11/02/2026

Los diarios de la boticaria 6 - 6




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 6
La insólita verdad

Sentada en una estancia de la residencia con un ademán de profundo fastidio se encontraba la plañidera del rostro excesivamente maquillado. Para ser precisos, la hija del señor Uryuu, la que supuestamente había muerto. Aunque en sus ojos se vislumbraba el brillo del temor, en su actitud prevalecía una indolencia casi cínica, como si se cuestionara qué clase de falta se le imputaba.

Puesto que su funeral ya había concluido oficialmente y el mundo la daba por muerta, Jinshi había ordenado su traslado a su palacete privado para salvaguardar el secreto de su hallazgo. Maomao observaba la escena desde la penumbra de un rincón. Junto a la mujer, dos hombres cargaban con el peso de una culpabilidad que se antojaba insoportable: eran Uryuu y su hijo. Jinshi, con un gesto de hastío aristocrático, y Bashin, con las sienes palpitando por una rabia apenas contenida, los estaban sometiendo a un escrutinio implacable.

—En definitiva, ¿no me equivoco si concluyo que se ha tratado de una maniobra de encubrimiento? —la pregunta de Jinshi, gélida y precisa, no admitía escapatoria.

El noble recordaba con exactitud las facciones de la hija de Uryuu. El funcionario solo contaba con tres descendientes: su primogénito y dos hijas, esta joven de humor sombrío y la consorte Lishu. La pregunta, por tanto, era tan inevitable como macabra: ¿quién era la desdichada que acababan de sepultar bajo el nombre de la familia?

Maomao sabía que, para quien posee los medios, obtener un cadáver es una tarea exenta de complicaciones. En los suburbios y barrios miserables de la capital, no era extraño hallar cuerpos de mujeres jóvenes abandonados a su suerte. Prefería no considerar la posibilidad de que hubieran segado una vida a propósito para tal fin. Con toda seguridad, habían desfigurado y carbonizado los restos para borrar cualquier rastro de identidad, motivo por el cual la escenografía del suicidio fue tan ostentosa.

—¿Sois, por tanto, cómplices de esta farsa?

Uryuu había identificado formalmente el cuerpo calcinado como el de su propia sangre, un acto que lo incriminaba de forma irrefutable. No obstante, fue su hijo quien alzó la voz con vehemencia. Maomao apenas recordaba su nombre; solo sabía que comenzaba por el radical del clan: U.

—Ignoro por completo la naturaleza de sus acusaciones. Cuando se descubrió el ahorcamiento, nos encontrábamos rodeados por los invitados. ¿Cómo habríamos podido orquestar semejante prestidigitación frente a tantos testigos?

En resumen, su defensa se basaba en la supuesta imposibilidad física de retirar un cuerpo de la torre y quemarlo sin ser advertidos. No obstante, su actitud ante el Hermano Imperial rozaba la insolencia, síntoma inequívoco de quien se ve acorralado. Ciertamente, sin desentrañar el mecanismo del engaño, la investigación se hallaría en un punto muerto. Un hombre de naturaleza despótica recurriría al peso de su autoridad para forzar una confesión, mas Jinshi carecía de tal inclinación. Afortunadamente, Maomao ya le había provisto de las piezas del rompecabezas.

Jinshi extrajo el cofre que custodiaba el dinero ceremonial y depositó a su lado un pliego que había mandado traer de la botica del barrio del placer: aquel papel de una finura extrema procedente de la aldea del matasanos.

—Parece que han usado un papel muy fino para las ofrendas fúnebres, pero supongo que también tendrá acceso a este. Con esto se puede confeccionar un monigote sencillo que simule una vestidura y que, suspendido en lo alto de la torre, se haga pasar por un cuerpo ante la mirada distante de los comensales.

Se trataba de un papel suave y grácil, cuyos pliegos de tres pies cuadrados permitían una construcción de tamaño natural.

—Incluso si fuera un señuelo, ¿cómo pudo desaparecer? —replicó el hijo del señor Uryuu—. Además, ¿qué habría pasado si alguien nos hubiera visto instalarlo? Era un lugar demasiado expuesto.

—Para eso sirvió esto.

Jinshi rasgó el papel en tiras delgadas y las retorció con maestría hasta formar cordeles. Al tensarlos, demostraron una resistencia sorprendente; sin embargo, en cuanto el noble dejó caer una gota de agua sobre la fibra, el cordel se quebró al instante.

Tras una inspección exhaustiva de la torre, se habían hallado restos de celulosa adheridos a las vigas superiores y manchas de humedad en la madera.

—Suspendieron el monigote de papel mediante dos cuerdas. Una de ellas debió de confeccionarse con mayor delicadeza o se preparó para que absorbiera la humedad con rapidez, así consiguieron el tiempo necesario para la puesta en escena. ¿Y cómo lo mojaron? Les bastó con usar un poco de hielo. Al derretirse y convertirse en agua, la cuerda de papel cedió. En el instante en que el peso recayó sobre la segunda y esta se quebró, el monigote se precipitó al vacío desde la torre.

Aquel había sido el ingenioso mecanismo. Al escucharlo, el hijo de Uryuu soltó un suspiro cargado de derrota.

—¿Y dónde está entonces ese supuesto monigote caído? Si lo hubieran encontrado, la teoría todavía se aguantaría, pero...

—El monigote no ha aparecido porque el propio entorno se encargó de destruirlo. Los testigos manifestaron que el objeto parecía levitar en su caída y que, tras buscar en el lugar del impacto, no encontraron rastro alguno. Al verificar la ubicación exacta, resultó ser el estanque circundante. Según los sirvientes, las carpas se hallaban en un estado de agitación inusual.

> Esas carpas, movidas por una voracidad ciega, acudieron en masa al percibir el impacto en la superficie, confundiéndolo con comida. Un monigote de papel fino, golpeado por la multitud de peces y saturado por el agua, terminaría por desintegrarse en cuestión de segundos. Mientras el señuelo desaparecía en el estanque, ustedes hicieron aparecer un cadáver carbonizado en un emplazamiento distinto para cerrar el círculo de la mentira.

> La mansión estaba rodeada hoy por los carruajes de la aristocracia; evacuar a su hija habría sido imposible sin ser detectados. Por ese motivo, congregaron a tal multitud de plañideras para el funeral: para que ella pudiera fundirse entre los velos y abandonar su propio hogar bajo la identidad de una mercenaria del llanto.

Del mismo modo que Maomao se había valido de la gasa para ocultar su identidad, la hija del mercader se vistió de blanco y se amparó tras el velo del luto. Aquello explicaba la presencia de una plañidera cuyo llanto carecía de la más mínima convicción profesional. Maomao, con su habitual perspicacia, le tendió una trampa para confirmar si, bajo aquel disfraz, palpitaba realmente la sangre de los Uryuu.

Durante el transcurso de la procesión, la boticaria provocó el tropiezo de la mujer y de otra de sus compañeras mediante un calculado pisotón en sus dobladillos. Acto seguido, se aproximó a la que mostraba mayor impericia en su papel, le extendió su propia tablilla identificativa y le dirigió una advertencia:

—¿Se te ha caído esto? Cuidado que, si la pierdes, no te dejarán salir.

De haber sido una plañidera legítima, la mujer habría señalado que el objeto pertenecía con seguridad a la otra compañera caída. Sin embargo, la hija de Uryuu aceptó la tablilla de Maomao en un silencio cómplice, delatando así su desesperación por asegurar su huida.

La joven permanecía ahora cabizbaja, con los labios apretados en un gesto de terca resistencia. Al propio Uryuu y su primogénito se les habían agotado los argumentos y se sumieron en un mutismo tenso. No obstante, cuando el silencio amenazaba con volverse definitivo, el padre dio un paso al frente con solemnidad.

—¡Todo esto es responsabilidad mía! —declaró el mercader, inclinando la cabeza con lentitud extrema.

Ante tal confesión, el hijo se apresuró a interceder:

—¡Mi padre no ha hecho nada! ¡Fui yo! ¡Lo de confundir el cadáver fue fruto de mi propia confusión en aquel momento de agitación!

—¡No, la culpa es toda mía! —volvió a corregir el padre, tratando de atraer hacia sí el castigo.

«Me da exactamente igual quién haya sido», pensó Maomao. Aquel despliegue de sacrificio filial y paterno podría haber resultado conmovedor en otras circunstancias, mas la verdadera instigadora del conflicto, la hija, no cesaba de dirigir miradas cargadas de una seducción artificiosa hacia Jinshi. Como si sus precarias artes de cortejo fueran a quebrar la voluntad de un hombre acostumbrado a las bellezas más exquisitas del Imperio. Sin embargo, en medio de aquel teatro, había alguien cuyo espíritu vibraba de una indignación incontenible.

—...

Bashin avanzó en silencio. Para cuando Jinshi intentó extender el brazo con el fin de contenerlo, el movimiento ya era irreversible. Un sonido seco y contundente, el impacto del hueso contra la carne, restalló en la estancia. Un cuerpo se desplomó pesadamente, seguido de inmediato por un segundo estruendo idéntico. El joven oficial mantenía los puños en alto, con la respiración entrecortada. A sus pies, padre e hijo yacían con los rostros desfigurados. O, por ser más precisos, sería lícito decir que Bashin se los había desencajado de un solo embate. Varias piezas dentales habían saltado por la violencia del golpe y pequeñas máculas de sangre comenzaban a mancillar el suelo.

—¡No me importa que hagan gala de su abnegación familiar! —sentenció Bashin con una mordacidad que cortaba como el acero—. ¡Pero veo que en ese afecto suyo no hay sitio para la consorte Lishu!

—¡¡¡Bashin!!!

Jinshi asió al joven por el cuello de su túnica y lo obligó a retroceder con firmeza. Por un instante, el rostro de Bashin traslució una amargura insoportable, una herida abierta por la injusticia sufrida por Lishu, mas logró recuperar la compostura militar en un suspiro.

—Lo lamento profundamente —profirió el joven, recuperando su máscara de oficial.

La hija de Uryuu, cuya imperturbabilidad había sido su escudo hasta aquel momento, lucía ahora una palidez cadavérica y temblaba de forma incontrolada. Bashin había conservado la cordura suficiente como para no dirigir su violencia contra una mujer, descargando toda su frustración sobre los varones que habían permitido tal ignominia.

—Les ruego que nos disculpen. Dispondremos lo necesario para sanar sus heridas antes de proseguir con la conversación —declaró Jinshi, convocando a uno de sus sirvientes para restablecer el orden.



«La han liado buena», reflexionó Maomao mientras ladeaba levemente la cabeza, sumida en sus cuitas. Resultaba indiferente determinar quién de los dos, si el padre o el hijo, había sido el artífice de la trama. En última instancia, sus voluntades no habían perseguido otro fin que el de salvaguardar a su hija y hermana. No obstante, los procedimientos empleados habían desbordado cualquier límite de la sensatez.

Podría conjeturarse que tal reacción extrema nacía del temor reverencial al destino del Clan Shi, cuya ejecución masiva aún proyectaba una sombra de terror sobre los funcionarios; sin embargo, existía una interpretación diametralmente opuesta. Si se obviaba el mandato de la anterior Emperatriz Viuda, el actual Emperador no se distinguía por un temperamento propenso a purgar a sus vasallos de forma indiscriminada.

«¿Acaso habrán seguido las directrices de un plan meticulosamente trazado por manos ajenas?», se cuestionó la boticaria mientras se rascaba la cabeza en un rincón sombrío de la estancia. Al bajar la vista, advirtió que sobre el suelo aún yacían algunos molares, vestigios de la violencia de Bashin. «No ha sido muy inteligente liarse a puñetazos aquí mismo», pensó. No obstante, decidió postergar sus indagaciones sobre el origen de la cólera del joven oficial; juzgó más prudente relegar tal asunto al baúl de las cuestiones pendientes.

La hija de Uryuu, presa de un pavor absoluto, continuaba estremeciéndose sobre su asiento cual hoja sacudida por el vendaval. Maomao razonó que una mujer de tal fragilidad jamás lograría subsistir por sus propios medios si fuera arrojada a la inclemencia del mundo exterior. Por consiguiente, debía existir un protector aguardándola más allá de esos muros. Justo cuando se disponía a trazar una estrategia para extraerle dicha información, el azar intervino.

Los guardias de la escolta permanecían apostados en el exterior de la estancia, custodiando el acceso. En el interior, el silencio solo era compartido por Maomao, quien había permanecido oculta durante toda la conversación, y la hija de Uryuu. Esta última, bajo la errónea creencia de hallarse en absoluta soledad, permitió que un susurro escapara de sus labios trémulos.

—¿Por qué ha pasado esto, si hice exactamente lo que me dijo la Dama Celestial?

—¡¿...?!

Maomao se incorporó de un súbito movimiento, incapaz de contener su reacción. La joven, sobresaltada por la presencia inesperada, fijó sus ojos desorbitados en el rincón donde la boticaria se había ocultado.

—Ha nombrado a una Dama Celestial... ¿Se trata acaso de la Doncella Blanca?

Sin ser plenamente consciente de su propia celeridad, Maomao ya se había abalanzado sobre ella para someterla a un interrogatorio apremiante.



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