07/08/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 12




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 12
Torneo de Go - Día 2 (parte I)

«Quiero irme a casa...», pensó Maomao hastiada mientras mezclaba meticulosamente una medida de miel y una pizca de sal en un recipiente con agua.

El emplazamiento en el que se encontraba era exactamente el mismo que el de la víspera anterior: el populoso recinto del torneo de Go. Permanecía relegada en un rincón del edificio del teatro, consagrada en cuerpo y alma a la preparación de bebidas reconstituyentes para los fatigados competidores. Ayer le había tocado cumplir con su turno de guardia en la corte, y hoy, que figuraba oficialmente libre de servicio, tendría que haber estado holgazaneando plácidamente en sus aposentos. Sin embargo, por azares del destino, se encontraba de nuevo atrapada en semejante lugar...

Yao y Enen también estaban presentes en la plaza, pero, según le manifestaron al llegar, habían acudido por mandato directo del doctor Liu, exactamente igual que le había ocurrido a ella el día anterior. Dado el desmedido afecto e interés que Enen profesaba por el juego del Go, la diligente sirvienta desempeñaba sus funciones de asistencia con un semblante de lo más regocijado.

A Maomao le habría encantado permanecer al aire libre en compañía de ambas, pero su viejo le había espetado un determinante y paternal: «Tú te vienes conmigo adentro», confinándola sin remedio en el interior del teatro.

El motivo de semejante encierro huelga decirlo. Maomao no guardaba el menor deseo de rememorar lo acontecido cuando la trajeron al lugar el día anterior. Baste con señalar que, como de costumbre, aquel majadero tuerto de su padre biológico armó un revuelo monumental en cuanto vio a la boticaria. Vociferó a más no poder ante la muchedumbre y el propio viejo Luomen tuvo que intervenir para apaciguarlo con severidad.

En el interior del espacioso teatro se alineaban numerosos tableros de Go de madera sobre los tapices. En la amplia zona del patio de butacas disputaban sus partidas aquellos jugadores que se habían alzado victoriosos en los encuentros preliminares del exterior. Aquellos que lograban encadenar más triunfos consecutivos ascendían con honores al escenario principal.

En la jornada de ayer apenas unos pocos elegidos de gran nivel habían logrado promocionar hasta las tablas del escenario, por lo que las partidas contra el estratega excéntrico se habían desarrollado en la sobria modalidad de uno contra uno. Hoy, en cambio, el número de clasificados procedentes de la plaza había aumentado considerablemente, y en estos precisos instantes el excéntrico Lakan se medía simultáneamente contra tres aguerridos adversarios a la vez.

Cualquiera se preguntaría si la mente de un hombre maduro no terminaría con las ideas del todo atrofiadas ante semejante exigencia intelectual, pero, por más que le pesara admitirlo a Maomao, en esos menesteres del cálculo analítico aquel sujeto demostraba ser un genio incontestable a pesar de su flagrante excentricidad. Aunque resultaba un inútil incapaz de desenvolverse con normalidad en los asuntos más elementales de la vida cotidiana, sus contrincantes, uno tras otro, inclinaban la cabeza en señal de derrota y se retiraban del tablero apesadumbrados.

De vez en cuando, el estratega dirigía la mirada hacia la posición de la boticaria en el rincón y la saludaba efusivamente agitando la mano con torpeza. Maomao optaba por ignorarlo por completo, volviéndole la espalda.

—Maomao, ¿ya está listo el brebaje? —inquirió Yao, aproximándose a la mesa portando una gran tetera de cerámica.

—Sí, la mezcla ya está a punto —respondió la boticaria con voz neutra—. Los frutos cítricos para el sabor están a punto de agotarse en la cesta, de modo que precisaría un suministro adicional si queremos continuar.

Maomao vertió con un flujo constante y pausado la bebida reconstituyente de agua con sal y miel que acababa de preparar en el interior de la tetera que le sostenía su compañera.

—Entendido, iré a por ellos —asintió Yao.

—Y otra cosa más... —añadió la boticaria antes de que su compañera se diera la vuelta.

—¿Qué sucede?

—¿No te importaría que intercambiáramos nuestros puestos? —propuso Maomao.

Le parecía mal que solo ella permaneciera a cubierto a la sombra del teatro, mientras Yao y Enen no dejaban de correr fatigosamente de un lado a otro por el bullicioso exterior.

—Ah, no te preocupes. No pasa nada —respondió Yao, dándose una palmadita en su generoso busto, como indicándole que no se apurara por ellas y que lo dejara todo con confianza en sus manos.

—Más bien, ¿va todo bien con el reabastecimiento de los dulces? —inquirió Yao.

Aparte de realizar constantes rondas de vigilancia preventiva para evitar que los asistentes sufrieran desmayos por insolación o agotamiento, las jóvenes se dedicaban a repartir refrigerios entre los jugadores. Al parecer, la degustación de dichos manjares venía incluida de antemano en el precio de la entrada e inscripción del torneo.

—Me temo que no tardarán en escasear al ritmo que consumen —advirtió Maomao.

La boticaria dirigió una mirada furtiva e inquisitiva hacia el escenario donde jugaba el excéntrico. A su lado, sobre una mesa auxiliar, se erigía una impresionante y desmesurada montaña de pasteles de luna y bollos al vapor recién horneados.

Por lo visto, la práctica de los juegos de mesa de estrategia requería de un notable esfuerzo mental y desgaste de glucosa que despertaba un voraz apetito por los sabores dulces. Semejante demanda parecía ser el motivo principal por el cual la organización distribuía estos refrigerios, pero una estratagema comercial de tal naturaleza solo podía ser obra del calculador Lahan.

Tanto el denso relleno de los bollos al vapor como el de los crujientes pasteles de luna contenían como ingrediente principal la batata. A buen seguro que aquel habilidoso contable pretendía promocionar a gran escala en la capital la batata, un tubérculo recién introducido que todavía apenas circulaba por los mercados imperiales. Dado el dulzor natural de la raíz, que permitía reducir drásticamente la cantidad de refinado y costoso azúcar necesario para la masa, los costes de elaboración de los ingredientes debían de haberle salido sumamente económicos a la organización.

Por cierto, en los alrededores de la plaza pública también se habían instalado puestos de venta ambulante con el único propósito de que los transeúntes ajenos al certamen de Go pudieran comprar y degustar los mismos dulces que se repartían a los competidores. Fiel a su fama de usurero, Lahan no daba jamás una sola puntada sin hilo.

—¿Qué ambiente se respira por fuera? —inquirió Maomao, cambiando de tema.

—No se aprecia ningún percance de verdadera consideración —explicó Yao—. Básicamente las incidencias se reducen a pequeños altercados verbales entre aquellos jugadores que encadenan varias derrotas consecutivas, o a chiquillos desatentos que se caen y se raspan las rodillas entre la abigarrada multitud.

—¿Altercados? —repitó Maomao, alzando una ceja.

—No ha pasado a mayores de meros rasguños y un par de gritos —aclaró Yao—. Como los oficiales militares de la guardia no dejan de merodear por la zona para escaquearse de sus cuarteles, intervienen de inmediato a la menor señal para apaciguar los ánimos de los contendientes. Una no sabe ya si están cumpliendo con su deber oficial o simplemente buscando entretenimiento gratis —espetó la noble joven, con un marcado semblante de resignación, mientras asía con ambas manos la gran tetera que ya se encontraba rebosante del brebaje preparado—. Bien, pues me voy a por más bandejas de dulces y frutos cítricos.

—De acuerdo. Gracias.

Maomao despidió a Yao con la mirada mientras la veía perderse ágilmente entre el gentío del pasillo.

—¡Señorita, que he ganado! —exclamó con entusiasmo un participante al aproximarse a la mesa.

Al escuchar que la llamaban, Maomao procedió a gestionar formalmente la inscripción de los nuevos clasificados que acababan de personarse en el acceso al teatro. «Ya podría haber contratado a alguien específico para la recepción», pensó la boticaria con amargura. El calculador Lahan les había asignado de manera arbitraria todas las tareas de la entrada por su propia iniciativa y se había marchado a Dios sabe dónde a atender sus negocios.

El hombre que acababa de llegar le hizo entrega de las placas de madera donde figuraban escritos los nombres de los rivales a los que había vencido en los tableros de la plaza. Al alzarse con el triunfo en una partida, el vencedor recibía la placa identificativa de su adversario derrotado. Reunir tres de ellas de forma consecutiva significaba el derecho de pase al recinto principal del edificio.

Sin embargo, no todas las tres victorias tenían el mismo mérito o dificultad; había participantes poco escrupulosos que se limitaban a elegir a los contrincantes más débiles o inexpertos entre la multitud para asegurarse un triunfo fácil. Cuando Maomao le había planteado con suspicacia a Lahan si aquello resultaba ético y admisible según el reglamento oficial, este le había respondido con absoluta frialdad que, mientras dichos jugadores abonasen puntualmente la cuota de inscripción, no había el menor inconveniente. «De todos modos, a los más débiles los van a machacar sin piedad aquí dentro», se dijo la boticaria para sus adentros. A la menor derrota sufrida en el teatro, los competidores se verían obligados a regresar amargados a la plaza.

Maomao le hizo entrega de una placa nueva numerada, un cuenco de bebida reconstituyente y un apetitoso pastel de luna.

—En la zona del patio de butacas de la derecha hay varios jugadores aguardando turno para disputar la siguiente ronda. Por favor, dirígete allí y disputa la partida de inmediato con quien se encuentre disponible en la mesa —le instruyó Maomao con tono neutro.

En el interior del edificio no había opción alguna de elegir o evitar rival. El hombre mostró un leve gesto de indisimulado desagrado al saber que el azar decidiría su suerte. Asumiendo que no le quedaba más alternativa que acatar la norma, se dirigió hacia los asientos del lado derecho. Si a alguno de los presentes se le ocurría protestar airadamente por el contrincante asignado, los guardias le invitarían a abandonar el recinto de inmediato.

Para evitar a tiempo que el excéntrico cometiera alguna de sus habituales locuras o desatinos en público, alrededor del escenario principal aguardaban, además del anciano Luomen, varios de sus oficiales subordinados en constante actitud de alerta y expectativa.

—Disculpa la molestia, ¿serías tan amable de proporcionarme más pasteles de luna? —le solicitó a Maomao un hombre de la comitiva militar que se expresaba con notoria timidez y un ademán apocado.

Aquel sujeto no se trataba de un participante del certamen, sino de uno de los oficiales subordinados del estratega desviado. Precisamente el encargado de custodiarlo y escoltarlo últimamente en sustitución del hábil Rickson. Era un individuo de constitución y estatura medias que no presentaba excesiva apariencia ni empaque de oficial de la guardia militar. Mientras que Maomao recordaba al ausente Rickson como un joven de aspecto refinado pero de carácter implacable y resolutivo, este otro sustituto desprendía una total falta de firmeza y autoridad.

—De acuerdo. Aquí tienes.

Con un marcado semblante de resignación al ver la rapidez con la que el extravagante Lakan ya se los había devorado todos en el escenario, Maomao extrajo de la caja con desgana los pocos bollos al vapor que todavía restaban en el recipiente. El apocado subordinado aceptó las viandas mientras lucía una expresión de lo más apurada y angustiada, como si le costara enormemente articular palabra ante la boticaria.

—N-No... Verás... Es que... ¿No podrías llevárselos tú misma al comandante Lakan...?

—...

—¡L-Lo lamento! Veo que estás muy ocupada. ¡Ya se los acercaré yo, descuida!

Nada más percatarse del semblante que Maomao proyectaba sobre él, el oficial se retractó de inmediato de su petición. Una mirada cargada de un odio puro, una repugnancia visceral, una frialdad tan pavorosa que infundía un terror genuino. Era verdaderamente de agradecer que fuera un hombre tan observador y comprensivo.

—Maomao, hija... —se escuchó tras ella una voz pausada y compasiva.

Al volverse para ver de quién se trataba, descubrió que era el viejo Luomen quien estaba allí de pie, observándola con mansedumbre.

—No pongas esa cara tan aterradora, mujer.

—¿A qué te refieres con eso, viejo? —inquirió ella.

Maomao se frotó enérgicamente el rostro con ambas manos para intentar relajar los músculos faciales. Por lo visto, las sienes le daban pequeños espasmos involuntarios por la ira y los labios se le habían crispado sobremanera en una mueca hosca.

—Lo siento mucho por la escena, muchacho —se disculpó el anciano doctor con el tembloroso subordinado. Tras ofrecerle sus excusas, el viejo Luomen dirigió la mirada hacia el escenario donde jugaba el consabido estratega—. ¿Acaso el comandante Lakan se ha encontrado indispuesto en estas últimas horas?

—¿Tanto se le nota en el rostro? —inquirió el subordinado, contemplando al viejo con sorpresa—. Por lo visto, el señor aguardaba este certamen de Go con un entusiasmo desmedido y, por una vez en la vida, de manera excepcional, insólita y hasta un punto que se me antoja del todo increíble, demostró una diligencia asombrosa con sus obligaciones en la cancillería, algo verdaderamente inaudito en la trayectoria del comandante.

—...

Maomao permaneció en silencio, preguntándose en su fuero interno qué rácano e insignificante nivel de rendimiento mantendría ese sujeto en su día a día como para que trabajar de forma continua fuera una proeza.

—Por lo general, el señor se incorpora al trabajo bien entrada la mañana y se retira a toda prisa antes del ocaso —explicó el oficial—. Sin embargo, durante las últimas semanas ha permanecido en su despacho oficial como el común de los mortales y, lo que es aún más sorprendente, ni siquiera se ha echado la siesta tras el almuerzo.

—Para tratarse de ese sujeto, desde luego que es todo un logro —comentó Luomen con cierta ironía piadosa—. Teniendo en cuenta que habitualmente se pasa durmiendo la mitad de la jornada.

En resumidas cuentas, que por fin se conducía como una persona civilizada y normal. El viejo Luomen clavó sus sabios ojos en la figura del gran mariscal. A Maomao le costaba percibirlo a simple vista, pero, al parecer, aquel individuo arrastraba cierto agotamiento acumulado. Dado que se mostraba desbordante de una vitalidad febril cada vez que disputaba una partida de Go, resultaba harto complejo para cualquiera percatarse de su verdadero estado físico.

—Mañana deberá reincorporarse formalmente a sus funciones en la corte, pero os rogaría que, en la medida de lo posible, procuraseis concederle un tiempo para el descanso —solicitó el viejo—. Cuando adolece de falta de sueño, su capacidad de discernimiento se ve mermada de forma drástica.

—Pues para no tener mermado el discernimiento, me da la impresión de que vive en un constante e irresponsable desenfreno cotidianamente —masculló Maomao entre dientes con mordacidad, lo que provocó que el viejo Luomen enarcara las cejas con un ademán de sutil resignación.

A fin de cuentas, el viejo Luomen siempre se mostraba demasiado indulgente y paternal con aquel descarriado excéntrico.

—Maomao, voy a efectuar una ronda de inspección sanitaria por el exterior de la plaza —anunció el anciano.

—De acuerdo, viejo. Si pasara algo, te mandaré llamar.

Bastaría con echarle el guante a cualquiera de los oficiales militares que merodeaban por las inmediaciones del teatro para que fueran a buscarlo. Si el viejo y ella habían sido requeridos en el evento, era debido a las calculadas maquinaciones de Lahan, que pretendía utilizarlos como un dique de contención emocional para el impredecible estratega. Dado que de momento este se comportaba con relativa docilidad, el viejo estimaba más acuciante verificar si alguna persona sufría una insolación o indisposición en el exterior.

—Ten precaución, que hay una gran afluencia de público.

—No te preocupes por mí, estaré bien —asintió Luomen con una sonrisa tranquila.

A pesar de sus palabras, el viejo padecía una severa cojera en una pierna y precisaba siempre de un bastón de madera para caminar con estabilidad. Albergando cierta inquietud filial por si sufría un tropiezo o un empujón al mezclarse entre el abigarrado gentío de la plaza, Maomao tomó un pastel de luna de la bandeja y lo mordió con disimulo.

—Ya de paso, bien podrían haber preparado también galletas saladas... —murmuró para sí.

Aunque el dulce de batata resultaba suculento al paladar, consideró que no le vendría nada mal un toque de sal para compensar el sabor. Luego se dispuso a reanudar con resignación la preparación de la bebida con miel para los competidores.





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