
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7
De vez en cuando, el granuja de Chue aparecía con la clara intención de importunarla, pero en cada ocasión terminaba siendo arrastrado por el pescuezo por la madame o por los mozos del burdel.
En la habitación ardía un incienso destinado a agudizar la concentración, mientras que de la estancia contigua emanaban las notas melodiosas de un erhu y un koto. Eran las cortesanas más diestras en las artes musicales quienes interpretaban aquellas piezas para deleite de sus oídos. Se suele decir que el estudio despierta el apetito por lo dulce, pero en el caso de Maomao, los refrigerios consistían en galletas saladas y agua de frutas bien fría. Las atenciones eran, sin duda, inmejorables.
«¿Qué suma de dinero habrán desembolsado para orquestar todo esto?», se preguntó. Al mismo tiempo, la anciana realizaba rondas de vigilancia para asegurarse de que Maomao no sucumbiera a la molicie de la siesta, lo cual resultaba severamente molesto. No obstante, cabía recordar que la regenta, en sus años de juventud, había sido una cortesana de altísimo rango; por tanto, su erudición superaba con creces la media.
—¡¿Es posible que no seas capaz de componer un poema clásico como es debido?!
—Me resulta tan tedioso... ¿Por qué razón es necesario el conocimiento de la poesía china para un examen de medicina?
En esencia, no se trataba del examen para médico oficial, sino de una prueba para damas de la corte destinadas a asistir a estos facultativos. En este país existían diversos títulos para acceder a tal cargo, y al parecer este se había instaurado recientemente. «Ya que se tomaban la molestia de crearlo, bien podrían haber omitido la poesía», pensó ella.
—La lírica carece de vínculo alguno con la ciencia médica. ¿Y qué decir de la historia o de la copia de sutras...? ¿Qué sentido tiene todo esto?
—El conocimiento de la historia dota al ser humano de una profundidad intelectual de la que carece el ignorante. En cuanto a la caligrafía, una grafía bella facilita la lectura y evita errores fatales; para tal fin, la copia de sutras constituye un ejercicio excelente.
La vieja solo profería sentencias tan sensatas en ocasiones excepcionales como esta. Maomao habría preferido que mantuviera su actitud pragmática habitual y le dijera: «No malgastes memoria en aquello que no genera beneficios». Los caracteres que la anciana trazaba con fluidez como modelos eran de una belleza incuestionable. Aquellas manos, que ahora semejaban ramas secas y agostadas, debieron de poseer en el pasado unos dedos de una blancura ebúrnea y uñas relucientes.
Una mujer de caligrafía primorosa es del agrado de todos; lo mismo sucede con una de apariencia agraciada. A pesar de haber sido una mujer que pulió sus encantos para deleite de los hombres, todavía hoy persistía en el barrio del placer instruyendo a las cortesanas. Si en verdad fue tan hermosa en su día, ¿por qué no optó por un destino diferente? ¿O acaso no tuvo elección?
—Trazar una caligrafía impecable no garantiza que el alma de quien escribe sea igualmente pura.
Maomao aguardó el impacto del puñetazo de la anciana, pero este no llegó.
—Nadie es capaz de discernir la pureza o la vileza del alma ajena. Por tanto, es preferible que, al menos, la caligrafía sea hermosa para no herir la vista de quien la contempla.
La vieja madame le mostraba los modelos con insistencia, como instándola a dar comienzo a la tarea. Aquellos trazos equilibrados y carentes de vicios recordaban a las respuestas ejemplares de los exámenes imperiales para altos funcionarios.
—Está bien, está bien...
Si se permitía un momento de holgazanería, el látigo no tardaría en restallar contra su piel. Maomao se remangó las vestiduras y tomó el pincel entre sus dedos con resignación.
Al parecer, las pruebas de acceso para el cargo de dama de la corte se celebraban con bastante frecuencia. A diferencia de las oposiciones imperiales destinadas a los funcionarios, las aspirantes eran exclusivamente mujeres jóvenes. Dado que su periodo de servicio solía ser más breve que el de los varones —generalmente supeditado a su futuro matrimonio—, resultaba imperativo incorporar personal de manera periódica para evitar que la carencia de mano de obra en el palacio alcanzara un estado crítico.
No obstante, la mayoría de las jóvenes que anhelaban estas plazas eran hijas de oficiales de baja alcurnia que buscaban, por así decirlo, completar su formación en las artes domésticas y hallar un pretendiente de posición ventajosa; por ello, cabía pensar que una ligera reducción de personal no supondría un agravio mayor para la administración.
El lugar designado para la prueba era un centro de estudios ubicado en el sector septentrional de la capital. Si bien las oposiciones generales de mayor rango solían tener lugar en una ciudad provincial situada al norte de la urbe, resultaba más práctico que estos exámenes recurrentes se llevaran a cabo en la propia capital.
Tras concluir medio mes de estudio intensivo, Maomao acudió a la cita con un aspecto demacrado. En el recinto se congregaban cerca de un centenar de aspirantes. Dado que la convocatoria no se limitaba a las asistentas de medicina, sino que incluía a damas para diversas funciones palaciegas, la cifra entraba dentro de lo previsto.
Respecto al examen en sí, no hubo mucho que reseñar. Concluyó en apenas un par de horas y Maomao se dispuso a emprender el regreso a la botica con presteza. Al parecer, la criba de la documentación pertinente ya se había realizado con anterioridad. Considerando la influencia de las altas personalidades que la respaldaban, era impensable que su candidatura hubiera sido desestimada en la fase de selección de méritos. Para ella, el verdadero escollo residía en materias por las que no sentía el menor interés, como la lírica clásica o la caligrafía; en el resto de las disciplinas, estaba convencida de haber obtenido una calificación excelente. Es más, de haber incurrido en algún error, le habría complacido que se lo señalaran para someterlo a análisis. Así pues, una vez cumplimentados los impresos y finalizada la prueba, no le restaba tarea alguna pendiente, por lo que decidió regresar a pie al barrio del placer. O tal habría sido su proceder de no haber escuchado una voz estúpida que le resultaba más que familiar.
—¡Vaya! ¿Y por qué razón no se me permite participar?
Frente a la sede del examen se estaba desarrollando un altercado. La disputa involucraba a uno de los oficiales encargados de la vigilancia y a una aspirante que, se mirara por donde se mirara, resultaba anómala. Vestía un quimono femenino, en efecto, pero su corpulencia era excesiva para ser una mujer. Si el problema radicara solo en la talla, no habría mayor inconveniente, pero su voz era grave y, por si fuera poco, Maomao la conocía de sobra. «Me parece haber presenciado una escena similar no hace mucho», pensó.
Aunque el presentimiento era funesto y deseaba pasar de largo, la extravagancia del cuadro le impedía ignorarlo.
—¡¿Cuál es el motivo por el que se me impide el paso?!
La supuesta mujer, que se contoneaba con una afectación exagerada, ocultaba la mitad de su rostro con una tela. En ese instante, la sospecha de Maomao se tornó en absoluta certeza. Ciertamente, si uno se limitaba a observar sus facciones, podría pasar por una dama; poseía rasgos armónicos y una estructura ósea fina. Además, se había aplicado el maquillaje con notable destreza. Sin embargo, su voz era incapaz de ocultar su naturaleza por más que intentara fingir un falsete y, sobre todo, aquel movimiento serpenteante de su cuerpo resultaba sencillamente repulsivo.
—¡¿Qué demonios te has creído, niñato...?!
La boticaria podría haberlo ignorado, pero sintió compasión por el oficial que estaba siendo importunado y decidió intervenir. Se trataba de un hombre de temperamento bondadoso; de haber sido Maomao la encargada, ya lo habría entregado a la guardia militar por alteración del orden.
—Kokuyou.
Era el hombre que había conocido tiempo atrás en el embarcadero. Tenía la mitad del rostro marcada por las secuelas de la viruela, razón por la cual se lo cubría con un paño para ocultar las cicatrices. Era un individuo desdichado que, a pesar de su oficio como médico, no lograba encontrar un empleo digno debido a su aspecto; sin embargo, su carácter ligero hacía que su desgracia no despertara excesiva compasión.
—¡¡¡Ah...!!! ¡Cuánto tiempo, Maomao! Escucha, por favor... este buen señor no me permite realizar el examen.
Kokuyou parpadeó con el ojo que quedaba al descubierto, como instándola mediante gestos a que le siguiera la corriente. «Detente, me das náuseas —pensó ella—. Aunque me pida que le siga el juego...». Aquella situación carecía de lógica alguna.
—El examen ya ha concluido.
—¡Oh! ¿En serio...?
Verlo llevarse ambas manos a las mejillas mientras hablaba con aquel falsete impostado resultaba una visión patética.
—Vamos, deja de importunar al oficial.
Maomao tiró de Kokuyou por la manga de su quimono y lo arrastró fuera del recinto del examen.
El curso de los acontecimientos es caprichoso y, en ocasiones, temible; así fue como Maomao terminó compartiendo el almuerzo con aquel degenerado travestido. Habría preferido que se despojara de aquel disfraz, pero, por desgracia, el hombre no portaba consigo ninguna muda. Al parecer, el atuendo se lo había tomado prestado a la esposa del alcalde de su aldea.
—¡Con lo ilusionado que estaba por haber encontrado una salida laboral...! Ahora tendré que esperar dos meses hasta la próxima convocatoria —se lamentó Kokuyou.
—Para empezar, tu propia naturaleza te inhabilita para cumplir con los requisitos de la inscripción —replicó la boticaria.
Ciertamente, poseía una belleza andrógina que podría inducir a error y hacerlo pasar por mujer, pero el hecho de ocultar medio rostro, sumado a las notas graves de su voz, lo tornaban sospechoso en extremo. ¿Acaso aquel individuo creía seriamente que, de haber obtenido el aprobado, podría haber desempeñado sus funciones en el palacio interior con normalidad? Debía considerarse afortunado de no haber sido entregado a las autoridades militares en el acto.
—Y a todo esto, ¿qué ha ocurrido con tu empleo junto al anciano? —quiso saber Maomao.
Recordaba que Kokuyou asistía a un médico veterano y de carácter huraño que residía en una aldea cercana. Pese a las excentricidades del viejo, parecía que ambos mantenían una relación profesional cordial.
—Verás, el anciano ha perdido las fuerzas últimamente... Dice que pronto abandonará el oficio y me ha instado a buscar un nuevo destino mientras todavía sea capaz de valerme por mí mismo —explicó él.
—...
Maomao compuso un gesto de sutil complejidad. Tenía cierta idea de cuál era la causa de que el ánimo del viejo facultativo hubiera flaqueado de forma tan repentina.
—Precisamente por eso, cuando oí que se acababa de instituir un título que otorgaba las mismas competencias que a un asistente de medicina oficial, creí que era mi oportunidad de oro.
«Antes de plantearte este camino como profesional, deberías haber empezado por confirmar si tu identidad biológica te lo permite...», pensó Maomao con sorna.
Por añadidura, Maomao deseaba fervientemente que aquel hombre pusiera fin a tan ridícula mascarada. El problema radicaba en que, como Kokuyou resultaba extrañamente agraciado, los varones de los alrededores no cesaban de dedicarle miradas furtivas. Al parecer, el velo que ocultaba la mitad de su rostro le confería un aura de misterio sumamente evocadora; sin embargo, en cuanto osaba articular palabra, la decepción de los presentes era absoluta e instantánea al descubrir la gravedad de su voz.
Maomao dio buena cuenta de un bollo ligero, mientras Kokuyou se servía unas empanadillas cocinadas al vapor.
—En la aldea abundan las hierbas medicinales y el anciano me ha asegurado que, si decido establecerme allí de forma permanente, me cederá la propiedad de la casa...
—¿No sería entonces lo más natural sucederle en su consulta...? —aventuró Maomao.
—Las cosas no resultan tan sencillas. El anciano fue en su día médico oficial de la corte, y es gracias a ese prestigio que gentes de lugares remotos acuden a él. Si un advenedizo de origen desconocido como yo pretendiera heredar el puesto, la desconfianza impediría que nadie quisiera ponerse en mis manos.
Maomao hubo de admitir que tal razonamiento era lícito. Aunque Kokuyou lograra granjearse cierta confianza entre los lugareños, resultaba difícil asegurar el sustento exclusivamente en aquella pequeña aldea. Seguramente se vería obligado a malvivir, compaginando la recolección de hierbas con diversos trabajos serviles.
De pronto, Maomao alzó el dedo índice, impulsada por una idea repentina. Tiempo atrás, había sopesado la necesidad de incorporar personal cualificado a la botica, pero tras considerar la formación de Sazen, su actual aprendiz, había concluido que lo mejor era desistir. No obstante, dadas las circunstancias actuales, el escenario era bien distinto.
—Dime, ¿te sería posible desplazarte desde tu aldea hasta el barrio del placer varias veces al mes?
—Si te haces cargo de los gastos de transporte, por mi parte no hay inconveniente. Además, te agradecería que incluyeras el sustento en el acuerdo —respondió él.
—Si el arroz te sirve, disponemos de tal cantidad que incluso podríamos comerciar con él, de modo que eso no representa ningún problema.
Entre el arroz recibido como estipendio por los asuntos del matasanos y las existencias de batatas, las provisiones en la botica eran más que suficientes.
—Tus funciones consistirían en instruir al aprendiz de boticario en el conocimiento de las hierbas medicinales y en seguir suministrándonos las plantas que nos proveíais hasta ahora. También desearía que te encargaras de las preparaciones farmacológicas que excedan la capacidad técnica del aprendiz. En tales casos, la supervisión de las fórmulas correrá a cargo de este último y de la vieja madame del burdel, que es la propietaria del local. —Dada su condición de desconocido, Maomao consideró prudente establecer tales medidas de control y vigilancia—. Además, el mostrador será responsabilidad exclusiva del aprendiz, por lo que no será necesario que trates con la clientela.
—¡Oh! ¡Con lo seguro que estoy de mis dotes para las relaciones públicas...! —exclamó él con ironía, contoneándose con una excesiva afectación fingida.
Maomao ignoró sus palabras, pues provenían de alguien incapaz de encontrar un empleo digno debido, precisamente, a su estrafalaria apariencia.
—En cuanto a los honorarios, ¿qué te parecería esta suma?
Maomao alzó un solo dedo. Era una cantidad con la que, sumada a sus labores en la aldea, podría subsistir dignamente, aunque resultara algo escasa para un boticario de su competencia.
—Yo diría que esto sería más adecuado —replicó Kokuyou, obligando a Maomao a alzar otros dos dedos adicionales.
«Ju, ju, ju, ju, ju...», pensó ella. Ambos intercambiaron una risa cómplice mientras Maomao le lanzaba una mirada de advertencia. Pese a sus actos necios, aquel hombre conocía a la perfección los precios de mercado. Mientras terminaba su bollo, la boticaria se vio obligada a negociar con él, pasando de la mera cuenta de los dedos a un cálculo pormenorizado de los estipendios.
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