23/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 14




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 14
La aldea del papel (parte II)

El encuentro tuvo lugar en una taberna situada en el municipio donde residía el terrateniente, un enclave a menos de una hora de camino a pie desde la aldea de los artesanos. El establecimiento presentaba una arquitectura austera, aunque sus dimensiones eran inusualmente generosas. A juzgar por su amplitud, su clientela no se limitaba a los lugareños; servía primordialmente de refugio a los viajeros que transitaban por el camino real, desempeñando también la función de posada.

Por la parte de los arrendatarios, la comitiva estaba integrada por el cuñado con sus dos hijos y tres hombres de madurez curtida representantes de la aldea, a quienes se sumaban el propio matasanos y Maomao; ocho personas en total. Frente a ellos se desplegaba una fuerza de más de diez hombres de una complexión corpulenta envidiable y, presidiendo el grupo, un individuo de mediana edad y bigote prominente que aguardaba con una actitud de indisimulada superioridad.

El dueño de la taberna y su esposa observaban la escena con cara de pocos amigos. Sin duda, habían accedido a albergar la reunión previendo que, ante unas exigencias de tal calibre, el diálogo podría derivar en una contienda física. Una perspectiva ciertamente ingrata para los regentes del local.

El matasanos, incapaz de ocultar su aprensión, temblaba de forma ostensible. A excepción de la dueña del establecimiento, Maomao era la única mujer presente y su sensación de extrañeza era palpable. Por desgracia, nadie parecía conceder la menor importancia a una muchacha de su escasa prestancia; algunos la observaban con desconcierto, mientras otros le dedicaban sonrisas preñadas de desdén.

No le resultó sencillo obtener el beneplácito para acudir. La tía simplona trató de disuadirla alegando que, pese a su apariencia menuda, era una joven en edad de contraer nupcias y que resultaba imprudente exponerla a semejante peligro. Sin embargo, Maomao se hallaba dividida entre la mirada suplicante del matasanos y una curiosidad irrefrenable por los términos de aquel contrato. Finalmente, recurrió a un pretexto adecuado:

—Tengo un pariente lejano que entiende de estas cuestiones. ¿No sería conveniente que yo escuchara lo que aquí se trate para informarle debidamente después?

Al mencionar a dicho pariente, la simplona debió de imaginar a un magistrado o algún alto funcionario, pues accedió a regañadientes. Lamentablemente, Maomao no guardaba relación con nadie así. Conocía, sí, a un pseudoeunuco de atribuciones similares, pero esa era una cuestión distinta; el pariente al que aludía no era otro que un hombre de baja estatura y pericia consumada en el manejo del ábaco. De consultarle a él, estaba segura de que hallaría mil estratagemas para obtener beneficios sin quebrantar la legalidad vigente.

Así pues, Maomao tomó asiento en una mesa retirada y aceptó el té que le ofreció la dueña. Dado que el lugar operaba como taberna, el efluvio del alcohol saturaba el ambiente, despertando en ella un anhelo de beber que hubo de reprimir con esfuerzo. El licor en cuestión parecía ser vino turbio (una variedad de sake sin filtrar); en la cocina se vislumbraba un gran tonel que contenía aquel fluido blanquecino. En la capital, el gusto se decantaba por los licores claros o destilados, por lo que aquel brebaje se antojaba una especialidad netamente rural.

Mientras la boticaria se distraía analizando la bebida, en la mesa principal el debate ya había comenzado. Aguzó el oído para no perder detalle.

—¿Habéis traído la suma estipulada?

El que soltó esa frase con una entonación propia de un villano de teatro de mala muerte fue el terrateniente bigotudo. Lo flanqueaban individuos de aspecto rudo, de quienes no se podía discernir si eran jornaleros o simples matones a sueldo. El cuñado del matasanos y sus acompañantes también poseían una planta robusta, pero su inferioridad numérica era manifiesta.

—El plazo aún no ha expirado. ¿No cabría la posibilidad de que reconsiderárais vuestra postura? —inquirió el cuñado con semblante grave.

Sobre la mesa, separando a ambas facciones, descansaba un pliego de papel que debía de ser el contrato de arrendamiento.

—No hay nada que reconsiderar. No estamos haciendo esto por caridad. Si no podéis pagar, tendréis que marcharos.

La sentencia no admitía réplica. Era evidente que habían escuchado aquello en múltiples ocasiones.

—Aun así, nuestra intención es facilitar la transición en la medida de lo posible. Os proponemos una prórroga hasta el invierno. A cambio, deseamos que iniciéis a nuestra gente en los secretos de vuestro oficio. ¿No os parece un buen trato?

«Qué barbaridad», pensó ella. La elección era entre el destierro inmediato o la partida al finalizar el año. Aquella supuesta clemencia no era sino una estratagema para que los artesanos transfirieran su tecnología a los otros. Sin un destino al que acudir, aceptar tal oferta supondría la entrega de sus secretos industriales. El plan del terrateniente era palmario: usurpar el prestigio de ser proveedor de la corte y sustituir simplemente la mano de obra.

Resultaba indignante, pues era obvio que algo así no podía ser legal.. La prueba de tal abuso reposaba sobre la mesa. No obstante, un detalle no terminaba de encajar en la mente de la joven. En lugar de forzar a los campesinos a aprender el oficio para luego expulsar a los artesanos, lo lógico habría sido retener a estos últimos como siervos para amortizar la deuda. ¿Tanto era el odio que profesaban a los forasteros?

(NT: En la China Imperial, el recelo hacia los forasteros fue una constante. Por un lado, la jerarquía establecida por el sabio chino Confucio colocaba a los agricultores (nong) por encima de los artesanos (gong) y los comerciantes (shang). Un terrateniente tradicional podía sentir un desprecio genuino por unos artesanos que, aunque ganaran más dinero suministrando papel a la corte, no trabajaban la tierra. Sumado a esto, China solía verse a sí misma como el «Reino del Centro», el único foco de civilización. Todo lo que venía de fuera era, por definición, bárbaro o inferior, aunque fueran simplemente personas de una provincia o aldea vecina. En esta historia, el odio del terrateniente es una mezcla de envidia económica (el éxito del papel de lujo) y superioridad moral. Al ser el dueño de la tierra, siente que tiene el derecho natural de expulsar a los que no pertenecen a su clan, especialmente si estos forasteros tienen un estatus especial ante la corte que él no posee.)

Maomao se aproximó con paso grácil y silente hasta situarse en la zaga del cuñado. A su flanco, el matasanos permanecía lívido, con el escaso vello de su bigote agitándose por el temblor de su mandíbula. Pese a que el contrato se había formalizado hacía más de quince años, el soporte se conservaba en un estado de integridad envidiable. De haber sido un papel mediocre, la acidez y la humedad habrían dictado su desintegración en apenas un par de años; sin embargo, aquel pliego resistía el envite del tiempo. En él se detallaba el acuerdo de compraventa aplazada a veinte años y la cuantía de las mensualidades. Al pie del documento destacaba el kaō, combinado con el yin. (NT: En la administración de la China Imperial, la validación de documentos combinaba el uso del yin, un sello físico tallado que se estampaba con pasta de cinabrio rojo, y el kaō, una rúbrica caligráfica manual y altamente estilizada diseñada para evitar falsificaciones. Serían como un sello y una firma; lo que otorgaba al contrato una legitimidad legal absoluta.)

Teniendo en su poder un testimonio jurídico tan sólido, ¿por qué aquel hombre se pavoneaba de esa forma tan arrogante? Mientras Maomao sopesaba la cuestión, el hijo menor se inclinó hacia el oído del matasanos para susurrarle una confidencia que la joven captó con nitidez:

—Dice que el contrato no es válido.

Al parecer, el terrateniente alegaba que el texto había sido redactado por un escribano profesional con intenciones espurias.

—¿A pesar de ostentar el sello oficial?

—El sello es auténtico, pero...

Al parecer, el anterior terrateniente era analfabeto.

—¿No sabía leer? —preguntó Maomao ladeando la cabeza, extrañada. Le resultaba inverosímil que un hombre de su posición, encargado de supervisar los documentos de propiedad y la administración de rentas, no hubiera recibido la educación básica propia de su estirpe.

—Es que era el yerno, un hombre adoptado por la familia.

«Ah. Comprendido entonces. Si era un mukoyoshi, tiene sentido», se dijo. (NT: Antigua tradición japonesa, donde una familia sin un heredero varón adopta a un hombre, que a menudo es el marido de su hija, para que se convierta en el sucesor del nombre, la familia y el negocio, asumiendo el apellido familiar y permitiendo que el legado empresarial perdure a través de generaciones.) Seguramente habría sido uno de los jornaleros más diligentes, elevado de rango por sus méritos. En tal caso, era natural que sus años mozos transcurrieran lejos de los libros, y el aprendizaje en la madurez era una senda sembrada de obstáculos.

—Antes de contratar los servicios del escribano, era su difunta esposa quien gestionaba la documentación.

Al parecer, el contrato se firmó después de que la mujer muriera. «Hmm...», la boticaria caviló sobre la veracidad del documento. Dado que el sello se reconocía como legítimo, lo más probable era que el acto se hubiera celebrado en presencia del anterior señor.

—¿No hay ningún escribano o testigo que pueda dar fe de ese encuentro?

—Ambos han muerto ya.

Se trataba de un acuerdo suscrito hacía quince inviernos y los testigos ya eran ancianos en aquel entonces. «Esto es un desastre absoluto», se dijo.

Mientras ella se acariciaba la nuca en un gesto de frustración, el terrateniente persistía en acosar al cuñado con sus dos opciones inasumibles. Los campesinos que lo secundaban lucían sonrisas cargadas de malicia, mientras los artesanos se encogían en sus asientos, abrumados por la impotencia. Solo el primogénito mantenía una expresión ambivalente, mordiéndose el labio con rabia contenida.

—Si no pensáis iros ahora mismo, no queda otra. A partir de mañana enviaré a mis hombres allí. Instruidles con esmero para que dominen el oficio antes de que el invierno toque a su fin.

Los puños de los artesanos se cerraban con tal fuerza que sus nudillos blanqueaban. El matasanos, pese a su cargo en la capital, no era más que un ornamento inútil en aquella liza. Solo Maomao observaba el devenir de los acontecimientos con una gélida lucidez.

Una vez más, el alcohol capturó su atención. Sentía un deseo irrefrenable de catar el licor, pero era consciente de que tal acto en mitad de una negociación tan tensa se interpretaría como una falta de decoro. No obstante, en la facción del terrateniente no imperaba tal etiqueta y comenzaron a solicitar bebida con una alegría ruidosa.

—¡Oye! ¡Trae también para estos infelices!

Los campesinos que escoltaban al generoso patrón armaron un gran alboroto. Por el contrario, la mesa de los artesanos guardaba el fúnebre silencio de un sepelio.

La dueña trajo a regañadientes una bandeja con jarras y copas. Maomao aguzó su sentido del olfato. «¿Eh?», dudó por un momento. Un rastro aromático la hizo abismarse. Observó el contenido de las copas ajenas: no era el vino turbio de la zona, sino un licor transparente de mayor pureza. El terrateniente, por su parte, libaba un fluido de color ámbar: un destilado de alta graduación. Se advertía que poseía una resistencia notable al alcohol.

Lo del señor era esperable; bebía lo que su fortuna le permitía. Sin embargo, agasajar a la peonada con sake refinado le pareció un gesto de una magnificencia sospechosa. En las bodegas de aquella taberna abundaba el vino turbio, que era el brebaje humilde por excelencia.

Maomao alzó la mano y llamó a la dueña, que portaba la bandeja con evidente desgana.

—¿Qué quieres?

—Póngame una copa a mí también. De ese mismo licor.

—Qué remedio... —refunfuñó la mujer. Acto seguido, le sirvió el alcohol.

—Muchachita, en un momento como este...

No solo el matasanos, sino también el cuñado y el resto de los presentes la observaron con absoluto estupor. Maomao vació la copa de un solo trago. El sabor era dulce y placentero; carecía del refinamiento de los licores de la capital, pero su calidad era aceptable. No obstante, advirtió que la potencia alcohólica era inusualmente elevada en contraste con la suavidad de su paso por boca. Si el gusto hubiera sido áspero o desagradable, habría tenido una explicación lógica. Pero no era el caso.

Maomao se relamió los labios. Una taberna forzada a hospedar a clientes indeseables, una ingente reserva de vino turbio almacenada... y un terrateniente tiránico que, curiosamente, agasajaba a sus subordinados con un licor de naturaleza distinta. «Vaya, vaya... Ya comienzo a entenderlo todo», se aseguró. Maomao dirigió su mirada al cuñado, cuya expresión seguía siendo de incredulidad.

—¿Puedo preguntarle si hay alguna destilería por aquí cerca?

— N-No... Que yo sepa no hay nada parecido en leguas a la redonda.

—Ya me lo imaginaba.

Maomao esbozó una sonrisa de suficiencia, cogió la copa colmada de licor y se plantó ante los ruidosos acompañantes del terrateniente. Dehó el recipiente con un golpe seco sobre la madera y mostró una sonrisa que evocaba la determinación de un ave rapaz ante su presa.

—¿Qué sucede, pequeña? ¿Es que quieres servirnos una copa?

El terrateniente soltó una carcajada cargada de escarnio y sus hombres le secundaron en coro.

—Mu... ¡Muchachita!

El matasanos se abalanzó sobre ella, pretendiendo retirarla de aquel ambiente hostil cuanto antes. Mas ella lo ignoró y, clavando su mirada en el terrateniente con una sonrisa desafiante, sentenció:

—¿Qué le parece si dirimimos esta cuestión con un concurso de bebida?

Y dicho esto, se dio unas palmaditas en el pecho.



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