02/06/2026

Los diarios de la boticaria 7 - 18




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 18
Criterios de selección

Todavía estaban en pleno verano. Con ese calor pegajoso, los días se hacían eternos. Mientras las ayudantes de medicina, a pesar de estar exhaustas, cumplían con su rutina diaria de lavar y desinfectar vendajes, llegó una notificación oficial.

—¡¿Es para mí?!

Enen ladeó la cabeza con extrañeza. La comunicación iba dirigida exclusivamente a ella.

—¿De qué se tratará? —inquirió Yao, asomándose con curiosidad.

De las tres, incluyendo a Maomao, ella era la de complexión más robusta, pero su actitud rebosante de interés resultaba tan cándida como correspondía a su edad.

—Parece ser un nombramiento oficial.

Al leer el contenido, las tres fruncieron el ceño. Acto seguido, dirigieron la mirada hacia el oficial médico que había traído el documento.

—Enen, a partir de ahora y durante un tiempo, deberás priorizar esta tarea sobre tus labores actuales.

Quien mostró un gesto más sombrío ante las palabras del facultativo fue la propia interpelda.

—Lo lamento profundamente, pero no puedo separarme de Yao.

—¿Acaso crees que se trata de una solicitud que puedas rechazar?

Aunque sus palabras eran corteses, el tono no admitía réplica alguna. En cuanto a lo que rezaba el escrito...

—A ver... Básicamente, dice que debes servir como acompañante del Hermano Imperial por un periodo limitado, ¿no es así? —resumió Yao tras leer el documento. En otras palabras, debía encargarse de atender a Jinshi.

—¿Se me permite preguntar por qué me han elegido a mí? Si se tienen en cuenta las calificaciones académicas, Yao sería una mejor candidata —argumentó Enen.

«Solo porque tú erraste preguntas a propósito en el examen para no destacar sobre ella», pensó Maomao, aunque su benevolencia le impidió verbalizarlo.

—Además, considerando mi linaje, yo no soy digna de atender a Su Alteza... —añadió Enen.

A diferencia de Yao, Enen pertenecía al pueblo llano. Por lo general, para servir como dama de compañía de un miembro de la familia imperial, se seleccionaban jóvenes de familias de cierto abolengo. Sin embargo, Maomao creía comprender los motivos de tal elección.

—Precisamente, se ha intentado evitar a las jóvenes de buena cuna —explicó el oficial médico con aire de complicidad—. Si se elige a alguien de una casa influyente, no faltarían quienes malinterpretaran el gesto como una maniobra para convertirla en candidata a consorte de Su Alteza.

Jinshi tenía veinte años, uno más que Maomao. Aunque su porte y responsabilidades le daban un aire de mayor madurez, ya iba siendo hora de que contara con alguna concubina; de hecho, lo anómalo era que careciera de ellas.

—Además, debido a la prestancia de su rostro, se ha dado la orden de no asignar a cualquiera que pudiera causar complicaciones.

Era lo que Maomao sospechaba. A pesar de su naturaleza un tanto retorcida, Enen vivía entregada en cuerpo y alma a su señora, por lo que difícilmente perdería la cabeza por los encantos de Jinshi. Más bien, su rostro gritaba: «¡No quiero este traslado!».

—Maomao también figuraba entre las candidatas, pero... —comentó el oficial médico, que desvió la mirada hacia el exterior—. Cierta persona de gran relevancia dictaminó que no eras apta para el puesto, por lo que fuiste excluida.

Pegado a la ventana se encontraba aquel excéntrico del monóculo. Justo cuando Maomao pensaba que últimamente no se dejaba ver, allí estaba de nuevo. Todos se habían habituado ya a su presencia. Mientras el estratega las observaba con fijeza, dos subordinados aparecieron tras él, lo agarraron de los brazos y se lo llevaron a rastras. Maomao deseaba fervientemente que no regresara jamás, pero sabía que volvería a aparecer tarde o temprano.

«Hablando de eso...», recordó. Últimamente no había rastro de su subordinado, Lahan, cuando el estratega demente aparecía. Aquel hombre era sumamente valioso por su capacidad de no olvidar jamás un rostro. Maomao se preguntó si estaría ocupado con otras tareas.

—Puesto que es urgente, debes incorporarte mañana mismo.

—...

Aunque su expresión permanecía impasible, Enen emanaba un aura de rechazo absoluto. Buscó con la mirada el auxilio de Yao, mas esta última parecía convencida: «Si es por una cuestión de linaje, no hay nada que hacer». Lejos de mostrarse celosa, Yao se tomó el asunto con una asombrosa deportividad, quizá porque era plenamente consciente de la valía de Enen.

—Enen, eres capaz de desempeñar con brillantez cualquier tarea que se te encomiende. ¡Esfuérzate al máximo! —le dijo Yao con una sonrisa radiante.

Maomao se preguntó por un momento si no sería una sutil venganza por las constantes atenciones de Enen, pero el ambiente no sugería tal cosa; Yao la felicitaba con total sinceridad. Era evidente que no había captado en absoluto las intenciones de su doncella. El semblante de Enen se crispó. Si su señora hubiera objetado algo, habría tenido una oportunidad, pero al verla tan dispuesta a despedirla, se quedó sin argumentos.

—Cuento contigo, pues —concluyó el oficial médico dándole una palmada en el hombro.

Enen, totalmente abatida, se dejó caer en una silla y hundió la cabeza entre los hombros. Apoyó los codos en las rodillas y se cubrió el rostro con las palmas de las manos, dejando escapar un quejido sordo, casi agónico, que parecía brotar de lo más profundo de su ser. Estaba tan consumida por la desesperación ante su inminente separación que comenzó a mecerse levemente hacia delante y hacia atrás, como si arrastrara el peso de una tragedia griega, mientras murmuraba una retahíla de lamentos incomprensibles dirigidos al suelo.



—Con una persona menos, el trabajo se vuelve mucho más pesado, ¿verdad...? —dijo Yao mientras organizaba las medicinas en los estantes. Últimamente ya se había acostumbrado a hablar con Maomao más que antes, pero la ausencia de Enen había acentuado todavía más esa tendencia.

—Cierto. Enen es muy diligente y se mueve con mucha agilidad —respondió Maomao.

La boticaria iba clasificando los fármacos tras comprobar de qué se trataba cada uno. En ocasiones aparecía alguna medicina inusual entre el cargamento, pero lo que habían traído hoy era, en su mayoría, reposición de lo que se usaba habitualmente.

—Quiero confiar en que todo irá bien, pero espero que no cometa ninguna falta de cortesía ante Su Alteza, el Hermano Imperial.

—Seguro que le irá bien. No te preocupes.

—Tienes razón. Es Enen, seguro que lo hace bien.

«Bueno, aunque cometiera algún error, Jinshi no es de los que mandan cortar cabezas por una nimiedad», pensó Maomao. Más que en la capacidad de Enen, su juicio se basaba en el carácter del noble encantador. Al fin y al cabo, a él no se le daba especialmente bien castigar a la gente. Por supuesto, impondría una sanción si fuera estrictamente necesario, pero Maomao no creía que Enen fuera a cometer un fallo tan grave. «A menos que intente tramar una rebelión, claro», se dijo.

Fuera como fuere, Maomao continuó con su labor como de costumbre.


੦●੦


El despacho estaba más concurrido de lo habitual. Con los documentos de trabajo en una mano, Jinshi observaba a los funcionarios civiles, militares y damas de la corte que le iban presentando. En su posición, no tendría por qué molestarse en conocer personalmente a cada nuevo integrante asignado, pero él tenía sus propios motivos para verificarlo.

—Se avecinan tiempos de mucho trabajo. Cuento con vuestro esfuerzo —dijo el noble con una sonrisa afable.

No es que tuviera intención de derrochar encanto, ni tampoco que estuviera especialmente preocupado por sus subordinados. Todos los presentes mantuvieron la compostura sin mudar el semblante. El acto de sonreír normalmente da una buena impresión, pero para Jinshi solía ser más bien un imán para las desgracias.

En su primer día en el palacio interior como eunuco, saludó con una sonrisa a otros eunucos y, en el breve instante en que Gaoshun le quitó la vista de encima, intentaron arrastrarlo a la maleza. Al parecer, aunque hubieran perdido «lo suyo», no habían perdido del todo el apetito carnal, y pretendieron tratar a Jinshi como a un efebo. (NT: Adolescente o joven varón, tradicionalmente descrito con una belleza física delicada, grácil o afeminada.) Aquellos hombres lo rodearon de inmediato con unas miradas cargadas de una lascivia tan desbordante y obscena que devoraban cada palmo de su piel. Antes de que pudiera reaccionar, una jauría de manos sudorosas y temblorosas comenzaron a palparlo sin el menor pudor, por la espalda y la cintura. No sabía exactamente cómo pensaban llevarlo a cabo, pero lo cierto es que su integridad física corrió un serio y espeluznante peligro.

—Al recordarlo, me hace hasta gracia... Je, je, jej... No, ni hablar. Ni en broma —murmuró para sí sin darse cuenta.

En aquel entonces, se defendió a puñetazos y huyó. En su desesperación por escapar de aquella horda de manos desbocadas, echó a correr a ciegas, tropezando de forma patética con el dobladillo de sus propias vestiduras y yéndose de bruces contra el suelo, perdiendo por completo toda la dignidad mientras esquivaba por los pelos un último y agónico zarpazo que logró rasgarle la túnica a la altura del tobillo. De hecho, no era raro que los eunucos establecieran ese tipo de relaciones entre ellos. Oficialmente, se referían a ello como ser «hermanos de juramento». Jinshi no quería ni pensarlo.

—¿Sucede algo, señor Jinshi?

Bashin, que por fin se había recuperado de sus heridas y había regresado al servicio, ladeó la cabeza. Debería haber tenido el cuerpo hecho trizas, pero se ve que este tipo no había dejado de entrenar ni un solo día. Incluso con el torso aún vendado, debido a sus varias costillas rotas, y soltando un quejido ahogado cada vez que el dolor punzante le recorría el tercio superior, se las ingeniaba para hacer flexiones al amanecer o practicar estocadas con la espada de madera, ignorando por completo los moratones que todavía amarilleaban en su piel tras haber sido pisoteado por un caballo. Incluso Gaoshun, siendo su padre, estaba asombrado de la resistencia de su hijo.

—No, nada.

Parecía que la selección de personal de esta vez no era mala. Le había inquietado un poco saber que era imperativo incluir a damas de compañía jóvenes, pero de momento no parecía haber problemas. Aun así, tras el incidente del envenenamiento anterior, lo mejor era mantenerse alerta. Debía vigilarlas de cerca. Personalmente, él hubiera preferido que incluyeran a alguien de su confianza, pero le informaron de que la elegida era una compañera de esa persona a quien él prefería. Es decir, una de las damas de la oficina médica.

Dado que formaban parte de un departamento de nueva creación, los exámenes de aptitud habían sido bastante rigurosos. Le habían contado que todas aquellas sin aptitudes para la medicina habían sido descartadas, por lo que su capacidad debía de ser sólida.

A partir de ahora, a cada uno de sus nuevos ayudantes se le asignarían tareas específicas para la presentación oficial del Príncipe Heredero. Jinshi también debía ponerse manos a la obra, así que decidió dar por terminada la reunión de inmediato.



Una vez que todos se hubieron marchado, Jinshi exhaló un profundo suspiro. Solo Bashin permanecía en la estancia, por lo que podía permitirse ese pequeño exceso de confianza.

El joven oficial parecía decidido a recuperar el tiempo perdido durante su baja. Verle esforzarse incluso con el papeleo, algo que detestaba, resultaba gratificante.

—Señor Jinshi, ¿qué disposición debemos tomar respecto a la Sacerdotisa de Shaoh que se encuentra en el palacio de verano? —preguntó Bashin, sosteniendo un documento en la mano.

Con «disposición» se refería a los preparativos de seguridad y al protocolo de recepción, concretamente a determinar el número de guardias que se desplegarían para escoltarla y el inventario de suministros que se enviaría para su estancia. La política era, en esencia, un asunto harto engorroso. Cosas que se resolverían con rapidez de palabra debían transformarse en tediosos documentos que circulaan de mano en mano. Jinshi recordaba vagamente que la delegación extranjera había llegado al palacio de verano hacía ya unos días. Que le preguntaran ahora mediante un informe oficial era un fastidio. Tenía la sensación de haberlos saludado una vez, y nada más. Pensaba que alguien más se estaría encargando del asunto, y jamás imaginó que el expediente acabaría de nuevo sobre su mesa a estas alturas.

—¿Tengo que encargarme yo...? —dijo, suspirando ante la montaña de legajos—. ¿Será que todo el mundo me odia?

Los asuntos relacionados con el palacio interior seguían llegando siempre a su despacho, sin excepción. Sentía que todos los vacíos dejados por la caída del Clan Shi también estaban siendo desviados hacia él.

—En absoluto. Más bien diría que le tienen un gran aprecio, mi señor —respondió Bashin con total seriedad.

—Por favor, no digas esas cosas con esa cara tan solemne.

—¿Ah, sí? Yo estaba convencido de que todos vienen aquí simplemente porque desean verle, señor Jinshi.

Bashin hablaba con tal ausencia de malicia que resultaba desarmante. Una de las razones por las que se había prohibido el acceso a las damas de la corte era que abundaban aquellas que, accidentalmente, dejaban caer documentos para prolongar su estancia y el trabajo. Incluso algunos funcionarios civiles incurrían en tales prácticas, por lo que no había quedado más remedio que vetar la entrada a todo aquel que cometiera un error de ese tipo. Aunque oficialmente no se les reprendía de forma severa para no ofender a sus familias, los rumores siempre tomaban rumbos inesperados. Gracias a ello, en ciertos sectores se corrió la voz de que aquel era un lugar donde cualquier fallo acarreaba un castigo fulminante.

Pese a todo, la montaña de papeles en el escritorio de Jinshi no disminuía.

—Respecto a la Sacerdotisa de Shaoh... ¿Los oficiales médicos aún no han tenido audiencia con ella?

—No, señor. En caso de acudir, deberían hacerlo el Doctor Kan y las damas de la oficina médica.

La otra parte era una figura de gran relevancia en su país y ostentaba el título de Sacerdotisa. Aunque el fin fuera médico, no era lícito que un hombre la tocara a la ligera. Por ello, acudiría el viejo Luomen, quien técnicamente era un eunuco. Las damas de la oficina médica serían las encargadas de realizar la exploración física y Luomen emitiría el diagnóstico basándose en esa información. Resultaba un procedimiento farragoso, pero eran las exigencias de la delegación. Jinshi acababa de reclutar a una de las ayudantes para su propio séquito, pero aún quedaban dos. Además, teniendo en cuenta que Maomao era una de ellas, la coordinación con Luomen sería impecable.

—Bien, infórmate sobre su disponibilidad y compárala con la nuestra. Comunica a la oficina médica que se organice la visita adaptándose, en la medida de lo posible, a la conveniencia de la Sacerdotisa.

—Entendido.

Bashin redactó la orden de inmediato y se la entregó al mensajero que aguardaba fuera del despacho.

—¿Hay algo más que creas que deba atender?

Jinshi quería despachar los asuntos cruciales cuanto antes. Los expedientes triviales que iban y venían podían esperar.

—Nada en especial. Aunque... Bueno, pensándolo bien, sí que hay algo.

—Dime.

—Es que... Me han entregado una solicitud de traslado hace apenas un momento.

—¿...?

Jinshi recibió la solicitud, escrita con una caligrafía primorosa. Debía de ser de alguna de las personas con las que se acababa de entrevistar.

—Una dama llamada Enen ha solicitado regresar a su puesto en la oficina médica.

«¿Será posible? Dios los cría y ellos se juntan... —pensó Jinshi—. Parece que aquellos que buscan profesiones tan peculiares suelen ser individuos un tanto extravagantes». Él no deseaba tener a muchas damas jóvenes a su servicio, así que pensaba que, si las demás aprendían el oficio y no surgían problemas, podría reducir el número de personal más adelante. Si Enen tenía un poco de paciencia, quizá podría acceder a su petición en el futuro.

—¿Qué clase de recomendaciones tiene esa tal Enen?

—Sus informes dicen que es impecable en su trabajo y que se le da de maravilla asistir a sus superiores. Además, ha sido instruida en las artes de la servidumbre desde los diez años, por lo que su etiqueta es intachable. Aprende rápido, y se destaca como virtud que nunca intenta destacar por encima de los demás.

—Desde luego, no suena nada mal.

—Y además... Bueno, esto es algo que no tiene que ver directamente con su capacidad, pero...

Bashin apartó la mirada del documento, como si le resultara violento mencionarlo.

—Habla de una vez. ¿Qué ocurre?

—S-Sí... En las observaciones se indica que se siente incómoda con los hombres. No es que los odie, pero... —Hizo una pequeña pausa antes de continuar—. Parece tener ciertas inclinaciones hacia los «lirios»...

Esto se refería a que sospechaban que Enen prefería la compañía íntima de otras mujeres a la de los varones.

—¡Denegada! No se hable más. La quiero en mi servicio —sentenció Jinshi, apartando la solicitud de traslado con un gesto rotundo.

—¡S-Señor Jinshi...!

—Has dicho que eso no afectaba a su capacidad, ¿verdad? Me parece una candidata excelente. Asegúrate de que no se nos escape bajo ningún concepto.

Jinshi esbozó una sonrisa de satisfacción mientras volvía a sumergir la mirada en los documentos que restaban en su escritorio y retomaba sus tareas.



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