
—A buen seguro que le resultará del todo imposible —sentenció con una sutil sonrisa de superioridad—. A menos que logre arrancarme una sola victoria, me temo que carece de la más mínima esperanza, señor Jinshi.
Quien se expresaba de este modo no era otro que el preceptor de Go del Emperador, el insigne individuo a quien llamaban Kisei. Aquel hombre de mediana edad y de semblante indescifrable hizo restallar una piedra blanca con un chasquido seco sobre la superficie del tablero.
—¡Ugh...!
A Jinshi no le quedó más remedio que encajar el golpe táctico sin posibilidad de réplica.
Era un amargo diagnóstico sobre sus aptitudes que ya tenía más que asumido. Al parecer, su propia naturaleza adolecía de lo que bien pudiera calificarse como la maldición del «quien mucho abarca, poco aprieta» o la del «aprendiz de mucho, maestro de nada». Jinshi poseía la envidiable facultad natural de desenvolverse con soltura e inteligencia en casi cualquier disciplina, pero dicha destreza apenas aventajaba en una modesta pizca a la capacidad del común de los mortales. No descollaba de forma sublime en ninguna de ellas. Por más que los cortesanos lo tildaran complacientemente de alumno aventajado, jamás alcanzaría la consideración ni el brillo irrestricto de un auténtico genio.
Con todo, tratándose de un objetivo de tal magnitud, siempre resultaba preferible intentarlo con todas sus fuerzas que cruzarse de brazos a esperar el fracaso.
—Ha asimilado las jugadas y aperturas clásicas a la perfección —explicó Kisei, analizando las piezas—. No obstante, en cuanto se aparta de los cánones y manuales establecidos, sus concepciones tácticas no trascienden el umbral de la mediocridad, y le asalta una inmediata zozobra al confrontar movimientos inéditos por parte del rival.
—Desde luego, no se anda con rodeos, maestro... —comentó Jinshi con un suspiro.
—¿Acaso no me ha manifestado usted mismo que tal era su deseo? —repuso el erudito sin inmutarse.
Kisei se llevó a la boca un suculento bollo al vapor de los que tan amablemente había dispuesto la anciana Suiren a un lado de la mesa. Aunque semejante estampa de voracidad pudiera antojarse a primera vista reñida con su refinado y distinguido porte, por lo visto, constituía una práctica de lo más habitual entre los jugadores profesionales de Go entregarse al consumo constante de viandas azucaradas. El esfuerzo y la actividad mental intensa despertaban un apetito insaciable por los carbohidratos. ¿Sería esa también la razón soterrada por la cual cierto estratega con aires de grandeza tampoco hacía más que devorar dulces durante sus reflexiones?
Desde que obtuvo la gracia y la aquiescencia formal del Emperador para disponer en privado de los servicios de Kisei como tutor unos días atrás, Jinshi se había consagrado a disputar partidas de entrenamiento de manera casi ininterrumpida al término de sus extenuantes obligaciones.
«Carece por completo de talento innato para la estrategia».
«Sus movimientos resultan en exceso elementales y predecibles».
«Es el aburrido planteamiento propio de un alumno modélico sin criterio propio».
Le había llovido una ingente y demoledora cantidad de reproches por parte del maestro. Si bien el propio Jinshi le había instado solemnemente a no mostrar clemencia de ningún tipo hacia su posición imperial, lo cierto era que el viejo preceptor no se había guardado el menor miramiento al evaluar sus fallos.
Al inquirirle en una ocasión si empleaba tan implacable severidad con otros contrincantes de la nobleza, la respuesta de Kisei fue de una franqueza desarmante: «Me lo reservo únicamente para aquellos de quienes tengo la certeza absoluta de que no me impondrán un castigo o la pena capital por ello».
—Albergando tal tesitura y fragilidad, ¿estima acaso que podrá alzaros con la victoria final frente a ese excéntrico comandante? —preguntó Kisei con mirada escrutadora.
El anciano demostraba poseer también una notable y pulida destreza para espolear el orgullo del joven noble. Jinshi sostuvo una piedra negra entre la yema de sus dedos y, debatiéndose internamente en la más profunda incertidumbre sobre cuál sería la resolución tácticamente correcta, la depositó con cautela sobre la madera del tablero.
La razón por la cual estaba recibiendo tal magisterio de Kisei se debía a que este era el único individuo sobre la faz de tierra capaz de derrotar con constancia al maníaco, es decir, al incombustible estratega Lakan.
—¿No le acabo de manifestar con total franqueza que le resultará imposible alzarse con la victoria? —insistió el anciano preceptor—. En efecto, le reafirmo que no podrá ganar por medios ordinarios. La naturaleza de su juego, señor de la luna, es en exceso recta e instruida. Diríase que peca de una honestidad e inexperiencia absolutas sobre la madera.
—Aun así, busco con denuedo la forma de hallar el modo de vencer —repuso Jinshi con inquebrantable determinación.
—Yo mismo he comparecido aquí con el firme propósito de instruirle en el arte del Go —prosiguió Kisei, acomodándose en la silla—. No obstante, una victoria limpia lograda únicamente por sus propios medios tácticos es del todo inviable.
Kisei dio buena cuenta de otro jugoso bollo al vapor de la bandeja.
—Me basta con disponer de una probabilidad entre cien —insistió el noble—. Le ruego que haga el favor de capacitarme para la victoria a cualquier precio.
—Incluso para alguien como yo, doblegar al señor Lakan cuando se halla en la plena plenitud de sus facultades es una empresa cuyas probabilidades de éxito no alcanzan la mitad de las ocasiones. Y ello aun cuando yo mismo me encuentre en perfectas condiciones de concentración y estado físico.
—No alcanzo a comprender el sentido de sus palabras...
Se suponía que Kisei aventajaba en maestría a Lakan; de ahí que las autoridades de la corte le hubieran conferido el augusto título de preceptor imperial.
—No es un concepto tan difícil de aprehender —aclaró Kisei, haciendo una pausa reflexiva—. Señor de la luna, si usted se viera en la drástica tesitura de confrontar a un oso salvaje en solitario y desprovisto de todo tipo de armas, ¿estima que podría prevalecer en el combate?
—No, es de cajón que resultaría imposible sobrevivir —admitió Jinshi.
—¿Y si se tratara de un lobo hambriento?
—Según el cariz que tomaran las circunstancias del terreno... acaso mediara alguna opción de salir con vida, pero parece una empresa en extremo compleja.
—¿Y ante un can de presa?
—Sí, entonces estimo que sí; me las podría apañar para salir airoso.
Tales eran las nociones tácticas de supervivencia que le habían infundido los instructores militares durante sus jornadas de caza en las montañas. El ser humano, a despecho de su porte o envergadura, resultaba ser en el fondo una criatura anatómica de lo más vulnerable. Solo lograba prevalecer sobre las fieras mediante el ingenio y el uso de herramientas: armaduras, armas y escudos. Desprovisto de ellas, mediaría una paridad absoluta a la hora de dirimir la victoria incluso frente a la ferocidad de un simple can.
—¿De qué elementos cree que debería disponer en tal caso para alzarse con el triunfo? —inquirió el sabio.
Kisei depositó una nueva pieza sobre el tablero. Aquel movimiento, que parecía desentrañar a la perfección las intenciones de Jinshi, le arrancó a este un nuevo gemido de frustración.
—De no mediar lesión física alguna, desearía disponer preferentemente de una ballesta, si bien ante la agilidad de la fiera se antoja improbable que lograra hacer blanco a la primera. Con todo, preferiría una espada de buen acero con cuyo manejo estuviera bien familiarizado. O en su defecto, una daga afilada y una greba resistente para salvaguardar el antebrazo de las dentelladas.
De hallarse en un espacio angosto y cerrado, a Jinshi le resultaba factible presentar batalla y someter a la bestia con una espada. En campo abierto, sin embargo, la empresa se tornaría trágicamente compleja. Lo propio y tácticamente correcto sería conducir astutamente al can hacia un terreno escabroso donde su agilidad se viera mermada y, en el preciso instante en que la fiera hiciera presa con sus fauces en la protección del brazo, arremeter sin piedad contra su cuello expuesto.
—A despecho de su refinado porte, diríase que muestra una marcada predilección por los métodos más rudimentarios de la guerra —comentó Kisei con una sutil e irónica sonrisa.
—N-No es que sean de mi agrado semejantes salvajismos... —repuso Jinshi, con leve embarazo—. Simplemente acontece que no poseo una genialidad innata con el acero que me permita vencer sin sufrimiento.
«De tratarse de Bashin, a buen seguro que se desenvolvería con mayor soltura. Aquel sujeto bien pudiera ser capaz de medirse cuerpo a cuerpo incluso con un oso de las cavernas», caviló Jinshi para sus adentros al recordar a su fiel guardia personal.
—Vaya. En tal caso, me resultará considerablemente más sencillo instruirle en el refinado arte de las estratagemas secretas —comentó Kisei con complacencia.
—¿Estratagemas? —inquirió Jinshi, frunciendo el ceño—. ¿A qué clase de maniobras se refiere?
—¡Oh! Nada que deba alarmarle en absoluto. Simplemente me limitaré a esclarecer las condiciones ambientales y psicológicas idóneas que le facilitarían la victoria frente al señor Lakan. No incurriremos en vulneración alguna de las ordenanzas del torneo ni del Imperio. A fin de cuentas, se trata de una contienda que se dirime estrictamente conforme a la legalidad, más allá de los límites físicos del tablero.
La amplia y perspicaz sonrisa que esbozó Kisei en ese instante distaba sobremanera de la habitual estampa de hombre de letras refinado y apacible que solía exhibir en sus paseos cotidianos por la capital.
—...
Jinshi tragó saliva sonoramente.
—Si este recurso no surte el efecto deseado durante la partida, puede dar por sentado que jamás logrará derrotar al señor Lakan en toda su existencia —aseveró Kisei con absoluta y tajante determinación.
—H-He... perdido —murmuró Jinshi con la voz quebrada por la conmoción.
Por más que contara una y otra vez con desesperada minucia los territorios consolidados sobre el tablero y la suma de las piezas capturadas, sus dominios jamás llegarían a superar en extensión a los de las piedras blancas de su rival. Apenas había dos intersecciones de diferencia entre ambos al término del recuento. Con todo, esas dos diminutas casillas representaban una distancia abismal e insuperable.
¿Cuánta ventaja le habría sacado durante el ecuador de la contienda? os dominios del joven noble habían quedado tan firmemente consolidados en la fase previa que se antojaba una empresa utópica que nadie pudiera revertir la situación. Y ello cobra mayor gravedad si se considera que Jinshi, con posterioridad a aquella reanudación, no había ejecutado un solo movimiento que pudiera tildarse de craso error o descuido táctico. Aun así, aquel excéntrico caballero que en estos precisos instantes devoraba ruidosamente los dulces horneados de la mesa había recortado la brecha con una celeridad pasmosa y casi sobrenatural.
En las inmediaciones del cenador se hallaban apostados Bashin y unos cuantos custodios de la guardia personal de Jinshi.
Transcurridos apenas unos días desde la brusca suspensión del certamen de Go, mientras el noble se consagrababa con celo a sus agobiantes obligaciones en el despacho, el estratega del monóculo se personó allí de manera imprevista y avasalladora.
—Retomemos lo pendiente —le propuso sin preámbulos.
Lejos de hallarse desatendiendo sus tareas de gobierno, la irrupción coincidía precisamente con su receso para el almuerzo.
Sin dilación, los sirvientes dispusieron el tablero de madera y las piezas de Go en una glorieta del jardín sumamente próxima al despacho administrativo. Se hallaban colocados en la misma y exacta disposición táctica en la que habían quedado registrados al interrumpirse el torneo la jornada precedente.
Una nutrida concurrencia contemplaba la escena guardando una prudente distancia. No mediaba pretexto alguno para que Jinshi pudiera declinar la invitación al duelo. Entre los congregados a la expectativa, las emociones resultaban de lo más dispares y atravesaban por igual a damas de palacio, funcionarios y guardias; sin distinción alguna de género o estamento. El público se dividía entre quienes contemplaban deleitados la majestuosa y sublime presencia de Jinshi, llegando algunos al extremo de sufrir un leve síncope por la emoción contenida, y entre quienes observaban con manifiesto rictus de asco y prevención la desagradable e inquietante presencia del mariscal innombrable.
Desde aquel día, Jinshi había elucubrado en no pocas noches en vela de qué manera incrementar aún más la brecha sobre el tablero para alzarse con un triunfo definitivo. Albergaba la firme convicción de que, partiendo con tan apabullante ventaja a su favor, resultaría técnicamente inviable cosechar una derrota.
—Es del todo inconcebible... —Bashin prorrumpió a su espalda en una exclamación de absoluto asombro.
Inconcebible; esa era, a ciencia cierta, la palabra exacta para definir lo sucedido. ¿Qué clase de mente prodigiosa poseía aquel individuo? «Jamás logrará derrotar al señor Lakan en toda su existencia...», Jinshi rememoró con amargura las proféticas palabras del maestro Kisei. ¿Por qué razón el preceptor imperial habría asimilado a su temible contrincante con una fiera salvaje en lugar de con un simple ser humano?
En ese instante, Jinshi se vio asaltado por un amargo arrepentimiento. Lakan no guardaba semejanza ni con un oso, ni con un lobo, ni con un can de presa. Simplemente Jinshi no había alcanzado a comprender a tiempo que Lakan constituía una criatura monstruosa y genial por derecho propio. Aquel hombre, que se recolocaba con parsimonia el monóculo mientras ingería el zumo de frutas a grandes tragos, exhibía en ese momento un semblante plenamente restablecido y rebosante de vitalidad. Había subsanado por completo su severa falta de sueño y ya no restaba en él la menor huella del agotamiento físico derivado de las contiendas sucesivas del torneo. Ni los refrigerios ni los dulces servidos hoy albergaban el menor contenido alcohólico en su preparación, por lo que el estratega lucía un rostro de lo más lúcido y triunfante.
Le embargaba una profunda sensación de miseria. A pesar de haber recurrido a tretas tan sibilinas como aprovechar el cansancio y el sopor del rival, haber terminado cosechando una derrota al fin y al cabo... No disponía de margen para salvaguardar las apariencias, pero el desenlace resultaba en exceso bochornoso. De no mediar la multitudinaria presencia del público en los alrededores de la glorieta, habría desplomado el rostro sobre el tablero en ese mismo instante para dar rienda suelta a sus lamentos.
El exiguo orgullo que aún conservaba le impelió a componer una fachada de elegante distinción. Al menos cabía reconocerle el mérito de poseer una templanza inquebrantable, forjada a fuego durante sus días de intrigas en el palacio interior. Debía alzar la mirada. Debía conducirse bajo la apariencia de haber recibido una lección magistral que justificara con decoro su derrota.
En el preciso momento en que se disponía a levantar el rostro con parsimonia, divisó la yema de unos dedos curtidos sobre las intersecciones del tablero de Go.
—Este movimiento en el tramo final... Si hubiera jugado aquí así, las cosas habrían cambiado radicalmente a su favor.
Era la voz inconfundible de Lakan.
—...
Jinshi alzó la mirada con cautela. El excéntrico estratega se acariciaba la barba descuidada mientras ofrecía indicaciones técnicas con la yema del dedo sobre la madera.
—Aquí, de este modo. De haberlo hecho así, las blancas habrían quedado acorraladas, y entonces...
Hablaba entre dientes con un tono musitado y difícil de precisar, pero a todas luces estaba desgranando una minuciosa explicación táctica de la partida.
—¡¿El comandante participando por iniciativa propia en una sesión de análisis postpartida?!
Quien exhibía semejante rostro de absoluta perplejidad era el propio asistente personal de Lakan, acostumbrado a ver a su superior marcharse de inmediato tras cada encuentro.
—¿Qué es una sesión de análisis? —inquirió un soldado en voz baja.
Al escuchar aquello, la nutrida concurrencia en las inmediaciones comenzó a agitarse con cuchicheos llenos de asombro.
—Por norma general, mi padre adoptivo jamás se presta a realizar una sesión de análisis de sus jugadas con ningún rival —apuntó Lahan, quien había hecho acto de presencia surgido casi de la nada—. Ello constituye una prueba inequívoca de que le profesa una altísima consideración, señor de la luna.
A buen seguro que el contable se habría personado allí a toda prisa al tener oportuna constancia de que se reanudaba la partida de Go en el jardín. Presentaba aún una respiración ligeramente agitada por la carrera. Hizo hincapié de forma deliberada y astuta en el término «consideración» para halagar al noble.
El público circundante prorrumpió en un mar de murmullos de admiración.
—A decir verdad, me pregunto por qué razón ejecutaría yo ese movimiento tan defectuoso en semejante instante de la contienda. Mhm... —murmuró el estratega.
A despecho de llamarlo una lección o sesión de análisis, el excéntrico parecía en realidad entregado a un febril examen de conciencia en solitario. Por lo visto, aludía a aquel consabido paso en falso que había permitido a Jinshi tomar ventaja en el torneo, si bien el propio Lakan parecía ahora incapaz de aprehender las razones emocionales que le impulsaron a jugar dicha pieza errónea. A pesar de que durante el certamen debió de hallarse sumido en la más absoluta ebriedad a causa del letargo, el cansancio acumulado y el alcohol, conservaba intacto en la memoria el orden numérico y exacto de cada uno de los movimientos ejecutados sobre la mesa.
A Jinshi no le quedó más alternativa que esbozar una sutil sonrisa de resignación.
—Sea como sea, debo admitir que la contienda ha resultado de todo mi agrado... —declaró Lakan con tono campechano—. Desconozco cuál era su propósito original al enfrentarme, mas los astutos subterfugios que ha empleado para arrinconarme han sido verdaderamente regocijantes.
Dichas estas palabras, el excéntrico se aproximó a Jinshi con cansina parsimonia. Dejando la disposición de la partida tal y como se encontraba sobre la mesa de la glorieta, se batió en retirada hacia los jardines mientras balanceaba entre los dedos un frasco de licor recien obtenido.
Jinshi no pudo sino permanecer en su sitio, mudo y estupefacto ante tan intempestiva despedida. La animada concurrencia que se había congregado a presenciar el duelo comenzó a dispersarse paulatinamente en diversas direcciones por el recinto. Bien es cierto que entre el público no faltaban funcionarios o damas con la viva intención de aproximarse a Jinshi a prestarle consuelo o pleitesía, pero Bashin y el resto de los custodios imperiales mantuvieron una estricta y disuasoria vigilancia con la mirada para impedir el paso a cualquiera.
Únicamente Lahan, haciendo gala de una actitud de lo más desenvuelta, se plantó ante el noble sin pedir permiso. Aun exhibiendo en el rostro una marcada mueca de fastidio ante la impunidad del contable, Bashin toleró a regañadientes su presencia. Raras veces se los había visto a ambos sostener conversación alguna, por lo que su afinidad personal no debía de ser en absoluto muy encomiable.
—Lamento profundamente que mis capacidades no hayan estado a la altura para otorgarle la victoria, señor de la luna —dijo Lahan con sobria inclinación—. Con todo, a juzgar por sus palabras finales, diríase que mi extravagante padre adoptivo ha quedado sumamente complacido con el encuentro.
—¿Complacido...? ¿Con semejante estrategia tan rudimentaria como la que intenté? —inquirió Jinshi.
«¿Acaso se está mofando de mi fracaso en mi propia cara?», pensó el joven noble para sus adentros, al tiempo que los ángulos de sus labios se contraían en una involuntaria mueca de amarga ironía.
—En absoluto. El procedimiento táctico que empleó le es del todo indiferente a ese hombre —explicó Lahan con ecuanimidad—. Si un individuo de su naturaleza, tan impredecible como genial, dictamina que una empresa resulta de su agrado, es que verdaderamente lo es, sin trampa ni fingimiento.
A decir verdad, resultaba un concepto psicológico difícil de comprender para una mente convencional. A saber si la perspicacia de Lahan para desentrañar las intenciones del estratega se debía a los estrechos lazos de sangre o a esa sutil suerte de sintonía que se establece únicamente entre aquellos elegidos que poseen un talento intelectual excepcional. El tono analítico de su voz denotaba que el contable comprendía realidades complejas que resultaban por completo ajenas al entendimiento de Jinshi.
Llegados a este punto de la conversación, el noble resolvió verbalizar por fin una duda de fondo que le reconcomía el espíritu desde el inicio del torneo.
—Me pregunto por qué razón albergaba el señor Lakan el propósito de organizar un certamen público de Go de semejante magnitud, en primer lugar —inquirió Jinshi—. A decir verdad, siempre me pareció el tipo de individuo propenso a disputar partidas en la sombra a su entero antojo y conveniencia, sin que las consideraciones pecuniarias o el dinero de las inscripciones hicieran la menor mella en su ánimo.
—En efecto, no le falta a vuestra excelencia la menor razón en su apreciación —asintió Lahan con una sonrisa calculadora—. De haber dependido la iniciativa única y exclusivamente del temperamento de mi padre adoptivo, a buen seguro que jamás se habría tomado la molestia de convocar a nadie y así habrían acontecido las cosas.
Lahan extrajo con parsimonia un volumen encuadernado del interior de su vestidura. Se trataba del aclamado libro de Go cuya reciente publicación había contribuido a forjar la arrolladora tendencia y el entusiasmo actual por este juego en la capital.
—La gran mayoría de los registros de partidas que se compilan en esta obra corresponden a las contiendas que disputaron mi padre adoptivo y cierta insigne dama en sus años de juventud —explicó Lahan, ojeando las páginas—. Los registros tácticos de hace más de dos décadas permanecen aún indelebles en la prodigiosa memoria del comandante. Y ello resulta insólito, a pesar de tratarse de un hombre habitualmente despistado e incapaz de rememorar con quién se entrevistó en palacio la jornada precedente. Ello constituye una prueba de que tales lances representan algo insustituible para él, una suerte de vestigio de un pasado añorado que ya jamás experimentará incremento.
—Ah... —exhaló el noble.
Jinshi tenía una noción de lo más clara de a qué dama se refería el contable con semejante nostalgia. Con toda certeza, debía de tratarse de la trágica cortesana de alto rango de la Casa Verdigris, la mujer que trajo al mundo a la propia Maomao.
—Esa persona ya no se encuentra entre nosotros —continuó Lahan con tono pausado—. Mi padre adoptivo es plenamente consciente de tan dura realidad. No obstante, basándose en los registros pretéritos que guardan aquellas legendarias partidas, acaso albergue la recóndita esperanza de que irrumpa en el mundo un nuevo talento capaz de desplegar un juego tan genial y brillante como el de ella.
—¿Acaso anhela recuperar el pasado...? —inquirió Jinshi, escrutando la mirada de su interlocutor.
—No exactamente. Más bien diríase que ansía constatar la existencia de un legado o vínculo que trascienda hacia el porvenir a través del tablero —reflexionó Lahan—. Aunque, bien pensado, dudo mucho que mi padre adoptivo se entregue conscientemente a reflexiones de tanto calado.
Sintiéndose de pronto asaltado por la incertidumbre de si estaba divagando en exceso, Lahan se rascó la nuca.
—Con todo... Ya que se ha prestado de forma tan excepcional a ello en la presente partida con usted, bien podría dispensar idéntica sesión de análisis postpartida al resto de los contrincantes del torneo. De lo contrario, si los participantes interesados demandan indignados el reembolso de los abultados estipendios pagados en concepto de magisterio, seré yo quien se vea en un serio y desastroso aprieto financiero.
—¿A qué te refieres con lo del magisterio? —preguntó Jinshi, frunciendo el ceño.
Tenía entendido, en efecto, que en las bases del evento mediaba la posibilidad de disputar una partida de exhibición con el propio Lakan mediante el abono previo de una elevada tarifa de inscripción. Dichos encuentros debían de haber quedado pospuestos temporalmente a causa de la repentina interrupción.
—Durante las jornadas precedentes al día de hoy, prioricé en la agenda la celebración de tales sesiones de magisterio retribuidas —aclaró Lahan con evidente fatiga—. Vaya que sí, conciliar las fechas y las horas exactas de todos los nobles supuso una empresa de lo más ardua. Hasta hace escasos momentos, el comandante se hallaba disputando una partida privada con otro contrincante y, cuando de súbito me percaté de su imprevista ausencia, resultó que se había encaminado a paso firme hacia este cenador.
Si bien Lahan se había presentado allí con la respiración entrecortada y el rostro sudoroso, la apresurada búsqueda de su escabullido padre adoptivo era el verdadero motivo de su agitación.
—Por mi parte, desearía formular una pregunta —intervino Lahan, ajustándose el monóculo con gesto analítico.
—Adelante —consintió Jinshi.
—¿Acaso las directrices que puso en práctica le fueron infundidas por el maestro Kisei?
No mediaba tono de duda ni signo de interrogación real en sus palabras. Habiendo estado presente en el transcurso de las fases del certamen, resultaba evidente que el astuto contable lo había desentrañado todo por su cuenta.
—Gocé del privilegio de recibir sus lecciones tras obtener la aquiescencia de Su Majestad para disponer formalmente de su tiempo —admitió Jinshi.
—Comprendo, en tal caso, la situación cobra sentido —asintió Lahan con una sonrisa—. En las contiendas históricas frente a Kisei, mi padre adoptivo siempre se quejaba amargamente de que durante los encuentros únicamente se disponían aperitivos excesivamente picantes para su consumo.
—Ya veo... —murmuró Jinshi.
A la vista de todos estaba que la previa afirmación del maestro Kisei, acerca de no albergar la menor intención de medir sus fuerzas con un oso a mano limpia y de preferir usar el entorno a su favor, era del todo fidedigna.
—Por consiguiente, estimo que va siendo hora de retirarme a mis obligaciones administrativas, mas antes de proceder... —Lahan inspeccionó los alrededores de la glorieta por un instante de forma sutil—. Entre la concurrencia que se congregó con anterioridad, se hallaban un par de individuos pertenecientes a cierta facción política oportunista. Es muy factible que su proceder experimente una mutación en lo sucesivo tras presenciar la benevolencia de mi padre hacia vos. Y un detalle más... —Los finos labios de Lahan se contrajeron en una pícara sonrisa—. Los dulces horneados que se servieron la jornada precedente resultaron del absoluto agrado de mi padre adoptivo. Ha manifestado su expreso deseo de conocer la receta exacta y el método de elaboración. ¡Ah! Y, a ser posible, exige que los bocados carezcan de contenido alcohólico.
Tras pronunciar aquellas últimas palabras en un susurro conspirativo, aquel hombre de menuda estatura y temperamento no menos excéntrico que su progenitor se batió en rápida retirada.
—Diríase que ha sostenido una deliberación un tanto prolongada con ese sujeto, señor. ¿Ha acontecido algo de relevancia? —inquirió una voz a su espalda.
Bashin se aproximó para consultar al respecto, exhibiendo en el rostro un semblante ligeramente contrariado por haber tenido que tolerar la presencia del contable.
—En absoluto. Simplemente se trataba de una conversación cotidiana y trivial —respondió el noble con serenidad—. ¿Tendrías la amabilidad de instruir de inmediato a Suiren para que consigne por escrito el método de preparación de esos dulces horneados?
—Sí, de acuerdo. Así lo haré, pero... —vaciló el guardia.
—Procura recalcarle que la receta debe carecer por completo de contenido alcohólico. ¿Ha quedado claro? —remarcó Jinshi.
—Entendido, mi señor.
Bashin ladeó la cabeza denotando cierta extrañeza ante el encargo, al tiempo que apretaba el paso para seguir de cerca los tranquilos pasos de Jinshi de regreso a su despacho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario