maomao no era una persona dotada para las cumplidos superfluos.

—Ya veo —se limitó a articular con parsimonia.

Aquella revelación esclarecía el motivo por el cual la joven habitaba en un retiro tan silencioso y apartado. Maomao tenía conocimiento de que su compañera procedía de un linaje de la alta aristocracia, pero solo en ese instante comenzó a comprender el trasfondo que la impulsaba a ingresar en el cuerpo de oficiales y el motivo de su desmedida ambición por superarse en el ámbito de la medicina. Se trataba de una búsqueda desesperada de independencia.

—Incluso llegué a redactar formalmente la carta de despido para Enen en una ocasión, con la intención de liberarla de mi destino, pero terminó regresando a mi lado a las pocas jornadas —añadió Yao con una sonrisa triste—. Y eso que es plenamente consciente de que, permaneciendo fiel a mi servicio, jamás podrá aspirar a ningún ascenso ni distinción social en la corte.

Al parecer, el padre de Yao había fallecido tiempo atrás. Aunque la línea directa disponía de una cuantiosa herencia material, su tío paterno había reclamado legítimamente la jefatura de la familia tras el deceso.

En el imperio de Li, las leyes y las costumbres dictaban de forma estricta que las mujeres carecían de autonomía jurídica y debían someterse por entero a la autoridad de los varones de su clan. Dado que su tío había asumido las riendas y el patrimonio de la casa, el porvenir de Yao se reducía de forma inexorable a convertirse en una pieza de intercambio político y contraer matrimonio con el pretendiente que él le dispusiera por conveniencia, a menos que ella lograra consolidar una carrera propia como funcionaria médica de la corte.

«Que intente aprender un oficio...», discurrió Maomao. Aquella osadía constituía, con toda probabilidad, una de las escasas y desesperadas vías de escape de las que disponía para rebelarse contra el destino manifiesto que su clan pretendía imponerle.

—Enen también ha dejado escapar una oportunidad de valor incalculable —comentó Yao, interrumpiendo los pensamientos de la boticaria—. Daba la impresión de que su diligencia le había hecho ganarse la simpatía y el favor del señor Jinshi durante su estancia en sus dependencias.

—Es verdad —asintió la boticaria.

A Maomao no le costaba en absolutocomprender el motivo por el cual Enen le había caído en gracia a Jinshi. El antiguo falso eunuco, aunque estuviera mal que ella lo dijera, tenía un carácter bastante retorcido. En lugar de verse asediado por cortesanos serviles que lo colmaran de halagos y atenciones, a buen seguro hallaba un bálsamo reconfortante en la sobriedad de una subordinada que pretendía despachar los asuntos oficiales con la máxima eficiencia y el mínimo contacto indispensable.

—Y eso que pensaba que una mujer con los recursos de Enen se las apañaría perfectamente en cualquier rincón donde el destino la condujera.

—Al contrario, yo diría que Enen demuestra su verdadero valor precisamente cuando permanece a tu servicio, Yao.

Lo verdaderamente temible del asunto era que la devoción de la sirvienta rayaba en una obsesión tan desmesurada que rozaba lo patológico. Enen no se limitaba a velar por la seguridad de su señora, sino que gobernaba cada minúsculo aspecto de su existencia con un fervor casi religioso. Aquella adoración alcanzaba a veces cotas de una sofisticada perversión. No cabía la menor duda de que el generoso y escultural busto que la convaleciente lucía con naturalidad era el resultado directo de un minucioso plan de crianza orquestado por Enen desde la pubertad, habiendo calculado con precisión cada nutriente, masaje y alimento específico con el único propósito de moldear una anatomía perfecta.

«Ojalá me facilitara una lista detallada con los alimentos que le daba de comer...», se descubrió anhelando la boticaria en su fuero interno. Sin poder contener el impulso de su codicia científica, sus manos comenzaron a moverse en el aire con una agitación un tanto cómica ante la perspectiva. No por un anhelo personal de alterar su propia anatomía —pues bien sabía que su enjuta silueta era uno de los escudos más convenientes para pasar desapercibida como mercancía sexual o política—, sino por el puro potencial comercial del hallazgo. Aquella fórmula para el desarrollo femenino podría venderse a precio de oro entre las pupilas del barrio del placer.

—Sí. Por eso intenté distanciarme de ella, pero de verdad que no hay manera. Y no es que yo sea una blanda, ¿sabes? Posee una tenacidad inquebrantable. Lo hago únicamente porque ella insiste en que me necesita a toda costa. No me queda otra opción.

Esa actitud de Yao, suspendida en un ambiguo equilibrio entre la aristocracia y una ternura que afloraba sin previo aviso, debía de ser justo el imán psicológico que encandilaba el corazón de Enen. Maomao ya anticipaba en su fuero interno, con un regocijo no exento de ironía, cómo reaccionaría la posesiva sirvienta el aciago día en que Yao se viera obligada a contraer matrimonio por mandato de su clan. La boticaria visualizó nítidamente la escena: una Enen sumida en un estado de demencia silenciosa, embozada entre los cortinajes nupciales con una daga oculta entre sus ropajes, dispuesta a sabotear la noche de bodas o a emponzoñar sutilmente el vino del desventurado novio con tal de impedir que cualquier varón osara profanar o arrebatarle el altar de su adoración.

Mudando bruscamente el rumbo de la conversación, Yao clavó sus ojos en Maomao, mirándola de reojo con fijeza.

—Maomao... Da la impresión de que aceptas diversos encargos de alta política a nuestras espaldas y nos mantienes deliberadamente al margen de tus pesquisas, ¿no es así?

—No sé de qué me hablas.

La boticaria fingió ignorar el trasfondo del reproche por completo, aunque un agudo remordimiento comenzó a horadar su conciencia. Al fin y al cabo, a pesar de que su compañera se había salvado milagrosamente, Maomao había maniobrado en las sombras de tal modo que las invitadas de Sahoh —las verdaderas culpables de haberle suministrado el tósigo letal— conservaran la vida bajo el amparo de un indulto secreto. Mientras tanto, ante el escrutinio de la corte exterior, la inocente Yao cargaba injustamente con el estigma profesional de haber fracasado clamorosamente en su labor de catadora y de haber sido incapaz de prevenir el supuesto fallecimiento de una alta dignataria extranjera. «Claro, todo han sido perjuicios para ella», reconoció.

—En condiciones normales, no creo que los altos funcionarios me hubieran dispensado un trato tan considerado —prosiguió Yao, estrechando el cerco de sus sospechas—. No he hecho más que cometer errores. Sin embargo, los emisarios del señor Jinshi me tratan con cortesía y me garantizan que seguiré recibiendo encargos en el futuro. Hace ya mucho que dejé de ser una niña ingenua como para dar cabida a la idea de que el mundo es un lugar tan compasivo y altruista.

—...

—No hace falta que digas nada. No lo necesito. Limítate a beber tu té con esa cara de despiste habitual —Yao continuó hablando con elocuencia—. Sé de sobra que el simple hecho de que no me hayan impuesto un castigo se debe a la benevolencia de quienes mueven los hilos en las altas esferas; y comprendo perfectamente que esa indulgencia significa, en realidad, que mis capacidades ni siquiera son tomadas en consideración como un valor relevante. Sé que no es muy inteligente ponerme a discutir sobre estas intrigas aquí, y que airear mis frustraciones de este modo no es sino una flagrante prueba de mi inmadurez; pero, al menos, albergaba el deseo de desahogarme. Sí, tómalo como un mero sollozo en voz alta. No tengo ningún resentimiento contra ti.

Daba la impresión de que la joven intuía, con notable agudeza, que el turbio incidente del hongo ponzoñoso se había clausurado de una forma diametralmente opuesta a la versión oficial. Además de Yao, a buen seguro existirían otras muchas mentes preclaras en la corte exterior que albergarían serias sospechas sobre la repentina desaparición de la Sacerdotisa. No obstante, en un mundo implacable donde ruedan cabezas al menor descuido solo por el desliz de una palabra equívoca o por escrutar más allá de lo permitido, actuar con estudiada indiferencia y fingir que nada anómalo había ocurrido se consideraba la opción más sensata.

—Si Enen llega a enterarse de esto, temo de qué atrocidades sería capaz en su delirio. Aunque yo me doy por satisfecha con haber preservado la vida, es muy factible que ella se negara a atender a razones. Por eso, te ruego que bajo ningún concepto permitas que percate de nada.

Ciertamente, tratándose de una naturaleza tan obsesiva como la de Enen, cabía la posibilidad de que recelara de los informes médicos oficiales emitidos en esta ocasión. Si la sirvienta llegara a descubrir la verdadera identidad de la autora material que había vertido el veneno y se enterara de que seguía con vida bajo un indulto secreto, tal vez acudiría de inmediato a cobrarse una sangrienta venganza en desagravio por el sufrimiento de su señora.

Enen no solía ser, ni mucho menos, el tipo de persona que pasaba por alto semejante afrenta; sin embargo, su absoluta ceguera en todo lo que concernía al bienestar de Yao la impelió, de manera harto conveniente, a ignorar los cabos sueltos de la trama. Mientras Yao permaneciera recuperando las fuerzas en su lecho, el universo de Enen recobraba su armonía y ella era plenamente feliz. O quizá, quién sabe, la sagaz sirvienta también sospechaba que el poder imperial estaba ocultando algo pero, mientras su amada señora estuviera fuera de peligro, con esa certidumbre le bastaba para apaciguar sus demonios.

—No me gustaría que Enen cometiera alguna locura irremediable que terminara por truncar mis propias posibilidades de ascenso; eso es todo. ¿Queda claro?

De nuevo, Yao hacía gala de ese carácter suyo tan paradójico: formalmente arisco, severo y altivo en la superficie pero, en el fondo, dotado de una entrañable y protectora nobleza. Al contemplarla, Maomao comprendía perfectamente, y sin necesidad de más explicaciones, cómo la devota Enen se hallaba tan ciegamente cautiva por aquella criatura.

Con todo, aquel turbio incidente político internacional había llegado definitivamente a su fin. Una vez que las altas esferas decretaron de forma unánime el carpetazo de las investigaciones, para Maomao la intriga también había concluido. En el complejo entramado del palacio interior, no convenía en absoluto andar removiendo las cenizas de los secretos de Estado de manera imprudente.

—Como ando un poco mal del oído, no he alcanzado a escucharte bien. ¿Te parece que lo dejemos así? —sugirió Maomao, siguiendo con astucia la corriente a la previa insinuación de Yao para sellar un pacto de mutuo silencio.

—Vaya, qué lástima —respondió Yao, esbozando una sutil sonrisa colmada de una refinada picardía.

Tras comentarle a la joven aristócrata que los oficiales médicos requerían que se reincorporara a sus obligaciones habituales en el plazo de unas pocas jornadas, Maomao abandonó los solemnes muros de la mansión.

Dado que hoy disfrutaba al fin de su merecido día de descanso y sus pesquisas secretas con Jinshi habían concluido, a diferencia de lo habitual en sus misiones oficiales, no disponía de un carruaje para su traslado. Por consiguiente, emprendió el largo camino de regreso a pie, a pesar de la considerable distancia. Al mirar de reojo hacia los márgenes del sendero, descubrió a un infante que corría alegremente sosteniendo una pequeña jaula de mimbre para insectos. El fragor y el bullicio de las festividades que habían dominado la capital se habían disipado por completo, dejando paso a una atmósfera apacible, otoñal y un tanto melancólica.

Para los ciudadanos de a pie de la capital, el deceso oficial de la Sacerdotisa extranjera no habría constituido más que una crónica exótica y un tema de conversación tan fascinante como pasajero. Los últimos vestigios decorativos de la celebración se habían esfumado de las avenidas, y el pueblo llano regresaba con naturalidad a la monotonía de su rutina diaria. Maomao aspiró por la nariz el viento, que se había tornado de pronto frío y cortante anunciando el cambio de estación, y con paso firme reanudó el camino hacia su actual morada.



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