
Maomao sacudió la venda de tela blanca con un golpe seco. En medio del azote del viento otoñal, el paño tendido destacaba con nitidez sobre el vívido fondo azul del firmamento. Era un cielo completamente despejado, limpio de la menor nube. Tras los fuertes aguaceros que habían anegado la capital días atrás, el buen tiempo parecía haberse instalado de forma permanente.
A partir de ahora, con la llegada de la estación fría, las temperaturas no harían más que descender, por lo que todas aquellas tareas cotidianas del dispensario que requerían el uso de agua helada se volverían cada vez más gravosas para la piel. Enen, cuya abnegada devoción por su señorita Yao no conocía límites, ya se encontraba investigando minuciosamente en los tratados el modo de elaborar un ungüento medicinal eficaz para evitar que a su amada ama le salieran dolorosos sabañones en las manos durante los lavados.
Pese a que de vez en cuando surgía en la corte exterior algún que otro contratiempo inesperado, por lo general las jóvenes adscritas a la oficina médica de la corte exterior disfrutaban en ese momento de un periodo de bastante sosiego...
«¿Qué significaría exactamente aquel extraño dibujo?», a Maomao le vino a la mente, de improviso, una determinada e inquietante ilustración. Aquella estampa que había dibujado con trazo infantil la niña llamada Jazgul. Ahora que lo pensaba con detenimiento, la joven sacerdotisa de occidente había optado por quedarse en el Imperio de Li. La boticaria se preguntaba si le iría bien en su día a día en un entorno tan ajeno a sus costumbres. Huelga decir que, hallándose bajo la estricta tutela y la alta responsabilidad de Ah-Duo, resultaba del todo impensable que la situación descarrilara o se complicase, pero aun así no podía evitar cierta inquietud...
Aquello no hacía sino reafirmarla en la arraigada idea de que Ah-Duo, pese a su condición de exconsorte imperial apartada de los pabellones principales, cargaba en solitario y en la sombra con la resolución de los asuntos políticos más turbios e intrincados del Imperio. Entre sus protegidos clandestinos se contaban los descendientes supervivientes del purgado Clan Shi; la propia Suirei, quien de manera extraoficial era nada menos que nieta del difunto emperador y sobrina carnal del actual soberano; y ahora se sumaba la Sacerdotisa de Shaoh, a quien ante los ojos del mundo todos daban por muerta. Aquella noble dama, a quien le gustaba de ataviarse con ropajes de varón, se desenvolvía con pasmosa presteza y resolución ante cualquier vicisitud que amenazase la estabilidad del trono; pero cabía preguntarse cómo lo percibiría su entorno si descubrieran semejante nido de secretos. Claro que, al tratarse de gestiones mantenidas bajo el más estricto sigilo y confidencialidad, no era de esperar que salieran a la luz con facilidad ante el público.
Sin embargo, el palacio imperial constituía un emplazamiento temible y despiadado, plagado de conspiradores y cortesanos dotados de un olfato excepcionalmente agudo para las debilidades ajenas. «Confiemos en que ningún indeseable termine husmeando donde no debe y ponga en peligro esa frágil paz», se dijo la boticaria para sus adentros. Sumida en tales y complejas reflexiones, virtió en el canalillo de desagüe el agua helada que aún restaba en el fondo del balde de madera.
—Menudo panorama, hoy no vamos a tener ni un mísero paciente en todo el día —dictaminó el doctor Liu con un marcado semblante de resignación.
El consultorio se hallaba completamente desierto, envuelto en un silencio atípico. Y eso que, a estas horas de la jornada, lo habitual era que los oficiales militares heridos durante las maniobras acudieran en un goteo incesante al dispensario.
—Bueno, dado que el mismísimo comandante en jefe ha sido el primero en ausentarse de sus obligaciones, poco se puede hacer al respecto —comentó un joven médico con una sonrisa amarga que no lograba ocultar del todo cierta decepción por la falta de actividad. En las manos sostenía con desgano el famoso manual de Go—. Parece ser que entre los funcionarios civiles el absentismo es aún mayor. Por lo visto, han tenido una disputa monumental en los despachos para decidir a quién le tocaba librar. Los militares, en cambio, lo tienen bastante más fácil para eludir la guardia; siempre pueden usar como pretexto que se marchan a realizar una patrulla por la capital.
Maomao estaba perfectamente al corriente de que este joven médico había intentado por todos los medios tomarse la jornada libre, aunque al final, por pura rigidez del turno, no le había quedado más remedio que personarse en su puesto de trabajo.
En el consultorio resultaba del todo imperativo contar siempre con una dotación mínima de facultativos de guardia ante cualquier imprevisto de la corte, de ahí que resultara bastante más complejo obtener permisos o días libres en comparación con otros departamentos administrativos del Imperio.
—Si no hay faena ni enfermos a los que atender, ¿me permitiría marcharme ya a casa?
Semejantes quejas e insinuaciones de los subordinados no surtían el menor efecto ni conmoción ante la severa figura del doctor Liu.
—Ya que disponemos de tiempo de sobra por la falta de pacientes, aprovecharemos las horas para preparar de antemano los medicamentos de los que andamos más escasos en las estanterías —declaró este, esbozando una sonrisa socarrona y un tanto maliciosa ante sus ayudantes.
Al oír la ansiada palabra «preparar», a Maomao se le iluminaron los ojos de emoción y se aproximó de inmediato y con paso raudo a la mesa del doctor Liu.
—¿Qué es lo que vamos a elaborar?
—Ah, esto... Lamento truncar de golpe tu entusiasmo, pero... —titubeó el doctor Liu mientras rebuscaba en un cajón y extraía con sumo sigilo un pequeño hatillo de tela sellado—. En realidad, quiero que vayas a hacerme un recado personal fuera del recinto.
A Maomao se le mudó el semblante al instante, pasando de la devoción por los brebajes a una mueca que transparentaba un profundo e indisimulado fastidio.
—¿Qué ocurre? ¿Acaso tu cara pretende decir en silencio «pero qué clase de sandeces o favores está urdiendo ahora este viejo»? —inquirió el doctor Liu, entornando los ojos.
—En absoluto, señor. Dios me libre de semejante atrevimiento —respondió Maomao con un tono de voz del todo monótono y desprovisto de emoción.
Por lo visto, a pesar de sus intentos por mantener la compostura, sus pensamientos se habían reflejado con excesiva e innegable claridad en sus facciones: «¡Qué fastidio tan absoluto de hombre!».
—E-Ese recado... Si lo desea, podría ir yo, señor... —se ofreció de inmediato el joven médico, ansioso por abandonar el tedio del dispensario.
—No, tú no sirves para esto —rechazó de manera tajante el doctor Liu, descartándolo sin el menor miramiento.
Si la solicitud iba dirigida de forma tan específica y deliberada a Maomao, la boticaria no podía sino albergar una creciente inquietud sobre la verdadera naturaleza de la misión que le encomendaban.
—Llévalo sin falta a esta dirección —le ordenó el doctor Liu, mientras extraía un pequeño mapa con sigilo del cajón y se lo mostraba desplegado sobre la mesa.
El trazo en el papel señalaba una concurrida zona de la capital donde se abría una amplia plaza pública, ubicada muy cerca del establecimiento donde, tiempo atrás, la misteriosa artista conocida como la Doncella Blanca había estado ofreciendo aquel sonado espectáculo de ilusionismo.
—¿Aquí...? —inquirió Maomao, reconociendo el lugar.
—Sí, ahí mismo. Y haz el favor de no mostrar ante mí ese rostro de desagrado tan flagrante —reprendió el facultativo, advirtiendo la mueca de su subordinada.
El motivo del indisimulado fastidio de Maomao no era otro que la celebración de un concurrido evento público en dicha plaza en esos precisos momentos: las fases finales del gran torneo de Go. Huelga decir que resultaba sumamente sencillo predecir qué prominente y extravagante figura militar se encontraría en el lugar jugando o de espectador.
—El doctor Han también debería de estar por allí entre la multitud. Puesto que hoy se halla libre de servicio en la corte, ha acudido por su propia iniciativa, de modo que no se trata de una misión oficial asignada por la cancillería —explicó el doctor Liu.
Maomao no tardó ni un segundo en adivinar las verdaderas intenciones que se ocultaban tras aquella retorcida orden.
—Dada la gran afluencia de público que se congrega, y aun tratándose de un sobrio certamen de Go, cabe la alta posibilidad de que alguna persona sufra una insolación o una indisposición repentina. En circunstancias normales, estimo que no procedería importunar a los miembros del cuerpo médico con eventos privados, pero ¿acaso no es en estas precisas coyunturas cuando resulta un deber imperativo brindar nuestro auxilio profesional?
Las virtuosas palabras del doctor Liu sonaban un tanto impostadas y poco convincentes.
«A saber qué componendas habrán tramado a mis espaldas», pensó la joven. A buen seguro que Lahan, en su calidad de hábil organizador y financiero del torneo, habría movido los hilos oportunos tras bambalinas para garantizar la seguridad. Aunque se decía que su padre, el excéntrico estratega Lakan, participaba con entusiasmo desmedido en las partidas, al ser un hombre del todo impredecible y propenso a generar altercados, habrían optado por adoptar minuciosas medidas preventivas de carácter sanitario.
Tratándose del viejo Luomen, este jamás se habría prestado a semejante argucia familiar, por lo que los organizadores habían recurrido sutilmente a la mediación del doctor Liu para encomendarle la pesada tarea a la propia Maomao. «Menuda faena me ha caído encima», rechistó amargamente en su fuero interno.
Y pensar que, como Enen sentía desde hacía tiempo un gran e inusitado interés por el juego, Maomao se había prestado voluntaria para cubrir abnegadamente su turno de trabajo en el consultorio, a fin de que sucompañera pudiera disfrutar de la jornada libre recorriendo la ciudad en compañía de Yao...
—Puesto que se trata de una estricta obligación laboral asignada por tu superior, confío en que la cumplirás con la debida diligencia, ¿no es así?
Dado el tono firme con el que el doctor Liu recalcaba sus palabras, sin dejar margen a la réplica, a Maomao no le quedó más remedio que inclinarse y asentir con la cabeza en señal de conformidad. En cuanto al joven médico, que la contemplaba fijamente con una mirada preñada de la más absoluta envidia por creer que le concedían un paseo, la boticaria optó por ignorarlo por completo mientras recogía el hatillo.
Sin necesidad de consultar el exhaustivo mapa del doctor Liu, el itinerario correcto hacia la gran plaza resultaba del todo evidente con solo seguir el constante flujo de transeúntes que caminaban hojaleando manuales de Go. Personas de muy diversa edad y estamento social se congregaban en el lugar con entusiasmo. Los tableros se alineaban por doquier a lo largo y ancho del espacio público. A modo de rudimentario cobijo contra el sol, se habían dispuesto unas amplias telas afianzadas a unos postes para procurar algo de sombra, mientras que los tableros de madera descansaban de forma precaria sobre simples cajas de embalaje. Sin embargo...
Con semejante afluencia de público, hasta un recinto tan modesto y provisional cobraba un aspecto genuinamente espléndido e imponente. Los tradicionales establecimientos de comidas que habitualmente regentaban sus negocios en las avenidas principales de la capital se habían desplazado hasta allí, apostando sus tenderetes al aire libre para vender viandas. Los niños revoloteaban e importunaban a sus madres para que les compraran golosinas y dulces recién horneados.
Aparte de los artículos estrictamente relacionados con el Go, en los puestos ambulantes se exhibían piezas labradas de Shōgi, barajas para juegos de cartas e incluso fichas de Mahjong de marfil. Por si fuera poco el despliegue mercantil, hasta una tienda de finos ornamentos y horquillas había instalado un puesto provisional en la plaza. Incluso aquellos ciudadanos que carecían del menor interés por las partidas de Go se veían arrastrados hacia el bullicio por la mera curiosidad del gentío.
«Es el tipo de maniobra propia de Lahan...», se dijo Maomao. Tratándose de aquel sujeto tan desmedidamente afecto a las finanzas, a buen seguro que habría exigido a cada uno de los mercaderes una suculenta tarifa de alquiler por el uso del espacio público.
Maomao avanzaba con paciencia, abriéndose paso entre los estrechos resquicios que dejaba la abigarrada multitud. No tardó en divisar entre el gentío dos rostros sumamente familiares.
—Hola, Yao. Hola, Enen —las saludó al aproximarse.
Allí se encontraban las dos jóvenes del dispensario, tal y como Maomao había previsto tras ver el ambiente. Yao se afanaba con dedicación en aplicar un ungüento antiséptico sobre la rodilla raspada de un chiquillo que sollozaba, mientras que Enen ofrecía amablemente un cuenco de agua fresca a un anciano que lucía el rostro seriamente congestionado por el calor sofocante de la tarde.
—¡Maomao! ¿Qué haces aquí? ¿Qué hay de tus obligaciones? —inquirió Yao con un semblante de viva extrañeza al verla fuera del palacio.
—El doctor Liu me ha encomendado un recado. A decir verdad, preferiría que me explicarais qué es lo que estáis haciendo vosotras dos.
—Ah... Todo es por culpa de las artimañas de tu estimado «hermano mayor» —respondió Yao con despecho, refiriéndose a Lahan.
Ante tales palabras y la mención de su familia adoptiva, Maomao entornó los ojos con profunda desaprobación.
—Resulta que el doctor Han, que se suponía que estaba libre de servicio oficial en la corte, ha sido reclutado a la fuerza para supervisar la salud del evento —prosiguió Yao—. Al verse desbordado él solo ante semejante masa de gente, nos vio en la plaza y nos solicitó que le echáramos una mano con los primeros auxilios.
—Habría bastado con declinar la invitación —observó Maomao con neutralidad.
Por más que le pesara por el bueno del viejo Luomen, ellas dos se hallaban en su legítimo día libre. No tenían obligación legal ni moral de desempeñar tareas propias del consultorio médico de la corte exterior. Por lo general, para esta clase de acontecimientos multitudinarios se debería contratar y remunerar a facultativos libres de la ciudad, en lugar de importunar al anciano doctor o a sus dos voluntariosas compañeras. Y por si fuera poco, los organizadores pretendían valerse también de la propia Maomao para sus intereses. Era un ardid calculado y mezquino, el tipo de maniobra propio de ese tacaño con ojos de zorro...
—Haríais muy bien en exigirle una generosa compensación económica por vuestro esfuerzo —sugirió Maomao con sequedad, tentada de arrebatarle unas cuantas monedas de plata a aquel sujeto de pelo alborotado y anteojos redondos si volvía a verlo.
—Por mí no te preocupes en exceso, Maomao. Tampoco es que el Go me suscite un gran interés personal —repuso Yao con mansedumbre.
Tras concluir con pulso firme la aplicación del ungüento en la rodilla raspada del chiquillo, Yao le dedicó una palabra de ánimo y cercanía:
—¡Listo!
—Muchas gracias, señorita —le agradeció el niño, inclinando la cabeza.
Yao se despidió del pequeño agitando la mano con una dulce sonrisa. Sin embargo, al percatarse de la inoportuna y fija mirada de Maomao, mudó el semblante al instante, tornándolo rígido y oficial. Situada a su espalda, Enen alzó levemente el pulgar de forma clandestina como queriendo decir: «¿A que mi señorita es un auténtico encanto?».
—Si traes un recado del consultorio, supongo que será para el doctor Han, ¿no es así? Se encuentra en el interior de aquel edificio de ahí —indicó Yao.
Señaló con la barbilla hacia el gran teatro municipal. Se trataba de un inmueble de considerables dimensiones y recia arquitectura donde habitualmente se acostumbraba a albergar diversos espectáculos artísticos en la capital.
—Por lo visto, la intención inicial de la organización era limitar todo el evento de Go a ese recinto cerrado. Sin embargo... —añadió la muchacha.
Habían tenido que habilitar y disponer tableros de juego por doquier hasta invadir la plaza pública. Resultaba a todas luces evidente que la inesperada afluencia de público había desbordado por completo las previsiones.
—Cualquiera diría a simple vista que el torneo constituye un éxito rotundo de participación, pero salta a la vista que ha sobrepasado con creces el aforo permitido en las calles.
Haber ampliado el espacio operativo del evento hasta la plaza a última hora había sido una solución provisional para acoger a todos los curiosos, pero tal improvisación acarreaba no pocos inconvenientes sanitarios. No sería de extrañar que surgieran contusionados por empujones o personas con malestar por el calor.
El anciano al que Enen dispensaba sus cuidados parecía haberse restablecido por completo. Mostrando una amplia sonrisa desdentada, se dispuso de nuevo a reincorporarse a las partidas del torneo, por lo que la aplicada joven le cubrió la cabeza con un paño húmedo y le ofreció otro cuenco de agua antes de dejarle marchar. Pese a la fresca brisa propia de la estación otoñal, el día había amanecido del todo despejado y el sol apretaba con fuerza. No sería inusual que la prolongada exposición a los rayos solares provocara desmayos en cadena entre los espectadores más ancianos.
Huelga decir que el viejo Lahan estaba al tanto de tales contingencias físicas y había tomado precauciones. Entre la muchedumbre de aficionados al Go apostados en las mesas, se divisaba a varios operarios que portaban grandes vasijas de barro y cuencos de arcilla. Cada vez que un jugador o un espectador alzaba la mano pidiendo auxilio, procedían a escanciar con presteza el contenido revitalizante de la vasija en el cuenco para ofrecer cochambrosamente agua a los sedientos. Asimismo, se habían habilitado unos parasoles rudimentarios de lona, por lo que cabía deducir que se estaban implementando todas las medidas sanitarias a su alcance para evitar desastres.
—Ah, Maomao... —Enen se aproximó a ella y le murmuró al oído con sigilo—. En el interior del edificio no solo se halla el doctor Han atendiendo a los mareados, sino también el comandante Han.
—...
Maomao contempló el hatillo de medicina que sostenía en la mano con un semblante de lo más hosco y sombrío.
—Me encantaría ofrecerte la posibilidad de sustituirte en la entrega, pero me figuro que debes ser tú en persona quien se dirija allí —añadió Enen con tono disculpatorio.
—¿Y eso a santo de qué...? —inquirió la boticaria con evidente suspicacia.
—Resulta que Enen tiene concertada una partida de go con el comandante en cuanto concluya sus obligaciones sanitarias —explicó Yao, interviniendo en la conversación.
—Así es. ¡Es todo un honor para mí! —exclamó Enen con entusiasmo.
En resumidas cuentas, todos en el consultorio pretendían que Maomao se encaminara pacíficamente hacia la boca del lobo, justo al lugar donde se encontraba su indeseable padre, el excéntrico estratega.
—¡Me concederá una lección de go de forma totalmente gratuita...! —añadió Enen, radiantemente complacida.
«A ver, ¿acaso no es esa su tarifa habitual de desocupado cuando busca oponentes?», se preguntó Maomao en sus adentros.
—Al fin y al cabo, con nuestros modestos estipendios de practicantes apenas nos alcanzaría para sufragar el importe por una partida oficial, ¿no es así? —observó Enen.
«Pues anda, que los refinados dulces de confitería que Yao toma a diario de postre tampoco son nada baratos», señaló Maomao en su fuero interno. Había que preguntarse seriamente si la propia Yao era consciente de lo sumamente exclusivos que resultaban aquellos dulces artesanales repletos de propiedades para la belleza de la piel, la salud general y el realce del busto que consumía a diario, y del auténtico dineral que suponían a final de mes. «A buen seguro que Enen se las apaña con meticulosa astucia para que su señora no se percate del gasto real», se dijo la boticaria. Como era de esperar de la devoción sin límites de Enen.
—En fin, no causes demasiado revuelo allí dentro, por favor —le pidió Yao—. Los jugadores que logran acumular tres victorias consecutivas en los tableros de la plaza obtienen el pase directo al teatro. Y quienes suman otras tres victorias en las mesas del interior del edificio, se hacen con el derecho exclusivo a desafiar al mismísimo comandante Han.
—¿No bastaba sencillamente con abonar una fuerte suma de dinero a los organizadores para jugar una partida contra él? Si se requiere disputar seis partidas como mínimo para llegar a su mesa, esta competición va a demorarse una eternidad —comentó Maomao.
La boticaria ladeó la cabeza, dirigiendo una mirada de franca extrañeza a Enen.
—En efecto, es necesario alzarse con la victoria en cada ronda para obtener dicho derecho de desafío. Además, el certamen se prolongará durante todo el día de hoy y hasta la jornada de mañana —precisó Enen—. Supongo que es un hito de lo más complejo, encadenar seis triunfos consecutivos frente a rivales de gran nivel, así que sería una auténtica fortuna que el estratega tenga a bien brindarme sus enseñanzas sin pasar por el torneo.
Maomao se quedó atónita e indignada ante la desmedida soberbia con la que se conducía aquel sujeto. Y por si fuera poco el despropósito, el día siguiente, que constituía la segunda jornada del evento de Go, a ella le correspondía formalmente su día de descanso. «Seguro que las circunstancias se tuercen y me terminan citando aquí de todos modos», adivinó con amargura.
Profirió un apagado bufido de desdén y se encaminó a regañadientes hacia la majestuosa entrada del teatro, el cual constituía el recinto principal y más exclusivo del certamen.
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