30/09/2026

Los diarios de la boticaria 9 - 9



Hoy es mi cumple~

Será el 13º desde que me uní a esta comunidad... Una se hace mayor 🥹


-Xeniaxen



Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 9



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 9
Sangre y batas blancas


Al arribar al dispensario, las tres asistentes médicas tropezaron con un formidable montón de ropa sucia acumulado en mitad del recinto. El trabajo las aguardaba.

—Despachad todo esto con presteza, por favor —cursó la orden el doctor Liu con absoluta desenvoltura, sin apartar la mirada de sus pergaminos.

Sin embargo, la colada en plena época invernal resultaba una tarea infinitamente severa y penosa, hasta el punto de aterir y entumecer las manos por el frío de las aguas.

—De acuerdo —repusieron ellas.

La abrumadora acumulación de vendas usadas y otras piezas de ropa daba a entender que los galenos imperiales continuaron ininterrumpidamente con sus tareas asistenciales durante sus breves vacaciones. No quedaba más remedio que acatar el mandato en resignado silencio. La mayor parte de la colada consistía en vastos lienzos de lino que requerían una meticulosa desinfección antes de ser reutilizados. En primer término, procedieron a clasificar las prendas entre las relativamente limpias y aquellas profundamente manchadas de sangre coagulada u otros humores corporales. Los paños gravemente deteriorados o deshilachados se desechaban sin dudarlo. Tratándose de vendas médicas, si la zona manchada resultaba de escasa consideración, bastaba con recortar el retal aún útil con las tijeras.

Por regla general, las vendas viejas y sucias se descartan sin reparos. Conviene evitar en la medida de lo posible el uso de telas impregnadas de fluidos corporales antiguos, dado que la sangre humana entraña un riesgo altísimo de contagio de enfermedades mortales.

—¿Qué se supone que es esto...? —inquirió Yao.

La joven noble sostuvo una vestidura entre las yemas de los dedos para mostrarla con gesto de evidente desagrado. Se trataba, al parecer, de la bata blanca oficial de algún galeno del dispensario. Estaba copiosamente manchada de sangre seca, cual si su dueño hubiera servido recientemente en la atención de un herido de extrema gravedad. Acaso por haber sido sometida de forma previa a cierta desinfección apresurada, la prenda despedía un leve efluvio a alcohol de quemar.

—¡¿Cómo pueden ser tan insolentes de mezclar las batas particulares de los médicos en este montón de vendas?! —protestó Yao con severidad—. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante despropósito?

Enen examinó de inmediato el reverso de la vestidura para identificar al responsable. Dado que todos los profesionales vestían el mismo atuendo reglamentario en la corte, el nombre del propietario debía de hallarse bordado con hilo en la cara interior del cuello. Un silencio tenso se apoderó de la estancia.

—...

El pulcro entrecejo de Enen se frunció con un marcado e inusual enojo. Al asomarse Maomao por encima de su hombro, leyó con claridad los caracteres bordados: Tenyuu. Era el joven médico en prácticas que en reiteradas ocasiones había intentado cortejar a Enen con torpe insistencia, un varón de conducta descarada y bastante frívola. Por parte de todas ellas, el atrevido sanador tan solo había cosechado un glacial desdén por respuesta en cada uno de sus intentos.

La joven sirvienta arrojó la bata a un lado con desprecio, junto a la pila de los descartes inservibles, y reanudó la clasificación de los lienzos con absoluta indiferencia, cual si nada hubiera acontecido. «¿Es que acaso no va a decir ni una sola palabra al respecto...?», se preguntó Maomao en su fuero interno.

—Enen, ya que la ha dejado aquí entre la colada, ¿por qué no se la lavamos? —propuso Yao.

—Señorita Yao, aun tratándose de un médico oficial de la institución, juzgo que no conviene malcriarlo —repuso Enen con tono tajante—. Debemos atenernos a las normas del dispensario.

—Pero... ellos continuaron trabajando sin descanso mientras nosotras disfrutábamos de un merecido descanso —insistió la joven noble con ingenuidad.

El rostro de Enen reflejó un infrecuente gesto de profunda contrariedad ante la perspicacia de su señora.

—¡¿Acaso sabes lo difícil que resulta eliminar ese manchurrón descuidado de sangre seca?! —exclamó Enen con firmeza—. ¡Lo mejor será que el doctor Tenyuu pida una vestidura nueva al almacén!

Dado que la habitual diligencia de Enen se había entorpecido a causa del enfado, Maomao no tuvo más remedio que dar un paso al frente para resolver la disputa.

—Permíteme la prenda un instante —pidió Maomao.

Maomao tomó la vestidura y examinó la sección impregnada de sangre, la cual lucía un matiz rojo negruzco ya endurecido. Sin certeza absoluta de si lograría desarraigar la mancha persistente, la sumergió con paciencia en un balde colmado de agua fría para reblandecer los residuos.

—¿Qué procedimiento aplicarías, Maomao? ¿Bastará con ceniza? —inquirió Yao.

Si bien la ceniza solía utilizarse comúnmente como lejía artesanal para eliminar la mugre ordinaria, la ocasión requería un ingrediente reactivo bien distinto para descomponer la materia orgánica.

—Iré a buscar lo necesario —anunció la boticaria.

Maomao regresó al interior del dispensario y comenzó a hurgar con parsimonia en las estanterías de remedios y reactivos en busca del compuesto adecuado.

—¿Qué andas buscando con tanto ahínco? —inquirió el doctor Liu, que se hallaba presente en la estancia examinando unos informes.

—Contemplaba la posibilidad de emplear rábano para eliminar las manchas difíciles —explicó ella.

Puesto que el rábano formaba parte de los ingredientes destinados a elaborar los remedios contra la tos, debía de restar algún remanente en el almacén de sustancias. El galeno caviló un momento.

—¿Manchas? ¿De qué naturaleza? ¡Ah! ¿Te refieres a limpiar vestiduras manchadas de sangre?

Como siempre, el experimentado facultativo demostró su plena competencia y categoría de médico oficial al comprender la intención de Maomao al punto de mencionar el rábano.

—Aprovechando la feliz ocasión, lava también esto, por favor —ordenó el médico sin inmutarse.

Le hizo entrega de una voluminosa remesa adicional de batas médicas impúdicamente manchadas de sangre. No se trataba de una o dos piezas, sino de no menos de cinco o seis batas en desgarrador estado.

—...

La boticaria permaneció en silencio.

—¿Qué ocurre? ¿Tienes acaso alguna objeción a mis instrucciones...?

—No, para nada.

Aquel médico severo gustaba de gastar semejantes pesadeces a las asistentes. Si bien poseía un rostro de facciones firmes que a buen seguro causó sensación en sus años de juventud, con el paso de los años se había transformado en un viejo cascarrabias intratable.

—¿Acaso tuvo lugar alguna intervención quirúrgica de gran envergadura durante nuestra ausencia? —inquirió Maomao.

—Algo así, sí —respondió él.

Evitando brindar mayores precisiones sobre las operaciones realizadas, el doctor Liu continuó anotando con parsimonia en el diario del dispensario.

Con todo, que semejante volumen de vestiduras se hubiera impregnado de sangre durante una intervención quirúrgica daba a entender que debieron de ejecutar varias operaciones complejas o bien una sola de suma envergadura. «Imagino que, al menos, llevarían puesto el delantal protector...», elucubró Maomao mientras observaba con detenimiento las batas dentro del pesado capazo.

Aun cuando la cantidad de sangre en sí no resultaba excesiva en cada lienzo, la presencia de manchas dispersas despertaba cierta desazón. Además...

«Me parece que todo esto apesga más de lo normal...», rumió mientras dirigía sus pasos hacia fuera de la clínica. Ignoraba si se debía a que las lavanderas habituales disfrutaban de asueto por el rigor del invierno, pero habría agradecido que no dejaran las prendas abandonadas.

Tras depositar el cesto de la colada a un lado del patio, Maomao procedió a rallar un rábano fresco sirviéndose de un rallador de metal.

—Asegúrate de usar la pieza entera, y que no quede ni una sola mácula visible en las prendas —intervino el doctor Liu, asomándose a la puerta—. A diferencia de las vendas usadas, las batas oficiales no pueden desecharse a la ligera.

—Comprendido...

Dado que acataba las órdenes directas de un superior, obedeció en abnegado silencio, si bien lamentó amargamente no haber tomado el rábano sin mediar palabra alguna con el anciano.

Al percatarse de que Maomao regresaba con la carga considerablemente acrecentada, Yao dejó escapar una leve sonrisa de compromiso ante el imprevisto. Algo apurada por la sobrecarga, la boticaria humedeció las batas blancas y dispuso con cuidado un paño seco bajo las secciones manchadas. Acto seguido, comenzó a golpear levemente la zona impregnada empleando un práctico envoltorio de algodón colmado de rábano recién rallado.

—¿A qué huele? ¿Es rábano? ¿De verdad se eliminan las manchas de sangre así? —inquirió Yao, asomándose con genuina curiosidad.

—Sí, el rábano contiene encimas naturales capaces de descomponer la sangre —aclaró Maomao—. También surte un efecto similar contra las manchas de orina o de huevo.

—Vaya. No tenía ni idea.

Para ilustrar de forma práctica a la admirada Yao, Maomao le mostró el paño limpio colocado en la base. La sangre disuelta en la bata blanca se había transferido de manera limpia al paño inferior. El método resultaba bastante eficaz.

—Si comprendes el procedimiento, te ruego que me ayudes —pidió Maomao—. La máxima eficacia solo se consigue con el jugo del rábano recién rallado, por lo que convendría despachar la tarea con la mayor presteza.

—E-Entendido —asintió la joven noble.

Enen se sumó asimismo a la labor de limpieza, y entre las tres procedieron a percutir levemente las batas blancas con los paños de rábano.

—He concluido mi parte —anunció Yao satisfecha.

—En tal caso, procede a aclararlas a fondo con abundante agua —indicó Maomao—. De nada serviría la limpieza si el propio jugo del rábano dejara nuevas marcas al secarse.

—¡De acuerdo...! —respondió Yao resolutiva.

Era una joven sumamente capaz de ejecutar con soltura cualquier tarea una vez instruida de forma clara. Siempre que hallara fundadas y lógicas las razones expuestas, se mostraba dócil y cooperativa por regla general. Ahora bien, de albergar la menor duda sobre el sentido de una orden, se negaba en redondo a dar un solo paso al frente.

Concluido por completo el lavado, mientras tendían al sol las vendas limpias y las relucientes batas blancas en los tendederos del patio, hizo acto de presencia un chico de rostro pálido y demacrado. Se trataba del doctor Tenyuu, el joven médico en prácticas. El cansancio se acusaba en su semblante.

—¡Disculpa un instante! Entre la maraña de vendajes y lienzos sucios hemos encontrado tu bata particular —le abordó Maomao, alzando la voz.

Puesto que Enen dispensaba a Tenyuu un trato abiertamente displicente y una conversación directa con la orgullosa Yao no haría sino acarrear complicaciones enfadosas, Maomao asumió la palabra por pura eliminación.

—Ah... ¿Sí? Vaya, lo lamento mucho —respondió Tenyuu con voz apagada—. ¿Habéis podido lavarla sin inconvenientes, verdad?

Aun cuando sus palabras pecaban de la ligereza habitual de su carácter, el joven se mostraba enteramente falto de la vitalidad que acostumbraba a acompañarlo en sus rondas.

—¿Qué hicisteis exactamente con todas estas batas manchadas? —inquirió Maomao con suspicacia—. ¿Hubo que practicar alguna intervención quirúrgica de urgencia durante nuestra ausencia?

—Ah, sí... Bueno, algo así —respondió Tenyuu con el mismo tono evasivo y falto de precisión que había empleado el anciano doctor Liu poco antes.

Aquella huidiza actitud despertó de inmediato el recelo de Maomao. Del amargado médico oficial se esperaba semejante hermetismo por disciplina; pero del baladí y charlatán aprendiz... Todo empezaba a parecerle demasiado extraño y misterioso. Como si un halo de secreto envolviera la clínica.

—Se te ve muy cansado, pero te advierto con firmeza que la próxima vez no te la lavaremos —le avisó la boticaria—. La prenda está tendida allí, de modo que puedes retirarla tú mismo en cuanto se haya secado.

—Entendido... Muchas gracias por el favor —murmuró él.

Tenyuu ofreció una sumisa respuesta desprovista de todo ánimo y se retiró con paso cansino hacia otra parte del dispensario.

—Qué hombre tan rematadamente desidioso e irresponsable —espetó Yao, manifestando su enojo con una adusta mueca, mientras procedía a recoger los baldes de madera que habían empleado.

Si bien las batas blancas ya se hallaban tendidas al aire invernal, las vendas de lino requerían aún someterse a una rigurosa desinfección mediante ebullición en la gran caldera de la cocina. Aunque por razones de higiene convendría aplicar el mismo calor del hervor a las batas médicas, al no tratarse de un paño consumible de un solo uso, la delicada tela terminaría por deteriorarse prematuramente. «Acaso resultaría más adecuado aplicar a las batas una pesada plancha de carbón incandescente», meditó Maomao en su fuero interno, mas no albergaba el menor deseo de tomarse semejantes molestias por el frívolo galeno.

Una idea reconfortante asomó en su mente. «¿Y si aprovecháramos el fuego de la lumbre del fogón para asar algún dulce tubérculo mientras hierven las vendas?», se le ocurrió. El padre biológico de Lahan, aquel obsesivo agricultor, había traído consigo a la capital una cantidad copiosa de batatas frescas. Se trataba en parte de comprobar técnicamente si podían procesarse a modo de almidón, como Maomao había hecho días atrás con el kuzu, pero en realidad la batata resultaba infinitamente más sabrosa asada de forma ordinaria al calor de las brasas. La sola expectativa de saborear los calientes tubérculos le devolvió un tanto el ánimo tras la agotadora colada.

—Maomao, ¿en qué andas tan distraída? Te estás rezagando en el patio —la llamó Enen desde el pasillo.

—Voy en seguida —respondió.

Maomao cargó con la pesada cesta de las vendas húmedas y echó a andar a buen paso tras las huellas de Yao y Enen.



Para cuando concluyeron la desinfección por ebullición de las vendas y su posterior tendido al aire invernal, la jornada laboral en la clínica tocaba a su fin. La luz del día se estaba desvaneciendo ya.

«No he logrado avanzar en nada...»,se dijo Maomao resignada. Si bien la enorme acumulación de la colada médica constituía la causa principal del retraso, estaba apenada por no haber podido atender otras obligaciones de farmacopea. Las aburridas tareas que habían desempeñado en toda la mañana en nada diferían de sus pasados días como simple sirvienta en el palacio interior. Dicho sea de paso, Yao y Enen terminaron por dar buena cuenta de los tubérculos asados al calor de la lumbre, lo que le trajo a Maomao la entrañable memoria de sus antiguas y distendidas charlas con la pequeña Xiaolan.

«Ojalá pudiera ponerme al fin a elaborar algún remedio medicinal...», deseó con fervor. Con todo, en cuanto la penumbra vespertina hacía su aparición en los patios, se despachaba a las asistentes médicas a sus aposentos sin la menor dilatación. En cuanto a las vendas tendidas, si no se retiraban al interior una vez alcanzado cierto punto de secado, la rigurosa escarcha nocturna arruinaría la labor del día.

Maomao dirigió la atenta mirada hacia las batas blancas tendidas en un extremo del tendedero de madera. Dado que la cifra de prendas se había reducido en una unidad respecto a la mañana, el doctor en prácticas debía de haber retirado ya la suya propia. «Bien podría haber tenido la cortesía de llevarse las de todos...», protestó la boticaria hacia sus adentros con fastidio. La joven menuda inspeccionó la cara interior de las vestiduras con la seria intención de comprobar a quién pertenecía cada cual, pero...

—...

Un hallazgo inquietante interrumpió la inspección. Maomao guardó absoluto silencio mientras examinaba las caligrafías. Entre las prendas se hallaba, en efecto, la bata bordada del anciano doctor Liu. Aquello resultaba del todo natural y esperable; mas al leer los nombres bordados en las restantes vestiduras de lino, no pudo por menos que lader la cabeza con viva perplejidad. «¿No aseguraron acaso que había tenido lugar una compleja intervención quirúrgica...? Espera, no... En realidad, ninguno de los dos me lo confirmó abiertamente», caviló la joven en silencio.

Una operación médica de gran envergadura habría requerido por fuerza la presencia y el concurso de una comitiva copiosa de médicos de alto rango. Sin embargo, ¿a qué obedecía que entre todas las batas ensangrentadas solo figurara un único galeno de amplia experiencia como el doctor Liu? Los demás nombres grabados en las telas pertenecían, según los precisos recuerdos de Maomao, a puros y novatos médicos en prácticas de la institución.

De pronto, le vino a la mente la reveladora charla que había sostenido esa misma mañana con Enen acerca de la verdadera diferencia entre un médico oficial y un médico en prácticas en el imperio. «No, no puede ser tanta coincidencia... ¿Será posible que esta extraña carnicería tenga que ver con la prueba de anatomía? ¿Justo ahora?», sospechó la boticaria al atar los distintos cabos del asunto. Aun albergando cierta duda, Maomao recogió con cuidado las batas blancas y emprendió el regreso al interior del dispensario.

En la estancia únicamente se hallaba en ese momento el joven Tenyuu. Al observar su cometido, descubrió que se entregaba a aplicar torpemente la pesada plancha de carbón incandescente a la bata que había retirado del tendedero. Únicamente atendía a la suya propia, como era de esperar de su temperamento egocéntrico...

—Eh, tú. Dejo el resto de las batas aquí sobre la mesa —anunció la boticaria.

—Ah. De acuerdo... —murmuró Tenyuu sin entusiasmo.

El joven manejaba la plancha metálica con un rostro desprovisto de toda energía y una mirada apática. A todas luces atendía la tarea doméstica con evidente desgana. Dado que el severo doctor Liu montaría en cólera de advertir arrugas en la vestimenta oficial y preparar la plancha en su propia casa entrañaba un engorro mayor, pretendía despachar el asunto antes de partir. Entregado por entero a su labor, el chico ni tan siquiera se molestó en dirigir la mirada hacia Maomao. Al fin y al cabo, tampoco albergaba el menor interés personal que le moviera a entablar conversación con la boticaria.

El ambiente rezumaba frialdad. Desentendiéndose de la aburrida situación, ella depositó las batas blancas dobladas junto al escritorio de madera del doctor Liu. Aunque la tela aún se hallaba un tanto húmeda por la falta de sol, no quedaba más remedio que dejarla allí. «¿Mmm...?», observó ella entonces al inclinarse. Sobre la pulida mesa del médico reposaba abierto el diario de registro de la clínica en el que el anciano había estado escribiendo esa misma mañana. Maomao lo tomó entre las manos con naturalidad y comenzó a hojearlo con ligereza. No se trataba en absoluto de un documento privado cuyo examen estuviera vedado a los trabajadores oficiales, pero...

«No me lo puedo creer», se dijo Maomao con los ojos bien abiertos. Examinó con minucia los apuntes oficiales correspondientes a las últimas jornadas festivas. A juzgar por el impresionante volumen de las manchas de sangre en las ropas, parecía evidente que los médicos habían llevado a cabo una intervención quirúrgica mayor durante sus días de descanso. Sin duda alguna debían de haberla ejecutado en las salas interiores. Sin embargo... «No figura registro alguno», reflexionó Maomao frunciendo el entrecejo. A diferencia de la atención cotidiana dispensada a las quemaduras o lesiones de la rutina diaria, una operación de gran envergadura que requería el concurso de numerosos profesionales debía de haber quedado rigurosamente consignada en el diario de la clínica, siquiera mediante unas breves líneas descriptivas.

«Sin novedad», era la única y escueta anotación que se hallaba escrita con tinta en las hojas del diario de registro. Maomao cerró el tomo sin hacer ruido y dirigió la mirada hacia Tenyuu.

—Perdona la interrupción, Tenyuu... Sobre la intervención quirúrgica que comentaste antes, ¿hubo acaso complicaciones graves? Se te ve verdaderamente cansado —inquirió la boticaria.

—Mhm... Fue una intervención sumamente complicada, desde luego... Fue muy duro para todos, la verdad —respondió él.

El joven ofreció su pausada respuesta con una ligera tardanza que no pasó desapercibida. Resultaba difícil discernir si dicha demora obedecía a la profunda concentración en su cometido con la plancha o bien a un ademán de sutil desconcierto ante la pregunta.

—¿De qué clase de intervención se trató? —inquirió Maomao mientras doblaba las batas blancas restantes con parsimonia.

—Qué más da —respondió Tenyuu con una evasiva idónea para cualquier interpretación—. Sea cual sea, ninguna operación resulta un plato de buen gusto para quien la presencia.

«¿Acaso le han impuesto una orden estricta de guardar silencio?», caviló la boticaria. A juzgar por su impertinente proceder habitual con Enen, Tenyuu asemejaba siempre un mentecato frívolo e incapaz de captar la atmósfera del lugar. De todos modos, debía de poseer sin duda la lucidez y agudeza suficientes para haber superado las rigurosas pruebas de acceso a médico en prácticas. Por añadidura, disfrutaba de una soltura de palabra y una elocuencia muy superiores a las de los médicos en prácticas restantes. El enigma requería otra estrategia.

«¿Acaso erré en la elección de mi interlocutor para obtener respuestas...? ¿A quién debería preguntar?», se dijo Maomao en su fuero interno, lamentando levemente no haber recurrido al hábil concurso de Enen para abordarlo sin que se pusiera en guardia. Acto seguido, la boticaria palmeó la bata recién doblada sobre la mesa para asentarla.

Al percatarse de que la penumbra de la noche ganaba terreno en el exterior de las ventanas, Maomao abandonó a prisa el dispensario, recordando la urgente necesidad de retirar las vendas del tendedero antes de que cayeran las primeras heladas sobre el patio. «Será mejor indagar entre los demás médicos en prácticas que sean más maleables», decidió.






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