
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
«Por eso no quería traerlo», se dijo ella. Los críos se aburren enseguida. No es que a ella le perturbara su presencia per se, pero era evidente que se convertiría en un estorbo. Intuía que la madame le había impuesto tal carga solo para librar a los guardias de la Casa Verdigris de un muchacho que, con sus constantes impertinencias, entorpecía la vigilancia del burdel. Aquella supuesta soledad melancólica de la que le hablaó no era más que un barniz sentimental para camuflar un lastre.
Haciendo oídos sordos a las quejas, Maomao continuó segando las hierbas que prosperaban al abrigo de un tronco centenario. Su interés se centraba exclusivamente en los brotes jóvenes, cuya concentración de principios activos era más pura, aunque ya procedería a la selección minuciosa en la quietud de su botica.
—¡Oye...! ¡Pecosa...!
—Cállate. Has sido tú el que ha querido venir —le espetó con frialdad mientras introducía los especímenes en un saco de cáñamo.
Chue hundió las manos entre sus muslos, observándola con un deje de insatisfacción que nublaba su semblante.
—¡Es que estoy cansado!
No es que hubieran caminado una gran distancia, pero el terreno era difícil debido a la maleza intrincada y las hojas secas. Maomao era consciente de que, dadas las secuelas de la parálisis que aún lastraban el cuerpo del niño, sus energías se agotaban con una celeridad inevitable. No obstante, eso no implicaba que fuera a mimarlo innecesariamente; la boticaria no era dada a las blanduras.
—Pues espérame aquí. Yo voy a seguir un poco más hacia adelante.
—¡¿Eh...?! —Chue entreabrió los labios, su rostro era un poema de incredulidad y reproche—. ¡¿¡¿¡¿Me vas a dejar aquí solo...?!?!?!
—Estás cansado, ¿no? Pues espérame aquí.
Chue contrajo las facciones en una mueca de fastidio y se incorporó del tocón con un esfuerzo visible. Tal como la madame había sugerido, el muchacho poseía una faceta de vulnerabilidad dependiente; incluso en el microcosmos del barrio del placer, rara vez se le veía sin estar a la zaga de los guardias o de las jóvenes kamuro.
—¡Ya voy...! ¡Iré contigo, así que no me dejes atrás!
Con un paso errático y algo torpe, Chue reemprendió la marcha tras la boticaria. Ella lo escrutó con una mirada gélida antes de internarse en las profundidades del bosque.
Aquel bosque presentaba una rica diversidad botánica. Al predominar las especies de hoja caduca, la cosecha de frutos silvestres prometía ser generosa al llegar el otoño. Si abundaran las coníferas, el lugar sería un tesoro para la industria maderera, mas en este imperio tales formaciones boscosas quedaban reservadas primordialmente a las remotas regiones del norte.
Durante el trayecto, Maomao descubrió unas frambuesas silvestres y se llevó algunas a los labios para testar su madurez. Chue la imitó con avidez, terminando con la comisura teñida de un carmín pegajoso.
—¡¡¡Están muy ácidas!!!
—Es que acaban de empezar a brotar —explicó ella sin interrumpir su propia ingesta.
—¡Pecosa...! ¿Este hongo es comestible? —preguntó Chue, señalando una pequeña seta que emergía de un tronco seco.
«Qué raro», pensó Maomao. Se trataba de una variedad cuya presencia era más propia de los climas subtropicales del sur, y le sorprendió encontrarla en aquellas latitudes. La tomó entre sus dedos, analizándola con rigor científico.
—¿Se puede comer o no?
—Me temo que no sabe a nada. Pero tampoco es venenoso.
En resumen, era un espécimen que no despertaba el menor interés en la boticaria, pues no servía ni para nutrir el cuerpo ni para elaborar venenos. Chue hundió los hombros, decepcionado ante la falta de peligro o placer.
Continuaron el avance y, mientras ella experimentaba una breve satisfacción tras encontrar un hongo reishi (NT: También conocido como «hongo de la inmortalidad», es una seta leñosa de color rojo amarronado muy utilizada en la medicina tradicional asiática. Se considera un adaptógeno que ayuda al cuerpo a manejar el estrés, fortalecer el sistema inmunológico, y reducir la inflamación.), ante ellos se abrió la vista de un lago. Al parecer, aquel bosque fue antaño parte de una masa forestal mucho más vasta que rodeaba las aguas, pero la expansión de los cultivos la había fragmentado en reductos aislados que ahora lindaban con diversas aldeas. Quizá tal división no fue accidental, sino una demarcación deliberada al fundarse los asentamientos.
Como había plantas que solo crecían en la orilla, Maomao se dirigió hacia el lago. En el centro se veía una pequeña isla. En el límite entre el bosque y el agua, las shimenawa estaban dispuestas a modo de cercado sagrado. Desde tiempos remotos, se sostenía la creencia de que los cuerpos de agua eran umbrales hacia el otro mundo, la morada de los espíritus. Tal vez por ello se erigía un pequeño santuario en la isla; Maomao recordaba haber oído que el señor del lago, la deidad que custodiaba aquellas aguas, era la encarnación de una serpiente de proporciones legendarias. He aquí, sin duda, la raíz de la prohibición de darles muerte en la aldea.
Para velar por aquel lugar sagrado, se alzaba una cabaña en la orilla, hacia la cual se encaminó Maomao. Era una estructura de construcción elevada, diseñada así para que, cuando llovía torrencialmente, el nivel del agua fluyera bajo la estancia sin anegarla.
En los pilares de la cabaña aún se apreciaban las marcas de limos y sedimentos que indicaban el alcance de las inundaciones pasadas. Chue señaló aquellas cicatrices del tiempo con curiosidad infantil. Maomao ascendió por la escalera de madera y asomó la cabeza al interior del habitáculo. Como si hubiera presentido una intrusión en su dominio, un anciano de vellosidad asilvestrada emergió de las sombras del fondo.
—¡Dichosos los ojos! ¿Cuánto hace de la última vez? Como no venías, pensaba que te habrías casado.
—Por desgracia, mi tiempo para tales azahares ya ha expirado —replicó la boticaria, con su habitual ironía.
—Pues para ser una solterona, traes un niño bastante grande.
Reflexionó que los años no habían limado la aspereza de aquel hombre; seguía siendo el mismo anciano de lengua mordaz de siempre. Según recordaba, era un antiguo confidente de su padre adoptivo, y en sus años de plenitud había ejercido la medicina en la capital con una destreza legendaria. No obstante, debido a su temperamento excéntrico y a que detestaba a la gente, había optado por vivir retirado en aquel lugar tan remoto.
En la actualidad, subsistía precariamente mediante la recolección de plantas medicinales. Se arrogaba el título de guardián del santuario, pero en el fondo no hacía gran cosa. No había barcas en el lago, por lo que parecía que nunca iba a la isla.
—Toma. Si hay algo que necesites, llévatelo.
El anciano extendió sobre una tosca mesa alargada las hierbas que pendían de las vigas. Resultaba más eficiente adquirir de este hombre los especímenes que no eran de temporada o las variedades exóticas que buscarlos ella misma. Se adentró en la cabaña y comenzó a tasar las plantas con mirada clínica. El anciano se dejó caer en una silla con un quejido que delataba el desgaste de sus articulaciones. Le sacaba más de diez años a Luomen, así que podría estirar la pata en cualquier momento. Maomao advirtió que el envejecimientoo se había acentuado en aquel trienio; sin embargo, las hierbas presentaban un secado impecable y una calidad irreprochable. Para ser un hombre al borde de la decrepitud, la abundancia de la cosecha era asombrosa.
—Me alivia ver que no chocheas, pero me impresiona que hayas juntado todo esto.
—Definitivamente, a la solterona no le falta lengua.
Chue celebró la réplica con una sonora carcajada. Maomao lo fulminó con una mirada de advertencia y procedió a depositar las hierbas seleccionadas sobre su hatillo de tela.
—Bueno, es que últimamente tengo ayuda.
—¿Ayuda? ¿Algún niño de la aldea? Qué aplicado debe de ser —comentó Maomao, mientras lanzaba una mirada inquisitiva a Chue. El niño contrajo los labios, proyectando una expresión de total desentendimiento.
—No. Es un tipo que recogí hace poco en la capital. Es bastante apañado... ¡Mira! Hablando del Rey de Roma...
En ese instante, el estrépito de unos pasos ascendiendo por la escalerilla de madera interrumpió la charla.
—¡Abuelo! Ya he traído lo que me pediste. ¿Ah? ¿Tenemos visitas?
Era una voz de una jovialidad efervescente que resonó con un eco familiar en los oídos de Maomao. El hombre que irrumpió agitando un voluminoso saco de tela era un joven con un pañuelo en la cabeza y un parche que ocultaba uno de sus ojos. «Con razón su tono me resultaba conocido», pensó ella. Ante sus ojos se hallaba Kokuyou, el hombre de rostro marcado por la viruela que, supuestamente, andaba a la zaga de un empleo en la capital.
—Ya ves tú... Me soltaron que para qué querían a un médico con una cara tan inquietante.
Aquel hombre llamado Kokuyou comenzó a relatar sus infortunios con una voz que no dejaba traslucir ni un ápice de amargura. En cuanto se percató de la presencia de Maomao, su locuacidad se desbordó. Después de que el anciano les preguntara si ambos se conocían, Chue exclamó con asombro:
—¡Pecosa! Sí que conoces a tíos raros, ¿no?
En resumidas cuentas, Kokuyou había peregrinado por diversas boticas y clínicas de la capital intentando ejercer su oficio. En cada una de ellas, la curiosidad o el recelo sobre su parche le obligaban a mostrar las cicatrices de la viruela con una honestidad desarmante. Los facultativos más ignorantes lo expulsaron por temor a un contagio imposible; los más instruidos sabían que la fase infecciosa era agua pasada, pero siendo la medicina un negocio que depende de la confianza visual del cliente, ninguno deseaba a un hombre de aspecto tan sospechoso en su establecimiento. Fue en mitad de ese desamparo cuando el anciano, que había bajado a la ciudad forzando sus agotados huesos para una entrega de hierbas, lo halló en el preciso instante en que lo echaban de una clínica.
A pesar de su misantropía, el viejo era un médico de primer orden y, dada su fragilidad, buscaba a alguien que actuara como sus manos y pies. Tras someter a Kokuyou a un riguroso examen de conocimientos médicos y quedar satisfecho con la solidez de sus respuestas, decidió traerlo consigo. En un rincón tan olvidado del mundo, un hombre con un parche no concitaba la misma sospecha que en la capital; además, ya se habían mediado las explicaciones pertinentes ante el alcalde.
—¡Ja, ja, ja! Qué cruel es este mundo, ¿verdad? Bueno, al menos tengo para comer, así que no me quejo.
Viendo que Kokuyou aceptaba su destino con tal estoicismo y que el anciano había obtenido un ayudante eficiente, ambos parecían conformes con su mutuo beneficio. «De haberlo previsto, podría haberlo reclutado para mi propio servicio», se dijo la boticaria. Sintió que había dejado escapar una oportunidad valiosa, pero el arrepentimiento era un veneno inútil. De todos modos, de habérselo llevado consigo, la madame lo habría sometido a una explotación tan implacable como la que sufría Luomen; en esta cabaña, al menos, Kokuyou gozaba de una libertad que el burdel jamás le otorgaría.
El joven comenzó a organizar las hierbas recién recolectadas con una presteza que no empañaba su sempiterna sonrisa.
—¡Recién cogidas y bien frescas!
Chue se aproximó desde su posición inferior para observarlo con detenimiento. Dirigió su semblante de roedor distraído hacia Kokuyou y, con la impudicia propia de su edad, extendió la mano.
—Oye, tú, ¿qué tienes debajo del parche?
—¡Ah! ¿Quieres verlo?
Tras advertirle de que la visión podría resultar ofensiva para un espíritu sensible, Kokuyou se despojó del parche. Chue profirió un grito de una descortesía absoluta, pero acto seguido, propinó unas palmaditas de camaradería en el hombro del médico.
—Qué desperdicio, tío. Siendo tan guapo, con eso no vas a valer para los negocios de cara al público.
—Ya, ¿verdad? Y eso que no creo tener mal carácter...
Maomao ignoró la charla de aquel par de despreocupados y se consagró a la tasación de las hierbas. Al hallar una hoja de gran envergadura cuya morfología no le resultaba familiar, entornó los párpados con curiosidad.
—¿Qué es esto?
—Es una hoja de tabaco —respondió Kokuyou mientras continuaba jugueteando con Chue.
¿Tabaco...? El uso de las pipas gozaba de un gran favor entre la madame y las cortesanas de alto rango, pero, curiosamente, su consumo no estaba tan extendido entre el vulgo. Maomao recordó que, en una ocasión, se vio en la tesitura de reparar una pipa dañada para restituirla a su dueño, por lo que era plenamente consciente del valor de tales artículos.
Las hojas destinadas a la combustión eran un bien suntuario. Si la tacaña de la madame sucumbía a tal vicio, era sin duda por la poderosa adicción que generaba; las cortesanas, por su parte, difícilmente osarían fumar si su superiora no les diera el beneplácito con su ejemplo. Su padre adoptivo Luomen siempre decía que fumar en exceso era malo para la salud. Hasta donde ella recordaba, las hojas solían ser de importación y, al haberlas visto siempre desecadas y trituradas para la cazoleta, no había sido capaz de reconocer la planta en su estado natural.
—Su cultivo no entraña una dificultad especial —intervino el viejo.
—¿Ah, sí?
Maomao escrutó las hojas con un interés renovado. Consideró que, si lograba cultivarlas en su pequeño jardín, podría representar una fuente de ingresos nada despreciable. No obstante, dudaba que le cedieran las semillas con tal ligereza; a lo sumo, obtendría algunas hojas. Además, le asaltó la duda de si era éticamente lícito fomentar el hábito de la pipa entre las pupilas del burdel facilitándoles suministros económicos. Aun así, el pragmatismo pudo con la moral y decidió indagar.
—¿A cuánto la vendes?
—No está a la venta.
El anciano tomó las hojas de tabaco, las agrupó en manojos y las suspendió bajo el alero. «¿Serán para consumo propio?», pensó Maomao. Sin embargo, no se divisaba parafernalia alguna de fumador en la estancia, ni recordaba haberlo visto jamás entregado a tal vicio. Como respuesta a la duda silente de la boticaria, el viejo alzó una tinaja de gres y la depositó sobre la mesa. Al retirar la tapa, emanó un olor sumamente singular y penetrante.
—¡Abuelo! ¡Esto apesta! —, tapándose la nariz con una gestualidad exagerada mientras se asomaba al recipiente—. No será algo para beber, ¿verdad?
En el interior había un líquido de un marrón turbio.
—¡Ni se te ocurra beberlo por error! ¡Te morirías! Es una infusión de hojas de tabaco.
—¡Puaj! ¿Y para qué haces una cosa así? —preguntó el niño, mientras se sentaba sobre una caja de madera.
—Se usa para ahuyentar a las serpientes.
Maomao dio una palmada de entendimiento. Las hojas de tabaco resultaban letales si se ingierían debido a su alta concentración de nicotina. Sabía que tal veneno era un pesticida eficaz contra los insectos, pero era la primera vez que tenía noticia de su utilidad frente a las serpientes. Para ella, si se encontraba con un reptil siempre pensaba en capturarlo, nunca en ahuyentarlo.
—Como ahora impera esa estupidez de no matar a las serpientes... Lo hago por precaución, no quiero que se líe una gorda por aquí —declaró el viejo con un desprecio evidente hacia la nueva fe.
Kokuyou sonrió mientras preparaba un té. Al advertir que sacaba unos bollos al vapor de un armario, las pupilas de Chue centellearon con avidez.
—Además, hacía décadas que nadie se preocupaba por el santuario del lago —continuó el anciano—. ¡Y ahora vienen con que ha aparecido la emisaria de la Diosa Serpiente!
—¡Ja, ja, ja! Lo de las sacerdotisas es lo peor —asintió Kokuyou con una jovialidad que parecía ocultar algún agravio personal del pasado.
A Maomao le inquietaba un detalle. Por mucho que fuera el deseo póstumo del anterior alcalde, ¿sería posible que los aldeanos se mostraran tan reacios a eliminar a unos animales tan peligrosos? ¿O acaso aquel fervor hundía sus raíces en una fe latente mucho más antigua?
—Esa sacerdotisa... ¿tan convincente es?
Al preguntar como quien no quiere la cosa, el anciano emitió una risa nasal cargada de escepticismo.
—Je, je, je... Ya ves. Tiene a los más devotos absolutamente embaucados, bebiendo de su mano como si de un manantial de verdad se tratara.
—¿Embaucados?
«Si fuera un zorro todavía, pero que te embauque una serpiente...», reflexionó Maomao. (NT: Para entender este pensamiento hay que descifrar la jerarquía del folclore japonés y el simbolismo de los animales. Para ellos, el zorro es el animal embaucador por excelencia. Hay leyendas sobre que poseen habilidades metamórficas y que disfrutan engañando a los humanos, haciéndoles ver ilusiones o perdiendo su camino. A diferencia del zorro, la serpiente representa conceptos mucho más pesados y directos: fortuna, divinidad, naturaleza en forma de agua o cosechas. También se asocia con sentimientos intensos, celos o una voluntad inquebrantable que trasciende la muerte. De hecho, hay un dicho japonés que dice: «Ser engañado por un zorro es una anécdota; ser engañado por una serpiente es una tragedia». Maomao usa esta frase para degradar la superstición de la aldea. Es como decir: «Si te tima un estafador profesional, te compadezco; si te tima una piedra, eres idiota».) Mientras ella ladeaba la cabeza, sumida en sus pensamientos, Kokuyou abrió el ventanal de la cabaña. Desde allí se veía el lago y el santuario en la isla. El anciano clavó la mirada en el horizonte y se acarició la barba enmarañada.
—Yo no la vi directamente, pero según cuentan las lenguas, esa mujer... flotó sobre la superficie del lago y se dirigió al santuario danzando sobre las aguas. Proclamó entonces ser la emisaria enviada por el señor del lago.
Ese fue el relato que llegó a sus oídos.
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