
Apenas restaban unos pocos días para la celebración de la Fiesta del Jardín. La Emperatriz Gyokujou se hallaba en sus aposentos privados cotejando y revisando su indumentaria en compañía de sus fieles doncellas.
—Señora Gyokujou, ¿no resulta tal vez un atuendo en exceso discreto? —inquirió Yinghua, ladeando la cabeza con ademán dubitativo, mientras comparaba diversos ornamentos sobre la tela del vestido.
El tejido conservaba el característico matiz carmesí que la soberana había lucido desde sus tiempos como consorte de alto rango. No obstante, en esta oportunidad el tono resultaba considerablemente más tenue y sobrio.
—¿No transmite acaso una impresión sosa y deslucida? —insistió la joven.
—Al contemplarse en armonía con la suntuosa decoración del banquete oficial, el conjunto lucirá perfecto. Además, lo verdaderamente importante es que guarde una debida concordancia cromática con las vestiduras de Su Majestad —argumentó Hongnyang, la jefa de las doncellas, al tiempo que peinaba con pausado esmero el cabello de Gyokujou.
Sin embargo, ni tan siquiera la veterana dama de compañía parecía hallarse plenamente satisfecha con un tinte tan apagado. Tras depositar el peine sobre el tocador, se dirigió hacia el vestidor de la estancia y extrajo un complemento adicional, sumando una nueva horquilla a las que Yinghua sostenía entre las manos.
Hallar el justo y refinado equilibrio no debía de ser sencillo. En épocas anteriores, cuando aún residían en los confines del palacio interior, la meta prioritaria residía en eclipsar y destacar por encima del resto de las consortes. En aquel entonces, sin rebasar jamás los límites del buen gusto, las doncellas disfrutaban sobremanera ideando sutiles detalles con los que otorgar una impronta de distinción e ingenio a cada atuendo. Mas en la actualidad, con Gyokujou erigida en la máxima matrona del imperio, la coyuntura política y protocolaria resultaba radicalmente distinta.
—Hongnyang... ¿de verdad le vas a poner esa...? —manifestó Yinghua, observando con manifiesto recelo la horquilla que la jefa de doncellas acababa de seleccionar.
—¿Tan poco afortunada te parece la elección? —inquirió Hongnyang.
—A mí también me resulta una joya exquisita, pero... ¿No recuerdas que la lució ya en un evento oficial anterior? En aquella ocasión, una de las perspicaces doncellas de la Emperatriz Viuda no quitó ojo de encima a la totalidad de su indumentaria.
—En tal caso, descartada —zanjó Hongnyang.
La doncella jefa devolvió la joya a su estuche correspondiente. La estricta etiqueta de la corte dictaba que una vestidura lucida en una gran recepción no debía volver a emplearse en otro acto análogo. Los vestidos más vistosos se modificaban, de modo que la prenda pasaba a destinarse de manera exclusiva a reuniones de té o a audiencias de menor relieve protocolario. Tratándose de ornamentos de menor tamaño existía una mayor condescendencia para repetir su uso. Con todo, no podían permitirse bajo ningún concepto transmitir la penosa impresión de que la casa real tan solo disponía de un único juego de alhajas.
—Sigue viéndose demasiado austero... ¿no te parece? —murmuró Yinghua.
—Sí... —asintió Hongnyang.
Ambas damas permanecieron sumidas en un perplejo silencio. Entre tanto, la Emperatriz Gyokujou comprendía a la perfección el motivo de semejante obcecación por parte de sus sirvientas.
—La tonalidad de la seda está bien, pero le falta algún elemento de suntuosidad que atraiga la mirada de inmediato. Una gema de gran calibre, por ejemplo —sopesó la soberana.
Disponían de abundantes reservas de jade de excelente talla, mas su tono verdoso no terminaba de emparejar con la sobriedad de aquel vestido carmesí. Lo idóneo para la ocasión sería una piedra de una diafanidad superior, de esas cuya cristalina pureza parece cautivar la vista de quien la contempla.
—Tal vez un cuarzo de cristal de roca... —aventuró una de las damas.
O tal vez...
—¿Qué tal un diamante tallado en Occidente? —sugirió la soberana.
—A estas alturas será difícil procurarnos una gema de tal relieve —repuso Hongnyang—. De disponer de ella en nuestro tesoro, aún estaríamos a tiempo de apremiar a un maestro orfebre para que la engarzase a toda prisa.
Aun así, mostrándose dispuesta a agotar cualquier posibilidad, la jefa de doncellas encaminó de nuevo sus pasos hacia el vestidor. Si bien Gyokujou había destacado siempre por ser una consorte de hábitos y gustos moderados, en la actualidad ostentaba la dignidad de Emperatriz de la nación. A buen seguro debía de custodiar entre sus enseres al menos un par de cristales de roca de calidad. Sin embargo...
—Pese a todo, siento que le falta un matiz ingenioso y divertido —manifestó Gyokujou—. Ya que nos hallamos en la tesitura de diseñar el conjunto, me agradaría lucir algo verdaderamente singular.
Gyokujou asomó levemente la punta de la lengua, esbozando una traviesa sonrisa. Desde que había abandonado los confines del palacio interior para trasladarse a las dependencias del palacio exterior, su cotidianidad se había vuelto considerablemente más monótona. Si bien disfrutaba de forma plena de la crianza de sus hijos y Su Majestad se mostraba en todo momento desbordante de consideraciones hacia su posición, Gyokujou no dejaba de ser una joven dama que apenas superaba la veintena. La febril curiosidad que la había caracterizado desde su temprana juventud permanecía intacta en el fondo de su ser. Dibujando una nueva mueca de picardía, se erigió de la silla.
Acto seguido, aprovechando un fugaz descuido de sus damas, se desplazó con sigilo para agenciarse algo a escondidas. Ninguna de las dos sirvientas apercibió el rumbo de sus pasos ni la naturaleza de la pieza de la que se había incautado.
—Hongnyang, Yinghua —las requirió con voz risueña.
—¿Sí? ¿Ocurre algo? —acudieron de inmediato ambas, prestas a atenderla.
Gyokujou desplegó ante sus miradas un fino paño que envuelvía tres gemas pulidas. Se trataba de cristales de una transparencia tan excelsa que la luz las atravesaba de lado a lado sin distorsión alguna.
—¿Teníamos unos cristales de roca como estos...? —inquirió Hongnyang, frunciendo el entrecejo en un gesto de franca perplejidad.
Por el contrario, Yinghua abrió desmesuradamente los ojos, alternando una mirada de asombro entre la brillantez de las piedras y el rostro de la soberana. En el preciso instante en que Gyokujou le dirigió un cómplicé guiño de ojo, la joven doncella pareció comprender sobre la marcha la audaz maniobra que tramaba su señora. Sin que la estricta Hongnyang lo advirtiera, Yinghua respondió al gesto alzando con discreción el pulgar en señal de franca aprobación.
—Deseo que mandéis labrarlos en una pieza que guarde esta preciso diseño —dispuso Gyokujou.
La Emperatriz tomó asiento ante el escritorio y, valiéndose del pincel dispuesto sobre la mesa, trazó con pulso ágil un firme boceto. La ilustración representaba un adorno para el cabello con la fisonomía de un farolillo ceremonial, a medio camino entre la delicada estructura de un alquequenje y las linternas tradicionales de festividad. Su intención era que la estructura metálica sirviera a modo de pequeña cesta calada, de suerte que las gemas cristalinas quedaran resguardadas mas plenamente visibles en su interior. Tras consignar al margen del papel las oportunas anotaciones explicativas, hizo entrega del pliego y de los cristales a la doncella.
—Yinghua, parte sin dilación a encargar la pieza a un tallerista.
—Pero... señora Gyokujou, normalmente soy yo quien se ocupa de esta clase de encargos oficiales... —objetó Hongnyang.
La dama principal intentó recuperar las gemas que ya reposaban en manos de Yinghua, pero la Emperatriz se interpuso con presteza entre ambas.
—Por una sola vez bien puede acudir Yinghua a despachar el asunto, ¿no es así? —argumentó la soberana con voz melosa—. Estoy segura de que ella comprende a la perfección la idea que deseo ejecutar.
—Eso resulta innegable, pero... Señora Gyokujou, ¿acaso no estará tramando alguna treta... a mis espaldas? —inquirió Hongnyang, arqueando las cejas con manifiesta sospecha.
«Qué perspicaz resulta ser siempre...», caviló en su fuero interno la insigne dama. No en vano ostentaba con todo mérito el cargo de jefa de las doncellas, habiendo velado por el bienestar de Gyokujou desde que esta no era más que una tierna criatura. Sin embargo, del mismo modo que Hongnyang conocía hasta el más recóndito pensamiento de Gyokujou, la soberana también sabía de manera certera qué resortes accionar con su servidora.
—Es solo que me acongoja la idea de que continúes asumiendo todas las cargas tú sola... ¿comprendes? —murmuró Gyokujou, bajando la mirada para observarla de reojo con un gesto de calculada e inocente desvalimiento.
Tal atisbo de debilidad provocó que Hongnyang recobrase al instante su habitual semblante de inquebrantable firmeza.
—No tiene de qué preocuparse por mi persona, señora. Como su doncella principal, cumpliré con mis obligaciones tal y como corresponde a mi cometido.
—Si sigues siendo tan abnegada, temo que jamás hallarás la oportunidad de contraer matrimonio —deslizó la soberana con suave picardía.
La sola mención de aquella palabra transformó de forma drástica la tez de Hongnyang. Fue como si un rayo fulminante acabara de impactar de lleno sobre su orgullo.
—¿M-Matrimonio...? —balbuceó, mudando el color.
Hongnyang continuaba siendo una mujer indiscutiblemente hermosa y rebosante de vitalidad. Ahora bien, para los severos cánones de la época, había sobrepasado con creces la edad en que la mayoría de las damas tomaban esposo. Mientras la norma social dictaba que las mujeres formalizaran sus nupcias entre mediados de la adolescencia y los primeros años de la veintena, la abnegada servidora contaba ya con treinta y dos años de edad. A juicio de Maomao, quien poseía dilatados conocimientos en las artes de la medicina, Hongnyang se hallaba todavía en una etapa plenamente idónea para concebir descendencia sin contratiempo alguno. Sin embargo, la propia doncella comenzaba a experimentar una acuciante desazón ante el inexorable avance del tiempo.
A tal extremo alcanzaba su secreta inquietud que, en los tiempos en que aún residían en los dominios del palacio interior, atravesó una fase en la que llegó a fijar sus ojos con disimulado interés en el noble Gaoshun, aun bajo la errónea premisa de figurarse que este era un eunuco al servicio de la corte. La realidad era que Gaoshun no padecía tal condición, pero, al descubrir con amargura que ya contaba con una severa y temible esposa, Hongnyang se vio constreñida a renunciar de inmediato a cualquier remota aspiración romántica.
—Hongnyang, te obstinas en ejecutar todos los menesteres sin ayuda alguna —prosiguió Gyokujou con tono afectuoso—. Si esto se prolonga, llegará un día en que yo sea absolutamente incapaz de valerme sin ti. Deberías, al menos, comenzar a delegar parte de las tareas entre el resto de las doncellas.
Hongnyang hacía gala de una competencia tan extraordinaria que no resultaba extraño que ningún varón se atreviera a cortejarla. Cuando Gyokujou ingresó en el recinto palaciego a la temprana edad de quince años, Hongnyang la acompañó fielmente. Para adentrarse en los intrincados dominios del palacio interior, un territorio que en múltiples aspectos constituía una auténtica guarida de demonios y conspiraciones, resultaba imprescindible contar con el amparo de una doncella dotada de una capacidad fuera de lo común. Por aquel entonces la comitiva integraba a varias sirvientas de mayor experiencia; no obstante, a medida que Gyokujou se erigía en una de las consortes predilectas de Su Majestad y se transformaba en blanco de siniestras tentativas, aquellas mujeres fueron retornando a sus comarcas de origen una tras otra. Algunas alegaron el firme propósito de contraer matrimonio, mientras que otras cayeron gravemente enfermas tras desempeñarse como sacrificadas catadoras de veneno.
Al término de tan cruenta criba, únicamente permanecieron a su lado la incombustible Hongnyang y tres jóvenes doncellas, entre las que se contaba Yinghua, quienes por aquel entonces resultaban en exceso inexpertas para las intrigas de la corte. Hongnyang había transitado todos aquellos años albergando la férrea convicción de que debía sostener sobre sus propios hombros la entera responsabilidad del Pabellón de Jade.
Cuando nació la princesa Lingli, contrataron de forma temporal a una nodriza para su crianza. Sin embargo, Gyokujou, quien se había criado en la libertad de las tierras desérticas de Seito, recelaba de cualquier persona cuyos antecedentes no le constaran con absoluta claridad. Por ello, incapaz de distinguir quién constituía un aliado y quién un enemigo, prefirió abstenerse de incorporar nuevas doncellas a su servicio personal.
Y fue precisamente en esa coyuntura cuando apareció Maomao. «Qué divertidos eran aquellos tiempos en que esa muchacha residía entre nosotras...», rememoró en su fuero interno.
Estuvo a punto de dejarse llevar por el dulce torbellino de la nostalgia, mas se advirtió de inmediato que no disponía de margen para tales ensoñaciones. Si anhelaba continuar entreteniéndose con sus pequeñas tretas, precisaba embaucar a Hongnyang a toda costa.
—Mi señor padre también sacó a relucir el asunto tiempo atrás —reveló la soberana con voz pausada—. Manifestó que, llegado el momento oportuno, tendría que encontrarte un prometido digno.
—¿El señor Gyokuen...? —inquirió Hongnyang, visiblemente conmovida.
Y no era mentira. Lo que su padre había expresado en verdad era: «Los hijos de Hongnyang, ya sean varones o mujeres, a buen seguro resultarán excepcionales». Si bien resultaba extemporáneo para que los descendientes de la doncella pudieran criarse junto a los propios hijos de Gyokujou a modo de hermanos de leche, el patriarca albergaba la plena certidumbre de que servirían con intachable lealtad a los intereses de la estirpe.
—En la actualidad, las circunstancias han mudado respecto al pasado —continuó Gyokujou—. Contamos con un contingente más nutrido de doncellas. No media razón para que persistas en sostener la totalidad de las cargas sobre tus únicos hombros.
Con motivo del advenimiento del augusto heredero del Palacio del Este, tres doncellas de la máxima confianza habían sido enviadas desde su comarca natal. Por añadidura, tras su elevación a la dignidad de Emperatriz, su séquito personal se había incrementado de manera considerable.
—Comprendo que te preocupe —prosiguió la soberana—. Aun cuando este recinto difiera de los dominios del palacio interior, el entorno palaciego no deja de ser un cruento campo de batalla encubierto entre mujeres, donde jamás se atina a prever la siguiente conspiración. Sin embargo, ya no te hallas desamparada. Deseo de todo corazón que comiences a vislumbrar tu propio porvenir y te permitas vivir para ti misma.
Gyokujou llegó a admirarse en silencio de la insuperable elocuencia que impregnaba sus palabras. Quizá fuera precisamente esa prodigiosa aptitud para la persuasión la que le había permitido salir indemne de un escenario de intrigas tan despiadado.
Un leve cerco de humedad comenzó a empañar la mirada de Hongnyang.
—Señora Gyokujou... Desconocía que albergara tanta preocupación hacia mi humilde persona... He comprendido su lección. De inmediato me encargaré de requerir la presencia de Ailan y Guiyua. Preciso verificar hasta qué punto me resulta factible delegar en ellas parte de mis obligaciones.
La jefa de las doncellas recobró el brío al instante y abandonó la estancia a paso raudo. El perfil de su rostro lucía encendido en un vivo rubor, semejante al de una joven doncella arrebatada por la ilusión del amor.
—...
Cuando por fin la soledad reinó en los aposentos, Gyokujou se aproximó de nuevo al escritorio y tomó el pincel de caligrafía. A esas alturas de la confidencia, ya no le resultaba lícito desestimar el asunto argumentando que todo había constituido una simple broma. Resolvió, pues, redactar una misiva dirigida a Gyokuen, quien se hallaba a la sazón en la capital imperial, para encomendarle la búsqueda formal de un candidato idóneo que tomara a Hongnyang por esposa.
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