
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 7
Frente al grupo, se hallaba una estancia identificada con una tablilla donde figuraban el nombre de una flor y un número. Se trataba de las dependencias de una consorte de bajo rango, pero la puerta se encontraba cubierta por un paño negro. Dicho color simbolizaba el luto oficial; era el signo inequívoco de que la ocupante de la alcoba había fallecido. Maomao reconoció el protocolo, pues se había procedido de idéntica forma tras el óbito del anterior Príncipe Heredero.
Hoy, la boticaria recorría de nuevo las galerías del palacio interior en compañía de su padre, el matasanos y sus ahora inseparables compañeras, Yao y Enen. Aquella constituía su segunda visita oficial a la ciudad prohibida de las mujeres.
—¿Habrá sido una enfermedad? —murmuró Yao con inquietud.
Si se hubiera tratado de una enfermedad de curso lento, Luomen la habría examinado durante la inspección previa. Si no mediaba tal antecedente, la conclusión era lógica...
—Seguramente se haya quitado la vida —respondió Maomao con frialdad.
En realidad, el suicidio no era un fenómeno inusual en aquel entorno. Si el acto era manifiesto y carecía de indicios de criminalidad, se evitaba suscitar revuelo alguno en los pabellones. No podía afirmarse que fuera un suceso cotidiano, pero tampoco constituía un escándalo que perturbara la paz del harén. Muchas de las mujeres que ingresaban como consortes, aun siendo cada una una flor de distinta especie, lo hacían henchidas de orgullo por su propia hermosura. Por tal razón, abundaban aquellas con un amor propio exacerbado, y no era infrecuente que acabaran abatidas por la inconmensurable brecha entre sus elevadas expectativas y la cruda realidad de su ostracismo en el palacio.
—Al parecer, tenía una severa dependencia del alcohol —se oyó decir a unas damas de compañía cercanas.
Se hallaban tan absortas en sus chismorreos que no advirtieron la proximidad del cuerpo médico. Al reparar en las túnicas blancas de los facultativos, se apresuraron a regresar a sus puestos. «Ciertamente, este lugar es el cementerio de las mujeres o, mejor dicho, su campo de batalla más encarnizado», reflexionó la boticaria.
A aquellas que salían derrotadas de la competición por el favor imperial no les restaba sino desvanecerse en la nada. En cierto sentido, las sirvientas que soportaban las tareas más arduas gozaban de una libertad mayor, pues al menos su periodo de servidumbre se hallaba claramente acotado en el tiempo.
El plan de trabajo para la jornada consistía en inspeccionar las estancias de las consortes de rango bajo para, finalmente, personarse de nuevo ante la consorte Aylin. Al parecer, la dama había remitido un aviso urgente manifestando: «Siento un estado febril y desearía ser examinada». Maomao no albergaba dudas: el síntoma no era sino un pretexto movido por la impaciencia de Aylin por conocer la resolución de su enigma.
—No tengo problema alguno —declaró la consorte, quien exhalaba una fragancia de perfume asfixiante, mientras ordenaba a una sirvienta que la refrescara con el abanico.
Como ya era verano, el aroma alcanzaba al grupo médico como una ráfaga densa y opresiva que incitaba al rechazo instintivo de cubrirse las fosas nasales. Por si fuera poco, la estancia estaba herméticamente cerrada, impidiendo que la fragancia se disipara y provocando una saturación del ambiente.
«Y eso que tiene el tipo que le gusta al Emperador», pensó Maomao. La mujer poseía una figura con curvas bien definidas sin dificultad incluso bajo la túnica de cuello cerrado. Sus facciones eran angulosas y afiladas, pero no carecía de una chispa de inteligencia en la mirada. Para el vigoroso monarca, entraría sin duda en su radio de predilección.
Maomao dirigió una mirada discreta y analítica al cuaderno de registros que sostenía el matasanos. En la página figuraba el nombre de la consorte de rango bajo que tenían ante sí. En dicho documento se consignaban no solo las dolencias pasadas de la mujer, sino un dato más sensible: el recuento de las visitas imperiales. «Anda, pues sí que ha sido objeto de su agrado», advirtió. El registro indicaba que había recibido una visita del Emperador. Si los encuentros no se habían reiterado desde entonces, Maomao conjeturó que, muy probablemente, se debía a que la pestilencia del perfume resultaba intolerable para el olfato imperial.
Aunque tal práctica resultaba cruda y desprovista de toda delicadeza, en el palacio interior se tomaba nota escrupulosa de cada pormenor de los encuentros íntimos. Informar de tales lances a los facultativos constituía una norma ineludible; una obligación que, sinceramente, a la boticaria le resultaba de una violencia innecesaria.
«Sí, como cuando estaba con la Emperatriz Gyokujou», recordó. Cuando residía en el Pabellón de Jade, el Emperador acudía con una frecuencia aproximada de cada tres días. En tales ocasiones, era imperativo montar guardia en los aledaños de la alcoba para certificar que el coito se desarrollaba sin contratiempos. Por lo general, dicha responsabilidad recaía sobre Hongnyang, la dama de compañía principal, pero cuando las visitas se tornaban diarias, esta terminaba exhausta, y en tales circunstancias Maomao debía asumir el relevo. «A ver, que yo ya estaba acostumbrada en el barrio del placer, pero...», sopesó. Los encuentros íntimos entre el Emperador y la Emperatriz poseían, incluso para una joven tan curtida como ella, un nivel de intensidad bastante avanzado. El mero hecho de percibir los sonidos a través del tabique ya resultaba una experiencia turbadora. Maomao siempre reflexionaba que para Hongnyang, una mujer soltera que ya rondaba la treintena, aquello debía de constituir un auténtico suplicio psicológico.
Al observar cómo se consignaba el recuento de los encuentros, la boticaria reafirmó su convicción de que aquel lugar constituía un mundo aparte, con sus propias reglas y lógicas. Tal y como se presentaban los hechos, no parecía que las visitas imperiales fueran a reanudarse para esta consorte de rango bajo. Quizá por haber sido agraciada en una ocasión, la mujer se comportaba con una altivez inaudita, actitud que a Maomao, por el contrario, le inspiraba una sutil lástima. Haber compartido el lecho del Emperador significaba que sus posibilidades de abandonar algún día el palacio interior se desvanecían definitivamente, quedando confinada a una vida de espera.
«Si al menos no oliera así...», se dijo. Con semejante perfume flotando de forma permanente a su alrededor, la mujer debía de padecer una atrofia olfativa. Y no era una mera suposición; los indicios fisiológicos apuntaban a ello. Sus labios, menudos y bien perfilados, permanecían abiertos con excesiva frecuencia. Más que un tic nervioso, parecía una adaptación para la respiración bucal.
Por norma biológica, los seres vivos respiran por la nariz; así ocurre en perros, gatos y, por diseño natural, en los seres humanos. Si esta mujer respiraba por la boca, era prueba de que sus fosas nasales se hallaban obstruidas. Si el hábito de la respiración bucal se adquiere desde la infancia, suele derivar en una maloclusión o alteración de la dentadura.
—¿Podría mostrarme los dientes, por favor?
Justo en ese instante, su padre le solicitó a la consorte que abriera la boca. La alineación dental no presentaba anomalías graves. Al parecer, Luomen compartía la misma sospecha diagnóstica que Maomao.
—¿Sufre de estornudos frecuentes?
—Sí.
—¿Y de congestión nasal?
—Mucho. Especialmente desde la primavera hasta principios del verano. Empeoró notablemente desde que vine al palacio interior.
—¿Le cuesta conciliar el sueño?
—Si no tuviera la nariz taponada, podría dormir perfectamente.
Luomen fue registrando las respuestas con una caligrafía fluida. Como el matasanos se limitaba a observar la escena con una fascinación vacua, Maomao entregó el maletín de medicinas a su padre. Él extrajo un remedio contra la rinitis.
—Use esto, por favor. Si nota que le impide dormir, suspenda su uso. También es posible que aumenten sus ganas de orinar, pero no debería suponer un problema. Me temo que el incienso que utiliza actualmente resulta nocivo para su organismo. Si desea usarlo, sería mejor que lo hiciera de forma muy ligera. De este modo, su estado general experimentará una mejoría.
—Entendido.
La consorte respondió con una docilidad inesperada, quizá satisfecha de que alguien hubiera identificado al fin el origen de su malestar. Si Maomao lo había advertido, era imposible que a la perspicacia de su padre se le hubiera pasado por alto. Además, Luomen le había señalado con suma delicadeza que el incienso era excesivamente potente. En cuanto la vía nasal se despejara, ella misma sería capaz de percibir la intensidad de su propio aroma.
Al abandonar la estancia de la consorte, su padre se detuvo un instante para observar la frondosa vegetación del jardín. Numerosas flores estivales de tonalidades vibrantes se hallaban en el apogeo de su floración.
—¿De qué región era originaria la dama a la que acabamos de asistir? —inquirió Luomen con suavidad.
—Parece ser que de una región bastante al noroeste. Una zona cercana al desierto donde el clima debe de ser de lo más cálido y seco —respondió el matasanos mientras consultaba su cuaderno de registros.
Luomen se volvió lentamente hacia Maomao y las demás.
—Bien, ya que estamos aquí, ¿qué os parece si os planteo un pequeño acertijo facultativo? ¿Cuál creéis que es la causa de la rinitis de la consorte?
Entornó los ojos con una dulzura paternal al lanzarles el desafío intelectual. Maomao hizo un amago instintivo de alzar la mano, pero al percibir la mirada fija y significativa de su padre, la descendió con lentitud. El interrogante no iba encaminado hacia ella, sino que buscaba evaluar a Yao y Enen. Fue Yao quien, finalmente, alzó la mano con calculada parsimonia.
—¿Podría ser porque la habitación estaba herméticamente cerrada? Si el dormitorio carece de la higiene debida, proliferan los insectos y los ácaros, lo cual termina dañando la salud.
Ciertamente, el habitáculo carecía de la ventilación necesaria; de ahí que el aroma resultase tan persistente y nauseabundo. «Ese factor también influye, sin duda», convino Maomao en su fuero interno. La estancia aparentaba estar impoluta, pero resultaba imposible discernir si se aireaba con la frecuencia debida. No habían tenido acceso al dormitorio y quizá fuese allí donde se acumulaba el polvo doméstico.
No era una hipótesis descartable, pero la boticaria discrepaba de tal conclusión. «Aquella consorte no parecía haber renunciado en absoluto a recuperar el favor del Emperador», valoró. Una mujer con tales aspiraciones jamás descuidaría el mantenimiento de su lecho. Aquel incienso excesivo constituía, en cierto modo, un ritual de aseo personal; el infortunio residía en que, al tener las vías nasales obstruidas, la mujer había perdido la capacidad de mesurar la intensidad de la fragancia.
Maomao observó las hierbas y los arbustos que ornaban el jardín. «Una rinitis severa que se manifiesta desde la primavera hasta principios del verano...», meditó. Se agachó y arrancó una planta que crecía junto al sendero. Se trataba de artemisa, la misma que ella solía recolectar para elaborar la moxa de la moxibustión. Era una planta que crecía en cualquier parte en estas latitudes, pero era probable que no existiera en las tierras áridas de donde procedía la consorte.
Al advertir que mostraba un semblante de ligero aburrimiento, su padre tomó la artemisa que ella había arrancado con un gesto que parecía decir: «No tienes remedio».
—Estoy seguro de que el dormitorio de la consorte está impoluto. Tiene que mantenerlo impecable por si el Emperador decide aparecer en cualquier momento; especialmente tras haber recibido ya una visita anteriormente.
Al constatar que su respuesta había sido errónea, Yao torció el gesto, presa de la vergüenza y la insatisfacción. Luomen, con gran pericia diplomática, procedió a elogiarla para amortiguar el impacto del fallo.
—Tu punto de vista ha sido bueno. La falta de higiene suele traer enfermedades, y el dormitorio es, sin género de dudas, un espacio fundamental para el equilibrio del organismo.
Yao manifestaba una mezcla ambivalente de orgullo por el cumplido y de escepticismo por recibirlo de un eunuco. «De habérmelo consultado a mí, habría proporcionado la respuesta correcta al primer intento», se dijo Maomao, aunque reconoció que era una reacción pueril por su parte albergar tales sentimientos frente a alguien más joven. No obstante, su padre era una de las escasas figuras ante las que se permitía el lujo de ser mimada.
—La causa de los estornudos puede estar relacionada con este tipo de hierbas y flores —afirmó Luomen con rotundidad—. El polen causa estragos en el interior del cuerpo y, por eso, se producen los estornudos.
No se trataba de un proceso vírico como el resfriado. Cuando el polen o las esporas de las plantas penetran en el organismo, pueden provocar una reacción defensiva que deriva en estornudos y una mucosidad incesante.
La firmeza de su padre sorprendió a Maomao, pues habitualmente no empleaba un tono más didáctico con ella. Seguramente él sospechaba que existían otras razones biológicas por las que el cuerpo de la consorte reaccionaba de forma perniciosa, pero en este contexto pedagógico, una explicación directa resultaba más inteligible para las aprendices. Tanto Yao y Enen como el propio matasanos escuchaban sus palabras con viva admiración.
«Se supone que él es quien debería estar enseñándonos a nosotras...», pensó Maomao, conteniendo las palabras que pugnaban por brotar de su garganta.
Yao volvió a levantar la mano. Había que reconocerle un tesón inquebrantable por el aprendizaje, a pesar de sus excentricidades de carácter.
—Disculpe... Si el polen es perjudicial para el cuerpo, ¿no deberíamos estar todos padeciendo los mismos síntomas?
Luomen sonrió con benevolencia.
—Así es. Pero, del mismo modo que hay personas que contraen resfriados mientras otros permanecen sanos, hay quienes sufren por el polen y quienes no se ven afectados. Además, esta sensibilidad puede manifestarse de forma súbita cualquier día; por ejemplo, si el estado de salud general es precario, o tras realizar una larga travesía desde tierras remotas para establecerse en un entorno nuevo.
Se refería, en definitiva, a las condiciones de la consorte. «Yo ya lo sabía», pensó Maomao con un deje de malhumor. Su padre le dirigió una mirada cargada de una muda disculpa. Lo habitual sería que un médico oficial se arrogara una actitud de superioridad bajo la premisa de que la técnica se aprende observando en silencio, pero su padre era una excepción a la regla. Él instruía a todo el mundo con una paciencia y una cortesía inigualables.
Aunque le escocía un poco no haber sido la protagonista de la lección, Maomao poseía la madurez de una persona adulta; así que, realizando un esfuerzo volitivo, recuperó la compostura y se encaminó hacia la estancia de la siguiente consorte.
Tras visitar a unas diez consortes, arribaron finalmente al pabellón de Aylin. Por alguna razón que no alcanzaba a precisar, a Maomao le resultaba arduo referirse a aquella mujer extranjera con la dignidad de consorte. Y no era el prejuicio de su procedencia lo que motivaba tal reticencia; de ser así, el mismo criterio se aplicaría a la Emperatriz Gyokujou, cuyos rasgos occidentales eran parejos a los de Aylin. El motivo por el cual no lograba verla bajo ese prisma era, sencillamente, su convicción de que la mujer no había ingresado en el palacio interior para desempeñar el papel que el protocolo le asignaba.
Una de las serviciales y ejemplares damas de compañía les abrió la puerta y los condujo a la misma estancia de su encuentro anterior.
Antes de entrar, Enen propinó un sutil tironcito en la manga a la boticaria. «Sí, sí, soy plenamente consciente. Somos cómplices», se dijo. No obstante, habían acordado que Yao actuaría como la cabecilla del grupo. Maomao barruntaba que Enen habría sido capaz de reaccionar con mayor soltura, pero tal escenario era imposible: Enen siempre se limitaba a cumplir con su papel de apoyo subordinado para que Yao destacara. Ahora bien, el dilema residía en determinar el instante preciso para sacar a colación el tema que las ocupaba.
Puesto que ella misma había solicitado la presencia facultativa, apareció una Aylin que aparentaba hallarse bajo un estado febril. No estaba claro si se trataba de una simulación o de una dolencia real, pero sus mejillas encendidas por el rubor le conferían un magnetismo singular y perturbador a la vez.
«Qué pechos más grandes», se sorprendió Maomao. Sus manos realizaron un movimiento reflejo por puro instinto nervioso ante tal visión. Como supuestamente se encontraba indispuesta, en esta ocasión vestía una prenda liviana, casi como si fuera un camisón de dormir. Una de las sirvientas lanzaba miradas furtivas de desaprobación que parecían clamar: «¡Qué indecencia!», pero seguro que no habrían encontrado la forma de persuadir a la consorte de mudar su atuendo antes de recibir la visita médica.
—Procederé a tomarle el pulso —anunció Luomen con profesionalidad.
Por muy sugerente que resultara su vestimenta, los varones presentes carecían de lo verdaderamente importante para verse afectados por tal visión. Entre un anciano y un hombre maduro ya marchito por la castración, las armas de seducción de la consorte no surtían efecto alguno.
Tras evaluar la sintomatología, su padre preparó la medicación pertinente. Como la paciente parecía presentar una contractura en la zona cervical, optó por un preparado a base de arrurruz: una raíz conocida por sus propiedades para aliviar la rigidez y bajar la fiebre. (NT: También llamado kuzu, es un almidón natural extraído de la raíz de una planta que tiene el mismo nombre, tradicional en la cocina y medicina asiática. Se usa como espesante sin gluten para salsas y sopas, y destaca por ayudar a regenerar la flora intestinal, siendo efectivo contra diarreas y estreñimiento, y para reducir la fiebre, aliviar resfriados, mejorar la circulación y como remedio para la resaca.)
Maomao observó a Yao, que se mostraba inquieta a su lado derecho. Era evidente que no hallaba la coyuntura oportuna para intervenir. Lo más prudente habría sido guardar silencio; sin embargo, para tales menesteres existen las subordinadas eficientes: para cubrir las carencias de sus superiores. De pronto, un crujido seco y rítmico quebró el silencio de la sala de examen. Era el sonido de alguien deglutiendo las galletas de arroz que habían sido dispuestas sobre la mesa. Enen, con el rostro imperturbable, se estaba zampando una de ellas sin mediar palabra.
—¡Enen!
Yao la reprendió de inmediato con severidad. Al intervenir ella, ni su padre ni el matasanos consideraron necesario añadir amonestación alguna. No obstante, la Enen habitual jamás incurriría en una falta de educación tan espontánea y grosera.
—Lo lamento mucho. Es que tenían un aspecto delicioso.
—No tiene importancia. Para eso están ahí, después de todo —declaró Aylin con un aire lánguido, mientras su pronunciación extranjera deformaba levemente la cadencia de la frase.
Como si hubiera estado aguardando precisamente esas palabras, Enen lanzó una mirada fugaz y significativa a Yao. Fue entonces cuando esta pareció captar, por fin, la intención subyacente de su asistenta.
—Ciertamente parecen deliciosas. Las pastas que nos dieron el otro día... también estaban muy ricas. Eran unos dulces blancos muy inusuales.
Aquellos barquillos poseían una morfología extraña, pero en absoluto eran de color blanco. En otras palabras, Yao estaba dejando caer de forma indirecta que habían logrado descifrar el código referente a la «Doncella Blanca».
Aylin no alteró su expresión, pero su dama de compañía mostró un semblante de extrañeza. Quizá ignoraba que en el interior de las galletas se habían ocultado vitelas con caracteres, o tal vez la habían persuadido de que solo se trataba de inocentes juegos de fortuna.
—Me alegra oír eso. En realidad, me encanta la repostería. Hoy también tengo algunas preparadas, así que llevaos unas cuantas al marcharos, por favor.
La consorte esbozó una leve y enigmática sonrisa. Resultaba arduo juzgar a través de su fisonomía si había captado la sutil indirecta de Yao. Habría que aguardar para comprobar qué clase de dulces les entregaba en esta ocasión.
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